La virtud de la religión

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En el evangelio de san Lucas, podemos encontrar el duro reproche que le hace Jesucristo a sus oyentes respecto a los signos que Él hacía en nombre de la justicia divina (Cf. Lc 12, 56-57), y de su falta de respuesta para realizar ellos mismos esa justicia que Él, siendo Dios, vino a realizar entre los hombres, por eso les dice: «Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?, ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?»

Y dice Orígenes que «Si la naturaleza no hubiera puesto en nosotros el conocimiento de lo que es justo, el Salvador nunca hubiese dicho esto.» Por lo tanto Jesucristo exige la justicia en cuanto respuesta del hombre a Dios, que es el Autor de los signos que realiza Jesucristo. Aquí parece referirse a lo que nosotros llamamos la «virtud de la religión», una virtud que se encuentra en nuestra propia naturaleza y que surge a partir del deseo que tiene la creatura del Creador… (Es un deseo innato). Se dice parte integral de la justicia por tener un carácter común con la justicia pero que no llegan a completar toda su amplitud, porque es deber del hombre el «rendir homenaje a Dios» (es justo), pero este homenaje (este “culto”) nunca es equivalente al que Dios merece (siempre hay una desproporción que solamente podemos suplir gracias a los méritos de Jesucristo en la cruz).
La religión es la más importante de las virtudes que guardan relación con la justicia. La religión es la virtud que inclina al hombre a manifestar a Dios, como su Creador y soberano, el honor y la sumisión debidos.

¿Cuáles son las exigencias de esta virtud?
Las exigencias, entonces, de esta virtud, serán «todos los actos que den verdadero culto a Dios y que lleguen a la manifestación incluso exterior de ese homenaje pero que empiezan o se fundamentan en los actos interiores que realiza el alma». Por eso un acto externo, pero que no proviene de un acto del corazón, es falsa religión.

a) En cuanto a la voluntad: lo que se nos pide es la devoción. Que consiste en “la prontitud de la voluntad para entregarse a todo lo que concierne al servicio de Dios”… este acto, como el de todas las otras virtudes, toma su valor del hecho de que está inspirado por la caridad… y además tiene la capacidad de intensificar la misma caridad.

b) En cuanto a la inteligencia: lo que se nos pide es la oración. Porque la oración, en sentido amplio, significa toda elevación del alma a Dios, pero en sentido estricto es la elevación de la mente y el corazón a Dios con la intención de honrarle, es decir, rendirle el debido homenaje y manifestarle nuestra sumisión. San Agustín dice que “la oración es una imploración o una petición”; y San Juan Damasceno: “es la petición dirigida a Dios de lo que conviene”.

Devoción, tanto interior como exterior, y oración, serán la respuesta necesaria a los signos que Dios mediante su Hijo ha realizado en nosotros y que no son otra cosa que todos los efectos que la gracia realiza en nosotros y que conocemos por medio de la fe.
¿Por qué no exploráis vosotros mismos lo que es justo?, fue el reproche de Jesucristo a los judíos, pero nosotros tenemos la gracia de conocer cuáles son los actos con los cuales podemos corresponder de alguna manera a esos signos de la divina misericordia que reconocemos a diario en nuestra vida espiritual.

Sea, pues, la santa Misa «efectivamente» el centro de nuestras vidas, y sean éstas ornamentadas con los demás piadosos actos de devoción y adoración a nuestro buen Dios.

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

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