¿Puedo hacer algo contra mi soberbia?

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Medios para vencer los obstáculos que impiden sacar todo el fruto de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.


Los medios que Jesucristo mismo nos asegura que son los más idóneos para disminuir o destruir el amor propio y la soberbia oculta:

1.UNA VERDADERA MORTIFICACIÓN

La mortificación es tan necesaria para amar de verdad a Jesucristo que es la primera lección que imparte Él mismo a cuantos quieren ser sus discípulos. “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga”. (Lc 9, 23) Todos los santos afirman que la mortificación es la señal más clara de una vida virtuosa, sin ella no puede haber ninguna verdadera virtud.

Hay dos tipos de mortificación: la exterior, que consiste en las incomodidades del cuerpo; y la interior, que es propiamente la mortificación del espíritu y del corazón.

La mortificación externa se traduce en ayunos, vigilias, y otras austeridades corporales que practicadas con discreción, obediencia y generosidad someten el cuerpo, ayudan a triunfar en ciertas tentaciones y asegurar la libertad de espíritu. Son medios poderosos y sirven para hacernos verdaderamente espirituales y perfectos, y cuando se usan con discreción son un maravilloso medio para fortificar la naturaleza, siempre floja para el bien, y para ayudarnos a rechazar los ataques y a evitar las trampas de nuestro común enemigo.

También es muy necesaria para obtener del Padre de las misericordias los socorros necesarios para los justos, especialmente a los que comienzan a serlo.

Pero la santidad no consiste en las mortificaciones externas, sino en las interiores, que son siempre un indicio de auténtica piedad. Por eso la mortificación interna es más necesaria que la externa y nadie debe omitirla.

Se trata de una violencia continua que hay que hacerse para alcanzar el reino de los cielos. No todos están en condiciones para ayunar, llevar cilicios… pero no hay nadie que no pueda callar cuando una pasión lo empuja a hablar; no hay nadie que no pueda frenar el propio carácter, los deseos, las pasiones. He aquí en qué consiste la mortificación interior, por la que se debilita y se reduce el amor proprio, y por la que nos libramos de las imperfecciones.

El ejercicio de la mortificación interior, no es más que aplicar el oído a las divinas inspiraciones.

El amor de Jesucristo es tan ingenioso en este punto, que inspira a todas las almas los medios y los trucos para mortificarse. Es algo que excede el ingenio de los más sabios y que puede tenerse por una especie de milagro: no hay nada que no sirva de ocasión para contradecir las inclinaciones, no hay ningún tiempo ni lugar que no parezca adecuado para mortificarse, sin apartarse jamás de las reglas de la verdadera prudencia.

Basta por ejemplo con tener muchas ganas de ver algo o de hablar para obligarse a bajar los ojos o a aplacar el deseo de saber cosas nuevas o de saber lo que pasa o lo que se dice o lo que se hace, etc. Si en el exterior no hallamos muchas ocasiones para mortificarnos, nunca faltan dentro de nosotros mismos. No sabremos estar largo tiempo recogidos, ni actuar con modestia, sin mortificación.

La honestidad, la dulzura y la cortesía pueden ser efecto de la educación, pero normalmente son señales sobre todo de alguien constantemente mortificado.

Sin esta virtud ¿cómo podremos estar siempre en paz, sin altibajos, haciendo siempre con perfección todo lo que hacemos y estando siempre contentos con lo que Dios quiere?

2. UNA SINCERA HUMILDAD

Dice san Agustín: «Jesucristo no nos dice: Aprended de mí a hacer milagros, sino aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, para darnos a entender que sin humildad no hay verdadera virtud».

Para ser verdaderamente humildes no basta con reconocer que no tenemos ninguna virtud ni mérito propio conseguido exclusivamente por nuestros propios esfuerzos. Es necesario también creérselo de verdad y no disgustarse de que otros lo crean así.

El primer paso para conseguir esta virtud es pedirla a Dios con insistencia.

Después, debemos convencernos a nosotros mismos, reflexionando de modo serio y con frecuencia, acerca de nuestra pobreza y de nuestras propias imperfecciones. Hacer memoria de lo que hemos sido y el considerar lo que podríamos haber sido sirve mucho para humillarnos. El vernos a nosotros mismos tan cerca del precipicio, hace que no nos espantemos de que los otros caigan.

«Las señales más ciertas de una sincera humildad pueden ser:

  • amar especialmente a los que nos desprecian, y
  • no evitar ninguna de las humillaciones que nos llegan;
  • no hablar nunca de nosotros mismos con estima;
  • no quejarnos jamás de todo lo que Dios permite que nos suceda;
  • no querer que otros se compadezcan de nosotros;
  • disimular las faltas del prójimo y
  • no turbarnos con nuestras propias caídas;
  • preferir en todo a los demás;
  • no emprender nada sino desconfiando de nosotros mismos y estimar en poco todo lo que hacemos.

En fin, rezar mucho y hablar poco». Cuando uno se considera tan miserable como es, no lleva mal que le desprecien porque conoce que es justo. Un hombre humilde, por malo que sea el tratamiento que se le da, cree que se le hace justicia. Un hombre que ha merecido el infierno puede conocer bien que se le debe el desprecio.

No quiere decir que recibimos con consuelo sensible las humillaciones, pues el desprecio es, naturalmente, desagradable; pero no quejarse, tolerarlo, agradecérselo a Dios y aun pedirle por aquellos de quienes se sirve para humillarnos, por más repugnancia que sienta la naturaleza orgullosa en someterse a su Providencia, son señales de una sincera humildad, sin la cual en vano creeremos que tenemos una verdadera y sólida virtud.

Si queremos alcanzar la perfección cristiana, es importante proponernos firmemente olvidar todos nuestros intereses, aun tal vez hasta los espirituales, para buscar únicamente la gloria de Dios. No se goza de una paz segura y tranquila sino en el olvido de sí mismo.

Del libro de Jean Croiset La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

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