Celibato y amor esponsalicio con la Iglesia

Rev Padre Doctor Miguel Ángel Fuentes

CORRECCIÓN FOTÓGRAFO ROM43 ROMA (ITALIA) 25/03/05 .- El Papa Juan Pablo II sosteniendo una cruz en su capilla privada en el Palacio Apostólico en el Vaticano durante el Viernes Santo, viernes 25 marzo, durante la 14 estación de la tradicional recreación de la Procesión hacia la Cruz. Juan Pablo II por primera vez observó el evento en televisión, no pudo estar presente durante la procesión debido a su convalecencia luego de la cirugía de tráquea que se le practicó. EFE/VATICAN POOL
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La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 29).

una dimensión fundamental del celibato es el sentido esponsal que este tiene respecto de la Iglesia. De ahí que cuando el misterio de la Iglesia no es percibido, o solo lo es de modo defectuoso, la vida sacerdotal y la vida virginal corren el riesgo de presentarse como incongruentes y carentes de sentido[1].

La Pastores dabo vobis decía del sacerdote:

“está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de «celo» divino (cf. 2Co 11,2), con una ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo sea formado» en los fieles (cf. Gál 4,19)”[2].

La relación con la Iglesia entendida como amor esponsal es esencial para comprender tanto el sacerdocio como el celibato, porque este último se entiende como el modo en que el sacerdote ama a la Iglesia como la amó Jesucristo.

Lo decía Juan Pablo II: “La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se caracteriza por aquella entrega originaria que es propia del esposo hacia su esposa, como tantas veces sugieren los textos sagrados. Jesús es el verdadero esposo, que ofrece el vino de la salvación a la Iglesia (cf. Jn 2,11). Él, que es «Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo» (Ef 5,23), «amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5,25-27).

La Iglesia es, desde luego, el cuerpo en el que está presente y operante Cristo Cabeza, pero es también la Esposa que nace, como nueva Eva, del costado abierto del Redentor en la cruz; por esto Cristo está «al frente» de la Iglesia, «la alimenta y la cuida» (Ef 5,29) mediante la entrega de su vida por ella. El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia”[3]. Y más adelante:

“el celibato sacerdotal [se debe considerar]… como un valor profundamente ligado con la sagrada Ordenación, que configura a Jesucristo, buen Pastor y Esposo de la Iglesia, y, por tanto, como la opción de un amor más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia”[4].

El amor sacerdotal, del cual el celibato es su modo específico, es amor a la Iglesia: “El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la caridad pastoral, tiene como destinataria la Iglesia. Así lo ha hecho Cristo «que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,25); así debe hacerlo el sacerdote. Con la caridad pastoral, que caracteriza el ejercicio del ministerio sacerdotal como «amoris officium» (San Agustín), el sacerdote, que recibe la vocación al ministerio, es capaz de hacer de este una elección de amor, para el cual la Iglesia y las almas constituyen su principal interés y, con esta espiritualidad concreta, se hace capaz de amar a la Iglesia universal y a aquella porción de Iglesia que le ha sido confiada, con toda la entrega de un esposo hacia su esposa. El don de sí no tiene límites, ya que está marcado por la misma fuerza apostólica y misionera de Cristo, el buen Pastor, que ha dicho: «también tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10,16)”[5].

Es tan importante esta verdad que se ha llegado a afirmar que en esta entrega esponsalicia se encuentra la “motivación teológica de la ley del celibato”. Así lo hizo Juan Pablo II: “Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa la voluntad de la Iglesia, aun antes que la voluntad que el sujeto manifiesta con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su motivación última en la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor[6].

Según San Pablo la relación del varón y la mujer —tal como es descrita en el Génesis (cf. Gn 1,28; 2,24) y en san Mateo (cf. Mt 19,5-6) es un “anteproyecto” —como dice Schmaus— y prefiguración de la relación entre Cristo y la Iglesia[7]. Por tanto, también lo será de la relación entre el sacerdote y la Iglesia.

También él como Adán, imagen de Cristo y, por consiguiente, del sacerdote que es otro Cristo: 1º ha de dejar a los suyos, los que él ama (“dejará a su padre y a su madre”); 2º se entregará a la Iglesia (“se unirá a su esposa”); 3º haciéndose con ella un solo corazón (“ya no serán dos sino una sola carne”); 4º en un amor indisoluble (“lo que unió Dios, no lo separe el hombre”); y 5º tendrá que engendrar hijos por ella y para ella en fecundidad espiritual (“creced y multiplicaos; llenad la tierra”).

Siendo el celibato de amor del sacerdote la encarnación del amor de Cristo por la Iglesia, tiene su carta magna en lo que escribe san Pablo a los efesios: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5, 25-27). Si el ejemplo de Cristo vale de modelo para los maridos, con mucha más razón ha de ser el paradigma del sacerdote que no debe hacer otra cosa que reproducir y continuar ese místico maridaje de Nuestro Señor y la Iglesia Esposa. Notemos la densidad de cada una de estas expresiones:

1º La amó (dilexit).

Si cualquier hijo de la Iglesia debe amarla, la vocación del sacerdote es absolutamente incomprensible sin una caridad distinguida. El celibato en su aspecto positivo de amor totalizador (es decir, de amor que arrastra toda la persona del amante —junto a todo lo que le pertenece— hacia lo amado) expresa este amor.

2º Se entregó a sí mismo por ella (tradidit semetipsum pro ea).

El amor se traduce en entrega de sí. San Pablo está pensando en el sacrificio y la muerte de Cristo por su Iglesia, en el mismo sentido en que dice en otro lugar: “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20). También Nuestro Señor habló de entrega como dar la vida: “nadie tiene mayor amor que quien da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). El sacerdote debe sacrificarse por la Iglesia. El celibato en su aspecto negativo de renuncia e inmolación es la manifestación propia de esa entrega. En su grado supremo, la entrega se traduce en martirio: “El martirio, dice santo Tomás, entre todos los actos virtuosos, es el que de modo máximo demuestra la perfección de la caridad. Porque tanto más demuestra alguien que ama algo, cuanto más cosas desprecia por la cosa amada, y cuanto más cosas odiosas elige padecer por ella”[8].

3º Para santificarla (ut illam sanctificaret).

La finalidad del amor es el bien del amado; también en el amor a la Iglesia el célibe busca ese bien, que es, por encima de toda otra cosa, la santidad, como dice el Salmo: “la santidad es el ornato de tu Casa” (Sal 93,5).

4º Limpiándola con el lavado del agua (mundans lavacro aquae).

La santidad de la Iglesia es la de sus hijos, los cuales son pecadores, aunque no son miembros suyos en razón de sus pecados, sino a pesar de ellos; propiamente a causa de los valores espirituales que subsisten en ellos y en cuya virtud permanecen de algún modo vivos todavía. Por eso, santificar equivale a purificar y combatir el pecado: “la Iglesia lleva dentro de su corazón a Cristo luchando contra Belial”, dice Journet[9]. San Ambrosio afirmaba: “No en ella, sino en nosotros es herida la Iglesia. Vigilemos, pues, para que nuestra falta no constituya una herida para la Iglesia”[10]. El sacerdote que realmente ama a la Iglesia comienza la purificación de Esta al luchar consigo mismo y al combatir toda forma de pecado y de mundanidad tanto en sí mismo como en su prójimo.

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5º En consecuencia el sacerdote la presenta a Cristo, en cuyo nombre ama y se entrega, con esas cuatro prerrogativas que le asigna el apóstol: gloriosa, inmaculada, sin arruga y santa (ut exhiberet ipse sibi gloriosam, non habentem maculam aut rugam, ut sit sancta et immaculata).

El sacerdote realiza este amor y entrega, ante todo, mirando a la Iglesia con ojos de fe; con ese “sensus Ecclesiae” —sentido eclesial— que nace de la conciencia de que la Iglesia es un misterio que trasciende lo que el mundo percibe de Ella. Hay otros modos de mirarla, como cuando se la observa con ojos temporales y humanos, tal cual lo haría un sociólogo o un historiador de la religión. La mirada de fe hace brotar un conocimiento por connaturalidad que tiene de propio un discernimiento singular para acertar qué pertenece realmente a la Iglesia y qué no. Quien tiene este sentido “descubre, huele, si es lícito hablar así, las enseñanzas de la fe a distancia y por los menores indicios; se inclina a ellas por instinto, discierne sus méritos ocultos y las reduce todas a la unidad”[11].

Este sensus fidei se transforma a menudo en “sensus Ecclesiae minatae”, es decir sentido de las amenazas que se ciernen contra la Iglesia; lo que no todos los cristianos —ni siquiera muchos pastores— poseen, como demuestra el que, a lo largo de la historia, tantos hayan sido ciegos ante gravísimas circunstancias que han puesto en peligro a la Iglesia.

Ocurrió en la trágica coyuntura del arrianismo que puso casi la mitad de la Iglesia en estado de herejía (“ingemuit totus orbis et arianum se esse miratus est”, llegó a decir san Jerónimo, “gimió el orbe entero, y se asombró de ser arriano”). El cardenal Newman, gran estudioso de ese período, llegó a decir: “el cuerpo de los obispos fracasó en su confesión de fe”, frase que hay que interpretar en el sentido de “una parte preponderante” de este cuerpo. Y si triunfó finalmente la fe ortodoxa fue por algunos pocos gigantes que lucharon casi solos, y hasta cierto punto más por la fe del cuerpo de los fieles que por la del cuerpo de los pastores (Newman llega a decir que “en aquel tiempo de inmensa confusión, el dogma divino de la divinidad de Nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido y [humanamente hablando] preservado, más por la «Ecclesia docta» [Iglesia enseñada, es decir, los fieles] que por la «Ecclesia docens» [la Iglesia docente, o sea, la de los pastores]; pues el cuerpo del episcopado fue infiel a su misión, mientras el cuerpo del laicado fue fiel a su bautismo”[12]). Hoy nos encontramos en una situación muy semejante.

En segundo lugar el amor del sacerdote aspira a la comunión con la Iglesia. No hay amor verdadero si este no empuja a la unión, a un sentir común, a una sintonía de corazones. Una forma particular de este “sentir con” la Iglesia es la “compasión eclesial”, es decir, participar en los sufrimientos de la Iglesia. La connaturalidad se convierte aquí en compasión; dolor con y por la Iglesia que —como se dice a menudo— es una, santa, católica, apostólica y perseguida (externamente por los enemigos de Dios, internamente por sus malos hijos).

Finalmente, el amor auténtico hace nacer en el corazón sacerdotal la “magnanimidad eclesial”, o sea, los mismos ideales y aspiraciones de la Iglesia. El amor por la Iglesia se convierte en condesear, conanhelar, conaspirar por la extensión del reino de Dios y la salvación de las almas; la “solicitud por todas las iglesias” de que habla san Pablo (2Co 11,28). Cuando se siente así, se puede decir con Romano Guardini: “La Iglesia se ha despertado en nuestras almas”.

El celibato como entrega total de amor se comprende desde esta relación con el misterio de la Iglesia, o se torna nebuloso y abstruso sin ella.


[1] Lo decía Pablo VI: “adquiera el sacerdote un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de aparecerle sin consistencia e incongruente” (Sacerdotalis coelibatus, 75). Cf. De Lubac, Henri, Meditación sobre la Iglesia, Madrid (2011).

[2] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 22.

[3] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 22.

[4] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 50.

[5] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 23.

[6] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 29.

[7] Además el mismo teólogo añade: “La entrega de Cristo a su esposa no es un proceso transitorio y momentáneo; jamás termina porque su amor es incansable; vive siempre para su esposa, la cuida y protege como a su propio yo; la alimenta con su palabra y, sobre todo, con su carne y sangre eucarísticas. Al regalarle su cuerpo y sangre en el sacramento se convierte realmente en un solo cuerpo y en una sola carne con ella. La unidad entre Cristo y la Iglesia supera la de la comunidad matrimonial de varón y mujer en intimidad, fuerza y duración; Cristo atrae a la Iglesia con una fuerza que supera toda posibilidad humana. La unidad de varón y mujer es una débil imagen de la unidad entre Cristo y la Iglesia. Lo que aquí se intercambia es vida eterna e inmortal, no sólo vida terrena y perecedera como en el matrimonio de varón y mujer” (Schmaus, Teología Dogmática IV: La Iglesia, Madrid [1960]).

[8] Santo Tomás, S.Th., II-II, 124, 3.

[9] Journet, Charles, Teología de la Iglesia, Bilbao (1966).

[10] San Ambrosio, De Virginitate, 8,48; PL 16,278 D.

[11] Comier, citado por Arintero, Desenvolvimiento y vitalidad en la Iglesia, III, Madrid (1976), 174, nota 4.

[12] La frase es muy fuerte y debe ser entendida, lo repetimos, del “grueso” de los obispos (¡a veces uno o dos centenares de claudicantes contra uno o dos pastores fieles!); pero no debemos olvidar que fue la época en que descollaron santos como Atanasio, Hilario de Poitiers, Osio, Ambrosio de Milán, Basilio, Gregorio Nacianceno, etc. El texto de Newman dice: “In that time of immense confusion the divine dogma of our Lord’s divinity was proclaimed, enforced, maintained, and (humanly speaking) preserved, far more by the «Ecclesia docta» than by the «Ecclesia docens»; that the body of the Episcopate was unfaithful to its commission, while the body of the laity was faithful to its baptism” (Arians of the Fourth Century, “Note 5. The Orthodoxy of the Body of the Faithful during the Supremacy of Arianism”, 3ª ed., London [1908]).

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