Peregrinación a San carlos Lwanga – P Diego Cano (Tanzania)

Kangeme, Ushetu, Tanzania, 30 de octubre de 2022
Me alegro de poder ponerme en contacto con ustedes nuevamente, después de algunas semanas, por medio de esta crónica. Para los que están acostumbrados a leer nuestros relatos desde la misión de Tanzania tal vez les ha parecido que hemos dejado pasar varias semanas sin dar noticias de estos lados. Después de la gran fiesta de inauguración de la iglesia de San Pío, hemos tenido la gracia de peregrinar a los mártires de Uganda, y al regresar de ese viaje fuimos a realizar nuestros Ejercicios Espirituales. Por estos motivos estuvimos un poco ausentes, pero no por eso hemos dejado de pensar en los que siguen las noticias de la misión y rezan por nosotros.
Poder peregrinar a los mártires de Uganda ha sido una gracia inmensa, un gran regalo de Dios. Hace muchos años que estamos en esta misión, y podríamos decir que relativamente cerca del lugar, pero por una causa o por otra, nunca habíamos podido ir. Uno de los motivos es el poco tiempo disponible, y tal vez algunos motivos económicos y materiales, que no son los más importantes, pero que se suman. Un sacerdote amigo nos entusiasmó a que lo hagamos, y nos hizo ver la importancia de poder hacer esta peregrinación… mil gracias por habernos impulsado. Es verdad que los mártires de Uganda iluminan de manera especial la iglesia en África, a pesar de ser un continente tan grande, con tantos países, y con una cantidad incontable de tribus e idiomas, sin embargo son los primeros frutos de la evangelización en África subsahariana, que tiene una breve historia, que comenzó en el siglo XIX. Y es una gracia poder estar “cerca” en cierto sentido, pues es un país limítrofe con Tanzania, y a la vez nuestra misión se encuentra a 540 km de la frontera con Uganda. Entre los mártires, que actualmente son 24 los canonizados, hay uno que provenía de Tanzania, de la zona de Bukoba, muy cercana al actual límite entre ambos países. Se trata de Juan Maria Muzei, que nació en la zona de Kagera, y fue el último en morir mártir el 27 de enero de 1887 a la edad de 30 años.
No es mi propósito en esta crónica contar los detalles de la vida y el martirio de Carlos Lwanga y compañeros. Lo que haré será contarles el viaje, y hacer una referencia de los lugares que hemos visitado. Dejando para otro escrito el contar sobre la vida y el martirio, o también dejarles a ustedes el poder buscar y leer más sobre la vida de estos mártires, que es realmente impresionante y muy edificante para nuestras vidas. Pero no sólo sobre los mártires, sino también sobre los misioneros, que no murieron mártires, pero que por ser los primeros misioneros en estas tierras, son un ejemplo admirable. De hecho, varios de ellos están en proceso de beatificación. Por tanto en este grupo de misioneros y mártires, tenemos ejemplos para los laicos (pues todos los mártires, 24 en total, eran laicos), los religiosos y los sacerdotes (los dos primeros misioneros fueron un sacerdote religioso y un hermano). También son ejemplos para todas las edades, pues el más pequeño de los mártires tenía 14 años, la mayoría eran muy jóvenes (entre los 20 años), y algunos adultos.
Pues bien, salimos con el P. Francisco Rossi desde la misión en Ushetu en vehículo propio, hasta Bukoba, noroeste de Tanzania, que descansa junto a la margen occidental del lago Victoria. Son cerca de 460 kilómetros de distancia, que se recorren en unas ocho horas de viaje. Los primeros 60 km son de camino de tierra, hasta llegar a la ciudad de Kahama. Lo sorprendente de este tramo del viaje hacia Bukoba es que después de los 200 km desde Kahama, el paisaje cambia totalmente, y se comienza a ver todo verde, con plantaciones de todo tipo. En nuestra misión continuamos hasta el día de hoy con una gran sequía, y todo está árido y seco, muchísimo polvo, todo reseco. Y sin embargo a mitad de camino cambia, para regocijo nuestro y descanso de la vista. Un par de horas antes de llegar a Bukoba se ven grandes plantaciones de plátanos, y muchos bosques de pinos y eucaliptus. Son paisajes hermosos, en muchas ocasiones con la vista del Lago Victoria a nuestra derecha. También se cruza en una buena parte una reserva forestal, con inmensos bosques, e inmensos árboles nativos. También es frecuente ver grupos de monos, acostumbrados a estar cerca de la ruta, por si los transeúntes les arrojan algo de comida.
Paramos esa noche en un alojamiento que tiene la diócesis de Bukoba, junto a la iglesia catedral, que tiene un estilo moderno, pero que es muy lindo. Una iglesia enorme, con grandes ventanales con vidrios de colores. Detrás del altar principal se encuentra sepultado el primer cardenal de todo África, oriundo de este lugar. La evangelización tiene mucha tradición en Bukoba, y se encuentra una gran cantidad de católicos. Es una de las diócesis de Tanzania con mayor cantidad de sacerdotes. Uno que atiende una de las parroquias cercanas a la ciudad nos contaba que en su parroquia normalmente se realizan cerca de 500 confirmaciones cada año.
La aventura comenzaría al día siguiente, porque debíamos viajar en transporte público, un bus hasta Kampala. La distancia entre Bukoba y Kampala es aproximadamente 300 km, y en el bus se tarda cerca de 12 horas. No es que el bus viaje lento, sino que entre la parada en la frontera, para realizar los trámites de migraciones, y el control de la carga, se pierde mucho tiempo. Pero además, es increíble la cantidad de veces que el bus se detiene, para una cosa u otra. Nosotros estuvimos listos en el lugar donde saldría el bus, puntualmente a las 5:30 am, pues en el ticket decía que a las 6:00 am partía el bus hacia Kampala. Éste venía en viaje desde Dar es Salaam, un viaje larguísimo, así que es normal que tenga demora. Llegó a las 7:00 am, y nos subimos. Esperamos otra media hora para que se ponga en movimiento, pero ya sentados en nuestros asientos. Mientras tanto seguían colocando paquetes y bultos dentro del bus, en todos los asientos que estaban libres y en el pasillo. Para subir o bajar había que ir saltando, o pisando, sobre ellos. Una vez que estuvimos en movimiento, nos alegramos pensando que ya estábamos viajando hacia Kampala, pero la alegría nos duró poco pues a los quince minutos nos detuvimos cerca de una hora en una estación de servicios, y allí comenzaron a llenar una planilla, pidiéndonos los datos a todos los pasajeros, y los documentos a los extranjeros. Nos causaba gracia que cada una hora de viaje, mas o menos, nos volvían a pedir los pasajes para chequearlos.
Luego de un par de paradas más, al fin, llegamos a la frontera con Uganda. Habíamos recorrido solamente 80 km, pero de verdad que parecía toda una odisea. En la frontera fueron muy gentiles en general, pero sobre todo vimos que nos trataban muy bien a los sacerdotes. Terminamos nuestros papeles con relativa rapidez, es decir cerca de una hora, pero allí tuvimos que esperar a que todos los pasajeros terminaran sus trámites… y allí, al rayo del sol africano, al mediodía (desde las 12:00 hasta las 14:00 hs) estuvimos sentados en el bus, esperando a que se ponga en marcha nuevamente. No piensen en que estábamos con aire acondicionado, ni nada por el estilo. La temperatura rondaba por los 32º… a la sombra. No había ningún lugar donde comprar ni una botella de agua. Como detalle pudimos ver que habían algunos carteles alertando sobre el ébola. Por internet pudimos corroborar que se trataba de un brote de muy pocos casos en dos estados del norte de Uganda. Y de hecho en ningún otro momento del viaje vimos que hubieran alertas, o controles sanitarios.
Cuando subió el último pasajero que liberaron en migraciones, nos pusimos felizmente en movimiento, pero nuestra felicidad se veía prontamente limitada por la innumerable cantidad de paradas que hacíamos para seguir cargando bolsos y cajas. Parecía que en cada estación de servicio se querían detener. En una de esas, cerca de las cuatro de la tarde, se detuvo cinco minutos para que pudiéramos pasar al baño y comprar algo para comer. La verdad que fue un alivio poder tener agua, y algo para animar el viaje, pues todavía faltaban un par de horas más. Desde la frontera sólo se recorren 200 km, pero sicológicamente es muy largo. La ciudad de Kampala es muy grande, y a medida que se interna en la ciudad el ingreso se hace cada vez más lento. Cerca de las 18:00 estábamos ya en Kampala. Nos esperaba un primo del padre Johntin, que nos saludó con mucha alegría, y nos ayudó a tomar un taxi que nos dejaría en el alojamiento que habíamos conseguido, una casa para peregrinos, junto al santuario. Llegamos muy tarde, pero con la alegría de ya estar en Namugongo, junto al Santuario de los mártires.
Al día siguiente sería el de la peregrinación a todos los lugares relacionados con los mártires. Por la mañana nos acercamos para poder celebrar la misa y rezar en el lugar del martirio de San Carlos Lwanga, y de la mayoría de los mártires. El lugar es enorme, la iglesia simula una casa del estilo que se hacían allí, como una choza. Pero todo el predio en el que se encuentra el santuario es muy grande. Hay un altar en un sector que tiene un lago, donde se hacen misas multitudinarias. Los días domingos se celebran nueve misas en el predio, tres en el santuario, tres en el lago, y tres en otra iglesia. Para la fiesta de los mártires asisten aproximadamente 3,5 millones de personas. En ese lugar han estado rezando los últimos tres Papas, y también fue visitado por la Madre Teresa de Calcuta.
Tuvimos la gracia de concelebrar la misa en el altar construido sobre el lugar exacto donde quemaron vivos a San Carlos Lwanga y compañeros. Bajo el altar una lámpara roja señala el lugar, y en el frente del altar se exhibe una reliquia del santo. No se conservan muchas reliquias, pues como sabemos fueron quemados vivos, y por lo tanto se consumió gran parte de sus cuerpos. Además que luego del martirio, según nos contaba el rector del santuario, los restos los tiraron en una especie de basural, un pozo donde se tiraban todo tipo de desperdicios, de animales, etc. Pero la historia de cómo se supo que ése era el lugar del martirio, es muy interesante, y también nos la contó el rector. Luego del martirio, por supuesto, por temor, y con prudencia, los cristianos no se allegaron al lugar inmediatamente. Sin embargo, un par de días después, algunos fueron y recogieron un hueso de San Carlos Lwanga, lo envolvieron en una tela, y lo enterraron en el mismo lugar. Cuando algunos años después, ya terminada la persecución del Rey Mwanga, los Padres Blancos regresaron, y los fieles les trasmitieron esa historia, fueron al lugar. Allí excavaron y encontraron, como les habían dicho, el hueso envuelto en la tela. Esa es la reliquia que se conserva de los mártires, y así se sabe del lugar exacto del martirio. Sobre ese punto se construyó el altar, que está al centro de la iglesia, pues es de forma redonda.
El resto del día lo utilizamos para visitar los demás lugares relacionados con los mártires y con la evangelización de Uganda: la Catedral de Kampala, la iglesia de Mapeera en Nabulagala, las tumbas de los reyes, y finalmente el santuario de Munyonyo. (Continúa abajo…)
Cerca del mediodía estuvimos en la Catedral de Kampala. Un edificio hermoso, muy bien conservado, y con excelentes vitrales en las ventanas que cuentan la historia del martirio de los 22 primeros mártires canonizados. La iglesia está muy bien pintada en su interior, impecable. Los vitrales, como les decía, son preciosos, y ponen realmente de manifiesto lo que significó el martirio de estos cristianos para la iglesia católica en Uganda, y en la evangelización de toda la región de los grandes lagos de África.
Desde allí nos trasladamos a la iglesia de Nabulagala. La importancia de este lugar es que fue el primer terreno que recibieron los Padres Blancos (religiosos fundados por el Cardenal Lavigerie) para establecer su misión, otorgado por el Rey Muteesa I. Allí se han trasladado en el año 2011 los restos de los primeros misioneros de Uganda, entre ellos los del Padre Simeon Lourdel y el Hermano Amans Delmas. Ellos fueron los primeros misioneros católicos en llegar a Uganda, en el año 1879, y fue el Padre Simeon Lourdel quien celebró la primera misa en Uganda el 25 de junio de ese año. Se lo conoce a este misionero como “Padre Mapeera”, porque era la manera en que pronunciaban los locales el francés “père” (padre). El lugar ahora se encuentra totalmente rodeado de barrios muy populosos. Muy cerca, a un poco más de un kilómetro, se encuentran las tumbas de los reyes. La iglesia actual es de reciente construcción, pero lo más importante es que en el lugar hay un recordatorio del P. Leon Livinhac, considerado también el padre de la iglesia católica en Uganda, pues fue quien realizó en ése lugar los cuatro primeros bautismos en la vigilia pascual del año 1880.
También es muy hermoso ver una imagen grande, colocada en el parque, que recuerda al P. Mapeera celebrando la misa, en el momento de la consagración del pan. El P. Mapeera bautizó en 1882 a dos de los futuros mártires: Joseph Mukasa y Andrew Kaggwa, que fueron de los primeros en morir. Pudimos rezar en la iglesia que es un memorial de todos estos misioneros y donde se encuentran sus restos actualmente. El P. Mapeera y el Hno. Amans tienen iniciado el proceso de beatificación, que ya está en Roma.
Luego nos dirigimos hacia el lugar de las tumbas de los Reyes de Uganda, entre los que están el Rey Muteesa I (quien recibe a los misioneros), y el Rey Mwanga (quien ordenó la muerte de los mártires). Aquí simplemente vimos el lugar por fuera, porque es un museo declarado patrimonio de la humanidad, las “Tumbas Reales de Kasubi”, y que cobraban una entrada demasiado costosa para lo que se podría ver allí.
Finalmente nos dirigimos a Munyonyo, un sitio importantísimo en la historia del martirio, pues en este lugar se encontraba la corte del Rey Mwanga, y aquí fueron ejecutados los primeros mártires. También aquí fueron condenados a muerte el grupo más grande de mártires. Haciendo una breve historia de lo que sucedió en este lugar, debemos decir que el rey Mwanga había mostrado cierto aprecio por los misioneros cristianos. Pero al llegar al poder su actitud cambió radicalmente. Influenciado por algunas de sus amistades árabes, el nuevo rey empezó a practicar la homosexualidad. No le gustaban las críticas cristianas a sus prácticas. Tampoco le gustaba que el cristianismo significara menos poder del Rey sobre sus súbditos. Por ejemplo, al impedir el tráfico de esclavos como fuente de grandes ingresos. Mwanga I decidió que había de eliminar del mapa de Buganda al cristianismo. Este joven rey que, cuando era pequeño había asistido a la escuela de los Padres Blancos, no aprendió ni a leer ni a escribir porque era “obstinado, indisciplinado e incapaz de concentrarse”. Además, de los comerciantes blancos venidos del norte aprendió lo peor: habituarse a fumar hachís, beber alcohol en grandes cantidades y realizar prácticas homosexuales. Para esto último construye un harén compuesto por pajes, funcionarios, e hijos de los nobles de su corte.
En primer lugar mandó a matar a los primeros mártires, de confesión anglicana, por oponerse a sus deseos inmorales. No satisfecho con eso, manda a matar al obispo anglicano James Hannington. En esta ocasión el joven católico Yoseph Mukasa, quien era el jefe de la corte y amigo personal del rey en su juventud, señala al rey su falta. Por esta recriminación al rey Yoseph murió decapitado y quemado el 15 de noviembre, no sin antes haber perdonado de corazón al rey, por el cual oró para su conversión. Tenía 25 años de edad. Carlos Lwanga sustituyó al primer mártir católico en el liderazgo de la comunidad católica de la corte.
La preocupación más grande de San Carlos Lwanga era proteger a los jóvenes cristianos de los deseos lujuriosos de rey Mwanga. Cuando uno de los pajes se opuso a mantener relaciones sexuales con el soberano, el mismo rey le preguntó cuál era su razón para rechazarle. El siervo le dijo que estaba recibiendo el catecumenado cristiano de manos de Daniel Ssebuggwawo. El rey montó en ira y tras llamar a Daniel a su presencia le atravesó el cuello con una lanza.
No contento con ello, convocó a toda la corte para el día siguiente. Carlos Lwanga, previendo lo que podía ocurrir al día siguiente, bautizó durante la noche, en secreto, a los cuatro catecúmenos que aún no habían recibido las aguas bautismales. Entre ellos está el niño de 13 años llamado Kizito. Esa mañana del 25 de mayo de 1886, Mwanga I separó del resto de su corte a todos los cristianos. Tras amenazarlos inútilmente a que abandonaran su fe, los condenó a muerte, sentencia que se ejecutó en parte ese mismo día y también en días posteriores. El 26 de mayo son asesinados Andrés Kaggwa, jefe de los músicos y pariente del rey, y otro joven más, por la misma razón de ser cristianos y oponerse por lo tanto a sus deseos inmorales.
Desde este lugar comienza un verdadero Vía Crucis de San Carlos Lwanga y otros 12 mártires católicos, junto con otros tantos anglicanos. Caminaron durante ocho días los 45 km que separan Munyonyo de Namugongo, el lugar donde serían ejecutados. Durante el camino fueron torturados, para que renegaran de su fe. Algunos mártires murieron en el camino, atravesados con lanzas y ahorcados, otros mutilados salvajemente.
Entonces, en Munyonyo se encuentra actualmente la tumba de San Andrés Kaggwa, donde pudimos rezar. Allí se ha levantado un santuario muy grande y hermoso. Se encuentran tres imágenes grandes de bronce en el exterior. La primera del Mártir San Andrés, en que se lo muestra mutilado del brazo derecho y atado a un árbol. La segunda imagen, muy bien lograda y expresiva, de San Carlos Lwanga con el rosario en la mano, junto a un mártir anglicano, custodiados por dos verdugos y llevados al martirio. La tercera imagen, colocada además en medio de un parque muy lindo, nos muestra a San Carlos Lwanga bautizando a San Kizito en la noche previa a la condena a muerte. Este santuario también fue visitado por el Papa Francisco en el 27 de noviembre 2015, donde dio un discurso a los catequistas, en recuerdo justamente de San Andrés Kaggwa, patrono de los catequistas.
Por la tarde regresamos a Namugongo, donde está el santuario de San Carlos Lwanga. Fuera del santuario hay una imagen que recuerda la manera en que fueron martirizados 13 mártires, quemados vivos. El 3 de junio de 1886, sobre la colina de Namugongo, fueron quemados vivos 31 cristianos, (entre ellos algunos anglicanos). Allí estaban los doce católicos a cargo de Carlos Lwanga, quien le habría prometido al joven Kizito “voy a tomarte de la mano, si hemos de morir por Jesús, lo haremos juntos, mano a mano”. Quienes asistieron a la ejecución se impresionaron al oírlos orar hasta el final, sin un gemido.
Poder visitar este lugar fue una gracia inmensa, y la coronación de esta peregrinación. Mientras recorríamos estos lugares, santificados por la sangre de los mártires, pensaba en lo que significaría para los misioneros ver morir en esta persecución a la mayoría de sus catecúmenos, y verse obligados a abandonar la misión por un tiempo que no sabían ellos cuán largo sería, o si sería para siempre. Sin embargo, como sabemos, la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. A pesar de la persecución de 1886, el testimonio de éstos y otros misioneros y mártires, permitió que la Iglesia creciera hasta registrar 1.200 bautismos, y 10 mil catecúmenos en 1890, apenas dos años después de finalizada la persecución.
Podemos decir que aquí terminó nuestra peregrinación, pero al menos les cuento en pocas palabras que el “sacrificio de peregrinar” continuó en el viaje de regreso, donde también pasamos 12 horas para recorrer los 300 km desde Kampala a Bukoba, en Tanzania. De todas formas, en lo que sea que haya que viajar, y lo que haya que pasar, la gracia de estar en esos lugares justifica todo sacrificio.
San Carlos Lwanga y compañeros mártires, rogad por nosotros.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE
2 Comentarios
  1. Marisa Dice

    Simplemente gracias padre por sus hermosas crónicas! Y en ésta ocasión darnos a conocer la historia de éstos mártires!!!

  2. Maria Lucero Dice

    Padre Diego muchas gracias por, enseñarme sus recorridos , historia maravillosa de los mártires y su misión con el sacerdote que lo
    Acompañaba .
    Unidos en oración

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