«In memoriam» (de Aníbal D’Angelo Rodríguez) – Ricardo S. Curutchet (1946-2025)

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El día 21 de febrero de 2015, en Bella Vista, en su casa y en su cama, falleció don Aníbal Domingo D’Angelo Rodríguez, uno de los hombres más lúcidos de nuestro tiempo, aunque haya sido ignorado casi por completo, tanto en su tierra como en el mundo, especialmente en el mundo occidental y cristiano, cuya historia y secretos comprendió como pocos en los últimos cincuenta años.

Había nacido en Buenos Aires el 15 de junio de 1927, hijo de don Aníbal D’Angelo Rodríguez, médico notable y director del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires; y de doña Magda Ivanissevich, mujer excepcional que murió en Salta, más que centenaria, rica en toda clase de dotes de inteligencia y virtud.

Murió como cabía esperarlo de un católico cabal, como lo fue él a lo largo de su vida, rodeado de su esposa y de sus hijos y de una numerosa y rica estirpe y raza de la que él era alma y cabeza, hijos, hijos políticos, nietos, bisnietos, sobrinos, parientes de toda especie; y una incontable serie de amigos y allegados que, al pie de su cama o rodeando su casa, trataban de acompañarlo.

En su larga y dolorosa agonía recibió el consuelo y el afecto de los suyos de un modo especialmente considerable, como lo advirtió su amigo, y nuestro, Bernardino Montejano, en la oración fúnebre que pronunció en el cementerio, destacando esa nota del amor familiar que lo rodeaba y que irradiaba de su propia presencia paternal, al modo de los viejos patriarcas de la antigüedad, sobria y sencilla, que unía a los suyos en torno a sí, con iguales expresiones de respeto, confianza y alegría.

Aníbal es mi suegro, y no puedo disociar esta nota de esa personal circunstancia, porque sobre todo lo conocí y quise como tal, como padre político y como amigo entrañable, cuya amistad radicó en lo más interior y secreto de nuestras almas, mucho más allá de toda otra coincidencia, que las hubo muchísimas –todas diría– respecto del modo de ver y amar a nuestra realidad circundante, nuestra Patria, nuestra historia y nuestras familias, nuestro mundo y nuestra historia cristiana, nuestra Iglesia, todo el pasado, presente y futuro de una realidad que sentíamos y pensábamos, él con un talento y videncia infinitamente superior a la mía, con intrínseca unidad de inteligencia y corazón.

Y como tuve el privilegio de asistir, junto con muchos otros, a su agonía y a su muerte, no quisiera callar en esta nota, antes de hacer memoria de algunos, y sólo algunos, de sus tantos méritos, las circunstancias especiales de sus últimos, sus largos últimos días. Porque creo que en ellos se mostró de modo muy particular su hombría, su señorío y su cepa de católico humilde, sencillo y, a la vez, viril como pocos.

Aníbal, en pleno gozo de todas sus facultades intelectuales, soportó durante varios años una disminución física que gradualmente fue limitándolo y humillándolo cruelmente, hasta causarle la muerte. Quienes hemos conocido la intimidad de ese sufrimiento, sus hijos más que yo, sabemos hasta qué punto eso le afectó en lo más profundo de su ser y conocemos de qué modo él luchó hasta el último momento para sobreponerse a la impotencia a la que lo sometía su enfermedad.

Lo he visto pelear heroicamente (como heroica fue su vida toda, y lo escribo acá por si me olvido de decirlo más adelante); caminar cuando ya sus piernas no lo sostenían; intentar por todos los medios de valerse por sí, cuando ya su cuerpo no le respondía; participar en almuerzos y conversaciones cuando ya le resultaba una ardua empresa mantenerse al frente de la mesa familiar o encabezando una tertulia en la que su opinión y consejo eran centrales. Soy parcialmente testigo de todo ello, pues vivo lejos; y lo son, mucho mejor que yo, tantos de sus hijos, sobrinos, nietos, sobrinos nietos y amigos que acudían casi diariamente a su mesa, hasta que cayó finalmente postrado a aguardar, rodeado de todos ellos, el momento final, la partida anhelada hacia la Patria; partida que también, por misterioso y amoroso designio de Dios, se hizo muy larga.

Entonces, junto con ellos, quiso la bondad de la Providencia que uno de sus dos nietos sacerdotes y una de sus seis nietas religiosas, lo asistieran. Y así, sus últimos días transcurrieron ejemplarmente, en medio de los dolores innegables de su dura agonía, con los consuelos y gracias de la Santa Iglesia, a la que él se mantuvo íntegramente fiel hasta el final, con el punzante desgarramiento de los que la vieron y ven en medio de las más terribles tormentas.

La santa Misa rezada diariamente al pie de su cama y el santo Viático, que consumió por medio de la santa Comunión recibida hasta la víspera del último día; la Unción extrema recibida con plena lucidez; la confesión también lúcidamente formulada, el perdón sacramental de todos sus pecados y la bendición papal concedida con indulgencia plenaria, que le fue impartida, fueron la feliz asistencia de la Iglesia Católica que él amó sobre todo. Hasta el momento de su último suspiro, en unión con las oraciones de los suyos.

Así lo dice, mejor, Federico, uno de sus nietos y mi hijo, bellamente: «Y ese último amanecer en Bella Vista, cuando tus claros ojos vieron la claridad eterna, te fuiste como un cristiano. Tu mujer, tus hijos, nietos y bisnietos unidos, aún en la lejanía, alrededor de tu cama, rezando en unidad para que tu ausencia no nos duela tanto y te soltaste de la mano de uno de tus nietos sacerdote, quien como otro Cristo trazaba sobre tu frente el perdón de tus pecados, para tomar y entrar de la mano de Nuestra Madre, en su día, a la eterna gloria de Su Hijo».

Valga toda esta referencia de sus últimos momentos para consignar el modo especial de su partida hacia los pies del solio de la Justicia Divina, ante la cual, aunque reconociéndose pecador, no se presentó por cierto con las manos vacías y no lo hizo sin la asistencia de los auxilios de la Santa Iglesia, en la que él militó, a la que mucho amó y por la que intensamente sufrió; y de los numerosos miembros del Cuerpo Místico que, vivos y muertos, que por él interpusieron su plegaria.

Vayamos pues, ahora, al repaso de algunas de las notas de su rica y amable vida, vistas desde la perspectiva de quien, como yo, sinceramente incapaz de equiparármele, lo conoció y apreció más como padre, amigo y maestro personal, que como el intelectual y doctor que fue para tantos otros.

Y por esa razón de mi proximidad personal y familiar, no quisiera que pase sin destacar primero una de sus más distinguidas virtudes, que lo enaltecen como hidalgo cristiano y como modelo de nuestro tiempo; y es su pobreza.

Aníbal fue pobre por elección. Aníbal no ejerció ningún tipo de declamada y dialéctica elección preferencial por los pobres sino que fue él mismo pobre, materialmente pobre, por dos o tres razones que creo conocer y trataré de explicar.

Primero, fue pobre porque fue un auténtico hidalgo, un señor de la estirpe, incapaz de someter sus esfuerzos y afanes al logro de una fortuna venal que le asegurara un disfrute abundante de los bienes terrenos. Como un viejo cristiano, como un auténtico señor, nunca se preocupó de ellos, y soy testigo personal y fiel de esto que afirmo. Y no se notaba, porque su pobreza fue de la mano de su magnanimidad como cabe a buen caballero, que lo fue sin tacha.

Y se prueba, si este testimonio no basta, con la generosidad que distinguió toda su vida. Son innumerables los deudos de su desprendimiento, y nos apuramos a contarnos entre ellos nosotros, sus hijos, y los amigos de sus hijos, y cuántos golpeaban a las puertas de su casa, desde siempre y hasta las vísperas de su muerte.

Y fue pobre, como muchos de los fieles cristianos y destacados patriotas de su tiempo (entre los cuales quiero incluir a mi padre, don Ricardo Curutchet, que mucho se honró con la amistad de Aníbal) y del nuestro.

 Porque renunció a todas las posibilidades de lucrar con su posición, con su estirpe, con su sabiduría, con la innumerable abundancia de medios que tuvo, y realmente los tuvo, para escalar posiciones, hacer negocios, etc., en aras de una fidelidad estricta a sus principios, no a sus principios declamados jactanciosamente, aunque fue un esclarecido y auténtico expositor de ellos, sino a las raíces de su propio ser intrínsecamente vivido en conformidad con ellos.

Aníbal vivió y murió pobremente, en una extrema pobreza, porque él amó esa pobreza en seguimiento de Cristo. Él nunca hizo alarde de esa fidelidad, porque era realmente un señor y no tenía por qué dar razones de ese servicio que silenciosamente ofrecía a su Señor. Soy testigo y beneficiario de esa su tranquila munificencia, que él derramó durante toda su vida sobre sus hijos, sus amigos y sobre todos aquellos que fueran a golpear a sus puertas.

Y vivió pobre porque la Argentina, su patria amada, no fue capaz de reconocer y de retribuir sus servicios. Así se dijo: «La Argentina, tu amor de héroe, tu Dulcinea, la ingrata tierra a la que sacrificaste tu conocimiento, tu honor y tu valía, a la que amaste sin respiro ni claudicación, a la que nos enseñaste a amar, por la que nos enseñaste que valía la pena sacrificarlo todo». Así lo cantó su nieto Federico, a quien me permito citar nuevamente, como volveré a hacerlo más adelante.

Grande y extraordinaria virtud ésta, que señalo primera, y que enriqueció de modo particular a quien tan bien fue dotado de dones, tanto en el orden personal como en el de su vida social. Hoy la pobreza se declama y alaba, pero difícilmente se ejerce. Aníbal se despojó de todas sus riquezas realmente abundantes, en servicio de muchos.

Es ineludible hacer mención primera a su familia. No titubeó en afrontar la ardua empresa de una gran familia, con el apoyo y, más diría, con el empuje de su ejemplar esposa Virginia, puntal de su vida y me atrevo a decir que causa instrumental primera de su salvación. A ella, a esa familia, dedicaron ambos, y es necesaria esa mutua consideración, todos sus afanes, en el orden espiritual y en el orden material.

La vieja y grande casa de la calle Munzón, en Bella Vista, fue durante muchos años el centro vital de esa actividad familiar tan multifacética y rica, donde crecieron los hijos de Aníbal y Virginia. Casa de amigos, abierta a todos, generosa y alegre, desordenadamente alegre, como no podía ser de otra manera. ¡Cuántos han pasado por ella! ¡Cuántos han compartido su mesa y cuántos han recibido la generosa acogida de sus dueños para hospedarse, como si fuera en su propia morada, el tiempo que fuera necesario! Amigos de los hijos, sobrinos estudiantes o necesitados de un punto de apoyo cercano a la ciudad de Buenos Aires, visitantes ocasionales… ¡cuántos, cuántos, de cuántas edades y condiciones, a lo largo de los años, son los que se cobijaron al calor de ese hogar en el que se practicaba la hospitalidad con la natural grandeza de las familias hidalgas de nuestra patria vieja, tan bien reflejada y revivida en esa vieja, modesta y grande casa de la calle Munzón!

Allí los chicos estudiaban, los amigos se reunían, los parientes concurrían a encontrarse y, muchas veces, jóvenes y ancianos acudían a escucharlo a Aníbal, a aconsejarse con él o a participar de las conferencias y clases que brindaba graciosamente, en su indeclinable afán de comunicar su saber y de abrir los secretos de la realidad compleja de nuestros tiempos para infundir en los corazones y en las inteligencias de sus discípulos y oyentes el amor por la verdad y el deseo de servirla en obras.

Pero no sólo hubo en torno a ello las charlas magistrales que eran de esperarse. Sino una actividad permanente de su cordial disposición de servicio. Es anecdótica esta referencia y quizá parezca sobreabundante. Pero, para quienes hemos conocido la intimidad de esta vida familiar encabezada por el inigualable Aníbal, no puede pasarnos por alto esas tantas vacaciones organizadas por él, en Miramar, en Mar del Sur… donde una multitud de hijos, amigos y entenados se instalaban en las costas atlánticas a veranear bajo la generosa disposición de Papi, así como lo llamaban y lo llamamos muchos de quienes no nos atrevemos a olvidarnos de su bonhomía. Como dijo su buen amigo Hugo Esteva: «Él no tenía por lo general ni idea de a quién había recibido». Hugo no sólo fue su amigo, sino padre de muchos de los amigos de los hijos de Aníbal que fueron beneficiarios de esa noble y señorial hospitalidad.

Todo ello pervivió, más allá de la casa patriarcal, hasta su muerte. Y aún persiste, porque todavía es su casa, ya no la vieja y amplia casona de Munzón, el punto de encuentro y refugio de hijos, parientes y amigos, en el que siempre, obedeciendo fielmente a la tradición enseñada, hay o se hace un lugar para el otro, el necesitado.

Aníbal y Virginia fundaron una numerosa familia, con doce hijos, sesenta y cuatro nietos y treinta y un bisnietos, de la que formamos parte la nutrida legión de nueras, yernos y nietos políticos, además de los hermanos de ellos ambos y sus familias, que también la integran. No es posible omitir en este recuento a doña Magda Ivanissevich, la madre de Aníbal, mujer excepcional cuyo recuerdo excede esta memoria y que falleció a los 102 años, siendo ya tatarabuela; ni a los abuelos Ezequiel Zapiola y María Luisa Ahumada, entrañables y queridos miembros de esta casa hasta sus muertes. Ni a Malena D’Angelo,  su sobrina, hija de Ricardo, que lo asistió como una hija más hasta el final, y a las tres hijas de ella, especialmente Pilar, la menor, a quien Aníbal quiso con especial preferencia. Es imposible evocar en esta memoria todos los vínculos, historias, ejemplos y anécdotas de esta peculiar familia que los tuvo como protagonistas.

Sólo una o dos memorias más, de índole personal. Muchas veces, para la Navidad, celebrada con religiosa y ruidosa alegría, en torno a un pesebre cuidadosa y laboriosamente armado por Aníbal y a una mesa abundante; o para los casamientos, cumpleaños y otros fastos, que siempre la ocasión era buena, la vieja casa de Papi y Mami reunió a toda esa pléyade de personajes de diversas generaciones y estilos, a los que se unían primos, cuñados, sobrinos y amigos, que eran variopintos y muchos, bajo la silenciosa, humilde y amorosa presidencia de Aníbal y Virginia, auténticos patriarcas de viejo cuño cristiano, como pocos hubo y, desgraciadamente, como menos hay en nuestros tiempos mezquinos.

Eduardo Allegri, uno de sus yernos, amigo suyo y padre de muchos de sus nietos y bisnietos, continuador de esa aventura fundacional, escribió, con motivo de su muerte, estás palabras que me atrevo a reproducir porque dan inteligente cuenta de la personalidad de Aníbal: «En este mundo, hay dos clases de personas. Por un lado, están los que no lo conocieron. Por otro, los que tuvimos –Dios sabrá por qué– el raro privilegio de saber que vivió entre nosotros uno de los últimos afables caballeros de lucidez y coraje que parió la Argentina, si acaso no fue el último».

Escribió uno de sus nietos, mi hijo, Federico Curutchet, resumiendo en síntesis poética algo que ya parcialmente he citado, en una admirable elegía en la que, de modo muy especial, destaca su papel de paterfamilias fundador, a la par que amador y servidor de la Patria. Dijo, hablándole a él: «La familia, esa ‘patria chica’ que fundaste para que sea reflejo y esperanza de la Patria Grande de donde sos habitante. La Argentina, tu amor de héroe, tu Dulcinea, la ingrata tierra a la que sacrificaste tu conocimiento, tu honor y tu valía, a la que amaste sin respiro ni claudicación, a la que nos enseñaste a amar, por la que nos enseñaste que valía la pena sacrificarlo todo. La Iglesia, su doctrina, su culto, su vida, a la que conociste y te mantuviste fiel, con amor adulto, sin beaterías ni superficialidades, conociendo sus errores de origen humano y admirando y resaltando sus virtudes divinas».

Ése fue Aníbal, el fiel servidor de Dios y de la Patria, como el viejo Cide Amete, el Campeador.

Como fue pobre de bienes materiales, fue rico en muchas otras cosas, pero él estimó como su principal fortuna ésa, su familia. Una sucinta referencia a ella, como se ha hecho, no podía estar ausente en esta memoria escrita por quien, integrándola con amor y orgullo, puede dar testimonio veraz de esa predilección.

Pero Aníbal, además –y este «además» no debe entenderse como una añadidura porque lo fue a la par y, sobre todo, como correspondía a un auténtico paterfamilias– fue un hombre político, en el más pleno y auténtico sentido de la palabra.

Fue un patriota cabal, y la fundación de su familia fue, no sólo un acto de amor personal sino su consciente y principal acto de amor a la Patria, su primordial servicio.

Pero no el primero, ya que desde su juventud demostró su interés por el bien común, a cuyo beneficio no escatimó esfuerzos, militando sin claudicaciones hasta su muerte bajo las banderas y principios del Nacionalismo católico, del que jamás claudicó. Integró, en su adolescencia, y fue su jefe, la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios, como alumno que fue del Colegio Nacional Buenos Aires, del que egresó, y dirigió en ese grupo, en el año 1945, el primer número de la revista «Tacuara».

Ése fue el comienzo de una de las tantas facetas de su rica personalidad, desplegadas a lo largo de su vida en el servicio de la Patria. Desde entonces y hasta su muerte, colaboró con artículos, cartas, clases, conferencias y polémicas, como dice Hugo Esteva, «a cimentar y mantener viva la doctrina que lo hizo sentir en la verdad desde tan joven». Y lo hizo realmente de un modo maravilloso. Una intervención de Aníbal justificaba realmente la existencia de una revista, el dictado de un curso, un ciclo de conferencias… Y todo lo hacía con esa natural modestia del hidalgo, de la que hablé antes y a la que Hugo Esteva, cuya amistad también me honra, describe con tanto acierto en estas palabras, que le tomo prestadas: «Su natural humilde, tan sin pompa para un hombre que conocía tanto, daba particulares claridad y fluidez a su pensamiento lleno de datos, vivencias y lecturas».

Leyó y escribió mucho, persistentemente, hasta muy poco antes de su muerte. Leyó sin descanso, con fatiga, con verdadero esfuerzo en los tiempos últimos de su postración, porque nunca cejó en su afán de conocer la realidad, lo que pasaba, para interpretarla y para llegar así a conocer la verdad escondida en los entresijos de la historia y del tiempo. Su inteligencia, su excepcional y siempre inquieta inteligencia, no descansó hasta la muerte; e invariablemente la tuvo puesta en tensa vigilia hacia la verdad trascendente, que buscó y predicó sin descanso y con esa su peculiar humildad de maestro y de padre.

Fue abogado, se recibió de tal en la Universidad de Buenos Aires al poco tiempo de haberse casado, y como tal ejerció, primero como secretario de un Juzgado en Mendoza, a donde se trasladó con su mujer y su primera hija, Maca, mi mujer, y en donde vivió varios años y en donde nacieron cinco de sus hijos. Y luego, hasta su jubilación, en el Banco Hipotecario Nacional. Y desde entonces, con un breve paso por Hurlingham, vivió en Bella Vista, en la Provincia de Buenos Aires, donde ya vivíamos nosotros y Masi Zapiola su cuñada, casada con Ignacio Anzoátegui, hijo de Braulio, talentoso como su padre y amigo entrañable, frecuentador él y su querida familia de esas inolvidables reuniones en la vieja casa de la calle Munzón, a las que hice referencia párrafos atrás, y de tantas otras en la Bella Vista de entonces, en la que el colegio Don Jaime, de otro gran amigo y maestro, Juan Carlos Montiel, brillaba como un faro seguro, a cuya lumbre se formaban nuestros hijos.

Juan Carlos, otro hombre irrepetible, fundador y director del Don Jaime, lo incorporó a Aníbal a su empresa, cuando él se retiró de sus funciones en el Banco Hipotecario. Y allí concurrió él, con su humilde disposición de servicio, como siempre, a tomar a su modesto cargo la biblioteca del Colegio, que dirigió, administró y enriqueció notablemente, hasta que el instituto cerró lamentablemente sus puertas. Son muchísimas las anécdotas que podrían contarse, y de las que podrían dar testimonio las innúmeras generaciones de alumnos que pasaron por esa biblioteca que paternalmente administraba Aníbal, desde niños de la escuela primaria hasta alumnos y alumnas (y hago la aclaración no por imitar al «todos y todas» del detestable lenguaje hodierno sino para destacar que el colegio era mixto) de los años superiores, sin excluir por cierto al cuerpo de profesores (y profesoras) que tenían en él a su mejor consejero y referente.

Como docente, enseñó en la Universidad Nacional de Cuyo, durante su estancia en Mendoza; y fue luego, durante varios años, profesor de historia en el Colegio Don Jaime y de Historia de las Ideas Políticas en la Escuela de Guerra de la Fuerza Aérea Argentina.

Cuando se lo convocó a la función pública acudió sin reparo al servicio del bien común. Fueron pocos años, desde 1971 hasta 1973, en los que, como Director Ejecutivo, se hizo cargo de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA), editorial a la que le dio brillo y relevancia, como nunca la había tenido ni la tuvo después. Fue expulsado por las hordas marxistas que ocuparon el poder con el mínimo Cámpora y se retiró entonces, sin rencor alguno, pese a que muchos de aquellos a quienes había favorecido lo despidieron con insultos y gritos. Sé que a todos perdonó y para con todos tuvo un juicio benévolo y magnánimo, como cabía a su persona.

Aníbal fue, más allá de sus actividades formales, un pensador proficuo que, como acertadamente dice Hugo Esteva en los párrafos de su memoria inédita, «…plasmó sus ideas sin una disciplina determinada, pero generosamente, cada vez que el Nacionalismo se lo requirió».

Y así fue, en muchísimas páginas y en muchísimas actividades del Nacionalismo en las que participó sin reservas. Cito textualmente un párrafo de Hugo que, creo, traza con elocuente brevedad un rasgo característico de Aníbal: «Siempre estuvo donde había que estar en la defensa de la Fe y de la Patria. Siempre con absoluta naturalidad y como en segundo plano. Un plano que de ninguna manera correspondía a su saber ni a su talento». Y cito parcialmente otro «…colaborador incondicional y absolutamente desinteresado del intento por pelear con tanta antipatria…» Cabildo, Patria Argentina, Centurión, entre tantas otras publicaciones nacionalistas y católicas, contaron con su contribución lúcida e incondicional. Hablo de las que recuerdo, en los últimos tiempos, y sé que son muchísimas más las que se han enriquecido con su participación.

Luis María Bandieri me escribió, con motivo de su muerte, estas bellas palabras que, por la fidelidad a su memoria, que une a la de mi padre, no quiero omitir: «Se nos fue un amigo entrañable, que junto con tu viejo mantendré en el recuerdo permanente: no se olvidan fácil la amistad, las largas sobremesas, los sabrosos comentarios y el natural decoro de las vidas ejemplares. Le escribía hace un momento a José (José D’Angelo es mi cuñado, hijo varón mayor de Aníbal y patriota notable, cuya trayectoria excede también esta nota personal) que voy a extrañar tanto al sapiente Aníbal como al irónico Dan Yellow, y quizás en orden inverso». Porque no fueron ajenos a su sabiduría la ironía y el humor profundo que escondían tantos de sus escritos y comentarios.

Falta hablar de sus libros. Valiosísimos por cierto, aunque tal vez no sean ellos los que mejor describan el servicio de su inteligencia poderosa, ya que fue todo el curso de su vida el que brindó ese ejemplar obsequio a la causa de la verdad y del saber profundo de nuestra realidad contemporánea.

Porque, a mi juicio, Aníbal, más allá de la innegable riqueza de sus estudios y de su pluma, no fue un escritor, sino una inteligencia viviente, un maestro amigo, un sabedor, en el más amplio, generoso y pleno sentido de la palabra, adjetivo que a él cabía aplicársele por completo, y así con justicia lo consideraban un «sabio» quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y tratarlo.

Sin embargo, escribió cosas notables. Ha de destacarse su Aproximación a la Posmodernidad (1988); una obra de particular relevancia, poco conocida por nuestros modernólogos contemporáneos, como lo es el Diccionario Político (2004), tan propio de su estilo, docente, erudito y, a la vez, accesible y sencillo, una obra de necesaria consulta muy poco consultada, por eso del olvido moderno de las buenas cosas.

Fernando Devoto o la Ceguera de los progresistas (2005) y otros; su prólogo y notas a El país de Jauja, del padre Castellani; y su notable estudio preliminar a Sobrevivientes y recién llegados, de Hilaire Belloc, acerca del cual escribió Eulogio López, en su periódico digital Hispanidad, el 1° de abril de 2005: «El libro viene precedido, y éste ha sido el mejor de mis descubrimientos, por un Estudio Preliminar del profesor Aníbal D’Angelo. Sinceramente, hacía mucho tiempo que no leía una descripción tan lúcida de este cambio de siglo y de milenio. Cien páginas sin desperdicio que me temo no encontraré en Europa».

Esa fue la inteligencia de Aníbal, una inteligencia lúcida, profunda, sin alardes, una sabiduría mascullada, rumiada, serena que, cuando era requerida, brindaba con sencillez y claridad, capaz de ilustrar a los necios, convencer a los reacios y entusiasmar a los niños y a los amantes de la verdad, siempre sin innecesarias retóricas y con la humilde docencia de quien ejerce esa función eximia del maestro: «contemplata alliis tradere».

Tal vez sea conveniente terminar esta memoria, que podría extenderse sin límites, con la cita de aquella excepcional elegía que escribió uno de sus nietos, mi hijo Federico, a la que ya hice referencia en este escrito. Aquí la pongo, aunque querría haber puesto el texto íntegro de ella, porque describe de manera mucho más poética y auténtica lo que Aníbal significó para todos. Ésta es la cita:

«Y a medida que fuimos creciendo, siempre tu sombra paternal. Eras nuestro orgullo de sabiduría y nuestro ejemplo de humildad. Eras médico, enfermero, jardinero, confesor, sociólogo, consultor, profesor de matemáticas, química, historia, literatura, derecho y cuanta materia debíamos rendir. Entrar al ‘escritorio’, al que amabas y cuidabas como un santuario, pero que tu generosidad lo hacía una sala pública de consulta y charla. No había segundo que no se aprovechara para leer o escribir, siempre algo para los demás, porque todo lo que tuviste fue para compartir, para ponerlo gratuita y humildemente a disposición de todos».

Eso y mucho más, que no soy capaz de decir, fue Aníbal, mi amigo, mi padre, sin mengua alguna de mi padre, a quien espero encontrar, con él y con toda nuestra estirpe, en la Patria, aquélla del Cielo hacia la que vamos, en unión entrañable con ésta terrestre en la que militamos quienes aún vivimos en la expectante vigilia.

Aníbal, padre, camarada y amigo: ¡Presente!

* En «Revista Diálogo», N°66, junio de 2015, pp.149-162.

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