El colectivo animal oprimido y el nuevo maniqueísmo

P Gustavo Domenech, IVE

Nada nuevo bajo el sol, las herejías de antaño se repiten en nuestro tiempo en forma de ideologías. El maniqueísmo aparece hoy en forma de ecologismo, veganismo. Ambos en el fondo buscan una solución al problema del mal y del dolor en el mundo.  San Agustín en el siglo v conociendo el maniqueísmo desde adentro, ya que había sido en un tiempo parte de este movimiento ideológico, dejó al desnudo sus errores sutiles. Uno de los errores de esta herejía fue igualar el mal y el dolor humanos al de los animales; así veían como moralmente inaceptable matar un animal para consumo humano:

“Por ende, algunos hay que se afanan por extender este precepto ( no matarás) a las bestias y a los animales, de manera que por él no sea lícito matar ninguno . Y ¿por qué no también a las hierbas y a todo aquello que por la raíz se sustenta y está asido a la tierra ? Porque también este linaje de cosas, aun cuando carece de sensibilidad, se dice que vive y, por tanto, puede también morir; y, por lo mismo, cuando se les infiere violencia, se las puede matar (…) ¿Por ventura por esto, cuando oímos: No matarás, pensamos ser un crimen arrancar una mata, y con la mayor de las locuras nos adherimos al error de los maniqueos? Removidos, pues, todos estos delirios, cuando leemos: No matarás, dado que entendemos que no se dice de las plantas, porque no tienen ningún sentido, ni de los animales irracionales, reptiles, volátiles, natátiles, ambulátiles, porque no los asocia a nosotros la razón, que no se les concedió que la tuvieran común con nosotros, y, por ende, por justísima ordenación del Creador su vida y su muerte están subordinadas a nuestros usos; resta que entendamos del hombre: No matarás, ni a otro ni tampoco a ti. Porque el que se mata a sí mismo, no deja de matar a un hombre.”[1]

San Agustín para refutar el maniqueísmo, tomó  para su argumentación los tres primeros capítulos del Génesis, pues allí se encuentran las verdades reveladas sobre la creación material, la jerarquía ontológica de los seres, la centralidad del hombre en la creación, su relación con Dios y el origen del mal. Por ello, quienes hoy repudian cualquier “maltrato” animal, como es el caso de Yuval  Noah Arari autor del libro Homo Deus, hacen una deconstrucción del Génesis, culpando a este libro y  a su religión, el judeo-cristianismo, de instalar una cultura del maltrato animal. Así, según su exegesis de tinte gnóstico, Arari da una explicación del origen histórico del maltrato animal afirmando que la única vez que se dio un dialogo entre un animal, la serpiente y el hombre fue para que el reptil terminara siendo condenado. Además, el hombre al ser expulsado del paraíso para trabajar desde entonces con el sudor de su frente y en gran parte por medio del trabajo pastoril,  se convirtió de este modo en un agente opresor de los animales. Aun más. Fue la religión judía, entre otras, que hizo de los animales un objeto de sacrificio a su dios.[2]

Por lo tanto, la solución al problema del maltrato del animal está en desbancar la superestructura de las religiones y conseguir así la reconciliación con la naturaleza. Los animales y  sobre todo los animales de granja constituyen la nueva clase proletaria o colectivo oprimido. Por ello, no es nada sorprendente que sea la izquierda sobre todo que promueva este nueva dialéctica entre el ser humano y los animales.

No solo en el contexto del progresismo ecologista o nuevo maniqueísmo es preciso entender este movimiento sino también dentro de las teorías evolucionistas. Son ellas que recogieron el fruto de una filosofía dualista de tipo cartesiana considerando la relación cuerpo y alma como algo meramente extrínseco y mecanicista. Así la evolución y no el alma termino siendo el principio ordenador del cuerpo. De modo que el homo sapiens no es mas que un grado mas perfecto que los demás animales producto de la evolución y, debido a esta igualdad el hombre no tiene ningún derecho para arrogarse un supremacismo sobre el planeta tierra.

Ante este nuevo maniqueísmo es preciso volver a ciertos principios del orden de la razón y la revelación divina.

En primer lugar es preciso tener en claro el concepto de la vida. Todo hombre es sensible ante la vida. Donde hay vida parece haber algo de sagrado. Pero la vida es un concepto análogo. Hay vida en su grado más inferior en las plantas por lo cual pueden realizar actos de crecimiento y reproducción. En un grado mas perfecto de vida se encuentran los animales, quienes pueden realizar,  además de las actividades propias de las plantas, actos de conocimiento sensitivo y deseo instintivo. En el grado más perfecto de vida dentro de los seres materiales se encuentra el hombre quien, además de crecer, reproducirse y sentir, puede conocer y querer espiritualmente.

Teniendo en cuenta que lo superior explica lo inferior y lo perfecto a lo imperfecto, hay que ver siempre la vida del hombre para poder entender algo de la vida del animal. Ya la vida del hombre es difícil de entender, cuanto más la del animal, del cual no tenemos conocimiento experimental sino por analogía con el hombre. Además, para la recta apreciación del conocimiento y deseos animales es preciso descartar todo aquello que le pertenece solo a la especie hombre.

¿Qué es lo propio del hombre que lo constituye en una especie -no en sentido botánico sino metafísico, es decir, el principio diferenciador más profundo- distinta del animal?

Es su alma espiritual. Se puede afirmar la espiritualidad del alma por los actos espirituales. Pues el obrar sigue al ser: a acciones espirituales corresponde un principio o ser espiritual. Así, los actos del conocer y el querer humanos tiene cinco características espirituales. Es un conocimiento abstracto, es decir, se puede pensar realidades, por el ejemplo el triángulo abstrayendo, dejando de lado si es blanco o negro, grande o chico, equilátero o isósceles; siendo todas esas cosas a la vez, pero potencialmente. Es un conocimiento universal, es decir, siguiendo con el mismo ejemplo anterior, la palabra triángulo designa toda figura cerrada de tres lados, existente o posible. Es conocimiento necesario, y así la suma de los tres ángulos es igual a dos rectos, necesariamente. Es un conocimiento reflejo: la imagen no se imagina a sí misma, pero el pensamiento se piensa a sí mismo, se tuerce sobre sí mismo (que eso significa reflejarse, como un fleje) originando la conciencia: sé que sé, sé que no sé, tengo una idea de mis ideas y así se puede decir “en este asunto mis ideas todavía no están muy claras”. Por último, el conocimiento humano es uno: la tendencia a la unificación alcanza su máximo en el intelecto, y si es general en el psiquismo humano, es por causa del intelecto; una insaciable sed unificadora parece la tendencia esencial de su dinamismo.

Tales actos indican que el ser humano es el único que tiene conciencia de sus actos y sus afecciones. De esa espiritualidad se desprende otra cualidad humana y es la libertad. Su espiritualidad le otorga la capacidad de no quedar limitado por la materia ni en el conocer ni el querer. Por su libertad, el hombre es responsable de sus actos. Es un ser moral.

Por el contrario, el animal conoce y quiere solo a nivel de lo particular. El conocimiento animal como también el deseo son abismalmente diferente al del hombre. En los animales hay un raciocinio solo de lo particular que los filósofos han llamado “estimativa”. El animal no puede remontarse a la universalidad, al mundo de los signos, de los valores. La razón del animal es más bien un impulso, está aprisionada siempre en un dinamismo actual y presente… Pero esa fuerza estimativa, el instinto, es lo más alto que hay en el animal.

Porque el animal no tiene más que un alma limitada por su fuerza instintiva no es libre, no es por lo tanto responsable. El animal no hace ni bien ni mal. Si el perro ataca a un hombre en la calle no es inculpado por sus acciones, pues son instintivas; no son libres ni responsables. Y así no están ni bajo el derecho civil ni penal. Los animales no tienen derecho.

También se sigue en el animal un desear o querer de lo particular. El animal no quiere o ama realidades espirituales tales como el prójimo. Si el animal muestra actos de sacrificio y renuncia lo hará movido por otro instinto que es el de conservación de la especie. Así un pingüino hembra puede recorrer largas distancias soportando el frio y las privaciones por sus crías, pero no hay un acto de altruismo o amor al prójimo. Es solo instintivo. Y solo lo hará por sus crías o las que adopte como tal.

Yendo a la percepción del dolor. El hombre es el único que tiene conciencia del dolor y de la muerte. Esa conciencia, ese pensamiento de la muerte y del dolor es causa de mayor dolor que la realidad que lo puede provocar. Por el contrario, el animal no tiene conciencia del significado del dolor, de todo lo que implica. Ciertamente que los animales tiene sentimientos porque tienen pasiones o afectos, no obstante, esos sentimientos no son como lo de los hombres. Lewis en su libro el Problema del dolor dedica un capítulo al dolor animal donde afirma lo siguiente:

“Cuando un caballo recibe dos golpes de látigo esa creatura ha recibido dos dolores, pero al no existir un yo coordinador que reconozca yo he tenido dos dolores, no puede haber un ‘me duele’. La descripción correcta seria “el dolor está operando en este animal”, y no “este animal siente dolor”. El hombre, ser consciente no se puede imaginar ese sentir sin conciencia de ello. El hecho de que los animales reaccionen al dolor muy similar a la nuestra no, es por supuesto, una prueba de que sean conscientes”[3].

Si se sostuviese la semejanza del conocimiento sensible del animal con el del hombre,  se caería en el mundo de la fábula, género literario que personifica a los animales. No hay que caer en los antropomorfismo, es decir, de aplicarle acciones propias del ser humano. Y si se aplica es una forma más equivoca que análoga o semejante.

No solo los datos de la razón nos muestran la superioridad del hombre sobre el animal sino también los datos de la revelación divina. Así, afirma el Genesis que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y por tener esta condición el hombre es superior a los animales y por ende están a su servicio:

“Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: ‘Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados, y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” [4].

Hay que distinguir entre tipos de animales, dentro de la especie animal hay diferencia gradual de perfección. No es lo mismo una hormiga que un perro, un animal salvaje y un animal doméstico. El hombre experimenta con el animal doméstico una empatía del “dolor” animal. Lewis afirmaba que el animal doméstico es el más natural, no en el sentido de salvaje sino de apropiado al hombre:

“El animal domesticado es, en el sentido más profundo, el único animal “natural”, el único al que vemos ocupar el lugar para el que fue hecho, y es en el animal domesticado que debemos basar toda nuestra doctrina acerca de las bestias. Ahora bien, se verá que en la medida en que el animal domesticado tenga un yo o personalidad real, se la debe casi enteramente a su amo. Si un buen perro ovejero parece “casi humano”, es porque un buen pastor lo ha hecho así.”[5]

También el cuerpo del hombre participa de la imagen divina mediante el alma, principio ordenador del cuerpo y lo hace ser diferente al del animal.  San Agustín hacia lo observación en su polémica contra los maniqueos:

“Todos los demás animales están sujetos al hombre, no por causa del cuerpo, sino por el entendimiento que nosotros tenemos y del que carecen ellos; aunque también nuestro cuerpo de tal modo ha sido formado, que nos indica que somos de mejor condición que las bestias y, por tanto, semejantes a Dios, puesto que los cuerpos de todos los animales, sea de los que en el agua o en la tierra viven o de los que en el aire vuelan, tienen el cuerpo inclinado hacia la tierra y no erguido como está el cuerpo del hombre; por lo que se da también a entender que nuestra alma debe dirigirse hacia lo alto, es decir, debe estar levantada hacia las cosas espirituales eternas. Así precisamente se entiende, atestiguándolo también la forma erguida del cuerpo que, principalmente por el alma, el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios”[6].

El hombre puede usar de los animales como sustento de su cuerpo, como mascota, como objeto de contemplación, como ser conservador del ecosistema; pero es siempre el hombre el sentido de la creación material, ya que esas creaturas tienen sentido por el hombre. Magníficamente ha sido sintetizado este orden por C. S. Lewis cuando afirma: “ Al hombre solamente se le debe comprender en su relación con Dios. Las bestias han de comprenderse solamente en su relación con el hombre y a través del hombre con Dios.”[7]

Es el orden del cosmos, cosmos es orden es jerarquía. Esta jerarquía Dios la puso de manifiesto en el orden de la creación: los astros, las plantas, los animales y el hombre. No es el hombre para el animal sino el animal para el hombre.

Es frecuente escuchar la comparación entre el hombre y el animal en cuestiones de maldad. Ciertamente que el hombre sobrepasa en “maldad”, aunque a decir verdad los animales no tienen ni  bondad ni maldad pues son categorías morales propias de un ser libre. Por su naturaleza espiritual el hombre trasciende la materia, ya sea transgrediéndola, transformándose así en una bestia (griego, therion), y peores que las bestias, pues el hombre es el único animal que tiene pensamiento y es el único animal que se suicida, o ya sea sobrepasándola volviéndose de esta manera en un ser divino (griego, theion). Así como una sola letra distingue uno de otro, solo una acción puede convertir a un hombre en un ser divino o bestial.

Es necesario volver a la filosofía clásica del hombre y a la revelación para conocer el verdadero orden ontológico y moral entre el hombre y el animal. Esta bien cuidar a los animales domésticos como esta bien criar animales para el consumo humano. Y también es licito matar sea para comer, sea porque es un peligro para otras especies, sea porque pone en peligro la vida humana en algunos casos concretos. Los animales no tienen derecho, el único que tiene derecho es el hombre a tener animales.

 

[1] San Agustín, La ciudad de Dios, I, 20

[2] Cfr. Yuval Noah Arari, Homo Deus, (Albin Michel, Paris 2017), págs. 99-115

[3] C. S. Lewis, el problema del dolor, (Rialp, Madrid 2016), pág. 84

[4] Genesis I, 26-28

[5] C. S. Lewis, el problema del dolor, … pág. 87

[6] San Agustín, de Gennesis ad litteram, 28

[7] C. S. Lewis, el problema del dolor,… pág.87

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3 Comentarios
  1. Gabriel Pese Lanza Dice

    Coincido en todo. No soy vegano. Amo a los animales como a toda la Creación. Solo disciento en que para alimentarnos, no es necesario el maltrato, el sufrimiento del animal antes de sacrificarlo para alimentarnos. Antiguamente a los animales, antes de matarlos, los desmayaban con un dolpe en la cabeza. Hoy, y solo para “optimizar” ganancias, se los comienza a “descuartizar” colgados VIVOS. Antes, creo, que habría que visitar un matadero actual, por ejemplo. Se puede alimentar al hombre sin necesidad de provocar sufrimiento al animal.

  2. Sandy Dice

    Bendecido día por favor ayuda con respecto a las herejías ,paganismo etc en tiempos romanos el ejercicio era algo vano algo con tendencia al mal o bueno yo creo y ahora el físico turismo y la estética yo tuve anorexia vigorexia bulimia y aún tengo mucho miedo a engordar no me gusto y me siento mal al verme gordita* sigo precticando ejercicio pero a veces tengo miedo de para tocarlo se que lo hago por slaudnpero dentro de mi cabe aún un poco de vanidad al practicarlo me pueden ayudar con mi fe y práctica de vida que él espíritus santo nos ayude aquí

  3. Sandy Dice

    Por favor también podrían hablar de la alimentación actúal la gula La tendencia a lo cómodo a lo rico a la alimentación fitness y la salud dietas por favor no sé cómo o no salir de mí trasto trastorno alimenticion

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