La arqueología del África del Norte

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No podemos hablar de simbología eucarística y cristológica en el África pre musulmana, si no entramos primero, al menos de modo muy sencillo, por la puerta de la arqueología, puesto que muchos de estos símbolos encuentran su plena significación por un lado gracias a las excavaciones que han permitido que vean la luz y por otro lado a los criterios y contextos que la arqueología cristiana, ofrece para que se descubra plenamente sus significaciones.

Arqueología cristiana. Concepto, fuentes, método y misión[1]

La arqueología cristiana (a.c.) es una ciencia histórica y como tal forma parte del conocimiento de la antigüedad cristiana. Sin embargo, mientras el conocimiento relativo a la antigüedad cristiana abarca la patrística, la hagiografía, la liturgia y la administración eclesiástica, en cuanto estas parcelas del saber nos informan sobre la vida de la Iglesia dentro de la cultura grecorromana hasta la muerte de Gregorio Magno (604), la arqueología cristiana, como disciplina particular, se limita a investigar la tradición monumental del cristianismo primitivo. A este respecto, en el método crítico de la investigación de los monumentos juegan un papel decisivo la determinación de la autenticidad, del lugar de origen, de la antigüedad de los mismos y su interpretación. La arqueología cristiana de suyo prescinde de la investigación de la tradición literaria, pero indirectamente tiene que recurrir también a ella, como fuente secundaria para una más exacta interpretación teológica de las fuentes primarias, que son los monumentos. A estas fuentes secundarias o indirectas pertenecen: la Escritura, la Didakhe, la traditio apostólica, los padres apostólicos, los apologistas griegos del s. II, los escritores cristianos del s. III al VI, los apócrifos, los escritos anti heréticos del s. II, las actas y pasiones de los mártires, los calendarios, los martirologios, los sacramentarios, las listas de papas y de obispos, los itinerarios y los catálogos topográficos. Sólo mediante el estudio complementario de estas dos fuentes puede la a.c. cumplir con cierto grado de aproximación su misión peculiar, a saber: a base de los monumentos estudiados metódicamente, aportar datos valiosos para la historia de los dogmas y de la Iglesia, para la ciencia comparativa de las religiones y para la historia del derecho y del arte.

El arqueólogo cristiano ha de investigar en primer lugar el material de los monumentos; pero, una vez hecho esto, se presenta la cuestión del contenido teológico allí reflejado. Con ello se conserva la justamente exigida independencia de la a.c., pero a la vez ella ha de proporcionar los sillares para una teología monumental, y que así se convierte en testigo de la primitiva vida cristiana.

            Por eso Pío XI en el motu propio (11-12-1925) con que erigió el «Pontificio Instituto de Arqueología cristiana» decía: “Estos monumentos de la antigüedad cristiana son testimonio venerado y auténtico de la fe y de la vida religiosa de la antigüedad y al mismo tiempo fuente principal para el estudio de las instituciones y de la cultura cristiana desde los tiempos más cercanos a los apóstoles”[2].

            Las fuentes monumentales directas se pueden dividir en cinco grupos:

Arquitectura: a) edificios sepulcrales: catacumbas, cementerios sub divo (tumbas en tierra, sarcófagos, mausoleos e iglesias cementeriales); b) edificios sacros: basílicas, baptisterios, cenobios, hospitales, episcopio, nosocomios; c) edificios privados.

Pintura: pintura de libros, frescos, mosaicos.

Escultura: plásticos, relieves, ornamentos, sarcófagos.

Orfebrería: plástica pequeña, plástica noble, escultura en madera, en marfil y en metal, arte textil, utensilios litúrgicos y devocionales (por ejemplo, ampollas y lámparas), cosas de oro, ornamentación, numismática.

            Epigrafía: inscripciones funerarias, grafitos, inscripciones del papa San Dámaso, inscripciones pos damasianas, elogios de los mártires y títulos de edificios en las catacumbas romanas, títulos de basílicas.

Arqueología cristiana en África

Ahora hablaremos de la arqueología cristiana en África. La exploración científica de Algeria y Túnez por los arqueólogos y las sociedades arqueológicas bajo el patronazgo de la Francia, realizados prácticamente sin interrupción sobre todos los puntos de la antigua provincia romana del “Africa proconsularis”, ha procurado a la arqueología en general, y a la arqueología cristiana en particular numerosos y completos documentos, más que en cualquier otra región del mundo antiguo.

Sin embargo, aquí tenemos que abrir un paréntesis para decir que muchos de estos documentos, sobre todo para la parte cristiana, están solo en francés con difícil acceso a otras lenguas, datan de inicios del siglo XIX y no han sido actualizados o reeditados. Lo mismo sucede con las excavaciones arqueológicas. Las últimas misiones arqueológicas, por ejemplo sobre la Cartago cristiana, datan del año 1995. Es decir más de 20 años que, por lo que respecta a los monumentos cristianos, no se han vuelto a trabajar sobre ellos en vistas de una manutención necesaria, es más, han sido despojados, abandonados y la gente interesada no tiene fácil acceso a ellos. Mis trabajos apuntan justamente a suplir modestamente estas deficiencias.

            Cerrado este paréntesis hablemos del cuadro arqueológico-histórico que nos permitirá entrar en la simbología eucarística y cristológica. Por el objeto de este libro aquí hablaremos de tres cosas: los mosaicos, las imágenes cristianas y las lámparas cristianas de Cartago. Los primeros los tratare brevemente ya que hemos dedicado otros escritos a ellos en francés[3], mientras que el tema de las lámparas será más extenso y en un capítulo aparte, puesto que los símbolos eucarísticos y cristológicos de los que aquí hablaremos fueron encontrados principalmente en las lámparas cristianas de Cartago.

            Los mosaicos[4]: el arte de los mosaicos ha tenido en África un inmenso desarrollo y un gran número de estos ejemplares nos han llegado hasta nuestros días como podemos ver en el Museo nacional del Bardo en Túnez[5]. Los mosaicos romanos de África se transforman constantemente desde el siglo I de nuestra era hasta el siglo VI, siguiendo una ley que podríamos formularla así: “las transformaciones van del realismo al simbolismo, de lo concreto a lo abstracto, de la decoración viviente a la decoración geométrica”[6]. Lo que quiere decir que los fabricantes de mosaicos, que eran ante todo artistas, empiezan a ser cada vez más simples trabajadores, muy indiferentes al estudio de la naturaleza, y que sabiendo dibujar muy poco, se han visto obligados a abandonar las representaciones de personajes y la viva decoración para dejar lugar en sus obras a una mayor representación de motivos ornamentales de fácil ejecución.

            Las  excavaciones ejecutadas en 1890 a Tabarka, en Túnez, cerca de la frontera argelina, han dado a luz un número elevado de tumbas cristianas revestidas de mosaicos y hoy conservadas, algunas de ellas, en el museo del Bardo. Los sujetos principales allí descubiertos se pueden reagrupar en tres tipos: 1) el orante entre dos antorchas encendidas. 2) el cáliz donde beben palomas y pavos. 3) animales diversos, entre flores y vegetación variada, acompañando, a veces, al difunto representado en actitud de oración.

            Señalemos un punto importante para la simbología: entre los siglos IV y V existe una gran equivalencia entre el cáliz y el orante. Estos símbolos no se encuentran jamás juntos; siempre separados ocupan el mismo lugar por debajo de los epitafios o del monograma de Cristo; las palomas se posan sobre las espaldas de uno como sobre los bordes del otro. Esto quiere decir, que se trata de los fieles que, aquí, como en tantos otros ejemplares, representan el “vas Christi”, vaso de elección.

            Respecto a las basílicas, sabemos que los fieles, por un sentimiento de respeto, se abstenían de representar a Dios en el suelo de los edificios, sin embargo ellos multiplicaban sus imágenes en las paredes y los ángulos del ábside. Un gran número de iglesias eran pavimentadas casi completamente con mosaicos, dejando la decoración para la parte absidial. Bellísimos ejemplos los encontramos en Cartago, en la basílica y capilla eucarística que más adelante explicaremos.         

            Las imágenes cristianas[7]. No se puede establecer una cronología exacta de la evolución de la imaginería cristiana de los primeros siglos, pero por los testimonios arqueológicos que citaremos más adelante y diferentes escritos es evidente que existieron desde un principio. Ciertamente que había mucho rechazo por razones de idolatría, pero este rechazo fue cediendo ante el arte simbólico o figurativo, pues incluso en la cultura greco-romana este tipo de expresiones no implicaban siempre un sentido idolátrico.

            Se presume que antes del siglo II aparecen en locales comunes o en cementerios como lo fue en gran parte del África del norte, el uso de símbolos: el ancla, el pez, el pavo real, o el ave fénix, la paloma con la rama de olivo, cruces de distinto tipo, el crismón o monograma de Cristo formado por las letras griegas X y P (las dos primeras letras griegas de la palabra Cristo), que se popularizará todavía más después del emperador Constantino I, el Grande (306-337), y también letras como el alfa y la omega del alfabeto griego tomadas del libro del Apocalipsis (Ap 1,8).

            Este arte simbólico permitía un medio de expresión dentro aún de los límites de la ley mosaica que prohibía hacer imágenes. También cumplía una función de identificación sobre todo en tiempos de persecución para reconocerse mutuamente y evitar también los espías e infiltrados. Fue el caso, además de Roma, de las grandes ciudades del África del norte, en particular Cartago, donde los cementerios cristianos no eran subterráneos por problemas de terreno arenoso y por lo tanto eran mucho más fáciles de localizar por los romanos.

            Poco más tarde se agregaran figuras más elaboradas como el Buen pastor o el orante (hermosos ejemplos, además de los encontrados en Roma, los encontramos en sarcófagos de Cartago y en las catacumbas de Sousa en Túnez), personaje con las manos abiertas hacia arriba en actitud de plegaria que significa al alma en la paz eterna, un arte figurativo de carácter decorativo y catequético.

            En el arte paleocristiano, lo original no radica en el estilo pictórico, sino en el sentido nuevo del que se dota la figura y en lo que ella transmite, lo cual es totalmente diverso de lo ofrecido por el paganismo y por eso si bien la Iglesia no promovía oficialmente el culto a las imágenes, las toleraba en vistas a un bien superior que era la instrucción de los neófitos. Pero su desarrollo tuvo un contenido más profundo que iba más allá de la presentación de la figura en sí misma.

            Pernoud en su libro sobre las grandes épocas del arte occidental dice: “La imagen, en el arte cristiano, será doblemente imagen. No sólo representación visual, sino también representación simbólica. Más allá del asunto expresado: historia, mitología, escena u objeto tomado de la naturaleza circundante, invita a ir al encuentro de otra realidad. El arte se hace realmente lenguaje. En esto, observemos, imita la pedagogía divina y se emparienta con la parábola, que también instruye por la imagen”.

            Estas premisas nos ayudaran para analizar diferentes símbolos eucarísticos y cristológicos encontrados en Túnez.

P. Silvio Moreno, IVE

Historia y Arqueología

Universidad de Sassari


[1] Cf. Testini, Pasquale, Archeologia Cristiana, Roma,1958, p. 3-36.

[2] Cf. AAS 17, 1925, p. 619

[3] Cf. Moreno, Silvio, Une catéchèse vivante ; archéologie et art chrétien au musée du Bardo en Tunisie, Tunis, 2015.

[4] Para la parte de los mosaicos véase el libro citado en nota 3.

[5] El museo del Bardo en Túnez es considerado el museo más importante en colección de mosaicos romanos, cristianos y bizantinos.

[6] Cf. Gauckler, Paul, en la asociación francesa para el crecimiento de las ciencias, Túnez, 1898, t. I, p. 278.

[7] Uso libremente algunos párrafos del capítulo I sobre las imágenes en los primeros siglos del cristianismo, del libro del P. Rolando Santoiani, Imagen e iconoclasia, New York, 2010, pp. 9-12.

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