Mes de San José

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Intenciones para el mes de San José

Intenciones Para El Mes De San José

Comenzamos el hermoso mes de San José. Hagamos un propósito firme de vivirlo con piedad.

Es mi más ardiente deseo inculcaros una gran devoción al glorioso Patriarca. Consagrados por nuestra vocación cristiana al servicio de la adorable Persona de Nuestro Señor, realmente viviente en medio de nosotros, debemos tributar un culto especial a aquellos santos que por lazos de parentesco o por circunstancias especiales han tenido una relación más estrecha con Él.

Trataré de haceros admirar en San José el más perfecto de los adoradores y el modelo acabado de la Vida de adoración.

Nuestra primera intención, al hacer este piadoso ejercicio, está dedicada a nuestra santa Madre la Iglesia y al Soberano Pontífice, a quienes asechan incesantemente tantos enemigos; es una justa manifestación de nuestro agradecimiento por el beneficio que recibió todo el orbe católico, cuando la Santidad de Pío IX proclamó a San José patrón de Iglesia universal.

Haremos este mes, en segundo lugar, por nuestras Patrias, a fin de que San José haga germinar en ellas su fe, sus virtudes, y particularmente, para que distribuya en ellas con liberalidad el Pan Eucarístico, que ha de comunicarle una vida exuberante, poniéndola a salvo de la miseria general. ¿Y luego? ¡Ah! después de haber interesado a San José en favor de la Iglesia, del Pontífice y la Patria, ¿no será justo implorar su protección en favor de las familias que adoran del Santísimo Sacramento y de todas aquellas almas que a se hallan ligadas en un mismo amor y devoción hacia la adorable Eucaristía?

Sí; le pediremos buenas vocaciones eucarísticas, para gloria de Nuestro Señor; le pediremos buenos adoradores: el Santísimo Sacramento necesita hallarse rodeado de verdaderos y fervientes adoradores que reemplacen al pie de su trono al glorioso San José, reproduciendo las virtudes de su vida de adoración.

Si queréis obtener mucho, durante este mes, no pongáis límites a vuestros deseos y súplicas; apelad a la bondad sin medida de San José. “Todo lo esperarnos do vuestra benevolencia, ¡oh gran santo! y nos conformamos en todo con vuestra voluntad. Sois poderoso en los cielos, mirad esta humilde porción de la gran familia católica; no podéis rehusarle vuestro amor, pues todo su ideal es servir a Jesús que en el Santísimo Sacramento se halla sometido a mayor debilidad y miseria que en Belén y en Nazaret: bendecidla, pues, y sed nuestro padre y protector”.

Estad persuadidos de que San José se dejará conmover por nuestra suplica y nos prodigará la abundancia de sus gracias.

Aspiración. San José, encargado por Dios de cultivar el Trigo de los elegidos, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 01 - La triple diadema de San José

Día 01

La Triple Diadema De San José

Contemplemos con una sola mirada todo lo que fue San José; esto nos servirá para formar algo así como un cuadro de conjunto; después de lo cual entraremos a estudiar cada uno de sus privilegios y virtudes en particular.

Y son tales las grandezas de nuestro santo, y han de suministrarnos una materia tan abundante, que por más que las tomemos por frecuente objeto de nuestras meditaciones, jamás llegaremos a agotarlas, ni dejaremos de hallar algo nuevo que admirar.

Tres magníficos florones se destacan desde luego en la corona que ciñe las sienes de San José: su dignidad, su santidad y su poder.

Representante y sombra viviente del Padre Eterno, ha recibido el sagrado depósito de su Hijo Unigénito, y el de María, criatura bendita entre todas; y él les tributa los homenajes correspondientes de su encendido amor.

San José es, además, jefe de la Sagrada Familia; de esa Trinidad terrestre tan semejante a la Trinidad celeste.

Josué impuso al sol su voluntad; mas, este nuevo y verdadero Josué da sus órdenes y es obedecido por el Criador mismo de los astros.

Pero, si grande es la dignidad de San José, su santidad es aún mayor. El recibió los dones más abundantes y extraordinarios de santidad infusa: santificado desde el seno materno, fue dotado desde luego con todos los favores divinos concedidos a los demás santos, en grado supereminente.

Su santidad adquirida, que el Evangelio sintetiza en esta sola frase, “Era justo”, es un conjunto de todas las virtudes, elevadas a un grado heroico.

El Evangelio nos hace admirar su caridad, su pureza, su perfecta obediencia, su amor desinteresado hacia Jesús, su humildad, su predilección por la vida sencilla y oculta: por poco que nos detengamos a meditar los misterios en que San José tomó parte, descubriremos en él la más sublime santidad, y esta sola expresión: “Era justo” es como el sello de su santidad perfecta. Dios lo ha dotado, por otra parte, de un poder proporcionado a su dignidad, y que es digna recompensa de su perfección.

San José ejerció su autoridad sobre Jesús y María, no solamente en calidad de jefe de la Sagrada Familia, sino que además ellos mismos le dieron todo poder sobre su corazón.

Él tiene derecho sobre los bienes de su Hijo: y son nada menos que los tesoros de la Divinidad; derecho sobre los bienes de su Esposa, más rica en gracias que todos los santos reunidos.

Y, en el reino de los cielos, todavía tiene José el honor incomparable de ser llamado padre, por el Soberano de los ángeles y de los hombres.

Y María, la Reina del cielo y de la tierra, continúa dándole el título de Esposo y lo honra como a tal.

Aspiración. San José, custodio de los graneros eucarísticos del divino Padre de familia, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 02 - Dignidad de San José

Día 02

Dignidad De San José

Inútilmente buscaríamos entre la multitud innumerable de los santos uno que haya sido elevado a una dignidad comparable a la de San José, la cual consiste en haber sido elegido por padre legal del hijo de Dios humanado. ¡He ahí un hombre, pues, a quien va a llamar Padre el Hijo de Dios; como a tal va a servirlo y obedecerle; y a cuyos pies va a implorar, con sumisión filial, la bendición paterna!

El Padre celestial se ha despojado, por decirlo así, de sus derechos sobre el Hijo de Dios, ha abdicado de ellos en las manos de San José; y si por acaso hubiera sido posible que el Padre terrestre mandase algo distinto de lo decretado por el Padre celestial, a aquél y no a este hubiera obedecido Nuestro Señor, puesto que San José había recibido de Dios la autoridad sobre Jesucristo.

Entraba, pues, en los designios de Dios que Jesús cumpliese respecto de San José todos los deberes de un hijo sumiso.

¡Ah! los Ángeles admiran, se asombran y no alcanzan a comprender cómo este hombre da órdenes al Verbo que ellos adoran. Y San José hace con toda sencillez lo que ellos no hubieran osado jamás.

El Hijo de Dios confía su divina Madre a San José. Él será guardián y tutor de esta Virgen Inmaculada, la criatura más santa y augusta que haya podido salir jamás de las manos del Criador.

Aún más, él será su verdadero y legítimo esposo: tendrá pleno derecho a su sumisión y a su amor; y María le honrará y lo amará con el amor de la esposa más fiel.

¡Qué honor para San José hallarse unido con vínculos tan estrechos a aquella a quien el Verbo de Dios llama Madre, y que pronto ha de ser declarada Reina de cielos y tierra y Soberana de los Ángeles y de los hombres!

Padre de Jesús, Esposo de María, tales son las dos fuentes de donde surge la grandeza incomparable de San Jose; grandeza que lo coloca en un rango particular, superior a todas las jerarquías celestes: él forma parte del misterio de la Encarnación, hallándose muy próximo al Verbo de Dios hecho carne.

Sólo en el cielo comprenderemos la grandeza de San José, y las dignidades con que ha sido honrado serán el objeto de nuestras eternas alegrías.

Ya desde ahora en la tierra podemos prever lo que será él en la gloria. En los días de Belén y Nazaret existían dos cielos: en el cielo de la gloria el Padre se manifestaba a los Ángeles en toda su hermosura: en Belén y en Nazaret se hallaba el segundo cielo, donde el Hijo de Dios se manifestaba en toda la magnificencia de su amor. Jesús tenía dos Padres a quienes prestaba obediencia.

Y casi me atrevería a decir que el cielo de la tierra era preferible al de la gloria, porque en aquél el Hijo de Dios sufría por nosotros y nos manifestaba mayor amor; abundando asimismo en mayores gracias, porque en él habitaba el Verbo como Dios y como hombre: y San José era el jefe de esta Trinidad terrestre, en que se hallaban reunidas todas las riquezas del paraíso.

Aspiración. Dadnos hoy, ¡oh San José! el Pan supersubstancial del alma.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 03 - Riqueza de San José

Día 03

Riqueza De San José

San José es el más favorecido de todos los santos. Dios, en vista de la dignidad a que iba a elevarlo, hubo de usar para con él de una liberalidad enteramente divina; de otra manera hubiera podido quejarse de que el Señor no le diera lo necesario para sostener su rango. Sabemos que Dios otorga sus gracias en razón al estado a que llama. Excediendo aún la medida de lo necesario dispensa gracias superabundantes, gracias de representación: Dios trata a sus santos con honor; siempre observa en la repartición de sus gracias lo que podríamos llamar el decoro divino.

El Padre celestial no tuvo sobre la tierra más que un santo que lo representase: comprenderéis, pues, que debió darle todo lo que reclamaba su honor de padre, para que lo representase dignamente; Dios Hijo, que requería un padre nutricio digno de Él, agregó sus propias riquezas y todos sus dones; y el Espíritu Santo, cuya fecundidad iba a actuar bajo el manto y la protección de San José, lo adornó con sus más sublimes gracias.

San José ha recibido la primera gracia de predestinación. Todos los dones de la inteligencia y del corazón, todos los dones, naturales y sobrenaturales, le fueron otorgados, en la medida más abundante. San José era noble, de la sangre de David, que fue elegido rey por voluntad de Dios.

Su inteligencia fue esclarecida. con luces particulares, para que pudiese comprender la grandeza del misterio de que iba a ser depositario durante treinta años. ¡Y su corazón, de qué dulzura, de qué amor, se hallaba penetrado! Después del Corazón de María no hay, ni habrá jamás, corazón más amante. No es preciso que os hable de su cuerpo: era perfecto, y la majestad más dulce irradiaba en toda su persona.

Pero Dios quería que San José participase de la vida de su divino Hijo: lo cubrió, pues, con un manto de humildad; le hizo salir de Jerusalén, lo confinó en una ciudad desprestigiada ante la opinión, que se consideraba imposible que de ella saliese nada bueno: y allí lo dejó morir en la obscuridad.

Si grande es San José a los ojos de Dios, más aún lo es y lo será ante los hombres; hay que estudiarlo y hacer crecer en nuestros corazones el culto más filial para con él.

Aspiración. San José, que habéis alimentado al que nos alimenta con su Sagrado Cuerpo, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 04 - Nobleza de San José

Día 04

Nobleza De San José

Cuando Dios Padre dispuso dar al mundo a su Hijo, quiso hacerlo con el honor que le correspondía, siendo digno de todo honor y de toda alabanza. Le preparó, pues, una corte y un servicio real, dignos de Él: Dios quería que, aun sobre la tierra, tuviese su Hijo, si no a los ojos del mundo, a lo menos a sus propios ojos, una recepción digna y gloriosa.

Dios no improvisó el misterio de gracia, de la Encarnación del Verbo: habiéndose ocupado en preparar, desde mucho tiempo, a aquellos a quienes había elegido para que tomasen parte en este misterio. La corte del Hijo de Dios hecho hombre, la componían María y José; el Dios, tres veces Santo, no podía haber encontrado servidores más dignos para cuidar de su divino Hijo.

Consideremos especialmente a San José. Encargado de la educación del Príncipe real del cielo y de la tierra, tiene que gobernarlo y servirlo; y su servicio ha de honrar a su divino pupilo: no era propio que Dios tuviese que ruborizarse de su Padre adoptivo. Y como Jesús era Rey, de la sangre de David, hizo nacer a José de este mismo tronco regio; quiso que su Padre adoptivo se hallase revestido también de la nobleza terrestre. Por las venas de José corría la sangre de David, de Salomón y de todos los nobles reyes de Judá: si la dinastía hubiese ocupado el trono, aun en su tiempo, él hubiera sido el heredero y debería haberlo ocupado a su vez.

No detengáis vuestros ojos en su pobreza: la injusticia había usurpado a su familia el trono a que tenía derecho; mas no por eso dejaba de ser rey el hijo de los reyes de Judá, los más grandes, nobles y ricos del universo.

En los registros del empadronamiento en Belén, el gobernador romano tuvo que reconocer e inscribir a José como heredero de David: he ahí sus pergaminos reales, son muy claros y llevan la firma que prueba su autenticidad.

Mas diréis, quizá, ¿qué importa la nobleza de José? Jesús vino sólo para humillarse. Y yo os respondo que el Hijo de Dios, que quiso humillarse durante su vida, quiso asimismo reunir en su Persona todo género de grandezas: Él también era rey, por derecho de herencia; era vástago de sangre real. Jesus era noble; y cuando eligió a sus Apóstoles entre la plebe, los ennobleció; este hijo de Abrahán tenía todo derecho a ocupar el trono de David; el Señor no condena el honor de las familias; la Iglesia no iguala tampoco el nivel de las clases sociales, respetemos, pues, todo lo que ella respeta; la nobleza deriva de Dios.

Pero, ¿entonces es preciso ser noble para servir a Nuestro Señor? Si lo fueseis, tributaréis a Nuestro Señor una gloria particular, pero la nobleza de origen no es necesaria en rigor para servirle dignamente. Él se contenta con la buena voluntad y la nobleza del corazón. Sin embargo, en los anales de la Iglesia se registran un gran número de santos, de los más ilustres, pertenecientes a familias de noble abolengo; muchos también de familia real. Nuestro Señor se complace en recibir los homenajes de todo lo que es honorable. San José recibió una educación perfecta en el Templo, y Dios lo preparó así para ser el noble servidor de su Hijo, el edecán del más noble de los príncipes, el protector de la reina más augusta del universo.

Aspiración. San José, todopoderoso sobre el Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 05 - La santidad de José

Día 05

La Santidad De José

La Santidad De José Lo Prepara Dignamente Para El Desempeño De Sus Sublimes Funciones

Los honores y las dignidades no constituyen la santidad de San José. Las sublimes funciones que desempeña no son su mayor título de gloria.

Sin embargo, cuando las dignidades vienen de Dios, suponen en aquel a quien Dios las dispensa una santidad proporcionada.

¡Cuál no debió ser, pues, la santidad de José, para merecer tantos favores, como jamás han sido ni serán otorgados a nadie sino a él!

Sin duda San José era el más santo de los hombres; convenía que Dios eligiese al más perfecto y digno de los hombres para confiarle una misión tan grande cerca de Jesús y María.

La santidad de José correspondía perfectamente con su dignidad. Él era esposo de la Inmaculada Virgen María, pero esposo virgen a su vez, siempre virgen: esta virtud había de manifestarse en todo su brillo, a la primera señal de la maternidad de María, cuyo divino misterio ignoraba. Él era padre adoptivo de Jesús, su padre legal, su padre nutricio: ¡con qué fidelidad, abnegación y amor cumplió esta misión, sirviendo y protegiendo a Jesús en Belén, en Egipto y en Nazaret, hasta su muerte! Es que Jesús era su único tesoro.

San José poseía en el más alto grado todas las virtudes del más fiel esposo, del más tierno y abnegado padre, y las practicaba con toda perfección para con María y Jesús.

¡Con qué fidelidad tan discreta guardó José el secreto que se le había confiado de Jesús y María! Él era el único hombre en el mundo depositario y dueño en cierto modo de tan precioso tesoro: una palabra, una sola palabra de su boca, lo hubiera colmado de gloria: mereciéndole ser proclamado como el más feliz de los esposos y el más honorable de los padres. Pero no fue así. San José gozó solo de su felicidad en la obscuridad de su profesión, en la pobreza de su vida y en el olvido del mundo.

¡Qué hermoso ejemplo de humildad para nosotros! ¡cómo nos enseña a no revelar los dones de Dios, a ocultar nuestras pobres virtudes, a fin de preservarlas de la vanidad humana!

San José, el más grande de los santos, es el más humilde y oculto de todos: y en esto participa excelentemente de los caracteres de la santidad de María y de Jesús, de la cual puede decirse que lo que dejaron admirar no es nada en comparación de los tesoros inmensos de gracia y de virtudes que nos serán revelados solamente en el cielo.

Aspiración. San José, que llamáis hijo vuestro al Dios que adoramos en la Eucaristía, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 06 - De cómo debemos juzgar de la grandeza de San José

Día 06

De Cómo Debemos Juzgar De La Grandeza De San José

San José fue el primer adorador, el primer religioso; sin duda él no adoró a Nuestro Señor en su forma eucarística, ni tuvo la dicha de comulgar; pero poseía y adoraba a Jesucristo bajo la forma humana.

San José conoció mejor y más profundamente a Nuestro Señor que todos los santos juntos; él no vivió sino para nuestro Señor Jesucristo. He ahí su gloria particular, el carácter propio de su santidad: en eso cabalmente debe ser nuestro modelo y eso es precisamente lo que constituye su incomparable grandeza.

Bien se yo que su vida es poco conocida y reviste poca gloria exterior, mas, ¿por qué hemos de juzgar de la grandeza de los santos por la gloria y el brillo que rodea su misión y su vida? Dios glorifica a sus santos en el cielo: nosotros quisiéramos que los glorificase ya aquí abajo; nos parecemos en esto a los judíos que querían un Mesías glorioso. Cuando consideramos a algún santo, nos detenemos en su gloria exterior; le erigimos un trono al lado de Nuestro Señor: nos preocupa la glorificación del hombre. Bueno es, sin duda, exaltar los dones de Dios en sus santos; pero hay en eso un secreto pensamiento de comparación, un poco de egoísmo, un cierto deseo que se desliza en nosotros, para llevarnos a servir al Señor con la mira de llegar a ser, a nuestra vez, grandes y gloriosos; es una raíz del hombre viejo que aspira siempre a ser algo, aun en el servicio de Dios.

Es preciso juzgar de los santos en Jesucristo; para juzgar de la excelencia de un santo, observad su grado de transformación en Jesucristo; haciendo así, lo colocamos en su centro y en su fin, volvemos el rayo al sol que lo envía; no nos limitamos entonces a glorificar tan sólo al hombre o los dones de Dios, sino que glorificamos a Jesucristo mismo, autor de toda santidad; puesto que no tanto viven de Jesucristo los santos, como vive en ellos Jesucristo, según el decir de San Pablo: “’Ya no soy yo quien vive, sino Jesucristo que vive en mí”.

Al admirar cuánto se aproximó San José a Nuestro Señor y cuán perfectamente se transformó en Él, comprenderemos su verdadera grandeza; su verdadera santidad.

Ésta será nuestra ocupación durante todo el mes; consideraremos cada día en particular una de las gracias de San José y encontraremos en él el adorador más perfecto, enteramente consagrado a Jesús, trabajando siempre cerca de Jesús, teniendo a Jesús por fin de sus virtudes y de su vida: en esto debe ser nuestro modelo y debe nuestra vida inspirarse en la suya.

Aspiración. San José, de quien puede decirse que ya no vivíais, sino que vivía Jesús plenamente en vos, rogad por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 07 - San José todo para Jesús

Día 07

San José Todo Para Jesús

Todas las gracias que recibió San José le fueron otorgadas en vista del servicio de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen. La gracia que recibía no era para él; por consiguiente, no debía detenerse en su persona; la virtud debía brotar de él, como brota la flor de su rama, para inclinarse luego hacia Jesús por intermedio de María.

Desarrollemos un poco este pensamiento. Dios crio a San José para Nuestro Señor, y nada más que para Él: ningún prójimo, ninguna obra lo reclamaba. Dios Padre había criado y dotado a San José en vista de su Hijo; el Verbo lo había preparado para Sí mismo exclusivamente. La Santísima Trinidad había acumulado en San José verdaderas montañas de gracias, todos los favores de los justos, patriarcas y profetas de la antigua Ley. San José recibió, según la naturaleza y la gracia, la herencia de todos los santos que vivieron antes que él. Más allegado a Nuestro Señor que cualquier otro santo, gozó de las primicias de la gracia: pues bien, todo eso lo recibió para Nuestro Señor, y nada más que para Él.

Criado para Jesucristo, San José no debía vivir sino para Él, sólo para Nuestro Señor debía cultivar sus virtudes. La Sagrada Escritura le llama siervo bueno y fiel, porque, en efecto, él vivió consagrado al servicio de la adorable Persona del Hijo de Dios. No todos los santos fueron destinados al servicio directo e inmediato de la divina Persona del Señor; los Apóstoles recibieron la gracia y la misión del apostolado: Dios los enviaba cerca de los hombres; no tenían pues misión cerca de Nuestro Señor; recibían las gracias para comunicarlas a otros; habían sido criados para el mundo, para ser ministros de la Misericordia.

San José había sido colocado por Dios cerca de Nuestro Señor: entre los hombres es el único a quien haya cabido el honor de servir inmediatamente a la Divina Persona de Jesús; esta fue gracia sólo a él concedida, por eso canta la Iglesia con mucha razón: “¡Oh bienaventurado José, que habéis visto, tocado, llevado y estrechado en vuestros brazos a Aquel a quien en vano desearon ver los patriarcas y los reyes!”

Para corresponder a su gracia, San José no debió practicar jamás la virtud con miras personales; fue siervo bueno y fiel: se entregó sin mezquinas reservas, no queriendo ser de aquellos siervos que reservan para sí parte del tiempo, substrayéndolo al amo. José amaba la humildad, sólo porque Jesús la amaba y quería vérsela practicar; porque sabía que, habiendo venido el Verbo a la tierra para humillarse, quería tener un servidor humilde.

Practicaba José la penitencia y la mortificación, porque veía que el Hijo de Dios encarnado buscaba todas las ocasiones de hacer penitencia y mortificarse. Él veía más claro que nosotros, su fe era más viva: Jesús era el libro en que estudiaba, y adquiría esta ciencia divina sin dificultad. San José consideraba la pureza como la cualidad de conveniencia, indispensable, para desempeñar su misión cerca de Jesús, y como tal la amaba.

¿Comprendéis ahora cuál fue el curso de todas las virtudes de José? No le sirvieron de corona, sino que, revistiéndose de ellas como con místico ropaje, sirvió con todas ellas al Verbo, que se encarnó para practicar todas las virtudes.

José no se propuso, pues, por fin de sus virtudes el ser feliz o perfecto. Desde el momento que una pobre alma deja deslizar en sus intenciones ese funesto yo, se vuelve mercenaria; esa alma se forma un tesoro aparte, en el que va depositando lo que substrae del tributo quo en su totalidad pertenece a su Señor: San José lo hacía todo para Jesús, tanto más dichoso de ver que Jesús creciese y pareciese, cuanto más se empequeñecía y se eclipsaba el humilde servidor.

Aspiración. San José, sombra perfecta de Jesús, ruega por nosotros.

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¡Ave María y adelante!

Día 08 - San José, bueno y leal servidor

Día 08

San José, Bueno Y Leal Servidor

El servicio de la adorable Persona del Verbo hecho carne, Jesucristo, fue el único fin de la vida de San José.

La nobleza de su nacimiento, la gloria de sus antepasados, y las gracias y dones con que fue dotado tan magníficamente, todo le había sido dado para el servicio de Jesucristo. San José lo comprendió y cumplió todos sus deberes como bueno y fiel servidor de la casa de Dios.

Ningún pensamiento, ninguna palabra, ni acción ninguna de San José, dejaron de ser jamás un digno homenaje de amor a la mayor gloria del Verbo encarnado.

Tal debe ser también mi vida, si quiero ser siervo verdadero de Jesús en el Santísimo Sacramento. Mas ¡ay! ¡cuán lejos me hallo de asemejarme a mi modelo, San José! ¡Cuántos pensamientos extraños a mi fin! ¡Cuántas afecciones impuras, o por lo menos demasiado terrenales, ocupan mi corazón; cuántas acciones hechas sin intención sobrenatural y maleadas quizá por la vanidad y el amor propio!

Y, sin embargo, me he consagrado enteramente a Jesús en su divino Sacramento. Me he entregado para siempre y sin reserva a su real servicio. He prometido consagrarme con todo cuanto soy y tengo, para procurar la extensión del gran reino de Jesús Eucaristía y su mejor servicio. Así pues, todo lo que no se relaciona con el servicio de la divina Eucaristía debe serme indiferente, y debo considerar como soberano mal cuanto pudiera perjudicarlo.

¡Dios mío, de lo íntimo de mi corazón renuevo mi entrega a Vos! Me consagro sin condición y sin reserva a vuestro divino y noble servicio: mas, sed Vos mismo mi gracia y mi vida.

Aspiración. San José, modelo perfecto del servicio de la adorable Persona de Jesucristo, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 09 - San José, adorador perfecto

Día 09

San José, Adorador Perfecto

¡Cuán grande es San José a los ojos de Dios, por sus títulos de Padre de Jesús y Esposo de María! ¡ y cuán grande debe aparecer también ante los hombres todos!

Su misión ha de durar tanto como dure la Iglesia y se extiende a toda la cristiandad. Es necesario que conozcamos, que estudiemos la parte que podemos esperar de sus gracias y de su protección, en nuestra calidad de adoradores. Vamos a ver cómo estos dones de San José, y todas sus gracias, tienden a hacer de él un perfecto adorador.

Desde su venida al mundo cuando Jesús estaba aún encerrado en el seno de María, como en un copón viviente, quiso tener dos adoradores: María y José. Desde que el Ángel desvaneció la duda que atormentaba a este buen santo, respecto a las maravillas obradas en María, él no cesó de adorar a Jesús oculto en su seno virginal.

Cuando el Verbo hecho carne fue dado a luz en Belén, San José y María le adoraron incesantemente; en esos momentos lo tenían ante sus ojos: era preciso que la humanidad entera se hallara representada a los pies de Jesucristo, por estos dos santos. ¡Ciertamente, Adán y Eva fueron bien reemplazados!

San José trabajaba todo el día en Nazaret, y como no podía permanecer de continuo a los pies del Niño Jesús, viéndose obligado a veces a salir de su casa, por asuntos de su oficio, María lo reemplazaba en esos momentos cerca del Hijo divino; pero, cuando al anochecer volvía a su casa, pasaba incansable toda la noche en adoración, feliz de contemplar en Jesús los tesoros ocultos de la divinidad.

Sin detenerse en las apariencias exteriores con que Jesús había querido ocultar su divinidad, la fe de José penetraba hasta el Sagrado Corazón, e iluminado por la luz sobrenatural veía con mitad a profética todos los estados por los cuales había de pasar Jesús: San José adoraba, y se unía a la gracia de todos los misterios. Él adoró a Nuestro Señor en su vida oculta; en su Pasión y en su muerte; lo adoró de antemano en el santo Tabernáculo en la divina Eucaristía. ¿Podía Nuestro Señor ocultar algo a San José? Él recibió la gracia de todos los estados de Nuestro Señor; poseyó la gracia de adorador del Santísimo Sacramento, y ésta es la que debemos pedirle. Tengamos confianza, gran confianza en San José, que sea él patrón y modelo de nuestra vida de adoración.

Aspiración. San José, que ganaste con el sudor de tu frente el Pan vivo de tus hijos, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 10 - Virtudes de la adoración de San José

Día 10

Virtudes De La Adoración De San José

Después de la Santísima Virgen, ha sido San José el primero, y más perfecto adorador de Nuestro Señor.

La fe de su adoración fue mayor que la de todos los santos.

Su humildad, más profunda que la de todos los elegidos.

Su pureza, mayor que la de los Ángeles.

Su amor, tan acendrado, que jamás criatura alguna, ni angélica, ni humana, tuvo, ni pudo tenerlo semejante para con Jesús.

La abnegación de San José era tan grande como su amor.

¡Cuán glorificado debía ser el Verbo hecho carne por las adoraciones de María y de José, que lo desgraviaban de la indiferencia y de la ingratitud de sus criaturas!

San José adoraba el Verbo encarnado, en unión con la divina Madre; unido a todos los pensamientos, actos de adoración, de amor y de alabanzas de Jesús para su Padre celestial; y a sus actos de caridad para con los hombres, por quienes se había humanado.

La adoración de San José iba dirigida a los misterios presentes, actuales; así como también a la virtud, la gracia y el espíritu de los mismos. En la Encarnación, adoraba el anonadamiento del Hijo de Dios; en Belén, su pobreza; en Nazaret, su silencio, su debilidad, su obediencia, sus virtudes, de las cuales tenía un claro conocimiento; siéndole manifiestas sus intenciones, y el sacrificio que representaban por amor y a la mayor gloria del Padre celestial.

San José adoraba, por lo menos interiormente, cuanto Jesús decía y pensaba. El Espíritu Santo se lo manifestaba, a fin de que pudiese glorificar al Padre celestial en unión con su divino Hijo, nuestro Salvador.

De modo que la vida de San José fue vida de adoración de Jesús, y de adoración perfecta.

Me uniré pues a este santo adorador, para que me enseñe a adorar a Nuestro Señor y me asocie con él, a fin de que yo sea el José de la Eucaristía, como fue él, el José de Nazaret.

Aspiración. San José, Padre y modelo de los adoradores, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 11 - Luces de la adoración de San José

Día 11

Luces De La Adoración De San José

Nuestro Señor Jesucristo es la perfección misma, perfección sin límites. Infinita como la misma divinidad, no se le puede asignar ningún termino, pues en sí misma es infinita. Tan luego como descubrimos un rayo de estas perfecciones, nos sentimos impulsados a seguir descubriendo siempre más; y jamás uno puede saciarse, porque jamás habremos agotado nuestro objeto.

A medida que Nuestro Señor se manifestaba a San José con más amor, el hambre y sed místicas de mejor conocerle aumentaban en su alma. Cuanto más viva era la luz que recibía, más grande era su amor y sus virtudes más puras; San José se inspiraba en las virtudes más puras, y en el amor más perfecto para servir a Nuestro Señor; y cuanto más penetraba en el conocimiento de sus perfecciones, crecía su amor aún más; ésta es una consecuencia necesaria. “Si alguno me ama, dice Jesucristo, mi Padre lo amará, y Yo me manifestaré a él”.

San José experimentaba la inmensa, la imperiosa necesidad de amar siempre y cada día más a Nuestro Señor. Variaba los actos de sus virtudes siguiendo la luz que recibía de la contemplación del amor: no vivía en sí mismo, sino en Nuestro Señor, que le hacía penetrar cada día más en los secretos de su Corazón.

San José mantenía una unión íntima con la Santísima Virgen; pero no vivía en ella, y del mismo modo María, aunque respetaba y honraba profundamente a su casto esposo, tampoco vivía en él. Nuestro Señor era el centro de la vida de entrambos, su fin soberano e inmediato.

San José es el modelo perfecto de la pureza en nuestro servicio eucarístico. Nuestro Señor debe ser el fin de todas las gracias que recibimos; toda nuestra vida debe tender hacia Él como hacia su fin; debe desarrollarse toda en Él como en su centro. No perdáis jamás de vista el servicio de su adorable persona; todas vuestras gracias, todas vuestras virtudes no tienen otro objeto que el de comunicar a vuestras facultades la habilidad que reclama semejante servicio; a vuestra alma, la belleza que en ella quiere ver Jesús.

Honrad, pues, a Nuestro Señor, pero que este servicio sea interior; debéis cumplirlo en Nuestro Señor, ocultaros y vivir en Él. Él es luz y calor; el amor parte de su Corazón cual llama devoradora. ¡Muy desgraciado es aquel que, viviendo junto a Él, no lo ve, ni lo siente!

Aspiración. San José, que llevasteis en vuestros brazos al que recibimos en nuestros corazones bajo la forma de la Hostia, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 12 - Vida oculta de San José

Día 12

Vida Oculta De San José

Una de las mayores gracias que Dios puede conceder a un alma, es la de inspirarle la devoción a San José; lo mismo que descubrirle el tesoro de gracias de Nuestro Señor; y cuando Dios quiere elevar un alma a un alto grado de santidad, le da un gran amor a este buen santo.

Sólo Nuestro Señor puede hacernos conocer a San José, revelarnos sus virtudes; pues el llevó una vida enteramente oculta. Parece que Dios quiso rodearlo de silencio, soledad y recogimiento a fin de ocultarlo a las miradas del mundo. Durante treinta años San José mantuvo oculto el tesoro que custodiaba: no dejó vislumbrar, ni siquiera por una manifestación de respeto extraordinario, quién era Nuestro Señor; para ello fue precisa una virtud, prudencia y sabiduría muy admirables. Él practicó el silencio interior y exterior, haciendo consistir para sí mismo la virtud en el silencio y en un silencio de muerte.

Vivió en Nazaret en la soledad más absoluta; y del mismo modo solitario en Belén y en Egipto. El amor busca la soledad, y para la vida interior ella es necesaria. Solo con Nuestro Señor, San José no hacía caso del mundo: el mundo estaba muerto para él y él para el mundo. Un alma que no está contenta y a quien falta algo poseyendo a Nuestro Señor, se puede considerar como muy desdichada. Si se nos hubiere invitado a pasar una hora en Nazaret, con Jesús, María y José, estoy cierto que hubiéramos dejado todo, para no perder ni un minuto de esta bendita hora; de igual manera San José consideraba como la mayor pena, cuando se veía obligado por su trabajo a dejar por algunos instantes la casita habitada por el Niño Jesús.

San José silencioso y solitario se mantenía siempre recogido en Jesús y en María; no saliendo nunca de ese centro divino. Somos aún demasiado terrestres para comprender el recogimiento de San José; él vivía de amor; contemplaba a Nuestro Señor y veía en Él todo lo que tenía que hacer, del mismo modo que Jesucristo contempla sin cesar a su Padre celestial y en Él encuentra la forma de sus pensamientos, de sus juicios, de sus acciones, en una palabra, de toda su vida.

Nosotros no menos felices que José en Nazaret tenemos a nuestro lado a nuestro Señor Jesucristo, en el Santísimo Sacramento; sólo que nuestros pobres ojos no lo ven; mas hagámonos interiores y podremos contemplarle. San José es la mejor puerta para penetrar en el Corazón de Nuestro Señor; Jesús y María quieren satisfacer sus deudas para con San José, que se abnegó por ellos; y su mayor felicidad consiste en cumplir el menor de sus deseos. Entrad por él, que él os introducirá por la mano en el santuario interior de Jesús Sacramentado.

Aspiración. San José, que marchabais siempre en la presencia de Dios, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 13 - Silencio de San José

Día 13

Silencio De San José

Grande fue San José en la virtud del silencio. Guardó con fidelidad el silencio más absoluto, sobre el misterio que Dios le había confiado. Nada pudo hacerle violar el secreto de Dios.

San José practicó además el silencio de la humildad. ¡Qué honor y qué gloria para el justo José, conocer al Mesías, poseerlo, ser su Padre adoptivo, ser el esposo de la Madre de Dios!

Y, sin embargo, no reveló ni una chispa siquiera de esta gloria, ni una palabra pronunció que pudiera atraerle la alabanza o la admiración de los hombres.

San José practicó el silencio de la paciencia en sus pruebas; no buscando consuelo sino en Nuestro Señor, pensando que sufría por el Verbo encarnado.

A imitación de Nuestro Señor, silencioso en el Santísimo Sacramento, practicaré fielmente el silencio, a fin de estar siempre listo para oír las órdenes del rey y ejecutarlas.

No hablaré sobre las gracias que reciba, a fin de que los homenajes sean rendidos sólo a Jesús, que es el autor de ellas.

Soportaré, sobre todo, con paciencia, las penas que puedan sobrevenirme, pensando en el silencio de Jesús víctima de amor, que soporta las irreverencias, los desprecios, los ultrajes, sin quejarse, sin castigar a los culpables, buscándolos, por el contrario, para convertirlos y hacerles bien.

Aspiración. San José, imagen perfecta de la vida oculta de Jesús en la Eucaristía, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 14 - Fe de San José

Día 14

Fe De San José

¡Cuán grande fue la fe de San José! Creyó por la palabra del Ángel el misterio de la Encarnación, en momentos que, turbado a la vista de María, pensaba dejarla.

¡Cómo fue probada su fe en Belén, cuando, rechazado de todas partes, se vio obligado a contentarse con un miserable establo, para que fuese la morada donde naciese el Verbo hecho carne!

¡A qué nueva prueba fue sometida la fe de San José, cuando, para salvar al Niño Dios, tuvo que partir al destierro; y luego, cuando hubo de regresar a la pobre ciudad de Nazaret, para vivir allí ignorado y en la más absoluta pobreza!

Todas estas pruebas no hacían sino perfeccionar su fe. San José no veía en el Niño Dios sino la humildad, la debilidad, la pobreza; pero su fe, penetrando la nube, llegaba hasta la divinidad que se hallaba escondida y anonadada en ese cuerpecito, bajo las más obscuras apariencias.

¡Qué perfecta fue por lo mismo la adoración de su espíritu y de su corazón! Pues la adoración está siempre en razón de la fe.

Imitemos la fe de San José, viendo a Jesús tan humilde, tan oculto, tan anonadado en el Santísimo Sacramento. Traspasando la nube que cubre ese sol de amor, adoremos al Dios oculto por amor; respetemos el velo misterioso de su amor, y que el más hermoso homenaje de nuestra fe, sea la inmolación de nuestra razón y de nuestro corazón a sus pies.

Aspiración. San José, perfecto en la fe, obtenednos el don de la fe, de amor hacia Jesús Sacramentado.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 15 - Fe de la adoración de San José

Día 15

Fe De La Adoración De San José

Hacían ya tres meses que la Santísima Virgen llevaba en su seno su tesoro; saboreando en secreto la dicha de saber que aquel que vivía en ella era su Dios. El Ángel reveló a San José el misterio y él lo creyó en el instante; nada veía y, sin embargo, durante seis meses creyó y adoró. ¡Oh! ¡qué adoración tan ferviente debió ofrecer a su Dios, cuando lo supo habitando ese tabernáculo viviente! Es imposible explicar la perfección de su adoración.

San Juan se estremeció de gozo al aproximársele María: ¡qué impresiones debió experimentar San José durante los seis meses que vivió teniendo a su lado y bajo sus ojos al Dios escondido! El padre de Orígenes besaba a la noche el pecho de su tierno hijo, adorando en él al Espíritu Santo como en su templo. ¿Dudáis acaso que San José no hubiese de adorar con frecuencia a Jesús, al Verbo oculto en el purísimo Tabernáculo de María? ¡Oh! ¡cuán piadosa debió ser esta adoración: mi Señor y mi Dios, he aquí a tu siervo! Nadie podrá describir la adoración de esa alma grande. San José no veía, él creía; su fe debía ver a través del velo virginal de María. Pues bien, bajo los velos de las sagradas especies, nuestra fe debe ver también a Nuestro Señor; pidamos a San José su fe viva, la perfección de su fe.

Más tarde, cuando San José tiene la dicha de estrechar entre sus brazos y sobre su corazón al Niño Jesús; ¡qué homenaje de fe le tributa! Estos homenajes eran más gratos a Nuestro Señor, que los que recibe en el cielo. Imaginaos ver a San José adorando a su Dios en el débil Niño que descansa en sus brazos; repitiéndole que quisiera morir por Él y diciéndole todo cuanto su corazón desearía hacer por su gloria y por su amor. Las creaciones del genio y del amor están siempre en razón de la santidad: cuanto más pura y sencilla es un alma, más magníficas son las expresiones de su amor y de su adoración. Adorad también sobre el altar al Verbo hecho Niño por nosotros; por más que hagáis, vuestra adoración no tendrá jamás el valor de la de San José: uníos a sus méritos; un alma que ama a Dios, en todo le sacrifica su amor: y Dios escucha a esa alma, que vale ella sola tanto como otras mil juntas.

San José tributó a Nuestro Señor el homenaje de la adoración de compasión, es decir, que su fe le hizo ver a Nuestro Señor inmolado sobre el Calvario y sobre los altares, y lo adoró uniéndose a su sacrificio. Jesús le reveló sus padecimientos futuros: al amor de San José le faltaba esta consagración; pues el amor que no padece es un amor de niño. ¡Oh! jamás podréis abrigar el amor de compasión en el mismo grado que San José. Uníos a él, adorando la augusta víctima de los altares; que vuestra adoración, como la suya sea sostenida y alumbrada por la fe. Creed y veréis, pues la fe es la visión del alma pura.

Aspiración. San José, que penetraste el interior de Jesús, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 16 - Abnegación de San José

Día 16

Abnegación De San José

Cuando la Sagrada Escritura dice de San José que era justo, ciñe con una corona todas sus virtudes; mas, sin embargo, alaba de una manera especial su fidelidad. San José fue fiel en el cumplimiento de toda la ley. Del mismo modo que Nuestro Señor la cumplió hasta el último detalle, asimismo San José no descuidó ningún punto de ella; cumplió con fidelidad hasta los más mínimos deberes, respecto a Dios y a los hombres.

San José tuvo además esa virtud que caracteriza a los buenos servidores: la ABNEGACIÓN. Él fue abnegado; no buscándose a sí mismo en nada y consagrando todos los momentos de su vida al servicio de Nuestro Señor. En interés de Él sacrificaba su reposo, su tranquilidad, su trabajo, sin quejarse jamás, ni ocuparse en pensar en las consecuencias que esto le acarrearía. Casi diría que su abnegación era infinita, es decir, que jamás dijo: ¡Basta!, sino que se entregó sin reserva. La abnegación es la medida del amor, está al mismo diapasón con la energía de nuestro amor; y cuando amamos a alguien más que a nosotros mismos, entonces la abnegación no tiene límites. San José se inmoló durante toda su vida, y se hubiera considerado por demás feliz, de morir por atestiguar su amor a Nuestro Señor. Y para que su abnegación fuese verdaderamente desinteresada, no fue coronado ni recompensado aquí abajo.

El servicio de la divina Eucaristía requiere que, como San José, seamos también abnegados hasta la muerte, si fuera preciso. Jamás podremos corresponder a los sacrificios de Jesús por nosotros; por más que viviéramos millares de años, siempre le seríamos deudores. Nos es menester la abnegación desinteresada de San José, que no busca ninguna recompensa aquí abajo. No es posible remunerar en la tierra el servicio de Nuestro Señor; tampoco tenemos derecho a ello, ¿acaso el honor de servirle no es ya por sí solo una hermosa recompensa? ¿Pretendería jamás un Ángel recibir remuneración por sus servicios cerca del Altísimo? La felicidad, el honor de servir a la adorable Persona de Jesucristo: no puede haber para nosotros mayor recompensa que ésta sobre la tierra.

Aspiración. San José, modelo de abnegación al servicio de Jesús y de Maria, ruega por nosotros.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 17 - Humildad de San José

Día 17

Humildad De San José

Siendo la humildad el fundamento de la santidad, la medida de las gracias y de la gloria, ¡cuál no debió ser la humildad de San José en sus relaciones con Jesús, a quien reconocía por su Creador y Salvador, y cerca de María, la divina Madre de Jesús! Y a pesar de esto, ¡él debía mandar y ser fielmente obedecido por ellos; en una palabra, debía ser jefe de la Sagrada Familia!

¡Cuáles no serían los sentimientos de humildad del corazón de San José, al contemplar las profundas humillaciones del Verbo hecho carne, anonadándose basta la forma de esclavo!; ¡cuáles al oír a la Inmaculada Virgen declarándose su humilde sierva!

La humildad debe ser asimismo la virtud dominante del adorador de la Eucaristía. Él adora a Jesús, mucho más humillado en el Santísimo Sacramento, que jamás lo fuera en Belén y durante su vida mortal. Él está al servicio del Rey de cielos y tierra, anonadodo, bajo las sagradas especies.

A ejemplo de San José, el adorador ha de considerarse indigno del servicio de Jesús.

Él debe honrar sus profundos anonadamientos eucarísticos, por el voluntario sacrificio de toda gloria personal, de toda estima y de cualquier homenaje que pudiera exaltarlo en la tierra.

Por regla de su humildad debe tener la misma de que se sirvió San José; que no apareció jamás cuando del servicio de Jesús podía redundarle alguna gloria; o bien la de San Juan Bautista, que respondió a los que pretendieron glorificarle: Oportet illum crescere, me autem minui. Es menester que Jesús sea exaltado y que yo me oculte y desaparezca.

Sólo a Jesús alabanza y gloria, a mí menosprecio y olvido.

Aspiración. San José, humilde en la presencia de Dios hecho hombre, obtenednos la gracia de anonadarnos en el servicio del Dios que se anonada bajo las especies del Sacramento.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 18 - Fiesta de San José

Día 18

Fiesta De San José

Todo el mes de Marzo es una continuada fiesta de San José. Sin embargo, el 19 es el gran día, el día de su triunfo; los otros los llamaremos días de sus virtudes y de sus gracias; hoy es su victoria, su paraíso. Vamos a celebrarlo, pues, consagrándonos a este gran santo, deponiendo a sus pies todo cuanto somos y poseemos, a fin de que haga de nosotros fieles siervos y dignos adoradores de su Hijo adoptivo, a quien servimos y adoramos en el Santísimo Sacramento.

Acto de consagración a San José

Me consagro a vos, oh buen San José, eligiéndoos como mi padre espiritual; como maestro de mi interior, a fin de que me hagáis vivir, en unión con vos, de la vida interior, de esa vida oculta con Jesús, con María, con vos mismo.

Yo quiero imitaros, sobre todo en el silencio, que respecto de Jesús, de María, y aún respecto de vuestra felicidad, guardasteis con tanta humildad; todo está ahí para mí: en la total abnegación de mí mismo por la vida oculta de Nuestro Señor, haciéndome olvidar de los demás por el silencio y llevando una vida común.

Me consagro a vos, como a mi guía y modelo en todos mis deberes, a fin de llenarlos todos como vos, en medio de la dulzura y humildad: dulce con mis hermanos, con el prójimo, con todos los que me rodean; humilde en mí mismo, sencillo delante de Dios.

Yo os elijo, oh buen San José, por mi consejero, confidente y protector en todas mis dificultades y penas… No os pido que me libréis de mis cruces y tristezas, sino del amor propio que las vicia, queriendo sacar vanidad de ellas.

Os suplico que seáis el protector de la Congregación del Santísimo Sacramento que es la humilde familia de Jesús Eucaristía, su guardiana y servidora. ¡Oh buen San José! servidle de padre, como lo fuisteis para la familia divina en Nazaret; sed un guía, pues ella posee también a Jesús, tan débil en su Sacramento como lo era en su infancia; sed su protector, pues ella no debe tener ninguna protección humana, ni terrenal; aceptad hoy sus homenajes y su amor. Yo no os pido bienes temporales para la Congregación del Santísimo Sacramento, ni siquiera el verla grande y potente por su desarrollo exterior, lo que anhelo es verla sirviendo siempre a su divino Rey con fidelidad y abnegación.

Por mi parte, os honraré, os amaré y serviré en unión con María mi madre; no separándoos jamás de ella en mi amor.

¡Oh! cuánto deseo ser como vos, buen Santo mío, el humilde artesano, el ignorado José, el abono del árbol, el jardinero del Señor, que, permaneciendo siempre en su vergel, no conoce más que sus plantas, sólo ama sus flores, no vive sino de sus frutos y muere en el modesto rincón de su cabaña, mas entre los brazos de Jesús y de María; cuya sepultura se ignora, no pudiéndose honrar sus despojos, por no haber dejado en pos de sí sino el manto de su pobreza y humildad.

¡Oh Jesús! dadme a San José por padre, como me habéis dado a María por Madre. Inspiradme una devoción, una confianza y amor de hijo y siervo suyo.

Espero ser escuchado… sí, lo seré, no hay duda, pues ya siento que crece mi devoción y mi confianza hacia el gran San José, padre nutricio Vuestro y padre mío de adopción.

Aspiración. ¡San José, el primero y más perfecto de los adoradores, obtenedme la gracia de amar, adorar y servir como vos, a Jesús Sacramentado!

Fiesta de San José, voz católica

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 19 - San José perfecto modelo de pureza

Día 19

San José Perfecto Modelo De Pureza

San José fue casto y virgen. Él conquistó y conservó siempre ese tesoro, cuyo valor no alcanza a pagar todo el oro del mundo; y que constituye la realeza del amor de Dios en un alma.

Está escrito: “Aquel que ame la pureza tendrá al Rey por amigo”. De ahí que San José, a quien la gracia de Dios previno, pues había sido santificado desde el materno seno, se consagrase a Él por el voto de virginidad. A él no le amedrentó lo que entre los judíos era considerado como un oprobio; y sólo consintió en desposarse con la Santísima Virgen, porque era la condición de esta alianza que ellos guardarían mutuamente su tesoro para Dios. La virginidad era la condición esencial para que San José pudiese llegar a ser digno servidor de Jesús y de la Reina de las vírgenes. Él amaba esta virtud y la custodiaba con el mismo esmero con que cuida un buen siervo de conservar intacta la limpieza y conveniencia de las vestiduras con que ha de comparecer en presencia de su Señor. De manera que en ese primer convento de Nazaret había tres lirios, Jesús, María y José: ¡esto nos revela cuánto agrada a Dios la flor de la virginidad!

Tal ha de ser la pureza del alma dedicada al servicio de la Eucaristía. Como a San José, el Padre celestial le confía el amor, la gracia y la gloria de su Hijo divino; Jesús es todo su tesoro, su Rey y su Dios.

Sólo por la pureza podrá servirle dignamente.

Pureza de espíritu: por la rectitud de intención, no proponiéndose en todas sus acciones sino el mejor servicio de Jesús Sacramentado.

Pureza de corazón: no amando en último término y soberanamente sino a Jesús y a Jesús solo.

Pureza de voluntad: no queriendo sino lo que Él quiere y siempre con la mira de su mayor gloria.

Pureza de cuerpo: por la mortificación cristiana.

¡Oh San José! que a causa de tu pureza mereciste ser elegido para esposo de la más pura de las vírgenes y ser llamado padre de Jesús, alcánzanos una pureza semejante a la tuya, a fin de que podamos servir dignamente a Jesús en su trono de amor, en unión con María, contigo y con los Ángeles.

Aspiración. San José, lirio de pureza, alcánzanos la túnica nupcial, requerida para tomar parte en el banquete del Cordero eucarístico.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 20 - San José perfecto modelo de obediencia

Día 20

San José Perfecto Modelo De Obediencia

San José Perfecto Modelo De Obediencia DÍA VIGÉSIMO PRIMERO

A pesar de que no hiciera San José voto de obediencia como lo hizo de castidad, es asimismo modelo acabado de aquella virtud. Su cargo en medio de la Sagrada Familia lo obligaba a ordenar; mas, al mismo tiempo que cumplía cerca de Jesús su misión de padre, era su discípulo fiel; y al ver al divino Hijo obedecer con tanta sencillez y prontitud hasta la edad de treinta años, se prendó de tal virtud y la practicó en el grado más eminente.

Él no se detenía a examinar de dónde procedían las órdenes, ni quién era el que mandaba, ni las razones que las motivaban: obedeció siempre a Dios, a las autoridades y a la voz del deber.

Cuando Dios le ordena por intermedio de un Ángel, que no se aleje de María a pesar del misterio de su maternidad que hiere a su delicadeza, él obedece al punto; cuando se le intima la orden de partir para Egipto, en medio de circunstancias las más penosas, que hubieran sido propias para sumirlo en la angustia y la ansiedad, obedece, sin replicar ni una palabra, sin argüir la más mínima razón. Al regreso no sabe a dónde dirigirse; su instinto natural era volver a Belén, puesto que allí había nacido el Niño y que él ignoraba los designios actuales de Dios sobre él: el Señor lo deja llegar hasta las puertas de la Judea y sólo entonces, por una inspiración interior, le ordena dirigirse a Nazaret. Sin duda, hubiera podido ser advertido con más anticipación, pero San José se complacía en los sacrificios de la obediencia. En todas estas circunstancias, la obediencia de San José fue sencilla como su fe, humilde como su corazón, pronta como su amor, ella se extendió a todo, no descuidó nada: fue universal.

San José fue fiel a todos sus deberes: el deber ante todo; tal fue su regla de conducta; él hubiera sacrificado la dicha de vivir en compañía de María, como sacrificó su reposo de Nazaret en aras del deber.

Obedeció a los príncipes y a todos los que tenían alguna autoridad sobre él: consideraba sus órdenes como viniendo del mismo Dios, pues sabía que de Él deriva la autoridad que tienen para gobernar la sociedad. San José se sometió pues a todas las leyes, no haciendo valer ningún privilegio, ni excepción alguna: quiso cumplir toda justicia.

Treintena Oración y Letanías Tal ha de ser nuestra obediencia, si queremos participar del mérito de la obediencia eucarística de Nuestro Señor. Ésta ha de ser la virtud de nuestro servicio; observar toda la ley ha de ser nuestra gloria; obedecer como nuestro divino Maestro Jesús sin privilegios, como San José nuestro modelo, ése ha de ser nuestro mayor deseo y nuestra soberana felicidad.

Aspiración. San José, alcánzanos la gracia de participar contigo, en la obediencia tan perfecta de Jesús Sacramentado.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 21 - San José perfecto modelo de pobreza

Día 21

San José Perfecto Modelo De Pobreza

El Verbo de Dios, queriendo desposarse con nuestra pobre humanidad, se hizo pobre por amor a nosotros. “Vosotros sabéis, dice San Pablo, que Jesucristo en su gran misericordia se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos por su indigencia”. Y Él quiso que esta pobreza afectiva y efectiva, fuese el estado y la virtud predilecta de los suyos.

San José, que debía revestir el glorioso título y la potestad de padre de Jesús, hubo pues de agregar a todas sus glorias regias y a todas sus cualidades la pobreza evangélica. En Nazaret, en efecto, en ese primer convento, fueron enseñadas y practicadas las virtudes que constituyen el estado religioso: los votos de pobreza, obediencia y castidad provienen de Nazaret. San José practicó allí todas las virtudes de consejo; al mismo tiempo que padre de Jesús, era su rendido discípulo.

San José fue pobre de los bienes de este mundo. No poseía nada, en un país donde habían reinado sus antepasados: en Belén. Habitó la ciudad más pobre y menospreciada: Nazaret; y la pobre vivienda donde fue concebido el Verbo encarnado ¿a quién pertenecía? ¿a María o a José?… no se sabe; mas, a juzgar por lo que se ve en Loreto, ¡cuán pobre y reducida era!

San José no tenía recursos personales viéndose obligado a vivir de su oficio, de un oscuro oficio, cual es el de carpintero.

Vestía pobre y toscamente, como lo prueba el manto que se conserva aún, como su más santa reliquia. Pobres y toscas vestidura, semejantes a las que usaban las gentes de su condición.

Su alimentación era pobre también: el pan de cebada era su pan cotidiano.

Verdaderamente casi causa escándalo ver que el Padre Eterno envía su Hijo en medio de tan absoluta pobreza. Él lo dispuso así, sin embargo, lo previó y con esta mira redujo a San José a tan extremada pobreza; quería que su Hijo reparase, desde el primer momento, nuestro apego a los bienes materiales y abuso de las riquezas. He ahí por qué San José, que por su nacimiento hubiera podido escalar las gradas de un trono, se vio reducido al pobre oficio de carpintero, con un exterior de tan triste apariencia, que en Belén todo el mundo lo rechazó y se vio reducido al último refugio del indigente, a un pesebre.

Pero San José tenía el espíritu y la gracia de la pobreza de Jesús: la compartía con felicidad y la prefería a todos los bienes y glorias del mundo.

La pobreza afectiva o efectiva ha de ser amada también por el alma eucarística: es el lazo de amor que la liga al divino Tabernáculo, a la adorable Hostia, a Jesús despojado de todo, por amor al hombre.

La pobreza es la gracia y la gloria del apostolado eucarístico; puesto que, según el Evangelio, los pobres, lisiados, enfermos y mendigos, son aquellos a quienes se ha de invitar con mayores instancias al banquete del padre de familia.

Como San José, el alma eucarística debe estimar pues, amar y practicar la santa pobreza, contentarse con lo necesario y encontrar aún el medio de honrar con algún sacrificio la real pobreza del Dios de la Eucaristía.

Aspiración. San José, encargado de aliviar la pobreza del Niño Jesús remedia la pobreza aún más grande de Jesús Eucaristía.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 22 - San José superior perfectísimo

Día 22

San José Superior Perfectísimo

Como jefe de la Sagrada Familia, recibió San José todas las órdenes de lo alto y fue encargado de su ejecución. No a Jesús ni a María iban dirigidos los mensajes celestiales, sino a San José y él era quien debía transmitir las órdenes a su divina familia, haciéndose obedecer de Jesús y de María.

Ante tan extraordinario poder, ¿no se deslizará acaso cierto sentimiento de orgullo en el alma de José? ¿No fijará cierta complacencia en sí mismo? ¡Oh! no. Cuando Dios otorga a un alma grandes y numerosas gracias, la anonada bajo el peso de su gloria y el alma no encuentra en ellas, sino una razón de humillarse más.

En la elevación de San José se nos presenta una hermosa lección. Él fue jefe, superior de la primera comunidad; Belén, Nazaret, fueron los primeros conventos; Jesús, María y José eran el prototipo de la primera orden religiosa, consagrada a la gloria de Dios. Admirad ahora una circunstancia sorprendente, el superior de esa santa casa es el menor de todos en gracias, en santidad y en méritos. Comparado con Jesús, el esplendor del Padre, San José desaparece en medio de su nada; puesto al lado de María, no es sino una débil estrella que se eclipsa ante este sol de gracias y santidad. Y, sin embargo, él, el menor bajo todo respecto, es quien reviste la autoridad y quien gobierna.

¡Qué íntimo sufrimiento, qué violencia debía imponer a su humildad cuando se veía precisado a transmitir sus órdenes a Jesús o a María, a su Rey, a su Reina! ¡Yo, diría él, pobre desgraciado, ordenar a mis soberanos dueños! Lo hacía, sin embargo, de buen grado, porque era la voluntad expresa de Dios.

¿Tendremos nosotros la simpleza de envanecernos por estar investidos de autoridad?

Necios precisamos ser para envalentonarnos porque somos quizá superiores: los primeros serán los últimos. Y Dios en su Escritura, anunciando la edad de oro del cristianismo, dijo: “Un niño pequeño los gobernará y conducirá”. Es una gran lección, que deben tener bien grabada todos aquellos que se hallan exaltados por encima de los demás, para mantenerse en la humildad que les conviene: Dios manifiesta así su poder y su misericordia.

Y los súbditos han de mirar en su superior, menos las cualidades personales, que su misión; no se trata ya de lo que es en sí mismo, sino de Nuestro Señor que habla por su boca; no os detengáis a examinar su santidad personal, sino acostumbraos a ver en él a nuestro Señor Jesucristo.

Aspiración. San José, enseñadnos a tratar a nuestros subalternos, como vos tratabais al Niño Jesús.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 23 - Los siete dolores de San José

Día 23

Los Siete Dolores De San José

Asociado a María en sus gloriosos privilegios, San José tuvo, como ella, su corazón traspasado por siete espadas.

Siete dolores principales son como las estaciones de la vía dolorosa, que San José tuvo que recorrer en compañía de Jesús. Él sufrió sin interrupción en su corazón; mas, en ciertas circunstancias su martirio redobló de intensidad; parecía tomar entonces nuevas proporciones, por la renovación del motivo de sus sufrimientos.

1º. Su primero y acerbo dolor fue la pena inmensa que experimentó al observar los primeros indicios de la maternidad de María; cuando estuvo a punto de dejarla en secreto. ¿Qué va a ser de esta joven, de esta niña casi? ¿Quién cuidará de ella? El respeto de la ley que ordena la separación, me obliga por otra parte a abandonarla… ¡Qué terrible angustia para un corazón tan bondadoso, tan amante y abnegado, como era el de San José, que amaba a María de un modo indecible!

2º. Cuando en Belén es rechazado y se ve reducido a refugiarse en un establo, su corazón se desgarra: no sufre por él, sino por esa joven Madre, la Reina de los Ángeles y por ese tierno Niño que está por nacer y es su verdadero Dios. Lo que sobre todo le hace sufrir, es la injuria que se infiere a éstos caros objetos de su amor; son las privaciones que tendrán que soportar en el establo. Él no sabía siquiera cuántos días y noches tendría que pasar en tan miserable albergue: el Señor lo conducía como a ciegas, manteniéndolo siempre bajo su dependencia; y esta incertidumbre agravaba sus sufrimientos.

3º. La circuncisión de Jesús. ¡Qué dolor le ocasiona el pensamiento de que va a hacer sufrir al Niño Dios; que va a derramar él mismo las primeras gotas de su preciosa sangre! Y la vista de aquella herida, de esa sangre que corre, de las lágrimas y del dolor de la divina Madre, ¡oh! ¡cómo desgarran su corazón!

4º. La profecía del anciano Simeón. Se le revela que su santa y divina Esposa será traspasada por una espada; entonces se le manifiesta todo el sentido de la profecía de Isaías, sobre los padecimientos y humillaciones del Mesías; desde aquel momento sufrió el dolor de María y el de Jesús; y el pensamiento de su doble martirio no lo abandonó más, martirizándole a su vez.

5º. La huida a Egipto. ¿Quién podrá imaginarse sus temores y alarmas? Dios no quiso librar su corazón del temor, para hacerle producir actos de abandono a su Providencia. En aquel país desconocido, en medio de esos caminos desiertos, San José experimenta las más crueles ansiedades. ¡Teme todas las desgracias con su corazón de padre y de padre el más amante! ¡Él, pobre anciano, encargado de defender sólo el tesoro de Dios Padre, contra los enemigos que podían atacarlo a todo momento!

6º. Cuando regresó de Egipto, nuevo tormento. Temía a Arquelao y le era preciso ocultar aún al Niño Jesús: no había descanso para él, no había paz, escapaba de un peligro para encontrar otro luego.

7º. La pérdida de Jesús en el Templo. Su dolor fue tan grande, tan amargas sus lágrimas, que el Espíritu Santo quiso revelárnoslo por boca de María: sufría tanto más, cuanto que en su humildad se acusaba de haber cumplido con negligencia los cuidados que debía prodigar a Aquel que confiara a su custodia el Padre Eterno.

Tales son los siete grandes dolores de San José: él los sobrellevó en silencio, con humildad y amor. No gustó ni quiso disfrutar tampoco ningún consuelo humano; no sufría por sí mismo, sino por Jesús, por María, por el mundo entero, por nosotros: dichosos sufrimientos que lo unían al Salvador y lo hacían participar en la redención del mundo.

Aspiración. San José, haz que tratemos a Nuestro Señor con tanto respeto y amor como le tributaste siempre.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 24 - Compasión de San José

Día 24

Compasión De San José

Desde el momento en que al anciano Simeón hubo revelado la pasión futura de Jesucristo, no cesó San José por un instante de tenerla ante sus ojos, durante todo el tiempo que vivió.

La veía figurada en las Escrituras; y por otra parte Jesús, que amaba demasiado a su padre nutricio para no hacerle padecer y participar anticipadamente con Él los méritos de su Pasión, le hablaba de ella incesantemente.

El Calvario fue erigido desde luego en el corazón de San José y en él fue plantada la cruz.

Mas, ¿no hubiera podido Dios esperar un poco, dejar que San José gozase la dicha de llevar en sus brazos y estrechar sobre su corazón al Niño, que era la alegría del Paraíso? No. ¡Apenas cuarenta días de gozo, y en seguida el Calvario, la Pasión! Ansiaba Nuestro Señor conceder a su padre nutricio esta gracia de la cruz.

Durante treinta años, tuvo San José continuamente ante sus ojos a Nuestro Señor clavado sobre la cruz; Jesús se lo recordaba siempre y la Santísima Virgen también: ¡cuántas lágrimas debió derramar durante estas conversaciones! Mejor ilustrado por la luz divina que los Apóstoles, comprendía San José perfectamente los beneficios de la cruz y la necesidad que Jesús tenía de sufrir; los Apóstoles no querían oír hablar de su cruz a Nuestro Señor, San José por el contrario lo escuchaba con un amor compasivo.

A fin de unirle íntimamente a sí y de hacerle partícipe de todos los merecimientos de su Pasión, Nuestro Señor debió revelarle todas las circunstancias y dolores de la misma.

Él le reveló, sin duda, que iba a ser traicionado por uno de sus apóstoles, uno de sus amigos. Y como todos los Apóstoles eran de Galilea, Jesús pudo hacer ver a San José a Judas el traidor; a Pedro, que debía negarle tres veces.

Cuando Nuestro Señor se dirigía a Jerusalén para las fiestas de Pascua y de Pentecostés: “Venid, padre mío, venid a ver el lugar donde seré crucificado”, así debió hablarle conduciéndole hacia el Calvario y al huerto de los Olivos; “aquí derramaré durante tres amargas horas un copioso sudor de sangre y agua”.

San José lloraba seguramente y cayendo de rodillas a los pies de Jesús le decía: “Hijo mío amadísimo, déjame en este mundo para sufrir y morir en lugar tuyo”. Él compadecía cada uno de los dolores futuros de Jesús. Nuestro Señor le hizo ver, sin duda, en el pretorio de Pilatos el balcón desde donde sería maldecido por el pueblo; el palacio donde Herodes le haría comparecer para insultarle.

Jesús se postraba de rodillas y adoraba a su Padre en todos esos lugares que le eran tan queridos, donde bien pronto debía derramar su sangre, por lo cual suspiraba con toda la vehemencia de su amor; San José y María se unían a Él y sufrían en su alma anticipadamente la Pasión.

San José vio asimismo de antemano las lágrimas y dolores de María. Él se consumía en deseos y debió suplicar a Nuestro Señor que le concediese vivir hasta entonces para poder seguirle al Calvario y ser el consolador de María. ¡Oh amargura de San José! le fue preciso aceptar la muerte, dejando aún en la tierra a Jesús y María: Jesús, que debía ser crucificado y renegado por todo su pueblo; María, que permanecería sin apoyo y sin consolador. ¡Qué martirio debió ocasionarle su amor a Jesús y María!

Todo esto es muy cierto. No hubiera sido justo que San José quedase privado de la gracia de sufrimientos, que fue concedida a todos los santos; él debía recibirlo con mayor abundancia que todos los demás escogidos, puesto que Nuestro Señor a ninguno, después de María, amó tanto como a San José; a su amor le debía pues la gracia de los sufrimientos.

Compadeced los dolores de San José. Recordad aquel famoso Calvario: duró treinta años. Jesús no podía hacer más en favor de San José que concederle su amor y su amor crucificado.

Aspiración. Alcánzanos ¡oh San José! ser hostias inmoladas con Jesús Sacramentado.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 25 - San José sufre sin consolaciones

Día 25

San José Sufre Sin Consolaciones

Compadezcamos los dolores de San José. Nos sea grata su meditación: glorifiquémosle en su martirio, ya que casi nadie piensa en ello. Y, sin embargo, ¡cuántos dolores padeció! Toda su vida fue un continuado martirio. Sin duda, nada sabemos de cuanto padeció San José en su vida oculta; pues en la misma medida en que lo ha exaltado en su gloria, quiso Dios empequeñecerlo y anonadarlo en su vida oscura.

San José sufría sin gloria, sin amigos; y este carácter le es peculiar. Cuando se le ofrecía una oportunidad de hallarlos, como sucedió con los pastores, que forzosamente debieron simpatizar con él, Dios los alejó de su lado: ellos regresaron cerca de sus rebaños, y, aunque hubieran vuelto al pesebre ya José tuyo que dejar a Belén para huir a Egipto donde no tenía ningún amigo. ¡Ah! bien lo sabe hacer el Señor para hacer sufrir a sus amigos, a los santos.

San José debía sufrir pues sin gloria, sin amigos, sin consolaciones: nadie conoció el secreto de sus sufrimientos; a nadie podía revelarlo. Dios mismo le había impuesto este sigilo. Por otra parte, él no tenía, no podía tener amigos, fuera de la Sagrada Familia. Era preciso que guardase bien encerrado en su interior el secreto del Padre celestial.

Pero, ¿acaso la Santísima Virgen y Nuestro Señor no le consolarían? ¡Ah! las conversaciones de María y de Jesús, sus íntimos coloquios con San José, versaban siempre sobre la Pasión futura. Nuestro Señor no quería procurarle consuelos, por lo mucho que le amaba precisamente; porque quería imprimir más y más en él su imagen crucificada: Él era el objeto e instrumento de sus dolores. En cuanto a María, ella sufría tanto o más que su santo Esposo.

Los que le veían en el mundo ignoraban sus sufrimientos íntimos: no daba lugar a que lo compadeciesen siquiera; sólo dejaba vislumbrar lo que padecía como consecuencia necesaria de su condición. Así en Belén se decía de él: “Es un mendigo, un hombre de baja condición”. Si hubiera podido responderles ese mendigo: “¡Ah! vosotros no sabéis quién es esta mujer, y el fruto que lleva en su seno”. Mas, no podía expresarse así. Era preciso que devorase su pena en su corazón, en el más impenetrable secreto.

Es un consuelo muy grande cuando en nuestros sufrimientos podemos desbordar su exceso en un corazón amigo; pero, sufrir con Dios solo, sólo a Él comunicar su pena y no querer otro consuelo que el de cumplir, en todo, su santa voluntad: he ahí el heroísmo de la santidad, una virtud sublime, que sólo el más acendrado amor de Dios pudo formar y elevar hasta tan alto grado, en el alma de San José.

Aspiración. San José, haznos participar contigo del espíritu de víctima y de sacrificio de Jesús Sacramentado.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 26 - El amor, causa del martirio de San José

Día 26

El Amor, Causa Del Martirio De San José

Bien se puede llamar a San José, el mártir de la vida oculta. Nadie sufrió como él. Mas, ¿cuál fue la causa de tales sufrimientos? Es que cuanto más se santifica un alma, más debe sufrir por amor y para gloria de Dios.

El sufrimiento es el culto de la gracia de Dios en un alma y el triunfo de nuestro amor hacia Dios.

Por eso San José, el más grande de los santos después de la Santísima Virgen, sufrió más que todos los mártires.

El principio de sus sufrimientos era su amor tan tierno, tan extraordinario, tan ilustrado, hacia Nuestro Señor y su veneración por la Santísima Virgen. Todos los escogidos deben pasar por el Calvario; no es posible llegar hasta el Corazón de Jesús, sin pasar antes por las llagas de sus pies y manos: no tanto se trata aquí de penitencia, como de amor; la penitencia no haría más que satisfacer las deudas, el amor va más lejos: se hace crucificar con Jesucristo y por Él; es justo que cuanto más se ame, más se sufra.

De ahí que el Calvario de San José durase treinta años, sin interrupción; la cruz fue plantada en su corazón y desde el momento en que fue llamado a la dignidad de padre de Nuestro Señor, la sobrellevó hasta el último instante de su vida.

Tuvo, sin duda, algunos gozos; mas, no se detuvo en ellos y no fueron duraderos, pues su corazón lo impulsaba a buscar de nuevo el sufrimiento; en él se complacía, sabiendo que el verdadero amor es el amor crucificado. Sólo en el Paraíso nos serán revelados todos los sufrimientos de San José; pero lo que de ellos nos deja descubrir la meditación, nos permite calcular la medida de sus merecimientos y la grandeza de su amor. Pesad sus sufrimientos y tendréis el peso de su caridad; pesad los sacrificios de los santos, conoceréis el grado de su amor; la alegría y los consuelos no constituyen el amor, sino que son su recompensa.

Aspiración. San José, haznos participar contigo del espíritu de víctima y de sacrificio de Jesús Sacramentado.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 27 - San José, Cabeza de la Sagrada Familia

Día 27

San José, Cabeza De La Sagrada Familia

San José es Padre de Jesús, su padre legal, su padre adoptivo, su padre nutricio.

Como padre, San José cuida de Jesús, trabaja para sustentarlo, lo defiende aún con riesgo de su vida; él sustenta asimismo a la Madre divina, la alivia y la protege.

¡Con qué humildad impone sus órdenes a Aquel a quien reconoce por su Creador y Salvador! Esto lo cumple porque sabe que entra en los designios del Padre celestial; lo mismo que debía hacer más tarde San Juan Bautista.

¡Con qué humildad hablaba a la Santísima Virgen, que era soberana suya en su calidad de Madre de Dios!

He ahí los sentimientos que deben caracterizar mi vida: debo mirar a los sacerdotes como miraba San José a Nuestro Señor; en mi prójimo debo también ver a Jesucristo; y en las mujeres a la Santísima Virgen.

Debo con Jesús, honrar a San José como mi Padre. Nuestro Señor le daba tan hermoso título; cumpliendo cerca de él todos los deberes de hijo, lo honró, lo sirvió y amó como tal. También yo he de hacer lo mismo.

San José es mi acabado modelo. Debo vivir de su vida, de sus virtudes, de su espíritu, porque mi vocación tiene gran semejanza con la de este gran santo.

Ahora bien, ¿con qué espíritu sirvió San José a Jesús y a María? Con amor, porque conocía la divinidad de Jesús y las excelencias de María. Su alma inundada de gracias y de luces, no alcanzaba a agradecer suficientemente al Padre celestial, por haberse dignado asociarlo a tan sublimes y santos misterios.

San José se humillaba profundamente a la vista de su indignidad.

Se ofrecía con gozo y sin reserva a cumplir, en todo, la santa voluntad de Dios.

Se consagró con alegría y heroica abnegación al servicio de Jesús y de María, sin tener en cuenta los sacrificios que esto pudiese reclamar.

Pues bien, alma mía, he ahí tu senda. Tú participas de los honores del Patriarca: comparte asimismo su humildad; tanto más que no eres justa, ni perfecta como él. Sirve a Jesús y por Jesús sirve a tus hermanos, con la misma abnegación que San José.

San José ha de ser mi protector. Yo soy un hijo suyo bien pobre, débil y enfermizo. Sin embargo, ya que continúo su misión cerca de Jesús en la tierra, me ha de ayudar a cumplirla con él y como él.

San José ha de ser el padre de la Congregación del Santísimo Sacramento; la cabeza de su familia eucarística y el modelo de todo adorador, que desea ser grato a Jesús y servirle según su Corazón.

Aspiración. No permitas ¡oh San José! que jamás seamos privados del Pan de vida.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 28 - Vida de San José en medio de la Sagrada Familia

Día 28

Vida De San José En Medio De La Sagrada Familia

Jesús era el centro del amor de María y de José. Allí donde está el cuerpo se reúnen las águilas; donde está tu tesoro allí está tu corazón. De suerte que poseer a Jesús formaba toda la dicha de la Sagrada Familia. No se apegaban a Belén; a Nazaret, ni a Egipto, su corazón no podía desear nada más, cuando poseía a Jesús.

¡Cuán presuroso y con qué santo gozo volvía San José a la casa donde habitaba el divino Niño! ¡Cómo evitaba perder el tiempo lejos de Él! ¡Bien sabía que Jesús era el amor divino encarnado! Así también mi hogar, mi familia, mi centro ha de ser Jesús Sacramentado, a cuyo lado tengo la dicha de morar. A semejanza de José sólo ahí debo hallar el lugar de mi reposo.

Jesús era el fin de la vida de María y de José. Sólo para Él vivían y trabajaban.

¡Con qué placer trabajaba San José para ganar el pan para el tierno Niño y su divina Madre! ¡Qué dicha le proporcionaba recibir el pobre salario de su trabajo! y cuando encontraba alguna dificultad, ¡cuán dulce le era vencerla con la mira de Jesús!

Del mismo modo, Jesús ha de ser el fin de mi vida, puesto que soy un verdadero José de su estado sacramental. Jesús ha de ser la ley, el gozo y toda la felicidad de mi vida; ¿puede darse en efecto, vida más hermosa que la del Santísimo Sacramento?…

Jesús era el constante alimento de la vida de unión de María y José. Ellos se sentían felices al contemplarle, escucharle, verle trabajar, obedecer, orar. ¡Todo lo hacía con tal perfección! Su felicidad era inefable, sobre todo cuando admiraban su interior, sus intenciones, sus sentimientos, el móvil de sus acciones; cuando le veían escoger las ocasiones de practicar la pobreza, la obediencia, la mortificación; cuando contemplaban sus humillaciones voluntarias, su anonadamiento y al verle referir toda la gloria a su Padre celestial, sin reservarse nada como hombre.

Jesús, María y José no tenían más que una vida; una sola cosa deseaban: glorificar al Padre celestial.

He ahí lo que también debo yo hacer. Para ello me es preciso entrar en la unión de María y José; compartir su vida, la vida de familia, la vida íntima e interior, cuyo único secreto se encuentra en Dios.

¡Qué felicidad ser llamado a esa vida! Mi dicha será vivir con María y José, del amor de Jesús Eucaristía.

Aspiración. Alcánzanos ¡oh San José! el vivir contigo unidos a Jesús Eucaristía.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 29 - Dichosa muerte de San José

Día 29

Dichosa Muerte De San José

San José es patrón y abogado de la buena muerte. Pueden estar seguros de morir bien aquellos que se encomiendan a él. Es modelo perfecto de los que quieren morir en el Señor.

San José no ejerció el ministerio de la predicación; pero se consumió en el servicio de Jesús y mereció morir entre sus brazos. Pasó largos años en el servicio de Jesús, siendo el complemento de la Sagrada Familia.

Cuando llegó su hora postrera, Jesús mismo quiso anunciar a su padre esta noticia. San José no solamente se sometió, sino que bendijo la voluntad de Dios. Jesús y María estaban a su lado y le asistía.

¡Qué hermoso sería poder conocer lo que dijeron en esos momentos! ¡Cuántas virtudes se hallaron reunidas! ¡Jesús! ¡María! ¡el santo Patriarca! ¡Ah! ¡todas las expresiones edificantes que han pronunciado los santos moribundos, brotaron primero sin duda de los labios de San José!

¡Grande era, sin embargo, la tristeza de Jesús y de María en tal trance! y ¿cómo no había de ser así?… ¡Amaban a San José con tanta ternura! Jesús lloró sobre la tumba de Lázaro, ¿y ellos no habían de llorar sobre la de San José?…

La muerte representa siempre un sacrificio; y también la muerte de los santos, aunque preciosa en el concepto del Señor es dolorosa sobre la tierra. Al disponer Jesus para la muerte a su padre adoptivo le consolaba e inspirábale confianza, pues nadie hay que no tema a la muerte, aún los santos en su profunda humildad. Y Maria, ¿con qué palabras tan suaves le consolaría?… ¡Ah! oremos siempre para ser asistidos como San José en nuestra muerte, por Jesús y por María.

San José consiente en su muerte, la acepta; y esta aceptación corona su vida oculta y sus sublimes virtudes. El Hijo a quien había cuidado con tanto amor, se convierte súbitamente en su juez. ¡Oh! ¡cuán indulgente debió mostrarse Jesús para con su padre adoptivo!

Ven, oh siervo bueno y fiel. Ve a anunciarme en el limbo, refiere allí cuanto has visto. Pronto iré a libertarte. ¡Oh! ¡Qué fallo de amor!

Cuando sonó la hora de la redención, ¿qué fruto tan escogido debió aplicarle Jesús? ¡Cuán alto cerca del de su Hijo se eleva el trono de San José! Suplicadle que sea vuestro intercesor. El santo a quien invocamos especialmente durante nuestra vida, será sin duda alguna nuestro particular protector en la hora de la muerte. ¿Quién podrá serlo mejor que San José?…

Aspiración. Alcánzanos, ¡oh San José! la gracia de morir como tú, unido con Jesús Eucaristía por medio del Sagrado Viático.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

Día 30 - Eficacia de la protección de San José

Día 30

Eficacia De La Protección De San José

Elevemos al cielo nuestro pensamiento para descubrir allí la gloria de San José; y al terminar estos ejercicios consagrados en honor suyo, asegurémonos para toda nuestra vida y sobre todo para el momento de nuestra muerte su poderosa protección.

Si grande fue San José en la tierra por su dignidad y sus virtudes, más grande es aún en el cielo por la gloria y por el sitio eminente que ocupa cerca del trono de Dios.

Puédese decir de él, que es todopoderoso. Lo es con la omnipotencia de Dios Padre, cuya dignidad, misión y autoridad compartió, al ejercer aquí abajo el cargo de padre nutricio del Verbo encarnado.

¿Podría el Padre Eterno rehusar algo, a aquel a quien hiciera el don de su propio Hijo?…

San José es todopoderoso en el cielo, con la omnipotencia de Jesucristo, sobre quien tuvo pleno poder en la tierra, y que le prestó siempre obediencia de hijo. Ahora bien, ¿creéis que Jesús glorificado pueda resistir al menor deseo de quien le prodigara tantos cuidados, tan buenos oficios y tan fielmente lo sirviera en la tierra? ¡Oh! ¡no, eso es imposible! Jesús cifra su gloria en someter a San José su omnipotencia en el cielo, del mismo modo que en la tierra le sometió su voluntad.

San José goza, además, de la omnipotencia de Moría, su santa Esposa; María como Esposa fiel le hace partícipe de su gloria y de su poder soberano. Nada podría rehusar la Reina del cielo a aquel a quien sirvió ella y honró como a digno esposo; a quien amó como a su custodio, tutor y padre.

¡Hemos de concluir pues, en que San José es todopoderoso!

Pues bien, honrémosle siempre, seámosle devotos, consagrémonos a su culto y así agradaremos infinitamente a Jesús y a María que consideran como hecho a sí mismos todo cuanto se hace en honor de San José.

En él tenemos todos un ejemplar y protector. Adoradores de Jesús Sacramentado, continuamos en torno de la Eucaristía su servicio, sus adoraciones, su amor; Él velará por nosotros, nos comunicará su espíritu y sus virtudes; y, mostrándonos a Jesucristo, le dirá: Yo no puedo estar ya sobre la tierra para cuidarte, servirte y sustentarte; bendice pues ahora a éstos adoradores que me reemplazan cerca de Ti y concédeles todas las gracias con que me colmaste, a fin de que pueda su servicio recordarte el mío y reemplazarlo dignamente. ¡Oh! ¡cuán feliz se siente San José al vernos presurosos cerca de la adorable Persona de Jesús Sacramentado, tan débil, tan abandonado, tan perseguido, que tiene más necesidad aún de siervos y defensores en su Sacramento, que en los días de su infancia!

Esta devoción a San José será particularmente benéfica y preciosa a las madres cristianas. San José es patrón de las familias cristianas: que lo sea de cada familia en particular y experimentaréis bien pronto las bendiciones de su protección y los beneficios de su patrocinio. San José es patrón de las vocaciones cristianas. ¡Ah! cuánta necesidad tenéis de su auxilio para cumplir bien vuestros deberes ¡oh madres! para encaminar la vocación de vuestros hijos; inspiradles la devoción a San José; será fuente segura de felicidad para ellos.

San José es patrón de las personas afligidas, pues fue mucho lo que sufrió; en vuestras penas dirigíos a él.

Santa Teresa nos dice que jamás pidió algo a San José que no lo obtuviera al punto: tened confianza como ella y todo lo alcanzaréis.

San José es, finalmente, patrón de la buena muerte, pues murió en brazos y en el amor de Jesús y de María.

¡Dichosa el alma que practica la devoción a San José! pues posee una segura prenda de santa muerte y de la salvación y dicha eterna.

Aspiración. Sé siempre, oh San José, mi protector, mi perfecto modelo y mi tierno padre en el servicio de Jesús Sacramentado.

Treintena Oración y Letanías

¡Ave María y adelante!

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