Homilética – VII Domingo de Tiempo Ordinario

Ciclo A

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TEXTOS LITÚRGICOS

Amarás a tu prójimo como a ti mismo
Lectura del libro del Levítico 19, 1-2. 17-18

El Señor dijo a Moisés:
Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel:
Ustedes serán santos, porque Yo, el Señor su Dios, soy santo.
No odiarás a tu hermano en tu corazón; deberás reprenderlo convenientemente, para no
cargar con un pecado a causa de él.
No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Yo soy el Señor.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13 (R.: 8a)

R. El Señor es bondadoso y compasivo.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

Cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.
Como un padre cariñoso con sus hijos,
así es cariñoso el Señor con sus fieles. R.
Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo
y Cristo es de Dios
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 3, 16-23

Hermanos:
¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo.
¡Que nadie se engañe! Si alguno de ustedes se tiene por sabio en este mundo, que se haga insensato para ser realmente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es locura delante de Dios. En efecto, dice la Escritura: «Él sorprende a los sabios en su propia astucia», y además: «El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos».
En consecuencia, que nadie se gloríe en los hombres, porque todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios.

Palabra de Dios.

ALELUIA 1 Jn 2, 5

Aleluia.
En aquél que cumple la palabra de Cristo,
el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud.
Aleluia.

EVANGELIO
Amen a sus enemigos
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 5, 38-48

Jesús, dijo a sus discípulos:
Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero Yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.
Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y odiarás a tu enemigo. Pero Yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor.

GUIÓN PARA LA MISA

Entrada:
El santo Sacrifico de la Misa, es el acto supremo del amor de Dios y, al mismo tiempo, es la acción de gracias por excelencia que el hombre ofrece a Dios. Conscientes de esta verdad participemos ofreciéndonos al Señor correspondiendo a tanto amor.

Liturgia de la Palabra

1ºLectura: Levítico 19, 1-2.17-18
La caridad es la virtud más excelente, un don de Dios, es la plenitud del corazón humano.

Salmo Responsorial: 102, 1- 4. 8. 10. 12. 13

2ºLectura: I Corintios 3, 16-23
Todo lo hemos recibido del Señor, y El mismo se hizo nuestro en el Templo de nuestra alma.

Evangelio: Mateo 5, 38-48
La nueva ley de la caridad hace que los que la practican se distingan por ser los verdaderos hijos de Dios y atesoren méritos para el cielo.

Preces:

Hermanos: oremos al Padre que nos ha revelado su Misericordia en la Sabiduría y Poder de su Hijo Jesucristo.

A cada intención respondemos cantando:

-Por las necesidades del Santo Padre, Francisco, especialmente por el diálogo interreligioso, la unidad de los cristianos y la paz en los lugares más afectados por la guerra. Oremos.

-Por los obispos, sacerdotes y diáconos para que fieles a las enseñanzas de la Iglesia, sepan apacentar el rebaño de Cristo, a ellos confiado e instruirlos con verdadera solicitud de buen pastores. Oremos.

-Por los que sufren persecución a causa de la fe en Cristo, permaneciendo fieles a su Iglesia, para que su testimonio despierte en todos los cristianos el valor de dar la vida por el Señor y nos sintamos unidos a sus sufrimientos. Oremos.

– Para que todos los miembros de nuestra Congregación en los diversos lugares de misión donde se encuentren experimente la caridad que nos une como una sola familia dentro de la Santa Madre Iglesia. Oremos.

Padre Santo: escucha las oraciones de tu Iglesia y concédele cuanto te pide en nombre de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:
-Ofrecemos alimentos, compartiendo con los más pobres los dones que nos da el Señor en su misericordiosa Providencia;

-el pan y el vino, y con ellos, las necesidades de todos los que se encomiendan a nuestras oraciones.

Comunión:
Acerquémonos con fe a recibir el Sacramento que nos comunica el amor ardiente del Corazón de Cristo, nuestro Redentor.

Salida:
María Santísima, Madre y Señora nuestra, nos conceda la gracia de crecer en las virtudes teologales, especialmente nos dé una caridad ferviente.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

EXÉGESIS

Levítico 19, 1-2. 17-18:

Este capítulo del Levítico contiene unas normas morales y religiosas redactadas al estilo y con la elevación teológica del código de la Alianza y del Deuteronomio:

— «Santo» es una noción teológica propia de Israel. En la Biblia significa la «Trascendencia» de Dios. Dios es «Aquel cuyo nombre es: «Santo» (Lc 1, 49). «Yahvé» y «Santo» son dos denominaciones equivalentes de Dios. Los Serafines, que son los espíritus más puros y más allegados a Él, cantan sin cesar: «Santo, Santo, Santo» = «Supersantísimo (Is 6, 3). Primicialmente esto es Dios: «Santo»: Invisible, Inasequible, Incomprensible. Claudel, al encontrarse con Dios lo expresa con esta confesión: «Creí en un ser perfecto, invariable, esencialmente diverso de todas las criaturas, cuyo misterioso nombre de «Santo» expresa esta diferencia inefable y paternal por la que nosotros existimos» (Carta a su amigo Gabriel Frizeus: 1904).

— «Sed santos porque Yo soy Santo; Yo Yahvé» (2). Dios es el «Santo». Si se llega a nosotros nos santifica. Si nos allega a Sí, nos santifica: «Yo Yahvé, el que os santifica a vosotros» (Lv 22, 32). Israel, que es Pueblo de Yahvé, es Pueblo del Santo; y por esto mismo es Pueblo Santo. Esta santidad es primariamente ontológica o de consagración a Dios. De ella deriva la santidad moral. Israel debe vivir con una pureza digna de su elección y consagración. San Pablo, ya en clima y a la luz plena del N. T., nos dirá: «Bendito Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, quien en Cristo nos eligió para ser santos; nos predestinó a ser hijos suyos en Cristo» (Ef 1, 3. 5). Dios nos allega a Él de la manera más sublime: la «filiación»: Por el hecho de nuestra vocación a la filiación adoptiva tenemos la vocación a la «santidad» (Cfr Lc 1, 35).
— Una derivación de esta ley de santidad es la del amor al prójimo. En todos los hijos del Pueblo de la Alianza se refleja la elección, el amor, la santidad de Dios. De ahí el precepto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y en seguida, la razón de tal precepto: «Yo Yahvé» (18).

1 Corintios 3, 16-23:

Dado que los cristianos son el nuevo Israel de Dios (Gál 6, 16), en el que todo cuanto era germen en el A. T. será plenitud en el Nuevo, San Pablo les expone las normas religiosas a que deben atenerse.

— La primera es que vivan conforme a su condición de «Santos». La santidad ontológica que deja al cristiano plenamente consagrado (Bautismo), la encarece San Pablo: a) El cristiano es «Santuario» de Dios. b) En este Santuario habita permanentemente el Espíritu Santo (16. 17). Deber ineludible, por tanto, en razón del Bautismo es: a) no profanar este «Santuario» (17); b) vivir siempre a gloria de Dios (6, 19): Ontológica y vitalmente consagrados al Padre.

— Otra consecuencia muy interesante deduce el Apóstol de la suma dignidad de nuestra condición de cristianos. A los Corintios, ufanos de su retórica y de sus retóricos, propensos a tergiversar la escala de valores, tanto que iban escindiendo la Iglesia en grupos—grupos acaudillados por cabecillas orgullosos—, Pablo les recuerda: a) El cristiano tiene valores superiores en los que gloriarse. b). El cristiano no debe apoyarse en hombres cual hacen las sociedades políticas (18-22). La nobleza de nuestra dignidad es ser hijos de Dios: «Ad cujus immensam glorian pertinere cognoscimus ut mortalibus tua deitate succurreres» (Pref. Dom. per annum III).

Con esto Pablo puede construir su simplicísima y magnífica síntesis: «El universo mundo es vuestro; vosotros sois de Cristo; Cristo de Dios» (23). Queda clara la dignidad regia del cristiano. Queda clara su inserción en Cristo. Queda claro su destino: glorificar a Dios en Cristo.

Mateo 5, 38-48:

El N. T. debe conducir a realidad y desarrollo perfecto cuanto en el A. T. era umbrátil y prefigurativo. San Mateo recuerda las aplicaciones que esto comporta para la Ley del amor al prójimo.

— A la vieja Ley del talión propia de una sociedad subdesarrollada y de un clima religioso muy rudimentario debe suceder en el N. T. la nueva Ley de la mansedumbre y de la generosidad. El Maestro nos va a dar ejemplos sublimes. Y los cristianos, emulando al Maestro, la traducirán en aquella máxima de Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal a fuerza de bien» (Rom 12, 21). La meta señalada por el Maestro la ganan millones de sus discípulos.

— A la antigua Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», Cristo le añade un complemento nunca exigido en el A. T.: «Mas Yo os digo: Amad a vuestros enemigos» (44). Por lo demás, se trata de un complemento que en el N. T. resulta indispensable e imprescindible. Jesús apoya esta exigencia de su programa en el proceder del Padre: El Padre de los cielos a todos perdona; a todos trata con benevolencia. Incluso con quienes le ofenden tiene piedad y perdón inagotables (43). Si el Padre siempre y a todos perdona, ¿tiene derecho el cristiano a mantener odio y forjar planes de venganza? La caridad cristiana es tan generosa y cálida porque deriva del Padre.

— Y la consigna preciosa del A. T.: «Sed santos porque Yo Soy Santo; Yo Yahvé» (Ex 19, 2), Jesús nos la da todavía más clara, más urgente y más empapada de amor: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre de los cielos es perfecto» (48). Es decir: la santidad o consagración ontológica de nuestro Bautismo, en virtud de la cual somos hijos de Dios, debe proyectarse en una vida y en una conducta que resulte digna de nuestra condición. Tenemos los hijos viadores el Sacramento «Santísimo»: Sacramento de unidad, caridad y santidad.

José María Solé Roma Ministros de la Palabra Ciclo A Editorial Herder, pp. 172-175

COMENTARIO TEOLÓGICO

Amad a vuestros enemigos

«Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os odian» Mateo 5,44 1

1.- El Evangelio de este domingo, que [trata] del amor que hemos de tener a los enemigos: Amad a vuestros enemigos.

En la música hay voces discordes, altas y bajas; y lo primero que ha de tener, para ser buena y suave, es concordar las voces: los tiples con los tenores; y para esto hay dos llaves, una alta y otra baja, con las cuales se vienen a proporcionar las voces que nacen de ellas, y hacen una gran suavidad que arroba los corazones.

Hermanos míos, entended, pues, que la vida nuestra no es otra cosa sino una música de voces diferentes.

Voces altas y bajas, ricos y pobres menesterosos, grandes y pequeños, buenos y malos. Es música, en fin, en donde hay tiples y tenores, que son desiguales. Y para esto Dios nos ha proveído de las llaves de San Pedro, para reconciliarnos con nuestros enemigos y soltarnos de nuestros pecados, y hacer que amemos a nuestros enemigos. Y lo que más nos ha de mover a la unidad de la música es el amor, para que de esta unidad, concordia y caridad de amor que ha de haber entre unos y otros, nazca una modulación y suavidad con que Dios se regale.

Los cantores, para hacer una buena música, guardan una Regla; así nosotros para hacer buena música y cantar bien este canto de amor, no podremos [hacerlo] sin tener la Regla de la Virgen, Regla que nunca se torció [y] Regla que, quien la siguiere, nunca errará en la música del amor. [Además] los cantores no sólo tienen la Regla, pero también el punto, que está en la Regla; así también nosotros no nos basta la música, sino el punto que está en la Regla. Este punto es Jesucristo, Hijo de Dios, que está en la Regla, porque antes de nacer estuvo en sus entrañas, y ahora lo tiene en sus brazos, como lo pinta la Iglesia. Veis, pues, hermanos, cómo está el punto en la Regla, y si miramos con advertencia la Regla y la seguimos, veremos muy bien el punto verdadero Jesucristo, en sus brazos, como punto en la Regla.

(…)

2.- Para entender este punto de amor que Cristo, nuestro Redentor, como reformador de la vida espiritual, enseñó a sus creyentes, es menester que entendamos que, aunque Dios es trino en personas, y uno y puro en esencia, sin ninguna división de esencia, como sea uno, es amigo de [la] unidad y conformidad, y por consiguiente del amor. Que Dios sea amigo de [la] unidad y conformidad, mostrólo claramente cuando, después de haber criado todas las cosas del mundo, tantas y tan variables, al sexto día crió al hombre, donde lo cifró y recopiló todo, porque en él puso los cuatro elementos.

(…)

Pues, con cuánta razón podemos decir, hermanos, que Dios es Dios de amor, que todo él es brasas de amor que abrasan. Pues no se contentó con abreviarlo y cifrarlo todo en el hombre, sino que también quiso que, en la sexta edad, viendo que todas las cosas criadas y por criar estaban separadas, quiso confirmarlas y hacer una [sola cosa] de ellas, y para eso [determinó] que viniese otro Hombre, en quien estuviese cifrado todo lo criado y lo increado, que es Dios; de suerte, que no sólo estuviesen allí cifradas todas las criaturas, pero aún el Criador de ellas, y finalmente todo cuanto hay en el mundo criado y por criar.

Este Hombre fue Jesucristo, nuestro Redentor, Dios y hombre verdadero, como lo dice Isaías: Destrucción y disminución hará el Señor de los ejércitos en toda la tierra (Is 10,23). Vendrá Dios en la sexta edad y hará el epílogo y unidad de todas las cosas criadas, donde se abreviará y cifrará todo el bien del cielo y de la tierra, para que de aquí nos manase gracia y todos los bienes, para todas las gentes. Pues, ¿paréceos, hermanos, que no son estas cosas para hacer derretir corazones, y guijarros, que todo cuanto hay, hoy lo viniese a recopilar en el amor? ¡Misericordia sobre misericordia, para derretir nuestro corazón duro [y] atraernos por esta vía el bien del mundo!

Pero, aún [más], abrevió y redujo todas las leyes de los profetas y antiguos Padres a la ley del amor, como lo dice San Pablo: Toda la Ley en este precepto se encierra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Ga 5,14). Y porque no dudásemos de qué amor hablaba Dios, dice: Quien ama al prójimo, tiene cumplida la Ley (Rm 13,8). Porque no puedes amar a Dios sin amar al prójimo, y en esto cumples la ley de Dios. Y porque podías dudar en qué consiste el amor del prójimo, adviértenoslo el mismo Cristo nuestro Señor: Ama a tu prójimo, como a ti mismo (Mt 19,19 y 22,39).

¿Sabéis por qué dice San Pablo que quien ama a su prójimo cumple y guarda toda la Ley? Porque los mandamientos, no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, etc., todos los guarda quien ama al prójimo; y por eso os hago saber, dice San Pablo, que el amor es el cumplimiento de toda la Ley (Rm 13,9-10). ¿Habéislo entendido, hermanos? Pues en esto se remata y cifra la ley de Dios; y así, entre otras cosas que dijo, vino a concluir con este dicho del Evangelio del día de hoy: Habéis oído que se dijo a los antiguos: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen (Mt 5,43-44).

Dijo el verdadero maestro del mundo, Jesucristo: «Ya sé que anda entre vosotros un refrán de gente vieja y malaventurada, [que reza]: «Amarás a tu amigo y aborrecerás [a] tu enemigo»; [pues], dejadlo estar, porque es refrán de mala gente [y] desventurada, que tiene poco calor y amor de Dios, y seguid mi consejo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan y rogad por los que os maltraten (Lc 6,27-28). Y no os ha de espantar el refrán de [los] antiguos, porque eran viciosos y, como viciosos, tenían poco calor de amor y caridad. Pero vosotros, pues estáis [=sois] mozos renovados y rociados con mi sangre y con mi muerte, no habéis de hacer así, sino que habéis de tener mucho calor de amor y caridad». Yo en cambio os digo, etc.

7.- Este precepto del amor, si se mira a primera vista, parece muy duro y muy áspero: ¿Que haya yo de amar a quien me persigue y hace mal?… Pero, si se considera como se ha de mirar, cierto que no lo es; sino muy suave y muy fácil de cumplir. Esto es, ni más ni menos, como si os dijesen: «Mirad, ¿veis aquí esta cuesta?, subid por ella».

Si vos esta subida la tomáis al ojo, sería [para] reventar: ¿cómo puedo subir yo por aquí? Pero, si es por la industria humana, con brevedad la remontaréis.

Considerad que, para subir una cuesta, [se va] dando vueltas al rededor, para que puedan subir con mucha facilidad. [Así] no os cansaréis [y] tendréis en nada la subida: todo se os hará fácil. Si os dijese uno: «Amad a vuestro enemigo, porque él os aborrece»; eso sería reventar y tomar la cuesta por lo más fragoso. Si os dijesen: «Haced bien a vuestro enemigo, porque os quiere matar»; [eso] sería cosa terrible de hacer.

Pero, si vos buscáis las vueltas y rodeos que hay, se os hará fácil y ligero amarlo y hacerle bien; no porque os hace mal, sino porque lo manda Dios.

Decid ahora: «Yo quiero amar a mi enemigo, porque Dios me lo manda; porque Dios lo quiere, quiero amar a mi enemigo; porque Dios me lo manda y es precepto de Dios». Y de esta manera, yo os prometo que no [os] será cosa pesada, ni áspera, sino dulce y suave. Cierto está, que si os dijese vuestro señor: «Dad a fulano cien ducados», sin más ni más, que os sería muy áspero y muy duro. Pero si os dijese el señor: «De los doscientos ducados que allá tenéis, y más, dad a fulano cincuenta», ¿seríaos pesado y difícil?… Eso no, por cierto, porque no da nada de lo suyo. Pues, hermanos, sabed que en el bautismo habéis dado vuestro corazón a Dios, si [de verdad] sois cristianos, y así [el corazón] no es vuestro. Pues, si esto es verdad, como lo es, ¿qué mucho [es] que Dios os mande, de ese corazón que es suyo, dar un poquito a vuestro enemigo? Y si sois cristiano y bautizado, ¿por qué os ha de saber mal, mandándolo Dios?…

De aquí podéis sacar, si sois cristianos o no. Si vos no amáis a vuestros enemigos, no habéis dado vuestro corazón a Dios, porque él manda que deis un poquito al enemigo, y vosotros os alzáis con todo. Pues ésta es la prueba del verdadero amor cristiano. ¿Queréis conocer si sois de Dios? Mirad si dais lo que es de Dios, vuestro amor y corazón. Si lo dais, es buena señal; y si no, no sois cristianos ni amigos de Dios.

Y si lo sois, habéis de haber dado enteramente vuestro corazón a Dios, dejándolo en sus manos, [para] que Él disponga de él a su gusto. Estas son las vueltas que alivian al caminante a amar a su enemigo, porque ya ha dado su corazón a Dios. Y cuando lo contrario es, es apartarse del Evangelio santo y faltar a lo [propio] del cristiano.

8.- Por reverencia de Dios, hermanos, que pues somos cristianos, que lo mostremos y no judaicemos [ni] gentilicemos, guardando refranes viejos y antiguos. ¿Queréis ver acerca de esto un maravilloso ejemplo, para que, con él movidos, améis a vuestros enemigos? En el libro cuarto de los Reyes (6, 14 y ss.), se lee que, una vez, los de Siria vinieron con gran ejército sobre Eliseo, profeta de Dios, para matarle; y el profeta rogó a Dios que los volviese a todos ciegos, para que no le viesen. « ¿Queréis a Eliseo?», [les dijo él]. [Pues] andad acá, que yo os lo pondré en las manos. ¡Hecho está! Guióles el profeta, como a ciegos, [a] la ciudad de Samaria, y púsolos en la plaza en medio de sus enemigos; y allí volvió a rogar a Dios que les abriese los ojos. Mirad [cómo] se hallarían en la plaza en medio de sus enemigos. [Entonces] el rey de Samaria dijo al profeta: «Éstos te venían a matar. ¿Quieres que haga armar [algunos de mi] gente para que te vengues de estos tus enemigos?» Respondió [el profeta]: «No me manda Dios que yo tal consienta, [para] que sepan los de la gentilidad, que en Israel hay quien ama a sus enemigos». Y así les preparó mesas, y les hizo grandes banquetes y les dijo: «Esto sea en pago de que me queríades matar». No lo hacéis ahora, hermanos míos, como este santo profeta, sino que estáis con el rencor dos y tres semanas, por no decir meses y años. Pues si esto hacéis, ¿no os parece que judaizáis y que sois gente gentilicia?

9.- Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian (Lc 6,27-28). De manera que, el reparador de la vida, para atajar todos los pasos a los cristianos, de no aborrecer a sus enemigos, [y] considerando que habían tres cosas con que podía recibir daño el enemigo, [a saber], con el corazón, aborreciéndole a él y a sus cosas; dañándole en su persona; [y] con la lengua, difamándole y murmurando de él; en el Evangelio de hoy cierra estas tres puertas, y dice: «Porque con el corazón podéis aborrecer a vuestro enemigo, yo os mando que lo ocupéis en amarle: Amad a vuestros enemigos. Y porque con las manos podéis dañarle, yo os mando que le hagáis el bien: Haced bien a los que os odian. Y porque con la lengua podéis murmurar de él, yo os mando que roguéis a Dios por él: Orad por los que os persiguen y os calumnian».

10.- Así que todas las cosas con que podíamos dañar al enemigo las ocupó Dios para que se le procurase todo bien y no nos quedase con qué hacerle mal. No se contentó Cristo, nuestro Redentor, con decir: «Haced bien a vuestros enemigos»; sino que todas estas tres cosas nos mandó expresamente, como el buen cirujano que cura a un hombre que tiene muchas llagas, y no se contenta con curarle una o dos, y dejar las otras, sino que todas las cura, [para] que las que quedaren no reverdezcan las demás.

Así quiso Dios, nuestro Redentor, como cirujano verdadero, que nosotros fuésemos medicina para curar a nuestros enemigos.

Y así, para la llaga del enemigo que está en el corazón, teniendo vos a Dios, os dio su medicina para le amar, para con esto atraerles [a] que hagan penitencia y se conviertan y que pidan perdón. Y para la llaga que tiene en las manos, la medicina es que, haciéndoos mal, le hagáis bien. Y para la llaga de la boca, que os dice cosas malas y deshonestas, ordenó la medicina que oréis por él, porque es verdad que no hay cosa que más confunda a uno que os tiene ira y rencor, como que vos le améis y le hagáis bien. No hay espada que más corte, que viendo vuestro enemigo que os hace mal, que vos le hagáis bien. [Y] no hay cuchillo más penetrante, que ver a vuestro enemigo que os deshonra y os dice mil pesares, [y] que vos oréis por él.

¿No es esto verdad, hermanos? ¿No es esto bastante para ablandar corazones más duros que [las] piedras, [y] que se enternezcan y vuelvan al camino del cielo?… Como lo hizo David con Saúl, que yéndole a matar, se entró en una cueva a dormir. [Y] David, [que] iba tras de él, córtale un pedazo de su ropa, y sálese David de la cueva, y dícele: «Saúl, Saúl, quien te cortó ese pedazo de ropa, también te pudo haber quitado la vida. ¿Por qué me persigues?» [Y] caló tanto esta buena obra en el corazón duro de Saúl, que se resolvió en lágrimas, y dijo: «Pudísteme quitar la vida y no lo hiciste, señal es que eres mejor que yo» (cfr. 1 Re 26). Mirad cómo le rindió.

11.- Esto mismo hizo Jacob, como el que sabe que los enemigos se ablandan y enternecen con dádivas. Viendo a su hermano Esaú, se dijo para aplacarle: Lo aplacaré con los regalos que preceden, y después me presentaré a él; quizás se me mostrará propicio (Gn 32,20). Y así le aplacó, porque suelen decir [que] las dádivas quebrantan peñas.

Pues no quiere Dios que solamente amemos a los enemigos, sino que también les hagamos bien; y además, que roguemos por ellos, para que de esta manera les venzas y les quites las fuerzas y rencor que tienen contra ti, para que ellos se enternezcan y sean buenos.

¡Oh qué lance habéis hecho, hermanos, en convertir un alma a Dios, que la crió! Veis aquí, hermanos, que llevándole [al enemigo] por estos rodeos es muy fácil y amoroso el camino. ¿Queréislo ver más claramente? Si Dios diera este precepto de amor a la carne, parecería cosa dura, porque el enemigo la pudiera dañar a cada paso. Pero no lo dio este precepto sino al alma espiritual, que no está agraviada, porque [a] nuestra alma nadie la puede tocar. Si lo diera a la carne, que recibe los daños y males, fuera muy áspero y pesado. [Pero], ¿por qué le ha de ser al alma áspero y dificultoso y pesado amar al que no la ha enojado?… Y así, en mandar Dios que améis a vuestros enemigos, no hizo ningún agravio a la carne, porque supone el alma, y ésta no tiene en esto de qué quejarse, porque ella no recibe agravio del enemigo, antes todo para su provecho.

Cualquier denuesto, cualquier agravio que hace nuestro enemigo a nuestra carne, nos ayuda [espiritualmente], y hace mal a nuestra enemiga, la carne.

12.- Decidme a quien deberíais más: ¿a quién os ayuda a tener venganza de vuestro enemigo, o al que no? Claro está que al que os ayuda. Pues, ¿no veis, hermanos, que vuestro enemigo [principal] es vuestra carne, y que cuando hacéis bien a vuestros enemigos no hacéis otra cosa sino vencer la carne, y para esto os ayuda vuestro enemigo? Pues mirad si hay razón para amar [a los enemigos] por estos rodeos, siendo dado por manos de Dios, que os manda perdonar al que os ayudó a vencer vuestra enemiga la carne, porque es incapaz [de por sí] del amor de Dios.
Manda amar a quien puede amar, que es el alma, y manda amar al que le ayuda a vencer [a] su enemigo. Y no sé, por cierto, qué dificultad hay en esto, [si no es que] nosotros somos de tal metal, y [con] tantas imperfecciones, que no guardamos bien esta ley, ni más que los gentiles. Ni hay tanto pleito allá entre los moros, ni hay allá tantas trapazas, marañas, latrocinios. ¿No profesáis la ley evangélica? Pues, ¿por qué, en enfrentándoos, alegáis y seguís la ley de Italia o del César? ¿Para qué decís que la bofetada se ha de vengar con esto y con lo otro? ¿Por ventura sois de los de la parte de Italia o de los Césares? ¿O, con eso pensáis seguir a Cristo? ¿Por qué no hacéis lo que él os manda? ¿Por qué no amáis? ¿Por qué no os aconsejáis con [hombres] buenos y temerosos de Dios, que os quiten el rencor y mala voluntad, y no con unos lucíferes que os indignan y sacan mil leyes, que el diablo no las enseñó?… ¡Oh, maldito hombre, ministro de Satanás, que dice a su hermano que se vengue, y que le cumple, [porque] si no le tendrá por hombre ruin!

13.- Mirad la misericordia de Dios. Queriendo asolar a Sodoma, por las abominaciones y pecados que hacían, consultólo con Abraham: El clamor de Sodoma y de Gomorra se aumenta más y más, y la gravedad de su pecado ha subido hasta lo sumo (Gn 18,20). «¿Qué te parece Abraham?», dícele Dios. «Yo quiero destruir a los de Sodoma». Dícele Abraham: «No hagáis eso, Señor, por vuestra misericordia, porque siempre habrá algunos justos, [y] los justos algo de han de valer delante de vos».

Enterneció tanto esto el corazón de Dios, que le prometió que no destruiría la ciudad por diez justos. ¿Tenía Dios necesidad de aconsejarse con Abraham? No por cierto, que bien lo sabía todo; sino por dar a entender que, cuando estáis airados, os habéis de aconsejar con gente santa y buena, y no con los diablos. Con un Abraham que os aconseje, esfuerce y anime a sufrir estas persecuciones, y os amoneste y os diga: «Mirad, hermano, mirad, que así lo manda Dios».

Finalmente, ¿qué queréis que os diga, sino que es falta de conocimiento de Dios, no querer perdonar a los enemigos?… Cuando os viéredes en tales tribulaciones, sed como David, el cual, persiguiéndole unos y otros, pedía a Dios paciencia: Señor, apresúrate a socorrerme (Sal 69,2). «Señor, por vuestra misericordia os ruego, me deis paciencia y que no dé [=devuelva] mal por mal»: ¡Oh Dios!, por tu nombre sálvame y con tu poder defiende mi causa (Sal 53,1), como lo hacen muchos por conocerte.

Decidme, hermanos, los que habían oído muchas veces este sermón, si están en el infierno, cómo les pesará de no haber obrado lo que supieron; y si lo oyeron y [lo] hicieron, ¡cómo se holgarán estando en el cielo! Pues procurad, hermanos, de aprovecharos de estas cosas, ahora que es tiempo; que el hacerlo al contrario procede de no conocer a Dios, como lo decía Cristo: Harán estas cosas porque no conocieron al Padre, ni a mí (Jn 16,3).

Sermón 1º de San Luis Beltrán, el viernes después de Ceniza

SANTOS PADRES

LA LEY ANTIGUA PREPARÓ LA NUEVA

1. Por aquí se ve que no hablaba antes del ojo corporal cuando nos mandaba arrancarnos el ojo que nos escandalizara, sino de quien por su amistad nos dañara y nos pudiera preci¬pitar al abismo de la perdición. Porque quien ahora llega a tal extremo que no nos permite arrancar el ojo ni al mismo que nos hubiera arrancado el nuestro, ¿cómo pudo poner ley de arrancarnos el propio? Más, si alguno acusa a la antigua ley por mandar esta forma de vindicta, poco sabe, a mi parecer, de la sabiduría que conviene al legislador y mucho desconoce la fuer¬za de los tiempos y el provecho de la condescendencia. Porque, si consideramos quiénes eran y en qué disposiciones se hallaban los que esto oían y en qué tiempo recibieron esa ley, no podre¬mos menos de alabar la sabiduría del legislador, y veremos que uno solo y mismo legislador es el que mandó lo antiguo y lo nuevo, y que lo uno y lo otro fue mandado muy útilmente y a su debido tiempo. A la verdad, si desde el principio se hu¬bieran introducido estos altos y difíciles preceptos del Evangelio, no se hubieran aceptado ni éstos ni aquéllos; pero lo cierto es que, al disponer cada cosa a su debido tiempo, el Señor ha enderezado por unos y otros la tierra entera. Por otra parte, el fin de esta ley no es que andemos arrancándonos los ojos unos a otros, sino detener más bien nuestras manos, pues la amenaza de sufrir tenía que contener el ímpetu de la acción. Y de este modo, mandando que el dañado se vengara con daño igual, el Señor iba ciertamente sembrando casi furtivamente mucha filosofía. A la verdad, mayor castigo merecía el que había empezado esta maldad, y eso hubiera exigido la estricta razón de la justicia; mas como el legislador quería mezclar la benignidad a la justicia, condena al culpable a menos pena de la que merece, con lo que nos enseña a mostrar la mayor mo-deración en el sufrimiento.

LA INJURIA QUE SE NOS HACE VIENE DEL DEMONIO

Una vez, pues, que el Señor hubo citado la antigua ley y hasta leído en su texto, nos hace ver seguidamente que no es nuestro hermano quien nos ha hecho el agravio, sino el ma¬ligno. De ahí que prosiguiera: Pero yo os digo: No resistir al maligno. No dijo: «No resistir al hermano», sino: Al maligno. Con lo que nos dio el Señor a entender que, si nuestro hermano comete esa falta, es porque el demonio le instiga, y, al trasladar la culpa a otro, trata de mitigar y cortar la mayor parte de la ira contra el que materialmente ha obrado. —¿Cómo? ¿Es que no hemos de resistir—me dices—al maligno? —Hemos, ciertamen¬te, de resistirle; pero no de ese modo. Hemos de resistirle como Él nos lo mandó: entregándonos a padecer. De este modo, la victoria es infalible. El fuego no se extingue con fuego, sino con agua. Y para que te des cuenta que, aun en la antigua ley, el que sufre es el que mejor vence y a ése se le corona, exa¬mina bien el hecho mismo, y verás cómo de él es toda la ven¬taja. Porque el que movió primero sus manos inicuas, son dos ojos los que arranca, el de su prójimo y el suyo propio. De ahí que con justicia es de todos aborrecido y sobre él recaen todas las recriminaciones. Más el que ha sido agraviado, aun cuando se vengue con pena igual, nada malo habrá hecho. De ahí que tenga muchos que le compadezcan, puesto caso que, aun des¬pués de sacar el ojo al otro, está limpio de toda culpa. De modo que la desgracia es, igual para quien agravia y para quien sufre el agravio; no así el honor ni delante de Dios ni delante de los hombres. De ahí que: ya tampoco la desgracia es igual. Por lo demás, al comienzo de su sermón en la montaña, el Señor había dicho: El que se irrite contra su hermano sin motivo y el que le llame necio, será reo de la gehena del fuego; mas aquí exige mayor filosofía, pues no manda sólo que quien sufre un mal guarde silencio, sino que aquí la perfección ha de ser ma¬yor, volviendo a quien nos hiere la otra mejilla. Y esta ley no la sienta sólo sobre el golpe precisamente en la mejilla, sino sobre la paciencia que en todo lo hemos de tener.

LA FUERZA DE LA PACIENCIA

2. En efecto, al modo que cuando dice: El que llama a su hermano fatuo, será reo de la gehena del fuego , no habla sólo de esta palabra, sino de toda injuria, así aquí, indudablemente, no nos pone solamente ley de sufrir pacientemente una bofe¬tada, sino de no turbarnos por nada que hubiéremos de pade¬cer. De aquí que en el caso anterior escogió como ejemplo la injuria mayor, y ahora escoge el golpe más ignominioso que se puede recibir, que es un bofetón en la mejilla. No hay insolen¬cia más grande. Y, al mandar aquí la mansedumbre, el Señor tiene cuenta así del que da como del que sufre el golpe. Por¬que el agraviado, así preparado para obrar filosóficamente, pensará no haber sufrido injuria alguna. Ni cuenta se dará de su ultraje, al pensar que está más bien luchando en el estadio que no recibiendo un golpe ultrajante. Y el que está cometien¬do el agravio, avergonzado, no tendrá valor para repetir el golpe, así sea más feroz que una fiera; antes se condenará ín¬timamente a sí mismo por el primero. Nada, en efecto, contie¬ne tanto a los que hacen mal, como la paciencia con que sus víctimas lo soportan. Y no sólo les contiene para que no pasen en su ímpetu adelante, sino que les hace arrepentirse de lo pasado. Admirando la moderación de sus víctimas, terminará por retirarse, y de enemigos mortales, pasan a ser más que amigos: familiares y esclavos de ellos. Como, al revés, la ven¬ganza produce contrarios efectos: a los dos contrincantes los cubre de ignominia, los hace peores y echa leña al incendio de la ira. Tan lejos puede llegar el mal, que se termine catastró¬ficamente por una muerte. De ahí que Cristo nos manda no sólo que no nos irritemos al ser abofeteados, sino que le dejemos que sacie en nosotros su rabia, a fin de que no parezca que ni el primer golpe lo sufrimos contra nuestra voluntad. De este modo, por desvergonzado que sea tu ofensor, le has asestado más duro golpe que si le hubieras respondido con tu mano, y de desvergonzado le harás modesto.

“DALE TAMBIÉN TU TÚNICA”

A quien quiera llevarte a juicio y tomar tu manto, dale tam¬bién tu túnica.
No sólo en los golpes, sino también en el desprendimiento de los bienes, quiere el Señor que mostremos heroica paciencia. Como antes nos manda vencer por el sufrimiento, así aquí, des-prendiéndonos más de lo que nuestro contrario nos exige. Sin embargo, esto no lo puso de modo absoluto, sino con una aña¬didura. Porque no dijo: “Da tu manto a quien te lo pida”, sino: Al que quiera llevarte a juicio, es decir, arrastrarte a un tribu¬nal y formarte pleito. Antes había dicho que no llamáramos necio a nuestro hermano ni nos irritáramos sin motivo; luego, pasando más adelante, exigió algo más, y nos mandó que vol¬viéramos la otra mejilla. Aquí, después de decir que nos pongamos de acuerdo con nuestro contrario, nuevamente encarece: también el precepto, pues no sólo nos manda darle lo que quie¬ra tomar, sino mostrar generosidad mayor que la que él espera. —¿Cómo?—me dirás—. ¿Tendré entonces que ir yo desnudo? —Si con perfección cumplimos estos preceptos del Señor, no sólo no iremos desnudos, sino mejor vestidos que nadie del mundo. En primer lugar, porque no habrá nadie que con tan malas in¬tenciones nos venga a atacar, y luego, porque, dado caso que hubiera alguien tan feroz y desalmado que a tanto llegara, muchos más aparecerían que, a quien tan filosóficamente se portara, le cubrirían no sólo con sus vestidos, sino, de ser ello posible, con su propia carne.

LOS PRECEPTOS EVANGÉLICOS NO SON IMPOSIBLES

3. Más aun cuando, por cumplir esta filosofía, hubiéramos de andar desnudos, no habría en ello deshonra alguna. Desnudo estaba Adán en el paraíso, y no se avergonzaba . Isaías iba desnudo y descalzo, y era el más ilustre de los judíos , y José nunca fue tan glorioso como cuando se quedó sin manto . Porque no está el mal en ir así desnudos, sino en vestir como ahora nosotros, con trajes tan lujosos. Esto sí que es vergon¬zoso y ridículo. De ahí que a aquéllos los alabó Dios y a nos¬otros nos reprocha, no sólo por boca de los profetas, sino también de los apóstoles. No pensemos, pues, que los preceptos del Señor son imposibles. En realidad, como seamos vigilantes, no sólo son sobremanera fáciles, sino también provechosos; tanto, que no sólo nos aprovechan a nosotros, sino también, y en sumo grado, a los mismos que pretenden perjudicarnos. Y justamente, privilegio y excelencia suya es que, a par que a nosotros nos persuaden a sufrir el mal pacientemente, por el mismo hecho enseñan a los que nos lo hacen a obrar filosóficamente. Éstos piensan ser magna hazaña quitar los bienes aje¬nos; tú les muestras que para ti es cosa ligera darles aún más de lo que piden, y, al oponer a su miseria tu generosidad y a su rapiña tu filosofía, considera la lección que les das, no por palabras, sino por obras, sobre el desprecio de la maldad y el amor de la virtud. A la verdad, Dios no quiere que seamos útiles sólo a nosotros mismos, sino también a nuestros prójimos todos. Ahora bien, si das para no ser juzgado, has buscado sólo tu utilidad; pero, si añades también lo otro, tu contrario se irá de tú lado mejorado. Tal es por su naturaleza la sal, que el Señor quiere seamos: se conserva a sí misma y conserva juntamente los cuerpos en que se esparce. Tal es también el ojo que mira para sí mismo y juntamente para los otros miem¬bros. Ya, pues, que a ti te ha puesto el Señor en ese orden de la sal y del ojo, ilumina al que está entre tinieblas y hazle com-prender que ni aun lo primero te lo quitó a la fuerza. Persuá¬dele que no te ha perjudicado. De este modo, demostrándole que fue gracia que le hiciste y no rapiña que sufriste, tú mis¬mo serás más digno de respeto y veneración. Haz, pues, por tu modestia, de lo que fue pecado suyo, acto de liberalidad tuya.

“VE CON ÉL DOS»

Más, si esto te parece grande, espera y verás claramente que todavía no has llegado a la última perfección. Porque el Señor, que nos está dando las leyes de la paciencia, no se para aquí siquiera, sino que prosigue más adelante, diciendo: Si alguien te engancha para una milla, anda con él dos. ¡Mirad qué extre¬mo de filosofía! Porque si, aun después de darle el manto y la túnica, nuestro enemigo quiere valerse de nuestra propia per¬sona, sin vestidos, para fatigas y trabajos, ni aun en ese caso hay que impedírselo—nos dice el Señor—. Todo quiere que lo poseamos en común; no sólo nuestras riquezas, sino también nuestros cuerpos, para poner las unas a disposición de los ne¬cesitados, y los otros, de quienes nos insultan. Lo uno es acto de misericordia; lo otro, de valor. De ahí que diga: Si alguien te engancha para andar una milla, ve con él dos. Lo cual es levantarnos más alto y mandarnos mostrar la misma liberalidad que antes. Ahora bien, si lo que al principio de su discurso dijo, con ser muy inferior a lo que nos manda ahora, tan gran¬des bienaventuranzas merece, considerad la suerte que está re¬servada a quienes estas obras practican y, antes de la recom¬pensa eterna, pensad qué tales han de ser quienes, en cuerpo humano y pasible, realizan la impasibilidad más completa. Con¬siderad, en efecto, qué alma han de tener quienes no se dejan impresionar ni por las injurias y golpes ni por la pérdida de las riquezas, y que a nada semejante se rinden, sino que el agra¬vio mismo los hace más generosos. De ahí que el Señor nos manda que hagamos aquí lo mismo que mandó en el caso de las injurias y de los bienes. Porque ¿qué digo—dice—si te in¬jurian y quitan lo tuyo? Aun cuando de tu propio cuerpo quiera valerse para trabajos y fatigas, y eso contra toda justicia, vendrá también en ello y pasa más allá de lo que te pide su injusto deseo. Porque eso quiere decir enganchar»: arrastrar a uno injustamente y sin razón alguna y dañándole. Y, sin em¬bargo, aun para eso has de estar preparado y sufrir aún más de lo que el otro quiera hacerte.

“A TODO EL QUE TE PIDA, DALE”

Al que te pida, dale, y no te apartes del que quiera tomar de ti prestado. El precepto parece inferior a los pasa¬dos; pero no te sorprendas, pues así suele hacerlo siempre el Señor, que mezcla lo grande con lo pequeño. Más si este pre¬cepto es pequeño en comparación de los otros, escúchenlo los que toman lo ajeno y luego lo dilapidan con las rameras. Con lo que se encienden contra sí mismos doble hoguera: una, por su inicua ganancia; otra, por el pernicioso empleo que de ella hacen. Por lo demás, el préstamo de que aquí se habla no es un contrato de usura, sino el uso simplemente de las cosas. Y en otro pasaje encarece más lo mismo, al decirnos que demos prestado a aquellos de quienes no esperemos recibir nada.

EL AMOR DE LOS ENEMIGOS

Oísteis que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os calumnian y persiguen. Bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, a fin de que seáis semejantes a vuestro Padre, que está en los cielos. Porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. ¡He aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los bienes! Porque, si nos enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino a volver la otra mejilla; no sólo a soltar el manto, sino a añadir la túnica; no sólo a andar la milla a que nos fuerzan, sino otra más por nuestra cuenta, todo ello es porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior a todo eso. —¿Y qué hay—me dices—superior a eso? —Que a quien todos esos desafueros cometa con nosotros, no le tengamos ni por enemigo. Y todavía algo más que eso. Porque no dijo: No le aborrecerás, sino: Le amarás. Ni dijo: No le ha¬gas daño, sino: Hazle bien.

GRADOS DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA: ORAR POR LOS ENEMIGOS

4. Mas, si atentamente examinamos las palabras del Señor, aún descubriremos algo más subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó simplemente amar a quienes nos aborrecen, sino también rogar por ellos. ¡Mirad por cuántos escalones ha ido subiendo y cómo ha terminado por colocarnos en la cúspide de la virtud! Contémoslos de abajo arriba. El primer escalón es que no hagamos por nuestra cuenta mal a nadie. El segundo, que, si a nosotros se nos hace, no volvamos mal por mal. El tercero, no hacer a quien nos haya perjudicado lo mismo que a nosotros se nos hizo. El cuarto, ofrecerse uno mis¬mo para sufrir. El quinto, dar más de lo que el ofensor pide de nosotros. El sexto, no aborrecer a quien todo eso hace. El séptimo, amarle. El octavo, hacerle beneficios. El noveno, ro¬gar a Dios por él. ¡He aquí una cima filosófica! De ahí también el espléndido premio que se le promete. Como el precepto es tan grande y pide un alma tan generosa y un esfuerzo tan le¬vantado, también el galardón es tal como a ninguno de sus anteriores mandatos lo propuso el Señor. Porque aquí ya no habla de poseer la tierra, como se prometo a los mansos; no de alcanzar consuelo y misericordia, como los que lloran y los misericordiosos; ni siquiera se nos habla del reino de los cielos, sino de algo más sublime que todo eso y que bien puede hacer¬nos estremecer: se nos promete ser semejantes a Dios, cuanto cabe que lo sean los hombres: A fin—dice—de que seáis seme¬jantes a vuestro Padre, que está en los cielos. Mas observad, os ruego, cómo ni aquí ni antes llama a Dios Padre propia¬mente suyo. Antes, cuando habló de los juramentos, nos habló del trono de Dios y de la ciudad del gran Rey; aquí nos habla de vuestro Padre. Al hablar así, no hace sino reservar para el momento oportuno la doctrina sobre su propia filiación di¬vina. Seguidamente, como quien explica en qué consiste nues¬tra semejanza con nuestro Padre de los cielos, dice: Porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Porque al—dice—no sólo no aborrece, sino que, antes bien, ama a los mismos que le injurian. Y, sin embargo, en modo alguno pueden equipararse los casos de ofensa del hombre y ofensa de Dios, no sólo por la grandeza sin par de los beneficios, sino por la excelencia suma de la dignidad divi¬na. Tú, al cabo, eres despreciado por quien es esclavo como tú; pero Dios lo es por su propio esclavo, y a quien ha dispen¬sado infinitos beneficios. Tú, si ruegas por tu enemigo, no les das más que palabras; Dios, empero, le ofrece grandes y admi¬rables cosas: el sol que diariamente enciende y las lluvias que le envía todos los años. Y, sin embargo—te dice—, yo te con¬cedo que seas igual que Dios, en cuanto cabe que lo sea un hombre. No aborrezcas, pues, a quien te hace mal, pues te acarrea tan grandes bienes y te levanta a tan alto honor. No maldigas a quien te calumnia. En caso contrario, sufrirás el trabajo y te privarás del premio. Te llevarás el daño y perderás la recompensa. Locura suma: haber sufrido lo más y no poder soportar lo menos.

EL EJEMPLO DEL SEÑOR HACE FÁCIL ESTE PRECEPTO

—Mas ¿cómo es posible—me dices—llegar a amar a nuestros enemigos y rogar por ellos? —Después de ver a Dios hecho hom¬bre, después que tanto se ha Él abajado, después que tanto ha padecido por ti, ¿todavía preguntas y dudas si es posible que un esclavo perdone sus agravios a esclavos como él? ¿No oyes al Señor mismo, que dice desde la cruz: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen? ¿No oyes a Pablo, que nos enseña: El que subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre, intercede por nosotros? ¿No ves cómo, después de sufrir la cruz y de subir al cielo, a los mismos judíos que les habían quitado la vida les envió sus apóstoles, que iban a lle¬varles infinitos bienes a sabiendas de que habían de sufrir de parte de ellos infinitos males? ¡Pero tú has sufrido tan gran¬des injusticias! ¿Y qué has sufrido de tan grande que pueda compararse a lo que sufrió tu Señor, que fue maniatado, abo¬feteado, azotado, por viles criados escupido, que después de haber hecho infinitos beneficios sufrió la muerte más ignominiosa de todas las muertes? Si has sufrido grandes injusticias, por eso principalmente has de hacer bien a quien te hizo mal, pues de ese modo te harás a ti más glorioso y librarás a tu hermano de la más grave enfermedad. Los médicos, cuando son acoceados e insultados por los enfermos frenéticos, entonces es cuando más los compadecen y con más arrestos se disponen a su curación, pues saben que la insolencia nace de la gravedad misma de la enfermedad. Pues piensa tú también así acerca de los que te arman sus asechanzas y pórtate así también con tus ofensores. Ellos son los verdaderos enfermos; ellos los que sufren todo linaje de violencia. Líbrale, pues, de este grave daño, ayúdale a que arroje toda su ira, haz que se vea suelto de ese terrible demonio que es la cólera. A la verdad cuando vemos a un ende¬moniado, lo que hacemos es llorar, no empeñarnos también nos¬otros en estar endemoniados. Hagamos eso mismo ahora con los iracundos, pues a los endemoniados se asemejan y hasta son más miserables que ellos, como quienes se dan cuenta de su propio furor. De ahí también que sea imperdonable su locura.

AYUDEMOS AL QUE SE VE DOMINADO POR SU PASIÓN

5. No te arrojes, pues, sobre el que yace en tierra; com¬padécele más bien. Cuando vemos a un infeliz molestado por la bilis que le hace sentir vértigo y que pugna por arrojar de sí ese mal humor, le tendemos la mano, aguantamos sus espas¬mos y, aunque nos manche el vestido, no nos alejamos. Sólo una cosa buscamos, y es librar al pobre enfermo de aquella su terrible angustia. Hagamos eso mismo con esotros enfermos del alma y soportemos sus vómitos y espasmos. No los aban¬donemos en tanto no hayan expelido toda su amargura. Lue¬go, cuando el ataque haya pasado, verás cómo te dan las gracias; entonces se darán claramente cuenta de la grave per¬turbación de que los has librado. Mas ¿qué digo que te darán ellos las gracias? Dios mismo te coronará inmediatamente y te recompensará con bienes infinitos, por haber librado a tu hermano de tan grave enfermedad, y éste te honrará como a su señor, reverenciando en todo tiempo tu moderación. ¿No has visto cómo muerden las mujeres parturientas a las que las asisten y éstas no lo sienten? Mejor dicho, lo sienten cierta¬mente, pero lo sufren pacientemente, y compadecen a las otras, a quienes el dolor saca de sí mismas. A ésas debes imitar tú, y no ser más flaco que una mujer. Cuando aquellas mujeres hayan dado a luz (pues esos hombres son más pusilánimes que mujeres), entonces verán en ti al hombre. Más, si después de todos estos preceptos te parecen pesados, considera que para plantarlos en nuestras almas vino Cristo a la tierra, y hacernos así provechosos a enemigos y amigos. De unos y otros nos manda que nos cuidemos. De nuestros hermanos, cuando dice: Si ofreces tu ofrenda en el altar…; de los enemigos, cuando nos pone ley de que los amemos y roguemos por ellos.

TAMBIÉN LOS PUBLICANOS HACEN ESO

Y no nos incita sólo por el ejemplo de Dios a amar a quie¬nes nos aborrecen, sino también por el ejemplo contrario. Por¬que si amáis—dice–a los que os aman, ¿qué galardón mere¬céis? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Esto dice también Pablo: Todavía no habéis resistido hasta la sangre luchando contra el pecado
Así pues, si amas a quienes no te aman, estás de la parte de Dios; si sólo amas a quien a ti te ama, con los publicanos. ¿Veis como no es tanta la grandeza de los preceptos, cuanta la diferencia de las personas? No miremos, pues, la dificultad del precepto, sino consideremos también su recompensa; consideremos a quién nos parecernos si lo cumplimos, y a quién si lo infringimos. Ahora bien, con nuestro hermano, el Señor nos manda que nos reconciliemos y no cejar en el empeño hasta que la enemistad quede anulada. Más ahora que nos habla de todos, no nos somete a esa necesidad, sino que sólo nos exige lo que está de nuestra parte, con lo que hace más fácil el cum¬plimiento de esta ley. Como había dicho el Señor de los judíos: De este modo persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros ; a fin de que por este motivo no quedara en sus discípulos algún resentimiento contra ellos, mándales no sólo sufrir, sino amar también a quienes tales cosas hacen.

RECAPITULACIÓN DE LA ENSEÑANZA DE JESÚS

¿Veis cuán de raíz arranca el Señor la ira, la concupiscen¬cia de la carne, la codicia de las riquezas, la ambición de la gloria y el amor a la vida presente? Porque todo eso lo ha hecho desde el comienzo de su discurso, y eso hace ahora prin¬cipalmente. En efecto, el pobre de espíritu, el manso y el que llora, están limpios de ira; el justo y misericordioso, de codi¬cia de riquezas; el puro de corazón se libra del mal deseo; el perseguido, el que sufre las injurias, el que es maldecido, ejer¬cita ya todo el desprecio de la presente vida y está limpio de todo orgullo y vanagloria. Ya había el Señor desatado a sus oyentes de estas cadenas y los había ungido para el combate; mas ahora arranca nuevamente estas pasiones, y más a fondo aún que antes. Y así empezó por la ira, y por todos lados le corta los nervios y dice: «El que se irrite contra su hermano y le llame necio y taca, que sea castigado. Y el que ofrece su ofrenda, no se acerque a la mesa divina antes de haber puesto término a la enemistad. Y el que tenga un contrario, hágaselo amigo antes de llegar al tribunal». Luego pasa a la concupis¬cencia. ¿Y qué dice? “El que mire con ojos intemperantes, sea castigado como adúltero. El que fuere escandalizado por una mujer deshonesta o por un hombre o por otro cualquiera de sus allegados, arránqueselos a todos ésos. El que tiene a la mujer por ley de matrimonio, jamás ha de repudiarla y buscar otra”. Y por estos medios mató la raíz del mal deseo. Seguidamente, reprime el amor de las riquezas, mandándonos no jurar ni mentir ni sentir apego a la misma pobre túnica de que vaya-mos vestidos, sino dar más bien el manto a quien nos lo quiera quitar y aun poner a su disposición nuestra persona. Modos radicales de suprimir todo amor a las riquezas.

ROGAR POR NUESTROS ENEMIGOS, CUMBRE DE LA PERFECCIÓN

6. En fin, después de todo esto, el Señor pone la más bella corona a todos sus preceptos, diciendo: Rogad por los que os calumnian, con lo que nos levanta a la más alta cima de la filosofía. Más es, en efecto, sufrir pacientemente un bofetón que ser simplemente mansos; más es dejar manto y túnica jun¬tamente que no ser misericordioso: más es sufrir al que comete con nosotros injusticia que no ser simplemente justo; más es seguir al que nos ha abofeteado y luego nos engancha, que no ser simplemente pacífico; más es, en fin, bendecir al que per¬sigue que ser simplemente perseguido. ¿Veis cómo poco a poco nos ha ido el Señor levantando hasta la cúpula misma de los cielos? ¿Qué castigo, pues, no mereceríamos si cuando se nos manda tomar a Dios por dechado no llegamos quizá a igualar ni a los publicanos? Amar a quienes nos aman, cosa es de pu¬blicanos, de pecadores y de gentiles. ¿Qué castigo, pues, no sufriremos, si ni eso siquiera hacemos? Y no lo hacemos desde el momento que envidiamos la gloria de nuestros hermanos. Se nos ha mandado sobrepasar la justicia de escribas y fariseos, y nos quedamos por bajo de los publicanos. ¿Cómo, pues, de¬cidme por favor, veremos el reino de los cielos? ¿Cómo pisa¬remos aquellos celestes umbrales, si en nada les ganamos a los publicanos? Esto, en efecto, quiso significar el Señor cuando dijo: ¿Acaso no hacen eso mismo los publicanos?

EL SEÑOR HABLA MÁS DE PREMIOS QUE DE TESTIGOS

Lo que señaladamente cabe admirar en la enseñanza del Señor es que en todas partes pone muy preferentemente los premios de los combates a que nos invita. Por ejemplo, ver a Dios, heredar el reino de los cielos, llegar a ser hijos de Dios y semejantes a él, alcanzar misericordia, ser consolados, tener más grande paga en los cielos. Mas, si hay alguna vez que men¬tar cosas tristes, lo hace con mucha parsimonia. Así, sólo una vez en tan largos razonamientos aparece el nombre de la gehena o infierno. De otros medios veladamente, se vale, y siempre hablando más bien para confundir que para amenazar, para corregir a sus oyentes. Por ejemplo, cuando dice: ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y: Si la sal se torna insípida. Y: Será llamado mínimo en el reino de los cielos. No faltan veces en que pone el Señor por todo castigo el pecado mismo, ha¬ciéndoles comprender a sus oyentes la enorme carga que se echan encima. Por ejemplo, cuando dice: Ya cometió un adul¬terio en su corazón. Y: El que repudia a su mujer, la hace adul-terar. Y: Y todo lo que de aquí se sale, del maligno procede. Para quienes tienen inteligencia, la grandeza misma del peca¬do, mejor que otro castigo, basta para hacerles entrar en razón. De ahí también que aquí ponga el Señor delante a los publi¬canos, pues quiere confundir a sus discípulos con la calidad de tales personas. Es lo mismo que hacía Pablo, cuando decía: No os entristezcáis como los otros, que no tienen esperanza. Y: A la manera de los gentiles, que no conocen a Dios . Y para hacer ver que no pide nada extraordinario, sino poco más de lo acostumbrado, dice: ¿No hacen eso mismo hasta los gen¬tiles? Sin embargo, no detiene aquí su palabra, sino que ter¬mina también en la recompensa y en las buenas esperanzas, diciendo: Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial. El nombre del cielo está como sembrado por todo su discurso, y por el lugar mismo trata de levantar los pensamientos de sus oyentes. Es que sus disposiciones, por de pronto, eran muy dé¬biles y groseras.

DEBEMOS PREVENIR A NUESTROS ENEMIGOS

Considerando todo lo dicho, mostremos grande amor aun para con nuestros enemigos y desterremos la ridícula costum¬bre de mucha gente insensata, que esperan siempre, al encontrarse con otros, que sean los otros quienes primero los salu¬den. Dichosos quienes tal necedad eviten; ridículos quienes la sigan. ¿Por qué, pues, no, has de ser tú el primero en saludar? —Porque es lo que el otro está esperando—me contestas—. Pues por eso justamente debieras tú adelantarle, y ganarte así la corona. —No—me dices—, porque eso es lo que el otro pretende. —¿Y puede haber insensatez mayor que ésta? Porque el otro—dices—tiene interés en que yo me lleve la recompensa, yo no me quiero aprovechar de tan bonita ocasión. Ahora bien, si el otro te saluda primero, ningún mérito tienes tú ya en contestarle; mas, si eres tú quien te adelantas, has hecho un negocio de su orgullo y has cosechado copioso fruto de su presunción. ¿Cómo no calificar, pues, de insensatez suma abandonar una ganancia que no ha de costarnos más que unas palabras, y con¬denar, por otra parte, en el prójimo lo mismo que tú estás ha¬ciendo? Tú acusas a tu contrario de que espere que otro le salude primero. ¿Cómo, pues, imitas lo que reprendes, y lo que dices estar mal, tú pones tanto empeño en imitarlo como si es¬tuviera bien? ¿Veis como no hay cosa más insensata que un hombre que vive en la maldad? Por eso yo os exhorto a huir de esa costumbre perniciosa y ridícula, pues ese vicio ha echa¬do por tierra mil amistades y producido otras tantas enemista¬des. Por eso precisamente, adelantémonos nosotros a los demás. Porque quienes tenemos mandato de dejarnos abofetear y enganchar y desnudar, ¿qué perdón mereceríamos si, en un simple saludo, mostráramos tanta terquedad? —Es que—me replicas—, si hacemos esa gracia a nuestro hombre, nos desprecia y vilipendia. —¿Y porque no te desprecie un hombre, ofendes tú a Dios? ¿Y porque no te desprecie un loco esclavo como tú, desprecias tú a tu Señor, que te ha hecho tantos beneficios? Porque, si ya es absurdo que desprecies a un igual tuyo, mu¬cho más que te atrevas a despreciar al Dios mismo que te ha criado. Y considera juntamente con ello que, con despreciarte, lo que hace es procurarte mayor corona; pues por Dios, por la obediencia a sus leyes, sufres tales desprecios. ¿Qué honor y qué diademas no merecerán esos desprecios? Por mi parte, antes quisiera ser injuriado y despreciado por amor de Dios que no ser honrado de todos los reyes de la tierra. Porque nada, nada hay que iguale a esa gloria.

EXHORTACIÓN FINAL: DESPRECIAR TODO LO HUMANO

A esa gloria, pues, aspiremos, tal como el Señor nos lo ha mandado. No hagamos caso alguno de las cosas humanas y ordenemos nuestra vida, dando en todo pruebas de la más perfecta filosofía. En ese caso, ya desde ahora gozaremos de los bienes y coronas celestes, caminando como ángeles entre los libres de toda concupiscencia, ajenos a toda perturbación. Y hombres, estando sobre la tierra como potestades angélicas, juntamente con todo esto, recibiremos también los bienes ine¬fables. Los cuales, así los alcancemos todos por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria, el poder y la adoración, juntamente con el Padre sin principios y el santo y buen Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 18, 1-6, BAC Madrid 1955, 367-86

APLICACIÓN

Amar a los enemigos es difícil pero eso pide el Señor.

¿Cómo se puede amar a aquellos que «toman la decisión de bombardear y asesinar a tantas personas»? ¿Cómo se «puede amar a aquellos que por amor al dinero no dejan que las medicinas lleguen a los ancianos y los dejan morir»? ¿O a aquellos que sólo buscan «el propio interés, el propio poder y hacen tanto mal»? «Amar al enemigo parece una cosa difícil, pero es lo que nos pide el Señor».

Para perdonar a los enemigos, es fundamental rezar por ellos, pedir al Señor que les cambie el corazón. La liturgia de estos días, propone justamente esta «actualización de las leyes que hace Jesús», desde la ley del Monte Sinaí a la Ley del Monte de las Bienaventuranzas.
Todos nosotros tenemos enemigos, pero en el fondo nosotros mismos podemos convertirnos en enemigos de los otros.

«Tantas veces también nosotros nos convertimos en enemigos de otros: no los queremos. Y Jesús nos dice que debemos ¡amar a los enemigos! ¡Y esto no es fácil! No es fácil, pensamos que Jesús ¡nos pide demasiado! Dejamos esto para las monjas de clausura, que son santas; dejamos esto para alguna alma santa, pero en la vida común esto no se puede. Y esto ¡tiene que poderse! Jesús dice: ‘No, ¡debemos hacer esto! Porque de lo contrario ustedes son como los publicanos, como los paganos. No son cristianos’».

Entonces ¿cómo podemos amar a nuestros enemigos? Jesús, «nos dice dos cosas»: ante todo mirar al Padre que «hace surgir el sol sobre malos y buenos» y «hace llover sobre justos e injustos». Dios «tiene amor para todos». Y luego, Jesús nos pide ser «perfectos como es perfecto el Padre Celeste», «imitar al Padre con aquella perfección del amor».

Jesús, «perdona a sus enemigos», «hace de todo para perdonarlos». Vengarse en cambio, no es cristiano. Pero ¿cómo podemos llegar a amar a nuestros enemigos? Rezando. «Cuando uno reza por aquello que nos hace sufrir es como que el Señor viene con el aceite y prepara nuestros corazones a la paz»:

«¡Rezar! Es lo que nos aconseja Jesús: ‘¡Recen por sus enemigos! ¡Recen por aquellos que los persiguen! ¡Recen!’ y decirle a Dios: ‘Cámbiale el corazón. Tiene un corazón de piedra, pero cámbialo, dale un corazón de carne, que sienta y que ame’. Les dejo sólo esta pregunta y cada uno responda en su corazón: ‘¿Rezo por mis enemigos? ¿Rezo por aquellos que no me quieren?’ Si decimos ‘si’, yo diré: ‘Adelante, reza cada vez más, este es un buen camino’. Si la respuesta es ‘no’, el Señor dice: ‘Pobrecito, ¡También tú eres enemigo de los otros!’».

«Rezar para que el Señor cambie el corazón de aquellos. También podemos decir: ‘Pero éste me ha hecho mucho daño’, o aquellos han hecho cosas malas, y esto empobrece a las personas, empobrece la humanidad. Y con tal argumento pretendemos llevar adelante la venganza, eso del ojo por ojo, diente por diente».

Es verdad, el amor por los enemigos «nos empobrece». Pero «nos hace pobres» como Jesús «cuando vino hasta nosotros, se bajó y se hizo pobre» por nosotros. Alguien, podría decir que esto no es un buen negocio «si el enemigo me hace más pobre» es cierto, «según los criterios del mundo no es un buen negocio».

Pero este, es «el camino que siguió Jesús» que de rico se hizo pobre por nosotros. En aquella pobreza, «en aquel abajamiento de Jesús se encuentra la gracia que nos ha justificado a todos, que nos ha hecho ricos». Es el «misterio de salvación»:

«Con el perdón, con el amor al enemigo, nos volvemos más pobres: el amor nos empobrece, pero aquella pobreza es semilla de fecundidad y de amor por los otros. Como la pobreza de Jesús, que se ha convertido en gracia de salvación para todos nosotros, riqueza…

Nosotros que estamos hoy en esta Misa, pensemos en nuestros enemigos y en aquellos que no nos quieren: sería hermoso que ofreciésemos la Misa por ellos: Jesús, el sacrificio de Jesús, por ellos, por aquellos que no nos aman».

«Y también por nosotros, para que el Señor nos enseñe esta sabiduría tan difícil, pero tan hermosa porque nos hace asemejarnos al Padre, a nuestro Padre y hace salir el sol para todos, buenos y malos. Y nos hace asemejar al Hijo, a Jesús, que en su abajarse se hizo pobre para enriquecernos, a nosotros, con su pobreza.

Homilía del Papa Francisco, martes 18 de junio de 2013, en la Casa Santa Marta

La caridad obliga a amar a los enemigos

El amor a los enemigos se puede entender de tres maneras. Primero, amarles en cuanto enemigos. Esto es malo y contrario a la caridad, pues sería amar la maldad ajena. Segundo, se puede tomar el amor a los enemigos como amor universal por la naturaleza común que tenemos con ellos. Desde este punto de vista, el amor a los enemigos es exigencia necesaria de caridad en el sentido de que quien ama a Dios y al prójimo no puede excluir a sus enemigos del amor general al prójimo. En tercer lugar, el amor a los enemigos puede entenderse en sentido particular, es decir, como un movimiento especial de amor de alguien hacia su enemigo. Esto no es en absoluto exigencia necesaria de la caridad, ya que esta virtud no implica amor especial a cada uno de nuestros semejantes en particular, extremo que resultaría imposible. No obstante, ese amor especial, entendido como disposición de ánimo, es exigencia necesaria de la caridad en el sentido de estar dispuesto a amar a un enemigo en particular si hubiera necesidad. El hecho de que, fuera de un caso de necesidad, se dé testimonio, con obras, del amor hacia el enemigo por amor de Dios, pertenece a la perfección de la caridad. Efectivamente, amando en caridad al prójimo por Dios, cuanto más se ama a Dios, tanto mayor se muestra el amor hacia el prójimo, a pesar de cualquier enemistad. Es lo que sucede cuando se ama mucho a una persona: por este amor se ama también a sus hijos, incluso aunque fueran nuestros enemigos. En este sentido se expresa San Agustín.

No necesariamente la caridad debe dar señales o muestras de amor particulares a los enemigos

Las pruebas y señales de caridad provienen del amor interno y le son proporcionadas. Es de necesidad absoluta de precepto el amor interno general a los enemigos; no lo es, sin embargo, el amor a un enemigo particular, sino sólo como disposición de ánimo, según hemos visto (a.8). Otro tanto debemos decir de las muestras y señales exteriores de amor. Hay, es verdad, ciertos beneficios y pruebas de amor que deben darse al prójimo en general, por ejemplo, orar por todos los fieles o por todo el pueblo, o beneficiar a toda la comunidad. Es entonces de necesidad de precepto mostrar esas señales a los enemigos. Si así no se hiciera, se achacaría al odio de la venganza, contra lo cual pone en guardia la Escritura en estos términos: No busques la venganza ni te acuerdes de las injurias de tus conciudadanos (Lev 19,18).

Hay, sin embargo, otros beneficios y pruebas de amor que se dan en particular a determinadas personas. Comportarse de esta manera con los enemigos no es necesario para salvarse, sino en la disposición del ánimo, o sea, que se esté dispuesto a socorrerles en caso de necesidad, como indica la Escritura: Si tuviere hambre tu enemigo, dale de comer; si tiene sed, dale de beber (Prov 25,21). Ahora bien, el hecho de dar semejantes muestras de amor al enemigo, fuera del caso de necesidad, atañe a la perfección de la caridad, ya que, no satisfecho con no dejarse vencer por el mal, exigencia necesaria, quiere incluso vencer al mal con el bien (Rom 12,21), y esto es ya de perfección. Efectivamente, no sólo se precave de llegar al odio por la injuria recibida, sino que incluso con los beneficios se esfuerza por traer a su amor al enemigo.

(SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 8 y 9 c)

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