Un tratado para para los fieles devotos de la Virgen Santísima

Preparación para la consagración a María

Introducción[1]:

El tratado de la Verdadera devoción debe ser conocido por todos los fieles devotos de la Virgen Santísima

Hace ciento sesenta años[2] se publicaba una obra destinada a convertirse en un clásico de la espiritualidad mariana. San Luis María Grignion de Montfort compuso el Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen a comienzos del año 1700, pero el manuscrito permaneció prácticamente desconocido durante más de un siglo. Finalmente, en 1824 fue descubierto casi por casualidad, y en 1843, cuando se publicó, tuvo un éxito inmediato, revelándose como una obra de extraordinaria eficacia en la difusión de la «verdadera devoción» a la Virgen santísima.

A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que «encontré la respuesta a mis dudas», debidas al temor de que el culto a María, «si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo» (Don y misterio, BAC 1996, p. 43).

Bajo la guía sabia de san Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En efecto, el pensamiento mariológico de este santo «está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios» (ib.).

La Iglesia, desde sus orígenes, y especialmente en los momentos más difíciles, ha contemplado con particular intensidad uno de los acontecimientos de la pasión de Jesucristo referido por san Juan:  «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre:  «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo:  «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 25-27). A lo largo de su historia, el pueblo de Dios ha experimentado este don hecho por Jesús crucificado:  el don de su Madre. María Santísima es verdaderamente Madre nuestra, que nos acompaña en nuestra peregrinación de fe, esperanza y caridad hacia la unión cada vez más intensa con Cristo, único salvador y mediador de la salvación (cf. Lumen gentium, 60 y 62).

Como es sabido, en mi escudo episcopal, que es ilustración simbólica del texto evangélico  recién citado, el lema Totus tuus se inspira en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort (cf. Don y misterio, pp. 43-44; Rosarium Virginis Mariae, 15).

Estas dos palabras expresan la pertenencia total a Jesús por medio de María:  «Tuus totus ego sum, et omnia mea, tua sunt», escribe san Luis María; y traduce:

«Soy todo vuestro, y todo lo que tengo os pertenece, ¡oh mi amable Jesús!, por María vuestra santísima Madre»[3]

La doctrina de este santo ha ejercido un profundo influjo en la devoción mariana de muchos fieles y también en mi vida. Se trata de una doctrina vivida, de notable profundidad ascética y mística, expresada con un estilo vivo y ardiente, que utiliza a menudo imágenes y símbolos.

Sin embargo, desde el tiempo en que vivió san Luis María en adelante, la teología mariana se ha desarrollado mucho, sobre todo gracias a la decisiva contribución del concilio Vaticano II. Por tanto, a la luz del Concilio se debe releer e interpretar hoy la doctrina monfortana, que, no obstante, conserva su valor fundamental.

En esta carta quisiera compartir con vosotros, la meditación de algunos pasajes de los escritos de san Luis María, que en estos momentos difíciles nos ayuden a alimentar nuestra confianza en la mediación materna de la Madre del Señor.

¿En qué consiste la consagración enseñada por San Luis María?

 Ad Iesum per Mariam» A Jesús por María

San Luis María propone con singular eficacia la contemplación amorosa del misterio de la Encarnación. La verdadera devoción mariana es cristocéntrica.

En efecto, como recordó el concilio Vaticano II, «la Iglesia, meditando sobre María con amor, y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración, penetra más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación» (Lumen gentium, 65).

El amor a Dios mediante la unión con Jesucristo es la finalidad de toda devoción auténtica, porque -como escribe san Luis María- Cristo «es el único maestro que debe enseñarnos, es nuestro único Señor de quien debemos depender, nuestro único jefe a quien debemos pertenecer, nuestro único modelo al que debemos conformarnos, nuestro único médico que nos debe sanar, nuestro único pastor que debe alimentarnos, nuestro único camino por donde debemos andar, nuestra única verdad que debemos creer, nuestra única vida que debe vivificarnos, y nuestro único todo en todas las cosas que debe bastarnos» (Tratado de la verdadera devoción, 61, o.c., p. 47).

La devoción a la santísima Virgen es un medio privilegiado «para hallar a Jesucristo perfectamente, para amarle tiernamente y servirle fielmente» (ib., 62, o.c., p. 48).

Este deseo central de «amar tiernamente» se dilata enseguida en una ardiente oración a Jesús, pidiendo la gracia de participar en la indecible comunión de amor que existe entre él y su Madre.

La orientación total de María a Cristo, y en él a la santísima Trinidad, se experimenta ante todo en esta observación:

«Porque no pensaréis jamás en María sin que María, por vosotros, piense en Dios;
no alabaréis ni honraréis jamás a María, sin que María alabe y honre a Dios.
María es toda relativa a Dios, y me atrevo a llamarla la relación de Dios, pues sólo existe con respecto a él, o el eco de Dios, ya que no dice ni repite otra cosa más que Dios.
Si dices María, ella dice Dios.

Santa Isabel alabó a María y la llamó bienaventurada por haber creído, y María, el eco fiel de Dios, exclamó:  Mi alma glorifica al Señor. Lo que en esta ocasión hizo María, lo hace todos los días; cuando la alabamos, la amamos, la honramos o nos damos a ella, alabamos a Dios, amamos a Dios, honramos a Dios, nos damos a Dios por María y en María»[4].

También en la oración a la Madre del Señor san Luis María expresa la dimensión trinitaria de su relación con Dios:

«Te saludo, María, hija predilecta del Padre eterno.
Te saludo, María, Madre admirable del Hijo.
Te saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo»[5]

Esta expresión tradicional, que ya usó san Francisco de Asís[6], aunque contiene niveles heterogéneos de analogía, es sin duda eficaz para expresar de algún modo la peculiar participación de la Virgen en la vida de la santísima Trinidad.

San Luis María contempla todos los misterios a partir de la Encarnación, que se realizó en el momento de la Anunciación. Así, en el Tratado de la verdadera devoción María aparece como «el verdadero paraíso terrenal del nuevo Adán», la «tierra virgen e inmaculada» de la que él fue modelado (n. 261). Ella es también la nueva Eva, asociada al nuevo Adán en la obediencia que repara la desobediencia original del hombre y de la mujer (cf. ib., 53; san Ireneo, Adversus haereses, III, 21, 10-22, 4).

Por medio de esta obediencia, el Hijo de Dios entra en el mundo. Incluso la cruz ya está misteriosamente presente en el instante de la Encarnación, en el momento de la concepción de Jesús en el seno de María. En efecto, el ecce venio de la carta a los Hebreos (cf. Hb 10, 5-9) es el acto primordial de obediencia del Hijo al Padre, con el que aceptaba su sacrificio redentor «ya cuando entró en el mundo».

«Toda (…) nuestra perfección -escribe san Luis María Grignion de Montfort- consiste en estar conformes, unidos y consagrados a Jesucristo;

la más perfecta de todas las devociones es sin duda alguna la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a este acabado modelo de toda santidad;

y pues que María es entre todas las criaturas la más conforme a Jesucristo, es consiguiente que, entre todas las devociones, la que consagra y conforma más un alma a nuestro Señor es la devoción a la santísima Virgen, su santa Madre, y cuanto más se consagre un alma a María, más se unirá con Jesucristo»[7].

San Luis María, dirigiéndose a Jesús, expresa cuán admirable es la unión entre el Hijo y la Madre:  «de tal modo está ella transformada en vos por la gracia, que no vive, no existe, sino que sólo vos, mi Jesús, vivís y reináis en ella… ¡Oh! si fuere conocida la gloria y el amor que recibisteis, Señor, en esta admirable criatura… María os está tan íntimamente unida…; porque ella os ama más ardientemente y os glorifica más perfectamente que todas vuestras criaturas juntas»[8].

Rezar los misterios del Rosario del día correspondiente

Rezar o cantar las letanías a María Santísima

 

LETANIAS A LA VIRGEN

Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial,

ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo,

Dios, Espíritu Santo,

Santísima Trinidad, un solo Dios,

Santa María,

ruega por nosotros.

Santa Madre de Dios,

Santa Virgen de las Vírgenes,

Madre de Cristo,

Madre de la Iglesia,

Madre de la divina gracia,

Madre purísima,

Madre castísima,

Madre siempre virgen,

Madre inmaculada,

Madre amable,

Madre admirable,

Madre del buen consejo,

Madre del Creador,

Madre del Salvador,

Madre de misericordia,

Virgen prudentísima,

Virgen digna de veneración,

Virgen digna de alabanza,

Virgen poderosa,

Virgen clemente,

Virgen fiel,

Espejo de justicia,

Trono de la sabiduría,

Causa de nuestra alegría,

Vaso espiritual,

Vaso digno de honor,

Vaso de insigne devoción,

Rosa mística,

Torre de David,

Torre de marfil,

Casa de oro,

Arca de la Alianza,

Puerta del cielo,

Estrella de la mañana,

Salud de los enfermos,

Refugio de los pecadores,

Consoladora de los afligidos,

Auxilio de los cristianos,

Reina de los Ángeles,

Reina de los Patriarcas,

Reina de los Profetas,

Reina de los Apóstoles,

Reina de los Mártires,

Reina de los Confesores,

Reina de las Vírgenes,

Reina de todos los Santos,

Reina concebida sin pecado original,

Reina asunta a los Cielos,

Reina del Santísimo Rosario,

Reina de la familia,

Reina de la paz.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

ten misericordia de nosotros.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.

Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN.

Te rogamos nos concedas,

Señor Dios nuestro,

gozar de continua salud de alma y cuerpo,

y por la gloriosa intercesión

de la bienaventurada siempre Virgen María,

vernos libres de las tristezas de la vida presente

y disfrutar de las alegrías eternas.

Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

 

[1] San Juan Pablo II, 8 de diciembre de 2003, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

[2] Actualmente son 178 años.

[3] Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen, 233, Editorial Esin, S.A., Barcelona, 1999, p. 150

[4] ib., 225, o.c., p. 146

[5] El Secreto de María, 68

[6] cf. Fuentes franciscanas, 281

[7] Tratado de la verdadera devoción, 120, o.c., p. 83

[8] ib., 63, o.c., p. 49

1 comentario
  1. Eliana Dice

    Perdón sin querer,borré el comentario.
    Acá,va más corto.
    Tenemos la inmensa gracia del don de la Fe,de ser Bautizada, Confirmada,en la Verdad. Tratar de SER,en esencia la sal de la vida,el camino,ayudar a llevar lal luz…
    Doy gracias a Dios por las hermanas Servidoras de la Virgen María de Matará y del IVES…
    Ahora es el tiempo,del amor más puro a la Virgen María y la Santa Eucaristía.

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