El beso de Judas

Una fidelidad que valía treinta monedas… Mt 26, 45-50. Mc 14, 41-45. Lc 22, 47-53.

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Uno de los tantos aspectos que diferencian al hombre de Dios es el del “poder y no poder hacer el mal”. Es así que todo aquello de negativo que se cruce en nuestras vidas siempre quedará, en definitiva, inmerso en el misterio de la divina permisión, el cual normalmente expresamos así: Dios no quiere los males, sino que a veces los permite, y esto no por falta de virtud o de poder –¡claro que no!, lo sabemos-, sino todo lo contrario; porque es tal y tan grande el amor que nos tiene, que nos ha regalado a cada uno de nosotros un don eximio, una especie de diamante de valor inmensurable, cuya característica principal es la de ser expresión de su amor por nosotros a la vez que impronta espiritual, de tal exclusividad, que constituye semejanza con Él, en cuanto nota característica de los seres espirituales. Y ese don se llama libertad, el cual Dios respeta a tal punto que jamás nos priva de ella. Es así que como todo otro don implica la gran responsabilidad de ser empleado correctamente, ya que lo contrario significaría hacer el mal, y esto puede hacerlo el hombre por propia decisión, pagando luego él mismo y los demás las tristes consecuencias. Pero dejemos  bien en claro que no nos referimos aquí al pseudo-concepto de libertad que hoy en día se nos quiere transmitir, es decir, el famoso slogan “haz lo que quieras”, sino al de la loable sentencia agustiniana que nos dice “ama y haz lo que quieras”; ambos completamente opuestos, por la sencilla razón de que el uno termina en el Reino de los Cielos, mientras el otro en la triste e irrevocable separación de la eterna Bienaventuranza.

Hablar de verdadera libertad, es hablar del don que nos hace capaces de elegir a Dios, es decir, aptos para abrazar lo correcto y fuertes para renunciar al pecado y romper sus cadenas. Es por eso que san Agustin llega a afirmar que el que ama –y se refiere al amor verdadero: no sensiblero, no pasional, no fugaz o condicionado-, puede hacer lo que quiera, ¿por qué?, porque el que ama “de verdad” sabe bien (y así lo asume) que el amor verdadero es esencialmente oblativo, es decir, capaz del sacrificio propio con tal del bien del amado. El simplemente “haz lo que quieras” que nos presenta el mundo como ejercicio propio de la libertad, sin tener como timón de nuestro obrar el verdadero amor a Dios, constituye un malicioso error que busca tan sólo perder el alma haciéndola rebelarse, paradojalmente, contra la finalidad misma de la libertad, puesto que su criterio no es el amor verdadero sino la conveniencia mundana, también llamada “amor egoísta” o falso amor, que es el de aquel que no está dispuesto a sacrificar –o sacrificarse-, el que no quiere hacer renuncias; en definitiva, el que “libremente se ata con las cadenas del pecado”, corrompiendo así la libertad, su libertad, empleándola absurdamente contra Aquel que por amor se la concedió como capacidad -reiteramos-, de elegir el bien y hacer así meritoria nuestra elección. Libertad, entonces, no es tanto “posibilidad” cuanto “capacidad” del bien.

Corromper los dones de Dios es como arrojar al lodo un collar de perlas, y peor aún. Reprochar al Creador que haga justicia al pecador rebelde que no quiere convertirse, es la más contradictoria injusticia que puede hacerle el hombre; y alegar que “porque soy libre puedo ceñirme las cadenas del pecado”, constituye un penoso y egoísta engaño, el cual como todas las acciones del hombre, delante de Dios, comporta necesariamente consecuencias.

Dejamos todo esto bien en claro en esta extensa introducción porque justamente en el encuentro crucial de la noche del Jueves Santo, entre Judas y Jesucristo –que ahora pasamos a considerar-, tenemos un manifiesto y triste ejemplo de esta corrupción de la libertad en un aspecto terriblemente negativo: la traición; ya que así como Jesucristo, a fuerza de amor, pudo permanecer fiel a su misión redentora pese al indecible y sin par dolor de su corazón[1], así también merced al siempre oscuro misterio del pecado, Judas fue capaz de transformar un gesto lleno de respeto, confianza y amor, en un criminal acto de perfidia, y al punto tal que hasta el día de hoy su nombre nos llega inevitablemente unido a ella.

Retomando el inicio de este escrito podemos decir que: Jesucristo, Dios encarnado, “no pudo no llegar hasta el final”, porque libremente había entregado su voluntad al Padre[2]; Judas, en cambio, “libremente pudo hacer traición a su Señor”… Y la respuesta, como se deja ver, la encontraremos siempre en el ámbito de aquello que verdaderamente ama más el hombre: a Dios o a sí mismo.

El beso: expresión del afecto ultrajada

 Para hablar acerca del beso de Judas no está de más recordar algunos pasajes de la Sagrada Escritura en los que este gesto, normalmente ligado al afecto que desean expresar los corazones, nos revela sus diversos matices. Así, por ejemplo, Labán corrió al encuentro de Jacob al enterarse que era el hijo de su hermana, y luego de abrazarlo enseguida lo besó[3]; y lo mismo hizo éste último al reencontrarse con su hermano Esaú y llorar juntos de emoción[4]; besó también José a sus hermanos luego de dárseles a conocer y abrazar a cada uno de ellos[5]; y lo mismo Aarón al encontrar a su hermano Moisés en el Monte de Dios[6]. Pero también en el Nuevo Testamento encontramos este “exuberante gesto”, antes que en Getsemaní, aunque en un escenario completamente diferente, el cual de no haber sido por Judas ciertamente se hubiese arrogado para sí su más profunda significación que es el amor. Y nos referimos al episodio en que la pecadora arrepentida no cesa de besar los pies de Jesús, porque estaba compungida, porque estaba agradecida, porque halló misericordia, sí, pero sobre todo porque mucho amó… y así lo expresó con este gesto[7], el cual como luego se verá sólo podía ser manchado por la traición.

Hemos catalogado al beso como exuberante, porque es mucho lo que puede llegar a expresar: alegría, gratitud, confianza, perdón, parabién, comprensión, respeto, etc., pero su primera significación siempre será el amor. Y como la amistad es una de las especies del amor, trasladémonos ahora -teniendo esta verdad presente- a Getsemaní, a la noche aquella que abarcaba el alma entera del Señor, el cual según san Mateo llama “amigo”[8] a su entregador, porque realmente lo amaba y con total sinceridad le había ofrecido su amistad incondicional[9]; y que en el texto de san Lucas directamente le dice “Judas”, expresando así la misma cercanía y familiaridad que había entre el discípulo y el Maestro. A esto agrega el  Crisóstomo: “Le llama con su verdadero nombre, lo que más debió moverlo a arrepentirse y desistir de su traición, que a provocar su enojo”, pues con esto le demostraba Jesús que permanecía fiel al lazo establecido por Él mismo cuando subió al monte y lo llamó junto a sí[10]. No lo llama traidor, no rechaza su beso, ni siquiera huye, simplemente le hace ver el sinsentido de su actitud dejando de manifiesto hasta qué punto llegó su corrupción: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?[11] -le pregunta Jesús-, puesto que hizo aquello que sólo consigue un corazón pervertido: pagar mal por bien, y en este caso, además, infamando tanto al Cordero de Dios inocente, cuanto a la señal de afecto mediante la cual lo envía a la muerte: “¿Entregas con beso? –comenta san Ambrosio- , es decir, ¿con el signo del amor infieres una terrible herida, y con el signo de paz produces la muerte? Siendo el siervo, entregas a tu Señor; siendo el discípulo, a tu Maestro; y habiendo sido elegido, a tu elector.”

¿Cómo explicar la traición de Judas a un afecto tan puro como la amistad de Cristo?; sólo nos queda dejarlo bajo el misterioso velo de la traición primera y más profunda capaz de cometer un alma, de la cual surgirá “lógicamente” cualquier otra especie de perfidia: la de la propia conciencia.

La traición: tres lesiones

Recordemos lo que ya todos sabemos: Judas, al igual que los otros once, fue elegido por el mismo Jesucristo para ser su apóstol y que estuviera junto con Él[12]. Compartió su misión, sus viajes; recibió de sus propios labios la doctrina evangélica y el poder de expulsar demonios[13]; formó parte del selecto grupo de los pocos a quienes les eran explicadas las parábolas[14]; lo vio hacer milagros y manifestar abiertamente su autoridad[15], e incluso estuvo con Él cuando aceptó la confesión petrina de su divinidad[16]. Fue así que el beso de Judas, encierra en sí mucho más daño que el de una traición cualquiera (siendo ella –claro está- siempre algo abominable), porque la relación de exclusividad que comportaba el amor de amistad de Cristo contaba además con la impronta sin igual de su divinidad, lacerando así, el de las treinta monedas con su delito, un Sagrado Corazón que abarca mucho más de lo que pueden llegar a ver los ojos terrenales.

De los muchos daños provocados al divino Corazón, mencionamos brevemente tres lesiones especiales que se siguieron de la corrupción de aquel que traicionaba.

En primer lugar la dignidad de la persona; ya que Jesucristo es Dios verdadero, hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación, como reza el Credo Niceno, pero conservando toda su divinidad intacta. Por ende, cuando Judas se atrevió a rebajar al Creador de cielo y tierra a unas infames monedas, rebajó también en su corazón la divina bondad y demás atributos, poniendo absurdamente precio a Aquel que gratuitamente descendió de lo alto para rescatar su alma del abismo, en el cual ahora libremente Judas se arroja al traicionar. No era un hombre cualquiera a quien entregaba –y el discípulo apóstata bien lo sabía -, sino al hombre que se le había manifestado claramente como Dios.

En segundo lugar, se lesionan aquí los ya mencionados beneficios prodigados, fruto de la más injusta ingratitud y expresión de una fe cuyo funeral ya había sido celebrado, puesto que el entregador se aferró más a sus errores que a la verdad sobrenatural. Aquellos tres años de intimidad con Jesucristo que ofrecían una dichosa eternidad, se vienen abajo en un alma pervertida incapaz de corresponder a todo el bien dispensado, y todo por culpa de aquello que Cristo siempre combatió y de lo cual nos vino a liberar: el pecado.

La tercera lesión, y más dolorosa aun para el Mesías, fue la cercanía especialísima del que dejaba de contarse como parte de los doce: su amistad.

Caer en manos de los enemigos siempre resulta algo penoso, tal vez frustrante; pero ser entregado a ellas por un amigo, no puede ser menos que desgarrador debido a la espantosa contradicción que lleva consigo: un amigo ama, un enemigo odia; un  amigo busca el bien del amado, un enemigo su mal; un amigo se alegra de los bienes del otro, un enemigo de sus males; y, finalmente, un amigo verdadero está dispuesto a dar la vida por el amado si es necesario, un enemigo, en cambio, a hacer todo lo posible para arrebatársela. Pero aquí por divina disposición Judas no pudo escapar al plan salvífico, pese a la patente realidad de su culpa, ya que Jesús se entregaba libremente, sabiendo bien que tenía plena autoridad para volver a tomar cuando quisiera la vida que ofrecía[17]; fue así que continuó, porque vino a dar su vida en rescate de muchos[18], y porque –como Él mismo había dicho- no hay amor más grande que dar la vida por los amigos[19].

Jesucristo, el amor más grande

La actitud de Jesús, ante el beso de Judas y su entrega traicionera, resulta completamente desconcertante para la lógica humana, mas no así para los designios del Altísimo, que ya desde antiguo nos había dejado una enigmática pincelada sobre el ahora revelado “Siervo sufriente”[20]. Dios siempre ha sido y será aquel que amó primero[21], y tanto que nos envió a su propio Hijo[22], que camina hacia el suplicio manso como Cordero[23], con tristeza mortal en un herido corazón que agoniza sin poder morir, a causa del copioso amor por los pecadores que no ha cesado de latir en él y que acompaña cada triste paso del Mesías traicionado. Ironías del pecado: recibe un beso mortal el Autor de la vida[24]; es vendido en las tinieblas quien vino como luz del mundo[25]; y es entregado a la muerte por aquel que llamó amigo[26], Jesucristo, el amor más grande[27].

Que la consideración de la traición de Judas y su beso impostor, se convierta en nosotros en una incondicional fidelidad a nuestro Redentor, que nos conduzca a apropiarnos aquellas palabras llenas de esperanza para los que enmiendan sus traiciones a la divina gracia: “¡Alégrate, cristiano! porque en el tráfico de tus enemigos, venciste tú, pues lo que vendió Judas, y los judíos compraron, tú lo adquiriste”.[28]

P. Jason Jorquera M.

 

[1] Cf. Mt 26,38

[2] Cf. Lc 22,42

[3] Cf. Gén 29,13

[4] Cf. Gén 33,4

[5] Cf. Gén 45,15

[6] Cf. Ex 4,27

[7] Lc 7, 36-50

[8] Cf. Mt 26,50

[9] Cf. Jn 15,15

[10] Cf. Mc 3,13

[11] Lc 22,48

[12] Cf. Mc 3,13

[13] Lc 9,1

[14] Cf. Mc 4,34

[15] Cf. Mc 1,27

[16] Cf. Mt 16,16

[17] Cf. Jn 10,18

[18] Cf. Mc 10, 45; Mt 20,28

[19] Cf. Jn 15,13

[20] Cf. Is 42, 1-4; 49, 1-6; 50, 4-9; 52, 13-15; 53,12.

[21] 1Jn 4,19

[22] Cf. Jn 3,16

[23] Cf. Is 53,7

[24] Cf. Jn 14,16

[25] Cf. Jn 8,12

[26] Cf. Jn 15,15

[27] Cf. Jn 15,13

[28] Rábano, en: Catena Aurea, comentario a Mt 26,47-50

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