“-¿Buscás eficazmente el bien de los demás?
Si no ponés todo tu empeño de salir de vos mismo,
te falta crecer en el amor”.
(p. Buela, Vox Verbi 35, homilía ¿… me amas más…?)
Es una gracia que las palabras de los santos se hagan populares y pasen de boca en boca. Una frase breve, aprendida de memoria, puede sostener a un alma en momentos difíciles. Pero precisamente por eso hay que cuidarlas: lo que se ama, se guarda bien. Algo así ha sucedido con uno de los dichos más conocidos de san Juan de la Cruz. Todos lo hemos oído muchas veces así: “A la tarde de la vida te examinarán en el amor”. La frase suena bien, tiene música, parece sanjuanista, y sin embargo no es exactamente lo que escribió el Santo.
La confusión no nació ayer. Tiene, por decirlo así, historia editorial. La añadidura comenzó a introducirse muy pronto en la tradición impresa: ya en el Sentenciario espiritual, publicado en diversas ediciones desde 1694, aparece el dicho con esa ampliación; y en la gran edición de Sevilla de 1703, dentro de los Avisos y sentencias espirituales, figura con esta forma: “A la tarde de esta vida”. De allí pasó fácilmente a la memoria común. Y la memoria común, cuando una frase le suena redonda, la adopta, la repite y la deja instalada.
Pero el texto del autógrafo sanjuanista conservado en el Códice de Andújar es:
“A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición” (D 59).
Antes de entrar en el dicho, recordemos apenas qué son estos Dichos de luz y amor. Son sentencias breves, sí, pero breves como un clavo: poca palabra y mucha punta. San Juan de la Cruz las escribía para sus religiosos. En ellas quería enseñar a imitar a Cristo. Por eso no conviene leerlos a la carrera. Hay que rumiarlos un poco. Muchas veces nacieron como palabras dadas a medida, para un alma concreta, en una circunstancia concreta. Después, claro está, la Iglesia las guardó porque servían para todos; pero no hay que olvidar que primero tuvieron ese calor de consejo personal, casi de dirección espiritual escrita en pocas líneas.
Volvamos al dicho.
“A la tarde te examinarán en el amor”.
Lo primero que hay que notar es la falta de esas tres palabras que nosotros solemos añadir: “de la vida”. San Juan no dice: “A la tarde de la vida”. Dice simplemente: “A la tarde”. La añadidura apareció muy pronto y se generalizó; pero no es auténtica. Y, además, estrecha el dicho. Lo deja encerrado casi solamente en el juicio final, cuando en realidad el Santo lo abre a una amplitud mucho mayor.
Es verdad que “la tarde” puede significar la muerte. Y sería tontería negarlo. La vida del hombre es una jornada: tiene amanecer, mediodía y ocaso. Llega un momento en que se apaga el ruido, se cierran las tiendas, se recogen las herramientas, y el alma queda sola ante Dios. Entonces no valdrán las etiquetas, ni los cargos, ni las justificaciones (“no tuve tiempo…”), ni las explicaciones largas con que uno se disculpó toda la vida. Allí se verá qué hubo de caridad verdadera y qué hubo de teatro.
Pero, dicho esto, hay que volver a la sobriedad del texto: “A la tarde”. No sólo a la tarde última. También a la tarde de cada día. A la tarde de cada obra. A la tarde de cada conversación. A la tarde de cada corrección fraterna, de cada silencio, de cada obediencia, de cada limosna, de cada sacrificio. Cada cosa tiene su tarde. Y en esa tarde queda al descubierto si fue hecha por Dios o por ese dios pequeño y molesto que se llama “yo”.
Aquí aparece la palabra tremenda: “te examinarán”. No dice: “te felicitarán”, “te comprenderán”, “te harán un homenaje”. Dice: “te examinarán”. La vida cristiana es escuela, milicia, fragua. Dios prueba al alma, la acrisola, la pule. Nuestro Santo habla de esa obra divina como de fuego y martillo: “porque no puede servir y acomodarse el hierro en la inteligencia del artífice si no es por fuego y martillo” (LB 2, 26).
El hombre moderno quisiera un cristianismo sin examen, como quisiera una escuela sin notas, una medicina sin bisturí, una cruz sin clavos y un amor sin renuncia. Pero san Juan no es moderno, gracias a Dios. Sabe que el amor verdadero debe ser probado, porque todo amor que no acepta prueba suele ser amor imaginado.
¿Y sobre qué será el examen? “En el amor”.
No dice que nos examinarán en el éxito, ni en la simpatía, ni en la eficacia, ni en la cantidad de cosas hechas. Tampoco en las consolaciones recibidas, ni en los fervores sentidos, ni en las lágrimas derramadas. El examen será en el amor. Pero no en un amor vago, blandengue, de palabra fácil y voluntad floja. El amor del que habla san Juan es el amor total que Dios pidió desde antiguo: “Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 5).
Ese “todo” es lo que nos incomoda. Porque nosotros quisiéramos amar a Dios con una parte: con un rato, con un gesto, con una zona de la vida, con una habitación de la casa, pero guardándonos la llave del sótano. Dios, en cambio, quiere el corazón entero, porque sólo el amor entero sana al hombre entero.
Y todavía hay algo más, que es quizá lo más delicado de todo. No seremos examinados solamente sobre cuánto amamos nosotros a Dios, al prójimo y a nosotros mismos con amor recto. Seremos examinados también sobre si nos dejamos amar por Dios. Y esto, aunque suene dulce, es dificilísimo. Porque dejarse amar por Dios no es dejarse mimar por Él. Dejarse amar por Dios es dejarse trabajar por Dios. Es permitirle que entre donde no queremos que entre, que toque lo que defendemos, que quite lo que nos estorba, que pode lo que parece flor y era pura hojarasca.
Dios ama como artista y como artífice. Él sabe la obra que quiere sacar de cada alma, y la sabe mejor que nosotros. Nosotros apenas vemos un pedazo de hierro torcido; Él ve una espada, un arado, una llave, un instrumento para su gloria. Pero para eso hace falta fuego y martillo. San Juan de la Cruz lo dice con una imagen recia: “porque no puede servir y acomodarse el hierro en la inteligencia del artífice si no es por fuego y martillo” (LB 2, 26). Por eso Dios mete al alma en el horno de la tribulación, la pone sobre el yunque, la golpea, la vuelve al fuego, la saca de la hornaza para ver en qué punto va la obra. Y todo esto no lo hace por dureza, sino por amor. La gran pregunta será, entonces, si dejamos a Dios amarnos así; si consentimos que nos perfeccionara según su medida, no según la nuestra; si aceptamos que nos hiciera santos como Él quería, y no apenas buenos según nuestra comodidad.
Por eso el dicho continúa: “Aprende a amar como Dios quiere ser amado”.
El amor se aprende. No basta tener buen corazón, porque el corazón, si no se convierte, es un magnífico fabricante de ídolos. A amar se aprende amando, sí; pero amando según Dios, no según el humor, el temperamento, la herida, el gusto o la gana. Hay quienes aman mucho, pero aman mal.
San Juan de la Cruz dice: “aprende”. Es decir: ponte de discípulo. Baja la cabeza. Reconoce que no sabes. El que cree saber amar, ya empezó mal la lección. Cristo es el Maestro, la Materia y el Examinador. De Él se aprende no sólo oyendo sus palabras, sino viviendo con Él, mirando cómo ama: cómo se entrega, cómo calla, cómo espera, cómo perdona, cómo obedece, cómo muere.
Pero el dicho todavía no terminó. Fray Juan agrega la parte que casi nunca se cita, quizá porque es la que más molesta: “y deja tu condición”.
Aprender a amar como Dios quiere ser amado exige dejar la propia condición. Esa condición tan mía, tan querida, tan defendida, tan justificada. No se trata de destruir la naturaleza, sino de abandonar lo que en nosotros se ha vuelto obstáculo para Dios: caprichos, susceptibilidades, comodidades, honrilla, amor propio, tristezas cultivadas, impaciencias, celos, perfeccionismos, palabrería exterior e interior, tacañería espiritual, ese fariseo doméstico que todos llevamos dentro y que sabe rezar muy bien cuando le conviene.
“Deja tu condición” quiere decir: deja de hacer de tu modo de ser una excusa para no convertirte. Porque muchas veces decimos “yo soy así” con la misma solemnidad con que deberíamos decir “yo pequé”. Y hasta canonizamos nuestros defectos con argumentos de psicología barata: “es mi carácter”, “es mi sensibilidad”, “es mi manera de amar”, “es mi forma de ser”. Muy bien. Pero san Juan de la cruz pasa por delante de todas esas explicaciones y dice solamente: deja.
No dice: decora tu condición. No dice: explícale a Dios tu condición. No dice: exige que todos respeten tu condición. Dice: “deja tu condición”.
Y no hay contradicción entre esto y el amor. Al contrario. Precisamente porque hay que amar, hay que dejar. El que no deja nada, no ama mucho. El amor verdadero siempre tiene algo de éxodo: salir de la propia tierra, del propio querer, del propio juicio, del propio gusto. Amar es permitir que Dios sea Dios, y no secretario de nuestras preferencias.
Así se entiende el dicho entero. La primera parte nos pone delante el examen: “A la tarde te examinarán en el amor”. La segunda nos manda a la escuela: “aprende a amar como Dios quiere ser amado”. La tercera nos señala la penitencia concreta: “y deja tu condición”.
Quitada la añadidura, el dicho no pierde belleza; la gana. “A la tarde de la vida” puede sonar más redondo, pero “A la tarde” es más ancho, más sobrio, más sanjuanista. Cada día tiene su juicio pequeño, anticipo del grande. Cada noche pregunta: ¿amaste? ¿amaste como Dios quería? ¿o amaste como te salió, como te convenía, como te dejaba intacto?
Y quizá en esa pregunta se resume una buena parte de la vida espiritual. No se trata de hacer muchas cosas, aunque haya que hacerlas. Se trata de llegar a la tarde —a la de hoy y a la última— con algo de amor verdadero entre las manos. Y para eso hay que aprender. Y para aprender hay que dejar. Y para dejar hay que mirar a Cristo, que en la tarde de su vida lo dejó todo, hasta la última gota de sangre, y amó como Dios quiere ser amado: con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.
Por eso conviene repetir el dicho, sí, pero entero; y mejor todavía, vivirlo: “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición”.


