PRIMERA LECTURA
Miren, la virgen está embarazada
Lectura del libro de Isaías 7, 10-14
El Señor habló a Ajaz en estos términos:
«Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas.»
Pero Ajaz respondió:
«No lo pediré ni tentaré al Señor».
Isaías dijo:
«Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios? Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la virgen está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial 26, 1-6
R. Va a entrar el Señor, el rey de la gloria.
Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella,
el mundo y todos sus habitantes
porque Él la fundó sobre los mares,
El la afirmó sobre las corrientes del océano. R.
¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor
y permanecer en su recinto sagrado?
El que tiene las manos limpias y puro el corazón;
el que no rinde culto a los ídolos. R.
Él recibirá la bendición del Señor,
la recompensa de Dios, su salvador.
Así son los que buscan al Señor,
los que buscan tu rostro, Dios de Jacob. R.
SEGUNDA LECTURA
Jesucristo, nacido de la estirpe de David, Hijo de Dios
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 1, 1-7
Carta de Pablo, servidor de Jesucristo, llamado para ser Apóstol, y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios, que Él había prometido por medio de sus Profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, y constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador, por su resurrección de entre los muertos.
Por Él hemos recibido la gracia y la misión apostólica, a fin de conducir a la obediencia de la fe, para gloria de su Nombre, a todos los pueblos paganos, entre los cuales se encuentran también ustedes, que han sido llamados por Jesucristo.
A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos, lleguen la gracia y la paz, que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Palabra de Dios.
ALELUIA Mt 1, 23
Aleluia.
La virgen concebirá y dará a luz un hijo
a quien pondrán el nombre de Emanuel,
Dios con nosotros.
Aleluia.
EVANGELIO
Jesús nacerá de María,
Comprometida con José, hijo de David
Éste fue el origen de Jesucristo:
María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
“La Virgen concebirá
y dará a luz un hijo, a quien pondrán
el nombre de Emanuel”,
que traducido significa: «Dios con nosotros».
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
Palabra del Señor.
W. Trilling
El nacimiento de Jesús
(Mt.1,18-25)
18 El nacimiento de Jesucristo fue así. Su madre María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos. resultó que ella había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. 19 Pero José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla, determinó repudiarla en secreto.
Este fragmento informa sobre el nacimiento del niño Mesías. Es notable en muchos respectos la manera como tiene lugar el nacimiento. Sorprende la sobriedad y la concisión de este relato, si se compara con la narración del nacimiento que conocemos familiarmente por san Lucas y que se lee en las misas de Navidad. Casi no se exponen las circunstancias más próximas, la preparación del acontecimiento y el mismo suceso. San Mateo dirige la mirada a hechos muy distintos. Supone que nos son conocidos los pormenores de la concepción milagrosa y del nacimiento, que ahora se recuerdan con breves palabras. ¿Qué quiere sobre todo enseñar el evangelista? En primer lugar está la figura de José, que se presenta en primer plano, así como en los relatos de san Lucas se presenta a María. Todo se contempla desde la posición que ocupa José, que al final del árbol genealógico fue mencionado como «esposo de María». Con esta mención se enlaza el relato del nacimiento. María estaba desposada con José. por eso según el derecho judío era considerada como su esposa legitima. Sin embargo aún no habían vivido juntos. Esto significa que José aún no había introducido en su casa a su desposada ni había empezado la vida comunitaria del matrimonio. El relato ahora dice de forma muy concisa que en este tiempo resultó que María estaba encinta. José lo había notado claramente. Lo que él no sabe, nos lo dice en seguida el evangelista interpretando y explicando de antemano: lo que vive en ella, procede del Espíritu Santo.
Nada se dice de la turbación, de la pesadumbre, de las cavilaciones, dudas y titubeos del esposo. No se nos cuenta lo que pasa en su alma y lo que hace madurar la decisión. Solamente nos enteramos del resultado: José resuelve separarse de su desposada con gran sosiego. La deshonra en que José cree que se encuentra María, no debe ofenderla ante todo el pueblo. Se califica de justo a José, en cuya conducta se manifiestan la consideración y los sentimientos. Justo es el hombre que busca a Dios y que sujeta su vida a la voluntad de Dios. Justo es el hombre que cumple la ley con todo su corazón y con intensa alegría, como el devoto autor del salmo 118. Pero también es justo el hombre prudente y bondadoso, en cuya vida se han mezclado y esclarecido de una forma singular la propia madurez humana y la experiencia en la ley de Dios. Así es como el Antiguo Testamento ve al justo. El justo es la figura ideal del hombre en quien Dios se complace. La justicia es la más noble corona con que puede adornarse un hombre. Lo mismo puede decirse de José. Su vista todavía está retenida, y él no comprende el enigma desconcertante. Pero José tampoco lo escudriña ni procura examinarlo a fondo. Lo que hace, en todo caso es indulgente y juicioso. Así logra que se le tribute la alta distinción de elogiarle como justo.
20 y mientras andaba cavilando en ello, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas llevarte a casa a María tu esposa, porque lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo.
Cuando José ya ha tomado la decisión de separarse de María, Dios interviene. Un ángel, santo mensajero de Dios, le descorre el velo del misterio. Le dirige la palabra con solemnidad: «José, hijo de David». Fuera de este caso, solamente a Jesús se concede este título honorífico (Mat_1:1; Mat_9:27; Mat_20:30 s). En este tratamiento resuenan las esperanzas que inspira esta expresión desde el vaticinio de Natán al rey: «Yo seré su padre, y él será mi hijo, y si en algo obra mal, yo le corregiré con vara de hombres y con castigo de hijos de hombres. Mas no apartaré de él mi misericordia, como la aparté de Saúl, a quien arrojé de mi presencia. Antes tu casa será estable, y verás permanecer eternamente tu reino, y tu trono será firme para siempre» (2Sa_7:14-16).
Con este tratamiento el sencillo José es intercalado en el gran contexto de la historia divina. Es descendiente del linaje de David, uno de sus «hijos». Lo que José oye decir al ángel, debe oírlo como hijo de David, entonces comprenderá. Al final de este relato leemos que en realidad sucede así: después del mensaje nocturno, José, con sencillez y docilidad, procede como le había encargado el ángel (1,24). José está en primer término, pero ahora también se ilumina con mayor intensidad la madre del Mesías. José no debe temer llevarse a casa a María, acogerla en su casa como su mujer, porque en ella ha tenido lugar un milagro de Dios: el fruto de su vientre no procede de un encuentro terrenal. Con profundo respeto y con delicadeza se indica el misterio. Son cosas divinas, que no pueden ser profanadas por la indiscreta curiosidad del hombre ni por el lenguaje que todo lo abarca. Sólo se nombra un hecho que puede servir de explicación: la actuación del Espíritu Santo. A él se atribuye como última causa el milagro que ha tenido lugar en el seno de María. Es el espíritu que expresa el poder y la grandeza de la actuación divina; es el espíritu que llena a los profetas y a los héroes; pero también es el espíritu que obra en silencio y que actúa ocultamente y sin ruido. Aquí se evitan cuidadosamente todos los pormenores. Ante la mirada de José y la nuestra sólo debe estar esta figura: la virgen, un vaso de elección, expuesto al soplo del Espíritu de Dios…
21 Dará a luz un hijo, a quien le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Ahora el mensajero habla más claramente. María dará a luz un hijo, y José le debe poner el nombre de Jesús. Era un privilegio de la dignidad paterna otorgar el nombre al hijo. Esto en cierto modo es un acto creador, porque para los antiguos el nombre designa la manera de ser y la vocación. Sin embargo en el caso de José se limita el derecho: No solamente no tiene ninguna parte en la procreación del hijo, sino que tampoco tiene derecho a determinar el nombre. éste le es dado de arriba, se anuncia de antemano: un nombre, que ya fue usado con frecuencia en la historia del pueblo, pero que nunca proclamó la razón de ser con tanta precisión como aquí.
¿Qué significa el nombre de Jesús? Traducido del hebreo, significa: Dios es la salvación, Dios ayuda y libera, Dios es salvador. Así se llamó Josué, quien como sucesor de Moisés condujo al pueblo por el Jordán a la vida sedentaria y a la paz del país. Este nombre lo tuvo un sumo sacerdote, que después del regreso de la cautividad de Babilonia participó como dirigente en la restauración del culto y en el servicio del templo (Esd 2-5). Así también se llamaba un maestro de la sabiduría, que pudo alabar el camino de la justicia y de la vida con sentencias bien redactadas, Jesús, el hijo de Eleazar y nieto de Sirac, autor del libro de Jesús Sirac o Eclesiástico (Eco_50:29). Todos ellos fueron, de diferentes maneras, medianeros de la salvación de Dios. Pero Jesús traerá esta bendición con mayor amplitud que ninguno de los que le precedieron. Así lo indica la interpretación de su nombre, que añade san Mateo: «él salvará a su pueblo de sus pecados». No se trata simplemente de la salvación de un país fértil, de una oblación de sacrificios agradable a Dios o de un conocimiento adecuado, sino la liberación de una esclavitud más grave de la que representan el desierto, el culto idolátrico y una doctrina errónea: la esclavitud del pecado.
Con la palabra «pecado» se dice todo aquello, de lo que debe ser liberado el hombre y la humanidad. Esta palabra designa la oposición más viva a Dios y a su salvación. La expresión un poco ambigua: su pueblo, indica a quién liberará Jesús de esta servidumbre. El judío solamente conoce a un pueblo, que tiene legítimamente este nombre en el sentido más profundo, es decir, Israel, el pueblo de la elección. El judío diría: «nuestro pueblo» o en labios del ángel: «vuestro pueblo», el pueblo mediante el cual el israelita es lo que es. O se podría esperar que se dijera: el pueblo de Dios. Pero aquí se lee «su pueblo». Desde el primer momento a este niño se le promete un pueblo propio, y queda por completo en suspenso si este pueblo se identifica con el Israel contemporáneo. También podría ser un nuevo pueblo para el cual ya no tengan vigencia las fronteras de aquel tiempo y que crezca más allá de las fronteras de Israel, un nuevo pueblo de Dios, perteneciente a Jesús de una forma especial, y cuyo nombre ostente…
22 Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que había dicho el Señor por el profeta. 23 He aquí que la virgen concebirá en su seno y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emmanuel, que significa «Dios con nosotros».
Lo que el ángel ha anunciado hasta ahora es significativo y asombroso. En parte dice claramente lo que sucederá, en parte indica grandes conexiones que conocen o adivinan los que están bien informados como José. Mateo concluye las palabras del ángel indicando el cumplimiento de una profecía. Finalmente ahora se hace patente que no se trata de un acontecimiento de un día; al contrario: como en una lente se concentran los rayos de luz, así también en la llegada de este niño es como si se reuniesen los hilos de una obra tejida por Dios. El hecho es significativo para el tiempo presente, en el que tiene lugar el milagro del Espíritu Santo; para el tiempo futuro, en que este niño debe llevar a cabo la liberación de su pueblo; y para el tiempo pasado, que aparece con una nueva luz. En una situación apurada el profeta Isaías había anunciado al rey Acaz una señal divina que le debía notificar la desgracia. Ahora estas palabras del profeta se convierten en mensaje de alegría: «He aquí que la virgen concebirá…»
Las misteriosas circunstancias que habían perturbado a José, no son tan sensacionalmente nuevas; el profeta ya las había indicado hablando de una «virgen», que dará a luz un hijo. El nacimiento virginal del Mesías, por obra del Espíritu, ya está indicado en el Antiguo Testamento. El creyente conoce la actuación de Dios en los siglos y entiende las promesas a la luz de su cumplimiento. Un segundo dato se da también en el profeta: un nombre que es tan profundo y rico como el nombre de Jesús: Dios con nosotros (Isa_7:10-16). Estaba arraigado en la fe de Israel el conocimiento de que Yahveh siempre está con su pueblo. Esta es la distinción y la gloria de Israel. Como sucedió en el tiempo pasado, así sucederá también en el tiempo futuro, que los profetas anuncian: «No temas, pues yo te redimí, y te llamé por tu nombre: tú eres mío. Cuando pasares por medio de las aguas. estaré yo contigo, y no te anegarán sus corrientes; cuando anduvieres por medio del fuego, no te quemarás, ni la llama tendrá ardor para ti» (1Sa_43:1 s).
Dios siempre estuvo con su pueblo en las guerras de los antepasados, en las asambleas reunidas en los sitios de culto en tiempo de los jueces, luego especialmente en la santa montaña de Sión y en el templo, en las unciones de sus reyes y en la misión confiada a sus profetas, en su fidelidad y en el otorgamiento de su salvación, también en la dispersión entre las naciones, en el cautiverio. Sin embargo, se mantenía viva la esperanza de que Dios estaría con su pueblo en el tiempo futuro. Era un hecho y al mismo tiempo una promesa, se podía experimentar felizmente la presencia de Dios, y con todo tenía que esperarse. Es evidente que debía ser un modo enteramente nuevo de la presencia, que ya se estaba acercando. Ahora parece que esta nueva presencia está a punto de realizarse. El niño que ha de nacer tiene el nombre que implica esta esperanza: «Dios con nosotros». Esta proximidad de Dios no debe realizarse en una reunión especial, en un lugar, en una casa, sino en una persona humana, a cuya manera de ser pertenece que Dios esté con nosotros. En él y por medio de él Dios está presente y cercano, más próximo y activo que hasta ahora…
24 José, cuando se despertó, hizo como le había ordenado el ángel del Señor y se llevó su esposa a casa. 25 Y hasta el momento en que ella dio a luz un hijo él no la había tocado, y él puso al niño el nombre de Jesús.
José, con sencillez y naturalidad, hace lo que se le había encargado. Con profundo y medroso respeto no se acerca a María, que exteriormente pasa por ser su esposa. Ella da a luz al niño, y José le designa con el nombre de Jesús. De este modo, el niño es su hijo según la ley, que es incorporado a la línea de los padres, que va desde David hasta José. No solamente conocemos el nombre que debe tener el niño, y que se unió con el título de Mesías, formando el nombre doble: Jesucristo, esto es, Jesús el Mesías. Sabemos que el nombre se complementa con un segundo nombre que Jesús no usó: «Dios con nosotros». La última frase del Evangelio echa una mirada retrospectiva al principio del mismo: la proximidad de Dios en Cristo está plenamente garantizada, y nunca más quedará en lejanía, hasta el fin del tiempo: «Y mirad: yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (/Mt/28/20). Dios está cerca de nosotros en Jesucristo, siempre está presente, nunca más estaremos solos ni perdidos, lanzados a una existencia sin sentido…
(Trilling, W., El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)
San Juan Pablo II
El matrimonio de José con María
2. «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21).
En estas palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José, el momento de su existencia al que se refieren particularmente los Padres de la Iglesia.
El Evangelista Mateo explica el significado de este momento, delineando también como José lo ha vivido. Sin embargo, para comprender plenamente el contenido y el contexto, es importante tener presente el texto paralelo del Evangelio de Lucas. En efecto, en relación con el versículo que dice: «La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18), el origen de la gestación de María «por obra del Espíritu Santo» encuentra una descripción más amplia y explícita en el versículo que se lee en Lucas sobre la anunciación del nacimiento de Jesús: «Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1, 26-27). Las palabras del ángel: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28), provocaron una turbación interior en María y, a la vez, le llevaron a la reflexión. Entonces el mensajero tranquiliza a la Virgen y, al mismo tiempo, le revela el designio especial de Dios referente a ella misma: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Lc 1, 30-32).
El evangelista había afirmado poco antes que, en el momento de la anunciación, María estaba «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David». La naturaleza de este «desposorio» es explicada indirectamente, cuando María, después de haber escuchado lo que el mensajero había dicho sobre el nacimiento del hijo, pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1, 34). Entonces le llega esta respuesta: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). María, si bien ya estaba «desposada» con José, permanecerá virgen, porque el niño, concebido en su seno desde la anunciación, había sido concebido por obra del Espíritu Santo.
En este punto el texto de Lucas coincide con el de Mateo 1, 18 y sirve para explicar lo que en él se lee. Si María, después del desposorio con José, se halló «encinta por obra del Espíritu Santo», este hecho corresponde a todo el contenido de la anunciación y, de modo particular, a las últimas palabras pronunciadas por María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Respondiendo al claro designio de Dios, María con el paso de los días y de las semanas se manifiesta ante la gente y ante José «encinta», como aquella que debe dar a luz y lleva consigo el misterio de la maternidad.
3. A la vista de esto «su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto» (Mt 1, 19), pues no sabía cómo comportarse ante la «sorprendente» maternidad de María. Ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta, pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella situación tan difícil para él. Por tanto, cuando «reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados”» (Mt 1, 20-21).
Existe una profunda analogía entre la «anunciación» del texto de Mateo y la del texto de Lucas. El mensajero divino introduce a José en el misterio de la maternidad de María. La que según la ley es su «esposa», permaneciendo virgen, se ha convertido en madre por obra del Espíritu Santo. Y cuando el Hijo, llevado en el seno por María, venga al mundo, recibirá el nombre de Jesús. Era éste un nombre conocido entre los israelitas y, a veces, se ponía a los hijos. En este caso, sin embargo, se trata del Hijo que, según la promesa divina, cumplirá plenamente el significado de este nombre: Jesús-Yehošua’, que significa, Dios salva.
El mensajero se dirige a José como al «esposo de María», aquel que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese nombre al Hijo que nacerá de la Virgen de Nazaret, desposada con él. El mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de un padre terreno respecto al Hijo de María.
«Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1, 24). El la tomó en todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de tal modo una disponibilidad de voluntad, semejante a la de María, en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero.
El depositario del misterio de Dios
4. Cuando María, poco después de la anunciación, se dirigió a la casa de Zacarías para visitar a su pariente Isabel, mientras la saludaba oyó las palabras pronunciadas por Isabel «llena de Espíritu Santo» (Lc 1, 41). Además de las palabras relacionadas con el saludo del ángel en la anunciación, Isabel dijo: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 45). Estas palabras han sido el pensamiento-guía de la encíclica Redemptoris Mater, con la cual he pretendido profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano II que afirma: «La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» [5] y «precedió»[6] a todos los que, mediante la fe, siguen a Cristo.
Ahora, al comienzo de esta peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor: «Feliz la que ha creído», en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad, José no respondió al «anuncio» del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa. Lo que él hizo es genuina “obediencia de la fe” (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2 Cor 10, 5-6).
Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El Concilio dice al respecto: «Cuando Dios revela hay que prestarle “la obediencia de la fe”, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por él». [7] La frase anteriormente citada, que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de Nazaret.
5. El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio «escondido desde siglos en Dios» (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama «la plenitud de los tiempos», cuando «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» para «rescatar a los que se hallaban bajo la ley», «para que recibieran la filiación adoptiva» (cf. Gál 4, 4-5). «Dispuso Dios —afirma el Concilio— en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe 1, 4)». [8]
De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María —y también en relación con María— él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la «peregrinación de la fe», a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular. [9]
6. La vía propia de José, su peregrinación de la fe, se concluirá antes, es decir, antes de que María se detenga ante la Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez vuelto Cristo al Padre, se encuentre en el Cenáculo de Pentecostés el día de la manifestación de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder del Espíritu de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José sigue la misma dirección, queda totalmente determinada por el mismo misterio del que él junto con María se había convertido en el primer depositario. La encarnación y la redención constituyen una unidad orgánica e indisoluble, donde el «plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí».[10] Precisamente por esta unidad el Papa Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san José, estableció que en el Canon romano de la Misa, memorial perpetuo de la redención, se incluyera su nombre junto al de María, y antes del de los Apóstoles, de los Sumos Pontífices y de los Mártires. [11]
(San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Redemptoris Custos, nº 2 – 6)
San Juan Pablo II
Amadísimos hermanos y hermanas: 1. Celebramos hoy el cuarto domingo de Adviento, mientras se intensifican los preparativos para la fiesta de Navidad. La palabra de Dios, en la liturgia, nos ayuda a centrar nuestra atención en el significado de este acontecimiento salvífico fundamental que es, al mismo tiempo, histórico y sobrenatural.
“Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros” (Is 7, 14). Esta profecía de Isaías reviste una importancia capital en la economía de la salvación. Asegura que “Dios mismo” dará un descendiente al rey David como “signo” de su fidelidad. Esta promesa se cumplió con el nacimiento de Jesús de la Virgen María.
2. Por tanto, para captar el significado y el don de gracia de la Navidad, ya inminente, debemos aprender en la escuela de la Virgen y de su esposo san José, a quienes en el belén contemplaremos en adoración extasiada del Mesías recién nacido.
En la página evangélica de hoy san Mateo pone de relieve el papel de san José, al que califica como hombre “justo” (Mt 1, 19), subrayando así que estaba totalmente dispuesto a cumplir la voluntad de Dios. Precisamente por esta justicia interior, que en definitiva coincide con el amor, José no quiere denunciar a María, aunque se ha dado cuenta de su embarazo incipiente. Piensa “repudiarla en secreto” (Mt 1, 19), pero el ángel del Señor lo invita a no tener reparo y a llevarla consigo.
Resalta aquí otro aspecto esencial de la personalidad de san José: es hombre abierto a la escucha de Dios en la oración. Por el ángel sabe que “la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1, 20), según la antigua profecía: “Mirad: la virgen concebirá…”, y está dispuesto a aceptar los designios de Dios, que superan los límites humanos.
3. En síntesis, se puede definir a José un auténtico hombre de fe, como su esposa María. La fe conjuga justicia y oración, y esta es la actitud más adecuada para encontrar al Emmanuel, al “Dios con nosotros”. En efecto, creer significa vivir en la historia abiertos a la iniciativa de Dios, a la fuerza creadora de su Palabra, que en Cristo se hizo carne, uniéndose para siempre a nuestra humanidad. Que la Virgen María y san José nos ayuden a celebrar así, de modo fructuoso, el nacimiento del Redentor.
Ángelus del Domingo 23 de diciembre de 2001
Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
En este cuarto domingo de Adviento el evangelio de san Mateo narra cómo sucedió el nacimiento de Jesús situándose desde el punto de vista de san José. Él era el prometido de María, la cual «antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18). El Hijo de Dios, realizando una antigua profecía (cf. Is 7, 14), se hace hombre en el seno de una virgen, y ese misterio manifiesta a la vez el amor, la sabiduría y el poder de Dios a favor de la humanidad herida por el pecado. San José se presenta como hombre «justo» (Mt 1, 19), fiel a la ley de Dios, disponible a cumplir su voluntad.
Por eso entra en el misterio de la Encarnación después de que un ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le anuncia: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21). Abandonando el pensamiento de repudiar en secreto a María, la toma consigo, porque ahora sus ojos ven en ella la obra de Dios.
San Ambrosio comenta que «en José se dio la amabilidad y la figura del justo, para hacer más digna su calidad de testigo» (Exp. Ev. sec. Lucam II, 5: ccl 14, 32-33). Él —prosigue san Ambrosio— «no habría podido contaminar el templo del Espíritu Santo, la Madre del Señor, el seno fecundado por el misterio» (ib., II, 6: CCL 14, 33). A pesar de haber experimentado turbación, José actúa «como le había ordenado el ángel del Señor», seguro de hacer lo que debía. También poniendo el nombre de «Jesús» a ese Niño que rige todo el universo, él se inserta en el grupo de los servidores humildes y fieles, parecido a los ángeles y a los profetas, parecido a los mártires y a los apóstoles, como cantan antiguos himnos orientales. San José anuncia los prodigios del Señor, dando testimonio de la virginidad de María, de la acción gratuita de Dios, y custodiando la vida terrena del Mesías.
Veneremos, por tanto, al padre legal de Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 532), porque en él se perfila el hombre nuevo, que mira con fe y valentía al futuro, no sigue su propio proyecto, sino que se confía totalmente a la infinita misericordia de Aquel que realiza las profecías y abre el tiempo de la salvación.
Queridos amigos, a san José, patrono universal de la Iglesia, deseo confiar a todos los pastores, exhortándolos a ofrecer «a los fieles cristianos y al mundo entero la humilde y cotidiana propuesta de las palabras y de los gestos de Cristo» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal). Que nuestra vida se adhiera cada vez más a la Persona de Jesús, precisamente porque «el que es la Palabra asume él mismo un cuerpo; viene de Dios como hombre y atrae a sí toda la existencia humana, la lleva al interior de la palabra de Dios» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 387). Invoquemos con confianza a la Virgen María, la llena de gracia «adornada de Dios», para que, en la Navidad ya inminente, nuestros ojos se abran y vean a Jesús, y el corazón se alegre en este admirable encuentro de amor.
Ángelus del Papa Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro el domingo 19 de diciembre de 2010
P. Gustavo Pascual, IVE
TIEMPO PARA HABLAR Y TIEMPO PARA CALLAR
Mt 1, 18-24
José y María, en el momento narrado por el evangelista, estaban desposados. Ya se habían comprometido uno con el otro. Pasado más o menos un año se celebraría el matrimonio y él la llevaría a su casa para convivir juntos. La mujer que en el desposorio se unía a otro hombre que no fuera su desposado era considerada adúltera y la pena al adulterio era la muerte por pedradas.
José encuentra a su esposa embarazada antes de vivir juntos y ante esta situación tenía dos opciones: el denunciarla para ser apedreada o el repudiarla en secreto. Él decide lo segundo. Dice el evangelio que era un hombre justo. Pero el sentido bíblico de justo es santo. Porque con justicia podría haberla denunciado.
Y a la justicia de José podríamos agregar la santidad de María que era notable a todo su pueblo. José conocía la santidad y pureza de María y esto lo lleva a dejarla en silencio. Sin embargo, su embarazo era notable. ¿Cómo solucionar este enigma? Si era culpable, él la perdonaba, pero no podía ser culpable.
María cuando se encontró con su esposo en ese estado no le dijo nada. Guardó su secreto como lo guardó ante Isabel, sólo que esta lo conoció por inspiración divina. El Señor le pedía este sacrificio y este dolor al ver sufrir al hombre que amaba. Guardaba el secreto del ángel y su concepción virginal y divina. No dijo nada. No reveló el secreto a pesar que corría peligro su vida. Su fe la hacía esperar en Dios. Él solucionaría el problema a su tiempo. Ella se abandonaba reafirmando su “hágase” de la encarnación.
¡Qué ejemplo extraordinario el de María para nosotros tan dados a excusarnos y salvar nuestra reputación! No podemos sufrir nada en silencio sino que nos excusamos para no pasar un mal rato o para no perder nuestra imagen incluso cuando somos culpables.
María es la mujer prudente que sabe callar a su tiempo y a su tiempo hablar. Esto sólo puede ser fruto de alguien que viva en una gran unión con Dios, en contemplación.
María que no se excusa y José que piensa bien incluso ante la aparente evidencia de un pecado de su esposa.
Es un gran ejemplo el de José: siempre juzgar bien al prójimo aunque las apariencias nos motiven a juzgar mal. Dice Santo Tomás que el que juzga bien no peca, aunque se equivoque, pero el que juzga mal, si se equivoca, peca.
Ambos tuvieron una gran confianza en Dios. Esperaron en Dios y Dios a su debido tiempo, después de haber probado a ambos para perfeccionarlos, soluciona el problema, al menos, ante José.
Un ángel revela a José el misterio de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo y es motivado para recibir sin miedo a su esposa.
Podemos imaginar la felicidad y la paz que José recibiría de este anuncio y sin demora iría a ver a María para contarle lo sucedido y ella también se llenaría de alegría al ver a José enterado de su desposorio con el Espíritu Santo. Que alegría para ambos. Él, alegre por la integridad de su esposa y sin celos por su esposo divino. Lo que habían decidido ambos, de permanecer en virginidad, Dios lo concretaba de una manera milagrosa y sorprendente.
El ángel también le revela a José el nombre del niño que va a nacer y su misión: Jesús, el salvador de los hombres.
Dice Mateo que este es el cumplimiento de una profecía de Isaías revelada por Dios al profeta ochocientos años antes: la profecía de la virgen. Textualmente dice Isaías: “He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”. Una virgen concebirá y dará a luz un hijo permaneciendo virgen. Esta profecía de la virgen se cumple en María. Ella ha concebido del Espíritu Santo y dará a luz pronto a su Hijo en Belén y permanecerá virgen. Mateo agrega el significado del nombre del hijo de la virgen: Emmanuel que significa “Dios con nosotros”. María concibió y dio a luz al mismo Dios, al Hijo encarnado.
San Juan Crisóstomo
La Obediencia de José
1. (…)
2. ¿Qué texto, pues, nos proponemos comentar hoy? Todo esto, empero, sucedió por que se cumpliera lo que el Señor había dicho por boca del profeta… Aquí, cuanto le fue posible, dio el ángel un fuerte grito, digno del milagro que nos contaba: ¡Todo esto sucedió! Vió el piélago y abismo del amor de Dios, realizado lo que jamás se esperaba; suspendidas las leyes de la naturaleza y hecha la reconciliación; vió cómo el que estaba más alto de todos descendió al que estaba más bajo de todos, cómo se había derribado la pared medianera, cómo se habían eliminado los obstáculos, cómo se habían cumplido muchas más maravillas, y, cifrando en una sola palabra el milagro, dijo: Todo esto sucedió por que se cumpliera lo que el Señor había dicho por boca del profeta. No pienses—nos dice el ángel—que se trata de decretos de ahora. Todo estaba de antiguo prefigurado. Es lo que Pablo procuraba mostrar en todas partes.
Por lo demás, el ángel remite a José al profeta Isaías para que, al despertarse, no se olvidara de lo que le había dicho, como de cosa reciente; mas como de los pasajes proféticos se había él nutrido y los recordaba constantemente, por ellos retendría también sus palabras. Nada de esto le dijo a la Virgen, que era una niña y no tenía familiaridad con los textos sagrados; mas con el hombre que era justo y meditaba a los profetas, el ángel puede partir de aquí para su conversación. Y notemos que, antes de citar a Isaías, le habla de tu mujer; pero, una vez que ha alegado al profeta, ya no teme el ángel pronunciar ante José el nombre de virgen. Sin duda, de no haberlo antes oído de Isaías, no hubiera José escuchado tan sin turbación este nombre. Nada nuevo, en efecto, algo más bien familiar y durante mucho tiempo meditado, iba a oír de boca del profeta. El ángel, pues, alega a Isaías porque quería dar con su testimonio más crédito a su mensaje. Sin embargo, no se quedó en Isaías, sino que refiere a Dios su palabra. Por eso no dijo: “Porque se cumpliera lo que había dicho Isaías”, sino: Porque se cumpliera lo que había dicho el Señor. La boca era de Isaías, pero el oráculo venía de lo alto.
CUESTIONES SOBRE LA PROFECÍA DE ISAÍAS: A) POR QUÉ NO SE LLAMAA CRISTO “EMMANUEL”
¿Qué dice, pues, este oráculo? Mirad que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le llamarán de nombre Emmanuel, ¿Cómo, pues, no se llamó su nombre Emmanuel, sino Jesucristo? Porque no dijo “le llamarás”, sino le llamarán, es decir, así le llamarán las gentes y así lo confirmarán los hechos. En realidad, aquí se pone nombre a un acontecimiento, y tal es el uso de la Escritura, que pone por nombre los acontecimientos. Consiguientemente, le llamarán Emmanuel, no significa otra cosa sino que verán a Dios entre los hombres. Porque, si es cierto que Dios estuvo siempre entre los hombres, pero nunca tan claramente.
Mas, si los judíos siguieran porfiando, les preguntaremos: ¿Cuándo se le llamó a un niño: “Pronto despoja, saquea, aprisa saquea”? Tendrán que contestar que nunca. Entonces, ¿cómo es que dijo el profeta: Llámale de nombre “Pronto despoja”? Porque, nacido aquel hijo del profeta, hubo presa y reparto de botín. Lo que fue un hecho al nacer el niño, se pone por nombre suyo.
En otro pasaje dice el mismo Isaías: La ciudad se llamará ciudad de la justicia; Sión, metrópoli de la fidelidad. Sin embargo, en ninguna parte hallamos que a Jerusalén se la llame “Ciudad de la justicia”, sino que siguió llamándose Jerusalén; pero como así había efectivamente sucedido, transformada ella en mejor, dijo el profeta que se la llamaría así. Y es que, cuando se da un hecho, que da a conocer al que lo realiza o al que de él se aprovecha, mejor que su nombre mismo, la Escritura dice que su nombre es la verdad misma de la cosa.
EL PROFETA NO HABLA DE’MUJER JOVEN”, SINO DE “VIRGEN” PROPIAMENTE DICHA
Cerrada en este punto la boca a los judíos, buscarán otra dificultad—lo que se dice de la virginidad—, y, alegándonos a otros traductores, nos objetarán que el texto primitivo no dice “virgen”, sino “mujer joven”. A esto responderemos, ante todo, que con toda justicia deben ser tenidos los Setenta por los más fidedignos de todos los traductores de los Libros santos.
En efecto, los otros tradujeron después del advenimiento de Cristo, permaneciendo en el judaísmo, y hay razón para sospechar en ellos que se dejaran llevar de su enemiga contra la fe cristiana y que oscurecieran adrede las profecías; los Setenta, empero, que realizaron su obra cien o más años antes de Cristo y que fueron tantos en número, están libres de toda sospecha, y por el tiempo, por su muchedumbre y por su unanimidad es justo se les dé más crédito que a cualesquiera otros intérpretes.
3. Más, aun en el caso de que aleguen la autoridad de los modernos, la victoria será siempre nuestra. En efecto, también el nombre de “juventud” suele la Sagrada Escritura aplicarlo a la virginidad, no sólo tratándose de hembras, sino también de varones. Así, dice el salmista: Jóvenes y vírgenes, viejos juntamente con los mozos. Y, hablando en otro paso sobre una joven a cuyo honor se atentaba, dice la Escritura: Si la joven levantare la voz…. La joven, es decir, la virgen, como lo prueba todo el contexto anterior. Además, el profeta no dijo simplemente: Mirad que la virgen concebirá, sino que antes había dicho: Mirad que el Señor mismo os dará un signo, y luego añadió: Mirad que la virgen concebirá. A la verdad, si la que, iba la concebir no era virgen, sino que había de ser madre por ley común de la naturaleza, ¿qué signo había en eso? Un signo tiene que pasar la medida de lo corriente, tiene que ser peregrino y sorprendente. En otro caso, ¿cómo puede ser signo?
CONDUCTA ADMIRABLE DE JOSÉ
Levantado José del sueño, hizo como le había mandado el ángel del Señor. ¡Mirad qué obediencia, mirad qué docilidad de espíritu! He aquí un alma vigilante e íntegra en todo. Cuando era presa de una sospecha desagradable y extraña, no se hacía a la idea de retener consigo a la Virgen; ahora que está libre de aquella sospecha, no piensa un momento en echarla de su casa. Sí, la retuvo, y entró así en el servicio de toda la economía de la encarnación: Y tomó—dice—consigo a María su mujer. Notad cómo el evangelista emplea constantemente el nombre de mujer; lo uno porque no quería que por entonces se descubriera el misterio, lo otro para alejar de la Virgen aquella sospecha de que hablamos.
MARÍA FUE PERPETUAMENTE VIRGEN
Sabiéndola, pues, tomado consigo, no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito. “Hasta” lo puso aquí el evangelista no porque haya de sospecharse que la conoció posteriormente, sino porque se entienda bien que la Virgen permaneció absolutamente intacta antes del parto. — ¿Por qué, pues —me diréis—, usó de la partícula “hasta”? —Porque ése es muchas veces el uso de la Escritura, que no emplea esa palabra para indicar un tiempo determinado. Así, por ejemplo, hablando del arca, dice: No volvió el cuervo hasta que se secó la tierra, cuando sabemos que tampoco volvió después de secarse. Y hablando de Dios: Desde el siglo hasta el siglo eres tú, sin que aquí se señale un término. Lo mismo en otro paso en que da una buena noticia y dice: Se levantará en sus días la justicia y muchedumbre de paz hasta que desaparezca la luna. Lo que no quiere decir, que ponga término a este bello astro. Así también aquí, “hasta” asegura lo que hubo antes del parto; lo de después lo deja el evangelista a vuestra consideración. Lo que teníamos que saber del evangelista, eso fue lo que él nos dijo, a saber: que la Virgen permaneció intacta hasta el momento del parto; lo otro, que era natural consecuencia de lo ya dicho y quedaba con ello confesado, os lo deja que lo comprendáis por vosotros mismos. ¿Cómo no comprender que José, que era hombre justo, no había de atreverse a conocer después a la que por tan maravillosa manera había sido madre, a la que tan nuevo parto, tan peregrino alumbramiento, había merecido? Y si la conoció y la tuvo por mujer ordinaria suya, ¿cómo es que Cristo la encomendó a su discípulo como mujer indefensa y sin marido y le mandó que la recibiera en su casa?
San juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 5, 1-2, BAC Madrid 1955, 86-94
Guión Domingo IV de Adviento (A)
Entrada:
He aquí que viene Dios, nuestro Salvador. Pronto se manifestará al mundo el Verbo de Dios hecho carne. Dispongamos nuestro corazón para recibirlo en esta celebración eucarística.
Liturgia de la Palabra
Primera lectura: Isaías 7, 10- 14
Dios quiere, por medio del profeta, dar un signo por el cual el hombre crea en la omnipotencia divina y adore sus eternos designios.
Salmo Responsorial: 23, 1- 6
Segunda lectura: Romanos 1, 1- 7
Jesucristo es el Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, el Ungido prometido por el Padre.
Evangelio: Mateo 1, 18- 24
El Salvador es Hijo de María quien, estando comprometida con José, quedó encinta por obra del Espíritu Santo.
Preces:
Hermanos, oremos por nuestras necesidades al Padre, que en Jesucristo cumplió las amorosas y fieles promesas hechas a David.
A cada intención respondemos cantando:
- Por la Iglesia, para que por la predicación de la Palabra y por el espíritu de conversión se mantenga irreprochable hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo. Oremos.
- Por los ministros de la Iglesia; para que con su ejemplo y su palabra conduzcan a la obediencia a todos los alejados e indiferentes. Oremos.
- Por todas las naciones, para que reciban la alianza de paz que les trae el Emanuel. Oremos.
- Por quienes están tristes y solos; para que la Navidad sea una ocasión de encuentro verdadero con Jesucristo y con los hermanos en la fe y en la caridad auténtica. Oremos.
Recibe, Padre misericordioso, las súplicas de tu pueblo que espera la venida de tu hijo, el Salvador del mundo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Liturgia Eucarística
Ofertorio:
Dios nuestro, nosotros nos ofrecemos con todo lo que tenemos y nos ponemos a tu servicio:
*Ofrecemos pan y vino, dones para el sacrificio eucarístico, al cual nos unimos para vivir en Cristo.
Comunión:
“Exulte el cielo, goce la tierra, romped a cantar montañas, porque el Señor se compadecerá de los desamparados.”
Salida:
Cristo, el Sol naciente, descendió al seno de la Virgen para librarnos de toda esclavitud. Cantemos a la Madre del Dios hecho hombre y asociémonos a su dichosa esperanza.
(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)
La vocación de María, nuestra vocación
Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gálatas 4, 4). Y esta mujer, elegida y predestinada desde toda la eternidad para ser la Madre del Salvador, había consagrado a Dios su virginidad, renunciando al honor de contar entre su descendencia directa al Mesías. María aparece como la Madre virginal del Mesías, que dará todo su amor a Jesús, con un corazón indiviso, como prototipo de la entrega que el Señor pedirá a muchos.
En función de su Maternidad, fue rodeada de todas las gracias y privilegios que la hicieron digna morada del Altísimo. Dios escogió a su Madre y puso en Ella todo su Amor y su Poder. No permitió que la rozara el pecado: ni el original, ni el personal. Fue concebida Inmaculada, sin mancha alguna. Su dignidad es casi infinita. Como en toda persona, la vocación fue el momento central de su vida: Ella nació para ser Madre de Dios, escogida por la Trinidad Beatísima desde la eternidad. No olvidemos que también es Madre nuestra.
La vocación es también en cada uno de nosotros el punto central de nuestra vida. El eje sobre el que se organiza todo lo demás. Todo o casi todo depende de conocer, cumplir aquello que Dios nos pide. Pero a pesar de que la vocación es la llave que abre las puertas de la felicidad verdadera, hay quienes no quieren conocerla; prefieren hacer su voluntad en vez de la Voluntad de Dios, sin buscar el camino por el que alcanzarán con seguridad el Cielo y harán felices a otros muchos. El Señor hace llamamientos particulares; también hoy.
Nos necesita, porque la mies es mucha y los operarios pocos (Mateo 9, 37). Hay mieses que se pierden porque no hay quien los recoja. Hágase en mí según tu palabra, dice la Virgen. Y la contemplamos radiante de alegría. Hoy podemos preguntarnos: ¿Quiere el Señor algo más de mí?





