Poema de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

P. Martín José Villagrán, IVE

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Que de la lectura de estas estrofas del Poema de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo surjan nuevos amigos de la Cruz y que los “viejos amigos” profundicen y sellen esa amistad aprovechando las cruces que Dios se digne enviarles.
Encomendamos el fruto que pudiera dar este poema a quien nos enseñó (después de Cristo y junto a
todos los santos de la historia) a enloquecer por la Cruz y a predicar su necedad contra la sabiduría del mundo: San Luis María Grignión de Montfort.
Al inicio de su carta a los amigos de la Cruz escribía: “La divina cruz me tiene escondido y me prohíbe hablar. No me es posible dirigiros la palabra a fin de manifestaros los sentimientos de mi corazón sobre la excelencia de la cruz y las prácticas de vuestra unión en la cruz adorable de Jesucristo. No obstante,
hoy, último día de mi retiro, salgo -por así decirlo- del encanto de mi interior para estampar en este papel
algunos dardos de la cruz a fin de traspasar con ellos vuestros corazones.

Quiera el Espíritu Santo forjar en los corazones de los cristianos “modernos” el deseo de tomar parte
en el misterio de la Cruz por el cual han de alcanzarse gozos infinitamente más puros y sublimes que los que este mundo engañoso y caduco pudiera ofrecer e imaginar.

Poema de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Proemio

Los amores de un Dios vivo
en este poema canto
y sin romper el encanto
con los versos de un humano
me tomo ya de la mano
del buen ángel de aquel Santo.

Porque siendo Dios fue hombre,
y como hombre tenía
un custodio de sus vías;
a él imploro su ayuda,
que me disipe las dudas
cual testigo de sus días.

¡Es empresa tan difícil…!
-si es misterio el de la Cruz-
que si no tuviera luz
mis rimas fueran en vano
y con éstos nada gano
si no brillara Jesús.

Él con su sangre escribió
de los libros el mayor
y sufriendo por amor
dejaba sublime ciencia,
aunque parezca demencia
lo que hizo el Salvador.

Pues encierra hondo arcano
lo que deja por doctrina
la eterna Sabiduría
que en carne quiso inmolarse:
si ser perfecto buscase,
el hombre sólo amaría

lo que en la Cruz Cristo amara
y vendría en el desprecio
-que, si no, sería necio-
de lo que allí despreciara
ofreciéndose en un ara
de oprobios y sufrimientos.

En la escuela de los santos
sólo un libro hay que leer
con el cual es menester
configurarse en la vida,
que toda ciencia adquirida
sería vana sin él.

El dolor es su herramienta;
su exordio, resignación;
su final, la Redención;
el amor, vivo argumento.
Ese libro que presento
es de Cristo la Pasión.

Pues amando Dios al hombre
nos donó su Primogénito
para ser maestro y médico
y a curar nuestras heridas
con aquella medicina
que ganara por sus méritos.

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