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Kangeme, 5 de febrero de 2026

Me llamaron para que vaya a ver a una enferma en la aldea de Ngilimba. No es muy lejos este lugar, pero el camino para llegar en auto da un gran rodeo, pasando por otra aldea. Luego al llegar, generalmente, no se puede llegar con el vehículo hasta la casa del enfermo, sino que hay que caminar, o si es un poco lejos, hay que ir en moto. Por eso preferí pedirles que manden a alguien con una moto a buscarme, y así poder ahorrar tiempo, pues se puede ir directo, pasando por pequeños caminos entre los campos de cultivo, por caminos en mal estado, por donde es imposible ir con el auto. El atajo es bien corto, y el paisaje es muy lindo, además de que tiene la ventaja de ir por medio de las casas, los campos, y se puede ir viendo las condiciones de esta zona en detalle.

Esta época de la “masika”, es decir, de las lluvias, es muy linda en cuanto al clima y el paisaje. No hay viento como en el tiempo de sequía, no hace tanto calor, no hay tanta tierra y polvo, y el paisaje de los campos cultivados recrea la vista. Al viajar con el catequista que me vino a buscar, pasábamos por entre medio de las casas, gente que saludaba, y gente que se sorprendía al verme. Algunos de ellos nunca han visto al padre pasar por esos lados, muchos niños miraban asombrados y no atinaban a responder el saludo. El día estaba lindo, no había peligro de lluvia, y por esa razón había mucha gente en el trabajo del campo: cultivando los campos de arroz, cosechando el tabaco, manejando las carretas tiradas por bueyes, gente caminando llevando los azadones sobre el hombro, y grupos de pastores llevando rebaños de chivos y vacas a pastar.

Ante este paisaje que voy contemplando, mirando a la gente en sus trabajos cotidianos, pasábamos el catequista y yo en la moto, mientras charlábamos, aprovechando del viaje para ponernos al día con noticias. Yo aprovecho estas oportunidades para seguir dándoles criterios a nuestros catequistas y líderes, para que sepan y puedan trabajar en conciencia, y dar respuestas adecuadas a la gente. Muchas veces los feligreses de las aldeas más lejanas están acostumbrados a vivir su cristianismo sin compromiso, sin asistir a la iglesia, sin enviar a sus hijos a la catequesis, sin casarse por iglesia, es decir, acostumbrados a bautizar a sus hijos, y allí acaba la práctica religiosa. Muchos no llegan ni siquiera a eso, es decir, que se dicen cristianos, y ni siquiera han bautizado a los niños. Algunos afirman ser católicos, pero viven en la práctica una vida muy parecida a los paganos, en poligamia, o permitiendo a sus hijos que vivan en concubinato, como lo más normal del mundo.

Mientras vamos recorriendo el camino, pasando por varios senderos y caminos, entre variados cultivos, vamos variando nuestra conversación, pasando también por diversos temas. Cuando viajo por las diversas aldeas, y especialmente en un viaje como este, al ver a tanta gente en los campos, en los cultivos, en el pastoreo, en las casas, y que nos miran con asombro… me sucede que me da por pensar en la cantidad de gente que todavía no conoce a Cristo, muchos, la gran mayoría de los que vemos, tal vez apenas han escuchado hablar de Jesucristo, lo escucharon nombrar, pero nada más. Muchos, ni siquiera eso, no saben absolutamente nada sobre la religión. En algunos lugares alejados de la parroquia, solemos ver algunas personas vestidas según la usanza “sukuma”, con sus ropas típicas, collares, y abundantes pulseras en las muñecas y tobillos, caminando con un palo largo, y pastoreando rebaños de más de cincuenta vacas, y que nos manifiesta que muy probablemente se trate de familias enteras que viven en el “monte”, y que sean paganos. Pero muchos que ya han dejado esas costumbres en cuanto a las vestimentas, sin embargo no han dejado las costumbres paganas, sobre todo la poligamia y las supersticiones, la creencia en brujerías y curanderos.

Recuerdo ahora estas palabras del P. Segundo Llorente, que en alguna manera se pueden aplicar a nuestra misión, teniendo en cuenta que entre ambas parroquias aquí en Tanzania tenemos cuarenta y tres aldeas, a muchas de las cuales podemos llegar sólo tres o cuatro veces al año: “Así evangelizamos el distrito. Salta a la vista que este modo de evangelizar deja mucho que desear; pero es el mejor que hemos descubierto hasta ahora. Con cuarenta villorrios –de tres y cuatro chozas la mayoría–, apartados unos de otros por distancias fenomenales, ¿qué otra cosa se puede hacer? Con un promedio de tres visitas anuales a cada aldea se logra en parte que nadie muera sin el bautismo, y que los adultos mueran con los Sacramentos relativamente recientes, y con instrucciones concernientes al acto de contrición y a los principales artículos de la fe. Sin misiones, el distrito estaría envuelto en nubes espesas de supersticiones, hechicerías, ignorancia y paganismo. Gracias a los misioneros, el distrito es oficialmente católico, y se celebra la santa Misa en todo él, y se reciben con devoción los Sacramentos; es decir, que plantamos y regamos, confiados en que Dios ha de dar el incremento.” (En el País de los Eternos Hielos, pgs. 110-111)

Por supuesto, es análogo, es decir que se aplica en parte. Nosotros no tenemos esas “distancias fenomenales”; tampoco corremos los peligros que los misioneros del Polo Norte corrían al hacer esas visitas; y no se trata de villorrios de “tres y cuatro chozas”, sino de aldeas con mucha gente, la mayoría paganos, como les he referido.

Sin embargo, más allá de estas dificultades que les he contado, por gracia de Dios, los trabajos apostólicos dan mucho fruto en la misión. Por ejemplo, el 25 de enero fuimos al centro de Mazirayo para hacer las primeras comuniones, que correspondían a seis aldeas. Esta vez hicieron la primera comunión ocho niñas, que pertenecían a tres aldeas diferentes. Podrían haber sido muchos más niños, pero lamentablemente, por la desidia de algunos catequistas, de tres aldeas no tuvimos ningún niño para recibir la primera comunión. Ha sido la celebración de menor cantidad en todos estos años, entre todos los centros. No obstante, como digo, es hermoso ver cómo el trabajo misionero da frutos, y así pudimos gozar de una hermosa fiesta, ver la alegría y devoción de las niñas que comulgaron por primera vez, y ver lo bien preparadas que estaban, bien conscientes de lo que hacían. Queda siempre el trabajo del misionero de seguir trabajando, y formando a los catequistas, y buscarlos y ayudarlos para que no abandonen su deber, que es tan importante para nosotros, pues son ellos los que deben dar catecismo cada semana en esas aldeas donde nosotros podemos ir pocas veces al año. De nuestra parte reforzamos el catecismo con los campamentos que realizamos anualmente, a mitad de año y a fin de año, pero el trabajo principal es el de cada semana.

Junto a esas primeras comuniones, realizamos siete bautismos, todos ellos de niños pequeños, de pocos meses, y con sus papás casados por la iglesia. En el bautismo estaban el papá y la mamá de cada niño, algo que me llenaba de alegría. Esto es fruto del trabajo de muchos años y de muchos misioneros que han pasado por aquí. Lograr que se casen por iglesia, y que tengan una familia cristiana con todas las de la ley, es decir que puedan recibir los sacramentos, es algo que los misioneros aquí valoramos inmensamente. Por ejemplo, el año pasado tuvimos sólo un casamiento en la parroquia de Kangeme, y por otra parte se dieron muchos bautismos, bautismos de catecúmenos, más de 150 primeras comuniones, y otras 140 confirmaciones.

Otra cosa, antes era muy común que viniera al bautismo solamente la mamá portando el bebé en brazos, y el padrino o madrina, y en cambio el papá del niño, se quedaba en su casa, o trabajando en el campo, o simplemente no venía porque sí, porque no le daba la gana. Finalmente, después de tantas y tantas veces que les dijimos que tienen que venir ambos progenitores, que es muy importante, y que deben comprometerse ambos ante Dios de que van a educar en la fe a su hijo, logramos que vengan. Por eso, ése día al ver esas siete familias cristianas, bautizando a sus hijos pequeños, en compañía del papá y la mamá, en el centro de Mazirayo, tiene el valor para nosotros como de estar bautizando a miles y miles. De a poco, con paciencia e insistencia, se van logrando los cambios; y los frutos son abundantes y visibles, gracias a Dios.

Dejaré para la semana que viene el contarles de algunas actividades de estos días, para no alargar más esta crónica. Gracias por sus oraciones. Recen ara que siempre sigamos adelante en el trabajo de evangelización en una tierra tan apta para la predicación, pero que a la vez tiene sus grandes desafíos ante el paganismo.

Dios los bendiga. ¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE.

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