LA DONCELLA Y EL PROFETA

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La señal prometida por Dios

 P. Gustavo Pascual, IVE.

            Ochocientos años antes del nacimiento de Jesús, siendo Ajaz, rey de Judá, subieron para tomar Jerusalén el rey de Aram y el rey de Israel.

            Ajaz, rey de Judá, subió para enfrentarlos y en el camino se encontró con el profeta Isaías.

            Isaías enviado por Dios le dijo que confiara en Dios y no saliera a enfrentarlos, pero Ajaz no quiso obedecer a Dios y confió en sus propias fuerzas.

            Isaías le dijo que pidiera una gran señal en el cielo o en el abismo para que viendo la señal obedeciera a Dios. Pero Ajaz no quiso pedirla.

            Isaías indignado por la falta de fe del rey le promete que Dios le dará igual la señal, pero una señal mucho mayor que la que le había prometido.

            La señal era: “he aquí que una doncella está en cinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel”[1].

            Ajaz no vio la gran señal prometida por Dios. Transcurridos ochocientos años, Mateo evangelista recordará aquella profecía que se refería directamente a Jesucristo y a su Madre la Santísima Virgen.

            “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros””[2].

            “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo”. María fue virgen antes, durante y después del parto.

            Ya el Concilio de Calcedonia hace muchos siglos en nombre de toda la Iglesia proclamaba la virginidad perpetua de María.

            “Una virgen concebirá”. Virgen al concebir.

            ¿Pero no es necesario un hombre y una mujer para la concepción de un nuevo ser? Y, acaso ¿la mujer en esta unión con el hombre no pierde la virginidad? Sí, pero en María la concepción fue milagrosa, por obra y gracia del Espíritu Santo que es Dios. Y Dios por ser autor de la naturaleza humana puede por su poder prescindir de las causas segundas para realizar su obra, porque el efecto depende más de la causa primera que de la segunda. Así, Dios formó un cuerpo humano en el seno de la Virgen “sin semen viril”[3].

            María fue también virgen durante el parto: “una virgen dará a luz un hijo”.

            Los Santos Padres explican este parto milagroso con figuras: fue como la luz que atraviesa la ventana, no la mancha ni la rompe. Fue como cuando Cristo resucitado se aparecía a los apóstoles sin abrir las puertas.

“La manera que San Lucas emplea para narrar el parto de María diciendo que ella lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, parece indicar el parto virginal, sin dolores ni molestias de ningún género. La tradición cristiana ha considerado este punto como una consecuencia de la concepción virginal […] San Ireneo expresa delicadamente esta verdad con la de Isaías, que habla de la fecundidad de Jerusalén en los tiempos mesiánicos: “Antes de ponerse de parto ha parido; antes de sentir dolores dio a luz un hijo (66,7)”[4]

            El parto milagroso está en relación directa con su concepción sin afectos carnales. También María permaneció virgen después del parto. María Santísima fue pues, verdadera Madre de Dios.

Sin embargo, permaneció “siempre virgen”[5], a saber, “antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto”[6]“Los que son amigos de Cristo no soportan oír que la Madre de Dios cesó alguna vez de ser Virgen”[7]

Es cierto que los evangelistas hablan varias veces de los hermanos de Jesús, pero en el lenguaje de los judíos hermano quiere decir pariente cercano; por eso jamás estos hermanos son llamados hijos de María, porque no son más que parientes cercanos a Jesús. También San Pedro llama “hermanos”[8] a unas tres mil personas; ¡y no fue, evidentemente, porque la madre de San Pedro tuviera tres mil hijos![9]

El corazón Inmaculado de María

           “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol”[10]. Esta mujer es María, nueva Eva, que trajo al mundo al Mesías[11].

            María posee un corazón inmaculado, sin mancha desde que Dios puso enemistad entre ella y el diablo[12], por su concepción inmaculada, por su plenitud de gracias[13].

            El pecado mortal produce una mancha en el alma porque hace perder la imagen de Dios en nosotros y, por tanto, el esplendor del alma, porque hace perder el resplandor de la razón y el resplandor de la ley divina. Y María no tuvo pecado mortal.

            El pecado venial estrictamente no produce mancha en el alma pero si impide el fulgor actual, es decir, impide el esplendor de las virtudes[14]. Y María no tuvo pecado venial.

            Los apetitos desordenados oscurecen el alma y la manchan y no permiten la unión con Dios[15]. Y María no tuvo apetito desordenado a ninguna criatura.

            Dice el Evangelio de ella que guardaba las cosas que pasaban con Jesús y las meditaba en su corazón[16], es decir, sólo se ocupaba de las cosas de Dios. Por eso María debe haber transparentado en su semblante su alma inmaculada. Su presencia transmitía humildad, paz, mansedumbre, santidad, rectitud de conciencia, inocencia, simplicidad, bondad…

            Porque totalmente libre de los apetitos a las criaturas el alma puede dedicarse con unidad interior a amar a Dios. El alma inmaculada permite a la luz de Dios iluminarla. Es lo que mereció la felicitación de Jesús a María, la hermana de Marta, por haber elegido lo único necesario[17].

            El alma que vive de solo Dios, iluminados sus ojos por las claridades de la fe, descubre a Dios presente en ella y procura estarse en compañía tan atenta, que Él la aguarda con celoso cuidado. Esta alma dice: “todo lo sacrifiqué por su amor” (Flp 3, 8)[18].

            El fin de todo cristiano es establecerse en una continua e ininterrumpida atmósfera de oración, es decir, de unión con Dios y para ello es necesario desarraigar nuestros vicios y los tallos de las pasiones, y luego echar las sólidas bases de la simplicidad y la humildad[19].

            Debemos imitar a María en su alma inmaculada, purificándonos de todos los afectos desordenados a las criaturas y a nosotros mismos para buscar como ella lo único necesario, al Único necesario.

[1] Is 7, 14

[2] Mt 1, 23

[3] Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Tercera parte, cuestión setenta y siete, artículo uno (III, 77, 1)

[4] Introducción a la Suma Teológica III, 28, O.C. [12], BAC Madrid 1955, 45

[5] Misal Romano, Plegaria Eucarística 1.

[6] Pablo IV, 7 de agosto del 1555, Dz. 993.

[7] San Juan Damasceno De Fide Ort. IV, 14. Cf. http://catolicos-2000.activoforo.com/t401-maria-siempre-virgen

[8] Hch 2, 29

[9] Buela C. , El Catecismo de los jóvenes…, 49-50

[10] Ap 12, 1

[11] Jsalén. a Ap 12, 1

[12] Gn 3, 15

[13] Lc 1, 26

[14] Cf. I-II, 86 y 89

[15] Cf. San Juan de la Cruz, Subida, L. 1, c. 8 y 9, BAC Madrid 198211, 335-40

[16] Cf. Lc 2, 19.51

[17] Lc 10, 41

[18] Cf. Santa Isabel de la Trinidad, Escritos Espirituales, De Espiritualidad Madrid 1958, 96-99

[19] Cf. Casiano, Colasiones I, Rialp Madrid 1998, 410-11. Casiano lo aplica a los monjes.

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