La confianza abre el alma a la Misericordia. Cuando nos entregamos al Corazón de Jesús, incluso en la prueba, la fe se afirma y la paz renace.
En la devoción a la Divina Misericordia, nuestro homenaje se dirige a Jesús, la adorada Persona del Dios hecho Hombre. Se expresa en un acto de oración: “Jesús, en Ti confío”, que despierta en el hombre la conciencia de su miseria y pecaminosidad y la virtud de la confianza, que es la base de nuestra justificación.
Para este mes de Junio, mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, quiero compartirles algunos fragmentos del libro “LA DIVINA MISERICORDIA EN SUS OBRAS” del Padre Miguel Sopoćko. Espero que les sea de provecho para la oración y para vivir el día a día en unión con el Buen Dios que siempre, en su Providencia, esta atento a nuestros pasos. Pidamos al Corazón de Jesús, aumente en nosotros la fe en su Amor y que nuestra confianza llegue a ser audaz e inquebrantable, no solo en los momentos de prosperidad, sino también en las dificultades y en todo tipo de pruebas.
EL ESPÍRITU DE FE
«Auméntanos la fe» (Lc, 17,5). Así́ pedían los Apóstoles al Salvador: que multiplicara en ellos la fe, comprendiendo que la fe es una gracia, un don de la misericordia de Dios, y que en sí mismos no eran dignos de dicho don; por lo tanto, pedían humildemente este don como el mayor favor.
El Salvador les contestó: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: «Arráncate y plántate en el mar», y os habría obedecido» (Lc 17, 6). Aquí, Cristo habla del poder de la fe para animar a los Apóstoles a desearla, para que la pidan. La fe es el reconocer como verdad aquello que Dios nos ha revelado, y que a través de la Iglesia nos ha comunicado para que lo creamos; es el homenaje que rinde nuestra razón, sin reservas, a la veracidad de Dios (…). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí» (Jn 14, 6). Al aceptar el testimonio de Cristo y someter la razón a sus palabras, hacemos un acto de fe que, si se repite a menudo, va formando el espíritu de la fe. (…)
La vida de la gracia recibida en el bautismo es la semilla de la que debe crecer la santidad del cristiano, porque la fe es el fundamento y la raíz. Así como un árbol saca fuerzas de las raíces, así también la vida del cristiano la saca de la fe: es un requisito imprescindible de toda vida, es la condición de todo progreso espiritual para poder alcanzar la cumbre de la perfección. Cuando vivimos por la fe, cuando la fe es la raíz y la fuente de todas nuestras actividades, entonces la vida adquiere fuerza y estabilidad a pesar de las dificultades externas e internas, a pesar de la oscuridad, las adversidades y tentaciones.
Esto es así, pues entonces evaluamos todo como juzga Dios, participamos de la inmutabilidad y la constancia de Dios. Desarrollemos y fortalezcamos la fe con actos adecuados, no solo durante los ejercicios espirituales, sino también durante las actividades normales que realicemos en la vida cotidiana. Mirémoslo todo con los ojos de la fe, y evitemos funcionar según esquemas (rutinas), que es uno de los mayores peligros en nuestras vidas. Penetremos con la fe incluso el más pequeño de nuestros actos, todos los días, desde la mañana hasta la noche, y cuanto más actuemos en la fe, cuanto más fuerte y celosa sea, tanto más abundaremos en la alegría y en la paz, ya que, con la ampliación de nuevos horizontes, se fortalecerá nuestra esperanza y aumentará nuestro amor a Dios y al prójimo.
LA CONFIANZA
La confianza es un factor decisivo para recibir la Misericordia de Dios. La confianza natural, como expectativa de ayuda humana, es una gran palanca en la vida del hombre. Pero la expectativa de recibir ayuda a menudo falla. Los que confían en Dios nunca se sentirán decepcionados: «Pero la piedad cercará al que se confía a Yahvé» (Sal 31, 10). En su discurso de despedida en la última Cena, Jesús, al dar sus últimos mandatos y anunciar a los Apóstoles la tribulación que les esperaba por causa de su nombre, habla de la confianza como condición necesaria para perseverar y obtener la ayuda que viene de la Misericordia de Dios: «En el mundo tendréis que sufrir; pero ¡ánimo!, pues yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Son las últimas palabras pronunciadas por el Salvador antes de la Pasión, palabras que dejó escritas en su Evangelio el Apóstol amado, queriendo recordar a todos los creyentes, hasta el fin de los tiempos, cuan necesaria es la confianza no solo recomendada sino también ordenada por el Salvador.
Nuestra vida espiritual depende principalmente de los conceptos que hacemos sobre Dios. Si solo tenemos ideas superficiales sobre el Señor, el Ser Supremo, nuestra relacióń con Él será incorrecta y nuestros esfuerzos por corregirlas no serán efectivos. Si tenemos un concepto inexacto de Él, habrá muchas deficiencias e imperfecciones en nuestra vida espiritual. Si es verdadero, según las posibilidades humanas, nuestra alma con toda certeza se desarrollará en santidad y luz. Por lo tanto, la imagen correcta de Dios es la clave de la santidad porque regula nuestro comportamiento para con Dios, y de Dios en relación con nosotros. Dios nos ha adoptado como sus hijos, pero en la práctica lamentablemente no actuamos como hijos: la filiación de Dios es solo un nombre, y en nuestras obras no mostramos una confianza filial en un Padre tan bueno. (…) La falta de confianza impide que Dios nos dé beneficios, es como una nube oscura, bloqueando la accióń de los rayos del sol, como si una presa impidiera el acceso del agua de un manantial. Nada trae tanta gloria a la omnipotencia de Dios como Dios hacer omnipotentes a los que confían en Él. Después de todo, para que nuestra confianza nunca falle, debe distinguirse por determinados rasgos que el mismo Rey de la Misericordia nos indicó.
Al confiar en Dios, no hay que confiar demasiado en uno mismo, en los propios talentos, en la propia prudencia o en las propias fuerzas porque entonces Dios se negará a ayudarnos y permitirá que experimentemos nuestra ineptitud. En los asuntos de Dios, debemos temernos a nosotros mismos y estar convencidos de que por nosotros mismos solo podemos perjudicar o incluso destruir las intenciones de Dios.
La confianza en Dios tiene que ser fuerte y perseverante, sin dudas, vacilaciones, ni tampoco debilidades. Abraham tenía una confianza así cuando iba a sacrificar a su hijo. Así era la confianza de los mártires. Sin embargo, durante la tormenta, a los Apóstoles les faltó esta virtud, por eso el Señor Jesús se los reprochó: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?» (Mt 8,26). Si tenemos una gran confianza, debemos evitar la pusilanimidad y la insolencia. La pusilanimidad es la más insidiosa de todas las tentaciones, pues si perdemos el valor de progresar en el bien, pronto caemos en el abismo del vicio. Por otro lado, la insolencia nos expone a peligros (por ejemplo, la oportunidad de pecar) con la esperanza de que Dios nos salve. Eso es tentar a Dios, hecho que suele terminar trágicamente para los tentados.
Por nuestro bien, la confianza debe combinarse con el temor que es el resultado de conocer nuestra miseria. Sin este temor, la confianza se convierte en presunción, y el miedo sin confianza se convierte en pusilanimidad. El temor de Dios junto con la confianza se convierte en una actitud humilde y valiente, y la confianza, junto con el temor, se vuelve fuerte y modesta.
La confianza debe combinarse con el anhelo, es decir, el deseo de ver cumplidas las promesas de Dios y de unirnos a nuestro amado Salvador. (…) Este anhelo de Dios debe estar en armonía con la voluntad de Dios; debe ser muy humilde, no solo en su sentimiento, sino también en su voluntad, que debe impulsarnos al trabajo constante y a la entrega total a Dios. Al fin y al cabo, un anhelo confiado debe apoyarse en una sincera penitencia por los pecados, de lo contrario sería una ilusión.
En primer lugar, la confianza es rendir honor a la misericordia de Dios, que nos da la fuerza y el valor para superar las mayores dificultades. La confianza en Dios quita toda tristeza y abatimiento, y llena el alma de gran gozo, incluso en las condiciones más difíciles de la vida. La confianza proporciona la paz interior que el mundo no puede ofrecer.
La confianza en Dios abre paso a todas las virtudes.
Existe una leyenda sobre cómo todas las virtudes decidieron abandonar la tierra, manchada por numerosas transgresiones, y regresar a su patria celestial. Cuando se acercaron a las puertas del cielo, el portero los dejó entrar a todas, menos a la confianza, para que en la tierra los pobres no cayeran en la desesperación en medio de tantas tentaciones y sufrimientos. Al oír estas palabras, la confianza emprendió el camino de regreso y luego, tras la confianza, fueron regresando a la tierra las demás virtudes.
En particular, la confianza reconforta al moribundo, que en el último momento se acuerda de los pecados de toda su vida, lo cual lo lleva a la desesperación. Por eso, a los agonizantes hay que proponerles adecuados actos de confianza, hay que enseñarles la patria celestial, ya cercana, donde el Rey de la Misericordia espera con alegría a los que confían en su misericordia. La confianza asegura una recompensa tras la muerte como lo demuestran muchos ejemplos de los santos. Por ejemplo, Dimas, el buen ladrón que agonizaba en la cruz, junto a Jesús, se dirigió a Él con confianza en el último momento de su vida y oyó la dichosa afirmación: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 42).
«Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita» (Jr 17, 5-6). Esta es la imagen del mundo actual, que confía tanto en sí mismo, en su sabiduría, en sus fuerzas y en sus inventos, que en lugar de hacerle feliz le hacen temer la autodestrucción. Sin duda alguna, los inventos son algo bueno y conforme a la voluntad de Dios que dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28), pero no hay que confiar solo en la propia razón, olvidando al Creador y la reverencia y confianza que se le debe. Confiemos en Dios en las necesidades terrenales y eternas, en medio de los sufrimientos, peligros y desamparos. Confiemos incluso cuando nos parezca que Dios nos ha abandonado, se ha olvidado de nosotros, cuando nos niega sus consuelos, cuando nos parece que no nos escucha, cuando nos aplasta con la pesada cruz. Entonces es cuando más hay que confiar en Dios, porque es el tiempo de la prueba, de las experiencias por las que debe pasar cada alma.
Queridos todos, como decía San Juan Crisóstomo «Nada es más digno de ser ofrecido a Dios que una oración fiel», porque un alma absolutamente abandonada a la Voluntad de Dios, no desea más que lo que es de su agrado, y esto, lo va a pedir sin temores con una grande confianza, porque sabe que la Voluntad de Dios es la misma Misericordia. ¿Como llegar a esta total donación de si? Cultivando el espíritu con el contenido de la fe y desterrando todo afecto al pecado.
Que la lectura de los Evangelios y su meditación nos asemeje cada vez más al “Corazón de Jesús manso y humilde que aligera nuestras cargas.” Que la Virgen Madre del Verbo Encarnado los acompañe y los bendiga.
Hermana Maria de la Fe


