El amor de Cristo en el Calvario

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Otra condición tiene el amor de Cristo en el Calvario, que debemos mirar con mayor detenimiento. El amor de Cristo en el Calvario, como hemos dicho, es suprema manifestación de ese amor; el amor de Cristo en el Calvario se dilata sin término, por los cielos y la tierra; pero, además, ese amor precisamente se dilata así, y precisamente se manifiesta así en la hora del odio.

El amor  ante el odio

Notemos bien: el Calvario es la suprema hora del odio. Para penetrar mejor esta idea, que es muy real, no hay más que recordar lo que dijo el Señor.  Al salir del huerto y al entregarse a sus enemigos les dijo: Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas (Lc 22,53).

Sabía Jesús que la hora de la pasión era la hora suprema del odio con que le odiaban sus enemigos y del odio del infierno. El Padre celestial permitió que en esa hora se desencadenaran los odios de los hombres y de los espíritus infernales contra Cristo Jesús.

Cristo lo sabía, y por eso, al comenzar esa hora, pronunció esas palabras, que son un rayo de luz que ilumina hasta el fondo el abismo de odio adonde Jesús voluntariamente se arroja. Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.

Si hay un momento en que pueda decirse que ese odio es más desenfrenado que nunca, si hay un momento en que pueda decirse que ese odio despliega toda su maldad, es en el Calvario. ¡Cuántas veces, contemplando el Calvario, lo hemos visto y lo hemos sentido! ¡Cuántas veces, al aplicar al Calvario aquellas palabras de un salmo: Veni in altitudinem maris et tempestas demersit me (Sal 68,3), hemos sentido que una tempestad de odio ha sumergido en un mar de odios al Hijo de Dios!

Pues en esa hora, que es la hora del odio, ama Jesús; y no solamente ama, sino que es cuando ama más. ¿No hemos dicho y sabemos, por la misericordia de Dios, que la suprema manifestación del amor de Jesucristo es el Calvario?

Pues esto, ¿qué significa sino que Jesús, digamos así, despliega como nunca su amor precisamente en la hora suprema del odio? El amor así lleva consigo unos misterios hondísimos, que valdría la pena desentrañar en cuanto nosotros pudiéramos; pero contentémonos con apuntar el siguiente.

Decíamos en una de las pláticas anteriores que el amor, por su naturaleza, tiende a despertar el amor en aquellos a quienes ama; decíamos que, mientras el amor no logra despertar ese otro amor, está como violentado y atormentado, no puede descansar, sufre dolores penetrantes y agudísimos.

Pues pensemos que ese amar de Cristo en la hora del odio es amar sin lograr que en los corazones se levante una centella de amor; o, lo que es igual, sufrir ese tormento dolorosísimo e íntimo que es propio del amor verdadero, sentir la soledad cuando más se va buscando el amor.

Es verdad que en el Calvario estaba la Virgen, y amaba a Jesús como no le amará nunca ninguna pura criatura; pero este encontrar Jesús la respuesta a su amor en el corazón de su Madre era como un introducir a su Madre en la misma soledad que Él tenía, y como un hacerle sentir también a ella ese no ser amado el amor, ese tormento inefable del alma que no logra despertar amor en aquellos a quienes ama.

A este misterio íntimo, delicadisimo de sacrificio, hay que unir esa otra consideración que salta a la vista aun en los menos avisados; y es que no solamente Cristo Jesús no encuentra eco a su amor, sino que precisamente, cuando mayor es su amor, es cuando se desatan los hombres contra El, desahogando los odios que en ellos pone Satanás, y responden al amor de Cristo con desprecio y con tormentos indescriptibles.

En esa hora del amor, no sólo se quedan los corazones fríos, sino que hacen beber a Cristo todas las hieles de odio que caben en el corazón de los hombres y en los mismos demonios. Escribiendo San Pablo a los romanos, les decía: No os dejéis vencer por el mal, sino venced al mal con el bien (Rom 12,21).

Esto que el Apóstol aconsejaba, lo hacía él; y por eso, escribiendo a los corintios cuando éstos estaban más desamorados y, en cierto sentido, hostiles al Apóstol, decía: Gastaré yo lo mío y yo mismo me gastaré por vosotros, aunque cuanto más os ame, menos me améis vosotros (2 Cor 12, 15).

Nunca se han cumplido estas palabras como las cumplió Cristo Jesús desde cualquier punto que se mire. A la muchedumbre de los pecados responde con un diluvio de amor, y, en la medida en que crecen los odios de los hombres, crece ese amor.

¡Pero si Él había venido buscando a los hombres precisamente porque eran pecadores! Pues cuanta más alta suba la marea de los pecados, más devorador será el incendio del amor que anida en el pecho de Jesucristo.

En este misterio tendrían nuestras almas todo lo que necesitan aprender para llegar a la perfección de la caridad.

Aprender a convertir el mismo odio en incentivo del amor, es sabiduría suprema en el arte de amar.

Pues esto nos lo enseña Cristo; y nos lo enseña para que nosotros no solamente no dejemos que, cuando crece la iniquidad, se enfríe nuestro amor, como Jesús anunció que ha de suceder en los últimos tiempos, sino que pongamos nuestra gloria en amar tanto más cuanto más sintamos en torno nuestro el odio, derrochar el amor cuanto más quiera el odio llegar hasta nosotros; más aún (y permitidme esto, que parece una hipérbole exageradísima, pero que, reducido a sus términos, es muy verdadero), tanto más hemos de amar a nuestros hermanos cuanto más les veamos odiar a Jesucristo.

Pues ¿no fue así como Él amó? Y ¿qué hemos de hacer nosotros, si queremos amar como Él, sino seguir sus caminos?

Señalemos otro aspecto del amor del Calvario, sin amplificar más los aspectos anteriores. Si nosotros hubiéramos conversado con Cristo Nuestro Señor acerca de los misterios del Calvario antes de que esos misterios se realizaran o en el momento mismo en que se estaban realizando, si el Señor nos hubiera permitido hablarle con la espontaneidad y con la sencillez de quienes cuentan con su amor y decirle los sentimientos de nuestro corazón, ¿no es muy verosímil que le hubiéramos dicho: Señor, para qué haces tantas cosas superfluas? Tú puedes llevar a cabo la obra de la redención del mundo, y, por consiguiente, hacer cuanto tu Padre te pide que hagas para abrasar en caridad a los hombres, con sólo derramar una lágrima, con sólo lanzar un suspiro amoroso de tu pecho, con una mirada de tus ojos.

Pues ¿por qué tantas cosas superfluas? Superfluo es no contentarse con eso que nosotros decimos, sino llegar a dar tu honra divina, a dar tu vida, y eso en medio de los más espantosos tormentos, y eso en el ambiente de odio que acabamos de ver; superfluo es el que tú des tu honra, tu sangre, tu vida, por quienes ya sabes que van a resistir obstinadamente a tu amor y se van a perder. ¿Por qué esta superfluidad?

Seguramente, si hubiéramos hablado a Jesucristo este lenguaje, que a nuestros oídos puede sonar como discreto, el Señor nos hubiera dicho que nuestro modo de ver y de pensar era necedad; que había una sabiduría muy superior a eso que llamarnos nosotros discreción, y que Él había gobernado su amor por esa sabiduría superior.

En primer lugar, según esa sabiduría, amor y sacrificio son inseparables; de modo que, si Él quería dar la suprema prueba de amor, tenía que llegar al supremo sacrificio.

En segundo lugar, nos hubiera dicho que amor muy tasado, muy medido, podrá ser amor; pero ése no podía ser su amor; su amor no tiene tasa, no tiene medida, no tiene límites. El amor que El sentía en su pecho le pedía que se diera por entero, y que se diera por entero en perfecto sacrificio.

Y porque su amor le pedía eso había llegado a todo eso que nosotros pensábamos que eran superfluidades, exceso de amor.

Este es otro de los aspectos que ofrece el Calvario, y me atrevería a decir que es el más glorioso y el más consolador para nuestras almas. Es Jesús, que en ese momento nos pone ante los ojos que nos ama sin medida, que nos ama con hambre y sed insaciable de sacrificio; Jesús, a quien todo le parece poco para darlo por las almas y por la gloria de Dios; Nuestro Señor Jesucristo, convertido en perfecto holocausto.

Más que mirar a las necesidades precisas de las almas, mira a sus propios anhelos amorosos y a dar a las almas no ya lo que ellas necesitan, sino lo más que puede darles: su divino corazón.

Al contemplar este otro aspecto del amor con que Cristo ama a su Padre y ama a los hombres en el Calvario; al contemplar esos infinitos excesos de amor, ese infinito derroche de amor, ¿quién no se siente anonadado, confundido, avergonzado, si alguna vez ha tenido menos confianza en el amor con que Cristo le ama?

Pero al mismo tiempo, ¿quién, al contemplar esos excesos y derroches infinitos, no siente la necesidad de darse por amor y de darse en sacrificio para gloria de Dios y para bien de las almas?

¿Quién podrá decir «Basta» en ese darse por las almas y por el Padre celestial?

No hay generosidad que no brote de esta santa semilla de los derroches del amor de Cristo en el Calvario, y de ahí brotaron las generosidades y esta locura de amor de los santos. Y, si queremos que de nuestro corazón brote algo semejante, sembremos esta semilla en El, vivamos con los ojos clavados en Cristo Jesús, derrochador de su amor divino.

Cortemos aquí estas reflexiones, que parece que no deberían tener término, y contentémonos con ver que el Señor ama en el Calvario a Dios y a los hombres de la manera que hemos dicho; es decir, de la manera que nosotros torpísimamente hemos indicado; porque ¿quién es capaz de ahondar, de sondear todo lo que se encierra en esos aspectos del amor a que venimos aludiendo?

Pero no cortemos estas reflexiones sin volver amorosamente los ojos a Jesús, y compasivamente a nuestras almas. Digo compasivamente al ver cuán tardos, cuán retraídos, cuán poco generosos somos en el ejercicio de la caridad. No descansen nuestros ojos en esa ruindad nuestra. Mirémosla de paso, nada más que de paso, para luego engolfarnos en el amor con que Cristo ama, para engolfarnos en esa hoguera sin término, y ver si, engolfados allí, acertamos a agradecer a Jesucristo todo lo que le debemos y acertamos a encender nuestro pobre corazón en las llamas que abrasan el suyo.

Vamos a pedir unos para otros esta caridad: el que podamos aplicarnos un día lo que San Pablo decía de sí mismo hablando de su amor a los filipenses: Os amo en las entrañas de Jesucristo (Flp 1,8). Es decir, pedimos el que todos lleguemos a amar en las entrañas de Jesucristo, con el amor a Jesucristo; que amemos así a nuestros hermanos, pero que amemos así, sobre todo, a nuestro Dios, que así ha querido derrochar el amor para encender nuestras almas en amor.

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