«Exaltación de la Cruz» – Santiago de Estrada (1908-1985)

¡Por tu Cruz, Señor, redimiste al Mundo! ¡Recibid, pues, nuestras alabanzas ahora que vemos cernirse el Santo Signo sobre el haz de la Tierra!

Porque pronto caerá el velo del Tiempo, y el Signo de la Cruz brillará en el Cielo. Ya su sombra se proyecta sobre nuestras pobres cabezas de barro. ¡La dulce Sombra que protege a la Santa Iglesia! ¡La terrible Sombra en que se debate la humanidad deicida! Esa misma Sombra que un día será disipada por los fulgores del Signo, cuando los justos reciban la gracia de la Visión y los réprobos queden sumidos en las más espesas tinieblas.

Como la Cruz, Signo de contradicción (madero infamante y cetro real, vara de Justicia y tabla de Salvación), así tu Sombra. Sobre el sacrilegio florece el Martirio; sobre el pillaje, la santa Paciencia; sobre el odio y el crimen, la Resignación, y sobre los siete pecados capitales, en que aún hoy se pretende asentar la torre inconclusa de Babel, triunfan la Fe, la Esperanza y la Caridad.

¡Sombra de la Cruz! Terrible para la humanidad rebelde, como lo fue su cruz, sombra también de la Cruz, para el mal ladrón que en agonía blasfemaba por haber recibido el justo castigo de sus delitos… ¡Verdaderamente mil veces más provechoso el ejemplo del buen Dimas! Siguiéndolo, la humanidad, en medio del dolor y de la muerte, obtiene idéntica respuesta: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Hoy, con Él.

Así, mientras la Cruz proyecta su Sombra sobre nuestras cabezas de barro, nuestros pies se aproximan al umbral del Paraíso. No del Paraíso que perdió Adán, sino del que nos regaló Cristo Nuestro Señor. Si hacia el de Adán nos dirigiéramos, gozaríamos desde ya del apacible solaz del árbol puesto en medio de aquel lugar de delicias. Pero bien se ve que vamos al otro, al coronado por la Cruz.

¡Oh buena Cruz que recibiste tu belleza de los miembros del Señor! ¿Sería posible que, después de haberte deseado durante tanto tiempo y haberte buscado sin interrupción, la humanidad no se abrazase a ti y no exclamase con el apóstol Andrés: por ti me reciba Quien por ti me redimió.

La humanidad parecería a veces horrorizarse de la Cruz; y, seducida por la vana ilusión de alcanzar el Paraíso terrenal, busca sus deleites y reclama su Justicia, olvidando que desde la Caída perdió para siempre esos deleites y esa Justicia, y que el Señor ha hecho a los hombres sus hermanos en el Dolor y en la Gloria. ¡Oh Cruz, salve, esperanza única! Porque nuestra esperanza y nuestro premio está en la Cruz. En la Cruz llevada con amor y alegría de corazón aquí en la Tierra, y en esa misma Cruz que en el día de la Visión nos será dada como cifra y compendio de todas las maravillas de la Misericordia.

Cuando se corra el velo que cubre la Eternidad y el Santo Signo brille en el firmamento, las miradas de los justos permanecerán absortas en la contemplación del Misterio, y el asombro será redoblado con el convencimiento de que el Signo estuvo siempre allí. Nuestros enfermos ojos carnales no pueden verlo ahora ¡Ah!… pero el Señor no ha querido ocultárnoslo del todo, y he aquí que nos deja ver su Sombra.

Por eso a través del Dolor intuimos el gozo inexpresable, y cuando por los cuatro confines del Mundo se pregona la victoria orgullosa de la Carne, la ley de la Fuerza y la Soberbia de la Vida, ¡ah! nosotros, conscientes de que todo ello no es más que Sombra de la Cruz, proclamamos el Triunfo de Aquel que es manso y humilde de corazón y vence al Mundo por el hecho mismo de su Sacrificio.

No se trata de un triunfo que ha de venir como revancha o desquite de las humillaciones pasadas: si tal fuese no sería triunfo de la Cruz. No, lo que proclamamos es el Triunfo ya logrado, que si bien permanece oculto para los ojos de la Carne será revelado el gran Día que pronto ha de llegar. Y nuestro desquite consistirá en escuchar de labios de todos los hombres: «Verdaderamente cumplido fue lo que cantó David en fiel canto, al decir: Dios reinó sobre la naciones por el Madero».

* En Revista «Nuestro Tiempo», Buenos Aires, viernes 8 de septiembre de 1944 – Año 1 – N° 11, y reproducido en «Santos y Misterios», Colección CRIBA Grupo de Editoriales Católicas, Buenos Aires – 1945

* La imagen que acompaña a la publicación pertenece a Juan A. Ballester Peña y se encuentra también incorporada en ambas ediciones originales.

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