PRIMERA LECTURA
Vengan y coman
Lectura del libro del profeta Isaías 55, 1-3
Así habla el Señor:
¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos,
y el que no tenga dinero, venga también!
Coman gratuitamente su ración de trigo,
y sin pagar, tomen vino y leche.
¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta
y sus ganancias, en algo que no sacia?
Háganme caso, y comerán buena comida,
se deleitarán con sabrosos manjares.
Presten atención y vengan a mí,
escuchen bien y vivirán.
Yo haré con ustedes una alianza eterna,
obra de mi inquebrantable amor a David.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18 (R.: cf. 16)
R. Abres tu mano, Señor, y nos colmas de tus bienes.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.
Los ojos de todos esperan en ti,
y Tú les das la comida a su tiempo;
abres tu mano y colmas de favores
a todos los vivientes. R.
El Señor es justo en todos sus caminos
y bondadoso en todas sus acciones;
está cerca de aquellos que lo invocan,
de aquéllos que lo invocan de verdad. R.
SEGUNDA LECTURA
Ninguna criatura podrá separarnos jamás
del amor de Dios, manifestado en Cristo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 8, 35. 37-39
Hermanos:
¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?
Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a Aquél que nos amó.
Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.
Palabra de Dios.
ALELUIA Mt 4, 4b
Aleluia.
El hombre no vive solamente de pan,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Aleluia.
EVANGELIO
Todos comieron hasta saciarse
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 14, 13-21
Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos».
Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos».
Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados».
«Tráiganmelos aquí», les dijo.
Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
Palabra del Señor.
José María Solé Roma, C.F.M.
ISAÍAS 55, 1-3:
El Profeta invita y exhorta a todos al deseo y a la búsqueda de los bienes Mesiánicos:
— Presenta los bienes Mesiánicos como un rico festín al que todos son invitados. Nadie queda excluido. A todos queda abierta la entrada gratuitamente (1). Jesús se aplicará a Sí mismo esta profecía cuando dirá a la Samaritana: «El agua que Yo daré será agua de vida eterna» (Jn 4, 14). «El pan que Yo daré es mi carne para vida del mundo. Yo soy el Pan viviente. Quien comiere este Pan vivirá eternamente» (Jn 6, 51). Bebida y Pan de Vida que Él a todos ofrece: «Yo al que tiene sed le daré de balde del manantial del agua de la vida» (Ap 21, 7). E insiste todavía: «Venga el sediento. El que tenga sed tome de balde del agua de la vida» (Ap 22, 17).
— Y dado que es frecuente tentación del hombre aficionarse a lo sensible y efímero y olvidar lo espiritual y eterno, el Profeta avisa: «¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan y os afanáis por lo que no sacia?» (2). Igualmente Jesús orientará a la Samaritana a dejar unos goces que no podían saciarla y a buscar el Agua de Vida y saciativa que Él le iba a regalar (Jn 4, 13). Y también a su auditorio de Cafarnaúm a afanarse no por el alimento corruptible, sino por el Pan de Vida eterna que Él les iba a dar, que era Él mismo (Jn 6, 26).
— El Profeta define estos bienes a los que son todos los hombres invitados y los llama: «Alianza Eterna» y las «amorosas y fieles promesas hechas aDavid» (3). Ahora conocemos mejor el sentido de estas palabras del Profeta. Gozamos ya plenamente de la «Nueva Eterna Alianza» (Mt 26, 27). Y asimismo gozamos de las fieles y amorosas promesas hechas a David. Pablo, en su discurso a los judíos en la, Sinagoga de Antioquía de Pisidia, les dice cómo con la Resurrección de Jesús se ha inaugurado la Nueva Eterna Alianza y se han cumplido en los que nos adherimos con fe a Cristo las Promesas Mesiánicas hechas a David, y les cita este texto de Isaías (Act 13, 34).
ROMANOS 8, 35. 37-39:
Pablo cierra esta sección de la Carta, en la que ha puesto de relieve los frutos y la riqueza de la Redención, con una protesta cálida y ardiente de fidelidad y amor a Cristo Redentor:
— En el estilo grávido de Pablo su frase «el amor de Cristo» significa a la vez el amor que Cristo nos tiene y el amor que nosotros tenemos a Cristo (35), y asimismo el amor que Dios nos tiene en Cristo y el amor que nosotros tenemos a Dios en Cristo.
— Mirado desde la perspectiva de Dios y de Cristo nos inunda de paz y de consuelo el saber cómo este amor es sólido, seguro, indeficiente, infalible. ¡Cuánto nos ama Cristo que por nosotros ha muerto en la Cruz! (Rom 6, 6). ¡Y cuánto nos ama Dios que nos ha elegido y predestinado en Cristo! (8, 28). «In quoomnia instaurare tibi complacuit, et de plenitudineejus nos omnes acciperetribuisti. Cum enim in forma Dei esset, exinanivitsemetipsum, ac per sanguinem crucis suaepacificavituniversa; undeexaltatusestsuperomnia et omnibusobtemperantibussibifactusest causa salutisaeternae» (Pref. Comm. I).
—Ahora nos toca a nosotros responder a este amor de Dios Padre y de Cristo nuestro Redentor.El corazón de Pablo nos dicta a todos la respuesta. Si amor con amor se paga, no podemos sino responder al amor de Dios y de Cristo con nuestro amor fiel, seguro, heroico.
— Pablo desafía a la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada, la muerte (35). Es decir, ninguna tribulación venida de parte de los hombres podrá robarnos nuestra adhesión a Cristo. Igualmente desafía a ángeles y principados, a poderíos y seres celestes e infernales (38). Es decir, a cuantas fuerzas y poderes cósmicos, según las concepciones de su tiempo, podían ejercer influjo hostil sobre el hombre. Ojalá pudiéramos repetir con la entereza y serenidad, con el afecto y cordialidad de Pablo este nuestro juramento cristiano: «Cierto, nadie ni nada podrá separarnos del amor de Dios; del amor que es en Cristo Jesús nuestro» (39). «Antes en todas las contradicciones triunfamos espléndidamente por obra de Aquel que nos ama» (37). La historia de la Iglesia, con sus millones de mártires y sus innúmeras legiones de almas fieles hasta el heroísmo, acreditan este amor fiel y cálido a Dios y a Cristo.
MATEO 14, 13-21:
El evangelista nos presenta a Jesús-Mesías ofreciendo un banquete milagroso conforme de él prenunciaban los Profetas: El Pan milagroso es figura y preparación del Pan Eucarístico (Mt 26, 26). Cristo el nuevo Moisés da al Pueblo Mesiánico un mejor «Maná» que el del Éxodo.
— El milagro brota del corazón compasivo de Jesús: «Se le enternecieron las entrañas de compasión por las turbas» (14). Y el milagro de Jesús no desdeña, antes bien exige, la cooperación de los hombres. Estos aportan unos panes y los comparten generosos. Ahora la bendición omnipotente de Jesústrueca estos panecillos en un banquete para más de cinco mil comensales.Los «Discípulos» a quienes se ha impuesto la responsabilidad de alimentar al Pueblo de Dios (17), son los «Mediadores»; por ellos la gracia del pan va de manos de Cristo a los comensales (19).
— Pero según nos explicará San Juan, el milagro tenía en la intención de Jesús un claro sentido Mesiánico. Aquel Pan milagroso era un «signo» para que todos entendieran la revelación de que Él era el Pan de la Vida Eterna. Así les dirá luego: «Me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis hartado. Mirad de haceros no con el alimento corruptible, sino con el alimento permanente de la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (Jn 6, 27). El Pan saciativo es Él: Su Palabra-su Eucaristía-su Persona.
— Por tanto, el Pan que Cristo da a los hombres, el Pan que la Iglesia debe ofrecer a todos, es el Pan de la Vida Eterna. Lo cual no significa que no deba interesarnos y mucho el pan del cuerpo o el pan de la inteligencia. El Concilio nos dice: «La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero donde sea necesario, la misión de la Iglesia puede crear, más aún, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia u otras semejantes» (G. S. 42). Es decir, debe tener entrañas de misericordia como Cristo. Debe dar pan o los hambrientos. Y debe dar a todos Pan de Vida Eterna.
SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 216-219
San Alberto Hurtado
La multiplicación de los panes
Meditación sobre la donación y cooperación
Introducción
La pusilanimidad es la gran dificultad en el plan de cooperación. “Yo no valgo nada”. Desaliento. “¡Lo mismo da que haga o que no haga! Nuestros poderes de acción son tan estrechos. ¿Vale la pena mi modesto trabajo? ¿Qué significa mi abstención? Si yo no me sacrifico, ¡nada se cambia! No hago falta a nadie… ¿Una vocación más o menos? ¿Lo mismo que un voto más o menos?”. Cuántas vocaciones perdidas. Es el consejo del diablo, que tiene parte de verdad. Hay que encarar la dificultad: según San Ignacio: sibiobiciant… quiere que nuestros estudiantes ¡sólo a la verdad se rindan!
La solución
5.000 hombres más las mujeres y niños, ya 3 días hambrientos… ¿Comida? se necesitan 200 denarios: el sueldo de un año de un obrero y ¡en el desierto! “¡Diles que se vayan!”. Pero Andrés, con buen ojo… 5 panes y 2 peces pero, ¡para qué va a servir esta miseria! Es nuestro mismo problema: la desproporción.
¡Y qué panes! De cebada, duros como piedra. Los judíos comían de trigo. ¡Y qué peces! De lago, blandos, chicos, llevados en un saco por un chiquillo, ya 3 días, con ese calor y en esa apretura… ¡eso sí que era poca y ruin cosa!
¿Desprecia el Señor esa oblación? No, con su bendición alimenta a todos y sobra. Ni siquiera las sobras desprecia: 12 canastos. De los peces sobraban cabezas y espinas y hasta eso lo estima.
El muchacho accedió a dar a Cristo su pobre don, ignorando que iba a alimentar toda esa muchedumbre. Él creyó perder su bien, pero lo halló sobrado y cooperó al bien de los demás.
Yo… como esos peces (menos que esos panes) machucados, quizás descompuestos; pero en manos de Cristo mi acción puede tener alcance divino.
Recuerde a Ignacio, Agustín, Camilo Lellis,Talbot, ruines pecadores que fueron convertidos en alimento de millares que han comido, y seguirán alimentándose de ellos. Mi acción, y deseos pueden tener alcance divino y puedo cambiar la faz de la tierra. No lo sabré. Los peces tampoco. ¿Soy gota de agua? Piérdame en el cáliz. Si me doy, seré transubstanciado, de lo contrario, ¡al canal! Una gota entre 2.000.000.000 de hombres. Puedo mucho si estoy en Cristo, si coopero con Cristo…
San Alberto Hurtado Un disparo hacia la eternidad pp 136-137
Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de este domingo describe el milagro de la multiplicación de los panes, que Jesús realiza para una multitud de personas que lo seguían para escucharlo y ser curados de diversas enfermedades (cf. Mt 14, 14).
Al atardecer, los discípulos sugieren a Jesús que despida a la multitud, para que puedan ir a comer. Pero el Señor tiene en mente otra cosa: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16).
Ellos, sin embargo, no tienen «más que cinco panes y dos peces». Jesús entonces realiza un gesto que hace pensar en el sacramento de la Eucaristía: «Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14, 19). El milagro consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.
En este signo prodigioso se entrelazan la encarnación de Dios y la obra de la redención. Jesús, de hecho, «baja» de la barca para encontrar a los hombres. San Máximo el Confesor afirma que el Verbo de Dios «se dignó, por amor nuestro, hacerse presente en la carne, derivada de nosotros y conforme a nosotros, menos en el pecado, y exponernos la enseñanza con palabras y ejemplos convenientes a nosotros» (Ambiguum 33: PG 91, 1285 C).
El Señor nos da aquí un ejemplo elocuente de su compasión hacia la gente. Esto nos lleva a pensar en tantos hermanos y hermanas que en estos días, en el Cuerno de África, sufren las dramáticas consecuencias de la carestía, agravadas por la guerra y por la falta de instituciones sólidas.
Cristo está atento a la necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre «tiene hambre de algo más, necesita algo más» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 315). En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el encuentro con él «nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”» (ib., p. 316).
Queridos amigos, «en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo» (Sacramentumcaritatis, 88).
Nos lo testimonia también san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. En efecto, Ignacio eligió vivir «buscando a Dios en todas las cosas, y amándolo en todas las criaturas» (cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, III, 1, 26).
Confiemos a la Virgen María nuestra oración, para que abra nuestro corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.
Ángelus del Papa Benedicto XVI en el Palacio apostólico de Castelgandolfo eldomingo 31 de julio de 2011
Gustavo Pascual, I.V.E.
La multiplicación de los panes
Este Evangelio nos relata la primera multiplicación que hizo Jesús antes de la tercera pascua, la penúltima, de su vida pública.
Jesús se retira con sus discípulos a un lugar solitario, probablemente se enteró de la muerte de San Juan Bautista en alguna ciudad de Galilea y se retira con sus discípulos a la otra orilla del lago a algún lugar cercano a Bastida Julias al noroeste del lago de Tiberíades.
El fin de la travesía y del retiro se ve frustrado porque al llegar al lugar “vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos”. Cambian los planes de Jesús acomodándose a la voluntad de Dios manifestada concretamente en aquella muchedumbre que lo buscaba para que tuviese misericordia de ella. La miseria que manifiesta aquí el evangelista de la gente es la miseria de la enfermedad física. Marcos manifiesta una miseria más profunda “andaban como ovejas sin pastor”. Ambas miserias son propias de la indigencia humana y se relacionan con la ausencia de Dios. La primera que es consecuencia del pecado original y la segunda que es ausencia de canales idóneos que comuniquen lo divino. Ambas miserias sólo las puede solucionar Dios porque puede solucionar su causa. La gente busca a Jesús porque en el atisba al Mesías prometido, al Dios esperado entre los hombres, lo han visto realizar signos y quieren aprovecharse de ellos.
Jesús curó a sus enfermos, que serían muchos, pues el número de hombres solamente era de “unos cinco mil” como apunta el evangelista. El tiempo pasa y se hace tarde. Los discípulos, que han visto frustrarse su día de recreación por causa de la gente y notando la hora le dicen a Jesús que los despida para que vayan a comer a sus casas. Jesús conocía la voluntad del Padre, ellos no. Jesús sabía el signo que iba a realizar, ellos miraban humanamente la situación. Les dice “no tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer”. No sólo no piensa como ellos en cuanto a la gente, no quiere que se vayan, sino que además, les dice que les den de comer, ¡pequeña tarea!, seguir trabajando y además conseguir alimento para una multitud. ¿Qué hacen? Comienzan a dar soluciones. Soluciones humanas y risibles: comprar alimento en la ciudad con doscientos denarios, repartir cinco panes y dos peces, y creo la más fácil, despedirlos. En ningún momento piensan en el milagro, a pesar, que han visto infinidad de milagros que ha hecho Jesús.
Hay en nuestras vidas situaciones como ésta en la que tenemos que buscar una solución y humanamente es imposible. Hay que discernir… Si es como la de los discípulos, los cuales, se encontraron, sin ellos buscarlo, en situación de dar una respuesta a un hecho real que los superaba, o si es una situación en la que nos hemos puesto imprudentemente, situación que hemos buscado tentando a Dios y nos vemos sin salida posible. La solución de la primera es la confianza absoluta en Dios y la esperanza en el milagro. Esta situación la han vivido los santos en sus vidas y su santidad está salpicada de estos abandonos absolutos en Dios y en su omnipotencia. La segunda situación es distinta. Dios nunca nos va a abandonar pero tampoco podemos pretender que salgamos ilesos en ella. Muchas veces, salir de una situación imprudente que hemos provocado implicará dolores de cabeza, renuncias inevitables, sufrimientos, momentos de casi desesperación, angustias profundas y hasta trastornos psicosomáticos. En este caso Dios permite la situación para enseñarnos. En el primero quiere esa situación para su gloria.
Los discípulos se quedaron en soluciones humanas, todas inútiles. Jesús les solucionó el problema por un milagro. Ellos, no fueron muy buenos colaboradores con la solución al problema pero si lo fueron en la docilidad a la obra de Jesús. En esta situación deberían haber dicho: dinos que hacer, es decir, abandonarse en el poder y la misericordia de Jesús.
Jesús podría haber hecho una multiplicación de panes de la nada, sin embargo, utiliza una cantidad numérica de panes que aportan los discípulos que consiguieron de algunos prudentes devotos. “Cinco panes y dos peces” no es mucho, es una miseria, pero Jesús ensambla su omnipotencia a la miseria y resulta una maravilla. ¡Cuántas veces nos guardamos nuestra poquedad pareciéndonos inútil! ¡Cuántas veces decimos: que es esto que puedo hacer comparado con todo lo que hay que hacer! ¡Qué es mi gota de agua comparada al agua del mar! Y dejamos de aportar lo poco que tenemos. Si los que dieron los panes y los peces se los hubiesen guardado no habrían saciado a multitud tan inmensa. Claro que no fue solo la poquedad que recogieron los apóstoles sino esa poquedad en manos de Jesús. Nuestro pobre y pequeño aporte se agiganta insospechadamente en manos de Jesús o ¿acaso creemos que los santos fueron hombres de grandes aportaciones? No, ningún hombre puede aportar mucho porque es indigente pero aportaron lo suyo dejándolo en manos de Dios y Dios hizo con ellos obras magníficas. Cinco panes y dos peces, panes de cebada y peces no precisamente muy frescos.
Si Dios nos pone en situaciones límites y requiere una respuesta nuestra tenemos que abandonar nuestros pensamientos humanos y abandonarnos en Jesús, abandonar nuestra poquedad en sus manos para ser colaboradores aptos en su obra.
Los apóstoles ayudaron a ordenar a la gente y los cinco panes y los dos peces se multiplicaron en manos de Jesús y en sus propias manos. Esta multiplicación y los gestos que Jesús hizo antes de realizar el milagro “y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiéndolos, dio los panes” recordarían a los discípulos en la última cena el haberlos visto antes y luego de Pentecostés reconocerían la figura y la realidad y multiplicarían el Cuerpo de Jesús a los fieles como alimento de vida eterna.
En los discípulos se manifestó una prudencia humana, al menos: “despide, pues, a la gente” pero la gente y Jesús parecen carecer de ella. La gente buscaba en Jesús la ayuda a su indigencia y escuchaba sus palabras con gusto, con un gusto tan grande que se olvidaban de comer el pan material. Es que el pan de la Palabra sacia mucho más que el pan material. Y buscando a un guía veraz, a un buen pastor y recogiendo de su misericordia el remedio a sus enfermedades crecía el amor y el amor atropella con la prudencia humana y es comprensible en los simples. Jesús “sintió compasión” llevado también por el amor a los hombres y dejó de lado la prudencia humana para usar de la prudencia del amor, manifestada en algo sobrehumano, el signo de la multiplicación de panes. Ellos no sabían qué iba a suceder y se olvidaron de comer cautivados por aquel hombre compasivo. Él sabía lo que iba a hacer y espero una situación angustiante para hacer más ostensible su revelación como Mesías a través del signo.
Pero, lo que suele suceder, los pensamientos de los hombres son terrenos y carnales. Ellos al ver el signo quisieron proclamarlo rey del pan, confundieron al verdadero Mesías con un mesías restaurador temporal y Jesús “obligó” a los discípulos a irse, no fuera que también se contagiaran de este error nefasto, y Él se retiró sólo a la oración para desahogar ante su Padre celestial la incomprensión de los hombres.
San Agustín
La multiplicación de los panes
Desde este pasaje: «Después de esto se fue Jesús al otro lado del mar de Galilea, que es el lago de Tiberíades», hasta aquél: «Este es, sin duda, el gran profeta que ha de venir al mundo»
- Los milagros que realizó nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras divinas, que convidan a la mente humana a elevarse a la inteligencia de Dios por el espectáculo de las cosas visibles. Dios no es una sustancia tal, que con los ojos se pueda ver; y los milagros con los que rige el mundo y gobierna toda criatura han perdido su valor por su asiduidad, hasta el punto que casi nadie mira con atención las maravillosas y estupendas obras de Dios en un grano de una semilla cualquiera; y por eso se reservó en su misericordia algunas para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso habitual y leyes de la naturaleza, con el fin de que viendo, no obras mayores, sino nuevas, asombrasen a quienes no impresionan ya las obras de todos los días. Porque mayor milagro es el gobierno del mundo que la acción de saciar a cinco mil hombres con cinco panes. Sin embargo, en aquél nadie se fija ni nadie lo admira; en ésta, en cambio, se fijan todos con admiración, no porque sea mayor, sino porque es rara, porque es nueva. ¿Quién es el que alimenta ahora también al mundo entero sino el mismo que hace que de pocos granos broten mieses abundantes? Obró, pues, como Dios. Porque lo que hace que de pocos granos se produzcan abundantes mieses, es lo que multiplica en manos de Cristo los cinco panes. El poder en las manos de Cristo existía; aquellos cinco panes eran como semillas, no sembradas en la tierra, sino multiplicadas por el mismo que hizo la tierra. Esto es lo que se hace presente a los sentidos para levantar nuestro espíritu y se muestra a los ojos para ejercicio de nuestra inteligencia, con el fin de admirar así al invisible Dios por el espectáculo de las obras visibles; y así elevados hasta la fe y purificados por la misma fe, lleguemos a desear ver invisiblemente al mismo Invisible, que ya conocíamos por las cosas visibles.
- No basta, sin embargo, contemplar sólo esto en los milagros de Cristo. Preguntemos a los milagros mismos qué es lo que nos dicen de Cristo, ya que también tienen su lenguaje, pero es con tal de que se entienda; pues como el mismo Cristo es la palabra de Dios, así también los hechos del Verbo son palabras para nosotros. Luego, así como hemos oído la grandeza de este milagro, investiguemos también su gran profundidad. No nos contentemos con la delectación meramente superficial; profundicemos su perfecta sublimidad. Eso mismo que de fuera causa nuestra admiración, encierra allá adentro algo. Hemos visto, hemos contemplado algo grande, algo excelso, algo que es enteramente divino y que sólo Dios lo puede realizar; y por la obra hemos prorrumpido en alabanzas de su Hacedor. Pero así como, si viéramos en un códice letras hermosamente hechas, no nos satisfaría la sola alabanza de la perfección de la mano del escritor que tan parecidas e iguales y hermosas las hizo si no llegamos por la lectura a entender lo que en ellas nos quiso decir, lo mismo sucede aquí: quienes sólo miran este hecho por de fuera, les deleita su belleza hasta llegar a la admiración del artífice; más el que lo entiende es como el que lee. Una pintura se ve de manera distinta que una escritura. Así, cuando ves una pintura, ya lo has visto todo, ya lo has alabado todo; en cambio, cuando ves una escritura, no es el todo verla; la misma escritura te está urgiendo a que la leas. También tú mismo, cuando ves una escritura y tal vez no sabes leerla, te expresas así: ¿Qué habrá escrito aquí? Preguntas por lo que está escrito, siendo así que la escritura ya la ves. Otra cosa muy distinta te va a mostrar aquel a quien tú pides la explicación de lo que has visto. Aquél tiene unos ojos y tú tienes otros, ¿No veis, acaso, los dos igualmente la escritura? Sí, pero no conocéis igualmente los signos. Tú, pues, ves y alabas; el otro ve y alaba, lee y entiende. Puesto que lo hemos visto y lo hemos alabado, leámoslo y entendámoslo.
- El Señor sobre la montaña. Vemos mucho más, ya que el Señor sobre la montaña es el Verbo en las alturas. Por eso, lo que en la montaña se realizó no es un hecho oscuro y despreciable ni se debe pasar sobre él de ligero, sino que se debe mirar con toda atención. Vio las turbas y se dio cuenta de que tenían hambre, y misericordiosamente les dio de comer hasta hartadas, no sólo con su bondad, sino también con su poder. ¿De qué sirve la bondad sólo, cuando falta el pan con que alimentar a la hambrienta turba? La bondad sin el poder hubiera dejado en ayunas y hambrienta a aquella gran multitud. Finalmente, los discípulos que estaban con el Señor se dieron cuenta también del hambre de las turbas y querían alimentarlas para que no desfalleciesen; pero no tenían con qué. El Señor pregunta dónde se podría comprar pan para dar de comer a las turbas. Y la Escritura dice: Hablaba así para probarle. Se refiere al discípulo Felipe, a quien había hecho la pregunta. Porque Él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Qué bien intentaba con la prueba sino mostrar la ignorancia del discípulo? Y tal vez también quiso significar algo con la revelación de la ignorancia del discípulo. Entonces aparecerá, cuando comience a revelarnos el misterio mismo de los cinco panes e indicarnos su significación. Allí se verá por qué el Señor quiso mostrar en este hecho la ignorancia del discípulo preguntando lo que El tan bien sabía. A veces se pregunta lo que no se sabe con la intención de oírlo, para saberlo, y otras veces se pregunta lo que se sabe con la intención de saber si lo sabe aquel a quien se hace la pregunta. El Señor sabía estas dos cosas: sabía lo que preguntaba, porque sabía bien lo que iba a hacer, y sabía igualmente que Felipe no lo sabía. ¿Por qué le pregunta sino para poner al descubierto su ignorancia? Ya se sabrá después, como he dicho, por qué obró así.
4.Díjole Andrés: Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos? Cuando a la pregunta del Señor contesta Felipe que doscientos denarios no son suficientes para la refección de tanta gente, había allí un muchacho que llevaba cinco panes de cebada y dos peces. Y díceles Jesús: Ordenad que la gente se siente. Había allí mucha hierba, y se sentaron como cinco mil hombres. Toma el Señor Jesús los panes y da gracias, y ordena que se dividan los panes, puestos en presencia de los allí sentados. No eran ya cinco panes, sino lo que había añadido el que hizo la multiplicación. Y de los peces les dio cuanto querían. Es poco decir que sació a aquella turba; quedaron, además, muchos fragmentos, que mandó recoger para que no se perdieran. Con los fragmentos llenaron doce canastos.
- Voy a abreviar para ir de prisa. Los cinco panes significan los cinco libros de Moisés. Con razón no son panes de trigo, sino de cebada, ya que son libros del Antiguo Testamento. Sabéis que la cebada es de tal naturaleza, que difícilmente se llega a su medula. Está recubierta la medula misma de una envoltura de paja tan tenaz y tan adherida, que con dificultad se separa. Así está la letra del Antiguo Testamento; está cubierta con la envoltura de misterios carnales; pero, si se logra llegar hasta su medula, alimenta y sacia. Llevaba, pues, un muchacho cinco panes y dos peces. Si queremos saber cuál es este muchacho, tal vez es el pueblo de Israel. Los llevaba como un niño y sin comer de ellos. Esas cosas que llevaba encerradas pesaban, y abiertas nutrían. Los dos peces me parece que significan aquellos dos sublimes personajes del Antiguo Testamento que eran un-gidos para santificar y regir al pueblo: el sacerdote y el rey. Y, por fin, llega en el misterio el mismo que estos personajes significaban; llega, por fin, el que se mostraba por la medula de la cebada y que se ocultaba por las pajas de la misma. Llega El solo, reuniendo en sí mismo a ambos personajes, sacerdote y rey: sacerdote, porque se ofreció a sí mismo a Dios por nosotros; y rey, porque Él es quien nos rige. Y así queda abierto lo que llevaba cerrado. Gracias a Él, que cumple por sí mismo lo que prometió por el Antiguo Testamento. Y mandó que se dividiesen los panes, y al hacer la división se multiplican. Nada más verdadero. Pues estos cinco libros de Moisés, ¿cuántos libros no han producido al exponerlos, que es como partirlos, es decir, comentarlos? Más en aquella cebada estaba encubierta la ignorancia del pueblo, del que se dijo: Cuando se lee a Moisés, cubre un velo su corazón. En efecto, no se había quitado el velo todavía, porque no había venido Cristo; no se había todavía rasgado, pendiente El en la cruz, el velo del templo. El pueblo, pues, ignoraba la ley, y por eso aquella prueba del Señor se ordenaba a hacer patente la ignorancia del discípulo.
- No hay circunstancia alguna inútil, todo tiene sentido; pero hace falta que haya quien lo entienda. Así, el número de las personas que fueron alimentadas significaba el pueblo bajo el dominio de la ley. ¿Por qué eran cinco mil sino porque estaban bajo el dominio de la ley, que está explícita en los cinco libros de Moisés? Por la misma razón se colocaban los enfermos bajo aquellos cinco pórticos y no se curaban. Más el que allí curó al enfermo es el mismo que alimentó aquí a las turbas con cinco panes. Ellas estaban sentadas sobre el heno. Es que entendían carnalmente y reposaban sobre carne: Toda carne es heno ¿Qué significan los fragmentos sino aquello que el pueblo no pudo comer? Hay que ver allí misterios de la inteligencia que la multitud no puede comprender. ¿Qué hay que hacer, pues, sino que esos misterios que la multitud no puede entender se confíen a aquellos que son capaces de enseñar a otros también, como eran los apóstoles? Por eso se llenaron doce canastos. Esto es un hecho maravilloso, por lo grande que es y además útil, porque es un hecho espiritual. Quienes lo presenciaron quedaron pasmados, y nosotros quedamos in-sensibles cuando los oímos. Se hizo para que ellos lo vieran y se escribió para que nosotros lo oigamos. Lo que ellos pudieron por los ojos, lo podemos nosotros por la fe. Vemos con el espíritu lo que no podemos con los ojos. Y somos a ellos preferidos, porque de nosotros se dijo: Bienaventurados los que no ven y creen. Y añado que tal vez hemos comprendido también lo que no comprendió aquella gente. Y verdaderamente hemos sido alimentados nosotros, porque hemos podido llegar hasta la medula del grano de cebada.
7.¿Qué dice, finalmente, aquella gente que presenció el milagro? Aquella gente decía: Este es, sin duda, un profeta. Tal vez miraban a Cristo como profeta, porque estaban sentados sobre heno. Más Él era el Señor de los profetas, el inspirador y el santificador de los profetas, pero profeta también; porque se dijo también a Moisés: Levantaré entre ellos un profeta semejante a ti; semejante en la carne, pero no en la majestad. Claramente se explica y se lee en los Hechos de los Apóstoles que aquella promesa del Señor miraba a Cristo. El mismo Señor habla así de sí mismo: No existe profeta alguno sin honor sino en su patria. El Señor es profeta, el Señor es el Verbo de Dios, y no hay profeta que profetice sin el Verbo de Dios. Con los profetas está el Verbo de Dios, y profeta es también el Verbo de Dios. Los tiempos que nos han precedido merecieron profetas inspirados y llenos del Verbo de Dios; nosotros, en cambio, merecimos al profeta, que es el mismo Verbo de Dios. Como Cristo es profeta y Señor de los profetas, así también Cristo es ángel y Señor de los ángeles. El mismo es llamado ángel del gran consejo. ¿Qué dice, sin embargo, en otro lugar el profeta? Que ningún legado ni ángel, sino El mismo, vendría a salvarlos; es decir, que no enviaría legado ni ángel, sino que vendría El mismo. ¿Quién vendrá? El ángel mismo. No por un ángel, sino por El, que es ángel y también Señor de los ángeles. Ángel en latín es heraldo. Si Cristo no anunciara nada, no sería ángel; como, si no profetizara, tampoco sería profeta. Él nos excita a la fe, a la conquista de la vida eterna. El anuncia cosas presentes y predice cosas futuras. Él es ángel, porque anuncia cosas presentes, y profeta, porque predice las futuras. Es el Señor de los ángeles y de los profetas, porque el Verbo de Dios se hizo carne.
SAN AGUSTÍN, Tratadossobre el Evangelio de San Juan (t. XIII), Tratado 24, 1-7, BAC Madrid 19682, 541-49
Guión XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Entrada: De Cristo nos saciamos en cada Santa Misa, Él se da como alimento para que no desfallescamos en el desieto de esta vida.
Liturgia de la Palabra
Primera Lectura:
Isaías 55, 1-3
La divina Sabiduría quiere hacer alianza con nosotros para darnos Vida eterna, porque su Amor es inquebrantable.
Salmo Responsorial: 144
Segunda Lectura:
Romanos 8, 35. 37- 39
Nada ni nadie podrá separarnos jamás del amor de Dios manifestado en Cristo.
Evangelio:
Mateo 14, 13- 21
Jesús alimenta milagrosamente a la multitud figurando así la institución del Banquete Sagrado anunciado por los Profetas.
Preces: D.T.O XVIII
Dios, nuestro Padre, está cerca de aquellos que lo invocan. Pidamos confiados por nuestras necesidades y por la de nuestros hermanos.
A cada intención respondemos cantando:
- Por el Santo Padre para que experimente el consuelo espiritual de las oraciones y sacrificios que eleva toda la Iglesia por él y el ministerio que Dios le ha encomendado como vicario de Cristo. Oremos
- Por la paz en el mundo, especialmente en nuestra patria y por la conversión de todos aquellos que producen división entre los hermanos de una misma nación. Oremos.
- Por todas las comunidades parroquiales para que sus feligreses experimenten cada vez más que participar en la liturgia del Día del Señor es una alegría y una necesidad de nuestra conciencia cristiana. Oremos.
- Por las familias, para que sepan afrontar con fortaleza cristiana los desafíos que atentan contrala unidad y la armonía entre todos sus miembros. Oremos
Atiende, Padre del cielo, las necesidades de los que te hemos encomendado y a nosotros ayúdanos a esperar y confiar siempre en tu Providencia. Por Jesucristo nuestro Señor.
Liturgia Eucarística
Ofertorio:
Recibe Señor nuestra vida en oblación junto a Cristo Víctima en el Altar.
Ofrecemos:
*Incienso: que nuestra oración incesante por el Cuerpo Místico suba hasta Ti y te sea agradable.
*Pan y vino, para celebrar el misterio de la Redención y vivir en Cristo para siempre.
Comunión: Ven Jesús y restaura las fuerzas de mi alma para que en todo pueda mas amarte y servirte.
Salida: Virgen María, danos siempre el pan eucarístico para que fortalecidos por este alimento celestial podamos cumplir la Voluntad de Dios.
(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)



