El día de la ordenación, el más importante de mi vida. Y hoy, 9 de agosto de 2026, son ya 25 años.
El santo Padre Pío de Pietrelcina escribía: “Mi pensamiento vuela al día de mi ordenación. Mañana, fiesta de san Lorenzo es, precisamente, el día de mi fiesta. Ya he comenzado a probar de nuevo el gozo de aquel día santo. Desde esta mañana, he comenzado a gustar el paraíso. Voy comparando la paz que sentí aquel día con la paz que comienzo a sentir desde la víspera de este día y no encuentro nada diferente. El día de san Lorenzo fue el día en que mi corazón estuvo más encendido de amor a Jesús. ¡Qué feliz fui aquel día de mi ordenación!” .
En mi caso, puedo recordar con emoción el día de la ordenación, aquél 9 de agosto del 2001, en la Catedral de la Plata, en Argentina. Fuimos ordenados por Mons. Andrea María Erba, uno de los principales benefactores de nuestra Congregación, al haber dado la aprobación diocesana de nuestro Instituto. Viajó desde Italia hasta Argentina para ordenarnos sacerdotes. Nos ordenamos un total de 49 sacerdotes, la ordenación más grande de la historia de nuestra Congregación.
Ese día lo esperamos con ansiedad, especialmente los nueve diáconos que estuvimos más de tres años esperando la ordenación sacerdotal… desde mayo del año 1998, hasta agosto del 2001. Una vez que recibimos la noticia, fue apenas una semana antes, el 2 de agosto, bajo la pérgola de la casa San Pedro, en la Finca, nuestro seminario mayor. Los días previos y posteriores, las primeras misas, fueron días de indecible alegría, nos habíamos preparado durante mucho tiempo, y nos parecía haber “comenzado a gustar el paraíso”, usando las palabras del P. Pío.

Realmente todo “parecía un sueño”… un sueño bellísimo, “nos parecía soñar”. La procesión de entrada de esa primera misa en La Finca, con una fila casi interminable de más de cien sacerdotes, fue acompañada con aplausos constantes de los feligreses, hasta que llegamos todos al altar. Habíamos pasado por muchas cruces y dificultades, y Dios abría de par en par la fuente de las bendiciones y consuelos.

Pero mas allá de las circunstancias que rodearon nuestra ordenación, lo que hace que este día sea tan importante para nosotros, es el recuerdo imborrable de la imposición de manos. Dice San Pablo a los Corintios: “Considerad, hermanos, vuestra vocación” (I Co 1,26). Y el Papa JPII dice que esto es especialmente para los sacerdotes. Y justamente dice que “una ocasión propicia (para considerar el don que hemos recibido) son también los aniversarios de la Ordenación sacerdotal y, especialmente, los jubileos sacerdotales” , como el que nosotros estamos celebrando, para considerar esto.
Recordaba el Papa: “Los jubileos…, son momentos importantes en la vida de un sacerdote, es decir, como unas piedras miliares (las que marcan los km) en el camino de nuestra vocación. Según la tradición bíblica, el jubileo es tiempo de alegría y de acción de gracias”.
Tenemos entonces que dar gracias, es tiempo de acción de gracias. Nosotros especialmente tenemos que dar gracias por los frutos de nuestra vida sacerdotal. Por todo lo que hemos podido hacer en estos 25 años, por haber podido servir a la Iglesia en tantos lugares del mundo, por las misiones. Sabemos que “somos siervos inútiles” (Lc 17,10). Y sin embargo estamos agradecidos con Dios porque ha querido hacer de nosotros sus ministros, por pura gracia divina.
Doy gracias porque sólo por la gracia de Dios hemos podido perseverar hasta hoy, pues soy consciente de que “llevamos un tesoro en vasijas de barro”, como dice San Pablo. Y porque “estamos también revestidos de debilidad” como dice la carta a los Hebreos.



Muchas son las faltas. Muchos los defectos. Pesa sobre nuestra alma la culpa por las almas a las que no hemos ayudado, o hemos escandalizado, hemos dado motivo para alejarse de Dios. Dios nuestro Señor tenga piedad de nosotros.
Pero aún considerando este aspecto negativo, no podemos dejar de ver en el balance, el saldo inmensamente positivo, de todo el bien que Dios ha hecho por nuestras manos, y aunque somos indignos, somos Ministros de Dios.
El P. Ramón Lull, de Albania, fue ordenado sacerdote, y al poco tiempo fue puesto en prisión por el régimen comunista. ¡Estuvo 48 años preso! Celebró sus 50 años de sacerdocio en Roma, con el Papa Juan Pablo II. Él cuando cuenta su historia, cuando fue ordenado sacerdote, dijo estas palabras: “Abrí los brazos, y me dejé clavar en cruz”.
Ese debe ser el fin de nuestro sacerdocio, como nos dijeron en día de la ordenación, al entregarnos el pan y el cáliz: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.
Que Dios nos conceda la gracia de la perseverancia final, por intercesión de la Santísima Virgen María… que seamos sacerdotes hasta el último suspiro, miembros del Verbo Encarnado hasta el último latido.
Como decía en otra ocasión Juan Pablo II: Que María, Madre de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, sostenga con su asidua protección las andaduras de nuestro ministerio, sobre todo cuando el camino es arduo y las dificultades son mayores.
Nos encomendamos a la Virgen María, con una oración que hace Juan Pablo Magno:
Y tú, María, Madre de Cristo,
Que nos has acogido junto a la Cruz
como hijos predilectos con el Apóstol Juan,
sigue velando sobre nuestra vocación.
Te confiamos los años de ministerio
que la Providencia nos conceda vivir aún.
Permanece a nuestro lado para guiarnos
por los caminos del mundo,
al encuentro de los hombres y mujeres
que tu Hijo ha redimido con su Sangre.






