Jesús, modelo del pastor y de las ovejas

R.P. Gustavo Pascual, I.V.E

Jesús el Buen Pastor, es nuestro modelo de Pastor. ¡Cuánto nos falta para mostrar en nosotros sacerdotes al Buen Pastor! Porque los cristianos tienen que imitar también al Buen Pastor y sobre todo pertenecer a su redil pero nosotros los pastores además de pertenecer a su redil debemos imitar su pastoreo. Jesús nos ha elegido. Él es quien quiere que seamos pastores. Con nuestras limitaciones, con nuestros defectos, con nuestros pecados: “no me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros”1 y quiere que así como nos ha elegido vayamos asemejándonos a Él. No debemos abandonar el deseo de imitar a Jesús porque si así lo hiciéramos sería fatal para nosotros, dejaríamos de ser pastores para convertirnos en mercenarios o en malos pastores. Para ser pastor hay que entrar por la puerta que es Cristo. Entrar por Cristo no sólo nos hace legítimamente pastores sino verdaderos pastores porque nos hace desear imitar al Buen Pastor.

Jesús es el Pastor perfecto y a Él hay que seguir pero su voluntad es que apacienten su rebaño hombres débiles.

Está la tentación de seguir a Cristo y rechazar a los pastores de Cristo. Muchos buscan un camino solos, van haciendo su santidad al gusto propio, no se dejan guiar, no se dejan sanar, no se dejan conducir, no se dejar apacentar, prescinden de los pastores que son los que dan, los que enseñan lo sagrado2.

Tenemos que pedir por santos pastores que nos conduzcan al Buen Pastor no sólo señalándolo sino haciéndose otros cristos. Sólo por Cristo se puede entrar al redil del Buen Pastor. Tanto los pastores como las ovejas. El entrar por Cristo es tener una experiencia de amor con el Buen Pastor. Es necesario escuchar su voz y conocerlo así como Él nos conoce a nosotros. En el trato con Jesús nos hacemos ovejas suyas. Trato de amigos con Él. Las ovejas reconocen la voz del Buen Pastor y de sus pastores. Para reconocer la voz de Cristo hay que conocer a Cristo, impregnarse de Cristo.

Jesús nos alimenta con los pastos de su doctrina y de su cuerpo sacramentado y nos lleva a la vida eterna. Y nadie podrá arrebatarnos de su mano porque es todopoderoso. “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro”3. Si nos mantenemos con Él, si escuchamos sus palabras, si lo seguimos, nadie nos apartará de Él. ¡No temamos! Cristo ha vencido en sí mismo a todos sus enemigos. Unidos a El también nosotros venceremos.

Y si llegare a tal extremo la situación que no hubiese buenos pastores o no hubiese simplemente pastores Cristo mismo nos apacentaría como leemos en el Evangelio. Se compadeció de sus ovejas porque andaban errantes4. Jesús en esa ocasión las curó y les enseñó. Las curó de sus males físicos y les enseñó para sacarlas de la ignorancia y del error porque es Él es la Verdad5. En esa ocasión las encontró errantes pero todas juntas. Otras veces, que individualmente se alejan, también las va a buscar hasta encontrarlas, las carga sobre sus hombros y las retorna al redil6. No quiere que se pierda ninguna oveja de las que les ha encomendado su Padre.

Ser ovejas de Jesús es un don del Padre y es su voluntad que permanezcan con Él y como es omnipotente como el Padre, “el Padre y Yo somos uno”, nadie las arrebatará de su mano.

Las ovejas de Cristo escuchan su voz. ¿Escuchamos a Jesús que nos habla? ¿Dónde nos habla? Nos habla sobre todo en su Palabra, en los Evangelios. Allí el Señor nos dice qué debemos hacer, cómo debemos vivir en esta vida, allí leemos también como vivió Él para poder imitarlo. Jesús nos habla en la oración. Cuando hacemos silencio y volvemos nuestro pensamiento a nosotros mismos y viéndonos pequeñitos nos ponemos en la presencia de Jesús para que nos consuele. “¡Habla, que tu siervo escucha!”7, “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna”8.

Pasan días enteros y, a veces, semanas sin escuchar a Jesús. ¿Podemos decir que somos de sus ovejas?

Jesús conoce a sus ovejas y me conoce a mí. Nada se oculta a su mirada. Nada de lo que guarda mi corazón que es cofre de donde saco todas mis acciones. Mi alma entera la conoce Jesús. Soy lo que soy a los ojos de Jesús, ni más, ni menos. ¿Para qué aparento lo que no soy? ¿Por qué mi ansiedad qué conozcan mis buenas obras ocultas si Jesús las conoce y eso basta?

Si verdaderamente somos ovejas de Jesús tenemos que desear con ansias seguirlo, es decir, imitarlo. “Quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”9. Y querer imitarlo con perfección: “tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo”10.

Y ¿qué les da este Buen Pastor a sus ovejas? Les da vida eterna.

Ellas, si no se van de su lado, no perecerán y tampoco nadie podrá arrebatárselas porque Jesús tiene el mismo poder que el Padre, es uno con el Padre, es Señor y su nombre está sobre todo nombre porque ha vencido por su muerte y resurrección al demonio y a la muerte. Este Buen Pastor les da vida eterna desde ahora, “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”11, “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre”12. Y se las dará plenamente cuando venga al final de los tiempos. Allí habrá un solo rebaño y un solo pastor.

(1) Jn 15, 16
(2) Sacerdote: se deriva del latín sacrum dare, el que da lo sagrado o de sacrum docens, el que enseña lo sagrado.
(3) Rm 8, 35-39
(4) Mt 9, 36; Mc 6, 34
(5) Jn 14, 6
(6) Cf. Lc 15, 4-5
(7) 1 S 3, 10
(8) Jn 6, 59
(9) E.E. nº 167
(10) Flp 2, 5
(11) Jn 11, 25-26
(12) Jn 6, 51

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