Literatura desagradable

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Como podrá apreciarse de la lectura del artículo que hoy publicamos, y que fuera escrito allá por el año 1953, ha pasado mucha agua bajo el puente, y, para decirlo de un modo más que figurado, «de aquellos polvos, hoy tenemos estos lodos» nauseabundos…

«Hay algo que no anda marchando bien en las máximas
esferas –dice el gran Kai-Lung, de Ernesto Brahama– cuando los hombres  se vuelven mujeres y las mujeres hombres».

Traducido y publicado en México por una compañía estadounidense, se ha difundido recientemente entre nosotros un voluminoso «estudio» (?) sociológico-psicológico-jurídico[1] perteneciente a la desagradable literatura de nuestros días acerca de la sodomía.

Este señor del hemisferio norte, que se cubre con un pseudónimo, defiende el vicio contra natura, se ufana de él y reclama para él «la igualdad»… ¿Qué igualdad? ¡Santo cielo! Con gran éxito, la Revolución Francesa predicó al mundo la igualdad; pero nunca jamás la explicó. Se está haciendo necesaria una buena explicación de la igualdad.

¡Igualdad! – oigo gritar
Al jorobado Fontova
Y me pongo a cavilar:
¿Querrá verse sin joroba
O nos querrá jorobar?

Jorobarnos quiere este buen señor. Desde que la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel a André Gide, muchos otros desgraciados se han puesto a imitarlo en lo que tuvo de peor, y no en lo que tenía de bueno –no gran cosa por cierto–.

Como estudio psicológico, que es como lo vendieron, el libro es desvaído y opaco, prácticamente nulo. El hombre no ve claro ni siquiera en sí mismo, y se contradice no pocas veces. Está dominado por el sentimiento, por la lástima y por el «orgullo» de sí mismo; y con la inteligencia prácticamente embebida en esa melaza sensiblera… y pútrida.

Como documento psicológico sí sirve, indirectamente: descubre la mentalidad del sodomita, y justifica el horror natural que la gente les tiene… «el mundo hostil», como lo llama él. En cuanto a los sodomitas no los llama con su antiguo nombre, sino con el sorprendente término de «gays» («alegres»).

Finalmente, considerado como alegato en pro de privilegios legales y sociales –que eso en puridad quiere ser el libro– en favor de los medicalmente llamados no «alegres» sino degenerados sexuales… no es sino una miserable sarta de sofismas.

No convence ni de lejos… más bien lo contrario. La autoridad del autor, aun cuando relata o refiere, es débil o nula: forzado a un constante disimulo, el sodomita tiene la mentira fácil. La lista de grandes hombres, por ejemplo, que habrían sido sodomitas, es notoriamente falsaria: fuera de Gide, Walt Whitman y Marcel Proust –que no sabemos si han sido grandes hombres–, de los demás que se nombran no consta cierta la «prerrogativa»; y de algunos, como Baudelaire o Miguel Ángel, consta cierto la normalidad… Típico de la mentalidad biased del elegante es también la arbitrarísima inclusión entre los libros pertenecientes a la literatura «pro-Sodoma» de obras como Tete D’Or de Paul Claudel, Stalky and Co de Kipling y hasta ¡Boy del Padre Coloma! De ese modo se podría añadir también la Eneida de Virgilio, por la amistad de Niso y Euríalo; el Libro de los Reyes, por la amistad de David y Jonatás; y ainda mais toda la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, por lo elogios a la amistad masculina.

¡Qué maestros nos están mandando de Méjico y Yanquilandia! Si se examina el fondo del brumoso pensamiento del autor, lo que pide en puridad es privilegios para sexualdegéneres por el hecho de serlo; y nada menos. Efectivamente exige una imposible «igualdad» jurídica y social, que no es actuable sin embromar a todos los demás, como un jorobado que pidiera jorobadificasen a todos los derechos para que él no fuera desigual. Para obtener la supresión de las molestias naturalmente inherentes o consiguientes a la aberración contra natura, de hecho habría que darles privilegios a los señores sodomitas practicantes, que probaran fehacientemente que lo son en regla. Y encima desea el señor que se les den facilidades para contraer matrimonio con una mujer sana, fuerte, no-alegre y muy femenina, inteligente y comprensiva, para «jorobarla», por un lado; y por el otro, para seguir practicando con otros «alegres» sus nefandas misas negras: original mormonismo. ¿Qué más? ¿No desean nada más los señores? ¡Pidan por esas bocas!

El autor eleva a los sodomitas a la democráticamente halagada categoría de minoría racial, y los equipara a otras minorías raciales muy señoras mías, a saber: a los negros, los judíos, los jesuitas, los sudetes, los polacos y los católicos de los Estados Unidos. Este es uno de los míseros sofismas que quieren fundamentar el discurso, que raya en lo grotesco y en lo demente, por no hablar de lo repulsivo.

Mas el hecho obvio que es pasado por alto consiste en que: el sodomita es psicológicamente libre para hacer o dejar de hacer sus sodomías; y la sodomía consumada es un acto delictuoso, contra el cual repugna y clama hasta la misma natura; como indirecta o directamente resurte de la misma manera de hablar de este su panegirista, en sus malolientes disquisiciones y descripciones. Por tanto, puede y debe ser sancionada legalmente cuando se convierte en un factor disolvente del orden familiar y social, sea minoría o mayoría.

Aunque por cierto, cuando monstruosamente se convierte en mayoría –que Dios nos libre y guarde–, es castigado directamente por el autor de la natura, según la Biblia; y según la filosofía también, que nos muestra a los pueblos dominados por tan fatídica plaga, como la Grecia corintiana y la Roma de los Calígulas y Augústulos, hundirse de cabeza en la debacle nacional.

Mas ¿qué culpa tenemos «nosotros» de tener esa incurable inclinación? –dice este «alegre»…–.

Pueden tener culpa o no de la «inclinación»; pero no se los sanciona por la «inclinación» sino por sus actos probadamente libres, imputables y delictuosos. Si «nacieron» con esa «inclinación» sin culpa propia –casi siempre por culpa de los padres, enseña la moderna ciencia psicológica–, su deber es ocultarla, resistir a ella y aguantarse, como si hubiesen nacido sádicos o… pirómanos; como nuestro deber de todos es resistir a todas las tentaciones que sean, naturales o innaturales. A todos se nos exige que seamos sexualmente correctos, nos cueste o no nos cueste; y que a ellos les cueste más que a nosotros, es un cuento chino. Ahora, que si comienzan ellos alegremente a poner como principio primero de la Ética que «el hombre ha nacido para gozar», como lo hace el autor en la pág. 37, y después no para de proclamarlo hasta la pág.361… entonces no nos entendemos más… y nosotros vamos muertos; porque esto no es un sofisma ya, sino un absurdo ético, que no ha defendido –así en absoluto– ninguna ética, ni la de los cirenaicos.

Y es que para poder abdicar de ese desdichado pseudo-principio de «vivir para gozar» y para poder luchar con éxito contra esa desdichada pseudoinclinación, no hay otra cosa que la religión, como admite también nuestro honesto Donald Webster Cory, «La sodomía no es un problema jurídico y psicoanalítico, sino primordialmente moral y religioso», dice. Sin lo religioso es insoluble; y hasta ininteligible si me apuran. ¿Y qué dice la religión de la sodomía? El nombre que le da ya lo dice: es uno de los cuatro pecados que «claman al cielo» dice el viejo Catecismo de Astete. ¿Y por qué es uno de los cuatro pecados que claman al cielo? Pues simplemente por ser índice de profunda degeneración biológica, que está en su raíz primero; y es su fruto después en terrible «causalidad recíproca», sembrando y desparramando el desequilibrio nervioso de que procede, y convirtiéndose a veces a la larga en demoniosis.

El hecho es que todos los pueblos sanos se han horripilado siempre ante la sodomía, y han castigado, a veces con las penas más severas, a los que cedían a ella. Esas sanciones son socialmente necesarias a veces, por duras o «bárbaras» que parezcan a nuestra mentalidad actual. La tradición jurídica anglosajona las mantiene perseverantemente; y contra esta tradición insurge el autor de este desdichado libro, que sin placer comentamos, nosotros sabemos por qué.

Hasta 1848 en Inglaterra la sodomía consumada era penada ¡con horca! Cuarenta y seis de los cuarenta y ocho Estados de los Estados Unidos de Yanquilandia mantienen en su legislación hasta ahora penas no tan draconianas pero muy severas contra ese desorden indecible; y esa legislación «medieval» es perfectamente defendible y justificable. El Estado más benigno es el católico de New México –menos de un año de prisión o multa de 1.000 dólares–; y el más severo es el protestante de New york: hasta 20 años de prisión…

El alegato que el seudónimo Donald levanta contra esa legislación tradicional y que la Publication’s General Company nos envía, es tan contradictorio como blancuzco, y tiende más a defenderla que a otra cosa en el sentir de cualquier persona formada: a persuadir que una sanción jurídica es conveniente a la sociedad para defenderse en lo posible de ese peligro y plaga. Que entre nosotros, helás, ni es ni ilusorio ni desconocido.

* Dinámica Social, N°32, Buenos Aires, abril de 1953 – Copiado de «Leonardo Castellani – Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino» T° VIII, pág.217)

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[1] Donald Webster Cory: El Homosexual en Norteamérica. Colección ¡Ideas, Letras y Vida! Compañía General de Publicaciones, México City, año 1952

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