Novena de Navidad 2022

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La Novena de Navidad es una tradición católica que se celebra durante los nueve días previos a navidad. Esta novena se utiliza como una forma de prepararse espiritualmente para la navidad, y cada día se enfoca en un tema diferente. En esta novena especial, se ofrecerá cada día un texto del papa Juan Pablo II siguiendo los siguientes temas:

  1. Adviento: plegaria de adoración y alabanza a Dios
  2. Para encontrar a Jesús hay que ponerse en camino
  3. También nosotros nos dirigimos espiritualmente a Belén
  4. Dios con nosotros
  5. Navidad: fiesta de la familia y de la vida
  6. Acudimos como María a Cristo que viene a visitarnos
  7. Prepararnos para recibir a Dios
  8. Toda nuestra vida debe ser un Adviento
  9. Adviento: fuerte anuncio de esperanza

Cada día de la novena se iniciará con la lectura de un texto del papa Juan Pablo II. Luego se rezarán las letanías al Divino Niño. Esta es una forma hermosa de prepararse espiritualmente para navidad y acercarse a Jesús. Si deseas unirte a esta novena especial, puedes hacerla en este link. Invita a tus conocidos a realizar también esta preparación.

“Que la Navidad nos encuentre a cada uno comprometidos a descubrir de nuevo su mensaje, que parte del pesebre de Belén. Hace falta un poco de valentía, pero vale la pena, porque sólo si sabemos abrirnos así a la venida de Cristo, podremos experimentar la paz anunciada por los ángeles en la noche santa. Que la Navidad constituya para todos vosotros un encuentro con Cristo, que se ha hecho hombre para dar a cada hombre la capacidad de hacerse hijo de Dios”.

San Juan Pablo Magno

Contenido de la serie

El sentido de la Navidad

El Sentido De La Navidad

Queridísimos hermanos y hermanas: La audiencia de hoy se celebra en el clima de la Navidad ya cercanísima, que habla con tanta elocuencia a la mente y al corazón. La liturgia del Adviento nos ha preparado espiritualmente a revivir el misterio que ha marcado un cambio en la historia humana: el nacimiento de un Niño, que es también el Hijo de Dios, el nacimiento del Salvador. Se trata de una celebración que ha cambiado realmente el rostro del mundo. ¿Acaso no es un testimonio de ello la misma atmósfera jubilosa que se respira por las calles de las ciudades y de los pueblos, en los lugares de trabajo, en la intimidad de nuestras casas? La fiesta de la Navidad ha entrado en las costumbres como celebración incontrastable de alegría y de bondad y como ocasión y estímulo para un pensamiento noble, para un gesto de altruismo y de amor. Esta floración de generosidad y de cortesía, de atención y delicadezas, coloca a la Navidad entre los momentos más bellos del año, más aún, de la vida, imponiéndose incluso a los que no tienen fe y, sin embargo, no logran substraerse a la fascinación que brota de esta palabra mágica: Navidad.

Esto explica también el aspecto lírico y poético que envuelve a esta fiesta: ¡Cuántas melodías bucólicas, cuántas canciones dulcísimas han brotado en torno a este acontecimiento! Y, ¡qué carga de sentimientos o, a veces, de nostalgia, sabe suscitar! La naturaleza que nos rodea adquiere en este día un lenguaje dulce e inocente, que nos hace saborear la alegría de las cosas sencillas y verdaderas, hacia las cuales aspira nuestro corazón, aún sin saberlo.

Pero detrás de este aspecto sugestivo, he aquí inmediatamente la manifestación de otros que alteran su limpidez e insidien su autenticidad. Se trata de los aspectos puramente exteriores y consumísticos de la fiesta, que hacen correr el riesgo de vaciar a la solemnidad de su significado auténtico, cuando se toman no como expresión de la alegría interior que la caracteriza, sino como elementos principales de ella, o casi como su única razón de ser. La Navidad pierde entonces su autenticidad, su sentido religioso, y se convierte en ocasión de disipación y derroche, cayendo en exterioridades inconvenientes y descomedidas, que suenan a ofensa para aquellos a quienes la pobreza condena a contentarse con las migajas.

Es necesario recuperar la verdad de la Navidad en la autenticidad del dato histórico y en la plenitud del significado que trae consigo. El dato histórico es que en un determinado momento de la historia y en una cierta región de la tierra, de una humilde mujer de la estirpe de David nació el Mesías, anunciado por los Profetas: Jesucristo Señor.

El significado es que, con la venida de Cristo, toda la historia humana ha encontrado su salida, su explicación, su dignidad. Dios nos ha salido al encuentro en Cristo, para que pudiéramos tener acceso a Él. Mirándolo bien, la historia humana es un anhelo ininterrumpido hacia la alegría, la belleza, la justicia, la paz. Se trata de realidades que sólo en Dios pueden encontrar su plenitud. Pues bien, la Navidad nos trae el anuncio de que Dios ha decidido superar las distancias, salvar los abismos inefables de su trascendencia, acercarse a nosotros, hasta hacer suya nuestra vida, hasta hacerse nuestro hermano.

Así, pues: ¿buscas a Dios? Encuéntralo en tu hermano, porque Cristo se ha como identificado ya en cada uno de los hombres. ¿Quieres amar a Cristo? Ámalo en tu hermano, porque todo lo que haces a uno cualquiera de tus semejantes, Cristo lo considera hecho a Él. Si te esfuerzas, pues, en abrirte con amor a tu prójimo, si tratas de establecer relaciones de paz con él, si quieres poner en común tus recursos con el prójimo, para que tu alegría, al comunicarse, se haga más verdadera, tendrás a tu lado a Cristo y con Él podrás alcanzar la meta que sueña tu corazón: un mundo más justo y, por lo tanto, más humano.

Que la Navidad nos encuentre a cada uno comprometidos a descubrir de nuevo su mensaje, que parte del pesebre de Belén. Hace falta un poco de valentía, pero vale la pena, porque sólo si sabemos abrirnos así a la venida de Cristo, podremos experimentar la paz anunciada por los ángeles en la noche santa. Que la Navidad constituya para todos vosotros un encuentro con Cristo, que se ha hecho hombre para dar a cada hombre la capacidad de hacerse hijo de Dios.

Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Adviento: plegaria de adoración y alabanza a Dios

Día 1

Adviento: Plegaria De Adoración Y Alabanza A Dios

Hermanos y hermanas queridísimos: Nos encontramos ya en el culmen del Adviento. La Iglesia, por medio de su liturgia, nos ha hecho meditar, estos días de gracia, en el misterio de la doble venida de Cristo: la venida en la humildad de nuestra naturaleza humana, y la de su parusía definitiva. Por tanto, la liturgia nos recomienda que el Señor, que nos concede prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza (cf. Prefacio de Adviento, II). En este tiempo los cristianos estamos invitados a meditar los acontecimientos admirables y misteriosos de la Encarnación del Hijo de Dios que se hace humilde, pobre, débil, frágil, en la conmovedora realidad de un Niño envuelto en pañales y colocado en un pesebre.

Pero este Niño es precisamente el que guía, orienta, marca el comportamiento, las opciones y la vida de las personas que están a su lado o a quienes afecta de lleno su aparición. Está la anciana Isabel, que ha sentido florecer milagrosamente en su seno la vida de un hijo, esperado desde años, como una gracia del Señor: Juan el Bautista será el precursor del Mesías, está su marido Zacarías, cuya lengua se desata para cantar las grandes gestas de Dios en favor de su pueblo, están los pastores que pueden contemplar al Salvador, los Magos, desde años en búsqueda del Absoluto en los signos de los cielos y de los astros, y que se prosternan en adoración ante el recién Nacido, está el anciano Simeón, que ha esperado también desde hace mucho tiempo al Mesías, “luz de las gentes y gloria de Israel” (cf. Lc 2, 32), Ana, la venerada profetisa que exulta de júbilo por la “redención de Jerusalén ” (cf. Lc 2, 38), José, el silencioso, vigilante, atento, tierno, paternal custodio y protector de la fragilidad del Niño, finalmente y, sobre todo Ella, la Madre, María Santísima, que ante el designio inefable de Dios se sumergió en su pequeñez, definiéndose “esclava” del Señor e insertándose con plena disponibilidad en el proyecto divino.

Pero al lado y alrededor de este Niño están, por desgracia, no sólo personas que lo han esperado, buscado, amado adorado, está también la muchedumbre indiferente de los peregrinos y de los habitantes de Belén, o, incluso el rey, potente y suspicaz, Herodes, que, con tal de mantener su poder, asesina a los pequeños inocentes con el propósito de eliminar al hipotético pretendiente al trono.

Ante el pesebre de Belén —como luego ante la cruz en el Gólgota— la humanidad hace ya una opción de fondo con relación a Jesús, una opción que, en último análisis, es la que el hombre está llamado a hacer improrrogablemente, día tras día, con relación a Dios, Creador y Padre. Y esto se realiza, ante todo y sobre todo, en el ámbito de lo íntimo de la conciencia personal. Aquí tiene lugar el encuentro entre Dios y el hombre. Esta es la tercera venida, de la que hablan los Padres, o el “Adviento intermedio” analizado teológica y ascéticamente por San Bernardo: “En la primera venida, al Verbo se le vio en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua El mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, verá toda carne la salvación de Dios, y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos lo ven en su interior, y así sus almas se salvan” (Sermo V, De medio adventu et triplici innovatione, 1: Opera, Ed. Cisterc., IV, 1966, pág. 188).

Este Adviento, en el que el hombre se inserta, impulsado por la gracia, imitando las actitudes interiores de todos los que esperaron, buscaron, creyeron y amaron a Jesús, está vivificado por la constante meditación y asimilación de la Palabra de Dios, que para el cristiano sigue siendo el primero y fundamental punto de referencia para su vida espiritual, está fecundado y animado por la plegaria de adoración y alabanza a Dios, de la cual son modelos incomparables los cánticos del “Benedictus” de Zacarías, el “Nunc dimittis” de Simeón, pero especialmente el “Magnificat” de María Santísima. Este Adviento interior se refuerza con la práctica constante de los sacramentos, en particular el de la reconciliación y el de la Eucaristía, que, purificándonos y enriqueciéndonos con la gracia de Cristo, nos hacen “hombres nuevos”, en sintonía con la invitación urgente de Jesús: “Convertíos” (cf. Mt 3, 2, 4, 17, Lc 5, 32, Mc 1, 15).

En esta perspectiva, para nosotros, cristianos, cada día puede y debe ser Adviento, puede y debe ser Navidad. Porque, cuanto más purifiquemos nuestras almas, cuanto más espacio demos al amor de Dios en nuestro corazón, tanto más podrá venir y nacer en nosotros Cristo. “Isabel —escribe San Ambrosio— es colmada después de haber concebido, María, antes… Se alegra de que María no haya dudado, sino creído, y por esto, había conseguido el fruto de su fe. “Feliz”, le dice “tú que has creído”. Pero felices también vosotros, los que habéis oído y creído, pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras. Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor, que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios” (Expos. Evang. sec. Lucam II, 23. 26: CCL 14, págs. 41, 42).

Por tanto, no podemos transformar y degradar la Navidad en una fiesta de inútil despilfarro, en una manifestación caracterizada por el fácil consumismo: la Navidad es la fiesta de la humildad, de la pobreza, Al desasimiento, del abajamiento del Hijo de Dios, que viene a darnos su amor infinito, por tanto, se debe celebrar con auténtico espíritu de compartir, de compartir con los hermanos que tienen necesidad de nuestra ayuda cariñosa. Debe ser una etapa fundamental para meditar sobre nuestra conducta con relación a, “Dios que viene”, y a este Dios que viene podemos encontrarlo en un niño indefenso que gime, en un enfermo que siente decaer inexorablemente las fuerzas de su cuerpo, en un anciano, que después de haber trabajado durante toda la vida, se halla de hecho marginado y soportado en nuestra sociedad moderna, basada sobre la productividad y el éxito. En las Vísperas de hoy la Iglesia eleva a Cristo esta espléndida oración: “¡O Rex gentium et desideratus, earum, lapisque angularis, qui facis utraque unum: veni et salva hominem quem de limo formasti”! ¡Oh Cristo, Rey de las naciones, esperado y deseado durante siglos por la humanidad herida y dispersa por el pecado, Tú que eres la piedra angular sobre la que la humanidad puede volver a construirse a sí misma y recibir una definitiva e iluminadora guía para su caminar en la historia, Tú que has unificado, mediante tu entrega sacrificial al Padre, los pueblos divididos, ven y salva al hombre, mísero y grande, hecho por Ti “con barro de la tierra”, y que lleva en sí tu imagen y semejanza!

Con estos deseos doy a todos los que estáis aquí mi felicitación afectuosa y cordial: ¡Feliz Navidad!

Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Para encontrar a Jesús hay que ponerse en camino

Día 2

Para Encontrar A Jesús Hay Que Ponerse En Camino

Queridos hermanos y hermanas: El Adviento, que comenzamos con la invitación apremiante de la Iglesia a vivir en la vigilancia y en la espera, está a punto de concluirse con el día de la fiesta tan deseado, porque es portador de alegría y de paz. La liturgia nos ha preparado, creciendo poco a poco en intensidad, a la celebración inminente de la Santa Navidad, al mismo tiempo que ofrecía a nuestra reflexión y a nuestra oración los acontecimientos, los dichos y las personas, que han preparado el nacimiento en el tiempo del Verbo Encarnado.

La Palabra de Dios se ha hecho carne y no puede ser superada ni por palabras humanas ni por el ruido del mundo. Es Palabra omnipotente a la que nada puede ofuscar. Sin embargo, para que sea acogida debe encontrar corazones humildes puros, como el de la Virgen María. María reconoció su propia pequeñez ante Dios, a quien se había entregado totalmente, poniendo sólo en Él su confianza porque lo amaba sobre todas las cosas.

Fue precisamente éste el motivo por el que a Ella, la “llena de gracia”, se le concedió la riqueza más preciosa, el Hijo de Dios, y en Ella se realizó en modo altísimo la bienaventuranza que Jesús mismo proclamara: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. (Mt 5, 3).

Pidamos, por tanto, a la Madre del Redentor y Madre nuestra que haga partícipes también a nuestras almas de los mismos sentimientos que habitaban en Ella, los días anteriores a la Navidad de Cristo. Asombrados y confundidos por la humildad de Dios, por su generosidad para con nosotros, podremos así reconocer en el Niño, que yace en el pesebre, la amplitud, la altura y la profundidad del Amor divino. (cf. Ef 3, 18).

El clima inconfundible de serena espera, característico de estos días tan próximos a la fiesta que celebra la venida de Dios entre los hombres, enriquece con un significado particular la audiencia de hoy. En esta circunstancia me es grato, queridísimos hermanos y hermanas, exhortaros a mantener despierto el sentido de la majestad de Dios. Esto no quiere decir tener miedo de Él, como si fuera un extraño o un rival, a la manera que lo presentan ciertas corrientes filosóficas de nuestra época. Simplemente, Dios exige que reconozcamos su amor sin límites y, llenos de su grandeza y bondad, vayamos a Él para adorarlo.

Acerquémonos, pues al Niño Jesús con fe grande y aprenderemos cada vez mejor de qué modo la humanidad entera es reconciliada en Él, vivificada y hecha grata al Padre. En Cristo, el Omnipotente nos concede un corazón capaz de conocerlo y de volver a Él (cf. Jer 24, 7), por el camino que indicó la “alegre noticia” de un Dios que se ha hecho Hombre para que el hombre pudiese llegar a Dios.

Peregrinos de fe y de amor, pongámonos en camino hacia Cristo. Él es la realización plena de las promesas del Padre.

Con este pensamiento me dirijo especialmente a vosotros, jóvenes presentes en este encuentro, especialmente a los que habéis venido de la parroquia de Santa María Asunta de Montevecchio, Nocera Umbra. Propongo a vuestra reflexión e imitación el comportamiento de los pastores, que fueron los primeros en recibir de los Ángeles el anuncio del nacimiento del Salvador y acudieron presurosos a la gruta. Para encontrar a Jesús, a María a José hay que ponerse en camino, dejando atrás compromisos, dobleces y egoísmos, hay que hacerse disponibles interiormente a las sugerencias que Él no dejará de provocar en todo corazón que sabe ponerse a la escucha. Es lo que os deseo en las próximas fiestas navideñas. Que paséis junto con el Niño Jesús y con su Madre Santísima, en serena alegría. estos días benditos.

Un saludo y una felicitación particular deseo dirigiros también a vosotros, queridísimos enfermos. Tengo ante los ojos, en este momento, todas las situaciones trágicas dolorosas de la tierra, a todos los enfermos y a todos los que sufren en sus casas o en los hospitales. Quisiera repetir con fuerza a todos y a cada uno las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no temáis” (Mc 6, 50).

El dolor no es necesariamente un castigo o una fatalidad, puede ser la ocasión providencial, aunque misteriosa, para que se manifiesten las obras de Dios (cf. Jn 9, 1-3). ¡Que el Niño Jesús os haga oír a todos vosotros, los que sufrís, su anuncio de paz!

Finalmente, os saludo con afecto también a vosotros, queridos nuevos esposos. Vuestra presencia me hace pensar en el año nuevo, que dentro de poco comenzará. También la humanidad se renueva cada día y la Providencia alimenta con nuevas vidas su Iglesia y el mundo.

Mirad a la gruta de Belén: las personas que veis en ella (cf. Lc 2, 16) pueden ser vuestro modelo y vuestro ejemplo. Como Jesús que ha venido no para ser servido, sino para servir, como María y José que lo han ofrecido a los hombres, así también vosotros aprended a daros, comunicando la felicidad y la alegría de las que Dios os ha colmado.

Con la ayuda materna de María, vuestra nueva familia sea una pequeña Iglesia en la que Jesús venga a nacer.

A vosotros y a todos los presentes deseo una feliz Navidad y de corazón os imparto mi bendición.

Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

También nosotros nos dirigimos espiritualmente a Belén

Día 3

También Nosotros Nos Dirigimos Espiritualmente A Belén

«Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ‘Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace» (Lc 2, 13-14).

Amadísimos hermanos y hermanas, esta audiencia general tiene lugar durante la novena de preparación para Navidad, es decir, como preparación a la conmemoración litúrgica del nacimiento de Jesús, el Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo de Israel. Cada año resuena en nuestros espíritus el cántico gozoso de los ángeles, que anuncian a los pastores el gran acontecimiento, invitándolos a dirigirse a Belén para ver al Salvador, al Cristo Señor, envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 11). También nosotros nos dirigimos espiritualmente hacia Belén, caminamos ansiosos y conmovidos hacia el pobre pesebre, donde María Santísima ha acostado al Niño recién nacido “porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 7).

La Navidad es una fiesta universal. Incluso los que no creen perciben en esta celebración algo diferente y trascendente. El cristiano, en cambio, sabe que en la Navidad se celebra el acontecimiento central de la historia humana: la encarnación del Verbo divino para la redención de la humanidad.

El autor de la carta a los Hebreos, escribiendo en un tiempo relativamente cercano a ese evento único y extraordinario, advertía: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos, el cual es resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa…” (Hb 1, 1-3).

Nosotros sabemos que ese Niño humilde y pobre, escondido e inerme, es Dios mismo, hecho hombre por nosotros. Él es la Luz de los hombres, que brilla en las tinieblas, la Vida espiritual, que vivifica al alma, y la Verdad que proyecta su claridad sobre el sentido último de la existencia. Afirma el apóstol Juan: “La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1, 17-18).

Debemos meditar atentamente en los motivos que impulsaron a Jesús a encarnarse: es importante tenerlos presentes en nuestro espíritu si queremos que la Navidad no se reduzca a una fiesta meramente sentimental o consumista, rica de regalos y de felicitaciones, pero pobre de auténtica vida cristiana. En efecto, la Navidad nos hace reflexionar, por una parte, en el carácter dramático de la historia humana, según el cual los hombres, heridos por el pecado, andan perennemente en búsqueda de la verdad, de perdón, de misericordia, de redención, y, por otra, en la bondad de Dios, que salió al encuentro del hombre para comunicarle directamente la verdad que salva y hacerlo partícipe de su amistad y de su vida.

La Navidad es la fiesta del Amor divino: por amor él nos creó, por amor nos redimió en Cristo y nos espera en su Reino. San Bernardo, el gran doctor de la Iglesia -de cuya muerte hemos celebrado este año el noveno centenario- en el Sermón tercero sobre el Adviento afirma: “Cristo vino no sólo entre nosotros, sino también por nosotros… Bien considerado, estamos miserablemente oprimidos por tres enfermedades: somos seducidos fácilmente, somos débiles en la acción y frágiles en la resistencia. Si queremos discernir el bien del mal, nos engañamos, si tratamos de hacer el bien, nos falta la fuerza, si nos esforzamos por resistir al mal, somos derrotados y vencidos. Era necesaria, por tanto, la venida del Salvador, y es necesaria la presencia de Cristo entre los hombres así oprimidos. Oh, que venga y, habitando en nosotros, socorra nuestra debilidad, alzándose en nuestra defensa, proteja nuestra fragilidad y combata por nosotros”.

La Navidad resulta, por ello, fiesta de gran responsabilidad: adorando a Jesús Niño en el pesebre de Belén, todos comprendemos que tenemos una función por desempeñar en el anuncio de la Buena Nueva. Naciendo en la humildad y en la pobreza, Dios, por decir así, ha limitado su omnipotencia para hacernos a nosotros poderosos instrumentos suyos en el designio providencial de la salvación.

Preparémonos, por tanto, a la Navidad con profunda seriedad y devoción, conscientes de que el recuerdo litúrgico del nacimiento del Redentor debe hacer nuestra vida cristiana cada vez más creíble y convincente. Jesús, nacido pobre y lejos de la casa de Nazaret, quiso tener en torno a sí personas sencillas y humildes, como María y José, los pastores, los Magos. De esta forma nos enseña que para Dios los verdaderos valores están en la humildad, en el ocultamiento, en la aceptación serena y gozosa de su voluntad, en la caridad pronta a inclinarse hacia las muchas necesidades de sus hermanos. La Navidad, fiesta del Amor de Dios hacia los hombres, se convierte de ese modo, también, en la fiesta de nuestra caridad hacia los hermanos. Mientras os expreso mis más fervientes votos por una Feliz Navidad, os deseo que seáis testigos y mensajeros de esta caridad. Llevad serenidad y calor a vuestras casas, a vuestras parroquias, y a cualquier parte donde se desarrolle vuestra vida.

¡María Santísima, tabernáculo del Verbo encarnado, os acompañe en esta novena para que podáis celebrar santamente la Navidad, en el gozo de la fe y en el compromiso de la caridad!

Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Dios con nosotros

Día 4

Dios Con Nosotros

Amadísimos hermanos y hermanas: En el itinerario litúrgico y espiritual del Adviento, nos encontramos ya en vísperas de las festividades navideñas. La novena de la santa Navidad nos impulsa diariamente, de una forma cada vez más apremiante y comprometedora, a prepararnos con la oración y la caridad a las fiestas ya inminentes y nos invita a meditar, desde la perspectiva de la fe, en los aspectos profundos y significativos del misterio de la Encarnación, que estamos a punto de revivir. Uno de los elementos que caracterizan la oración y la reflexión de estos días es, sin duda, la tradicional serie de antífonas navideñas denominadas antífonas de la “Oh”, y que en su conjunto ilustran los diversos aspectos de la venida del Salvador esperado.

En esas antífonas litúrgicas se eleva al Altísimo la misma voz de la Iglesia, que invoca al esperado de las naciones con títulos muy elocuentes, fruto de la fe bíblica y de la secular reflexión eclesial.

En el Salvador, cuyo nacimiento en Belén vamos a celebrar, la comunidad cristiana contempla la “Sabiduría del Altísimo”, el “Guía de su pueblo”, el “Retoño de la raíz de Jesé”, la “Llave de David”, la “Estrella nueva”, el “Rey de los pueblos” y, por último, el “Emmanuel”.

“Oh Emmanuel, Dios con nosotros, el esperado de los pueblos y su liberador: ven a salvarnos con tu presencia”. ¡Oh Emmanuel! Hoy, antevíspera de la solemnidad de la santa Navidad, la liturgia se dirige al Mesías con este título. Se trata de una invocación que, en cierto sentido, resume en sí todas las de los días pasados. El Hijo de la Virgen ha recibido el nombre profético de “Emmanuel”, es decir, “Dios con nosotros”. Ese nombre recuerda la profecía hecha siete siglos antes por boca del profeta Isaías. Con el nacimiento del Mesías Dios asegura su presencia plena y definitiva en medio de su pueblo. Esa presencia constituye la respuesta divina a la necesidad fundamental del hombre de todos los lugares y todos los tiempos.

En efecto, los esfuerzos de la humanidad por construir un porvenir de bienestar y felicidad sólo pueden alcanzar plenamente su objetivo rebasando las realidades finitas. El deseo y el empeño por realizar un futuro de justicia y paz son un signo elocuente del insuprimible anhelo de Dios que late en el corazón del hombre.

La época en que vivimos se caracteriza por la agudización de un cierto sentido de extravío, de una sensación de vacío que, si la miramos bien, es consecuencia del debilitamiento del “sentido de Dios”. En nuestro mundo secularizado muchos han perdido esta referencia esencial para las opciones decisivas de su existencia. Precisamente en este contexto adquiere especial relieve el gozoso mensaje de la Navidad. Sobre todo para aquellas personas a quienes, en nuestro siglo, se ha impedido por la fuerza tener un encuentro con el auténtico Señor de la historia, o para los que se han perdido en los diarios afanes de la existencia, se renueva en la Navidad que estamos a punto de celebrar la “buena nueva” de la venida del “Dios con nosotros”. Lo que resulta imposible para las fuerzas humanas, Dios mismo, en su amor infinito, lo realiza mediante la encarnación de su Hijo unigénito.

En la Noche Santa se proclama la victoria del Amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. El hombre ya no está solo, pues el muro insuperable que lo separaba de la comunión con Dios ha sido derribado definitivamente. En la gruta de Belén el cielo y la tierra se tocan, el infinito entra en el mundo, y a la humanidad se le abren de par en par las puertas de la eterna herencia divina. Con la presencia del “Dios con nosotros”, incluso la más oscura noche del dolor, de la angustia y del desconcierto queda superada y vencida para siempre. El Verbo encarnado, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, es la esperanza de toda criatura frágil, el sentido de toda la historia, el destino de todo el género humano.

El Niño divino, adorado por los pastores en la gruta, es el don supremo del amor misericordioso del Padre celestial: para salir al encuentro de los hombres de todos los tiempos no desdeñó hacerse Él mismo semejante a nosotros, compartiendo hasta el fondo nuestra condición de criaturas, excepto el pecado.

La antífona navideña que la Iglesia canta en la liturgia de hoy concluye con la invocación “Sálvanos, oh Señor, con tu presencia”. En el misterio de la Navidad admiramos absortos el eterno Verbo divino hecho carne, convertido en presencia sorprendente entre nosotros y en nosotros. Él, con la intervención eficaz de su gracia, colma el vacío de la tristeza y de la pena, aclara la búsqueda de la alegría y de la paz, impulsa todos nuestros esfuerzos por construir un mundo mejor y más solidario. Amadísimos hermanos y hermanas, dispongámonos a revivir con plena apertura de espíritu el acontecimiento salvífico de la Navidad. Contemplemos, en la pobreza del pesebre, el gran prodigio de la Encarnación y hagamos que penetre profundamente en nuestra existencia con su fuerza transformadora. Dejémonos evangelizar por la Navidad, como los pastores, que acogieron prontamente el anuncio del nacimiento del Salvador y se dirigieron sin vacilación a adorarlo, convirtiéndose así en los primeros testigos de su presencia en el mundo. Así, nosotros nos convertiremos también en testigos del Emmanuel ante todos nuestros hermanos, principalmente entre los más pobres y los que sufren. María, la primera que acogió al Mesías prometido y lo ofreció al mundo, nos enseñe a abrir de par en par las puertas de nuestro corazón al mensaje de esperanza y amor de la Navidad.

Con estos sentimientos, en la atmósfera de gozo espiritual que caracteriza este encuentro, me es grato formular a cada uno de vosotros mis mejores y más afectuosos deseos de felicidad. Extiendo estos cordiales sentimientos a las personas que sufren, a las poblaciones azotadas por la violencia y la guerra, y a cuantos atraviesan especiales dificultades. A todos deseo que pasen las próximas fiestas navideñas en un clima sereno e iluminado por la llama del amor y de la gracia del Redentor.

Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Navidad: fiesta de la familia y de la vida

Día 5

Navidad: Fiesta De La Familia Y De La Vida

Amadísimos hermanos y hermanos: Dentro de pocos días celebraremos la Navidad del Señor y todos estamos preparándonos para ese acontecimiento, a fin de que el Hijo de Dios encuentre en nuestro corazón un ambiente disponible y acogedor. ¡Qué gran misterio nos disponemos a revivir en la noche santa! En este último período del tiempo de Adviento la liturgia pone de relieve la espera de la creación entera. Es como si sintiera la llegada de Aquel que va a restablecer su armonía original, herida a causa del rechazo de Adán, espera a Aquel que la volverá a llevar a la plena unidad con su Creador. El Verbo, al encarnarse -recuerda san Pablo-, renueva el orden cósmico de la creación (cf. Ef 1, 10, Rm 8, 19-22). La Navidad ya cercana es fiesta de la creación, pero sobre todo del hombre, pues el que está a punto de venir es el Redentor del hombre, que “en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, 22). Al asumir la carne del hombre que había rechazado la familiaridad con Dios Jesucristo sana y redime a la humanidad entera, devolviéndole la semejanza y la amistad con Dios rota por el pecado. Jesús viene al mundo “para que todos los hombres tengan vida y la tengan en abundancia” (cf. Jn 10, 10). La atmósfera que rodea el acontecimiento de Belén siempre rebosa alegría, luz y amor. Con razón, en estos días, se percibe más fuerte la invitación a la bondad y a la paz la invitación a abandonar el mal para volver al bien. En efecto, ¿qué busca el creyente dentro del humilde pesebre, junto al cual velan José, María y toda la creación? El hombre busca a Dios porque se da cuenta de que Dios lo está buscando a él. El corazón humano aspira a encontrar a Dios y a descansar en Él. Lo recordaba san Agustín, subrayando que el Padre celestial nos ha hecho para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que lo encuentra y descansa en Él.

El Redentor, el Verbo eterno “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14), al venir a la tierra, invita a la humanidad al banquete de su luz, y a quien lo acoge le revela su gloria, “gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Somos hijos de Dios. “Dios -escribí en la Carta a los niños, recientemente publicada- quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad”. Es preciso alegrarse de este evangelio de la filiación divina.

Cada vez que celebramos la Navidad, anunciamos este prodigio extraordinario: el Verbo, en el que está la vida, se hace carne y viene a habitar en medio de nosotros. Así, podemos contemplar su gloria como Hijo único del Padre, luz de verdad con que cada persona está llamada a confrontarse, si quiere ser capaz de discernir lo que está bien y lo que está mal, lo que lleva a la vida y lo que, por el contrario, lo entrega a la muerte. La Navidad, por consiguiente, es la fiesta de la luz, porque la luz del rostro de Dios resplandece, con toda su belleza, en el rostro de Jesucristo que se encarna en Belén.

El concilio Vaticano II recuerda que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, 22). El Niño divino se nos entrega como luz de los pueblos, para que todos puedan reconocer la verdad que Él es, dando así cumplimiento a la nostalgia del auténtico sentido de la vida y proporcionando un fundamento seguro a la esperanza que alberga el corazón humano. La Navidad no es sólo la fiesta de Dios que se hace hombre, es también la fiesta de la familia y de la vida. Nos nace un niño, se nos da un hijo (cf. Is 9, 5). El Hijo de Dios, al venir a habitar entre los hombres, pone de manifiesto el sentido pleno de todo nacimiento humano. Todo hijo que viene al mundo trae consigo la alegría: ante todo alegría para sus padres, luego, para la familia y para la humanidad entera (cf. Jn 16, 21). Dentro de poco, concluirá el Año de la familia, que hemos celebrado a lo largo de todo 1994. Las diversas manifestaciones que lo han marcado han sido ocasiones propicias para profundizar en el evangelio de la familia y para poner de relieve los desafíos que han de afrontar hoy los núcleos familiares en todo el mundo.

Una vez más, quisiera dar gracias a Dios por haber querido nacer en la sagrada Familia de Nazaret. Al mismo tiempo, ante el belén, que ofrece a nuestra meditación la imagen de la vida que nace, sentimos el vivo deseo de reafirmar con energía que la familia, toda familia está llamada a ser la fiesta y el santuario de la vida. Ésta es la vocación principal de la familia: dar y cultivar con amor y respeto la vida de cada uno de sus miembros.

Frente a tantas amenazas y asechanzas contra la familia, célula primordial de la Iglesia y de la sociedad, se nos invita a todos a tomar mayor conciencia de nuestra responsabilidad de creyentes.

Toda familia sentirá entonces, con fuerza, ante el belén, la llamada a defender, amar y servir la vida humana especialmente cuando es débil e indefensa.

La encarnación redentora del Hijo de Dios está en el centro de la fe de la Iglesia, y ésta nunca podrá cansarse de anunciar el evangelio de la vida en todos los rincones de la tierra y a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Amadísimos hermanos, ojalá que, a ejemplo de la sagrada Familia, toda familia cristiana sepa ser escuela de fe, de oración, de humanidad y de alegría verdadera, poniendo en el centro a Dios, así como las exigencias de su ley, escrita en todo corazón y revelada plenamente en Jesucristo, nuestro Salvador. Sólo así será posible construir un futuro sereno y provechoso para todos. El Señor encomienda esta misión a cada uno, pero en Navidad la confía en especial a las familias y a los niños. Como he escrito en la carta que he citado antes el Papa espera mucho de las oraciones de los pequeños y les pide que se hagan cargo de la oración por la paz, pues “el amor y la concordia construyen la paz, el odio y la violencia la destruyen”.

Amadísimos hermanos y hermanas, os expreso a vosotros y a vuestras familias mis mejores deseos de felicidad con ocasión de la Navidad. Mi cordial recuerdo va, de modo especial, a los enfermos, a los que sufren y a los que por cualquier razón, se vean obligados a pasar la Navidad lejos de su casa. El Papa está cerca de ellos con su oración y su afecto. Acompaño estos deseos con una bendición especial, prenda de abundantes consuelos celestiales. Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Acudimos como María a Cristo que viene a visitarnos

Día 6

Acudimos Como María A Cristo Que Viene A Visitarnos

Ya se acerca la Navidad del Señor, para la que nos estamos preparando durante estos días de Adviento. La solemnidad de la Navidad nos trae recuerdos de ternura y bondad, suscitando cada vez nueva atención hacia los valores humanos fundamentales: la familia, la vida, la inocencia, la paz y la gratuidad. La Navidad es la fiesta de la familia que, reunida en torno al belén y al árbol, símbolos navideños tradicionales, se redescubre llamada a ser el santuario de la vida y del amor. La Navidad es la fiesta de los niños, porque pone de manifiesto “el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace” (Evangelium vitae, 1). La Navidad del Señor lleva a redescubrir, además, el valor de la inocencia, invitando a los adultos a aprender de los niños a acercarse con asombro y pureza de corazón a la cuna del Salvador, recién nacido.

La Navidad es la fiesta de la paz, porque “la paz verdadera nos viene del cielo” y “por toda la tierra los cielos destilan dulzura” (Liturgia de las Horas, oficio de lectura de Navidad). Los ángeles cantan en Belén: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama” (Lc 2, 14). En este tiempo, que invita a la alegría, ¿cómo no pensar con tristeza en los que, por desgracia, en muchas partes del mundo, se hallan aún inmersos en grandes tragedias? ¿Cuándo podrán celebrar una verdadera Navidad? ¿Cuándo podrá la humanidad vivir la Navidad en un mundo completamente reconciliado? Algunos signos de esperanza, gracias a Dios, nos impulsan a proseguir incansablemente en la búsqueda de la paz.

Mi pensamiento se dirige, naturalmente, a Bosnia, donde el acuerdo logrado, aún con límites comprensibles y con notables sacrificios, constituye un gran paso adelante por el camino de la reconciliación y la paz.

La Navidad es también la fiesta de los regalos: me imagino la alegría de los niños, y también de los adultos, que reciben un regalo navideño, al sentirse amados y comprometidos a transformarse ellos mismos en don, como el Niño que la Virgen María nos muestra en el belén.

Pero estas consideraciones explican sólo en parte el clima festivo y sugestivo de la Navidad. Como ya es sabido, para los creyentes el auténtico fundamento de la alegría de esta fiesta estriba en el hecho de que el Verbo eterno, imagen perfecta del Padre se ha hecho “carne”, niño frágil solidario con los hombres débiles y mortales. En Jesús, Dios mismo se ha acercado y permanece con nosotros, como don incomparable que es preciso acoger con humildad en nuestra vida. En el nacimiento del Hijo de Dios del seno virginal de una humilde joven, María de Nazaret, los cristianos reconocen la infinita condescendencia del Altísimo hacia el hombre. Ese acontecimiento, junto con la muerte y resurrección de Cristo, constituye el culmen de la historia.

En la carta del apóstol Pablo a los Filipenses encontramos un himno a Cristo, con el que la Iglesia primitiva expresaba la gratitud y el asombro ante el sublime misterio de Dios que se hace solidario con los hombres: “(Cristo) siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre: y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 6-8).

En el decurso de los primeros siglos, la Iglesia defendió con especial tenacidad este misterio frente a varias herejías que, al negar, de vez en cuando, la verdadera humanidad de Jesús, su real filiación divina, su divinidad o la unidad de su Persona, tendían a vaciar su excepcional y sorprendente contenido y a desvirtuar el insólito y consolador mensaje que trae al hombre de todos los tiempos.

El Catecismo de la Iglesia católica nos recuerda que “el acontecimiento único y totalmente singular de la encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre” (n. 464).

¿Qué significado tiene para nosotros el evento extraordinario del nacimiento de Jesucristo? ¿Qué buena nueva nos trae? ¿A qué metas nos impulsa? San Lucas, el evangelista de la Navidad, en las palabras inspiradas de Zacarías nos presenta la Encarnación como la visita de Dios: “Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo” (Lc 1, 68-69). Pero ¿qué efectos produce en el hombre la visita de Dios? La sagrada Escritura testimonia que cuando el Señor interviene, trae salvación y alegría, libra de la aflicción, infunde esperanza, mira el destino del que recibe la visita y abre perspectivas nuevas de vida y salvación.

La Navidad es la visita de Dios por excelencia, pues en este acontecimiento se hace sumamente cercano al hombre mediante su Hijo único, que manifiesta en el rostro de un niño su ternura hacia los pobres y los pecadores. En el Verbo encarnado se ofrece a los hombres la gracia de la adopción como hijos de Dios. San Lucas se preocupa de mostrar que el evento del nacimiento de Jesús cambia realmente la historia y la vida de los hombres, sobre todo de los que lo acogen con corazón sincero: Isabel, Juan Bautista, los pastores, Simeón, Ana y sobre todo María son testigos de las maravillas que Dios obra con su visita.

En María, de manera especial, el evangelista presenta no sólo un modelo que es necesario seguir para acoger a Dios que sale a nuestro encuentro, sino también las perspectivas exultantes que se abren a quien, habiéndolo acogido, está Llamado a convertirse, a su vez, en instrumento de su visita y heraldo de su salvación: “Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno”, exclama Isabel dirigiéndose a la Virgen, que le lleva en sí misma la visita de Dios (Lc 1, 44). La misma alegría invade a los pastores, que van a Belén por invitación del ángel y encuentran al niño con su Madre: vuelven “glorificando y alabando a Dios” (Lc 2, 20), porque saben que el Señor los ha visitado.

A la luz del misterio que nos disponemos a celebrar, expreso a todos el deseo de que acudamos en esta Navidad, como María, a Cristo que viene a “visitarnos de lo alto” (Lc 1, 78), con corazón abierto y disponible, para convertirnos en instrumentos de la alegre visita de Dios para cuantos encontremos en nuestro camino diario.

Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Prepararnos para recibir a Dios

Día 7

Prepararnos Para Recibir A Dios

“Llave de David, que abres las puertas del reino eterno, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas”. La liturgia pone hoy en nuestros labios esta invocación, invitándonos a dirigir nuestra mirada a Cristo que nace para redimir a la humanidad. Ya nos encontramos a las puertas de la Navidad y se hace más intensa la imploración del pueblo que espera: “¡Ven, Señor Jesús!”, ¡ven a liberar a “los cautivos que viven en las tinieblas”!

Nos disponemos a conmemorar el acontecimiento que ocupa el centro de la historia de la salvación: el nacimiento del Hijo de Dios, que vino a habitar entre nosotros para redimir a toda criatura humana con su muerte en cruz. En el misterio de la Navidad ya se halla presente el misterio pascual, en la noche de Belén vislumbramos ya la vigilia de Pascua. La luz que ilumina la cueva nos remite al resplandor de Cristo resucitado, que vence las tinieblas del sepulcro.

Este año, además, es una Navidad especial, la Navidad de los dos mil años de Cristo: un “cumpleaños” importante, que hemos celebrado con el Año jubilar, meditando en el acontecimiento extraordinario del Verbo eterno hecho hombre por nuestra salvación. Nos disponemos a revivir con fe renovada las inminentes festividades navideñas, para acoger en plenitud su mensaje espiritual.

En Navidad nuestro pensamiento vuelve naturalmente a Belén: “Pero tú -dice el profeta Miqueas-, Belén de Efratá, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel” (Mi 5, 1). Las palabras del evangelista san Mateo son un eco de las de Miqueas. A los Magos, que quieren saber del rey Herodes “dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer” (Mt 2, 2), los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo les informan de lo que había escrito el antiguo profeta sobre Belén: “de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo, Israel” (Mt 2, 6). La Iglesia de Oriente ora así en el oficio del órthros en la solemnidad de la Navidad: “Belén, prepárate, canta, ciudad de Sion, exulta, desierto que has atraído la alegría: la estrella avanza para señalar a Cristo que en Belén está a punto de nacer, una cueva acoge a Aquel a quien nada puede contener, y está preparado un pesebre para recibir a la vida eterna” (Stichirá idiómela, Anthologion).

Hacia Belén, en estos días, se vuelven los ojos de todos los creyentes. La representación del belén, que la tradición popular ha difundido por todos los rincones de la tierra, nos ayuda a reflexionar mejor en el mensaje que sigue irradiándose desde Belén para la humanidad entera. En una cueva miserable contemplamos a un Dios que por amor se hace niño. A quienes lo acogen les da la alegría, y a los pueblos la reconciliación y la paz. El gran jubileo, que estamos celebrando, nos invita a abrir el corazón a Aquel que nos abre “las puertas del reino eterno”. Prepararnos para recibirlo implica ante todo una actitud de oración intensa y confiada. Hacerle espacio en nuestro corazón exige un compromiso serio de convertirnos a su amor.

Es él quien libra de las tinieblas del mal, y nos pide que demos nuestra contribución concreta para que se realice su designio de salvación. El profeta Isaías lo describe con imágenes sugestivas: “Se hará la estepa un vergel, y el vergel será considerado como selva. Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel, el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua” (Is 32, 15-17).

Este es el don que debemos implorar con confianza en nuestra oración, este es el proyecto que estamos llamados a hacer nuestro con constante solicitud. En el mensaje que envié a los creyentes y a los hombres de buena voluntad para la próxima Jornada mundial de la paz, afirmé que “en el camino hacia un mejor acuerdo entre los pueblos son aún numerosos los desafíos que debe afrontar el mundo” (n. 18: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de diciembre de 2000, p. 11) y por eso recordé que “todos tienen que sentir el deber moral de adoptar medidas concretas y apropiadas para promover la causa de la paz y la comprensión entre los hombres” (ib.).

Quiera Dios que la Navidad reavive en cada uno la voluntad de hacerse activo y valiente constructor de la civilización del amor. Sólo gracias a la aportación de todos la profecía de Miqueas y el anuncio que resonó en la noche de Belén producirán sus frutos y será posible vivir en plenitud la Navidad cristiana.

, Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Toda nuestra vida debe ser un Adviento

Día 8

Toda Nuestra Vida Debe Ser Un Adviento

Preparemos nuestro corazón para acoger a Cristo En este tiempo de Adviento nos acompaña la invitación del profeta Isaías: “Decid a los cobardes de corazón: ¡Sed fuertes, no temáis! Mirad a nuestro Dios que va a venir a salvarnos” (Is 35, 4). Esta invitación se hace cada vez más apremiante a medida que se acerca la Navidad, enriqueciéndose con la exhortación a preparar el corazón para acoger al Mesías. El esperado de las gentes ciertamente vendrá y su salvación será para todos los hombres. En la Noche santa volveremos a recordar su nacimiento en Belén, reviviremos, en cierto modo, las emociones de los pastores, su alegría y su asombro. Contemplaremos, con María y José, la gloria del Verbo que se hizo carne por nuestra redención. Oraremos para que todos los hombres acojan la vida nueva que el Hijo de Dios trajo al mundo al asumir nuestra naturaleza humana.

La liturgia de Adviento, impregnada de constantes alusiones a la espera gozosa del Mesías, nos ayuda a captar plenamente el valor y el significado del misterio de la Navidad. No se trata de conmemorar sólo el acontecimiento histórico que tuvo lugar hace dos mil años en una pequeña aldea de Judea. Más bien, es preciso comprender que toda nuestra vida debe ser un “adviento”, una espera vigilante de la venida definitiva de Cristo. Para disponer nuestra alma a acoger al Señor que, como decimos en el Credo, un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, debemos aprender a reconocerlo presente en los acontecimientos de la vida diaria. De esta forma, el Adviento es, por decirlo así, un intenso entrenamiento que nos orienta decididamente hacia Aquel que ya ha venido, que vendrá y que continuamente viene. Con estos sentimientos la Iglesia se prepara para contemplar, extasiada, dentro de una semana, el misterio de la Encarnación. El evangelio narra la concepción y el nacimiento de Jesús, y refiere las numerosas circunstancias providenciales que precedieron y rodearon un acontecimiento tan prodigioso: el anuncio del ángel a María, el nacimiento del Bautista, el coro de los ángeles en Belén, la llegada de los Magos de oriente, las visiones de san José. Se trata de signos y testimonios que subrayan la divinidad de este Niño. En Belén nace el Emmanuel, Dios con nosotros. En la liturgia de estos días la Iglesia nos ofrece tres “guías” singulares, que nos indican las actitudes que es preciso tomar para salir al encuentro de este “huésped” divino de la humanidad.

En primer lugar, Isaías, el profeta de la consolación y de la esperanza. Proclama un auténtico evangelio para el pueblo de Israel esclavo en Babilonia, y exhorta a mantenerse vigilantes en la oración, para reconocer “los signos” de la venida del Mesías. Luego viene Juan Bautista, precursor del Mesías, que se presenta como “la voz del que grita en el desierto”, predicando “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc 1, 4). Es la única condición para reconocer al Mesías, ya presente en el mundo.

Por último, María, que, en esta novena de preparación para la Navidad, nos guía hacia Belén. María es la mujer del “sí”, que, a diferencia de Eva, hace suyo sin reservas el proyecto de Dios. Así se convierte en una luz clara para nuestros pasos y en el modelo más elevado para inspirarnos.

Amadísimos hermanos y hermanas, dejémonos acompañar por la Virgen hacia el Señor que viene, permaneciendo “vigilantes en la oración y jubilosos en la alabanza”.

A todos deseo una buena preparación para las próximas fiestas navideñas.

, Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

Adviento: fuerte anuncio de esperanza

Día 9

Adviento: Fuerte Anuncio De Esperanza

Un Adviento de esperanza “El reino de Dios está cerca. Estad seguros: no tardará”. Estas palabras, tomadas de la liturgia de hoy, expresan el clima, impregnado de ferviente esperanza y oración, de nuestra preparación para las fiestas navideñas, ya cercanas.

El Adviento mantiene viva la espera de Cristo, que vendrá a visitarnos con su salvación, realizando en plenitud su reino de justicia y paz. La conmemoración anual del nacimiento del Mesías en Belén renueva en el corazón de los creyentes la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por tanto, el Adviento es un fuerte anuncio de esperanza, que toca en lo más hondo nuestra experiencia personal y comunitaria.

Todo hombre sueña un mundo más justo y solidario, donde unas condiciones de vida dignas y una convivencia pacífica hagan armoniosas las relaciones entre las personas y entre los pueblos. Sin embargo, con frecuencia no sucede así. Obstáculos, contrastes y dificultades de diversos tipos abruman nuestra existencia y a veces casi la oprimen. Las fuerzas y la valentía para comprometerse en favor del bien corren el riesgo de ceder ante el mal, que parece triunfar en ocasiones. Es especialmente en estos momentos cuando viene en nuestra ayuda la esperanza. El misterio de la Navidad, que reviviremos dentro de pocos días, nos asegura que Dios es el Emmanuel, Dios con nosotros. Por eso, jamás debemos sentirnos solos. Dios está cerca de nosotros, se ha hecho uno de nosotros, naciendo en el seno virginal de María. Ha compartido nuestra peregrinación en la tierra, garantizándonos la consecución de la alegría y la paz a las que aspiramos en lo más íntimo de nuestro ser. El tiempo de Adviento pone de manifiesto un segundo elemento de la esperanza, que atañe más en general al significado y al valor de la existencia. Con cierta frecuencia nos preguntamos: ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, ¿qué sentido tiene lo que hacemos en la tierra?, ¿qué nos espera después de la muerte? No cabe duda de que hay objetivos buenos y honrados: la búsqueda de mayor bienestar material, la consecución de metas sociales, científicas y económicas cada vez más altas, o una mejor realización de las expectativas personales y comunitarias. Pero, ¿bastan estas metas para colmar las aspiraciones más íntimas de nuestra alma?

La liturgia de hoy nos invita a ensanchar nuestra perspectiva y a contemplar la Sabiduría de Dios, que sale del Altísimo y es capaz de extenderse hasta los confines del mundo, disponiéndolo todo “con firmeza y suavidad” (Aleluya).

Del pueblo cristiano se eleva espontánea la invocación: “Ven, Señor, no tardes”.

Conviene subrayar, por último, un tercer elemento característico de la esperanza cristiana, que el tiempo de Adviento pone claramente de manifiesto. Al hombre, que, elevándose de las vicisitudes diarias, busca la comunión con Dios, el Adviento, y sobre todo la Navidad, le recuerda que es Dios quien tomó la iniciativa de salir a su encuentro. Al hacerse niño, Dios asumió nuestra naturaleza y estableció para siempre su alianza con la humanidad entera. Por consiguiente, podríamos concluir que el sentido de la esperanza cristiana, que el Adviento nos vuelve a proponer, es el de la espera confiada, la disponibilidad activa y la apertura gozosa al encuentro con el Señor. Él vino a Belén para quedarse con nosotros para siempre.

Alimentemos, por tanto, amadísimos hermanos y hermanas, estos días de preparación inmediata para la Navidad de Cristo con la luz y el calor de la esperanza. Este es el deseo que os formulo a vosotros, aquí presentes, y a vuestros seres queridos. Lo encomiendo a la intercesión maternal de María, modelo y apoyo de nuestra esperanza.

¡Feliz Adviento! y ¡Feliz Navidad a todos!

, Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

El hombre es el ser que busca a Dios

El Hombre Es El Ser Que Busca A Dios

La Navidad del Señor Nos encontramos en el tiempo litúrgico de Navidad. Deseo, por tanto, que las palabras que os dirija hoy respondan al gozo de esta fiesta y de esta octava. Deseo también que respondan a la sencillez y profundidad que la Navidad irradia en todos. Me aflora a la memoria espontáneamente el recuerdo de mis sentimientos y vivencias comenzando desde los años de mi infancia en la casa paterna, y siguiendo por los años difíciles de la juventud, durante el período de la segunda guerra, la guerra mundial. ¡Que no se repita jamás en la historia de Europa y del mundo! Y sin embargo, hasta en los peores años Navidad ha traído consigo siempre algún rayo de luz. Y este rayo penetraba incluso en las experiencias más duras de desprecio del hombre, de aplastamiento de su dignidad, y de crueldad. Para darse cuenta de ello basta tomar en las manos las memorias de los hombres que han pasado por cárceles o campos de concentración, por frentes de guerra o interrogatorios y procesos. Este rayo de la noche de Navidad, rayo del nacimiento de Dios, no es sólo el recuerdo de las luces del árbol junto al pesebre en casa, en la familia o en la iglesia parroquial, sino algo más. Es la chispa de luz más profunda de la humanidad a quien Dios ha visitado, esta humanidad acogida de nuevo y asumida por Dios mismo, asumida en el Hijo de María en la unidad de la Persona divina: el Hijo Verbo. La naturaleza humana asumida místicamente por el Hijo de Dios en cada uno de nosotros, que hemos sido adoptados en la nueva unión con el Padre. La irradiación de este misterio se expande lejos, muy lejos, alcanza también aquellas partes o esferas de la existencia de los hombres en las que todo pensamiento acerca de Dios ha sido como ofuscado, y parece estar ausente como si se hubiera quemado y apagado del todo. Y he aquí que con la noche de Navidad apunta un resplandor: ¿Acaso… a pesar de todo? Bienaventurado este “acaso… a pesar de todo”: es un indicio de fe y esperanza.

En la fiesta de Navidad leemos que los pastores de Belén fueron convocados los primeros al pesebre a ver al recién nacido: “Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre” (Lc 2, 16). Detengámonos en ese “encontraron”. Esta palabra indica búsqueda. En efecto, los pastores de Belén, cuando se pusieron a descansar con su rebaño, no sabían que había llegado el tiempo en que iba a acontecer lo que habían anunciado desde hacía siglos los Profetas del pueblo al que ellos mismos pertenecían, y que iba a tener cumplimiento precisamente aquella noche, y que se realizaría en las proximidades del lugar donde se hallaban. Incluso después de despertarse del sueño en que estaban sumidos, no sabían ni qué había ocurrido ni dónde había ocurrido. Su llegada a la gruta de la Natividad era el resultado de una búsqueda. Pero al mismo tiempo habían sido llevados y conducidos —según leemos— por la voz y la luz. Y si nos remontamos más en el pasado, los vemos guiados por la tradición de su pueblo, por su espera. Sabemos que Israel habla recibido la promesa del Mesías.

Y he aquí que el Evangelio habla de los sencillos, los modestos, los pobres de Israel: de los pastores que fueron los primeros en encontrarle. Además, habla con toda sencillez, como si se tratara de un acontecimiento “exterior”, han buscado dónde podría estar y finalmente lo han encontrado. A la vez, este “encontraron” de Lucas, indica una dimensión interior, lo que se verificó en los hombres la noche de Navidad, en aquellos sencillos pastores de Belén: “Encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre”, y después “…se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según se les había dicho” (Lc 2, 16. 20).

“Encontraron” indica “búsqueda”. El hombre es un ser que busca. Toda su historia lo confirma. También la vida de cada uno de nosotros lo atestigua. Muchos son los campos en que el hombre busca e investiga y luego encuentra, y a veces, después de haber encontrado, comienza de nuevo a buscar. Entre todos estos campos en que el hombre se revela como un ser que busca, hay uno, el más profundo. Es el que entra más íntimamente en la humanidad misma del ser humano. Y es el más vinculado al sentido de toda la vida humana.

Varios son los senderos de esta búsqueda. Múltiples son las historias del alma humana precisamente en esos caminos. A veces las vías parecen muy sencillas y próximas. Otras veces son difíciles, complicadas, alejadas. Unas veces el hombre llega fácilmente a su “¡eureka!”, ¡he encontrado! Otras veces lucha con dificultades como si no pudiera penetrar en sí mismo ni en el mundo y, sobre todo, como si no pudiese comprender el mal que hay en el mundo. Es sabido que incluso en el contexto de la Navidad este mal ha hecho ver su rostro amenazador.

No son pocos los hombres que han descrito su búsqueda de Dios por los caminos de la propia vida. Son aún más numerosos los que callan considerando como su misterio más profundo y más íntimo todo lo que han vivido en esos caminos: lo que han experimentado, cómo han buscado, cómo han perdido la orientación y cómo la han encontrado de nuevo.

Y hasta después de haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca sinceramente, lo ha encontrado ya, como dice Jesús al hombre en un célebre paso de Pascal: “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553: Le mystère de Jésus).

Esta es la verdad sobre el hombre.

No se la puede falsificar. Tampoco se la puede destruir. Se la debe dejar al hombre, porque lo define.

¿Qué decir del ateísmo frente a esta verdad? Es necesario decir muchas cosas, más de las que se pueden encerrar en el marco de este breve discurso mío. Pero es preciso decir al menos una cosa: es indispensable aplicar un criterio, el criterio de la libertad del espíritu humano. No va de acuerdo con este criterio —criterio fundamental— el ateísmo, ya sea cuando niega a priori que el hombre es el ser que busca a Dios, o también cuando mutila de diversas maneras esa búsqueda en la vida social, pública y cultural. Tal comportamiento es contrario a los derechos fundamentales del hombre.

Pero no quiero detenerme en esto. Si hago alusión a ello es para mostrar toda la belleza y la dignidad de la búsqueda de Dios. Este pensamiento me lo ha sugerido la fiesta de Navidad.

¿Cómo ha nacido Cristo? ¿Cómo ha venido al mundo? ¿Por qué ha venido al mundo?

Ha venido al mundo para que lo puedan encontrar los hombres, los que lo buscan. Al igual que lo encontraron los pastores en la gruta de Belén.

Diré más todavía. Jesús ha venido al mundo para revelar toda la dignidad y nobleza de la búsqueda de Dios, que es la necesidad más profunda del alma humana, y para salir al encuentro de esta búsqueda.

, Letanías del Divino Niño Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Dios Padre Celestial, Ten piedad de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo, Ten piedad de nosotros Dios Espíritu Santo, Ten piedad de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, palabra hecha carne, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, descendiente de Abraham, Ten piedad de nosotros Niño Jesús, hijo de José, Ten piedad de nosotros Niño, Dios con nosotros, Ten piedad de nosotros Niño, nacido de María en Belén, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los pastores, Ten piedad de nosotros Niño, glorificado por los Ángeles, Ten piedad de nosotros Niño, perseguido por Herodes, Ten piedad de nosotros Niño, adorado por los Magos, Ten piedad de nosotros Consagrado al Señor con la ofrenda de los pobres, Ten piedad de nosotros Salvación para todos los pueblos, Ten piedad de nosotros Fugitivo en Egipto, Ten piedad de nosotros Signo de contradicción, Ten piedad de nosotros Testimoniado por la sangre de los inocentes, Ten piedad de nosotros Perdido y hallado en el Templo, Ten piedad de nosotros Cumplimiento de todas las Profecías, Ten piedad de nosotros Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Perdónanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Escúchanos, Señor. Cordero de Dios, que quitas el Pecado del mundo, Ten piedad de nosotros. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.

¡Ave María y adelante!

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