Estando en la Cruz

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Estando en la Cruz

Terminada la crucifixión vemos al Señor estando en la Cruz. Nosotros nos podemos imaginar como si sintiéramos los golpes de los martillos y como si viéramos estremecerse los pies y las manos del Señor, como si viéramos brotar la sangre.

Veamos cómo levantan en alto la cruz y queda el Señor pendiente de unos clavos.

Se desgarran las heridas de sus manos y pies, y por ellas brotan raudales de sangre. Veamos aquel cuerpo divino que hemos contemplado pendiente de la cruz cubierto de llagas.

El ofrecimiento ha sido aceptado en toda su pureza,
y el Señor está en lo alto del sacrificio.

En torno de la cruz se oyen muchos gritos en aquellos momentos; gritos diversos por las personas que están: diversos por la materialidad de las palabras que se dicen, diversos por el acento con que se pronuncian. Pero gritos que coinciden todos en una cosa fundamental.

Los unos dicen:

  • ¡Bah! Él ha podido salvar a otros, y ahora Él no se puede salvar; que baje de la cruz y creeremos en Él;
  • los otros dicen: Si es el Hijo de Dios, que le libre su Padre de la cruz en que nosotros le hemos puesto.

Y así, despiadadamente, con crueldad de fieras, van todos, en torno de la cruz, aumentando el suplicio.

¿Qué hay en el fondo de todas esas palabras?
¿Qué hay? El escándalo de la cruz.

Aquellos hombres no pueden entender que el Hijo de Dios muera en la cruz.

Lo han puesto en la cruz, lo han degradado a la faz del mundo. Han arruinado, fracasado su obra, y entienden, cómo entienden siempre los mundanos, que es una derrota, una desdicha el morir humillado.

¡Este es el concepto que tiene el mundo! Para el mundo, la verdadera gloria es para el que triunfa, para los que gozan.

Para el mundo es imposible ver que el triunfo está en la cruz, en el abandono, en la pobreza, en las humillaciones. Eso el mundo no lo ve.

Esto es todo el argumento de la cruz de Cristo, que es la suprema prueba del amor.

¿Y qué hace el Señor? No baja de la cruz, sigue en la cruz, apura el sacrificio de la cruz hasta expirar, a pesar de los escarnios, de las blasfemias.

Él sabe que es mejor su muerte en la cruz; Él sabe que el mayor bien que puede hacer para los que le están atormentando es morir en la cruz, permanecer en la cruz.

Y así se quedó tres horas hasta el momento de su muerte. Jesús estando en la Cruz santísima.

Se cansan de atormentarlo, se van alejando del Calvario y se cansan sus enemigos de odiarle.

Queda en el Calvario casi solo con el grupo que acompaña a la Santísima Virgen.

Jesús sigue en su cruz viendo acercarse la muerte, y ofrece, momento por momento, su sacrificio por la redención del mundo.

¿Cuántas veces nosotros aceptamos la cruz que el Señor nos envía, y sentimos un movimiento de generosidad, de fervor, y tomamos la cruz?

Pero ¡cuántas veces las almas bajan de la cruz de la humillación, del dolor, y no se resignan a estar el tiempo que el Señor quiere, buscando consuelos de criaturas, buscando alivios de cualquier manera!

Sin embargo, las almas amantes del Señor, ¡cómo han sido contrarias a ese proceder y cómo para ellas la cruz ha sido lugar de descanso!

Estas almas entienden el misterio de la cruz de Cristo, y, viendo al Señor en su cruz hasta el momento de la muerte, en cruz quisieron morir y en cruz quisieron vivir.

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