La Visitación y la Caridad Real – San Alberto Hurtado

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El Ángel anuncia a María la noticia de Isabel, y María se levanta a ayudar al prójimo. Tan pronto es concebido el Verbo de Dios, María se levanta, hace preparativos de viaje y se pone en camino con gran prisa para ayudar al prójimo.

La ayuda del prójimo

Podrá extrañarnos, ¿cómo María no se queda en oración, gozando las dulzuras de su maternidad divina, sino que las sacrifica en visitas? Es que María ha comprendido su actitud de cristiana. Ella es la primera que fue incorporada a Cristo y comprende inmediatamente la lección de la Encarnación, que no es digno de la Madre de Dios aferrarse a las prerrogativas de su maternidad para gozar la dulzura de la contemplación, sino que hay que comunicar a Cristo. Su papel: comunicar a Jesús a los otros. Sacrifica no los bienes espirituales, pero sí los goces sensibles: lo que ocurre tantas veces en nuestra vida: decir Misa en un galpón, los perros, gallos, cabras… con monaguillos, sabe Dios cómo. Muy bien, si se trata de comunicar a Cristo, condenación al egoísmo espiritual que rehúsa sacrificar los consuelos cuando el bien de los otros lo pide.

María comprende quién es el prójimo. Los dos grandes mandamientos juntos: el segundo en todo semejante al primero. El amor al prójimo no es sino el amor a Dios esparcido en sus imágenes. Si amar a Cristo ¿cómo no amar a los miembros de Cristo?

Santa Teresa: para juzgar de nuestro amor a Dios, consideremos cuál es nuestro amor al prójimo. San Juan: «Si alguien dice: yo amo a Dios y odia a su hermano es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios que no ve, el que no ama a su hermano que ve?» (1Jn 4,20).

Caridad real

Se levanta y va, y hace de sirvienta tres meses. Caridad real, activa, que no consiste en puro sentimentalismo, que podría ser ilusión… dispuesta a prestar servicios reales y que para ello se molesta y se sacrifica. A la ilusión contraria Santiago dice: «Si un hermano o una hermana están en la desnudez y no tienen lo que es necesario y uno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, sin darles lo necesario ¿para qué les sirve eso?» (Santiago 2,15). Los puros deseos molestan más que ayudan.

Favores reales, limosna a los pobres, ayudarnos; se ve a uno cargado, le pongo el hombro, y cansado, le suplo; necesita mis libros, se los presto… y no el «¡arréglese! Le deseo suerte»… Como no, carísimo… le compadezco. ¡Pobrecito! Tanto carísimo, ¡qué caro me molestas!

Servicios difíciles

La Virgen de 15 años, llevando el fruto bendito, parte para esa montaña escarpada, en la cual sitúa Nuestro Señor la escena del Samaritano con el herido, medio muerto por bandidos. ¡¿Excusas?! ¡¡Cuatro días de viaje!! A través de caminos poco seguros. Las dificultades no detienen su caridad. Además, no la han advertido. No le han pedido nada. Bastaría aguardar. Nadie se extrañaría. Así razona nuestro egoísmo cuando se trata de hacer servicios. Ningún servicio es humilde para el religioso.

La Prontitud de la Caridad

No espera que le avisen. Tan pronto recibe la visita del Ángel, sin esperar que le avisen, que la prevengan, sin sentirse por no ser advertida, ella la pariente más próxima, ¡y siendo que Isabel en su 6º mes!. ¡Ella la Madre de Dios da el primer paso! ¡Qué sincera es María en sus resoluciones! Ha dicho: «He aquí al Esclava del Señor», y lo realiza; recibe el aviso del Ángel, y parte.

Este prevenir los favores, lo mismo en Caná, los duplica. Humilla tanto el pedir, sobre todo si hay que majaderear. Evitémoslo y sobre todo el prestarlos de manera brusca, que hace más daño que bien: dejan sangrando. Antes reventar que pedir un servicio a fulano. ¡Santa María, ayúdame! Uno va diciendo por el camino. Defiende la cabeza ¡que te van a tirar los trastos o los libros!… Que no te vean… porque te pegan…

Como la Santísima Virgen que parece no darse cuenta que se sacrifica. Sin ostentación, sin recalcar el servicio prestado, sin que a los 5 minutos ya lo sepa toda la comunidad, y quizás todo Santiago. ¡Más bien, como si yo fuese el beneficiado! ¡Esa es la caridad, esa es la que gana los corazones! Mi servicio prestado de mal humor, echado a perder. «Dios ama al que da con alegría!» (2Co 9,7). ¡El que da con prontitud, da dos veces! Es el gran secreto del fervor: la prisa y el entusiasmo por hacer el bien.

No acantonarnos detrás de nuestra dignidad, real o pretendida, esperando que los otros den el primer paso. La verdadera caridad no piensa sino en la posibilidad de hacer el servicio, como la verdadera humildad no considera aquello por lo que somos superiores, sino por lo que somos inferiores. «Estimando en más cada uno a los otros» (Rom 12,10).

Nuestro Señor: Si alguno te pide 1.000 pasos, da 2.000. Da al que te pide y no fíes al que te pide prestado (cf. Mt 5,41-42). Palabras sublimes que cortan en seco todas las cavilaciones del amor propio. Es la liberalidad en la caridad.

Los religiosos imperfectos tienen caridad mezquina. Dan lo menos posible, cavilan, discuten, regatean, miran el reloj… El gesto cristiano es amplio, bello, heroico, total. Se da sin tasa y sin esperanza de retorno.

Caridad Desinteresada

Sin esperanza de retorno; cuando lo necesita, abandonada con José en el establo.

La cortesía delicada hace de la vida común un paraíso. Viviendo siempre juntos somos a veces tentados a descuidar la cortesía. Ciertamente la simplicidad cristiana aparta ceremonias falsas, adulaciones, cumplimientos, pero no las atenciones de urbanidad y delicadeza. El mundo es hipócrita, pero por la cortesía quieren fingir una caridad que no tienen.

La cortesía, es la flor y nata de caridad. La cortesía consiste en sacrificarse por los otros, en darles honor, desaparecer ante ellos. Todo esto impone muchos sacrificios. Lo que los del mundo hacen por cumplimiento, nosotros hagámoslo por verdadera caridad y con sentimientos de verdadera humildad, paciencia, olvido de sí.

Hacer un cumplimiento llegado el caso. Preguntar enfermedades, visitar, por parientes, por penas y, sobre todo, por alegrías; ceder el paso, dejar la mejor silla. Ceder parte del diario, esperar sosteniendo la puerta, preocuparse del vecino. No hacer un gesto ni una palabra que pueda molestar.

Ser agradable, optimista, sobrio. Una manera «gentille», temperada, dulce, alegre, ligeramente original, simples, no afectada, alegre, gustosa de recibir personas y acontecimientos, abiertas…

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