PRIMERA LECTURA
Juzgará con justicia a los débiles
Lectura del libro de Isaías 11, 1-10
Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor —y lo inspirará el temor del Señor—. Él no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas. El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá; la vaca y la osa vivirán en compañía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey. El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora meterá la mano el niño apenas destetado. No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como estandarte para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17
R. Que en sus días florezca la justicia.
O bien:
R. ¡Ven, Señor, rey de justicia y de paz!
Concede, Señor, tu justicia al rey
y tu rectitud al descendiente de reyes,
para que gobierne a tu pueblo con justicia
y a tus pobres con rectitud. R.
Que en sus días florezca la justicia
y abunde la paz, mientras dure la luna;
que domine de un mar hasta el otro,
y desde el Río hasta los confines de la tierra. R.
Porque Él librará al pobre que suplica
y al humilde que está desamparado.
Tendrá compasión del débil y del pobre,
y salvará la vida de los indigentes. R.
Que perdure su nombre para siempre
y su linaje permanezca como el sol;
que Él sea la bendición de todos los pueblos
y todas las naciones lo proclamen feliz. R.
SEGUNDA LECTURA
Cristo salva a todos los hombres
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 15, 4-9
Hermanos:
Todo lo que ha sido escrito en el pasado, ha sido escrito para nuestra instrucción, a fin de que por la constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. Que el Dios de la constancia y del consuelo les conceda tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús, para que con un solo corazón y una sola voz, glorifiquen a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Sean mutuamente acogedores, como Cristo los acogió a ustedes para la gloria de Dios. Porque les aseguro que Cristo se hizo servidor de los judíos para confirmar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas que Él había hecho a nuestros padres, y para que los paganos glorifiquen a Dios por su misericordia. Así lo enseña la Escritura cuando dice:
«Yo te alabaré en medio de las naciones, Señor, y cantaré en honor de tu Nombre».
Palabra de Dios.
Aleluia Lc 3, 4.6
Aleluia.
Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.
Todos los hombres verán la Salvación de Dios.
Aleluia.
EVANGELIO
Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 3, 1-12
En aquellos días, se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:
«Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca».
A él se refería el profeta Isaías cuando dijo:
«Una voz grita en el desierto:
“Preparen el camino del Señor,
allanen sus senderos”».
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:
«Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: “Tenemos por padre a Abraham”. Porque yo les digo que de estas piedras, Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero Aquél que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible».
Palabra del Señor.
W. Trilling
Mt 3, 1-12
Juan el Bautista está en el centro del primer pasaje de la actividad pública de Jesús. En primer lugar se describe su presentación (3,1-6), luego siguen su exhortación a convertirse (2,7-10) y el anuncio del Mesías (3,12). El punto culminante de su actuación es el bautismo de Jesús (3,13-17), con el que se pasa a la actividad de Jesús.
a) Presentación del Bautista (Mt/03/01-06). Súbitamente, de la historia de la infancia del Mesías se salta a su actuación como persona adulta. Esta nueva sección se introduce de manera aparentemente descuidada: En aquellos días… No sabemos qué edad tiene Jesús. San Mateo parece tener poco interés por los datos biográficos e históricos (cf. Luc_3:1-6). Esto se puede ver aquí y en todo el libro. En esto tenemos una indicación para leer este Evangelio con la debida orientación. A san Mateo siempre le interesa ante todo el asunto; no los pormenores históricos ni el colorido polícromo de los acontecimientos, sino su significado interno, su sentido y su declaración acerca de Dios y de Jesucristo. El evangelista en primer lugar los anuncia para la fe de sus oyentes. Todo lo que leemos es en primer lugar testimonio de la fe, nacido de la fe y dispuesto para nuestra fe.
1 En aquellos días se presenta Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea. 2 Decía: Convertíos porque el reino de los cielos está cerca.
La primera frase se dirige rápidamente a su objetivo: el mensaje del Bautista en el v. 2. Sólo nos enteramos de unos pocos pormenores de esta hora trascendental. Se presenta Juan el Bautista. Aquí se le menciona por primera vez, pero se hace esta mención como si se tratara de una persona conocida desde hace mucho tiempo. En los antecedentes históricos san Mateo no cuenta nada de él, a diferencia de san Lucas (cf. Luc_1:5-25; 39-80). En este pasaje san Mateo tampoco da ninguna información de lo que nos gustaría saber: los padres de Juan, el lugar y el día de su nacimiento, su formación y su vocación. Aquí solamente se indica el nombre propio y se añade «el Bautista» como un sobrenombre invariable. Todos saben quién es él; su presentación ha conmovido profundamente el tiempo; su figura es como una roca prominente en la historia. Pero no nos podemos detener, sino que nos dejamos mover por la siguiente frase concisa.
Predicando en el desierto de Judea. Por tanto lo principal es su palabra. Juan proclamaba, pregonaba, anunciaba…, porque la palabra griega alude a la proclamación de un mensaje por medio del heraldo. En el desierto de Judea, o sea en la región pedregosa de los montes de Judea hasta la hondonada del Jordán con el mar Muerto, en la roca descolorida, desmirriada. El llamamiento del heraldo viene desde fuera. No se mezcla con el ruido y las habladurías de las calles y plazas verbosas. Suena desde lejos como un clarín solitario y aislado. El desierto es el espacio de la pureza y de la vacuidad. Nada obstruye la mirada hacia el cielo: ningún árbol, ninguna casa, ningún muro. Nada hay que ataje el paso hacia Dios ni impida la percepción de su palabra. El tiempo de la peregrinación por el desierto es el tiempo ejemplar de la salvación: «Como uvas en el desierto tomé yo a Israel; como a brevas de higuera, así miré a sus padres» (Ose_9:10). La salvación vendrá del desierto: «He os aquí que las haré yo nuevas, y ahora saldrán a luz, y vosotros las presenciaréis: Abriré un camino en el desierto, y manantiales de agua en país yermo» (Isa_43:19; cf. 41,18-20). En tiempo de Jesús se esperaba del desierto al Mesías: Si os dicen, pues: Mirad que está en el desierto… (Mat_24:26). El mensaje es lo más conciso y grande que es posible. Contiene dos frases: la primera de las cuales es «Convertíos». La palabra original griega (metanoeite) también podría traducirse por «arrepentíos» o «haced penitencia». En esta llamada se reconoce al profeta. «Volveos», «convertíos», es la llamada (que siempre se repite y que es retransmitida de un profeta a otro, como si fuera una antorcha) para retornar a Dios. En Ezequiel esta llamada llega a su apogeo, unida con la promesa de la vida. Se reclama un completo cambio de la manera de pensar y vivir: «Volveos y convertíos de todas vuestras transgresiones… Arrojad lejos de vosotros todas vuestras prevaricaciones que habéis cometido y formaos un corazón nuevo y un nuevo espíritu. ¿Por qué has de morir, casa de Israel, puesto que yo no deseo la muerte del pecador, dice el Señor Dios, convertíos y viviréis» (Eze_18:30-32). La peregrinación que conduce a la muerte, debe desembocar en la vida. Los pecados que gravan sobre el corazón, deben ser arrojados fuera, y en su lugar debe formarse un nuevo corazón, perfectamente entregado a Dios, y un nuevo espíritu, que anime y estimule a este corazón.
Con este amplio sentido hay que oir el llamamiento del Bautista. Se trata de la vida o la muerte, la ruina o la salvación. Entonces y siempre. Ningún profeta había antes añadido a esta llamada una razón semejante: «Porque el reino de Dios está cerca». Los profetas amenazaban con el juicio de Dios, con el arrebato de la ira de Dios y con la represalia, con el terrible «día de Yahveh»: «Por ventura aquel día del Señor no será día de tinieblas, y no de luz» (Amo_5:20). Amós está bajo el peso y la cercanía apremiante de este día, lo que da una fuerza irresistible a su llamada para hacer penitencia. El acontecimiento a que se refiere el Bautista, ¿es este día sombrío, en que se descarga el ardor acumulado de la ira de Dios sobre Israel y las naciones? Si se escucha la predicación del Bautista sobre la penitencia (Amo_3:7-10), se tiene que dar una respuesta afirmativa a esta pregunta. Pero esto es imposible aquí, al principio, cuando el Bautista emplea la expresión «reino de los cielos». Esta locución resuena con viveza e infunde alegres esperanzas. Alude al establecimiento del reino de Dios en todo el mundo y para todo el tiempo, al triunfo brillante de Dios al fin de la historia, a la bienaventuranza y alegría de todos los que pertenecen a Dios. Este reino ahora ha llegado, está tan cerca delante de la puerta, que Juan puede decir: «Ahora realmente viene, lo proclamo. Era una hora emocionante…»
Llama la atención que las primeras palabras de la predicación de Jesús en el relato de san Mateo sean exactamente iguales a éstas de Juan (Amo_4:17). ¿Es que el Bautista sólo ha anunciado lo que Jesús? Como precursor de Jesús ¿no tiene que ser más sobrio en palabras, hablar solamente de la penitencia y de la conversión, y en cambio dejar el anuncio de la gran alegría al que viene después de él? Ciertamente que sí, como veremos con claridad en el pasaje siguiente. Pero Mateo quiere decir que Juan Bautista ya pertenece al tiempo nuevo. Está al otro lado de la frontera que separa el tiempo antiguo y el tiempo nuevo. Con él ya empieza a realizarse el reino de Dios. De este modo también se dice algo más: en último término su exhortación a la penitencia tan severa y tan penetrada por el temor del «día de Yahveh», está al servicio del alegre acontecimiento, de la buena nueva, de la incipiente salvación. La palabra de Juan no debe sofocar al hombre, sino levantarlo. Juan el Bautista exige una conversión estricta, pero por un objetivo glorioso, es decir por el mayor que podemos conocer y pensar, el reino de Dios…
3 Juan es el anunciado por el profeta Isaías cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas».
Después del prólogo majestuoso, ya se nos da a conocer a Juan con más pormenor. De nuevo es significativo que primero oigamos hablar de su rango en el plan de Dios, y luego de los pormenores de su aparición. Isaías había designado de antemano su cargo, cuando daba voces a los cansados proscritos en Babilonia, diciendo: «Una voz grita: Preparad en el desierto un camino para el Señor. Enderezad en la soledad las sendas de nuestro Dios. Todo valle ha de ser alzado, y todo monte y cerro abatido; y los caminos torcidos se harán rectos, y los ásperos, llanos. Entonces se manifestará la gloria del Señor y toda carne la verá, pues la boca del Señor ha hablado» (Isa_40:3-5). Isaías vio una magnífica procesión que a través del desierto se dirigía a la patria (Isa_40:9-11), y oyó el llamamiento a preparar la ruta y allanarla para que pase el Señor. En este paso Dios avanzará con el pueblo jubilante.
La Iglesia y el evangelista oyen de nuevo estas palabras con gran audacia, y las entienden como referidas a Juan. él es quien entonces ha exclamado, quien ahora exclama: Preparad el camino del Señor. Isaías no podía indicar quién profiere esta llamada, pero nosotros lo sabemos. Dios debía avanzar con el pueblo en el desfile triunfal, pero ahora viene corporalmente el que tiene por nombre «Dios con nosotros». Por toda la escena la mirada de la fe reconoce a las dos figuras: El heraldo mensajero es Juan, y el Señor es el Mesías. Se acerca la liberación de la servidumbre.
4 Juan llevaba un vestido de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura: su alimento consistía en langostas y miel silvestre. 5 Jerusalén, Judea entera y toda la región del Jordán acudían a él.
La vida externa del Bautista es austera. Lleva un vestido de pelo de camello sujeto tan sólo con un cinturón de cuero. Se alimenta del escaso alimento producido por el monte yermo: langostas y miel silvestre. Con pocos rasgos, se traza la figura de un hombre, cuya vida puede atestiguar lo que él exige a los demás. No se desoye la llamada. Repercute en Jerusalén, Judea entera y toda la región del Jordán. Empieza una gran peregrinación, pero no es la que vio el profeta de un pueblo liberado por el camino que conduce a la patria; aquí, a la inversa, el pueblo sale al encuentro del solitario pregonero del desierto, del hombre de Dios; no en busca de sensaciones, sino para renovar la vida. Aunque las expresiones pueden ser exageradas, lo cierto es que una profunda conmoción embarga al pueblo de Judá y le hace salir hasta el lugar donde se encuentra Juan. Un charlatán o un flautista de Hamelin puede congregar también un público entusiasta y desencadenar reacciones emotivas en el pueblo, pero cuando resuena la voz de Dios, no se reduce todo a humo de pajas. Allí no hubo ninguna sugestión de masas. Se conmueve el corazón del individuo, y éste es llamado a tomar una decisión personal…
6 y él los bautizaba en el río Jordán al confesar ellos sus pecados.
Juan bautizaba a todos los que venían a él. Juan había instituido un rito especial para disponerse a la conversión: el bautismo. Había llegado a ser tan significativo para él, que recibió el sobrenombre de «el Bautista». En el Jordán, probablemente no lejos de la desembocadura en el mar Muerto, Juan bautiza por inmersión a todos los que se le presentan. Se debe lavar simbólicamente el pecado. Es cierto que en tiempos de Juan se hacían abluciones y baños en el judaísmo oficial y en las comunidades de las sectas. Eran una de las ocupaciones cotidianas, una parte constitutiva de la vida legal. El bautismo de Juan es distinto de todas estas abluciones y baños, era una señal de que el hombre se convierte, se renueva, se dispone para la salvación que se acerca, es un indicador del fin de los tiempos, en el sentido del profeta: «Lavaos, purificaos, apartad de mis ojos la malignidad de vuestros pensamientos, cesad de obrar mal, aprended a hacer el bien» (Isa_1:16 s). El que así era sumergido en las aguas del río, debía vivir en adelante como un hombre nuevo, orientado por completo hacia lo venidero.
b) Exhortación a convertirse (Mt/03/07-10).
7 Pero al ver que venían al bautismo muchos fariseos y saduceos, les dijo: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir del inminente castigo? 8 ¡A ver si dais frutos propios de conversión!
Entre los romeros no había solamente gente sencilla, sino también comerciantes y soldados, piadosos fariseos y miembros del sanedrín de Jerusalén. No es, pues, de maravillar que entre la multitud Juan también viera a «muchos fariseos y saduceos», que querían bautizarse, y por tanto estaban dispuestos a convertirse. No obstante llama la atención que el único fragmento detallado de la predicación, que encontramos en el Evangelio, va dirigido solamente a aquel grupo.
Probablemente lo que san Mateo quiere decir es que el tratamiento incisivo y áspero de raza de víboras se ajusta a los que así se descubren en el curso del Evangelio (cf. 12,34; 23,33). Pero no puede haber ninguna duda de que este fragmento contiene en términos muy generales pensamientos básicos de la predicación del Bautista. Explica la primera palabra del programa: «Convertíos.» Después del denuesto «¡raza de víboras!» retumba como un trueno la siguiente pregunta: «¿Quién os ha enseñado a huir del inminente castigo?» Es el acontecimiento amenazador, contra el que previnieron los profetas antes de Juan, como ya hemos visto. El día de la catástrofe y de la aniquilación, el día de Yahveh, que no es luz, sino tinieblas; este día está ante la puerta, se acerca con tal ímpetu y rapidez, que nadie puede huir de él. Quizás resonaron en Juan palabras como las que Amós ha pronunciado acerca de la imposibilidad de evitar el día del Señor: «Como un hombre que huyendo de la vista de un león diere con un oso o entrando en su casa, al apoyarse con su mano en la pared, fuese mordido de una culebra» (Amo_5:19). Nadie puede huir. El que crea estar seguro, es cogido antes; al que busca la huida, el escondrijo le resulta fatal. También a vosotros os sobreviene este día, a nadie le deja el camino libre para huir. «Porque es grande y muy terrible el día del Señor. ¿Y quién podrá soportarlo?» (/Jl/02/11). Con todo hay una huida, un camino, que no preserva del acontecimiento, pero que ayuda a soportarlo. Es cierto que el día viene, pero no como juicio e ira, si os convertís: ¡A ver si dais frutos propios de conversión! La penitencia es lo único que puede salvaros: abandonar el camino falso y recorrer el camino de la justicia; permutar la ruta que conduce a la muerte con la que lleva a la vida; arrojar fuera el pecado y elegir a Dios. La conversión ha de acreditarse con obras, una nueva vida debe corresponder a la plena conversión a Dios. Hay que notar algo sobre este particular. No es suficiente una mudanza en la manera de pensar, un cambio del alma y del espíritu. Tiene que transformarse toda la vida, tiene que haber «frutos propios de la conversión».
9 Y no os hagáis ilusiones diciendo en vuestro interior: ¡Tenemos por padre a Abraham! Porque os aseguro que poderoso es Dios para sacar de estas piedras hijos de Abraham. 10 Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles. Y todo árbol que no da fruto bueno será cortado y arrojado al fuego.
¿Qué valor tienen las seguridades, nuestras garantías? ¿No somos el pueblo elegido, agraciado con copiosas promesas y privilegios? ¿No somos hijos del «padre» Abraham? A través del mismo linaje ¿no participamos también de su promesa? ¿No se nos atribuye también su mérito, de tal forma que no tengamos que temer por nuestra salvación? ¿No se detiene el alud del juicio ante los hijos de la elección? Dice Juan: «No os hagáis ilusiones diciendo en vuestro interior: Tenemos por padre a Abraham. Porque os aseguro que poderoso es Dios para sacar de estas piedras hijos de Abraham.» Esto es inaudito, es una herejía. ¿Dios no respeta los privilegios? Sí, los respeta, pero no le compran la conversión insistiendo celosamente en las prerrogativas. Ante Dios no tiene valor la certeza de salvarse sin la propia conversión. Mirad las toscas piedras que están alrededor. Dios no necesita vástagos, Dios quiere tener verdaderos hijos. Si vosotros no los sois, rehusando hacer penitencia, entonces Dios de estas piedras formará un nuevo linaje de Abraham. Esto tuvo que poner a todos en movimiento, y sacar de quicio a los judíos que estaban seguros de sí mismos, a los que creen se acreedores de Dios, a los versados en la Escritura. Dios ha determinado un orden de la salvación, y cumple lo que promete, incluso con respecto al pueblo elegido. Pero no por eso puede nadie conseguir por astucia convertirse, salvarse y obtener la vida. Eso tiene que hacerlo cada uno con su propio esfuerzo, incluso en la Iglesia, incluso hoy día…
Aquí ya se adivina cómo se hace saltar el antiguo armazón y se descubre en el horizonte otro Israel, que no se encubre con la comunidad nacional del judaísmo: san Pablo llamará a Abraham el «padre de todos los creyentes, aunque no circuncidados» y también le llamará «padre de los circuncidados», aunque solamente de aquellos que le siguen en la fe (Rom_4:11 s). Juan solamente quiere sacudir la seguridad que confía en la propia justicia, aún no debía pensar en un Israel de los gentiles. Pero los caminos están trazados, y san Pablo es el primero que anda por ellos. ¡Qué trastorno se anuncia! Esto es realmente «preparar el camino» y «hacer rectas las sendas»…
El tiempo apremia y no se puede demorar la conversión: Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles. Unos pocos golpes más y los árboles se hienden y quiebran. Conviene darse prisa, no vaciléis un momento. Ahora unas imágenes se intercalan en otras: los árboles, los frutos de los árboles, el hacha para talar. El hacha está a punto y seguro que dará en el blanco; semejantemente nadie puede huir del día del enojo. Se tala, pero no se quema el árbol del que se ha convertido. Puede subsistir en el fuego de la destrucción. Todos los demás árboles están destinados al fuego: se corta y se arroja al fuego todo árbol que no lleve buen fruto. El fuego es el fuego de la sentencia de aniquilación. Ya está encendido y se abre camino trabajosamente, ávido de alimento. Son roídos por el fuego todos los que no se han convertido…
c) El anuncio del Mesías (Mt/03/12).
11 Yo os bautizo con agua para la conversión. Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y ni siquiera soy digno de llevarle las sandalias; él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Juan no sólo está bajo la impresión del «día de Yahvéh». sino bajo los efectos de otra luz, proyectada poderosamente sobre él. Su misión no es solamente pregonar la catástrofe, sino anunciar un personaje; no sólo notificar la proximidad del juicio, sino la proximidad de una persona. Se le ha concedido decir lo que ningún profeta antes de él pudo decir: El que viene detrás de mí es más fuerte que yo. No se dice su nombre, es «el que viene» por antonomasia. Por una parte es el esperado, cuya llegada se espera y en quien se ha esperado, por otra parte es el que ahora ya está cerca y por así decir está delante de la puerta. Este nombre, «el que viene», manifiesta su aparición, que está ya muy próxima. Cada adviento hace experimentar intensamente a la Iglesia la proximidad del «que llega»…
Juan muestra con dos metáforas que este otro es más poderoso que él. La primera metáfora habla del bautismo. Su propio bautismo se llevaba a cabo con agua para la conversión. Su bautismo tenía por finalidad la conversión y la expresaba. El bautizado era bañado con agua, lo cual reclamaba una nueva vida. La actividad de Juan era una selladura externa y una confirmación de esta voluntad, la realización de un signo, cuyo contenido debía cumplir en el individuo. Pero ahora viene el que es más fuerte; también él administrará un bautismo, pero de una índole completamente distinta: él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. En primer lugar sin agua, que solamente moja la superficie, sino con el Espíritu viviente de Dios, que transforma los corazones. Es creado de nuevo con toda certeza aquello de lo que echa mano el Espíritu de Dios. «El que es más fuerte» es capaz de dar este don. El Espíritu de Santo de Dios es un don del tiempo final. Isaías ve el país desguarnecido y devastado «hasta tanto que desde lo alto se derrame sobre nosotros el espíritu del Señor. Entonces el desierto se convertirá en un vergel…» (Isa_32:15). Isaías oye el anuncio de Dios: «Derramaré mi espíritu sobre tu linaje, y la bendición mía sobre tus descendientes» (Isa_44:3). Entre los acontecimientos del fin Joel también nombra la efusión del Espíritu, que Pedro ve cumplido en pentecostés: «Y después de esto derramaré yo mi espíritu sobre toda clase de hombres; y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos tendrán sueños, y tendrán visiones vuestros jóvenes. Y aun también sobre los siervos y siervas derramaré en aquellos días mi espíritu» (Joe_3:1 s). Esta fuerza verdaderamente divina tiene que haber sido dada al «que es más fuerte…» Además: también bautizará con fuego. Juan habló del fuego del juicio (Joe_3:10). Eso también es una imagen antigua del día de Yahveh: «Porque he aquí que llegará aquel día semejante a un horno encendido, y todos los soberbios, y todos los impíos serán como rastrojo, y aquel día que debe venir los abrasará, dice el Señor de los ejércitos, sin dejar de ellos raíz ni renuevo alguno» (Mal_4:1; cf. Joe_2:1-5). La llama abatirá al que no se ha convertido, el Espíritu se derramará sobre los convertidos. En esto consiste el doble bautismo. Pero el primero está en el primer plano, como muestra el versículo siguiente.
12 Tiene el bieldo en la mano y limpiará su era; recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará en un fuego que no se apaga.
Esta otra metáfora procede de la vida del campesino: la mies. Se reúne el grano y se aventa en la era. Allí la paja se separa del trigo; la paja vuela impulsada por el viento, el grano por su peso cae al suelo. Se quema la paja, y el trigo se almacena en el granero. Eso es lo que ahora va a suceder. «EI más fuerte» ya ha cogido la pala. La separación empezará dentro de pocos momentos. Pero ¿no es propio de Dios, no es privilegio suyo celebrar el juicio? ¿No lo indica así el hecho de que se hable de «su trigo», con el cual solamente se puede aludir a las personas adictas a Dios, a los que se han convertido? Y la paja no se quema en la era, como en realidad se hace, sino que es arrojada a un fuego que no se apaga, que solamente puede ser el fuego de la gehenna, del infierno. Juan sólo conoce un juicio, que es el juicio de Dios. Cuando habla del juicio, tiene que decir todo lo que los profetas han anunciado antes que él sobre el juicio. Pero el que lo lleva a término no es Dios, sino «el más fuerte», que es el Mesías. De él se afirma lo que hasta esta hora era privilegio santo de Dios. La imagen del Mesías ya al principio tiene unas dimensiones que ningún judío hubiese podido imaginar: Señor y juez del tiempo final. Realmente es «el más fuerte», ante el que Juan se postra, y no se siente capaz de prestarle el menor servicio de un esclavo, a saber, de llevar tras él las sandalias. El que está enviado a ir delante de él, no se encuentra en condiciones de correr detrás de él como servidor. San Mateo escribe pocas frases sobre la presentación y predicación del Bautista. Sin embargo estas frases dan un concepto grandioso del hombre a quien Jesús designa como el «mayor entre los nacidos de mujer» (11,11). Si Juan está por encima de todos los demás y por otra parte ve que es tan grande la distancia entre él y el Mesías, ¿qué diremos nosotros, si nos comparamos con el Mesías? En el mensaje de Juan predominan los colores obscuros. Le hace estremecer, es el día del juicio de Dios, y su anuncio del Mesías está también bajo la impresión de esta tormenta amenazadora. Según parece, Juan sólo puede ver al Mesías como ejecutor del enojo divino. Pero el hecho de que se anuncie el Mesías, ya es una buena nueva, la primera luz que difunde el llamamiento: «El reino de los cielos está cerca». Y el Mesías no sólo viene para el espantoso juicio, sino que también trae el espíritu vivificante para un pueblo nuevo…
(W. Trilling, El evangelio según san Juan en el nuevo testamento y su mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)
Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, segundo domingo de Adviento, la liturgia nos presenta la figura austera del Precursor, que el evangelista san Mateo introduce así: «Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”» (Mt 3, 1-2). Tenía la misión de preparar y allanar el sendero al Mesías, exhortando al pueblo de Israel a arrepentirse de sus pecados y corregir toda injusticia. Con palabras exigentes, Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: «El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego» (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios —decía— nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar “frutos dignos de conversión” (Mt 3, 8).
Mientras prosigue el camino del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, resuena en nuestras comunidades esta exhortación de Juan Bautista a la conversión. Es una invitación apremiante a abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros para manifestar el juicio divino. El Padre —escribe el evangelista san Juan— no juzga a nadie, sino que ha dado al Hijo el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre (cf. Jn 5, 22. 27). Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro; con el comportamiento concreto que tenemos en esta vida decidimos nuestro destino eterno. En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de medida que Dios ha dado a la humanidad.
El Padre celestial, que en el nacimiento de su Hijo unigénito nos manifestó su amor misericordioso, nos llama a seguir sus pasos convirtiendo, como él, nuestra existencia en un don de amor. Y los frutos del amor son los «frutos dignos de conversión» a los que hacía referencia san Juan Bautista cuando, con palabras tajantes, se dirigía a los fariseos y a los saduceos que acudían entre la multitud a su bautismo.
Mediante el Evangelio, Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a todas las generaciones. Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, en el que, por desgracia, también el modo de vivir y percibir la Navidad muy a menudo sufre las consecuencias de una mentalidad materialista. La “voz” del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e interiores, sedientos del agua viva que es Cristo.
Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.
Ángelus del Papa Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro el domingo 9 de diciembre de 2007
San Juan Crisóstomo
En aquellos días vino Juan, el Bautista, predicando en el desierto de Judea y diciendo: Arrepentíos, porque está cerca el reino de Dios (Mt 3, 1ss).
QUÉ SIGNIFICA LA EXPRESIÓN “EN AQUELLOS DÍAS”
- ¿En qué días aquellos? Porque Juan no aparece cuando Jesús era niño y volvió a Nazaret, sino después de treinta años, como atestigua Lucas. ¿Cómo dice, pues, Mateo: En aquellos días? —Es costumbre constante de la Escritura usar este giro no sólo cuando cuenta lo que acontece en tiempos sucesivos, sino lo que está separado por intervalo de muchos años. Así por ejemplo, estando Jesús sentado sobre el monte de los Olivos, se le acercaron sus discípulos a preguntarle sobre el tiempo de su advenimiento y la ruina de Jerusalén. Bien sabéis el intervalo que hay entre uno y otro acontecimiento. Pues bien, habiéndoles hablado de la ruina de la ciudad y no teniendo más que decirles sobre ello, pasa al tema de la consumación del mundo con esta expresión: Entonces sucederá también esto. La palabra “entonces” no une un tiempo con otro, sino aquí indica sólo aquel en que había de suceder lo que Cristo predijo. Lo mismo hace aquí el evangelista al decir: En aquellos días. No quiere con ello indicar los días que siguieron a lo ya narrado, sino aquellos sencillamente en que iba a suceder lo que ahora se dispone a contarnos.
POR QUÉ JESÚS SE BAUTIZA A LOS TREINTA AÑOS
—Más ¿por qué razón—me diréis—fue Jesús a bautizarse a los treinta años? —La razón es porque después de este bautismo quería derogar la Ley. Por eso espera hasta esta edad, en que caben todos los pecados, y la cumple íntegra hasta entonces, no fuera que dijera alguno que la derogaba por no ser capaz de cumplirla. Y es que no todas las pasiones nos atacan a la misma edad. En la primera predomina la imprudencia, y la timidez, en la siguiente nos acomete el ansia del placer, luego la codicia de las riquezas. Cuando Jesús, pues, hubo pasado por toda aquella edad con la más estricta observancia de la Ley, se presentó a ser bautizado, poniendo así la corona al cumplimiento de los otros preceptos legales. Porque que éste fuera un acto de cumplimiento legal, oye cómo lo dice Él mismo: Así nos conviene a nosotros cumplir toda justicia. Que es como si dijera: “Hemos cumplido todas las prescripciones legales, no hemos traspasado mandato alguno. Sólo nos falta este del bautismo, añadámoslo a los otros y habremos así cumplido toda la justicia. “Justicia” llama aquí al cumplimiento de todos los preceptos legales. De aquí resulta evidente que tal es la razón por que fue Cristo a bautizarse.
POR QUÉ INSTITUYÓ JUAN SU BAUTISMO
Mas ¿por qué motivo se le ocurrió a Juan este bautismo? Porque que el hijo de Zacarías no fue a bautizar por su propio impulso, sino porque Dios le movió a ello, Lucas nos lo pone de manifiesto cuando dice: Palabra del Señor vino sobre él. Es decir, mandamiento. Y el mismo Juan dice: El que me envió a bautizar en agua, Él me dijo: Sobre quien vieres que baja el Espíritu en forma de paloma, ése es el que bautiza en Espíritu Santo. ¿Por qué razón, pues, fue Juan enviado a bautizar? Nuevamente es el mismo Juan Bautista quien nos lo pone de manifiesto, diciendo: Yo no le conocía: más para que Él fuera manifestado a Israel, he venido yo a bautizar en agua.
Más, si ésta fue la única causa, ¿cómo dice Lucas: Vino a la región del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados? Sin embargo, el bautismo de Juan no perdonaba los pecados. Éste era privilegio del bautismo que después había de darse, porque sólo en éste fuimos sepultados juntamente con Cristo, sólo en éste fue concrucificado nuestro hombre viejo. En ninguna parte aparece remisión de los pecados antes de la cruz; a su sangre se atribuye siempre esta gracia. Así, Pablo dice: Pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, no por el bautismo de Juan, sino en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios. Y en otra parte dice: Juan predicó el bautismo de penitencia. No dice de perdón. Para que creyeran en el que venía después de él. Cuando aún no se había ofrecido el sacrificio, ni había descendido el Espíritu Santo, ni se había destruido el pecado, ni quitado la enemistad, ni anulado la maldición, ¿cómo podía darse remisión de los pecados?
QUÉ SIGNIFICA “PARA LA REMISIÓN DE LOS PECADOS”
- ¿Qué quiere, pues, decir: Para la remisión de los pecados? Los judíos eran unos insensatos y jamás se daban cuenta de sus pecados, sino que, siendo reos de los más graves crímenes, se justificaban en todo a sí mismos. Que fue lo que señaladamente los perdió y apartó de la fe. Esto les echaba Pablo en cara cuando decía: Ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se han sometido a la justicia de Dios. Y antes había dicho: ¿Qué decir, pues? Que las naciones que no seguían la justicia, alcanzaron la justicia; Israel, empero, que seguía la ley de la justicia, no llegó a la ley de la justicia. ¿Por qué? Porque no la siguió por la fe, sino por las obras. Ahora bien, como ésta era la causa de todos los males, viene Juan, y su misión no es otra que obligarlos a pensar en sus propios pecados. Por lo menos, eso indicaba su figura misma, que era toda de arrepentimiento y confesión; eso también su predicación. Ninguna otra cosa, en efecto, decía sino: Haced frutos dignos del arrepentimiento. Como quiera, pues, que el no condenar sus propios pecados, como bien claro lo dijo Pablo, los hizo alejarse de Cristo, y el reconocerlos lleva al hombre al deseo de buscar al Redentor y a desear el perdón; a prepararlos para eso vino Juan, a persuadirlos al arrepentimiento vino; no para que fueran castigados, sino que, hechos más humildes por el arrepentimiento y condenándose a sí mismos, corrieran a alcanzar el perdón. Mira, si no, con qué precisión lo dice el evangelista. Habiendo dicho: Vino Juan predicando el bautismo en el desierto de la Judea, añadió: Para la remisión de los pecados. Como si Juan mismo nos dijera: “Yo los exhortaba a confesar y arrepentirse de sus pecados, no para que fueran condenados, sino para que, confesados y arrepentidos, alcanzaran más fácilmente el perdón. Porque, si no se hubieran condenado a sí mismos, no hubieran ni pedido siquiera la gracia del perdón, y, no buscando el perdón, tampoco lo hubieran alcanzado”. En conclusión: este bautismo era una preparación del camino hacia Cristo. De ahí las palabras de Pablo: Para que todos creyeran en el que venía después de él; palabras en que, aparte la dicha, se da otra razón del bautismo de Juan.
EL BAUTISMO DE JUAN LLEVABA A CRISTO
No era efectivamente lo mismo andar de casa en casa llevando a Cristo de la mano y decir: “Creed en éste”, que levantar aquella bienaventurada voz en presencia y a la vista de toda la muchedumbre y cumplir todo lo demás que Juan hizo por Él. Ésta es la causa por que Cristo acude al bautismo de Juan. Y era así que la reputación del Bautista y el motivo del rito arrastraba y llamaba a la ciudad entera hacia las orillas del Jordán, y allí se formaba teatro inmenso. Por eso, cuando allá se presentan, Juan los reprende, les exhorta a no forjarse altas ilusiones sobre sí mismos; pues, de no arrepentirse, eran reos de los más graves crímenes; que dejen en paz a sus antepasados y no blasonen tanto de ellos, y reciban, en cambio, al que venía. A la verdad, la vida de Cristo estaba por entonces como en la penumbra y hasta muchos se imaginaban que había muerto entre la matanza general de Belén. Porque, si es cierto que a los doce años tuvo una aparición, fue para quedar otra vez rápidamente en la sombra. Por eso necesitaba ahora de una brillante introducción en escena, de un comienzo más alto que el de su infancia. De ahí que Juan predica ahora por vez primera lo que jamás habían oído los judíos ni de boca de sus profetas ni de otro alguno. Juan pregona con voz clara el reino de los cielos, y ya no se habla para nada de la tierra. Por reino de los cielos hay que entender el advenimiento de Cristo, tanto el primero como el segundo. —¿A qué le vas con eso a los judíos, que ni te entienden lo que dices? Podría objetarle alguno. —Justamente les hablo así—contesta Juan—porque la misma obscuridad de mis palabras los despierte y vayan a buscar a quien yo les predico. Lo cierto es que de tal modo levantó las esperanzas de sus oyentes, que hasta los soldados y alcabaleros le iban a preguntar qué tenían que hacer y cómo tenían que gobernar su vida. Señal de que se desprendían ya de las cosas mundanas, de que miraban otras más altas y que presentían lo que iba a venir. Todo, en efecto, lo que veían y oían, era para levantarlos a pensar altamente.
JUAN BAUTISTA Y LA PROFECÍA DE ISAÍAS
- Considerad, si no, la impresión que había de producir contemplar a un hombre de treinta años que venía del desierto, hijo que era de un sumo sacerdote, que jamás necesitó de nada humano, que en todo su porte infundía respeto y que llevaba consigo al profeta Isaías. El profeta, en efecto, estaba también allí pregonando a voces: “Éste es el que yo dije que había de venir gritando, y que con clara voz había de predicarlo todo por el desierto”. Y es así que era tal el empeño de los profetas por las cosas de nuestra salvación, que no se contentaron con anunciar con mucha anticipación al Señor que nos venía a salvar, sino al mismo que le había de servir; y no sólo le nombran a él, sino que señalan el lugar en que había de morar, la manera cómo al venir había de predicar y enseñar y el bien que de su predicación resultaría. Mirad, si no, cómo el profeta y el Bautista vienen a parar a los mismos pensamientos, aunque se valen de distintas palabras. El profeta había dicho que Juan vendría diciendo: Preparad el camino del Señor, haced derechas sus sendas. Y Juan, de hecho, venido, dijo: Haced frutos dignos del arrepentimiento. Lo que vale tanto como: Preparad el camino del Señor. ¿Veis cómo por lo que había dicho el profeta y por lo que él mismo predicó, resultaba evidente que Juan sólo vino para ir delante preparando el camino, pero no para dar la gracia, es decir, el perdón de los pecados? No, su misión era preparar de antemano las almas para que recibieran al Dios del universo. Lucas es aún más explícito, pues no se contentó con citar el comienzo de la profecía, sino que la transcribió íntegra: Todo barranco será terraplenado y todo monte y collado será abajado. Y lo torcido será camino recto, y lo áspero senda llana. Y verá toda carne la salvación de Dios. Ya veis cómo el profeta lo dijo todo anticipadamente: el concurso del pueblo, el mejoramiento de las cosas, la facilidad de la predicación, la causa de todos esos acontecimientos, si bien todo lo puso figuradamente, pues ése es el estilo de la profecía. En efecto, cuando dice: Todo barranco será terraplenado y todo monte y collado será abajado, y los caminos ásperos serán senda llana, nos da a entender que los humildes serán exaltados, y los soberbios humillados, y la dificultad de la ley se cambiará en la facilidad de la fe. “Basta ya—viene a decir—de sudores y trabajos; gracia más bien y perdón de los pecados, que nos dará grande facilidad para nuestra salvación”. Luego nos da la causa de todo esto, diciendo: Y verá toda carne la salvación de Dios. No ya no sólo los judíos y sus prosélitos, sino toda la tierra y el mar y toda la humana naturaleza. Porque por “lo torcido” el profeta quiso significar toda vida humana corrompida: alcabaleros, rameras, ladrones, magos; todos los cuales, extraviados antes, entraron luego por la senda derecha. El Señor mismo lo dijo: Los alcabaleros y rameras se os adelantan en el reino de Dios, porque creyeron. Lo mismo indicó el profeta por otras palabras, diciendo: Entonces pacerán juntos lobos y corderos. Y, efectivamente, como en un pasaje por los barrancos y collados significa la diferencia de costumbres que había de fundirse en la igualdad de una sola filosofía; así, en éste, por estos contrarios animales, indica igualmente los varios caracteres de los hombres que habían de unirse en la armonía única de la religión. Y también aquí da la razón: Porque habrá—dice-quien se levante a imperar sobre las naciones y en El esperarán los pueblos. Lo mismo que había dicho antes: Y verá toda carne la salvación de Dios. Y en uno y otro pasaje se nos manifiesta que la virtud y conocimiento del Evangelio se extendería hasta los últimos confines de la tierra, cambiando la fiereza y dureza de las costumbres del género humano en la mayor mansedumbre y blandura.
LA FIGURA DE JUAN BAUTISTA, COMPARADA CON LOS ANTIGUOS FILÓSOFOS
Ahora bien, Juan llevaba un vestido de pelos de camello, y un cinturón de piel sobre sus lomos.
Ya veis cómo unas cosas las predijeron los profetas; pero otras las dejaron que las contaran los evangelistas. Así, Mateo, por una parte, cita las profecías, y por otra añade lo suyo por su cuenta. Y aquí no tuvo por cosa secundaria decirnos cómo vestía este santo.
- Realmente, tenía que ser maravilloso y sorprendente lo que más atraía a los judíos. Ellos veían en Juan al gran Elías, y lo que tenían entonces ante sus ojos les traía a la memoria a aquel santo de tiempos pretéritos y hasta les admiraba más éste que el otro. Porque Elías al cabo vivía en las ciudades bajo techo; pero Juan desde la cuna se había pasado la vida entera en el desierto. Y es que, como precursor de quien tantas cosas antiguas venía a destruir: el trabajo, la maldición, la tristeza, el sudor, tenía que llevar en sí mismo algunas señales de este don divino y estar por encima de la maldición primera del paraíso. Así, Juan, ni aró la tierra, ni abrió surcos en ella, ni comió el pan con el sudor de su frente. La mesa la tenía siempre puesta; aún era más fácil que su mesa su vestido, y más que su vestido su casa, y es que no necesitaba ni de techo, ni de lecho, ni de mesa, ni de nada semejante, sino que llevaba, en carne humana, una especie de vida de ángel. Por ello llevaba también un manto de pelos, enseñando por sola su figura a apartarse de las cosas humanas y a no tener nada de común con la tierra, sino volver a aquella primera nobleza en que se hallara Adán antes de que necesitara de mantos y vestidos. De esta manera, la figura misma de Juan era un símbolo del reino de Dios y de la penitencia. Y no me digas: ¿De dónde le vino a un morador del desierto aquel manto y ceñidor? Porque, si eso te ofrece dificultad, muchas otras cosas pueden igualmente ofrecértela: ¿Cómo pudo vivir en el desierto durante los inviernos y en la canícula, sobre todo con un cuerpo delicado y en tan temprana edad? ¿Cómo pudo resistir la carne de un niño tamaña variedad de temperaturas y un cambio tan absoluto de mesa y todas las otras molestias de la vida del desierto?
¿Dónde están ahora los filósofos griegos, que sin razón ni motivo profesaron la desvergüenza cínica? ¿Qué razón, en efecto, había para encerrarse primero en un tonel y entregarse luego a las mayores impudencias? ¿Dónde los otros que se rodeaban de anillos, copas, criados y criadas y de todo otro linaje de fausto, pasando de un extremo a otro? No así Juan. el habitaba el desierto como si estuviera en el cielo, dando muestra de la más alta filosofía; y del desierto bajó, como un ángel del cielo, a las ciudades, atleta de la piedad, campeón de toda la tierra, filósofo de una filosofía digna del cielo. Y todo esto sucedía cuando aún no se había destruido el pecado, ni abolido la ley, ni encadenado la muerte, ni quebrantado las puertas de bronce, sino cuando aún vigía la antigua manera de vida. Tal es un alma generosa y vigilante. Esa alma salta siempre delante y pasa más allá de la meta que se le señala. Tal hará Pablo ya en la nueva alianza.
POR QUÉ VA CEÑIDO JUAN
—Mas ¿por qué—me diréis—usaba Juan de ceñidor del vestido? —Esa era la costumbre de los antiguos antes de introducirse la moda blanda y afeminada actual. Así por lo menos aparece ceñido Pedro, e igualmente Pablo: Al hombre—dice el texto sagrado—cuyo es este ceñidor… Así vestía Elías, así cada uno de aquellos antiguos santos, no sólo porque estaban en actividad continua, ora de camino, ora en otra cualquiera obra necesaria; sino también porque pisoteaban todo ornato de sus personas y se abrazaban con todo género de asperezas. Éste fue uno de los mayores motivos de la alabanza que Cristo tributó a Juan cuando dijo: ¿Qué salisteis a ver en el desierto: A un hombre vestido de ropas delicadas? Los que llevan ropas delicadas moran en los palacios de los reyes.
- Pues si tan áspera vida llevaba Juan Bautista—él tan puro, más brillante que el cielo, el más grande de los profetas, el mayor de los nacidos de mujer—; si él, que tan grande confianza podía tener, hasta tal extremo despreciaba toda molicie y se abrazaba con una vida tan dura, ¿qué excusa tendremos nosotros, que, después de recibir tan grande beneficio, cargados como vamos de incontables pecados, no imitamos ni una mínima parte de su penitencia? ¡Nosotros, que andamos borrachos y ahítos y oliendo a perfumes; que apenas si nos diferenciamos en cosa de esas mujeres perdidas del teatro; que por todas partes nos enmollecemos, y nos hacemos así presa fácil del demonio!
LA PREDICACIÓN DE JUAN BAUTISTA
Entonces salió hacia él toda la Judea y Jerusalén y toda la región del Jordán, y se hacían bautizar por él en el río, confesando sus pecados. ¿Ves la fuerza que tuvo el advenimiento del profeta, cómo levantó en vilo al pueblo entero, cómo les hizo pensar en sus pecados? A la verdad, cosa de maravilla era ver a un simple hombre que tales muestras daba de sí, con qué libertad y gracia, en fin, irradiaba de su mismo rostro. Hubo también de contribuir a la impresión que apareciera un profeta después de tanto tiempo. Faltaba, en efecto, entre ellos el carisma profético, y volvía ahora después de siglos. La forma misma de su predicación era nueva y sorprendente. No oían de Juan lo que estaban acostumbrados a oír de los profetas: guerras, y batallas y victorias de acá abajo, hambres y pestes, babilonios y persas, toma de la ciudad y cosas por el estilo. Juan hablaba sólo de los cielos, y del reino de los cielos, y de los castigos del infierno. Por eso, no obstante hacer tan poco que habían sido pasados a cuchillo todos los que se habían retirado al desierto a las órdenes de Judas y Teudas, no es la gente menos diligente en acudir allí a la llamada de Juan. Bien es cierto que tampoco los llamaba con los mismos fines: la tiranía, la sedición y la revolución. Él quería sólo guiarlos hacia el reino de arriba. De ahí que tampoco los retenía consigo en el desierto: los bautizaba, les daba las enseñanzas de una divina filosofía y los despedía. Y cifra de su enseñanza era siempre despreciar las cosas de la tierra y levantarse y apresurarse en cada momento por las venideras.
EXHORTACIÓN A LA PENITENCIA. EL JUICIO ESTÁ CERCA
Imitemos también nosotros a Juan, apartémonos de la disolución y la embriaguez, convirtámonos a una vida recogida. He aquí venido el tiempo de la confesión o penitencia tanto para los catecúmenos como para los bautizados; para los unos, a fin de que por la penitencia se hagan dignos de los divinos misterios; para los otros, a fin de que, lavadas las manchas contraídas después del bautismo, se acerquen con limpia conciencia, a la mesa sagrada. Apartémonos, pues, de esa vida muelle y disoluta: Porque no, no son compatibles la confesión y la disolución. Bien nos lo puede enseñar Juan con su vestido, con su alimento, con su vivienda: —Pues qué—me diréis—. ¿Es que nos mandas ese rigor de vida? —No os lo mando, sólo os lo aconsejo, sólo os exhorto a ello. Y si ello es para vosotros imposible, haced penitencia aun siguiendo en las ciudades. El último juicio está llamando a las puertas. Y, si está aún lejos, no por ello puede nadie estar confiado. El fin de la vida de cada uno equivale al fin del mundo para quien es llamado a dar cuenta a Dios. Más que está realmente llamando a la puerta, oye a Pablo, que dice: La noche ha pasado y el día está cercano. Y otra vez: El que ha de venir vendrá, y no tardará. Realmente los signos que han de llamar, como quien dice, a este día ya se han cumplido: Se predicará—dice el Señor—este Evangelio del reino en todo el mundo para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.
- Atended con cuidado a lo que dijo el Señor. No dijo: Cuando el Evangelio haya sido creído por todos los hombres, sino: Cuando haya sido predicado en todo el mundo. Por eso dijo también: Para testimonio de las naciones, con lo que nos da a entender que no ha de esperar, para venir, a que todos abracen la fe. Para testimonio, en efecto, vale tanto como para acusación, para prueba, para condenación de los que no hubieren creído.
DESPERTEMOS DEL SUEÑO DEL PECADO: CUÁL ES LA VERDADERA PENITENCIA
Mas nosotros, no obstante oír y ver estas cosas, seguimos durmiendo y viendo sueños, como cargados de embriaguez en la noche más profunda. Y es así que las cosas presentes, buenas o malas, no se diferencian nada de los sueños. Por eso, yo os exhorto a que os despertéis ya y levantéis los ojos al sol de justicia. Nadie que duerma puede contemplar al sol ni recrear sus ojos con la belleza de sus rayos. Todo lo que ve lo ve como entre sueños. Necesitamos, pues, de mucha penitencia y de muchas lágrimas, primero porque pecamos sin remordimiento; segundo, porque nuestros pecados son tan grandes, que no merecerían perdón. Y que no miento, testigos muchos de los que me están oyendo. Sin embargo, aunque no merecerían perdón, arrepintámonos y seremos coronados. Y notad que llamo arrepentirse, no sólo al apartarse del mal pasado, sino—lo que es mejor—practicar en adelante el bien. Haced—dice Juan—frutos dignos del arrepentimiento. ¿Cómo los haremos? Practicando acciones contrarias a las del pecado. ¿Has robado lo ajeno? Da ahora hasta lo tuyo. ¿Has vivido largo tiempo deshonestamente? Abstente ahora, en determinados días, hasta de tu propia mujer. Practica la continencia. ¿Has insultado, has tal vez herido o golpeado a los que pasaban a tu lado? Bendice ahora a los que te insulten a ti, haz bien a los que te hieran. No basta para nuestra salud que nos arranquemos el dardo; hay que aplicar también a la herida los convenientes remedios. ¿Te has dado a la gula y a la embriaguez el tiempo pasado? Ayuna y bebe ahora agua. Atiende a extirpar el daño que de ahí te ha venido. ¿Miraste con ojos intemperantes la belleza ajena? No mires ya en absoluto a mujer alguna, y así estarás más seguro. Apártate de lo malo—dice el profeta—y haz el bien. Y otra vez: Cese tu lengua en el mal y tus labios no pronuncien engaño. Pues dinos qué bien es ése: Busca la paz y persíguela; la paz, digo, no sólo con los hombres, sino con Dios. Y dijo bien el salmista: Persíguela. Porque la paz ha sido arrojada, ha sido desterrada, y, dejando la tierra, se ha marchado al cielo. De allí, sin embargo, podemos, si queremos, hacerla volver nuevamente. Basta que echemos de nosotros la soberbia y arrogancia y cuanto a la paz se opone y nos abracemos con la vida sobria y humilde. Nada hay peor que la ira y la audacia. Ésta es la que hace a los hombres a par soberbios y viles; por lo uno nos convierte en seres ridículos; por lo otro, en hombres odiosos. Son dos contrarios males los que lleva consigo: la altanería y la adulación. Más, si nosotros cortamos todo exceso de la pasión, seremos humildes con perfección y elevados con seguridad. En nuestros cuerpos, de los excesos se originan las destemplanzas, y, cuando los elementos traspasan sus propios términos y llegan a la desmesura, vienen las enfermedades sin número y las Muertes desastradas. Lo mismo es fácil ver que acontece en nuestras almas.
EXHORTACIÓN A LA ORACIÓN; PROVECHO DE LA TENTACIÓN
- Cortemos, pues, toda desmesura y, bebiendo el saludable remedio de la moderación, permanezcamos en la conveniente templanza y démonos con todo fervor a la oración. Si no recibimos lo que pedimos, perseveremos hasta recibir; y, si recibimos, no nos apartemos después de recibir. No es que Dios quiera diferir sus dones, sino con la propia dilación nos enseña a perseverar a su lado. Si dilata oírnos y hasta permite muchas veces que seamos tentados, es porque quiere que nos refugiemos en él y, después de refugiados, no le abandonemos. Así hacen padres y madres, todo amor y ternura que son para con sus hijos: cuando los ven que se apartan de su lado para irse a jugar con los de su edad, hacen que sus esclavos les representen cosas de espanto, y así les obligan por el miedo a que se refugien en el seno materno. Así Dios nos amenaza muchas veces, no para cumplir sus amenazas, sino para atraernos a sí. Y luego, apenas hemos vuelto a al, disipa todo nuestro miedo. Si fuéramos los mismos en las tentaciones que en tiempo de calma, ni necesidad había de tentación. Mas ¿qué digo nosotros? Los santos mismos sacaron de ellas grandes enseñanzas. De ahí que dijera el profeta: Bueno es para mí que me hayas humillado. Y el Señor mismo decía a los apóstoles: En el mundo tendréis tribulación. Y Pablo da a entender lo mismo cuando dice: Me fue dado un aguijón para mi carne, un ángel de Satanás, a fin de que me abofetee. De ahí que, aunque se lo suplicó el Señor, no logró verse libre de la tentación por el mucho provecho que de ella le venía. Si repasamos la vida entera de David, hallaremos que fue en los peligros donde más brilló él y todos los a él semejantes. Así, Job en la prueba fue donde más resplandeció; así José, así Jacob, así el padre de Jacob y su abuelo; y todos, en fin, cuantos alguna vez brillaron y se ciñeron espléndidas coronas, a la tribulación, a las tentaciones, se las debieron y en ellas fueron proclamados vencedores.
EXHORTACIÓN FINAL: ACEPTEMOS LO QUE DIOS NOS ENVÍA
Sabiendo muy bien todo esto, conforme a la palabra del Sabio: No nos apresuremos en el tiempo de invasión, atengámonos a esta sola enseñanza: sufrirlo todo generosamente y no preocuparnos ni curiosamente inquirir sobre lo que nos acontece. Porque saber cuándo hayan de terminar nuestras tribulaciones, cosa es que pertenece a Dios, que permite que nos vengan; pero soportarlas con todo hacimiento de gracias, toca ya a nuestro reconocimiento. Si así lo hacemos, se nos seguirán toda suerte de bienes. Pues porque esos bienes se sigan y aumentemos acá nuestros merecimientos y sea allá más espléndida nuestra gloria, aceptemos cuanto el Señor nos envíe, dándole por todo gracias, pues Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y Él nos ama más ardientemente que nuestros padres. Repitiéndonos como una canción estos dos pensamientos en cada una de nuestras tribulaciones, reprimamos la tristeza y demos gloria a Aquel que todo lo hace y todo lo ordena para nuestro bien. De esta manera desharemos todas las asechanzas del enemigo y alcanzaremos las coronas inmarcesibles, que a todos os deseo por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, con el cual, en unión del Espíritu Santo, sea al Padre gloria y poder y honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
San juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 10, 1-7, BAC Madrid 1955, 179-96
Guión II Domingo de Adviento (A)
Entrada:
La esperanza del adviento quiere levantarnos de los valles de nuestros desánimos y abajarnos de los montes de nuestros orgullos, disponiendo con una verdadera conversión nuestros corazones para recibir a Dios que viene.
Liturgia de la Palabra
Primera Lectura: El retoño del tronco de Jesé, Juzgará con justicia a los débiles
Segunda Lectura: Mantengamos la esperanza, a ejemplo del Señor, para que con un solo corazón y una sola voz, glorifiquemos a Dios
Evangelio: La llamada a la conversión es llamada a la vida: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”
Preces:
Llamados a mantenernos irreprochables para el día de Cristo, unámonos en la oración común.
A cada intención respondemos…..
+ Mira Señor benignamente al Santo Padre y a todos los Obispos, concédeles la fortaleza necesaria para enfrentar el desafío de la proclamación del Reino de Cristo en medio de tantas adversidades del mundo contemporáneo. Oremos…
+ Te pedimos por los sacerdotes para que a ejemplo de Juan Bautista sepan preparar los corazones de los hombres para la visita que Dios quiere hacerles en la Persona de su Hijo Salvador. Oremos…
+ Te pedimos por todos los cristianos, y los hombres de buena voluntad, para que vivan estas fiestas haciendo experiencia de que la Navidad es Dios que «viene para estar con nosotros»; que viene a reconciliarnos con Él y entre nosotros. Oremos…
+ Por los que gobiernan las naciones, para que Jesucristo manso y humilde de Corazón, los mueva al uso sabio y responsable del poder, promoviendo entre las familias y los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz. Oremos…
+ Escucha nuestras súplicas por las misiones que realiza nuestra Familia religiosa y por los misioneros del mundo entero, para que vivan con gozo y entusiasmo su vocación en el seguimiento fiel de Cristo. Oremos…
Ayúdanos Señor con tu fuerza y concede que todos los hombres vean y experimenten tu salvación. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Ofertorio:
En la Eucaristía tenemos la prueba de que Dios realiza cosas grandes y maravillosas. Nos hacemos pequeños para recibirla y presentamos:
+ Incienso junto con nuestra entrega haciendo de nuestra vida una oración continua.
+ Los dones de pan y vino, esperando en la venida del Señor siempre enriquecedora.
Comunión:
La Eucaristía es la última expresión de la Encarnación. En ella Jesucristo estrecha su amistad con nosotros.
Salida:
María de la dulce espera, nosotros esperamos contigo la realización de las divinas promesas, las que nos darán en gran medida toda la dicha.
(Extracto del Servicio de HomilÉtica 2012)
Isaías y el Bautista
El profeta Isaías profetiza la venida de Juan el Bautista, que había de usar sus palabras para anunciar la llegada de Cristo Salvador y preparar los caminos del Señor. Y conviene que nosotros no perdamos de vista la figura de aquel hombre excepcional, el mayor de los hijos de los hombres, que fue modelo de todas las virtudes. De la penitencia, porque él dijo: “¡Haced penitencia!”. De la confesión, porque “confesó y no negó, que él no era el Cristo”. De la humildad, porque afirmó que él, en comparación de Cristo, “no era digno de desatarle las correas de sus sandalias”. De la fe, clamando: “he aquí el Cordero de Dios, he aquí el que borra los pecados del mundo”. Del celo por la gloria de Dios, conminando a los pecadores: “Raza de víboras, ¿quién os librará de la ira que ha de venir?”. De la justicia, mandando a los soldados: “A nadie atropelléis ni calumniéis”. De la castidad, amenazando a Herodes, el rey adúltero: “No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano”.
Pues bien, mis hermanos, Isaías y Juan el Bautista nos predican lo que tenemos que hacer para acercarnos al Señor. Tenemos antes que nada que retirarnos a la soledad de nuestra alma, para que hable Dios a nuestro corazón. Hay que hacer que se bajen los montes de nuestra soberbia y suban los valles de nuestra humildad.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo V, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 53)




