María y el misterio de la Encarnación (Del Libro Imitación De María)

Novena de la “Asunción de María Santísima en cuerpo y alma al Cielo” – día cuarto

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María y el misterio de la encarnación

Te bendigo y te agradezco, Señor Dios mío, creador y redentor del género humano, por la inmensa bondad que te indujo a redimir al hombre de modo aun más maravilloso que el que ya habías desplegado al crearlo.

Por cierto, mientras éramos todavía enemigos tuyos y la muerte antigua ejercía su inicua dominación sobre todo el género humano, te acordaste de tu infinita misericordia, y desde el trono sublime de tu gloria dirigiste la mirada a este valle de llanto y de miseria.

Observaste la enorme aflicción de tu pueblo sobre la tierra y la grave herencia de los hijos de Adán. Y, en virtud de un profundo impulso de amor, comenzaste a tener pensamientos de paz y de redención.

Así, cuando llegó la plenitud de los tiempos, viniste a visitamos, bajando del cielo, y mediante la encarnación apareciste entre los hombres en tu condición de verdadero Dios y verdadero hombre, llevando a cabo las expectativas de los profetas.

Te bendigo y te alabo, Salvador nuestro, Jesucristo, por la inmensa humildad con que te dignaste elegir como Madre a una doncella pobre que hiciste desposar con un pobre carpintero: José, hombre santo y justo.

Te bendigo por el anuncio de la dignísima encarnación y por el reverente saludo angélico, con que el ángel Gabriel, embargado de muy intensa devoción, se encontró con la Santísima Virgen María, para anunciarle el divino misterio del Hijo de Dios, que iba a encarnarse en ella.

Te alabo y te rindo homenaje por la grandeza de la fe de la Virgen María, por su decidido consentimiento, por su humildísima respuesta y por todas sus virtudes, confirmadas cuando, al arcángel que traía el gozoso anuncio, respondió con dócil sumisión: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1, 38).

Te alabo y te glorifico, Oh eterna Sabiduría del Padre, por haberse interesado tu inaccesible alteza en la mísera cárcel de nuestra naturaleza mortal, y por tu purísima concepción que tuvo lugar en María por obra del Espíritu Santo (Lc 1,35): en su seno virginal, el inefable poder del Altísimo, al descender sobre ella, formó de su carne inmaculada tu carne sacrosanta. Por consiguiente, tú que eres verdadero Dios, consubstancial con el Eterno Padre, pasaste a ser una sola carne con nosotros, pero sin contagio de pecado, para transformarnos en un solo espíritu contigo, mediante la adopción como hijos de Dios (Gál 4, 4).

Te alabo y te glorifico por haber querido vaciarte de tu grandeza, asumiendo nuestra pasibilidad, la pobreza, las penas y la mortalidad abrazadas con amor, para colmarnos con tu vaciamiento, para salvarnos con tu pasión, para enaltecernos con tu humillación, para robustecernos con tu debilidad y para conducirnos a la gloria de la inmortalidad con tu mortalidad.

Te alabo y te glorifico por esos interminables nueve meses durante los cuales te escondiste como niño en la estrechez de un seno virginal, esperando tu tiempo para nacer.

Tú que, como Dios, no tienes tiempo ni tienes edad, pero ordenaste todas las cosas en el tiempo con admirable armonía.

Oh admirable y maravillosa dignación, Dios de inmensa gloria, que no te desdeñaste de hacerte despreciable y de asumir, para salvarnos, nuestros sufrimientos, tú, que creaste todas las cosas sin esfuerzo.

Oh dulcísimo Jesús, esplendor de la gloria, eterna, cuanto más te has humillado en la humanidad, tanto más me has demostrado tu bondad; cuanto más te has vuelto despreciable por mí, tanto más te amo.

Te bendigo y te agradezco, Señor Jesús, Hijo unigénito del Padre, único engendrado antes de la existencia del mundo, porque, de modo inefable y a causa de tu grandísima humildad, te dignaste nacer en un sucio establo y ser colocado por amor a la santa pobreza en un rústico pesebre.

Te alabo, amadísimo Jesús, por tu advenimiento coronado de luz, por tu glorioso nacimiento de la inmaculada Virgen María, por tu pobreza y por tu humilde acomodo en un pesebre tan pequeño y vil.

¿Quién podría imaginar al Dios Altísimo reducido a tanta pequeñez por amor a los hombres? ¿Cuántas gracias no debe tributarte todo el género humano, porque has elegido la estrechez de un pesebre para redimirlo?

¡Qué inmensa ternura, admirable dulzura y delicadísimo amor nos invaden al ver a Dios hecho niño, envuelto en pobres pañales y acostado en un estrecho pesebre frente a animales! ¡Qué incomprensible humildad, que el Señor de todos los señores se digne convertirse en servidor de servidores!

Y esto, Señor y Dios mío, te pareció todavía poco, ya que quisiste llegar a ser mi Padre, tú que eres mi Creador. Hasta te dignaste ser mi Hermano y mi carne en la realidad de tu naturaleza humana, aunque sin contraer en lo más mínimo la antigua corrupción.

Tu nacimiento es superior a las leyes de la naturaleza; pero como este debía precisamente reparar la naturaleza, con un gran milagro supera el modo en que nacen los hombres y conforta con divino poder nuestros dificultosos nacimientos.

Cuán feliz y amable es tu nacimiento, dulcísimo Jesús, Hijo de una Virgen excelsa, o sea, de nuestra excelente Madre María, el cual renueva el nacimiento de todos, mejora su condición, disipa sus prejuicios y desgarra el decreto condenatorio de la naturaleza.

Y, de esta manera, el que se avergüenza de formar parte de la estirpe pecadora de Adán, puede alegrarse por tu nacimiento incontaminado, seguro de haber renacido felizmente por tu gracia.

Oh Jesús, Hijo unigénito de Dios, agradezco tu milagroso e ilustre nacimiento, en virtud del cual tenemos acceso a esta gracia en la que vivimos, y confiamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios, que el cielo ha prometido.

Tú eres la prenda de nuestra redención; tú eres la eterna esperanza de todos nosotros los fieles.

A ti recurrimos, humildes pecadores, a ti que fuiste el primer en buscarnos, cuando aún no te conocíamos.

Oh santa y dulce infancia, que infunde en el corazón de los hombres la verdadera inocencia, por la cual toda edad retorna a ti dichosa y se vuelve semejante a ti, no por debilidad de los miembros, sino por la humildad de los sentimientos y por la bondad de las costumbres.

Concédeme seguir tus santas huellas, clementísimo Jesús, que para dar a todos los hombres ejemplo de virtud y de eterna salvación, quisiste nacer de la Virgen María a medianoche.

Permíteme, pues, que pueda darte gracias y cantar tus alabanzas con los ángeles y con toda la milicia celestial, a los que quisiste como felices mensajeros de tu sagrado nacimiento.

Imitación de María (siguiendo los escritos del beato Tomás de Kempis).

Libro II, CONOCER A MARÍA, Capítulo I

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