El heroísmo de los pastorcitos de Fátima

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El heroísmo de los pastorcitos:

   «Aquella Señora nos ayuda siempre. Es nuestra amiga» (Palabras de Jacinta)

en la tercera aparición de Nuestra Señora en Cova da Iria, la del 13 de julio de 1917, me detuve particularmente en la primera parte del secreto, la visión del infierno. Allí, de manera admirable, la Virgen María se presenta como la gran y eximia catequista de los novísimos, de la escatología, de las verdades últimas: muerte, juicio, cielo, purgatorio, infierno. (Recuerdo que el diario La Nación de Buenos Aires había dicho que el Catecismo de la Iglesia Católica no hablaría del infierno –y se equivocaron totalmente–, como tantos que hoy en día niegan la realidad del infierno o quienes prohiben predicar sobre el infierno, etc.). Como saben, lo esencial de esta tercera aparición fue la comunicación del «secreto», con sus tres partes, las cuales ciertamente están relacionadas entre sí.

Quisiera referirme a un aspecto poco conocido en lo que se refiere a la historia del secreto, que tiene un gran valor apologético como una garantía más de la veracidad del mensaje. Este aspecto es el heroísmo con que el secreto fue guardado por los tres pastorcitos. Cuando la Virgen acabó de revelar el contenido del secreto, lo último que dijo fue: «Esto no lo digáis a nadie. A Francisco si podéis decírselo». Cumplir este mandato, convirtió a los pastorcitos en valientes confesores de la fe.

Resulta muy interesante ver cómo estos niños de 7, 9 y 10 años tuvieron el don de fortaleza en grado extraordinario. Ni las amenazas de muerte del Administrador de Vila Nova de Ourém, ni los tortuosos interrogatorios a los que fueron sometidos, ni los palos y escobazos que la madre de Lucía dio a su hija, lograron que se desdijeran entre sí, ni tampoco pudieron sacarles una palabra acerca de lo que la Virgen les había mandado no decir a nadie. Leyendo las Memorias de Lucía, se encuentran muchas referencias a la «guarda del secreto» y a los sufrimientos que les acarreó; como ejemplos, transcribo algunos pasajes:

1. Amenazas del Administrador de Vila Nova de Ourém.

«Vinieron un día a hablarnos tres caballeros. Después de su interrogatorio, bien poco agradable, se despidieron diciendo:

–Mirad si os decidís a decir ese secreto; si no, el Señor Administrador está dispuesto a quitaros la vida.

Jacinta, dejando traslucir su alegría en el rostro, dijo:

–¡Qué bien! ¡Con lo que me agrada Nuestro Señor y Nuestra Señora! ¡Así vamos a verla enseguida!

Corriendo el rumor de que, efectivamente, el Administrador nos quería matar, una de mis tías, casada en Casais, vino a nuestra casa, con la intención de llevarnos a la suya, porque decía ella:

–Yo vivo en otro Ayuntamiento y por eso el Administrador no os puede ir a buscar allí.

Pero su intención no se realizó, debido a que nosotros no quisimos ir y respondimos:

–Si nos matan, es lo mismo; vamos al Cielo».[1]

El Administrador de Vila Nova de Ourém haciéndose eco de la preocupación que ya existía en el gobierno, marcadamente anticristiano y masón, citó a los padres de los pastorcitos y a los niños, con el fin de intimidarlos a que revelaran el secreto. Cuenta Lucía:

«Pasados no muchos días, mis tíos y mis padres reciben orden de las autoridades para comparecer en la Administración, al día siguiente, a la hora marcada; con Jacinta y Francisco, mis tíos; y conmigo, mis padres. La Administración está en Vila Nova de Ourém; por eso, había que andar unas tres leguas, distancia bien considerable para unos niños de nuestra edad. Y los únicos medios de viajar en aquel tiempo, por allí, eran los pies de cada uno, o alguna burrita. Mi tío respondió enseguida que comparecía él; pero que sus hijos no los llevaba:

–Ellos, a pie, no aguantan el camino –decía él– y montados no irían seguros encima del animal, porque no están acostumbrados. Además, no tengo por qué presentar a un tribunal a dos niños de tan corta edad.

Mis padres pensaban de otra manera:

–La mía, va; que responda ella. Yo de estas cosas no entiendo nada. Y, si miente, está bien que sea castigada.

Al día siguiente, muy de mañana, me montaron encima de una burra, de la que me caí tres veces en el camino, y allá fui acompañada de mi padre y de mi tío. Me parece que ya conté a V. Excia. Rvma. cuánto sufrieron en este día Jacinta y Francisco pensando que me habían matado. A mí lo que más me hacía sufrir era la indiferencia de mis padres; esto lo veía más claro cuando observaba el cariño con que mis tíos trataban a sus hijos. Recuerdo que en este viaje me hice esta reflexión: ¡Qué diferentes son mis padres a mis tíos! Para defender a sus hijos se entregan ellos mismos. Mis padres muestran la mayor indiferencia para que hagan de mí lo que quieran; pero, paciencia –decía en el interior de mi corazón–, así tengo la dicha de sufrir más por tu amor, oh Dios mío, y por la conversión de los pecadores. Con esta reflexión encontraba siempre consuelo.

En la Administración fui interrogada por el Administrador en presencia de mi padre, mi tío y varios señores más, que no sé quiénes eran. El Administrador quería forzosamente que le revelase el secreto, y que le prometiese que no volvería más a Cova da Iria. Para conseguir esto, no se privó ni de promesas ni de amenazas. Viendo que nada conseguía, me despidió manifestando que lo había de conseguir, aunque para ello tuviese que quitarme la vida. Mi tío recibió una buena reprensión por no haber cumplido la orden; después de todo esto, nos dejaron volver a nuestra casa».[2]

En la Memoria primera, Lucía cuenta el mismo episodio con algunas otras circunstancias, que destacan también el sufrimiento de Francisco y Jacinta mientras Lucía comparecía ante el Administrador lo mismo que su valentía. Leyéndolo, parece que se revive la escena del apóstol Tomás cuando decía: Vayamos y muramos con él (Jn 11,16), pero con la candidez e ingenuidad propia de los niños: «Si ellos te matan, le dice Jacinta a Lucía, les dices que Francisco y yo somos también como tú, y que queremos morir contigo». Así lo cuenta Lucía:

«Un día, mi padre y mi tío fueron avisados para que nos llevasen al día siguiente a la Administración del Consejo. Mi tío dijo que no llevaba a sus hijos, porque, decía:

–No tengo por qué llevar a un tribunal a dos criaturas que no son responsables de sus actos; además ellos no aguantan a por el camino hasta Vila Nova de Ourém. Voy a ver lo que ellos quieren.

Mi padre pensaba de otra manera:

–A la mía, la llevo: que se las arregle con ellos; que yo de estas cosas no entiendo nada.

Aprovecharon entonces la ocasión para meternos todo el miedo posible. Al día siguiente, al pasar por casa de mi tío, mi padre le esperó un momento. Corrí a la cama de Jacinta a decirle adiós. En la duda de no volver a vernos, la abracé y la pobre niña me dijo llorando:

–Si ellos te matan, les dices que Francisco y yo somos también como tú, y que queremos morir contigo. Y yo voy ahora con Francisco al pozo a rezar mucho por ti.

Cuando por la noche volví, corrí al pozo; y allí estaban los dos de rodillas echados sobre el brocal, con la cabecita entre las manos, llorando. Cuando me vieron, quedaron sorprendidos:

–¿Tú, estás aquí? Vino tu hermana a buscar agua y nos dijo que ya te habían matado. ¡Hemos rezado y llorado tanto por ti…!»[3].

¿Qué niño no revelaría un secreto después de pasar lo que los pastorcitos pasaron?

2. La cárcel.

Sin embargo, aún no estaban agotados todos los medios para intimidarlos y hacerlos revelar el secreto. El día 13 de agosto de 1917, en que 18.000 personas esperaban la aparición, el Administrador secuestró a los pastorcitos y los tuvo tres días en la cárcel. En el tiempo que los tuvo prisioneros en el calabozo, el funcionario trató por todos los medios, amenazando con violencias o aterrorizándolos, de sacarles los «secretos». Sigue contando Lucía:

«Entre tanto, amanecía el día 13 de agosto. Las gentes llegaban de todas partes desde la víspera. Todos querían vernos e interrogarnos y hacernos sus peticiones para que las trasmitiésemos a la Santísima Virgen. Éramos, en las manos de aquellas gentes, como una pelota en las manos de los niños. Cada uno nos empujaba para su lado y nos preguntaba por sus cosas, sin darnos tiempo a responder a ninguno.

En medio de esta lucha, aparece una orden del Sr. Administrador, para que fuera a casa de mi tía, que me esperaba allí. Mi padre era el intimidado y fue a llevarme. Cuando llegué, estaba él en un cuarto con mis primos. Allí él nos interrogó e hizo nuevas tentativas para obligarnos a revelar el secreto y a prometer que no volveríamos a Cova da Iria. Como nada consiguió, dio orden a mi padre y a mi tío para que nos llevasen a casa del Sr. Cura. Todo lo que nos pasó después en la prisión, no me detengo ahora a contarlo…», concluye Lucía.

El testimonio que dieron en la prisión fue extraordinario. Ni siquiera la amenaza de «fritarlos» logró arrancarles el secreto.

«Cuando pasado algún tiempo estuvimos presos, a Jacinta lo que más le costaba era el abandono de los padres; y decía corriéndole las lágrimas por las mejillas:

–¡Ni tus padres ni los míos vienen a vernos!; ¡no les importamos nada!

–No llores –le dice Francisco–; ofrezcámoslo a Jesús por la conversión de los pecadores.

Y levantando los ojos y las manos al cielo hizo él el ofrecimiento.

–¡Oh mi Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores!

Jacinta añadió:

–Y también por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.

Cuando después de habernos separado, volvieron a juntarnos en una sala de la cárcel, diciendo que dentro de poco nos iban a buscar para freírnos, Jacinta se acercó a una ventana que daba a la feria de ganado. Pensé al principio que estaría distrayéndose; pero enseguida vi que lloraba. Fui a buscarla y le pregunté por qué lloraba; respondió:

–Porque vamos a morir sin volver a ver a nuestros padres, ni a nuestras madres. Y, con lágrimas, decía:

–Al menos yo quería ver a mi madre.

–Entonces, ¿tú no quieres ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores?

–Quiero, quiero.

Y con lágrimas bañándole la cara, las manos y los ojos levantados al cielo, hizo el ofrecimiento:

–¡Oh mi Jesús! Es por tu amor, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.

Los presos que veían esta escena querían consolarnos. –Pero –decían–todo lo que tenéis que hacer es decir al señor Administrador ese secreto. ¿Qué os importa que esa Señora no quiera?

–Eso, nunca –respondió Jacinta con viveza–; prefiero morir».[4]

El silencio sobre el secreto fue también una de las últimas recomendaciones que Lucía recibió de Jacinta, según cuenta en la Memoria primera:

«Llegó por fin el día de salir para Lisboa: la despedida partía el corazón. Permaneció mucho tiempo abrazada a mi cuello, y decía llorando.

Nunca más volveremos a vernos. Reza mucho por mí hasta que yo vaya al Cielo; después, cuando yo esté allí, pediré mucho por ti. No digas nunca el secreto a nadie, aunque te maten. Ama mucho a Jesús y al Inmaculado Corazón de María; y haz muchos sacrificios por los pecadores».[5]

3. Los interrogatorios de los sacerdotes.

Tampoco los sacerdotes lograron que los niños revelaran el «secreto», y fue el sabio consejo de un sacerdote el que animó a Lucía a permanecer en silencio, hasta su debido tiempo, es decir, hasta el momento en que lo reveló en la carta que envió al Santo Padre en el año 1941.

«Vino en una ocasión a interrogarme un sacerdote de Torras Novas. Me hizo un interrogatorio tan minucioso, tan lleno de enredos, que quedé con algunos escrúpulos, por creer haber ocultado alguna cosa. Consulté con mis primos el caso:

–No sé –les dije– si estamos haciendo mal, en no decir todo cuanto nos preguntan sobre si Nuestra Señora nos dice alguna cosa más. No sé si decir que tenemos un secreto, no mentimos callando el resto.

–No sé –respondió Jacinta–, mira, a ver tú: eres la que quieres que no se diga.

–Ya se ve que no quiero, no –le respondí–; ¡para que comiencen a preguntarnos qué mortificaciones hacemos!, ¡sólo nos faltaba eso! Oye, si tú te hubieses callado y no hubieras dicho nada, ahora nadie sabría que habíamos visto a Nuestra Señora y hablado con Ella, como con el Ángel. Nadie precisaba saberlo.

La pobre niña, al oír mis razones, comenzó a llorar y, como en mayo, según lo que ya le escribí en su historia, me pidió perdón. Quedé, pues, con mis escrúpulos, sin saber cómo resolver mi duda. Pasado poco tiempo, se presentó otro sacerdote de Santarém. Parecía hermano del primero o, al menos, que se habían ensayado juntos: las mismas preguntas y enredos, los mismos modos de reír y hacer burla; hasta la estatura y facciones parecían las mismas. Después de este interrogatorio, mis dudas aumentaron, y no sabía verdaderamente qué hacer. Pedía constantemente a Nuestro Señor y Nuestra Señora que me dijesen cómo debía actuar:

–¡Oh mi Dios y mi Madrecita del Cielo! ¡Vosotros sabéis que no os quiero ofender con mentiras, pero bien veis que no es bueno decir todo lo que me dijisteis!

En medio de esta perplejidad, tuve la suerte de hablar con el Vicario de Olival. No sé por qué su Rvcia. me inspiró confianza y le expuse mis dudas. Ya escribí en el escrito sobre Jacinta cómo su Rvcia. nos enseñó a guardar nuestro secreto».[6]

¿Cómo les enseñó ese sacerdote a guardar el secreto? También lo cuenta Lucía :

«Entretanto consulté un día a un santo sacerdote sobre esta reserva, porque no sabía qué responder cuando me preguntaban si la Santísima Virgen me había dicho algo más. Este señor que era entonces Vicario de Olival, nos dijo: Hacéis bien, hijos míos, en guardar el secreto de vuestras almas para Dios y para vosotros; cuando os hagan esa pregunta, responded: Sí, lo dijo; pero es secreto. Si os insistieran sobre ello, pensad en el secreto que os comunicó la Señora y decid: Nuestra Señora nos dijo que no se lo comunicásemos a nadie, por eso no lo decimos; así, guardaréis vuestro secreto al amparo de la Santísima Virgen. ¡Qué bien comprendí la explicación y los consejos de este venerable anciano!».[7]

Es realmente admirable la fortaleza de los tres pastorcitos, como también es admirable cuánto han tenido que sufrir, no sólo de los malos y enemigos, sino también de los buenos.

¡Aprendamos a ofrecer muchos sacrificios por la conversión de los pecadores!

Fátima ¡…y el sol bailó…!


[1] Memoria segunda, 78.

[2] Memoria segunda, 72–73.

[3] Memoria primera, 35.

[4] Memoria primera, 36.

[5] Ibid., 47.

[6] Memoria segunda, 83.

[7] Ibid., 84.

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