Novena de Navidad – Día 7 – 22 de Diciembre

Meditaciones de san Alfonso María de Ligorio para la Novena de Navidad

JESUCRISTO ANTE LA INGRATITUD DEL HOMBRE

“Vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron”. (Juan 1,11)

En los días de Navidad, andaba San Francisco de Asís llorando y suspirando por los bosques y caminos, con gemidos inconsolables. Le preguntaron la causa y respondió: ¿Cómo quieren que no llore viendo que el amor no es amado?… Veo a un Dios casi fuera de sí por amor del hombre, y al hombre ingrato para con su Dios….

Ahora bien: si tanto afligía al corazón de S. Francisco la ingratitud de los hombres, cuánto más afligiría al delicado Corazón de Jesucristo.

No bien fué concebido vió la bárbara ingratitud de los hombres. Venía del cielo para inflamar la tierra con el fuego de su amor. Sólo ese deseo le impulsó a descender a la tierra para sumergirse en un abismo de penas y dolores. “Fuego he venido a traer a la tierra ¿y qué voy a querer sino que arda? “(Lc. 12,49).

Luego divisaba un océano de pecados que debían cometer los hombres, aún después de conocer tantas pruebas de su amor.

Esto fué -dice San Bernardino de Siena- lo que le afligió infinitamente.

Aún entre nosotros, el verse uno tratado con ingratitud por otro hombre causa dolor insufrible. La ingratitud – asegura el Beato Simón de Casia – frecuentemente aflige más al alma que otro mal cualquiera al cuerpo.

¿Cuál sería el dolor causado por nuestra ingratitud a Jesucristo, nuestro Dios, al ver que sus beneficios y amor habían de ser pagados con disgustos e injurias?. “Alzaron contra mí males por bienes, y odio en cambio de mi amor” (Sal 58,5).

Hoy también parece que se lamenta Jesucristo, al ver que muchos ni lo conocen ni lo aman, como si no les hubiese hecho bien alguno, ni hubiese padecido por su amor “Por extraño me tuvieron mis hermanos” (Sal. 68,9).

¿Qué caso hacen hoy también muchos cristianos, del amor de Jesucristo?…

Se apareció una vez el Redentor al Beato Enrique Susón en forma de peregrino que andaba de puerta en puerta buscando alojamiento. Pero todos lo arrojaban con injurias y desprecios.

Cuántos hay semejantes a aquellos de quienes habla Job: “Que decían a Díos: Apártate de nosotros… siendo Él quien llenaba sus casas de bienes…” (Jo 22, 17-18).

Hasta ahora nos hemos unido a esos ingratos ¿Seguiremos así?. Imposible. No merece ese trato el Niño amable que vino del cielo a padecer y sufrir por nosotros para ganarse nuestro amor.

 

 

ORACIÓN

¿Será verdad, Señor, que bajaste del cielo para conquistar nuestro amor?. ¿Será verdad que, tras una vida de penas, habiendo venido para abrazarte con una muerte cruel por nuestro amor, a fin de que te recibiéramos en el corazón, hayamos podido arrojarte tantas veces, diciéndote, “Lejos de mí Señor, lejos: que no te amamos?”…
Oh Dios, si no fueras la infinita bondad, si no hubieras dado tu vida para perdonarnos, no tendríamos valor para pedirte perdón… Pero, tú mismo nos ofreces la paz, “Convertíos a mí, dice el Señor, y yo me convertiré a vosotros” (Zac.1,3).
Señor que eres el ofendido, Tú mismo te conviertes en nuestro abogado: “Él es propiciación por nuestras culpas”. (I Juan 2,2)
No queremos inferirte la nueva injuria de desconfiar de tu misericordia. Nos arrepentimos con toda el alma de haberte despreciado. Recíbenos en tu gracia por la sangre que derramaste por nosotros.
“Padre, no soy digno de ser llamado hijo tuyo”… (Lc.15,18..)
No, no somos dignos, Redentor y Padre, de ser hijos tuyos, habiendo tantas veces renunciado a tu amor. Pero nos hacen dignos tus méritos.

Gracias, Padre, te agradecemos y te amamos. Sólo el pensar en la ciencia con que nos has sufrido tanto tiempo, y en las gracias que nos has concedido, después de haberte ofendido tanto, debería hacernos vivir inflamados en tu amor.
Ven Señor, que ya no queremos desecharte más. Ven a habitar en nuestro corazón. Te amamos y queremos amarte siempre más. Inflámanos de amor cada vez más, recordándonos el amor que nos has tenido.

Reina y Madre nuestra María, ayúdanos, ruega al Señor por nosotros. Haz que vivamos agradecidos en los días que nos quedan de vida, a un Dios que tanto nos ha amado, aún después de tantas ofensas.

 

San Alfonso María de Ligorio, Meditaciones de Navidad

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