Homilética – Solemnidad de la Natividad del Señor

25 de diciembre

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TEXTOS LITÚRGICOS

Un hijo nos ha sido dado

Lectura del libro de Isaías 9, 1-6

El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.

Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín.

Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque las botas usadas en la refriega y las túnicas manchadas de sangre, serán presa de las llamas, pasto del fuego.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre.

El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 95, 1-3. 11-13

R. Hoy nos ha nacido un Salvador:
el Mesías, el Señor

Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria,
anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.

Alégrese el cielo y exulte la tierra,
resuene el mar y todo lo que hay en él;
regocíjese el campo con todos sus frutos,
griten de gozo los árboles del bosque. R.

Griten de gozo delante del Señor,
porque Él viene a gobernar la tierra:
Él gobernará al mundo con justicia,
y a los pueblos con su verdad. R.

La gracia de Dios se ha manifestado para todos los hombres

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a Tito 2, 11-14

La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.

Palabra de Dios.

ALELULA Lc. 2, 10-11

Aleluia.
Les traigo una buena noticia, una gran alegría:
hoy les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
Aleluia.

Hoy les ha nacido un Salvador

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 1-14

Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: « ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por Él!»

Palabra del Señor.

Los confines de la tierra
verán la salvación de nuestro Dios

Lectura del libro de Isaías 52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación y dice a Sión: «¡Tu Dios reina!»

¡Escucha! Tus centinelas levantan la voz, gritan todos juntos de alegría, porque ellos ven con sus propios ojos el regreso del Señor a Sión.

¡Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su Pueblo, El redime a Jerusalén!

El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 97. 1-6

R. Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.

Canten al Señor un canto nuevo,
porque Él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.

Canten al Señor con el arpa
y al son de instrumentos musicales;
con clarines y sonidos de trompeta
aclamen al Señor, que es Rey. R.

Dios nos habló por medio de su Hijo

Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6

Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.

Él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. Él sostiene el universo con su Palabra poderosa, y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha del trono de Dios en lo más alto del cielo. Así llegó a ser tan superior a los ángeles, cuanto incomparablemente mayor que el de ellos es el Nombre que recibió en herencia.

¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»?
¿Y de qué ángel dijo: «Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo»?

Y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice: «Que todos los ángeles de Dios lo adoren».

Palabra de Dios.

ALELUIA

Aleluia.
Nos ha amanecido un día sagrado;
vengan, naciones, adoren al Señor,
porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.
Aleluia.

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 1-18

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar: «Éste es Aquél del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre.

Palabra del Señor

GUIÓN PARA LA MISA

Entrada:
La gracia de Dios Nuestro salvador irrumpe en la Historia y se hace visible en el Niño de Belén que nos da a conocer su salvación. En esta Santa Misa alegrémonos y regocijémonos por su presencia.

Liturgia de la Palabra

Primera Lectura: Isaías 9, 1- 6
El profeta Isaías anuncia que un Niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

Salmo Responsorial: 95, 1- 3. 11- 13

Segunda Lectura: Tito 2, 11- 14
La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado.

Evangelio: Lucas 2, 1- 14
Los ángeles anuncian llenos de gozo el nacimiento del Salvador.

Preces: Misa de la noche

De todas las obras que Dios ha realizado en el tiempo y fuera de sí, la más grande es la Encarnación redentora del Verbo, pidámosle atienda nuestras súplicas para hacernos partícipes de ella.

A cada intención respondemos cantando:
* Pidamos por las intenciones del santo Padre sobre todo las referidas a esta Navidad, para que todos los hombres encuentren en Cristo la salvación que esperan. Oremos.
* Por la paz del mundo, para que cada hombre reciba con buena voluntad el mensaje de Paz que los ángeles difunden por todo el orbe. Oremos
* Para que en todos los cristianos crezcan en la valoración y el amor al Verbo Encarnado presente en la sagrada Eucaristía. Oremos.
* Pidamos especialmente por todos los hombres que están solos, enfermos; por los presos y los más pobres, para que Cristo en su nacimiento les traiga la alegría de saberse por El amados y acompañados en el misterio de la solidaridad del Hombre-Dios. Oremos.
* Por nuestros familiares, amigos y bienhechores, que el divino Niño nazca en los corazones de todos nuestros seres queridos. Oremos.

Dios Padre Nuestro, con profundo agradecimiento por que nos has dado todo en tu Hijo, te pedimos escuches benigno las plegarias que te hemos dirigido. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:
Hoy toda la creación exulta y la naturaleza entera se estremece de alegría. Hoy los hombres te salimos al encuentro pues eres nuestro Dios y Salvador.
*Este ramo de flores los ponemos a los pies de María Santísima como ofrenda nuestra en honor de su maternidad.
*Presentamos un ajuar para el Sacrificio de la Misa y con él todo nuestro trabajo diario que unimos a la cruz de Cristo.
*El pan y el vino que llevamos hasta el Altar sirva para concebir sacramentalmente al Verbo recibiendo su Cuerpo y su Sangre.

Comunión:
“La Eucaristía es una prolongación de la Encarnación en clave sacramental”. Hagamos de nuestra alma un Belén para acoger al Niño Dios.

Salida:
Te felicitamos Virgen María porque engendraste al Salvador del mundo. Rogad por nosotros para que seamos dignos de sus promesas.

Entrada:
¡Qué Bondad la de Dios! Para que llegásemos a conocerlo a El que es invisible, quiso que su Hijo se hiciese visible, para poder entregarse por amor entregó a su Hijo en Sacrificio para salvación de todos.

Liturgia de la Palabra

Primera lectura: Isaías 52, 7-10
Con su venida, el Señor consuela a su pueblo y todas las naciones al contemplarlo en la salvación anunciada.

Salmo Responsorial: 97, 1- 6

Segunda: Hebreos 1, 1-6
En su divino Hijo, Dios Padre pronuncia la Palabra de salvación.

Evangelio: Juan 1, 1-18 o bien 1, 1- 5. 9- 14
El Verbo es la luz verdadera que al venir a este mundo ilumina a todos los hombres.

Preces: Misa del día

En este día Santo en que el Señor da a conocer su salvación, adoremos al Emmanuel, Dios con nosotros, y pidamos por las necesidades de todos lo hombres.

A cada intención respondamos cantando:

* Por la Iglesia, que gozosa contempla en el Pesebre el misterio escondido por los siglos y ahora manifestado en Cristo Jesús, para que lo sepa proclamar hasta los confines de la tierra por la Palabra y el testimonio de la santidad. Oremos.

* Por las misiones ad-gentes, para que en estos días de navidad la Iglesia reciba en su seno a muchos hijos renacidos por el agua del bautismo. Oremos.

* Por los cristianos que rezan y trabajan por la unidad, para que alcancen del Dios hecho Hombre lo que desea su corazón. Oremos.

* Por todos los pueblos, para que escuchando el anuncio de los ángeles, emprendan nuevos caminos de concordia. Oremos.

* Por todos los miembros de nuestra Familia religiosa, para que vivamos el estilo de vida que Jesús inauguró con su presencia, y siendo fieles a nuestro carisma sepamos manifestarle a los hombres de hoy. Oremos.

Recibe, Señor, nuestras súplicas, y junto con ellas la ofrenda de nuestros corazones, para que los colmes de paz, alegría y santidad. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia Eucarística

Ofertorio:
Queremos honrar al Niño Dios llevando al Altar nuestros dones:
*Alimentos, con que expresamos nuestra solidaridad con los pobres como Jesús lo hizo al encarnarse dándose a Sí mismo;
* Cirios, y nuestro deseo de que la Luz de Cristo resplandezca en todo el orbe.
* Pan y vino para que sean transubstanciados en su Cuerpo y Sangre, y así unirnos al Sacrificio.

Comunión:
Al revestirse de la flaqueza de nuestra carne, el Verbo Encarnado en la Eucaristía nos da a gustar cuán bueno es el Señor.

Salida:
Contemplemos con María la claridad de misterio tan admirable, y adoremos a Aquel cuyo nombre es Consejero Admirable, Dios poderoso, Padre perpetuo y Príncipe de la paz.

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

EXÉGESIS

NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN
Lc 2, 1-20

María y José, en adelante inseparables, tuvieron que hacer un viaje a Belén, en donde había de nacer Jesús según lo anunciado por las pro¬fecías. A decir verdad, ellas sólo afirman una cosa: que el Mesías había de salir de Belén, que era la ciudad de origen de David. Siendo hijo de David, ya se podía decir que procedía de Belén.

Sin embargo, una profecía de Miqueas se tomaba en un sentido más estricto, y el nacimiento de Jesús en Belén debía tomarse más a la letra.

Una crítica que se precia de perspicaz y elevada presenta la difi¬cultad de que sólo para ver el cumplimiento de una profecía se ha dicho que el nacimiento fue en Belén. Renán ha escrito, sin inmutarse, como si todo el mundo estuviera conforme: «Jesús nació en Nazaret»’. Cuanto escribió san Lucas sobre el empadronamiento que obligó a José y a María a ir a Belén, sería una pura ficción.

Se reconoce hoy que dicho relato debió haber enseñado a los eru¬ditos ciertas precisiones que se desprenden poco a poco de textos recientemente descubiertos.

La afirmación de san Lucas es que el emperador Augusto ordenó que se hiciera el empadronamiento en todo el imperio romano, nombre que se daba a toda la tierra habitada. Esta operación catastral fue apli¬cada a Palestina en tiempo de Herodes, y fue el motivo de ir a Belén José y María. Tuvo algo que ver en ella Quirino, que fue legado en Siria.

Este último punto no está aun completamente dilucidado. Nosotros hemos traducido así: «Este empadronamiento fue anterior a aquel que mandó hacer Quirino siendo gobernador de Siria». Así no hay ninguna dificultad. Es cierto que este gran personaje hizo el empa-dronamiento de Judea cuando fue incorporada a la provincia romana de Siria por los años 6-7 después de Jesucristo, conservando su ma¬gistrado propio, que recibía el nombre de procurador. Este empadro¬namiento, que consagraba el dominio de los señores adoradores de los falsos dioses, dio motivo a una terrible insurrección religiosa. Es céle¬bre en la historia, y para evitar toda confusión, san Lucas habría distinguido el empadronamiento general de este particular de incorpora¬ción al imperio.

Otros prefieren admitir que Quirino, que fue dos veces gobernador de Siria, mandó hacer el primer empadronamiento cuando la primera legación; pero es difícil fijar la fecha y aún más hacerla concordar con la que supone san Lucas. De todos modos, hay que reconocer que una dificultad, o más bien una incertidumbre sobre un punto particular, no da derecho a ningún historiador a poner en duda un hecho por otra parte plausible. Si es cierto que Augusto tuvo cuidado de hacer el censo de su imperio, y si concibió el designio de comprender en él el reino de Herodes, cuya anexión estaba cercana, no es de creerse que lo deja¬rían de hacer por consideración a un viejo y desconsiderado tirano.

Cómo procedían los romanos en estas descripciones de personas y bienes, aun en las provincias, nos lo enseña maravillosamente un papi¬ro hace poco descubierto. Se hacía por familias, es decir, por tribus, de suerte que se veían obligados, para inscribirse, a ir al lugar de su origen.

Cayo Vibio Máximo, prefecto de Egipto, ordenó que para hacer el censo por casas, los que se habían alejado, fuera cualquiera el motivo, volviesen a sus hogares para llenar las formalidades que el censo requería. Si esto se hacía así ciento tres años después de Jesucristo, con más razón es de creer que se haría cuando las antiguas costumbres no se habían amoldado a los usos del derecho romano.

En Egipto, sólo a los sacerdotes se les exigía que presentasen sus títulos genealógicos debidamente arreglados. Entre los semitas, las familias, aun las de más humilde condición, sentían legítimo orgullo de conocer a sus antepasados. Aun hoy, el emigrante maronita en Jerusalén o en los Estados Unidos sabe muy bien a qué tribu pertene¬ce y a qué pueblo debía volver para inscribirse si esto le fuera exigido.

José, por tanto, como descendiente de David, debía ir a Belén. Que llevase consigo a María, se comprende, por no querer dejarla sola. ¿Y por qué no habían de pensar en permanecer algún tiempo en Belén, habiendo sido avisados de que Jesús sería el restaurador del trono de David?

Así, por un decreto del señor del Imperio que obligaba a salir de su casa a humildes personas, se cumple una profecía. «¿Qué hacéis príncipes del mundo…? Pero Dios tiene designios divinos que vosotros ejecutáis, cuando pensáis en vuestros caminos humanos».

De la mano de la erudición más detallista, podemos saborear tran¬quilos el encanto de esta narración, que llena de alegría los corazones de los niños y más aún los de las madres. José y María tomaron el camino que va de Nazaret a Jerusalén y de allí a Belén, distancia muy larga dado el estado de María, porque nosotros debemos pensar, a menos de seguir a los apócrifos, que para ella no serían pocas las inco¬modidades. Los romanos aún no habían trazado sus admirables vías de comunicación, y aunque el viaje podía hacerse en carro o aún más cómodamente en literas, era muchísimo lujo para aquella pareja tan pobre. En Belén no encontraron alojamiento en las grandes posadas, a las que hoy llaman jans, donde se instalaban personas y bestias, unas al lado de otras, como podían. La oficina del censo, abierta entonces en Belén, atraía a mucha gente. Hallaron, sin embargo, albergue en una de las grutas que sirven para habitación de personas y para cuadra de animales. Tal vez estarían allí muchos días, teniendo José que esperar su turno para la inscripción, cuando María dio a luz a su hijo primo¬génito. San Lucas, que emplea esta expresión —primogénito—, sabía muy bien que ningún cristiano de su tiempo la interpretaría mal. Jamás habla de otros hermanos y hermanas de Jesús: nadie ignoraba que este primogénito permaneció único. Preparaba solamente, como escritor previsor, lo que había de decir de la presentación en el Templo referente a los primogénitos. En esta habitación o establo había natu¬ralmente un pesebre en forma de navecilla, donde se echaba el pienso a las bestias de carga, y sirvió de cuna para acostar al niño, que María misma envolvió en pañales. El nacimiento de este fruto divino, como antes su concepción, en nada lesionaron su virginidad: uno y otro se realizaron de una manera inefable, digna, como debemos suponer, de Dios y digna de la Madre que había escogido para su Hijo.

El lugar del tradicional Pesebre, según lo distinguía una antigua tradición’, estaba un poco al este, en la parte baja del pueblo, y corres¬ponde ahora a la parte más alta de la ciudad actual. Bajando hacia el oriente, pronto hallamos los límites de las tierras cultivadas. Belén era, con más razón que Jerusalén, la reina del desierto. Aun hoy van allá las tribus nómadas a comprar trigo y a vender sus tejidos y sus quesos. Muy cerca de allí estaban los pastores guardando sus rebaños. En invierno, a fines de diciembre, fecha que señaló la liturgia, los rebaños de los pueblos probablemente estaban encerrados en los establos para pasar la noche, pero los verdaderos pastores permanecían en el desier¬to, donde la temperatura era más suave a medida que se baja hacia el mar Muerto. Un grupo de estos nómadas, que no eran de Belén, velaban aquella noche conversando sin duda para ahuyentar el sueño y guardar su rebaño. De repente se les apareció un ángel y una luz los envolvió. Este resplandor los llenó de espanto: les parecía sobrenatu¬ral. El ángel les dice: «No temáis.» Venía a anunciarles la buena nueva. El Evangelio es ante todo un mensaje del cielo a la tierra. La revelación es hecha a Israel y es objeto de un grande regocijo porque en la ciudad de David ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor, a quien se le debe rendir todo homenaje. Ellos deben buscarlo y con¬vencerse de que aquello no es una ilusión: hallarán un niño en un pese¬bre, no abandonado en su desnudez, según se podía pensar viéndolo en aquella extraña cuna, sino envuelto en pañales.

Y, como si el cielo tomase parte en aquella alegría, un numeroso ejército celestial se apareció también, alabando al Dios de Israel, que quiso ser llamado Iahvé de los ejércitos celestiales, el cual iba a ser reconocido como único Dios del mundo:

Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.

Dios recogerá así la gloria, la gloria del perdón concedido a los hombres que quieran con voluntad recta recibir a aquel que ha venido a salvarlos y traerles la paz.

Tal es el Evangelio anunciado a estos hombres sencillos, que ha¬bían conservado en su desierto el antiguo ideal de Abrahán, llegado como nómada de Caldea y cobijado en la única tienda en que se con¬servaba entonces el culto del verdadero Dios. En tanto que los israelitas de las ciudades sólo evitaban el contacto de los gentiles por su aisla¬miento moral, en lo cual había mucho de orgullo, estos pastores, mori¬gerados, de costumbres estrictamente regladas, habituados a la presen¬cia de Dios a que continuamente les convidaban aquellas soledades, se mostraron dóciles a la voz del cielo. «Vayamos, pues, hasta Belén y vea¬mos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado». Fueron de prisa, vieron la señal que el Señor les había dado, anunciaron por aquellas cercanías la buena nueva y volvieron a cuidar de sus rebaños.

El eco más fiel de todas estas palabras, la penetración más íntima de todas estas cosas, era el corazón de María donde convergían los designios de Dios.

LAGRANGE, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 1999, 37-41

COMENTARIO TEOLÓGICO

EVANGELIO DEL NACIMIENTO
(Lc.2,1-14)

En la noche de Navidad la Iglesia lee en las dos primeras misas la mitad del Capítulo II de San Lucas; y en la ter¬cera, el Prólogo del Evangelio de San Juan, que se lee también al final de todas las misas del año. En San Lucas están los pormenores tan conocidos del nacimien¬to del Salvador, que el arte cristiano ha popularizado en todo el mundo.

Primero está marcado el tiempo: fue en el tiempo del gran Censo o empadronamiento general ordenado por Augusto César en todo el Imperio; y en la Siria –de que era gobernante–, por el Propretor Quirinius en el año 42 del César . Por este orden, debió bajar de Nazareth José con su esposa encinta a la ciudad cabeza Bethleem, patria del Rey David, de quien ambos descendían; para que se cumpliera la Escritura:

Mas tu, Bethleem de Ephratah
pequeña entre los millares de Judá,
De ti me saldrá el que señoreará a Israel
y su origen de muy antiguo,
de Los días de mayor antigüedad.
El Jahué los entregará [a los judíos] hasta el tiempo
en que la que ha de parir parirá
y los demás hermanos volverán a Israel.
Y se robustecerá con la fortaleza de Jahué
con la majestad del nombre de su Dios Jahué
Y entonces habrá seguridad
porque su prestigio irá hasta los fines de la tierra
(Miqueas V, 1-3)

Dante Alighieri dice muy alegre que Cristo es romano, porque eligió nacer en el Imperio Romano y obedeciendo a una orden del Emperador… Sí, nació en el Imperio para pagar un nuevo impuesto, y para no encontrar una alcoba donde nacer; y al fin de su vida, los soldados imperiales lo crucificarán. Cristo es de todo el mundo, así como antes de encarnarse no era deste mundo. Pareja¬mente el P. Lombardi dice que Dios ha prometido a Italia el “primado religioso” en el mundo, porque los vicarios de Cristo viven en Roma. Son cuentos; cuentos patrió¬ticos, como el del negro Falucho… un negro que no existió.

El lugar fue una caravanera y un pesebre. “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre; porque no había para ellos lugar en la posada”. No hubo para Cristo recién nacido ni un cubículo de fonda; y este rasgo asombroso y de tan gran patetismo está puesto por Lucas de paso, en una frase incidental. ¡Si habrán decantado sobre él los predica¬dores!

Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacemos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enter¬nece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aun¬que hubiese nacido en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante El, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el Universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y de verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los mis¬terios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre, la mula y el buey; que los poetas canten:

Caído se le ha un clavel
Hoy a la Aurora del seno
¡Qué glorioso que está el heno!
Porque ha caído sobre él.
…………………………………..
Las pajas del pesebre
Niño de Belén
Hoy son flores y rosas
Mañana serán hiel;

y que los predicadores derramen lágrimas sobre la po¬breza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente de que sea un niño.

La herejía contemporánea, que consiste en una especie de naturalización del dogma, no tiene inconveniente en celebrar la “Fiesta de la Familia” y en enternecerse ante el “niño divino”; con tal que sea divino como todos los otros niños son “divinos”. El cristiano debe estar atento: no es un niño como los otros niños. El profeta Miqueas dice en el mismo capítulo del nacimiento:

Aquel día te quitaré los caballos
dice Jahué, y destruiré tus carros
Y abatiré las ciudades de tu tierra
y arruinaré todos tus fortines
Y te quitaré de las manos las hechicerías
y no habrá cabe ti agorerías
Destruiré tus ídolos y tus cipos
y no te postrarás ante la obra de tus manos
Y arrancaré del medio tus lucos sacros,
y derribaré tus árboles idolátricos.
Y en ira y furor haré venganza en tus gentes
que no quisieron escucharme.

Los paganos de hoy celebran “el día del Niño” y des¬pués se vuelven a sus espiritismos; cuando no lo celebran con hechicerías o con excesos paganos o animales. El cristiano celebra la Noche Buena con santa alegría, pero con profundo sobrecogimiento.

Os anuncio una gran alegría
Que será para todos los pueblos:
Hoy os nació en la ciudad de David
Un Salvador, el Mesías y el Señor.
Y ésta es la señal: encontraréis un niñito
envuelto en pañales
y reclinado en un pesebre,

dijo el Ángel a los pastores.

El acontecimiento de los acontecimientos fue anuncia¬do antes que a todos a unos pobres pastores que velaban en tomo de una hoguera en la noche helada. Ellos cre¬yeron, y corrieron, y hallaron “lo que el Señor les había hecho saber”; aunque al ver al espíritu luminoso “te¬mieron grandemente”; mas no pudieron temer al rey de los ángeles hecho niño pequeño. Ellos fueron los pri¬meros ciudadanos del Reino, y sus primeros evangelistas. Ellos presenciaron el júbilo de los “ejércitos celestiales” sobre la caravanera, después de María y José, y antes que los Magos. Salieron contando el suceso y hubo pas¬mo y una gran esperanza entre la pobre gente. “Pero María conservaba todas estas palabras rumiándolas en su corazón”. De ella sin duda las obtuvo muchos años después el médico griego meturgemán de San Pablo llamado Lucas, el evangelista de la niñez de Cristo y de la virginidad de María, de quien se dice también que hizo una pintura de Nuestra Señora; porque era tan mal médico y mal pintor como excelente “recitador”.

Tunc prius ignaris pastoribus ille creatus
Emicuit, quia Pastor erat. ..,

canta el poeta latino Sedulius:

Por eso primero que a todos a pobres pastores
Mostróse; porque era Pastor….

La palabra “primogénito” que pone San Lucas, ha dado pie a muchos herejes (Joviniano, Hevidio, Ebión y Euno¬mio; así como algunas sectas protestantes) para aseverar que la Santísima Virgen Nuestra Señora tuvo después de Cristo otros hijos; cosa que reproduce el judío Schalom Asch en su pesado novelón que como “historia de Cris¬to” escribió con el título de El Nazareno. Pero la pala¬bra griega protótokon significa tanto primogénito, como unigénito, según los peritos. Es como la palabra prime¬riza que usan los libros de Medicina, que se refiere al primer parto sin determinar si es único; o uno seguido de otros.

El cántico de los ángeles sobre el khan de Belén (“Glo¬ria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” ) ha sido traducido diversamente y dado pie a muchas discusiones. La traducción más exacta es:

Gloria
en el cielo
a Dios; paz
en la tierra
a los hombres del beneplácito.

Tés eudokías significa en griego a los hombres bien enseñados; es decir, a los creyentes; de los cuales los primeros fueron los Pastores; que si fueron tres pastores –como dice San Agustín– o doce pastores –como dice Teofilacto– no lo sabemos.

San Lucas dice que María “dio a luz su hijo, lo fajó y lo reclinó en el pesebre”, sin ayuda de obstétricas o comadronas: el nacimiento de Cristo fue milagroso y virginal. “Los pañales –escribe San Cipriano de África– están en lugar de las púrpuras, y las fajas en lugar de las holandas de los reyes. La misma madre que da a luz es la obstetriz que presta al recién nacido sus cuidados: lo toca, lo abraza, lo besa, lo amamanta; todo ello inun¬dada de gozo. No hay en este parto dolor ni lesión alguna… Por sí mismo se desprendió del árbol este fruto maduro”.

La tradición del pueblo cristiano ha retenido desde los primeros tiempos que había en el khan de Belén una mula y un buey: los Santos Padres antiguos se han com¬placido en aplicar a los dos humildes animales el ver¬sículo de Isaías, I, 3: “Conocerá el buey a su dueño – Y el asno el pesebre de su Señor”. La tradición española tiene que San José llevaba el buey para pagar el tributo al Déspota Imperial, y la mula para cabalgadura de Ma¬ría; puesto que de Nazareth a Belén hay cuatro días de camino a pie. El bueno de Maldonado se opone a esta tradición, diciendo que si tenían una mula no eran tan pobres, y no les hubieran negado lugar en la fonda. Pero ¿no se puede ser pobre y tener una pobre mula?

Para mí que la mula fue prestada.

Y así pasó esa noche que habría de ser recordada como Buena por excelencia en todo el mundo por siglos sin fin, sin que nada pasara en el mundo fuera de un movi¬miento de pastores y una nueva estrella desconocida que vieron tres astrónomos caldeos en el cielo de Oriente. El Verbo de Dios se hizo hombre, y los periodistas de aquel tiempo no se enteraron de nada. Pasó la noche y vino el Alba y un nuevo día. “Caído se le ha un clavel – Hoy a la Aurora del seno…”.

“Y pecaron los hombres como todos los días”, dijo el poeta Paúl Fort. Esto se puede poner en verso ¿por qué no? por lo menos para no aparecer como enemigo de los “villancicos”.

Hoy ha nacido un niño y hay un gran parabién
Hay cánticos de ángeles y hay luces en Belén.
Hoy ha nacido un niño: una mula lo aceza
Un obrero lo adora y una virgen lo besa.
Hoy ha nacido un niño; y unos pobres pastores

Vienen de prisa a verlo con corderos y flores.
Gloria a Dios en los cielos, paz a los que han creído

¿Cuál pensáis será el nombre de este recién nacido?
Paz a los que han creído y a los que han de creer
¿Quién pensáis será Este nacido de mujer?
Hoy ha nacido un niño muy antiguo de días
Más que el Hermón nevado con su testa de armiño
Que viene de las últimas místicas lejanías
Hoy ha nacido un niño y es Dios que se ha hecho niño
Y pecaron los hombres como todos los días.

El pueblo judío era un buey pesado y bruto; y era cabezudo como una mula y tan ignorante y mistificado como el pueblo argentino: tenía que haber pensado que si Dios se hacía hombre –si se realizaba en el mundo la perfección de la Humanidad en un hombre– ese hombre iba a pasar desapercibido, y que había que abrir bien los ojos. Así que el buey reconoció a su Señor; y el Pueblo Elegido pasó la Noche Buena como todas las otras noches; y sigue pasándola.

(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 426 – 432)

EVANGELIO DEL ADVENIMIENTO

El Prólogo del Evangelio de San Juan, cuya estructura lingüística hemos ilustrado someramente, contiene la doc¬trina de Logos, o Verbo de Dios. Es una palabra griega original en el Evangelio, que Jesucristo no usó; pero que corresponde a la palabra sophía o sapiencia, que Jesús usó y que entronca en los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Cristo, dice San Juan, es el Lo¬gos, o la Sabiduría, del Padre; y es Dios y es hombre; y es la vida del hombre.

Logos significaba en ese tiempo para los griegos “pa¬labra, razón, conocimiento, comprensión, sentido, ciencia, cordura, sabiduría…”. Era un concepto sumamente com¬presivo y sumamente prestigioso –cuasi mágico– en los medios helenísticos, cultivados en la filosofía de Herá¬clito, de Platón y de Filón de Alejandría.

La escuela de crítica racionalista, que nace en el siglo pasado del protestantismo –con Lessing– y desemboca en el ateísmo –con Wrede, Brandes– pretendió que San Juan se había apoderado del concepto de Logos di¬vino de la filosofía panteísta griega y lo había injertado en la tradición evangélica; haciendo así de Cristo un Dios, cosa que a Cristo y sus primeros discípulos no se les habría ocurrido nunca. Y para eso identifican el Lo¬gos de San Juan con el Logos de Philón: filósofo judío del siglo I, que construyó un sistema de filosofía plató¬nica sobre la base de los libros mosaicos, fuertemente teñida de panteísmo.

La verdad es que entre el Logos de Juan y el de Philón media un abismo: el Logos de Philón–tomado de la fi¬losofía estoica, que a su vez lo recibiera de Heráclito y Anaxágoras–es la Razón de Dios, la cual es el instrumento de la creación del mundo, a la manera de la razón operativa o la técnica del artista, por intermedio de la cual el artista crea la obra de arte. Mas el Logos de San Juan es una persona divina que se encarna en un hombre; y que no solamente está en –el seno de– Dios sino que está con o cabe Dios; puesto que el verbo era (eén) significa identidad en griego y la preposición cabe (pará) significa una distinción. La inteligencia de Dios tiene en Dios una vida personal, tanto que pudo bajar a la tierra y hacerse hombre: “y el Verbo se hizo carne y habitó entre [y en] nosotros”.

Juan tomó el término del vocabulario filosófico de su tiempo; y también su sentido principal, concretándolo y aplicándolo al “Hijo del Hombre” e “Hijo de Dios” de los Sinópticos; entre otros motivos, para significar un modo de generación enteramente espiritual, no asimilable a la generación carnal que conocemos: “Los que no de las sangres, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del varón; sino que de Dios son nacidos”. Los musul¬manes actuales, lo mismo que los gnósticos antiguos, no pueden acordar –y con razón– que Dios haya tenido un Hijo carnal. Mas la generación del Verbo no es carnal.

La generación eterna del Verbo no puede compararse –y aun así permanece arcana– sino con la formación misteriosa del conocer en el alma del Hombre. Dios se conoce a sí mismo, y en sí a todas las cosas, y ese cono¬cimiento es su “Hijo”. Esta es la última palabra que el intelecto humano, bajo el influjo de la Revelación, pue¬de pronunciar sobre el misterio de la vida divina, inacce¬sible naturalmente a sus alcances.

¿Qué era el Logos para la cultura helénica? Era. para algunos, un ser intermediario entre Dios y el mundo (Plotino); para otros (Philón) era la razón divina es¬parcida por la creación, distinguiendo a los seres y or¬ganizándolos; pero era también otra cosa, pues el tér¬mino no había llegado a esos sentidos técnicos sino acom¬pañado por una nube de asociaciones que lo matizaban. Todo lo que hay de serio de razonable, de ordenado (lo bello, lo regulado, lo conveniente, lo legítimo), todo lo que era universal, armonioso y musical se agrupaba para el espíritu griego en torno del Logos, que era como la medida y el ideal de las cosas. Para formarse una idea piénsese en lo que significaba para los hombres del si¬glo XVIII el nombre mágico de Razón: liberamiento, sapiencia, virtud, progreso, luces; todo lo que inspira, desde hace cien años, la palabra Ciencia; lo que sugiere a nuestros contemporáneos el término Vida; palabras-¬símbolo de significado indeterminado y fuerte carga afec¬tiva: los talismanes o banderines de la época. Son como resúmenes del ideal de una época, llenos de sugestión por su misma vaguedad; indicadores de una solución que todo el mundo busca, pero no la solución misma, a no ser como silueta y como germen… La solución que tendrá más chances de triunfar será aquella que hará tomar cuerpo de la manera más clara a un mayor número de nociones apuntadas y de aspiraciones inquie¬tas, que vivían como en difusión en la Gran Palabra. Ahora bien, San Juan respondió maravillosamente a ese movimiento de gestación aplicando la Palabra Magné¬tica en forma precisa a Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios –fiel a la tradición bíblica del Libro de la Sabiduría–; y así respondió a los deseos de las almas grie¬gas, a las cuales la teoría de un Logos nebuloso, difun¬dido impersonalmente en las cosas, intermedio más bien que mediador, sombra de Dios más bien que Dios, no podía llenar perfectamente. Juan “evangeliza” a la vez para los judíos y para los gentiles.

Después de haber señalado a Cristo como el Verbo del Padre, Juan lo hace sucesivamente la Vida, la Luz la Gloria, la Gracia y la Verdad de Dios; Engendrador a su vez de una nueva vida en “todos cuantos lo reci¬bieren”. El comienza por ser la luz de todos los nacidos, porque imprime en toda alma mortal la imagen de Dios en forma de razón y de conciencia; y es después el prin-cipio de la luz sobrenatural de la fe, por la cual el hom¬bre es levantado a una nueva filiación, la adopción di¬vina. La gracia y la verdad son sus dones, de cuya ple¬nitud todos recibimos; una verdad trascendente que sólo se da por la gracia, gratuitamente.

La doctrina del Logos en Juan se resume por tanto así: el Cristo, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios son uno, y ese uno es uno con su Padre, y se ha unido a la natu¬raleza humana tomando su carne y alma; él llama a to¬dos los hombres a la verdad, y por ella a la unidad. Pero la unidad del Verbo con el Hombre siendo en la carne, y permaneciendo los discípulos en el mundo, esa unidad debe volverse y hacerse sensible; y se vuelve sensible en una sociedad humana, simbolizada en la imagen del Rebaño y el Pastor. Y como el Buen Pastor natural y primogénito se aleja por un tiempo de este mundo, ha designado un Sub Pastor en la persona de Pedro. Cuan¬do Juan escribía, Pedro había seguido ya a su Maestro; pero esto no turba a Juan: sabe que la Providencia ha proveído a la necesidad de la clave de estructura de la sociedad cristiana en la persona de los sucesores de Pe¬dro. Como está repetido tantas veces en el largo Sermón–Despedida de Cristo antes de su Pasión, esta unidad de la sociedad cristiana está asegurada; y ella se verifica en la fe y en la caridad.

Los que sienten tan fuertemente hoy día la necesidad de la unión de los discípulos de Cristo, deben advertir que esa unión sólo es posible en la fe y en la caridad. Hoy día hay algunos que, dejando de lado la fe, insisten en efectuar la unión en la caridad: es imposible. El protestantismo hoy día –no así en sus comienzos– ago¬tado en la discusión interminable de las variaciones dog¬máticas producidas por el “libre examen”, ha acabado por arrojar “los dogmas” por la borda y forcejea por uni¬ficar a los cristianos en una vaga adhesión personal a Cristo, que se vuelve un puro sentimentalismo. Pero el primer lazo de unión es la verdad, y la verdad no puede ser diferente y contradictoria dentro de sí misma. Otros en cambio pretenden mantener la unión sobre la fe sola.
Este es el estado de las iglesias católicas cuando de¬caen: sus fieles creen todos lo mismo así media a bulto (recitan el mismo Credo de memoria) pero no están unidos entre sí en hermandad real: ni se conocen entre ellos a veces; oyen misa codo con codo en un gran edi¬ficio –que fácilmente puede ser quemado– reciben la “comunión” cada uno por su lado, y después se van a sus negocios; y quiera Dios que no a tirarse, unos a otros, flechazos o coces. No es esta una “iglesia” propia¬mente hablando; no hay Iglesia de Cristo sin caridad. La fe sin obras es muerta, y la obra por excelencia de la fe es la caridad, la comunión de las almas. “obras obras!” decía Santa Teresa; en el mismo tiempo en que Lutero clamaba “¡Fe, fe!” y declaraba a las obras (a las obras exteriores al principio, después a todas en general) como inútiles para la salvación. Y realmente, si hubiesen estado vigentes las “obras” de Santa Teresa (obras de verdadera caridad, externas e internas a la vez) en la Alemania de Lutero, el renegado sajón no se hubiese le¬vantado, o hubiese caído de inmediato, sin separar de la Iglesia un medio mundo.

El sifilítico Enrique VIII escribió una obra en defensa de la fe en el Santísimo Sacramento contra Lutero, que le mereció de la Santa Sede el título honorífico de “Defen¬sor fidei”, que aún llevan los Reyes de Inglaterra; pero eso no le impidió quebrar el vínculo de la Iglesia inglesa con la Iglesia Universal, y precipitar a Inglaterra y con ella a media Europa en el cisma primero y luego en la herejía. Nunca renegó de la fe; pero se divorció de la caridad. (Y, entre paréntesis, inventó el divorcio).

Porque la fe debe engendrar caridad, y la caridad debe vivir de la fe; y sin eso, no hay unidad. Roguemos por la Iglesia Argentina .

(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 144-150)

SANTOS PADRES

SERMÓN 9
DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

La grandeza de las obras divinas excede ciertamente, dilectísimos, y sobrepuja a cuanto pueden expresar las palabras humanas, y de ahí nace la imposibilidad de hablar de donde se origina el motivo que nos impide callar. Por lo que dice el profeta de Cristo Jesús, Hijo de Dios, ¿quién podrá contar su generación? (Is., 53, 8), se refiere a él no sólo en cuanto Dios; sino también en cuanto hombre. Que dos naturalezas se junten en una sola persona si la fe no lo dijera, nuestra razón no lo explica; de ahí nunca falta materia de alabanza, porque nadie puede agotar los motivos de alabar. Alegrémonos, pues, de ser incapaces de celebrar misterio tan grande de misericordia; y al no poder explicar la sublimidad de nuestra redención, tengamos a dicha el ser vencidos por este beneficio. Nadie está más cercano del conocimiento de la verdad, en tratándose de cosas divinas, que quien comprende que a pesar de haber avanzado mucho (en su conocimiento), aún le queda más por investigar. Pues quien crea haber llegado a la meta de su investigación no sólo no ha dado con lo que buscaba, sino que ha fracasado en su inquisición. Mas para no acongojarnos por la limita¬ción de nuestra debilidad, nos ayudan las voces evangélicas y proféti¬cas, que de tal modo nos enfervorizan e instruyen, que podemos cele¬brar la natividad del Señor, por lo cual el Verbo se hizo carne, no sólo como cosa pasada sino como algo presente y actual. Pues lo que el Ángel anunció a los pastores mientras velando guardaban sus reba¬ños, también resuena en nuestros oídos. Y por lo mismo estamos al frente de las ovejas del Señor, porque las palabras anunciadas desde el cielo las conservamos en los oídos del corazón, como si se nos dijera en la fiesta de hoy: Os anuncio un gran gozo, que será también para todo el pueblo; os ha nacido en el día de hoy el Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David (Luc., 2, 10). Como colofón de semejante nueva únese el regocijo de innumerables ángeles (para que resultase más excelente el testimonio con los cánticos de la milicia celestial), que cantaba esta alabanza en honor de Dios: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Luc., 2, 14). Es gloria de Dios la infancia de Cristo, naciendo de una madre virgen y la redención del género humano redunda con razón en alabanza de su autor, porque ya a la misma Santa María había dicho el ángel Gabriel, enviado por Dios: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por ello lo santo que nazca de ti será llamado Hijo de Dios (Luc., 1, 35). En la tierra es concedida aquella paz que hace a los hombres de buena voluntad. Con los mismos sentimientos con que nació Cristo de las entrañas de una madre virgen así renace el cristiano del seno de la Santa Iglesia y para él la verdadera paz debe consistir en no separarse de la voluntad de Dios y gozarse únicamente en lo que agrada a Dios.

Al celebrar, carísimos hermanos, el día del nacimiento del Señor, que es el día más señalado entre los de tiempos pasados, aunque haya transcurrido el orden de las acciones corporales (de Cristo) conforme al eterno consejo, y toda la humildad del Redentor ha sido sublimada hasta la gloria de la majestad del Padre, tanto que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria del Padre (Fil., 2, 10), sin embargo, nosotros adoramos continuamente el parto de la salutífera Virgen, y aquella indisoluble unión del Verbo y la carne no menos la reverenciamos postrada en el pesebre que sentada en el trono de la majestad paterna. La divinidad inmutable, aunque dentro de si continuaba encerrando su gloria y su poder, no porque estuviera oculta a la vista humana iba a dejar de estar unida al recién nacido, mas por unos principios tan extraños de hombre verdadero debía reconocérsele al engendrado como Señor e hijo a la vez de David. Este había dicho con espíritu profético: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha. Con este testimonio, como refiere el evangelio, fue refutada la impiedad de los judíos. Como al preguntar Jesús a los judíos de quién decía hijo al Cristo, le contestasen de David, al momento, acusando el Señor su ceguera, respondió: ¿Cómo, pues, David le llama en espíritu Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha? Os cerrasteis, oh judíos, el camino de inteligencia, y al no querer ver más que la naturaleza carnal, os pri¬vasteis de toda la luz de la verdad. No considerando, conforme a vuestras particulares invenciones, en el hijo de David más que su procedencia corporal, al no poner vuestra esperanza más que en el hombre, rechazáis a Dios. Hijo de Dios; y de esta manera, lo que nosotros tenemos por honra confesar no os puede a vosotros aprovechar. Pues también nosotros, cuando nos preguntan de quién es hijo Cristo, contestamos con palabras del Apóstol, que nació de des¬cendencia de David, según la carne (Rom., 1, 2), y esto mismo lo aprendemos del comienzo de la predicación evangélica al leer: Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David (Mt., 1,1). Pero precisa¬mente nos apartamos de vuestra impiedad, porque al mismo que reco¬nocemos como nacido de la familia de David, según que el Verbo se hizo carne (Jo., 1, 14), le creemos Dios coeterno de Dios Padre. Por tanto, oh Israel, si conservaras la dignidad de tu nombre y repasaras los anuncios proféticos sin corazón obcecado, Isaías te descubriría la verdad evangélica, y de no estar sordo oirías lo que dice por inspira¬ción divina: He aquí que una virgen concebirá en su seno y parirá un hijo, y será llamado su nombre Emmanuel, que quiere decir, Dios con nosotros (Is., 7, 14-17). Mas si no lo veías claro en el significado propio de nombre tan divino, al menos lo habrías aprendido en las mismas palabras de David y no negarías a Jesucristo como hijo de David en contra de lo que testifican el nuevo y viejo Testamento, ya que no le confiesas Señor de David.

Por lo cual, muy amado, puesto que por la inefable gracia de Dios la Iglesia de los fieles gentiles ha conseguido lo que la sinagoga de los judíos carnales no mereció, al decir David: El Señor ha revelado su salvación, entre las gentes ha revelado su justicia (Ps., 92, 2); y predicando lo mismo Isaías: El pueblo que estaba sentado en tinie¬blas ha visto una gran luz, a los que moraban en la región de som¬bras mortales les ha nacido un resplandor (Is., 9,2), y también: Las gentes que no te conocían, te invocarán, y los pueblos que no tenían noticia de ti, irán hacia ti (Is., 55, 5), regocijémonos en el día de nuestra salvación y elegidos por el Nuevo Testamento para tomar parte con aquél, a quien dice el Padre por el profeta: Tú eres mi Hijo, y hoy te he engendrado. Pídeme y te daré las gentes como herencia y por posesión los confines de la tierra (Ps., 2, 7), gloriémonos en la misericordia del que nos adopta, porque como dice el apóstol: No habéis recibido espíritu de esclavos en temor, sino que habéis recibi¬do espíritu de adopción de hijos, con él cual clamamos, Abba, Padre (Rom., 8, 15). Es por todo digno y conveniente que la voluntad mani¬festada por el Padre se cumpla por los hijos en adopción, y al decir el Apóstol, Si padecemos juntamente, juntamente seremos glorificados (Rom., 8, 17), sean ahora participantes de las humillaciones de Cristo, los que serán coherederos de la gloria venidera. Honremos en su infancia al Señor, ni tengamos como menoscabo de la divinidad estos comienzos y crecimientos corporales, porque a la naturaleza que no cambia (la naturaleza divina) nada le añade ni le quita nuestra natura¬leza, sino que aquél que quiso hacerse como los hombres en la seme¬janza de la carne, permanece igual al Padre en la unidad de divinidad; con quien el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

SAN LEÓN MAGNO, Sermones escogidos, sermón 9 de la natividad del Señor, Apostolado Mariano Sevilla 1990, 30-33

Natividad del Señor

Queridos hermanos y hermanas:
«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.
En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.
En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono —la Cruz— corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s). Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada. Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico —siempre según los Padres— tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: “Padre nuestro que estás en los cielos”, él se pregunta: ¿qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: “El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado” (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado “tierra”, así, por el contrario, el justo puede llamarse “cielo”» (Serm. in monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Basílica Vaticana 25 de diciembre de 2007

Natividad del Señor

1. «Populus, quí ambulabat in tenebris, vidit lucem magnam – El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande» (Is 9, 1).

Todos los años escuchamos estas palabras del profeta Isaías, en el contexto sugestivo de la conmemoración litúrgica del nacimiento de Cristo. Cada año adquieren un nuevo sabor y hacen revivir el clima de expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son típicos de la Navidad.

Al pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, se le apareció «una gran luz». Sí, una luz verdaderamente «grande», porque la que irradia de la humildad del pesebre es la luz de la nueva creación. Si la primera creación empezó con la luz (cf. Gn 1, 3), mucho más resplandeciente y «grande» es la luz que da comienzo a la nueva creación: ¡es Dios mismo hecho hombre!

La Navidad es acontecimiento de luz, es la fiesta de la luz: en el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo de la humanidad y despeja las nubes del pecado. El fulgor del triunfo definitivo de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza.

2. «Habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9, 1).

El anuncio gozoso que se acaba de proclamar en nuestra asamblea vale también para nosotros, hombres y mujeres en el alba del tercer milenio. La comunidad de los creyentes se reúne en oración para escucharlo en todas las regiones del mundo. Tanto en el frío y la nieve del invierno como en el calor tórrido de los trópicos, esta noche es Noche Santa para todos.

Esperado por mucho tiempo, irrumpe por fin el resplandor del nuevo Día. ¡El Mesías ha nacido, el Emmanuel, Dios con nosotros! Ha nacido Aquel que fue preanunciado por los profetas e invocado constantemente por cuantos «habitaban en tierras de sombras». En el silencio y la oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta quizás esta certeza de fe con la realidad histórica en que vivimos? Si escuchamos las tristes noticias de las crónicas, estas palabras de luz y esperanza parecen hablar de ensueños. Pero aquí reside precisamente el reto de la fe, que convierte este anuncio en consolador y, al mismo tiempo, exigente. La fe nos hace sentirnos rodeados por el tierno amor de Dios, a la vez que nos compromete en el amor efectivo a Dios y a los hermanos.

3. «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2, 11).

En esta Navidad, nuestros corazones están preocupados e inquietos por la persistencia en muchas regiones del mundo de la guerra, de tensiones sociales y de la penuria en que se encuentran muchos seres humanos. Todo buscamos una respuesta que nos tranquilice.

El texto de la Carta a Tito que acabamos de escuchar nos recuerda cómo el nacimiento del Hijo unigénito del Padre «trae la salvación» a todos los rincones del planeta y a cada momento de la historia. Nace para todo hombre y mujer el Niño llamado «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9, 5). Él tiene la respuesta que puede disipar nuestros miedos y dar nuevo vigor a nuestras esperanzas.

Sí, en esta noche evocadora de recuerdos santos, se hace más firme nuestra confianza en el poder redentor de la Palabra hecha carne. Cuando parecen prevalecer las tinieblas y el mal, Cristo nos repite: ¡no temáis! Con su venida al mundo, Él ha derrotado el poder del mal, nos ha liberado de la esclavitud de la muerte y nos ha readmitido al convite de la vida.

Nos toca a nosotros recurrir a la fuerza de su amor victorioso, haciendo nuestra su lógica de servicio y humildad. Cada uno de nosotros está llamado a vencer con Él «el misterio de la iniquidad», haciéndose testigo de la solidaridad y constructor de la paz. Vayamos, pues, a la gruta de Belén para encontrarlo, pero también para encontrar, en Él, a todos los niños del mundo, a todo hermano lacerado en el cuerpo u oprimido en el espíritu.

4. Los pastores «se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho» (Lc 2, 17).

Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del encuentro con este «Niño envuelto en pañales», en el cual se revela el poder salvador del Omnipotente. No podemos limitarnos a contemplar extasiados al Mesías que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser sus testigos.
Hemos de volver de prisa a nuestro camino. Debemos volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida!
En Él se nos ha dado el amor.

5. «Un Niño nos ha nacido…»

Te acogemos con alegría, Omnipotente Dios del cielo y de la tierra, que por amor te has hecho Niño «en Judea, en la ciudad de David, que se llama Belén» (cf. Lc 2, 4).
Te acogemos agradecidos, nueva Luz que surges en la noche del mundo.
Te acogemos como a nuestro hermano, «Príncipe de la paz», que has hecho «de los dos pueblos una sola cosa» (Ef 2, 14).

Cólmanos de tus dones, Tú que no has desdeñado comenzar la vida humana como nosotros. Haz que seamos hijos de Dios, Tú que por nosotros has querido hacerte hijo del hombre (cf. S. Agustín, Sermón 184).
Tú, «Maravilla de Consejero», promesa segura de paz; Tú, presencia eficaz del «Dios poderoso»; Tú, nuestro único Dios, que yaces pobre y humilde en la sombra del pesebre, acógenos al lado de tu cuna.

¡Venid, pueblos de la tierra y abridle las puertas de vuestra historia! Venid a adorar al Hijo de la Virgen María, que ha venido entre nosotros en esta noche preparada por siglos.
Noche de alegría y de luz.
¡Venite, adoremus!

Homilia de San Juan Pablo II en la Noche Buena del 24 diciembre de 2001

EJEMPLOS PREDICABLES

Los que más disfrutan de la Navidad son los niños y los que tienen un alma de niño.

Hay que ser como niño para poder llevar ante el pequeño Jesús todos los pecados, preocupaciones, tristezas, todos los desalientos, las caídas y desesperanzas y para no tener pena de acercarse a ese Redentor. Un enfermo no tiene miedo de ir al médico puesto que sabe que lo va a intentar curar. El que sufre una enfermedad del alma va en busca de Cristo Redentor, ¿quién tiene miedo de ese Salvador que tiene cara de niño?

Y se necesita ser niño para decirle: «Te necesito. Vengo cansado de ir por tantos caminos de la vida. No he encontrado la verdadera paz lejos de Ti. Por eso, me pongo en fila donde está Zaqueo y María Magdalena, el buen ladrón y tantos otros pecadores que van con la mano abierta para pedir esa felicidad y esa paz que no han encontrado». Y pedir con fe, para saber que se va recibir esa gracia.

Ser como niño para pedir con la fuerza de la necesidad cuando de veras se siente. Un pobre que pide limosna no necesita inventar un discurso para decir que tiene hambre. Nosotros no necesitamos inventarlo para decirle a Dios que tenemos hambre y sed de una verdadera felicidad.

Se necesita ser niño para estar seguros que ese Redentor puede curar todos nuestros males. Puede convertir mi tristeza en alegría porque es todopoderoso, mi enfermedad en salud, mi desesperanza en confianza, mis tinieblas en luz.

Cristo ha sido para millones de seres humanos, el camino, la verdad y la vida. También puede ser eso mismo para mi, para ti en esta Navidad.

Para todos los pecados, infidelidades y debilidades, hay perdón. Para todas las dudas, problemas, dificultades, los «no puedo», hay respuesta y ayuda. Para todas las ilusiones muertas hay probabilidades de una resurrección.

Para ti, para mí hay solución. Tú tienes solución, si te acercas a ese Niño con fe y le dices con los labios, con el corazón y la mente: «¡Señor, si quieres, puedes curarme!»

Brindo por ese Dios que no nos trae propaganda, palabras o promesas vacías, por ese Redentor que sabe la grave enfermedad del hombre y que se arriesga a venir (…).

Brindo también por ese Dios que sigue esperando que el hombre le vuelva a decir en esta Navidad: «te sigo amando». Ese Dios, ese Redentor, ese Niño de Belén es tuyo.

Si alguna vez de niño, joven o de adulto viviste una Navidad auténticamente feliz, en paz con Dios, contigo mismo y con los demás, esta Navidad puede ser igual, puede incluso ser mejor todavía.

Deseo a cada uno una verdadera Navidad que es aquella en la que Dios es aceptado dentro de casa.

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