La triple diadema de San José

MES DE SAN JOSÉ - 2

Contemplemos con una sola mirada todo lo que fue San José; esto nos servirá para formar algo así como un cuadro de conjunto; después de lo cual entraremos a estudiar cada uno de sus privilegios y virtudes en particular.

Y son tales las grandezas de nuestro santo, y han de suministrarnos una materia tan abundante, que por más que las tomemos por frecuente objeto de nuestras meditaciones, jamás llegaremos a agotarlas, ni dejaremos de hallar algo nuevo que admirar.

Tres magníficos florones se destacan desde luego en la corona que ciñe las sienes de San José: su dignidad, su santidad y su poder.

Representante y sombra viviente del Padre Eterno, ha recibido el sagrado depósito de su Hijo Unigénito, y el de María, criatura bendita entre todas; y él les tributa los homenajes correspondientes de su encendido amor.

San José es, además, jefe de la Sagrada Familia; de esa Trinidad terrestre tan semejante a la Trinidad celeste.

Josué impuso al sol su voluntad; mas, este nuevo y verdadero Josué da sus órdenes y es obedecido por el Criador mismo de los astros.

Pero, si grande es la dignidad de San José, su santidad es aún mayor. El recibió los dones más abundantes y extraordinarios de santidad infusa: santificado desde el seno materno, fue dotado desde luego con todos los favores divinos concedidos a los demás santos, en grado supereminente.

Su santidad adquirida, que el Evangelio sintetiza en esta sola frase, “Era justo”, es un conjunto de todas las virtudes, elevadas a un grado heroico.

El Evangelio nos hace admirar su caridad, su pureza, su perfecta obediencia, su amor desinteresado hacia Jesús, su humildad, su predilección por la vida sencilla y oculta: por poco que nos detengamos a meditar los misterios en que San José tomó parte, descubriremos en él la más sublime santidad, y esta sola expresión: “Era justo” es como el sello de su santidad perfecta. Dios lo ha dotado, por otra parte, de un poder proporcionado a su dignidad, y que es digna recompensa de su perfección.

San José ejerció su autoridad sobre Jesús y María, no solamente en calidad de jefe de la Sagrada Familia, sino que además ellos mismos le dieron todo poder sobre su corazón.

Él tiene derecho sobre los bienes de su Hijo: y son nada menos que los tesoros de la Divinidad; derecho sobre los bienes de su Esposa, más rica en gracias que todos los santos reunidos.

Y, en el reino de los cielos, todavía tiene José el honor incomparable de ser llamado padre, por el Soberano de los ángeles y de los hombres.

Y María, la Reina del cielo y de la tierra, continúa dándole el título de Esposo y lo honra como a tal.

Aspiración. San José, custodio de los graneros eucarísticos del divino Padre de familia, ruega por nosotros.

Treintena

Oración y Letanías

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