Miércoles de Ceniza

Inicio de la Cuaresma

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TEXTOS LITÚRGICOS

LECTURAS

Desgarren su corazón y no sus vestiduras

Lectura de la profecía de Joel 2, 12-18

Ahora dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque Él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en amor, y se arrepiente de sus amenazas.
¡Quién sabe si Él no se volverá atrás y se arrepentirá, y dejará detrás de sí una bendición: la ofrenda y la libación para el Señor, su Dios!
¡Toquen la trompeta en Sión, prescriban un ayuno, convoquen a una reunión solemne, reúnan al pueblo, convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho!
¡Que el recién casado salga de su alcoba y la recién casada de su lecho nupcial!
Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, y digan: « ¡Perdona, Señor, a tu pueblo, no entregues tu herencia al oprobio, y que las naciones no se burlen de ella! ¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios? »
El Señor se llenó de celos por su tierra y se compadeció de su pueblo.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 50, 3-6a. 12-14. 17

R. ¡Ten piedad, Señor; porque hemos pecado!

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado! R.

Porque yo reconozco mis faltas
y mi pecado está siempre ante mí.
Contra ti, contra ti solo pequé
e hice lo que es malo a tus ojos. R.

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga.
Abre mis labios, Señor,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.

Déjense reconciliar con Dios. Éste es el tiempo favorable

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Corinto 5, 20-6, 2

Hermanos:
Nosotros somos embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios. A Aquél que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por Él.
Y porque somos sus colaboradores, los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Porque Él nos dice en la Escritura: «En el momento favorable te escuché, y en el día de la salvación te socorrí». Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Cf. Sal 94, 8a. 7d

No endurezcan su corazón,
sino escuchen la voz del Señor.

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo 6, 1-6. 16-18

Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Palabra del Señor

GUIÓN PARA LA MISA

Entrada:
Nos disponemos a recorrer de nuevo el camino cuaresmal que nos conducirá a las solemnes celebraciones del misterio pascual. El ejemplo de Cristo que se inmola por nosotros en el Calvario, nos anime a subir con paso decidido al monte de la Reconciliación con Dios.

Liturgia de la Palabra

1° Lectura: Joel 2, 12- 18
El Señor pide la conversión de corazón de su pueblo para perdonar sus pecados.

Salmo Responsorial: 50

2° Lectura: 2 Cor. 5, 20- 6, 2
El Apóstol San Pablo nos exhorta en este tiempo favorable: “dejaos reconciliar con Dios”.

Evangelio: Mt. 6, 1- 6. 16- 18
Todas nuestras obras deben ir precedidas de lo único necesario: la complacencia y el agrado de Dios.

*** Imposición de cenizas:
El ritual de la imposición de las cenizas reaviva la conciencia de la condición del hombre, que despojándose del orgullo vuelve su mirada hacia Cristo que compartió la existencia humana, hasta la muerte y muerte de cruz, para rescatarlo de la esclavitud e integrarlo nuevamente a la dignidad de hijo de Dios.

Preces:

Hermanos, conscientes de que nuestra entrega a los demás es una respuesta a los numerosos dones que Dios continúa haciéndonos, acudamos a nuestro Padre en súplica confiada por toda la humanidad afligida.
A cada intención respondemos cantando:

+ Por el Santo Padre, para que su oración y esfuerzos constantes por la grey que le ha sido encomendada sea enteramente dócil a su Voz para entrar generosamente en este camino cuaresmal para el aumento de la santidad de la Iglesia. Oremos.

+ Por todos los cristianos para que se reavive la conciencia de que en cada Santa Misa se renuevan los misterios de nuestra salvación y sepan aprovecharse de ella en esta cuaresma para conocer más íntimamente a Jesucristo, Redentor de los hombres. Oremos.

+ Por los pecadores, especialmente aquellos cuya vida está más distante del arrepentimiento y la esperanza, para que comprendan que el Salvador del mundo ha venido en carne para curar sus heridas, compartir sus dolores y transformar sus angustias. Oremos.

+ Por nuestra Patria, que todos comprendan que Dios permite que haya condiciones de necesidad para que, ayudando a los demás, aprendamos a liberarnos de nuestro egoísmo y a vivir el auténtico amor evangélico. Oremos.

Recibe, Padre lleno de amor, nuestra súplica confiada y ya que has querido perdonar nuestras culpas haciéndonos hijos tuyos en tu Hijo Jesucristo, concédenos alcanzar la plena configuración con Él, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

Liturgia Eucarística

Ofertorio: Nos unimos a Cristo haciendo de nuestras vidas una oblación continua.

– Ofrecemos alimentos para los más necesitados como símbolo de nuestros deseos de vivir esta Cuaresma en el ayuno, la limosna y el amor a los demás.
– Ofrecemos el pan y el vino, y el deseo de vivir del Sacrificio de Cristo para salud de nuestras almas.

Comunión:
Recibamos a Jesús Sacramentado con el deseo ferviente de abandonar todo lo que nos separa de Él.

Salida:
La Señora de los Dolores nos ayude a abrir las puertas de nuestra alma al arrepentimiento y a la conversión, y así entre Aquel que en la Cruz nos abrió las puertas del reino de Dios.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

EXÉGESIS

Doctrina general sobre la rectitud de intención, 6:1.

1 Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de el hombre para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos.

El primer versículo de este capítulo es el leit-motiv del mismo. La enseñanza que hace en él es un alerta muy acusado — “aplicar el ánimo,” “estar atentos” — para evitar hacer la “justicia” con ostentosidad. Este término corresponde al hebreo tseda-yah, justicia, pero que en la época de Cristo, y ya de antes (Eco_3:32; Eco_7:10; Tob_12:3), vino a significar corrientemente limosna. Pero no es aquí éste su sentido, pues es tema general que afecta a diversos temas, y entre los cuales se dedica uno específicamente a la limosna (v.2-4) con su término propio (ελεημοσύνη). Aquí vuestra “justicia” significa la conducta moral general de los discípulos de Cristo. “Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos no entraréis en el reino de los cielos” (Mat_5:20).
Esta, en oposición al fariseísmo, no ha de practicar las buenas obras para ser vistos de los hombres. La virtud se practica por amor a Dios. Sólo así se tendrá “premio,” “recompensa” (μισθός), premio en justicia l. Pues “el que quiere hacer ostentación de su virtud, no trabaja por la virtud, sino por la fama.” 2 Por eso los que así obran “recibieron” ya su recompensa. El Talmud ridiculizaba esto al hablar de los fariseos “de espaldas,” que eran aquellos que sienten sobre sí el peso de sus buenas acciones 3.
En otro pasaje (Mat_5:16) dice que las obras han de hacerse para que los hombres “vean vuestras buenas obras” (y así) glorifiquen “a vuestro Padre.” Aquí se trata del apóstol, cuya obra no es la pereza, sino el lucir para que la obra del reino sea conocida, pero en el v. 1 se trata del espíritu con que han de ser practicadas las virtudes.
El auditorio al que se dirigen las enseñanzas que va a hacer debe de rebasar el simple círculo de los apóstoles y discípulos para dirigirse a las “muchedumbres” (Mat_7:28), al menos en algunos casos.

Modo cristiano de practicar la limosna,Mat_6:2-4.
2 Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en sus sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa.3 Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace la derecha, 4 para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve en lo oculto, te premiará.

La limosna es una práctica religiosa especialmente recomendada en el A.T. (Pro_2:27; Pro_19:17; Pro_21:13; Pro_28:27; Tob_4:7, etc.), y hasta tal punto se la considera característica del hombre “justo,” que se llega a llamar a la limosna “justicia” (Eco_3:32; Eco_7:10; Tob_12:3, etc.). En la literatura talmúdica la limosna ocupa un lugar preferente 4 (cf. Deu_15:11).
Pero no basta dar materialmente limosna para que sea un acto religioso. Cristo va a hacer ver el espíritu cristiano que ha de informar la práctica de la misma. Y lo hace ver en contraste con la práctica de los “hipócritas.” Estos son en el contexto los fariseos (Mat_15:17; Mat_22:18; Mat_23:13-15.18) 5. Lc dice de ellos: “Guardaos del fermento de , que es ía” (Col_12:1). Y los cuales son descritos aquí “tocando la trompeta.”. “en las sinagogas y en las calles para ser alabados de los hombres.”
El cuidado de los pobres era carga de la comunidad. En tiempo de Cristo, los sábados se recogían en todas las sinagogas a la salida de las mismas las aportaciones voluntarias. Este sistema era anónimo. Aparte de esta colecta semanal se admitían dones voluntarios. Los fariseos solían dar limosna con gran ostentación a los pobres encontrados en los caminos o reunidos en plazas con motivo de alguna solemnidad. Y hasta parece que para excitar la generosidad se había introducido la costumbre de proclamar los nombres de los donantes, sea en las reuniones sinagogales, sea en las calles o plazas con ocasión de alguna solemnidad especial, ante las gentes reunidas (Eco_31:11). Lo mismo que se los llegaba a honrar ofreciéndoles los primeros puestos en las sinagogas, que eran las sillas que estaban delante y vueltas hacia los fieles, y de cuyos puestos se gloriaban especialmente los fariseos (Mat_23:6) 6.
La frase “ir tocando la trompeta delante de ti” al hacer limosna es una metáfora, ya que es desconocido este uso. Sólo se conoce que el “ministro” de la sinagoga — el hazzan de los escritos rabínicos — convocaba con una trompeta desde un lugar alto de la sinagoga el comienzo del sábado. Este era el modo, en general, de hacer limosna los fariseos. Pero Cristo les dirá duramente que “ya recibieron su recompensa,” el aplauso de los hombres. El término griego aquí empleado (άπεχουσιν) era fórmula corrientemente usada por los helenistas para indicar que la cuenta está saldada 7.
Con el ritmo hebreo antitético positivo dirá cómo el cristiano ha de practicar la limosna. Ha de darse en “oculto.” Es la hipérbole oriental de contraposición a la ostentación y publicidad de la limosna farisaica. Contra la ostentación, buscando el aplauso de los hombres, el cristiano lo ha de hacer sin buscar la publicidad, aunque de hecho se sepa por los hombres, y, contra la ostentación, lo hará “ocultamente.” Y tan oculto — sigue el grafismo hiperbólico oriental —, que “no sepa tu izquierda lo que hace la derecha,” sin duda la mano. Y así sucederá que “el Padre — no los hombres —, que ve en lo oculto, te premiará.” 8
Rabí Eleazar (c.270 d.C.), decía: “Quien da limosna en lo oculto es más grande que nuestro maestro Moisés.” No se trata de la “vida interior” frente a la exterior. Es el “espíritu” de la obra lo que se destaca.
El espíritu cristiano de la enseñanza no exige naturalmente el cumplimiento material del grafismo hiperbólico con que se expresa. No es tanto la materialidad de la realización lo que se censura, sino la intención con que se hace.
En otro pasaje que recoge Mt, Cristo hará ver que el mérito de la limosna no está tanto en la cantidad de ésta cuanto en el espíritu y amor a Dios que en ella se ponga (Mat_12:41-43).

Modo cristiano de hacer oración 6:5-8 (Luc_11:24).
5 Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar de pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. 6 Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo dará. 7 Y orando, no seáis habladores como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar.

Con una factura semejante a la anterior, con el ritmo hebreo negativo-positivo, Cristo censura y expone cuál ha de ser el espíritu cristiano de sus discípulos en la oración.
Todo judío piadoso varón había de orar tres veces al día, sobre las nueve de la mañana, mediodía y sobre las tres de la tarde; prescripción ya muy anterior a la época neotestamentaria. Generalmente se oraba de pie, pero también era frecuente orar de rodillas. Se solía orar tendidos los brazos al cielo, e incluso vueltas las palmas de las manos, como esperando el don que esperaba recibirse 9.
Mas para el fariseo — ”hipócrita” — también la oración era motivo para su vanidad. Les gustaba orar ostentosamente en las “sinagogas,” en el templo — también estaba permitida la oración en cualquier lugar puro — y en los ángulos de las plazas, probablemente para no ser interrumpidos en su exhibicionista oración por los transeúntes y bestias de carga. Jesucristo los describe diciendo el modo con que oran, con una palabra (έστώτες) que se la puede traducir por “estando de pie.” Traducción legítima, pero que pudiera estar fuera de contexto. Porque lo que se censura no es la posición, máxime cuando generalmente se oraba de pie — ”cuando os pusiereis en pie (στηχετε) para orar.” (Mar_11:25) —, sino el modo exhibicionista con que oraban. Por eso se podría traducir esa palabra, mejor que por la “de pie,” por la de pose 10. Con ello ya recibieron su recompensa al ser vistos por los hombres, por quienes lo hicieron.
Pero se señala también en forma positiva esta actitud cristiana de orar. En contraste con el fariseísmo, el cristiano entrará en su “habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre., que ve en lo secreto (y) te dará.” Se proponía el perfil bajo como actitud en la oración.
Se propuso traducir ταμείοv, “habitación,” por granero, rincón o bodega, valor que filológicamente puede tener (Mat_24:26), puesto que las casas de las gentes pobres palestinas sólo tenían una habitación, en donde se desarrollaba, a vista de todos, la vida familiar, y así en ella habían de ser vistos n. Pero el pensamiento de Cristo no va a estas sutiles precisiones.
Se censura la oración público-exhibicionista farisaica, y el contraste se presenta en el retiro privado del hogar. Mucho menos se trata de censurar la oración pública — no es éste su objetivo —, que Cristo mismo recomendó en otras ocasiones (Mat_18:19.20; Mat_11:25; Jua_11:41; Jua_12:28). Se busca a Dios, que está en todas partes, no la exhibición.
Como lo que únicamente aquí se considera es el espíritu que, debe informar la oración, se dice sapiencialmente que el Padre “dará” lo que se pide. Por eso ha de suponerse la conveniencia de lo pedido y las condiciones requeridas para que se conceda, y que Cristo expone en otros pasajes (Mat_15:21-28; Mar_7:24-30; Luc_11:5-13).
Si la oración cristiana exige como una condición la sinceridad y sencillez, se expone la censura de otro aspecto, practicado por los gentiles, que piensan que “serán escuchados por su mucho hablar.” El texto pone una palabra con significado discutido, βατταλογητε, aunque el sentido es claro. Se la hace derivar de battalogeo (códices Alef, B, versiones siro-sinaítícas y siro-palestinense) o battologéo (códice D, versiones latinas, coptas, siro-curetoniana y Peshitta).
Si se deriva de la primera, su significado sería decir cosas vanas, del arameo battaltha’; en el segundo caso significaría, originariamente, tartamudeo y, en sentido derivado, el farfulleo de decir muchas cosas, aquí inútiles 12.
Si el sentido etimológico es discutible, el contexto hace ver claramente su valor fundamental: la “charlatanería” en la oración, sea diciendo cosas vanas o inútiles, sea pretendiendo recitar unas fórmulas largas o calculadas, como si ellas tuviesen una eficacia mágica ante Dios.
Se decía por algunos rabinos: “Quien multiplica las plegarias será escuchado” 13. Los sacerdotes de Baal aparecen con ciertas prácticas interminables patológicas en la oración (1Re_18:26ss). Igualmente aparecen listas de epítetos en los himnos babilónicos y fórmulas de encantamiento en los papiros mágicos de la edad helenística. Los dioses romanos tenían sus carmina, en los que no se omitía detalle y en los que se ponían todos los títulos y requisitos preventivos para que no fallase la petición. Era una magia o una “mecanización” de la piedad. Séneca habla de aquellas oraciones “que fatigaban a los dioses” 14 (cf. Eco_7:14; 2Ma_1:23-30). En el Eclesiastés se dice: “Sean pocas tus palabras” (2Ma_5:1). Y el Eclesiástico previene contra “la repetición de las palabras” (2Ma_7:14). Pero después de la cautividad, el judaismo, en general, gustaba de prolijas oraciones y, en especial, acumular en ellas títulos a los nombres divinos (cf. 2Ma_1:23-29). Ejemplo clásico judío es la oración Shemone Esré.
No es ésta la actitud cristiana en la oración, pues “vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes de que se las pidáis.” Pero no se excluye la minuciosidad, que no se estima como requisito semimágico, cuando es la sinceridad del corazón. Porque la oración no es locuacidad, sino el corazón volcado en Dios.
No pretende Cristo con esta enseñanza condenar la oración larga. No es éste el propósito de su enseñanza. La censura va contra la mecanización formulista o semimágica de la oración.
Ni va contra la extensión de la oración. El mismo, en Getsemaní, dio ejemplo de oración larga, al permanecer en la misma “una hora” de oración (Mat_26:39.42.44, par.), lo mismo que al pasarse, en ocasiones, la noche en oración.

(…)

Modo cristiano de ayunar,1Te_6:16-18.
16 Cuando ayunéis, no aparezcáis tristes, como los hipócritas, que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que recibieron su recompensa. 17 Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara, ‘8 para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo concederá.

Otro de los casos en que Cristo habla del espíritu cristiano es a propósito del ayuno, de tanta importancia en el judaísmo y cristianismo.
Los judíos tenían prescrito un ayuno obligatorio para todos en el día de Kippur, día de la gran expiación (Lev_16:29), día del ayuno por excelencia (Hec_27:9). Pero había también otros ayunos supererogatorios, que vinieron a incorporarse a la práctica colectiva de la vida piadosa. Zacarías menciona cuatro en señal de duelo nacional (Zac_8:19) y, aunque él parece abolirlos, su práctica había dado lugar a la introducción de otros. Así el ayuno citado en el libro de Ester (Est_9:31), el ayuno del día 9 del mes de Ab, en recuerdo de la toma de Jerusalén por los caldeos. Otros eran facultativos para la comunidad 64. Había otros prescritos circunstancialmente, v.gr., para obtener lluvia, y que eran impuestos con carácter general por el Sanedrín 65. Además de éstos, las personas piadosas y las más celosas ayunaban dos veces por semana (Luc_18:12) los lunes y jueves — feria segunda y quinta — 66. El interés de la comunidad cristiana se ve por este tema. En la Didaje se lee: “No ayunéis con los hipócritas (fariseos), ellos ayunan los lunes y jueves, vosotros ayunad los miércoles y viernes.” 67 Y hasta algunas personas piadosas (Luc_2:37) y algunos fariseos ayunaban todo el año 68. En los días más severos estaba prohibido saludar, y por eso se caminaba con la cabeza baja y, a veces, velada 69. En otros ayunos secundarios se prohibía trabajar, tomar baños, ungirse con perfumes y llevar calzado 70. En este ambiente, todavía había quienes, deseosos de ser vistos por los hombres y cobrar fama de virtuosos por sus ayunos, querían acusar esto en la cara, ensombreciendo ésta y presentándose “entristecidos.” Este ayuno era total hasta la puesta del sol.
Ante este cuadro exhibicionista farisaico, presenta Cristo el espíritu del ayuno cristiano. Y lo presenta con las hipérboles orientales de contraste.
Cuando ayunen, que se “unjan” (Mat_26:27; Mar_14:3; Luc_7:46), que laven su cara, que se pongan con apariencia de fiesta, para que los hombres no vean que ayunan, y así “reciban su recompensa.” Hecho sólo por Dios, El lo verá y “premiará.” Cristo no quiere decir que, materialmente, lo hagan así, ni que los hombres tampoco lo vean, sino que, con el grafismo hiperbólico usado en todo el sermón del Monte, dice cuál ha de ser el espíritu que ha de informar, en cristiano, la práctica del ayuno.
Cuándo dará Dios esta recompensa, no se dice. Acaso se piense en la escatología final. Aquí está redactado en forma “sapiencial.” Por eso no se dice ni el cuándo ni su posible pérdida por otras actitudes.

COMENTARIO TEOLÓGICO

Cuaresma

La C., enseña el Conc. Vaticano II, es el tiempo litúrgico en que los cristianos se preparan para celebrar el misterio pascual, entregándose más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración, mediante el recuerdo o la preparación del Bautismo y la Penitencia (cfr. Const. Sacrosanctum Concilium, n. 109). Tal es el sentido que actualmente tiene la C. Pero para poder comprender la dimensión de cada uno de los elementos que la componen, hemos de seguir su evolución histórica. Aunque ignoramos los orígenes precisos de la institución de la C., sabemos con certeza que se ha ido formando por etapas, a partir de la fiesta de la Pascua (v.).

Teniendo presente ese principio, cabe distinguir un doble aspecto en el proceso que ha seguido el completo desarrollo de la C.: Por una parte, desde el principio la C. ha representado un periodo destinado a promover una mayor responsabilización de la vida cristiana, a fomentar una «conversión» (v.) más profunda y en el sentido más amplio que da a este término el Evangelio, de «cambio de mentalidad», ayudándose de unos ejercicios ascéticos. Por otra parte, la C. ha venido a ser un ciclo litúrgico caracterizado por la intensificación de las celebraciones de la Palabra de Dios, de la vida sacramental y de la plegaria, refiriéndose particularmente al compromiso que exige el Bautismo, renovado por la Penitencia. A pesar de que ambos aspectos coinciden y mutuamente se complementan, es necesario estudiarlos como capítulos distintos, pues su evolución no se corresponde exactamente.

El ayuno cuaresmal. Observamos que durante la larga gestación del tiempo cuaresmal, que no toma cuerpo hasta el s. iv, muchas iglesias de Occidente y de Oriente, proponen prepararse, para poder participar más conscientemente de la Pascua, con un «gran ayuno». El ayuno tenía en el primer tiempo de la Iglesia un sentido mucho más complejo de lo que ha venido a significar hoy en día. De acuerdo con la S. E., los cristianos lo consideraban como un signo de purificación ante un encuentro especial con Dios, como un medio para liberarse de la esclavitud de lo pasajero y adherirse con más fidelidad a la acción salvífica divina. Muchos testimonios de la Iglesia primitiva nos hablan de la necesidad del ayuno en las circunstancias más importantes de la vida cristiana. El ayuno, además de una privación del alimento, comporta el aumento de la oración y de la limosna, es decir, signos externos de confianza en Dios y de desprendimiento (v. AYUNO).

Normalmente las principales celebraciones litúrgicas solían ir acompañadas de una práctica particular del ayuno. Así contemporáneamente o poco después de instituirse la primera fiesta que se destaca sobre el ciclo hebdomadario, la Pascua (v.), vemos aparecer una preparación caracterizada por el ayuno (v. t. AÑO LITÚRGICO). En el s. iv, este ayuno se prolonga. Como base de esta extensión se tomó el modelo de Jesucristo: «Entonces fue llevado Jesús por el Espíritu al desierto… Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches…» (Mt 4,12). El número de cuarenta días de ayuno lo había consagrado ya Moisés, quien «subiendo al monte (del Sinaí), se quedó allí cuarenta días y cuarenta noches… sin comer ni beber» (Ex 24,18 y 32,28), esperando la aparición del Señor; posteriormente el profeta Elías (v.) sigue el mismo ejemplo antes de encontrarse con Yahwéh: con la fuerza de una sola comida «anduvo cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, Horeb» (1 Reg 19,8). De ahí el nombre de C. (del latín quadragesima).

Aunque el principio adoptado no dejaba lugar a dudas, entre las diferentes comunidades cristianas hubo criterios desiguales en cuanto al modo de contar los cuarenta días. Es cierto que primitivamente el triduo pascual (Viernes SantoVigilia Pascual) era como una festividad única que contenía varias fases (v. SEMANA SANTA); una de ellas era el ayuno. Este ayuno, intrínseco a la solemnidad pascual, no se debía tener en cuenta al contar los cuarenta días de la C. La C. duraba, pues, cuarenta días a partir del jueves que más tarde se llamará jueves Santo. De acuerdo con esto, la C. empezaba en el actual domingo primero de C. Pero los domingos, días de alegría, no podían ser considerados de ayuno, como tampoco los sábados, excepto el Sábado Santo, en las iglesias orientales y en algunas de Occidente, pues también en ellas el sábado era día festivo. De ahí que para atenerse más estrictamente al principio de ayunar cuarenta días, se prolonga el tiempo de C., a la vez que el Viernes y Sábado Santos se van contando como otros días del tiempo cuaresmal. Al declinar el s. V, en la iglesia romana se delinea la costumbre de empezar la C. el miércoles antes del primer domingo de C.: es el miércoles que tomará el nombre de «ceniza» o «principio del ayuno».

En el s. VII esta práctica ha tomado el carácter de institución; sin embargo, otras iglesias occidentales no admiten tal adición complementaria. Actualmente la iglesia milanesa conserva todavía la costumbre de empezar el ayuno el lunes después del primer domingo de C.; indicios de esta costumbre más primitiva han quedado en el Oficio Divino de la misma liturgia romana. Durante el s. v las iglesias orientales tenían ya ocho semanas de ayuno (del lunes al viernes). Posiblemente por influjo de esta tradición oriental, que pasó a Roma a través de las Galias, la C. romana tuvo una nueva prolongación, aunque no con un ayuno igual al prescrito por la C.: son las semanas de quincuagésima y de sexagésima (s. vi). A principios del s. vii se añade otra semana, la de septuagésima.

La práctica del ayuno cuaresmal ha tenido una gran variedad de formas en el transcurso de la historia. Con más o menos severidad el ayuno cuaresmal siempre ha consistido en comer una sola vez al día; por la tarde antiguamente, al mediodía en la Edad Media, sin precisiones en la legislación actual (CIC, can. 1251). Primitivamente el ayuno cuaresmal comportaba la abstinencia de ciertos alimentos: de la carne principalmente y de todo lo que proviene de la vida animal, de los huevos y lacticinios. También el vino era materia de abstinencia. La mención del pescado es rara en los antiguos documentos; lo que ha hecho pensar que no era catalogado entre los alimentos prohibidos. S. Tomás justificaba la facultad de poder comer pescado porque excita menos las pasiones que la carne (Sum. Th. 22 8147 a8 ad2). Esta opinión, contestada hoy en día, ha continuado manteniéndose por lo menos en la práctica. El ayuno exigía además ejercicios especiales de caridad, sobre todo la limosna, y de mortificación en múltiples órdenes. Aunque el ayuno cuaresmal se aplicaba igualmente a los diversos miembros de las comunidades cristianas, teniendo en cuenta la edad y la salud, era más estricto para dos «categorías» de personas: para los que se preparaban a recibir el Bautismo la vigilia pascual y para los penitentes públicos.

Las iglesias orientales han conservado mejor el carácter del ayuno cuaresmal primitivo. En Occidente se fueron sucediendo privilegios, mitigaciones y distinciones entre el ayuno y la abstinencia (v.). En la actualidad se ha vuelto a considerar su sentido. De una manera particular el Vaticano II ha insistido sobre la dimensión social que ha de tener el ayuno, cual expresión de la penitencia, de la conversión, siempre necesarias para poder participar más plenamente de la redención de Jesucristo. Según el mismo Concilio hay que adaptar las prácticas cuaresmales a las posibilidades y condiciones de los tiempos modernos (Const. Sacr. Conc. n. 109110). Una primera aplicación y explicación de estos principios nos las ha ofrecido la Constitución Apostólica Poenitemini del Papa Paulo VI, en la que se determinan las formas del ayuno y de la abstinencia más adaptadas a la mentalidad de los cristianos actuales, se indican las bases bíblicas y teológicas de las manifestaciones externas de la penitencia, y se abrogan los privilegios y los indultos (ed. en AAS 58, 1966, 177198).

La liturgia cuaresmal. La plegaria ha sido siempre un efecto indispensable del ayuno. Por esto lógicamente al ordenarse el aspecto ascético de la C. se formó paso a paso una liturgia propia para este tiempo. Los diferentes ritos han desarrollado la liturgia cuaresmal tomando como punto de partida el significado de la penitencia en general, del ayuno en particular y del Bautismo. Un estudio comparativo nos señalaría los elementos que más sobresalen en cada rito. No obstante, aquí sólo nos referiremos a la liturgia romana, ya que nos ofrece un contenido que bien podríamos definir como la mejor síntesis de todos los elementos que constituyen la liturgia cuaresmal en los ritos (v.) orientales y occidentales.

Observamos que la C. litúrgica romana se ha ordenado por etapas. La más antigua corresponde a las tres semanas anteriores a la Pascua, en las que se pone más de relieve que la Pascua es el alma y la meta del ayuno cristiano cuaresmal. La C. se presenta como la peregrinación del pueblo cristiano con Jesucristo hacia Jerusalén, donde tendrá lugar la muerte y la resurrección del Señor: los miércoles, los viernes y los domingos de estas semanas poseían ya una estructura litúrgica en el s. IV, aunque entonces únicamente los domingos se celebraba la Eucaristía. Desde fines del mismo s. IV se va dotando de una liturgia propia el resto de la C. Pero al crearse formularios y escogerse textos, se mezclan con la intención principal de la C. otras más concretas, todas ellas dentro de una perspectiva pascual. Sin dejar de insistir sobre el significado del ayuno, se relaciona la C. con el Bautismo y con la Penitencia de los pecadores públicos. Estas nuevas intenciones obedecían a instituciones que evolucionan en dicha época: La Pascua era la fecha más indicada para recibir el Bautismo. Lo más normal era que los catecúmenos (v.) llegaran a la última fase de su preparación los días inmediatos a la Pascua. ¿Por qué no integrar esta preparación en el ejercicio cuaresmal de la comunidad cristiana, haciendo así más efectiva la mutua solidaridad? De esta manera se imprimió un sello bautismal a la C., que se mantuvo en su plena forma mientras se conservó la institución del catecumenado. Hoy en la liturgia cuaresmal, a pesar de las adiciones y supresiones posteriores, han quedado referencias a los ritos de la entrega del Símbolo de la Fe, de los escrutinios, de las unciones, etc., que señalaban las últimas fases del catecumenado. Al desaparecer la institución del catecumenado (v.) cuando se extendió la costumbre de bautizar a los recién nacidos, por efecto de la gran difusión del cristianismo y consiguiente aumento de las familias cristianas la perspectiva bautismal de la C. se difumina un poco. Las más recientes normas litúrgicas prevén que vuelva a ponerse de relieve este aspecto de la C. De ahí que el conc. Vaticano II urja: «(durante la C.) úsense con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal; y, según las circunstancias, restáurense ciertos elementos de la tradición anterior» (Const. Sacr. Conc. n. 109) (v. BAUTISMO IV).

La disciplina de la penitencia pública es más antigua que la C., pero al organizarse la liturgia cuaresmal, se pensó en aplicarla particularmente durante este ciclo, marcado ya por la penitencia extraordinaria de la Iglesia. También la práctica de la penitencia pública fue cayendo en desuso (v. PENITENCIA IIIV). En la liturgia de C., tal como ha llegado hasta nosotros, tenemos no obstante algunas referencias a aquella disciplina, principalmente el día primero de C.: subsiste en éste el rito de la imposición de cenizas, que es un residuo de otro rito mucho más complejo, por el que se significaba el comienzo de los ejercicios impuestos a los penitentes públicos. El Conc. Vaticano II ha destacado también esta dimensión de la C. Propone que, además de procurar restablecer algunos elementos concernientes a la penitencia pública, en la catequesis cuaresmal «se inculque a los fieles, junto con las consecuencias sociales del pecado, la naturaleza propia de la penitencia que detesta el pecado en cuanto que es ofensa a Dios; que no se olvide la participación de la Iglesia en la acción penitencial y que se encarezca la oración por los pecadores» (Const. Sacr. Conc. n. 109) (V. PENITENCIA).

La C. litúrgica romana no fue provista de un contenido propio para todos los días y de la celebración eucarística correspondiente hasta el s. VIII: Después de los domingos, miércoles y viernes (s. IV-V), poseen una liturgia propia los lunes (s. V), luego los martes y los sábados (s. VI-VII) y finalmente los jueves, durante el Pontificado de Gregorio II (715731). En los estratos más antiguos se constata una estructura más uniforme; con todo, ésta quedó modificada por las adiciones más recientes, por desplazamientos y transformaciones de otro género. A este propósito cabe mencionar un factor externo al contenido de la C. que contribuyó a darle una nueva orientación. Nos referimos a la costumbre romana de celebrar cada reunión cuaresmal en un templo diferente de la Ciudad Eterna (los templos asignados eran llamados «estaciones»). Los recuerdos que suscitaban las «estaciones» de los mártires allí venerados, de las dedicaciones, etc dirigieron no pocas veces el criterio de selección de los formularios litúrgicos. En el Misal promulgado por Paulo VI han desaparecido las indicaciones de las iglesias estacionales de Roma.

Los temas de la Cuaresma litúrgica. La Pascua constituye el núcleo donde convergen las diversas intenciones de la C. Es con la visión de la Pascua, de su mensaje, como todos los elementos desarrollados por la liturgia cuaresmal se unifican y deben interpretarse. La C. es una toma de conciencia de las exigencias de la Pascua para los hombres que centran su fe y su esperanza en lo que ella significa. Por la conversión, por la penitencia, por la transformación del «hombre viejo» en «hombre nuevo», por el «paso» a través del agua del Bautismo, por la comunión con los hombres, con la Palabra de Dios, con el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, el misterio de la muerte y de la resurrección del Señor alcanza su significado efectivo en el hombre. Al analizar detenidamente el conjunto de textos de la liturgia cuaresmal notamos que se intenta traducir la esperanza de la participación de la Pascua en una actitud dinámica, de alegría. Se consideran la penitencia, el ayuno, las privaciones, en su aspecto más positivo: son condiciones para seguir, liberados de cualquier esclavitud, el camino trazado por Jesucristo.

Durante los primeros días de la C., la liturgia insiste sobre todo en el valor de la penitencia y del ayuno de toda la Iglesia, como expresión de la voluntad de purificar su vida: se ruega a Dios que el pueblo cristiano siga con fidelidad el ejercicio del ayuno que se impone, que esta práctica corporal traduzca los sentimientos interiores, que se manifieste con frutos de buenas obras por las que se renueva auténticamente la vida cristiana… En el transcurso de la C. se irán repitiendo y matizando los mismos conceptos (v. especialmente las antiguas colectas).

Los formularios litúrgicos de la C. siempre han sido muy estimados, pero en ellos se echaban de menos algunas ideas propias de la finalidad de este tiempo litúrgico; por eso se han modificado. La elección de las nuevas lecturas se ha realizado según los temas propios de la C., como antes se ha expuesto. Se han cambiado algunas que en el Misal anterior fueron escogidas en atención a la iglesia estacional en la que el Papa celebraba en Roma el Sacrificio de la Misa.

Se ha tenido muy en cuenta en los nuevos formularios, o en los retoques que se han hecho a los antiguos, el aspecto positivo de la penitencia cristiana. Por eso se han sustituido no pocas oraciones de C. por otras del Misal antiguo que se encontraban en diversas partes del año litúrgico, que manifestaban mejor ese aspecto; otras se han corregido según el sentido más uniforme del espíritu de la C. Así, p. ej.: se han incluido en el Tiempo de C. las colectas del domingo III de Epifanía y las de los domingos 8, 14, 15, 18 y 23 después de Pentecostés, que insisten unánimemente en la incapacidad humana de obrar bien sin la gracia divina, como repetidamente lo afirman las palabras «sin ti»; este reconocimiento viene completado por las súplicas llenas de confianza en la misericordia divina, tema muy apropiado para la Cuaresma.

También se ha cuidado que las oraciones, y en general todo el formulario litúrgico de la C., reflejen el tema principal de la Pascua, ya que la C. es una preparación a la misma. Son también varias las oraciones que aluden al sentido escatológico de la C. y de la Pascua; sin embargo, el tema escatológico, llegada a la plenitud del Reino de Cristo, sólo se encuentra unas 10 veces en toda la C., mientras que en el tiempo litúrgico siguiente, el Tiempo Pascual, se repite con gran frecuencia. Otras oraciones hacen alusión a la necesidad de alimentarse de la Palabra de Dios (como las del domingo II y miércoles de la II semana de C.), especialmente durante ese periodo.

El Misal insiste en que las prácticas penitenciales de la C. han de ayudar a una mejor conversión interior, a una verdadera renovación espiritual. Son muchos los textos litúrgicos antiguos y modernos que recuerdan que los ayunos corporales han de favorecer y expresar un ayuno interior de todo lo que nos impide seguir fielmente a Jesucristo.

Las oraciones sobre las ofrendas en el tiempo de C. son oraciones propias, especialmente escogidas para estos días. En las poscomuniones los temas principales son los referentes por una parte a la purificación del mal, del pecado, de las malas costumbres, y por otra al refuerzo en el bien y crecimiento en la vida cristiana, es decir, los aspectos «negativos» y «positivos» de la salvación. Otro aspecto interesante es que en las oraciones de C., especialmente en la de los domingos, se alude con frecuencia al «misterio de Cristo» en su sentido global.

En las lecturas se subraya mucho el tema de la Alianza (v.) o economía de las intervenciones divinas en la historia de la salvación. El tema aparece principalmente en los domingos de C., a través de la «memoria» de algunos acontecimientos de la historia sagrada: las relaciones del hombre con su Dios y la aproximación libre y gratuita de Dios hacia el hombre, descritas en los domingos cuaresmales, dan una visión de la historia de la salvación muy aleccionadora, por ser tan significativas para la comunidad cristiana. Una pequeña rúbrica en los domingos III, IV y V de C. permite escoger entre dos perícopas del Evangelio. De este modo se tiene la posibilidad de leer cada año la gran trilogía del Evangelio de S. Juan que desarrolla el tema del Bautismo, tan tradicional en la liturgia cuaresmal y en la pastoral actual. Así lo prescribía el Sacramentario Gelasiano del s. vil. Los pasajes del Evangelio son los siguientes: Jn. 4,5-42; 9,1-41; 11,1-45.

A. ARGEMI ROCA.

BIBL.: La Caréme, préparation á la nuit pascale, «La MaisonDieu» 31 (1952); A. CHAVASSE, El ciclo pascual, en La Iglesia en oración, Barcelona 1964, 740760; E. FLICOTEAux, Le sens du Caréme, París 1956; R. POELMAN, Le signe biblique des 40 jours, París 1961; A. NOCENT, Contemplar su gloria, Cuaresma, Barcelona 1966; TH. MAERTENS1. FRISQUE, Nueva guía de la asamblea cristiana, III, Madrid 1970; Cuaresma, catecumenado para nuestro tiempo, Madrid 1965; Montons á ]érusalem, París 1953; SCHUSTER, Liber Sacramentorum, 3 vol., Turín 1920; M. RIGHETTI, Historia de la Liturgia, I, 3 ed. Madrid 1969; M. GARRIDO BONAÑO, Curso de Liturgia, Madrid 1961, 452 ss. V. t. en la bibl. del art. AÑO LITÚRGICO lo correspondiente a Cuaresma.

Gran Enciclopedia Rialp, Ediciones Rialp, Madrid 1991

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SANTOS PADRES

HOMILIA XIX

1. Sobre las limosnas
Estad atentos a no hacer vuestras limosnas delante de los hombres para que os vean. (Mt. VI, 1)
DESARRAIGA por Cristo la más tiránica de todas las enfermedades. Me refiero a la rabiosa locura y furor de la vanagloria, que aun a los justos acomete. Al principio del discurso nada dijo de ella Cristo. Habría sido en vano antes de persuadir a los oyentes a que se entreguen a las buenas obras enseñarles cómo las habían de hacer y trabajar en ellas. Pero una vez que ya los instruyó en la virtud, ahora empieza y se esfuerza por extirpar la enfermedad que suele sub-introducirse y dañarla. Porque esta peste no se engendra así como quiera, sino una vez que hemos cumplido egregiamente en muchas cosas con los preceptos. Se hacía, pues, necesario primeramente injertar en el ánimo la virtud, para luego arrancar esa afección del alma que le echa a perder su fruto espiritual.

Advierte por dónde comienza: por la oración, el ayuno y la limosna. Sobre todo en estas buenas obras suele andar. De aquí se hinchaba el fariseo aquel que decía: Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que poseo. En la oración misma se llenaba de vanagloria y oraba por ostentación. Y por no haber ahí otros, hacía referencia al publicano y decía: No soy como los demás hombres, ni como este publicano.

Advierte cómo el Salvador da principio como si tratara de una fiera astuta y difícil de cazar; y tal que puede atrapar a quien no esté muy vigilante. Porque dice: Estad atentos a no hacer . Lo mismo decía Pablo a los filipenses: ¡ Ojo a los perros ! Es fiera que ocultamente se introduce y todo lo llena, y sin ruido arrebata cuanto hay dentro en el interior, sin que el paciente lo sienta. Pues había Cristo disertado largamente acerca de la limosna y traído al medio a Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos; y había declarado ser esclarecidos los generosos en dar, y por todos los medios había exhortado a la limosna, finalmente ahora escombra el campo de cuanto puede dañar este olivo. Por esta razón dice: Estad atentos a no hacer vuestra limosna delante de los hombres. Es que la limosna de que trató antes, es limosna de Dios.

Una vez que dijo: No la hagáis delante de los hombres , añadió: para que os vean . A primera vista, parecería que esto ya estaba dicho. Pero si cuidadosamente se considera, no es lo mismo.
Una clase de limosna es ésta y otra clase es aquélla. Y hay en esto mucha precaución, muy alta providencia y perdón. Puesto que puede, quien hace limosnas delante de los hombres, hacerla no para ser visto; y también puede, quien la hace en oculto, hacerla para ser visto. Por tal motivo Cristo no premia ni castiga la obra sencilla, sino la voluntad del que la hace. Si no hubiera Cristo usado de esta distinción cuidadosa, habría entorpecido a muchos en el ejercicio de dar limosna, ya que esto no siempre se puede hacer a ocultas. Pues bien: para librarte de esa confusión, señala el premio y el castigo y los adjudica no a la finalidad de la obra en sí misma, sino al propósito de la voluntad.

Ni vayas a decir: ¿qué me interesa a mí que otros me vean? Dice Cristo: no es eso lo que yo examino, sino tu intención y el modo con que haces la obra. Trata él de plasmar tu alma y librarla de toda enfermedad. Por eso, una vez que decretó que no se haga por vana ostentación y advirtió el daño resultante si se procede sin reflexión y a la ventura, enseguida levanta los ánimos de los oyentes, recordándoles al Padre y el cielo, para no conmoverlos únicamente con los daños; y al mismo tiempo los reprime con la memoria del Padre. Pues dice: No tendréis recompensa ante vuestro Padre que está en los cielos. Y no se detiene aquí, sino que pasa adelante y más profundamente inculca el odio a este vicio de la vanagloria.

Así como antes mencionó a los publicanos y gentiles con el objeto de avergonzar mediante la comparación en la condición de las personas, a quienes imitaban, del mismo modo aquí recuerda a los hombres hipócritas. Dice, pues: Cuando hagas limosna no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas. No dice esto porque aquéllos tuvieran trompetas; sino que, para dar a entender su extrema locura, los burla mediante esta metáfora y los pone de manifiesto. Justamente los llama hipócritas, pues la limosna les servía de capuchón y larva, mientras que su pensamiento maquinaba barbaridades y crueldades. Porque no lo hacían porque tuvieran compasión con los pobres, sino para gozarse ellos y ser glorificados. Y es cosa llena de crueldad eso de que mientras uno perece de hambre, ande el otro captando honores y no trate de aliviar la pobreza. En conclusión, que la verdadera limosna no consiste en dar, sino en dar como conviene y con el fin de aliviar la miseria. Habiéndose ya suficientemente burlado de los hipócritas y habiéndolos ya desenmascarado, para avergonzar a los oyentes, luego corrigió la intención de quienes andaban enfermos de semejante vicio; y tras de haberles declarado cómo no debe hacerse la limosna, pasó a decir el modo como debe hacerse. ¿Cuál es? No sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Tampoco aquí habla de la mano material, sino que esto lo dice por metáfora y hablando con hipérbole.

Como si dijera: si fuera posible que tú mismo lo ignoraras, lo habías de procurar. Si fuera posible, al dar la limosna aun las manos debían ocultarse. No se entiende esto, como algunos creen, en el sentido de que la limosna haya de ocultarse a los malvados solamente, pues Cristo ordenó que se ocultara a todos.

Considera, por otra parte, cuán grande es la recompensa. Tras de decretar la pena, muestra ahora la honra que se ha de alcanzar, empujando por ambos medios a los oyentes y llevándolos a la más sublime doctrina. Porque aquí les enseña a conocer que Dios está presente en todas partes y que nuestros asuntos no están circunscritos a los límites de la vida presente, sino que nos aguardan más terribles tribunales y que tenemos que dar cuenta de todos nuestros actos, de donde se nos derivarán honores o castigos; y que ninguna obra grande ni chica quedará oculta, aun cuando así lo parezca a los hombres. Todo esto dejó entender cuando dijo: Tu Padre que ve en lo oculto te premiará públicamente. Grande y honroso teatro le pone delante Cristo, en donde le dará con abundancia lo que desea. Ahí le dirá: ¿qué es lo que deseas? ¿No es por cierto, tener cantidad grande de espectadores? Aquí los tienes. Y no únicamente a los ángeles y arcángeles, sino al Dios de todos. Y si anhelas tener como espectadores a los hombres, ni aun este deseo quedará infructuoso a su debido tiempo: más aún, se te concederá con mayores multitudes. Por ahora, si te haces ver, será de diez, de veinte, de cien hombres solamente. Pero si procuras ocultarte, en aquel día Dios mismo te proclamará estando presente el orbe entero.
Por otra parte, quienes ahora te vean, te condenarán como ambicioso de vanagloria; pero allá cuando te vean coronado, no sólo no te condenarán, sino que todos te admirarán. Si pues está la recompensa preparada y serás objeto de admiración, con tal de que esperes un poco de tiempo, piensa cuán gravísima necedad sería perder juntamente ambas cosas, cuando el premio se exige de Dios, y los hombres todos en la presencia de Dios son convocados como espectadores de tus buenas obras. Si queremos ostentarnos, conviene ante todo ostentarnos ante el Padre: sobre todo porque el Padre es señor de castigos y premios.

A la verdad, aun cuando semejante vicio ningún daño trajera consigo, en modo alguno convendría que quien codicia la gloria abandonara ese teatro celeste para anhelar acá el humano teatro. ¿Quién hay tan infeliz que, mientras el rey se apresura a contemplar el cuadro de sus buenas obras, él, abandonando al rey, se procure un auditorio de pobres y mendigos? Por esto ordena no sólo que no nos demos a la ostentación, sino que procuremos ocultarnos. Porque es cosa distinta no tener deseos de ostentarse y francamente buscar el ocultamiento y la sombra.

2. Sobre la oración Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para ser vistos de los hombres. En verdad os digo: ya recibieron su recompensa. Tú, cuando orares, entra en tu cámara y cerrada la puerta, ora a tu

Padre, que está en lo secreto. También a éstos los llama hipócritas y con razón; porque simulando que oran a Dios, están mirando en torno a los hombres, no con el hábito de suplicantes, sino de ridículos. Puesto que quien se prepara a suplicar, dejando a un lado a todos los demás, sólo clava la vista en aquel que puede concederle lo que pide. Si a éste lo abandonas y andas alrededor dando vueltas y mirando a todas partes, saldrás con las manos vacías. Pero en verdad, tú te lo quisiste. Por eso no dijo que tales hombres tendrían premio, sino que ya lo han recibido; es decir, lo recibirán, pero será de aquellos de quienes lo anhelaban. No era eso lo que Dios quería, sino darles su propia recompensa. Pero ellos, anhelando el premio de los hombres, no merecen recibir el de aquel por quien nada hicieron. Considera la bondad de Dios, pues nos promete recompensa por las mismas cosas que le pedimos. De manera que, reprendiendo a quienes no cumplen bien con el deber de orar, una vez que por las circunstancias del lugar y de la interior disposición demostró que son dignos de risa en gran manera, finalmente indica el mejor modo para hacer oración, diciendo: Entra en tu cámara .

Preguntarás: entonces ¿no se ha de orar en la iglesia? Sí se ha de orar, pero con la disposición dicha. Dios en todas partes atiende a la finalidad con que se obra. Si entras en tu cámara y cierras sobre ti las puertas, pero lo haces por ostentación, ninguna utilidad te trae. Y observa aquí cuán estricta distinción puso al decir: Para ser visto por los hombres. De modo que aun cuando eches llave a tus puertas, quiere El que, antes de cerrarlas, rectifiques tu intención y lo hagas precisamente para mejor cerrar las puertas de tu mente. Estar libre de la vanagloria siempre es lo más excelente, pero sobre todo cuando oramos. Si aun libres de este vicio, todavía divagamos y andamos con la mente de un lado para otro, entrando con semejante vicio ¿cuándo oiremos nosotros mismos lo que decimos? Y si nosotros, que somos los suplicantes, no lo oímos ¿cómo rogamos a Dios que lo escuche?

Y sin embargo, hay quienes después de tantos y tan apretados mandatos, se portan en la oración tan feamente, que aun cuando con el cuerpo se encuentren ocultos, con las voces se hacen oír de todos, lanzando clamores al modo de los payasos y mostrándose ridículos en la postura y en la voz. ¿No observas cómo aun en la plaza, si alguien así se porta y ruega con clamores, aparta de sí aun a aquel a quien ruega? Pero si está quieto y en postura decente, sobre todo entonces atrae a quien puede socorrerlo. Oremos, pues, no con las posturas del cuerpo ni con gritos y voces, sino con el afecto de la voluntad. No lo hagas con ruidos estrepitosos para no alejar de nosotros a quienes os están vecinos, sino con plena modestia, con ánimo contrito, con lágrimas interiores.

¿Es que te dueles íntimamente en tu ánimo y no puedes callar?

Pero, como dije, es propio de quien de verdad se duele, orar del modo expuesto y así suplicar. Dolíase Moisés, y así oraba y era escuchado. Por lo cual le dijo Dios: ¿Por qué clamas a mí? También Anna alcanzó lo que pedía sin que se oyera su voz, porque su corazón era el que clamaba. Y en cuanto a Abel, no sólo sin hablar, sino muerto ya rogaba, y su sangre clamaba más alto que una trompeta. Gime, pues, tú al modo de los santos: ¡no te lo impido! Desgarra tu corazón , como lo ordena el profeta, y no tus vestidos (Joel 2,13). Invoca a tu Dios de lo íntimo de tu alma, pues dice: De lo profundo clamé a ti Señor. Saca tu voz de lo íntimo de tu corazón y haz que tu oración sea misteriosa y oculta.

¿No has observado cómo en los palacios de los reyes se omite todo tumulto y por todas partes reina un silencio absoluto? Pues tú también, como quien entra en un palacio no terreno, sino mucho más tremendo, como es el celeste, procede con pleno recogimiento. Tratas con los coros de los ángeles; compañero eres de los arcángeles; cantas en unión de los serafines. Y todos estos órdenes angélicos se presentan en plena paz, y entonan con misterioso pavor el cántico sagrado y los himnos del Rey de todos. Únete a ellos cuando oras e imita su comportamiento maravilloso. Porque no ruegas a hombres, sino a Dios presente en todas partes; y que te oye aun antes de que pronuncies las palabras y conoce los secretos de tu corazón.

Si de este modo oras, recibirás grandes mercedes. Porque dice: Tu Padre que ve en lo escondido te recompensará públicamente. Y no dice te dará, sino te pagará. Se constituye deudor tuyo, y por eso que haces te pagará con grandes honores. Por ser El invisible, quiere que también tu oración lo sea.

( San Juan Crisóstomo , Homilías Comentario al Evangelio de
San Mateo Tomo II, Ed. Tradición, 1978, Págs. 265-271)

APLICACIÓN

CUANDO HICIERES LIMOSNA…

Por tanto, cuando hicieres limosna. No hagas tocar la
trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas
y en las calles, para ser glorificados de los hombres. De veras os
digo, ya se tienden su galardón. Tú, al contrario, cuando haces
limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha. A fin de que
tu limosna sea en lo escondido y el Padre tuyo que ve en lo
escondido te dará el pago. (Mt. 6, 2-4).
(…)
En los versículos que nos resta explicar, la primera frase es
aquella que dice: De veras os digo que ya se tienen su
galardón. Ya propósito de esta frase no se me ocurre otra cosa que
preguntar: ¿Qué galardó n es este que tienen los hipócritas, una
vez que han repartido sus limosnas en las sinagogas y en las
plaz as a so n de la tro mpeta? A esta pregunta se pueden dar dos
respuestas: la primera afirmativa, mostrando el premio que tienen
derecho a percibir esos hombres; y la segunda, negativa, mostrando
el premio que pierden. El Señor parece referirse directamente en la
frase
aludida a la respuesta positiva, pero insinúa de un modo
manifiesto la otra, o sea, la negativa. Decirles ya se tienen su
galardón equivale a decir que ya no tienen que esperar o tro
premio .
Recordemos los premios que están reservados al que bien la
limosna y entenderemos, sin más comentario, la respuesta que hemos
llamado negativa, pues esos son precisamente los premios que pierde
el que da limosna por vanidad.
En la Sagrada Escritura se nos promete que, si no apartamos los
ojos del pobre, tampoco Dios los apartará de nosotros. Dios nos
mirará con misericordia si así miramos al menesteroso. Premio
sobrado es éste, pues ¿qué más podemos desear sino que Dios pose
su mirada amorosa sobre nosotros? Si Dios nos mira así, en esa
mirada nos dará su amor. ¿Qué premio hay en el mundo que pueda
compararse con éste?
Con ser tan grande este premio, no es el único. De él brotan
otros muchos. Enumeremos, no como quien encierra en fórmulas
rígidas las riquezas de la misericordia divina sino como quien desea
mirarlas más por menudo para agradecerlas mejor.
Las Sagradas Escrituras, lo mismo, las del Antiguo que las del
Nuevo Testamento, están llenas de promesas, como éstas: Dios
guardará los bienes del hombre Limosnero, es las pupilas de sus
ojos (Ecles. 17,18), nos dice el Libro Eclesiástico. Crecen los bienes
del que da limosna (Prov. 11,24), nos enseña el Libro de los
Proverbios. Dios librará en el día malo a quien se compadece del
pobre (Ps. 40.2) canta un Salmo. La limosna vale más que los tesoros
acumulados, pues libra la muerte, limpia los pecados y alcanza
misericordia y vida eterna (Tob. 12,9), dijo el Angel Rafael a Tobías.
San Pablo, en la segunda Epístola a los Corintios, canta las alabanzas
de limosna comparándola con la siembra y escribe: quien parcamente
siembra, parcamente asimismo recogerá, y quien bendiciones
siembra, en bendiciones igualmente cogerá; poderoso es Dios para
hacer abundar toda gracia para con vosotros, a fin de que teniendo
seais abastados para toda obra buena, como está escrito: Derramó,
dio a los pobres; la justicia de él permanecerá eternamente. Y el que
suministra simiente al que siembra, suministrará asimismo pan para
comer y multiplicará la simiente vuestra y acrecentará los frutos de
vuestra justicia (2 Cor. 9, 6-11). Así podríamos recoger un sinnúmero
de testimonios que prometen bienes a quien da limosna y los
describen con acentos encendidos. Pero basten los que hemos
recordado para que veamos cómo la limosna enriquece con bienes
materiales y espirituales, temporales y eternos.
Todos estos bienes los pierde quien profana sus limosnas con el
vicio de la vanagloria. Se ha satisfecho con el humo de las alabanzas
humanas y nada tiene que esperar de Dios.
¡Menguada satisfacción las alabanzas humanas! Aunque sean
sinceras y aunque se funden en algo real, que no es poco decir, pues
bien sabemos adonde llegan los errores y la insinceridad humana.
¿Qué son las alabanzas sino un poco de humo inconsistente que el
viento arrebata y disipa? ¿Ypor esto vale la pena derrochar los bienes
inmensos que podemos ganar con la limosna? La frase del
Señor: Ya se tienen, su galardón, insinuando el contraste entre los
verdaderos bienes de la limosna y la ilusión funesta de la vanagloria,
nos pone delante de las ojos la insensatez y la desgracia del hombre
vanidoso, para que conservemos en su pureza evangélica nuestras
limosnas, con espíritu de caridad y de humildad.
(…)
En los versículos siguientes, contrapone el Señor lo que debe
practicar un cristiano a lo que practican los hipócritas que dan limosna
a son de trompeta: Cuando haces limosna, no sepa tu izquierda lo que
hace tu derecha.
(…) veamos su contenido: Aunque espontáneamente la mano
izquierda va en ayuda de la derecha, contengamos hasta ese
movimiento espontáneo cuando de limosnas se trata, para que una
mano no sepa le que hace la otra. Esto dice el Señor y hay en ello un
precepto y un consejo, como hemos dicho en otras ocasiones; como
precepto nos impone que guardemos el secreto de nuestras limosnas
hasta donde sea preciso para no profanarlas con nuestras vanidades
que ofenden a Dios; como consejo nos recomienda que conociendo
como conocemos nuestra flaqueza y mirando a los peligros de la
vanagloria, mientras podamos lícitamente hacerlo, y aunque de ello
no tengamos obligación, prefiramos hacer nuestras limosnas en
secreto, de modo que no las conozca sino nuestro Padre que está en
los cielos.
¡Con qué amor mira Jesús por nuestro bien! Despliega su celo,
encarece con frases inolvidables, pone su corazón en que no
perdamos por flaqueza o ignorancia ni la más pequeña partícula del
bien que con nuestras obras podemos alcanzar. Nos ha traído los
tesoros de sus infinitas misericordias y nos enseña a recibirlos y a
llevarlos sin que se nos caiga de la mano ni el grano más
insignificante. Sí nuestra fidelidad se pareciera al celo delicado de
nuestro Redentor, ¡qué pronto nos llenaríamos de riquezas
verdaderas! Quiera Él que todo lo hagamos por amor, y para
conseguirlo, después de hacernos ver el peligro de la vanagloria,
diciéndonos quenos robará el premio, añade, como nuevo motivo para
limosna con pura intención: Tu Padre que ve, en lo escondido, te dará
el pago.
No temamos perder el premio de la limosna, haciéndola en
escondido, porque es Dios quien tiene que premiarnos y Dios ve
hasta lo más oculto.
Notemos la insistencia con que en estos versículos habla el Señor
de la paga y del galardón. Quiere llevarnos al amor recordándonos las
larguezas divinas, más bien que hablarnos del salario, como se
hablaría a un operario egoísta. Al fin y al cabo, el galardón y paga de
Dios es, como decía Agustín, una nueva misericordia con que Él
corona sus anteriores misericordias. Pero hay todavía en estas
palabras algo más y que más eficazmente lleva al amor de Dios. Al
decirnos que el Padre celestial ve en lo escondido, no es que quiera
refutar simplemente el error de aquellos que pudieran creer que
nuestro Padre celestial no conocerá nuestras limosnas si no las
hacemos en público, porque esto no se le ocurre a ningún cristiano;
es algo más hondo y más delicado. ¿Habéis visto como se enlazan los
corazones, cómo brota la intimidad, cómo se unen las almas cuando
hay secretos mutuos? Cuando dos almas tienen algún secreto
común— sus secretos como decimos con énfasis—, parece que son
más íntimos en sí, que se aman mucho más, que no pueden separarse
nunca sin profanar sus dulces recuerdos. Si nosotros tenemos
secretos con Dios, es decir, algo que sea secreto entre Dios y
nosotros, nuestra intimidad con Él será más profunda; nuestro trato
con Dios, nuestra unión con El, más estrecha. ¿Y qué secreto mejor
que guardar para Él solo la intención de nuestro corazón y presentarle
nuestras buenas obras con una confidencia que sólo a Él hacemos?
¡Cómo se sienten felices las almas cuando saben guardar sus obras
para Dios solo! Es como la felicidad del hijo en un rato de intimidad
cordial con su padre.
Se dice de Moisés, que en el desierto Dios le llamó y le introdujo
en la nube en que Él moraba. Así hace con nosotros cuando nos dice
que guardemos secretas nuestras obras buenas, en especial nuestras
limosnas; ese secreto es una nube que nos oculta a los ojos de los
hombres, pero en el seno de esa nube está nuestro Dios. Allí le
encontramos y podemos conversar con Él como Moisés.
Añádase a este premio de la limosna a los que anteriormente
recordábamos y acabará de rendirse nuestro corazón a las
exhortaciones del Redentor. Si supiéramos lo que es encontrar a Dios,
esto sólo bastaría para que muriéramos a todas las vanidades de la
vida presente. ¡Qué triste es ignorarlo! ¿Cómo pueden encontrar algo
en la vida los que lo ignoran? ¡Qué vacío tan desolador! Por
misericordia divina, confío en que ninguno de vosotros lo desconoce.
Alguna vez hemos aludido a la palabra de San Pablo que dice
así: Muertos estáis y vuestra vida está escondida con Cristo en
Dios (Col. 3,3). Pocas veces podremos recordar esta palabra con más
oportunidad que ahora.
¿Para qué nos hemos hecho cristianos? ¿Por qué nos lla mamos
con este nombre glorioso? Para morir a las vanidades mundanas; y
porque hemos muerto a ellas, nuestra gloria no son esas vanidades,
sino otra gloria infinitamente mayor. Muertos, dice San Pablo, y no
hubiera podido emplear palabra más expresiva para enseñarnos la
indiferencia con que hemos de mirar la gloria del mundo. La
vanagloria es tan ridícula como las vanidades de un cadáver. Cuando
San Pablo dice muertos, se refiere ante todo a nuestro corazón; por-
que es el corazón el que ha de morir al amor de las alabanzas del
mundo. Es decir, en nuestro corazón no ha de haber ni un deseo de
ellas, ni un temor de perderlas. Si dejamos vivir nuestra vida en el
corazón algo que le impulse al vano amor de la gloria, ese algo
acabará infiltrándose en nuestras palabras y nuestra vida.
Para morir así es preciso luchar. Sólo una mortificación asidua y
sincera puede arrancar esas raíces de vanidad que llevamos en
nuestra pobre naturaleza. Ya hemos oído de los labios de San Agustín
lo duro que es el combate contra la vanagloria. Cuanto con más
dureza se afronte, más rápido el triunfo.
San Pablo, al hablarnos de muerte, nos habla de resurrección:
morimos para vivir con Jesucristo en Dios. Nos habla de la vida del
alma, de la vida sobrenatural y divina. Esa vida merece todos los
trabajos, todas las renuncias, las muertes. Esa es la verdadera vida
del cristiano. Para eso muere al mundo y a todas las criaturas. No
olvidemos que viviremos esa vida divina en la misma medida en que
moriremos a las vanidades mundanas. Donde esté nuestro tesoro, allí
estará nuestro corazón; y si estimamos las vanidades de la vida
presente, nuestro corazón quedará prendido en ellas. ¿Puede darse
tragedia comparable con la de perder o aminorar en nosotros la vida
divina por la miseria de unas alabanzas humanas?
Como se esconde el tesoro para que no puedan robarlo ladrones,
así hemos de ocultar la virtud a las asechanzas de la vanagloria. Por
eso hemos de vivir ocultos con Cristo en Dios ¡Bendita humildad que
así guarda el tesoro de nuestro corazón! Dura eres a la naturaleza,
pero ¡cómo atraes 1as miradas de Dios!
Hermanos míos: contentémonos con que Dios nos mire y no
andemos buscando el que nos vean los hombres. Las miradas de Dios
no dañan, sino que sanan y vivifican. Que Dios nos mire y se
complazca en nosotros. ¿Qué más podemos desear? Y para eso,
ocultémonos a los ojos del mundo que pone en peligro la humildad.
No olvidemos que el que se ensalza será humillado y el que se humilla
será ensalzado. Despreciemos la gloria del mundo para que nos
ensalce Dios en el cielo.
Es verdad que nos ofuscarnos y, en vez de volver los ojos hacia
dentro, para mirar esta vida interior, se nos van hacia fuera y los
derramamos en las vanidades, fascinados por su brillo falaz; pero
hemos de recordar que nuestro bien no está ahí, sino en lo hondo del
alma.
Cuando vivimos hacia adentro, no por eso somos unos
misántropos desgraciados; es que nos hemos desengañado a tiempo,
y en vez de vivir para la fantasmagoría de la vida exterior, buscamos
la eterna; en vez de hambrear las alabanzas de las criaturas,
deseamos y esperamos las de Dios. Sabemos por dicha nuestra que
cuanto más escondidas estén nuestras obras buenas, para que no se
malogren, tanto más firme es la esperanza de que un día seremos
glorificados. Quizás ese día esté más cerca de lo que nosotros
pensamos, porque a veces Dios Nuestro Señor no espera a
glorificarnos en el día del juicio, sino que glorifica aun en este mundo.
A veces las almas santas andan haciendo milagros para ocultarse y
Dios las pone patentes a los ojos de todos; mientras ellas se sepultan
en el surco de la humildad, Dios hace germinar de esa semilla flores y
frutos de gloria y admiración. Mas ni siquiera ahí hemos de poner los
ojos, recreándonos en esas flores y saboreando esos frutos, sino en
otra gloria mayor que no falta nunca; la gloria de la santidad.
Viviendo con Cristo y para Cristo se cumplirá en nosotros aquella otra
palabra de San Pablo: Cuando Cristo, vida vuestra se manifestare,
entonces vosotros también seréis manifestados juntamente con él en
gloria (Col. 3,4).

(Alfonso Torres, S.J ., Lecciones Sacras sobre los Santos
Evangelios, Vol. IV, Ed. Escelicer, 1946, págs. 179-187)

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