Soplo de Santidad – P. Marie Michel Philipon, OP.

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(de “Los dones del Espíritu Santo” de M. M. Philipon)

El universo de la creación es superado infinitamente por el universo de la gracia. El hombre no es ya una simple creatura, sino que se convierte en hijo de Dios, a semejanza del Hijo Unigénito del Padre: “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: hasta querer que seamos, no sólo de nombre sino realmente hijos suyos” (1 Jn 3,1). “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley, de suerte que recibiésemos la adopción. Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que nos permite decir: ¡Abba, Padre!” (Gal 4, 4-6). Tal es el plan eterno de Dios: “El nos predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que Éste sea el Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29).

Esta obra de divinización y de salvación la realiza en nosotros el Espíritu Santo: “Los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. …El Espíritu en persona da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”. (Rom 8, 14-16). Así, Dios nos “ha hecho partícipes de la divina naturaleza” (2 Pedro 1,4). Para nosotros, ya, no ser más que hombres es decaer. Estamos llamados a vivir “en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1,3), impulsados por el Soplo mismo de la santidad de Dios. Deberemos vivir en la tierra a imitación del Hijo, en la intimidad del Padre, bajo los impulsos de un mismo Espíritu. Para realizar este programa, Dios Padre envía continuamente a su Hijo a nuestras almas para comunicarnos su Luz, y a su Espíritu para hacernos comunicar con su vida de Amor. Las invisibles misiones del Verbo y del Espíritu Santo nos introducen y nos conservan dentro del ciclo de la Vida Trinitaria, para allí “consumarnos” más y más por la gracia, por la gracia, “en la unidad”.

Toda la función que el Espíritu Santo desempeña en cada uno de nosotros consiste en “formar a Cristo en nuestras almas”, desde la primera gracia divinizadora, la del bautismo, hasta las más elevadas alturas de la unión transformante, pasando por todas las crucifixiones de la vida. “El Hijo” sigue siendo el Modelo único. Los justos del Antiguo Testamento y los santos del Evangelio están llamados a reproducir los rasgos de su Salvador, a convertirse, a los ojos del Padre, en imágenes de Cristo. Tal es la misión del Espíritu Santo en la Iglesia: modelarnos a imagen del Hijo para ser como Él y en Él la alabanza de gloria del Padre. La multitud de los ángeles y de los santos se jerarquiza en torno a Cristo para entrar con Él, al Soplo de un mismo Espíritu, en el movimiento de gracia de su divina Filiación, dentro de la Trinidad.

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