Humildad: Caminando por valles oscuros

Memorias de un jesuita en el Gulag, Walter Ciszek SJ

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entre mis recuerdos de Norilsk destacará siempre una Vigilia Pascual: desgraciadamente, ese fue también el motivo de mi partida. La Semana Santa que la  precedió fue una de las más atareadas de mi vida sacerdotal. Los padres Viktor y Neron no estaban en Norilsk y me encontraba solo, cuando nuestro rebaño era más numeroso que nunca. Aquella Semana Santa la pasé entera confesando y bautizando en mi tiempo libre; el Domingo de Ramos celebré tres misas y prediqué en todas ellas, anunciando a la gente que se celebrarían todos los oficios de Semana Santa. Después de las misas del Domingo de Ramos, la gente se arremolinó para acordar la tradicional bendición de la comida de Pascua. Como estaba solo y había mucho que hacer, formé un comité que organizara la bendición de las cestas pascuales. En un cuaderno trazamos un mapa de la ciudad, fijamos algunos puntos de encuentro y establecimos un horario, de modo que a quienes les fuera imposible acudir a mi pequeño bolok se reunieran allí para la bendición.

Cuando todo quedó más o menos dispuesto, me hice a la idea de que tendría que  ponerme en marcha a las cinco de la tarde del viernes y trabajar las veinticuatro horas siguientes, con la esperanza de llegar a tiempo para la Vigilia Pascual.

A lo largo del viernes oí un número increíble de confesiones pascuales, como cada noche de esa semana después del trabajo. El Viernes Santo por la tarde, después de los oficios, salí a hacer mi gira por la ciudad. En todos los sitios que visité había gente esperando, incluso en plena noche y durante las largas y frías primeras horas de la mañana. Regresé a mi bolok la mañana del sábado para los servicios de las seis. Estaba lleno de gente: buena parte de ella había pasado allí la noche para coger sitio delante del altar durante la larga Vigilia Pascual. Muchos se quedaron en la capilla después del servicio del sábado, sin comer en todo el día, hasta que llegara el momento de la misa de medianoche y poder estar cerca del altar. Después del servicio, reanudé mi gira, volviendo sobre mis pasos hasta el bolok cada cierto tiempo para bendecir las cestas de comida –una considerable tanda cada vez– que llenaban mi pequeña habitación de pared a pared. Hacia las once y media de la noche del sábado, al regresar a casa, me costó llegar al bolok . Hasta los pasillos y el vestíbulo estaban atestados; fuera había un montón de gente pululando en medio del frío de la noche. Apenas quedaba sitio para moverse, pero cerca de las doce ya me había revestido –la masa de gente me impedía alzar los brazos y alguien tuvo que meterme las vestiduras por la cabeza– y estaba preparado para celebrar misa. Las flores y las velas cubrían el altar y contábamos incluso con un coro. Al empezar a entonar la solemne Vigilia, fue como si una explosión de sonido inundara la capilla. En principio, la Vigilia siempre es gozosa, pero nunca olvidaré el entusiasmo de la gente aquella noche. A pesar del cansancio de las cuarenta y ocho sin dormir corriendo de aquí para allá, me sentí súbitamente eufórico y me dejé arrastrar. Me olvidé de todo lo que no fuera la misa y la alegría pascual.

Era tanta la gente que resultó imposible repartir la comunión, porque nadie podía moverse, así que tuve que hacerlo después de la misa. El servicio acabó a las tres de la madrugada, pero a las nueve de la mañana siguiente aún continuaba dando de comulgar a un torrente imparable de gente. Fuera podía oír a la multitud que regresaba a casa al amanecer, saludando con el tradicional Khristos voskres!(¡Cristo ha resucitado!), y la gozosa respuesta: Voistinu voskres! (¡Realmente ha resucitado!). Al acabar, volví a mi habitación y me senté a la mesa de mi bolok vacío, completamente exhausto. Pero estaba muy satisfecho: raramente he vuelto a experimentar la alegría de ese día. Por fin, gracias a la providencia divina, comenzaba a hacerse realidad mi sueño de servir a su rebaño de Rusia. «¡Y todo esto ha sucedido en Rusia, en Norilsk!»: ese era el pensamiento que iluminaba mi mente.

Estaba trabajando esa semana cuando me llamaron a las oficinas del KGB. El agente al mando no perdió al tiempo y me espetó:

 —Wladimir Martinovich, en Norlisk no nos hace ninguna falta tu labor misionera, ¿sabes? Con severidad, me dijo que cogiera un billete en el primer vuelo disponible a Krasnoyarsk y me presentara allí ante el KGB.

 —Si intentas volver, te arrestaremos y te meteremos en la cárcel. Aquí mando yo y estas son mis órdenes.

Me quedé mirándole sin abrir la boca. Después de una larga pausa, me dijo fríamente:

 —Puedes irte.

Estaba dando media vuelta cuando añadió:

 —Cuando tengas el billete, yo mismo te escoltaré hasta el aeropuerto.

El vuelo de Norilsk a Krasnoyarsk es largo, unas cuatro horas. Yo no había volado nunca y, cuando despegamos, estaba nervioso y muerto de miedo. Pegué la espalda al asiento y cerré los ojos, intentando no mover ni un músculo: pude oír retumbar el sonido de los motores en mi cabeza hasta que se me taponaron los oídos, pero más aún notaba el malestar en la base del estómago. Cuando me hube acostumbrado, me puse a pensar  en la gente que dejaba atrás, entristecido por la idea de que ya no podría hacer nada por  ellos excepto encomendarlos a Dios. Luché contra los pensamientos de ira que me consumían desde mi visita al cuartel del KGB y volví a sentir la humillación de recibir  órdenes pese a que se suponía que era un hombre libre. Como de costumbre, me consolé pensando y repitiéndome a mí mismo que Dios sabía muy bien lo que hacía: «Hágase tu voluntad». Pero me costaba entenderlo.

Al rato, en la oración, me vino a la cabeza la idea de que hacer la voluntad del Padre no siempre es tarea fácil: las palabras del Señor que repetía en mi fuero interno Él las había pronunciado en la agonía del Huerto. Fue la oración de Cristo justo antes de padecer sus mayores pruebas y su mayor humillación. Solemos usarlas como ejemplo de obediencia, pero en realidad son la ilustración más cabal de la virtud de la humildad. Porque la humildad, al fin y al cabo, se basa en el mero reconocimiento de una verdad fundamental: la auténtica relación entre Dios y el hombre. El aforismo espiritual de que «la humildad es la verdad» lo resume perfectamente, pues la humildad no es ni más ni menos que saber el sitio que ocupamos ante Dios. Toda la vida de Cristo, desde su nacimiento hasta su muerte, fue un acto perfecto de humildad nacido de su plena sumisión a la voluntad del Padre. Alcanzó su punto culminante en la cruz, donde murió humillado y despojado de todo. «Aprended de mí», dijo a sus discípulos, «que soy manso y humilde de corazón». Ni siquiera cuando se tiene mucha experiencia en la vida interior solemos ser humildes cuando nos humillan. Si queremos lograrlo alguna vez, necesitamos recordarnos constantemente a nosotros mismos al Cristo humilde, el Cristo que hizo siempre la voluntad del Padre.

Resistirse a la humillación es algo completamente natural. Retrocedemos ante las experiencias humillantes porque atentan contra nuestra dignidad (que es otra manera de decir que hieren nuestro orgullo). Esa es la clave del problema. Entonces nos vendrá bien recordar quiénes somos nosotros realmente y quién es Dios. Si detrás de esa experiencia solo vemos el daño y lo desagradable del hecho, únicamente puede ser porque hemos perdido de vista, al menos momentáneamente, la voluntad de Dios y su providencia.

Porque las humillaciones nacen de las circunstancias, de los acontecimientos y de la gente que Dios nos pone delante cada día; y todas esas cosas no son sino manifestaciones de su providencia. De ahí que debamos aprender a descubrir en todo ello, incluso en las humillaciones, ocasiones para una mayor conformidad con la voluntad de Dios. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo hubo de sufrir oposición, contradicción… y sí: humillaciones. Pero siempre estuvo decidido a olvidarse enteramente de sí y a glorificar al Padre con sus obras. Si realmente queremos imitar a Cristo en nuestra vida, debemos aprender a hacer lo mismo.

Constantemente hemos de recordar esa verdad del catecismo que aprendimos de niños: que Dios nos ha creado para amarle, reverenciarle y servirle en esta vida y ser  felices con Él en la venidera. No nos salvamos haciendo nuestra voluntad, sino la del Padre; y no lo hacemos si la interpretamos o reducimos hasta que signifique lo que nos gustaría que significara, sino aceptándola en su totalidad, tal y como se nos manifiesta a través de los acontecimientos, las circunstancias y las personas que nos envía su providencia.

Así de sencillo es y, a la vez, así de complicado. Dios nos da cada día, cada minuto de cada día, con ese propósito. Nosotros, por nuestra parte, podemos aceptarlos y ofrecerle nuestra oración, nuestro trabajo y nuestros sufrimientos diarios, por  insignificantes o poco brillantes que nos parezcan. Pero es precisamente porque nuestras circunstancias diarias nos parecen tan insignificantes y poco brillantes por lo que fallamos tan a menudo en este sentido. Son la aparente pequeñez de nuestra vida diaria y la repetición de las cosas las que hacen que nuestra atención y nuestros buenos propósitos se desvíen y no tengamos en cuenta que todo eso es también un signo de la voluntad de Dios. Entre Dios y el alma no hay momentos insignificantes: ese es el misterio de la divina providencia.

Vemos ejemplos de todo esto en las vidas de quienes nos rodean. Los jóvenes que proyectan casarse, que eligen una profesión o que responden a la llamada al sacerdocio o a la vida religiosa sienten un entusiasmo y una alegría interior que no han conocido hasta entonces. Luego, a medida que van pasando los años, las dificultades aumentan y se exige un sacrificio constante y un espíritu renovado en la promesa o en el voto inicial que formularon. Es entonces cuando empieza a ponerse realmente a prueba nuestra humildad: darnos cuenta del puesto que ocupamos ante Dios. Es entonces cuando comienzan a pesar las dificultades de la llamada que ha recibido el hombre. «Mi yugo es suave y mi carga, ligera», dice Cristo; pero las cargas de la vida, los sacrificios y la renuncia de uno mismo, las humillaciones, solo serán ligeros si descubrimos expresada en ellos la voluntad de Dios. ¿Puede haber algo más consolador que ver en una carga o en una humillación no lo que son en sí mismas, sino lo que Dios quiere y te señala en cada momento? Vistas de este modo, por muy pesadas o arduas que sean las cargas o las dificultades, puedo llevarlas con un espíritu capaz incluso de aligerarlas, porque saber que proceden de Dios y que son su voluntad en mi vida conlleva un sentimiento de entusiasmo, de logro, de importancia que trae la alegría y el consuelo al corazón.

Desgraciadamente, quienes han perdido el auténtico sentido de la humildad –esa permanente conciencia de la relación entre cada individuo y Dioshan perdido también la capacidad de llevar sus cargas de este modo. No ven más que la carga, las dificultades y las humillaciones en sí; y se hunden. Empiezan a autocompadecerse, a cuestionarse cosas de su vida matrimonial o de su vocación que antes estimaban en mucho. El sacrificio, el esfuerzo y la entrega parecen no tener sentido; la caridad, la paciencia y el amor se convierten en meras palabras vacías. Empiezan a cuestionarse incluso el acierto o la validez de su decisión primera, a buscar la libertad o algún modo de escapar. Puede que lo justifiquen con datos de la ciencia o de la psicología, o con argumentos acerca de los nuevos tiempos en un mundo cambiante. Pero, en definitiva, lo que intentan explicar  es ese cambio radical en ellos mismos que los ha llevado hasta una crisis interior en la vocación que una vez abrazaron con tanto gozo y entusiasmo. ¿Cómo puede suceder esto tan deprisa, en un espacio de tiempo aparentemente tan corto? La respuesta está en la pérdida de la virtud de la humildad, en la pérdida de la visión de la vida como algo importante a los ojos de Dios, de esa visión que contempla todas las cosas como venidas de las manos de Dios. Una vez perdida esa visión, el yo, muy sutilmente, va adquiriendo cada vez más importancia y la voluntad de Dios, cada vez menos. El origen no está en nuestros fallos ni en nuestras faltas ni en nuestros  pecados, sino en la falta de humildad. El hombre humilde, por muchas veces que caiga, arregla las cuentas con Dios y vuelve a empezar, porque su humildad le revela su total dependencia de Él.

Ahí reside la diferencia entre la persona realmente humilde y aquella a la que le falta humildad. La primera se culpa a sí misma de los desórdenes de su vida, de sus fracasos y sus faltas, y lucha por volver a encontrar el sentido de la entrega a la voluntad de Dios. La segunda, en lugar de culparse a sí misma de sus faltas y fracasos, intenta justificar sus obras de uno u otro modo e insiste en continuar haciendo precisamente aquello que poco a poco la va alejando de Dios y de su vocación. Ni siquiera los remordimientos que sufre se ven como una gracia de Dios para hacerle volver, sino que los interpreta como una señal de que la decisión primera de seguir esta o aquella vocación debió de ser un error.

Allí estaba sentado yo, en el avión que me llevaba a Krasnoyarsk, preguntándome por qué me hallaba de repente tan resentido por haberme visto obligado a abandonar mi «parroquia» de Norilsk. ¿Era porque me había humillado el modo en que el KGB me había ordenado que me fuese? Después de tantos años procurando ver la voluntad de Dios en los tumbos que había dado en la vida pese a mis sueños y mis propósitos personales (a veces en marcado contraste con lo que yo pretendía o planeaba); después de tantos años aprendiendo poco a poco a ver la mano y la providencia de Dios en los extraños y –a menudo– amargos acontecimientos que había vivido, ¿por qué dudaba en creer o en entender que ese traslado también procedía de Dios? «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos», dice el Señor, «ni vuestros caminos, mis caminos. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos». ¡Cuántas veces había llegado a comprender esto reflexionando sobre mi propia experiencia! ¡Cuántas veces me había decidido a intentar ver siempre su voluntad en todo! ¿Y ahora dudaba en aceptar ese brusco final de mi apostolado en Norilsk porque mi inteligencia humana no le encontraba sentido? ¿Era realmente la preocupación por los valientes cristianos que dejaba atrás lo que me entristecía, o era la decepción personal por verme obligado a poner fin a mi primera experiencia sacerdotal verdaderamente gratificante, justo cuando las cosas parecían ir tan bien? «Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?», dijo el Señor a Pedro. «Tú sígueme». Cristo llamó a Pedro aparte y a Pedro le preocupaba Juan. Y ahora Cristo, a través del KGB, me sacaba de Norilsk. ¿Por qué dudar de que proveería de algún modo a quienes acababa de dejar, igual que había estado proveyéndoles antes de mi llegada? Mi primera preocupación debía ser ir a donde Él me llevara, descubrir siempre su voluntad en los acontecimientos de mi vida y seguirla fielmente, sin dudas ni preguntas.

Sí, estaba desanimado. No, no tenía respuesta para todas las preguntas que me asediaban, ni era capaz de ordenar todos los pensamientos que poblaban mi mente mientras el avión se acercaba a Krasnoyarsk. Pero sabía una cosa: que llevaba mucho tiempo decidido a luchar por ver su voluntad en todo. Había prometido abandonarme completamente a su providencia. Aquel era un nuevo día, quizá un nuevo capítulo en mi misión de extender el reino, y mi tarea consistía en aceptar sin cuestionarlas las situaciones y las circunstancias de ese día sin mirar atrás. Después de todo lo que había aprendido, después de haber conseguido entender los misteriosos caminos de su  providencia, no era el momento de empezar a rechazar las obras de su gracia y de su voluntad. Aquel día, igual que siempre, mi tarea consistía en aceptarla sumisamente sin intentar que se adecuara a la mía ni entenderla plenamente con mi limitada inteligencia humana; en abandonarme una vez más con una fe y una confianza plenas en las misteriosas obras de su gracia y su sabiduría.

Mi vida, como la de Cristo –si es que mi sacerdocio significaba algo–, consistía en hacer siempre la voluntad del Padre. Lo que necesitaba era humildad, la gracia de darme cuenta del lugar que ocupo respecto a Dios. No solo cuando las cosas iban bien, como había ocurrido en Norilsk, sino especialmente en los momentos de dudas y desaliento, como ese día en que nada salía como había planeado o hubiese deseado. La humildad significa eso: aprender a aceptar el desánimo e incluso la derrota como enviados por  Dios; aprender a perseverar y seguir adelante con el corazón en paz y confiando en Dios, seguros de que lo que suceda merece la pena, por el mero hecho de que en nuestra vida está actuando la voluntad de Dios y nosotros procuramos aceptarla y seguirla.

Y es que en los planes de la divina providencia lo que más cuenta no es el hombre ni lo que este haga, sino que acepte cada día confiado y lleve a cabo lo mejor que pueda lo que Dios ha elegido para él. «Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios», dice san Pablo, «y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes». Lo que había aprendido a base de ensayo y error, de sufrimientos y de derrotas, era que Dios podía servirse de alguien como yo, cabezota, a veces necio y lleno  de defectos, y no era el momento de volver a las andadas. La verdadera humildad consiste en aprender a reconocer siempre esta relación. Debemos recordárnoslo una y otra vez, porque a la orgullosa naturaleza humana no le cuesta nada pensar que ese logro o aquel otro se deben al esfuerzo que hemos puesto y a lo que hemos trabajado.

Y, en cuanto nuestra humildad empieza a fallar, comenzamos a perder de vista a Dios y su gracia, a excluirlo hasta cierto punto de nuestras vidas. Da gracias, pues me decía a mí mismo, de que la amorosa providencia de Dios  ponga humillaciones en tu camino. Da gracias al KGB por haber evitado que pienses que esa Pascua en Norilsk ha sido en cierto modo obra tuya. Fue Dios quien plantó la semilla en los corazones de esa gente; fueron los padres Viktor y Neron los que la regaron; y solo porque Dios, en su providencia, te puso allí en ese momento disfrutaste de la cosecha y el consuelo de esos días. ¡Consuélate, necio!, me decía, ¡pero no te engañes!

Fue también Dios quien dispuso esa alegría para fortalecerte y confortarte, y quien ha dispuesto que ahora desaparezcas de escena, humillado y de repente, para recordarte una vez más que en este mundo todo está gobernado por su providencia, y no por los esfuerzos del hombre. Que ayer fue ayer y hoy es hoy. En la Unión Soviética no has hecho nada que no haya sido gracia y voluntad suya; cada vez que has intentado hacer  algo tú solo, que has trazado planes, que has buscado respuestas de antemano, tus esfuerzos han acabado en desastre y has tenido que volver a empezar a buscar la voluntad de Dios en todo acontecimiento y circunstancia. ¿No va siendo hora de que aprendas? ¿No va siendo hora de que aprendas a ser manso y humilde de corazón; de que renuncies a tu voluntad y luches por conformarte a la de Dios; de que busques  primero el reino de Dios y su justicia, sin que te inquiete adónde te lleva este avión, qué encontrarás allí o lo que dejas atrás?

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