Salvando las distancias, quiero contarles que fue algo así lo que experimenté el domingo pasado.
Luego de celebrar la Misa por la mañana en nuestra Parroquia de Ushetu, recibí un mensaje de un catequista informándome que había una persona enferma en su aldea, la cual necesitaba recibir los sacramentos. Por gracia de Dios, aquí en la misión, contamos con estos catequistas que nos suelen llamar cuando hay enfermos que necesitan los sacramentos. Sin ellos, sería verdaderamente difícil este apostolado.
El asunto no era absolutamente urgente, lo cual me permitió arreglar para ir a verlo por la tarde, y de este modo continuar con los apostolados que tenía programados para ese día.
Luego de los matrimonios, llegaba el tiempo del Oratorio… Unos diez niños ya me esperaban en la puerta de la casa parroquial, ansiosos por recibir las cosas para jugar: sogas, pelotas de fútbol, de vóley, etc. Busqué las cosas y comenzamos el Oratorio. Una vez comenzado, llegó el tiempo de ir a ver a mi enfermo.
El día estaba por demás nublado… el cielo absolutamente cerrado… corría una leve brisa trayendo un fresco un tanto inusual … Agarré la mochila con los óleos, la estola y el libro litúrgico en la sacristía … Y me subí a la moto para empezar viaje (ya que a esta aldea solo se llega en moto, no hay camino para auto).
Intenté encender la moto, pero no arrancaba. Probé varias veces y nada… Empezaban los obstáculos.
Un hombre del coro de la Parroquia, al ver mis estériles intentos por encender la moto, se apiadó de mí y me ayudó. Se acercó y la encendió a la primera vez que probó … Debo reconocer que pasé un poco de vergüenza, la cual se incrementó cuando vi a los niños del Oratorio reírse por la situación. En fin, no hay que pedir peras al olmo.
Comencé mi camino… Los caminos aquí son hermosos, aún más en esta época dónde todo se vuelve verde por la lluvia. Mientras iba manejando la moto, pensaba en varias cosas (realmente estos son paisajes te invitan al pensamiento) … Pensaba: ¿cómo llegué aquí? ¿qué hago aquí? … y ¡!qué voy a hacer aquí!! Sobre todo, pensé esto cuando tocando mi bolsillo, me di cuenta qué me había olvidado el celular y no iba a poder contactar al catequista … ¡!Lo iba a tener que buscar por toda la aldea!! … Pero ya no podía regresar, estaba lejos. Entonces, a seguir.
Es una aldea de muchos paganos… Atravesé toda la aldea ante la mirada atenta de ellos… Me pregunto qué habrá pensado esta gente ante el espectáculo de ver un blanco con sotana que pasa frente a ellos un domingo por la tarde caminando y llevando una moto … Más de uno habrá visto lo que había en su vaso o habrá pensado en el fin del mundo. En fin, solo Dios sabe.
Finalmente, llegué a la casa del enfermo. Me estaba esperando el catequista junto a un grupito de cristianos y varios paganos. La casa era demasiado pequeña, quizás (a ojo) tres metros de largo por tres de ancho. Era baja de altura y se encontraba pegada a la construcción de un horno de tabaco (son hornos que usa la gente para secar las hojas del tabaco, y esta es la época de hacer ese trabajo, por eso el horno estaba encendido) … Estos hornos tiran mucho humo, en especial cuando están mal construidos, como en este caso. La cosa es que la casa del enfermo estaba llena de humo.
Pude entrar a la casa. Casi no se veía nada por la oscuridad y el humo… Era una anciana que se encontraba postrada en una especie de colchón, y alguna sábana… Su nombre, Eva… Respiraba con dificultad… No hablaba… Pude confesarla, darle la unción de los enfermos y la bendición.
Salí de la casa… Me despedí de la gente… Agradecían mucho. Viviendo ahí, en un lugar rodeados de paganos, donde su fe se nutre con poco, ellos agradecen la visita del padre y lo poco, aunque infinito, que uno puede darles. Digo lo “poco” que uno puede darles, porque son solo unos minutos… pero al mismo tiempo lo “infinito” que uno puede darles (a Dios mismo).
De nuevo me preguntaba en el camino de vuelta: ¿cómo llegué aquí? ¿cómo llegué a esta casa en este lugar tan remoto? … Yo no lo sé… Sólo Dios y su infinita misericordia lo sabe.
Mis pensamientos se interrumpieron con los gritos de los niños del Oratorio. Estacioné la moto y fui a jugar con ellos… Un rato al vóley con los jóvenes; un rato al fútbol con los niños; un rato al básquet con las niñas…
Volví a casa ya cayendo la tarde…
Y recordé las palabras de Fulton Sheen: “Ningún sacerdote se ordenó para trabajar un día de ocho horas o una semana de cinco días. Él es ordenado para el reino de Dios… La hora de la siesta no es sagrada; el ´día libre´ no es sagrado. Deben suspenderse estas distracciones legítimas si puede salvarse un alma… El Sacerdote no es dueño de su tiempo, lo es Nuestro Señor”.
Y le agradecí a Dios por la vocación recibida y por nuestra Congregación que nos enseña a ser lo que somos.
Un día después (cuando escribo esta crónica), recibí un mensaje a las cuatro de la tarde: Eva, la señora que recibió ayer los sacramentos, había fallecido.g
¡Bendito sea Dios y su infinita misericordia!
P. Francisco Rossi
Misionero en Tanzania





Comentarios 1
Pido a Dios que por su infinita misericordia la señora Eva descanse en paz. A Maria Santísima pido para que siempre arranque la moto sobre todo cuando hace mucho falta. Hermoso relato suyo Padre Francisco, y si tal parece que un sacerdote una religiosa debe estar dispuesto veinticuatro siete los 365 días del año. También imagino la llegada al cielo de estos religiosos con las manos cargadas de almas por las cuales no durmieron siesta o madrugaron o dejaron vacaciones de lado por atender a los fieles. Dios los bendiga y gracias siempre gracias por todo lo que hacen. Abrazos