La Doctrina Espiritual de Santa Isabel de la Trinidad

En una conversación en el locutorio, que parecía la última, durante largo rato el corazón de la madre y el de la hija se habían encontrado y comprendido en ese grado de intimidad en el que sienten, los que se aman, que todo va acabar. Sor Isabel aprovechó para iniciar a su tan amada madre en el secreto de su vida interior; para ellas fue ése el punto de partida de una nueva forma de amistad, completamente divina, y bajo la mirada de Dios. Al día siguiente de esa conversación, le dirigió una carta que es como un verdadero catecismo breve de la presencia de Dios.

Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y hacemos en él nuestra morada.

Mamita querida, comienzo mi carta con una declaración. Tú ves cuánto te amo, pero desde nuestra última entrevista ese amor se ha duplicado. ¡Cuán dulce era desahogar el alma en la de la mamá y sentirla vibrar al unísono! Paréceme que mi amor por ti es no sólo el de una hija para con la mejor de las madres, sino también el de una madre para con su hija. Soy la Mamita de tu alma: aceptas, ¿no?… Pido al Espíritu Santo que te revele esa presencia de Dios en ti deja que te he hablado. He recorrido, a tu intención, libros que tratan de eso, pero prefiero volver a verte antes de dártelos. Puedes creer mi doctrina, pues no es mía. Si lees el Evangelio según san Juan, verás que en todo momento el Maestro insiste en ese mandamiento: “Permaneced en mí y yo en vosotros.” Y también este pensamiento tan hermoso que se encuentra al comienzo de mi carta, en el que habla de “establecer en nosotros su morada.”

San Juan en sus epístolas desea que tengamos “Sociedad con la Santísima Trinidad”: ¡esta palabra es tan dulce y sencilla! Basta -lo dice san Pablo- basta creer: “Dios es espíritu” y por la fe nos acercamos a Él. Piensa que tu alma es “el templo de Dios”, es también San Pablo quien te lo dice. En todo instante del día y de la noche las Tres Personas Divinas permanecen en ti. No posees la Santa Humanidad como cuando comulgas, sino la Divinidad. Esta Esencia que los bienaventurados adoran en el cielo está en tu alma. Entonces, cuando uno sabe eso, hay una intimidad adorable: ya uno no está nunca solo. Si prefieres pensar que Dios está cerca de ti, más bien que en ti, sigue tu inspiración, con tal de que vivas con Él. No olvides usar mi pequeño practicario; lo he hecho expresamente para ti con tanto amor. Y además, espero que harás esas tres oraciones de cinco minutos en mi pequeño santuario. Piensa que estás con Él y obra como con un Ser amado. ¡Es tan sencillo! No hay necesidad de hermosos pensamientos, sino de una efusión del corazón.

Doctrina Espiritual de Santa Isabel de la Trinidad

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