“Nadie viene al Padre sino por mí”(Juan 14:6)

Recordarán que en los tiempos de Santa Teresa había algunas almas que creían o que enseñaban que se podía llegar a la más íntima unión con Dios Nuestro Señor, y especialmente a cierto grado de vida contemplativa, sin necesidad de la santa humanidad de Nuestro Señor, y recordarán con qué empeño y con qué amor Santa Teresa combate esta doctrina.

Ella que más bien de ordinario se deja llevar, se deja guiar, como corresponde a un alma humilde, aquí se pone a combatir con una seguridad absoluta a todo el que piensa del modo que hemos dicho, y entra a discutir, y parece como que pone todo el fuego de su corazón en acabar con esa doctrina. Santa Teresa, sin haber estudiado teología, tenía esa luz de Dios que tienen las almas rectas y puras que van buscando a Dios Nuestro Señor por el camino derecho.

Es natural que a ella no le cupiera en la cabeza que la santa humanidad de Nuestro Señor pudiera ser un obstáculo para que el alma llegue a la mayor perfección. Si fuera necesario demostrar con algún testimonio esta doctrina de Santa Teresa, quizás no encontraríamos otro mejor que éste: Nadie viene al Padre sino por mí, porque en este testimonio se nos da a conocer de una manera muy clara que el único camino y el único medio que tenemos para unirnos a Dios es Cristo Nuestro Señor. Prescindir de este único medio y de este único camino es renunciar a llegar al Padre, es decir, a unirnos con Dios. Y en este sermón de la Cena, en el que hablaba con tanta intimidad con los suyos, dijo el Señor eso que había de comentar Santa Teresa: Nadie viene al Padre sino por mí.

En este punto hay una confusión que conviene aclarar de una vez para siempre. Puede darse el caso de que Dios Nuestro Señor dé al alma una gracia de contemplación muy grande, y con esa gracia el alma se sienta unida a la divinidad con esa unión inefable que el Señor, por su condescendencia infinita a veces, pone en sus criaturas. En ese caso, el alma puede vivir como atónita en esa unión, y, por consiguiente, no pensar entonces en la santa humanidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Tengan en cuenta que la santa humanidad de Cristo Nuestro Señor no es un fin, sino un medio; el medio para unirnos a la divinidad, el medio por el cual la divinidad se manifestó y se reveló a nosotros. Puede, pues, suceder que el alma que ha aprovechado bien este medio llegue un momento a encontrarse como absorbida en la divinidad, y entonces no recuerde en aquel momento la humanidad de Nuestro Señor.

Cuantos sacan de ahí la consecuencia de que lo que debe hacerse para unirse con Dios es prescindir de la santa humanidad, sacan, una consecuencia errónea, y el alma está renunciando al único medio que tiene para ir al Padre. Por consiguiente, hemos de convencernos nosotros de que el camino por donde debemos subir a la más alta perfección, por donde hemos de llegar a la más íntima unión con Dios Nuestro Señor, a la santidad en toda su grandeza; el único camino y el único medio es la santa humanidad de Nuestro Señor Jesucristo. Sin ese medio no se llega y en ese medio están incluidos todos los demás.

P. ALFONSO TORRES –  SJ

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