PRIMERA LECTURA
“Yo soy” me envió a ustedes
Lectura del libro del Éxodo 3, 1-8a. 10. 13-15
Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza.
Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: “Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?”
Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!”. “Aquí estoy”, respondió él. Entonces Dios le dijo: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa”. Luego siguió diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”.
Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios.
El Señor dijo: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. Ahora ve, Yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas”.
Moisés dijo a Dios: “Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?”
Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”. Luego añadió: “Tú hablarás así a los israelitas: “Yo soy” me envió a ustedes”. Y continuó diciendo a Moisés: “Tu hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre, y así será invocado en todos los tiempos futuros”.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial 102, 1-4. 6-8. 11
R. El Señor es bondadoso y compasivo.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas
y sana todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.
El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
El mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel. R.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen. R.
SEGUNDA LECTURA
La vida del pueblo con Moisés en el desierto
fue escrita para que nos sirviera de lección
Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 1-6. 10-12
Hermanos:
No deben ignorar que todos nuestros padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a Moisés. También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida espiritual. En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo. A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.
Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres.
No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador.
Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Si no se convierten, todos acabarán de la misma manera
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 1-9
En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió:
“¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.
Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?”
Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás””.
Palabra del Señor.
Alois Stöger
Los acontecimientos invitan a la conversión
(Lc/13/01-09)
1 En aquel tiempo se presentaron unos para anunciarle lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ellos ofrecían. 2 él les respondió: ¿Pensáis que esos galileos, por haber sufrido semejante suerte, eran mas pecadores que todos los demás galileos? 3 Nada de eso -os lo digo yo-; pero, si no os convertís, todos pereceréis igualmente.
Mientras hablaba Jesús del significado de la hora presente como de un tiempo de decisión fijado por Dios, se presentaron algunos, probablemente galileos, que le refirieron cómo el procurador romano, Pilato, había mandado degollar a algunos galileos en el atrio del templo mientras ofrecían sacrificios. Acerca de este hecho no tenemos información fuera del relato evangélico. Sin embargo, no parece imposible en la historia de la administración de Pilato. Los galileos propendían a la lucha, sobre todo si estaban afiliados al partido de los celotas, que querían imponer con la fuerza un cambio político. Pilato era duro y cruel. La acción era tanto más horrorosa, por cuanto la sangre de los sacrificantes se había «mezclado» con la sangre de los sacrificios. La cruel ejecución de los galileos tuvo lugar en una fiesta de pascua; en efecto, debido al gran número de víctimas, los hombres mismos inmolaban los corderos, cuya sangre derramaban los sacerdotes sobre el altar. Las gentes estaban horrorizadas al ver derramada sangre humana, profanados los sacrificios, y a los romanos atentando incluso contra lo que estaba consagrado a Dios.
Las gentes refirieron a Jesús lo sucedido, seguramente porque pensaban que también él quedaría impresionado y hasta quizá podría intervenir. Se preguntaban por qué Dios había dejado matar a aquellos galileos mientras sacrificaban y creían que la explicación estaba en que eran pecadores y habían recibido el castigo que merecían sus pecados. Los judíos decían: No hay castigo sin culpa; las grandes catástrofes presuponen graves pecados. Jesús enfoca el acontecimiento referido a la luz de su predicación acerca del sentido del tiempo presente. Aquí no niega la conexión entre pecado y castigo. Lo que no es correcto es concluir de este hecho que aquellos galileos castigados hubieran sido más pecadores que los demás galileos. Todos son pecadores, todos son reos del castigo de Dios. Por eso todos tienen necesidad de convertirse y de hacer penitencia si quieren librarse de la condenación que les amenaza.
4 Y de aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? 5 Nada de eso -os lo digo yo-; pero, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Tampoco de esta desgracia tenemos noticias extraevangélicas. La muralla sur de Jerusalén corría hacia el este hasta la fuente de Siloé. Probablemente había allí un torreón de la muralla. Podemos conjeturar que este torreón se había derrumbado durante las obras de conducción de aguas ejecutadas por Pilato. Todavía se recordaba la catástrofe. En este suceso se trata de una desgracia que no se debió directamente a intervención humana. En tal caso era todavía más obvio pensar que se trataba de un castigo de Dios. Jesús no niega el carácter de castigo del accidente. Sin embargo, lo sucedido es un aviso y un llamamiento a la conversión. Los dieciocho habitantes de Jerusalén que habían sido víctimas de la catástrofe no eran más culpables que los demás habitantes de la ciudad.
Los acontecimientos de la época no son interpretados por Jesús políticamente, sino sólo en sentido religioso. Dado que Jesús está penetrado de la idea de que se ha iniciado el tiempo final, enjuicia el tiempo con normas propias de los tiempos finales. Lo que sucede en el tiempo es evocación del tiempo final, las catástrofes políticas y cósmicas son señales de la catástrofe del tiempo final. El tiempo final exige decisión, conversión, penitencia. Incluso todas las catástrofes que se producen en el tiempo son una llamada a entrar dentro de nosotros mismos, anuncian la necesidad de volverse a Dios. Es endurecimiento de los hombres el no convertirse a pesar de las pruebas. «El resto de la humanidad, los que no fueron exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos, de modo que no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni andar. Y no se convirtieron de sus asesinatos, ni de sus maleficios, ni de su fornicación, ni de sus robos» (Rev_9:20 s).
6 Entonces les proponía esta parábola: Un hombre tenía plantada una higuera en su viña; fue a buscar fruto en ella, pero no lo encontró. 7 Dijo, pues, el viñador: Ya hace tres años que estoy viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a estar ocupado inútilmente el terreno? 8 Dícele el viñador: Señor, déjala todavía este año; ya cavaré yo en derredor de ella y le echaré estiércol, 9 a ver si da fruto el año que viene; de lo contrario, entonces la cortarás.
En las viñas de Palestina se suelen plantar también árboles frutales. Su cuidado, al igual que el de las cepas, está confiado al viñador que está al servicio del dueño de la viña. Las viñas eran lugar propicio y preferido para las higueras; por eso se explica que el propietario de la viña espere frutos de la higuera. Sin embargo, tres años había esperado en vano. Hay que arrancar el árbol que absorbe inútilmente los humores de la tierra. Sin embargo, el hortelano quiere hacer todavía una última tentativa bondadosa, a su árbol preferido quiere tratarlo con preferencia. Si esta última prueba resulta inútil, entonces se podrá arrancar ese árbol que no da fruto.
También esta parábola está destinada a interpretar el tiempo de Jesús. Es el último plazo de gracia que el Hijo de Dios recaba de su Padre. La elección de la imagen evoca la acción de Dios en la historia de la salvación. Los profetas habían comparado ya a Israel con una viña. «La viña de Yahveh Sebaot es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío escogido» (Isa_5:7). La historia de la salvación ha alcanzado ahora su meta. El tiempo final ha alboreado, el juicio amenaza, se ofrece la última posibilidad de conversión, la acción de Jesús es el último ruego dirigido a Dios para que tenga paciencia, es la última y fatigosa tentativa de salvación. El tiempo de Jesús es la última posibilidad de tomar decisión causada por el amor de Jesús. Su obra es intercesión por Israel y juntamente acción infatigable encaminada a conducir a Israel a la conversión.
Todo lo que tiene lugar en el tiempo de Jesús es iluminado por el hecho salvífico que se ha iniciado con Jesús; todo: los hechos políticos, las catástrofes históricas, la acción de Jesús. El tiempo final ha llegado. Es la oferta hecha por Dios para que se tome decisión, es invitación a la conversión y a la penitencia. Como Juan, también Jesús predica que hay que hacer penitencia, que no hay que dejarlo para más tarde, que hay que dar fruto con el cambio de vida y con las obras. Jesús va más lejos que Juan. Aunque sabe que el juicio se acerca y que va a caer sobre Jerusalén la sentencia de destrucción; sin embargo, interviene en favor de su pueblo, ofrece amor, sacrificio y vida por Israel, a fin de que todavía se salve. Jesús es intercesor en favor de Pedro (22,32) y de Israel (23,34).
(Stöger, Alois, El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)
Benedicto XVI
La conversión
La primera exhortación es a la conversión, una palabra que hay que considerar en su extraordinaria seriedad, dándonos cuenta de la sorprendente novedad que implica. En efecto, la llamada a la conversión revela y denuncia la fácil superficialidad que con frecuencia caracteriza nuestra vida. Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida: pero no con un pequeño ajuste, sino con un verdadero cambio de sentido. Conversión es ir contracorriente, donde la “corriente” es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal, o en cualquier caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, aspiramos a la medida alta de la vida cristiana, nos adherimos al Evangelio vivo y personal, que es Jesucristo. La meta final y el sentido profundo de la conversión es su persona, él es la senda por la que todos están llamados a caminar en la vida, dejándose iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De este modo la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectifica nuestra conducta de vida, sino una elección de fe, que nos implica totalmente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna manera sólo conectadas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el “sí” total de quien entrega su existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que antes se ha ofrecido al hombre como camino, verdad y vida, como el único que lo libera y lo salva. Este es precisamente el sentido de las primeras palabras con las que, según el evangelista san Marcos, Jesús inicia la predicación del “Evangelio de Dios”: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).
El “convertíos y creed en el Evangelio” no está sólo al inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, sigue renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable y de gracia, porque cada día nos impulsa a entregarnos a Jesús, a confiar en él, a permanecer en él, a compartir su estilo de vida, a aprender de él el amor verdadero, a seguirlo en el cumplimiento diario de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, incluso cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, incluso cuando tenemos la tentación de abandonar el camino del seguimiento de Cristo y de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. En el reciente Mensaje para la Cuaresma he querido recordar que “hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “mayor”, que es la del amor (cf. Rm 13, 8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que se pueda esperar” (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de febrero de 2010, p. 11).
(Benedicto XVI, Audiencia General del día miércoles 17 de febrero de 2010)
Alfredo Saénz, SJ
Paciencia de Dios y urgencia de la conversión del hombre
Guiados por la liturgia de la Iglesia, nos vamos aproximando al momento culminante de la obra redentora de Jesucristo, su Pasión y Resurrección, culmen de la lucha entre las tinieblas y la luz, centro de la historia, que a partir del triunfo de Jesucristo verá reencauzado esencialmente su curso. Poco a poco, nos vamos introduciendo en la inteligencia del único hecho que ha verdaderamente modificado todo el orden creado, llamando a la dignidad de hijos adoptivos de Dios a todos aquellos, nosotros, que éramos hijos de ira por naturaleza.
Las dos primeras lecturas que la Iglesia nos propone en este domingo nos introducen en el drama que se pone luego plenamente de manifiesto en la parábola evangélica. El libro del Éxodo nos habla de la Alianza de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento, de las maravillas de su amor, destacando la misericordia con que el Señor se compadeció de su pueblo, al liberarlo de la esclavitud, y al intervenir repetidamente en su historia para colmarlo de sus beneficios. San Pablo nos recuerda dichos beneficios, que son imagen de la única verdadera Redención plena, la que aporta Jesucristo, haciéndonos ver que Él es la verdadera misericordia de Dios, la imagen visible del Dios invisible, la faz de Dios, Padre amoroso y preocupado por la salvación de todos sus hijos. El Apóstol nos advierte también acerca de las consecuencias que acarreó para el pueblo judío en el desierto su dureza de corazón, su desprecio de las gracias divinas, el abuso de la misericordia que Dios le había deparado. Por ello termina amonestando a sus fieles de Corinto: “Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!”.
Como muchas veces lo hizo en el curso de su predicación terrena, el Señor gusta de expresar los misterios más recónditos de su obra redentora mediante signos tomados de la vida cotidiana del pueblo judío. A través de imágenes, aparentemente banales, nos descubre los secretos más profundos del Reino de Dios.
Comienza el Señor por corregir la falsa idea que de la justicia divina se hacían los judíos de su tiempo. Como los amigos de Job, y como muchas veces nos sucede a nosotros mismos, tenían tendencia a pensar que los que reciben grandes pruebas son los más culpables. Jesús rectifica esta presunción de penetrar los juicios divinos mostrando, una vez más, como lo hizo desde el principio de su predicación, que nadie puede creerse exento de pecado, y por consiguiente que a todos es indispensable el arrepentimiento y la actitud de un corazón contrito delante de Dios. No se pueden, pues, identificar las pruebas que se nos presentan a lo largo de la vida como castigos divinos, ni pensar que el éxito en nuestros proyectos materiales sea necesariamente un signo de aprobación divina de todo aquello que obramos.
Muy por el contrario, a lo largo de su predicación el Señor pondrá de manifiesto cómo la persecución, la burla, el rechazo de los hombres, las pruebas de todo tipo, serán un signo distintivo de sus discípulos, de su colaboración con la obra redentora a la que el Señor mismo los llama. Medio de purificación de los propios pecados, participación en la misión salvadora de Cristo.
La parábola que el Señor propone a continuación da una dimensión cósmica a la necesidad de conversión de la que el Señor acaba de hablarles a sus oyentes. Esta higuera a la que el dueño había plantado y cuidado con la esperanza de recabar de ella abundantes frutos es ante todo Israel, el pueblo elegido del Antiguo Testamento, al que Dios había cuidado y colmado de bendiciones en orden a que fuera instrumento de salvación para las naciones. Por tres años el Mesías esperado predicó el mensaje de salvación a su pueblo, pero ellos desoyeron su enseñanza, porque sus corazones eran de piedra, cerrados a la Palabra de Dios para seguir sus tradiciones humanas. Sin embargo Dios, incansablemente fiel y generoso, les concedió todavía un año de misericordia, es decir que les renovó las promesas de bendición por medio de la predicación de la Iglesia, muy especialmente de San Pedro y San Pablo. Sin embargo, ellos volvieron a endurecer su corazón y trataron a los discípulos como habían tratado al Maestro. Pocos entraron en la Iglesia, como pocos habían sido los que entraron en la tierra prometida luego del largo camino en el desierto. Los dones de Dios requieren de la respuesta libre y amorosa del hombre; de otro modo, Dios puede cortar la higuera estéril.
Sin embargo, queridos hermanos, no caigamos nosotros en el error de los oyentes de Jesús, a los que el Señor reprendió por su insensatez. “Todo esto les sucedió simbólicamente” -nos dijo San Pablo en la segunda lectura de hoy-, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final”. De hecho, en la historia misma de la Iglesia, hubo higueras que dieron mucho fruto, pero que luego, como el hijo pródigo, dilapidaron el tesoro que Dios les había donado. Pensemos en aquella Europa cristiana, que recibió la primera semilla de la Fe por boca de los Apóstoles mismos, regada con la sangre de innumerables mártires, protegida por santos pastores, civilizada por multitud de monjes, enriquecida con toda clase de dones. Beneficiaria, ella también, de un amor de gran predilección por parte del Señor. Pero hace ya tiempo que el dueño del campo va a buscar frutos de redención en aquella higuera y no encuentra sino esterilidad. ¿Dónde están las virtudes cristianas que hicieron posible la edificación de las magníficas catedrales, la creación de las escuelas y universidades, la construcción de una sociedad que tenía por ley el Evangelio, los tesoros del arte, las obras maestras, de la literatura cristiana, el gobierno de príncipes santos? Como los oyentes de Jesús, gran parte de los hodiernos habitantes de aquellas regiones desprecian a los que viven en el dolor, en la miseria y el hambre, poniendo como signo de su superioridad la edificación de un paraíso en la tierra. A ellos, también, Jesús les pregunta si se creen menos culpables. “Os aseguro que no —agregaría ahora, como lo hizo entonces—, y si vosotros no os convertís, todos acabaréis de la misma manera”. Quien desprecia los mismos fundamentos espirituales que fueron base de su grandeza, termina por dilapidar el tesoro y caer en la indigencia.
Oremos, hermanos, por aquellos cristianos fieles que en la vieja Europa, madre de nuestra cultura y de nuestra fe, siguen combatiendo el buen combate, y pidamos con ellos al dueño del campo que le dé a aquella bendita tierra “un año más”, y la gracia de que sus corazones se abran a la penitencia que da frutos de vida eterna.
Oremos también por nuestra querida Patria, que parece igualmente querer olvidar sus orígenes cristianos, aquellos que la hicieron grande, para seguir en pos de un utópico nuevo orden mundial donde el Salvador no parece estar presente. Oremos, en fin, por todos nosotros, para que ninguno crea que no puede caer, y así, llenos de humildad, pero también de espíritu magnánimo, nos volvamos instrumentos aptos para que Cristo reine en los individuos y sociedades. Que cuando el dueño del campo nos visite no nos encuentre sin fruto. Amén.
Palabra y Vida Homilías dominicales y Festivas, Ciclo C. Ed. Gladius, Buenos Aires, 1994, pag. 103-106
BENEDICTO XVI
Queridos hermanos y hermanas:
“Convertíos, dice el Señor, porque está cerca el reino de los cielos” hemos proclamado antes del Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, que nos presenta el tema fundamental de este “tiempo fuerte” del año litúrgico: la invitación a la conversión de nuestra vida y a realizar obras de penitencia dignas. Jesús, como hemos escuchado, evoca dos episodios de sucesos: una represión brutal de la policía romana dentro del templo (cf. Lc 13, 1) y la tragedia de dieciocho muertos al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). La gente interpreta estos hechos como un castigo divino por los pecados de sus víctimas, y, considerándose justa, cree estar a salvo de esa clase de incidentes, pensando que no tiene nada que convertir en su vida. Pero Jesús denuncia esta actitud como una ilusión: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (vv. 2-3). E invita a reflexionar sobre esos acontecimientos, para un compromiso mayor en el camino de conversión, porque es precisamente el hecho de cerrarse al Señor, de no recorrer el camino de la conversión de uno mismo, que lleva a la muerte, la del alma. En Cuaresma, Dios nos invita a cada uno de nosotros a dar un cambio de rumbo a nuestra existencia, pensando y viviendo según el Evangelio, corrigiendo algunas cosas en nuestro modo de rezar, de actuar, de trabajar y en las relaciones con los demás. Jesús nos llama a ello no con una severidad sin motivo, sino precisamente porque está preocupado por nuestro bien, por nuestra felicidad, por nuestra salvación. Por nuestra parte, debemos responder con un esfuerzo interior sincero, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos en particular debemos convertirnos.
La conclusión del pasaje evangélico retoma la perspectiva de la misericordia, mostrando la necesidad y la urgencia de volver a Dios, de renovar la vida según Dios. Refiriéndose a un uso de su tiempo, Jesús presenta la parábola de una higuera plantada en una viña; esta higuera resulta estéril, no da frutos (cf. Lc 13, 6-9). El diálogo entre el dueño y el viñador, manifiesta, por una parte, la misericordia de Dios, que tiene paciencia y deja al hombre, a todos nosotros, un tiempo para la conversión; y, por otra, la necesidad de comenzar en seguida el cambio interior y exterior de la vida para no perder las ocasiones que la misericordia de Dios nos da para superar nuestra pereza espiritual y corresponder al amor de Dios con nuestro amor filial.
También san Pablo, en el pasaje que hemos escuchado, nos exhorta a no hacernos ilusiones: no basta con haber sido bautizados y comer en la misma mesa eucarística, si no vivimos como cristianos y no estamos atentos a los signos del Señor (cf. 1 Co 10, 1-4).
[…]
Queridos hermanos y hermanas, el tiempo fuerte de la Cuaresma nos invita a cada uno de nosotros a reconocer el misterio de Dios, que se hace presente en nuestra vida, como hemos escuchado en la primera lectura. Moisés ve en el desierto una zarza que arde, pero no se consume. En un primer momento, impulsado por la curiosidad, se acerca para ver este acontecimiento misterioso y entonces de la zarza sale una voz que lo llama, diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Ex 3, 6). Y es precisamente este Dios quien lo manda de nuevo a Egipto con la misión de llevar al pueblo de Israel a la tierra prometida, pidiendo al faraón, en su nombre, la liberación de Israel. En ese momento Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, el nombre con el que Dios muestra su autoridad especial, para poderse presentar al pueblo y después al faraón. La respuesta de Dios puede parecer extraña; parece que responde pero no responde. Simplemente dice de sí mismo:
“Yo soy el que soy”. “Él es” y esto tiene que ser suficiente. Por lo tanto, Dios no ha rechazado la petición de Moisés, manifiesta su nombre, creando así la posibilidad de la invocación, de la llamada, de la relación. Revelando su nombre Dios entabla una relación entre él y nosotros. Nos permite invocarlo, entra en relación con nosotros y nos da la posibilidad de estar en relación con él. Esto significa que se entrega, de alguna manera, a nuestro mundo humano, haciéndose accesible, casi uno de nosotros. Afronta el riesgo de la relación, del estar con nosotros. Lo que comenzó con la zarza ardiente en el desierto se cumple en la zarza ardiente de la cruz, donde Dios, ahora accesible en su Hijo hecho hombre, hecho realmente uno de nosotros, se entrega en nuestras manos y, de ese modo, realiza la liberación de la humanidad. En el Gólgota Dios, que durante la noche de la huída de Egipto se reveló como aquel que libera de la esclavitud, se revela como Aquel que abraza a todo hombre con el poder salvífico de la cruz y de la Resurrección y lo libera del pecado y de la muerte, o acepta en el abrazo de su amor.
Permanezcamos en la contemplación de este misterio del nombre de Dios para comprender mejor el misterio de la Cuaresma, y vivir personalmente y como comunidad en permanente conversión, para ser en el mundo una constante epifanía, testimonio del Dios vivo, que libera y salva por amor. Amén.
Homilía, domingo 7 de marzo de 2010
San Agustín
La higuera estéril
(Lc.13,6-13)
- La higuera es el género humano. Los tres años son los tres tiempos: uno antes de la ley, otro durante la ley y el tercero bajo la gracia. No es desacertado entender simbolizado en la higuera al género humano, pues el primer hombre, al pecar, cubrió sus vergüenzas con hojas de higuera, ocultando de esta manera los miembros de donde nacimos. Los miembros que antes del pecado eran motivo de gloria, después de él se convirtieron en ocasión de vergüenza. En efecto, estaban desnudos y no se avergonzaban, pues no tenían de qué antes de haber cometido el pecado. No podían avergonzarse tampoco de las obras de su creador, porque ningún mal procedente de sus obras había contaminado aún las obras buenas del Creador. De ahí nació, por tanto, el género humano: el hombre del hombre, el culpable del deudor, el mortal del mortal y el pecador del pecador. Este árbol simboliza a aquellos que se negaron siempre a dar fruto. La segur amenazaba las raíces de tal árbol. Intercede el colono, se aplaza el castigo, ofreciendo en cambio una ayuda. El colono que intercede es todo santo que dentro de la Iglesia ruega por cuantos están fuera de ella. ¿Y qué significa: Señor, perdónale también por este año? Es decir, en este tiempo de gracia perdona a los pecadores, perdona a los infieles, perdona a los estériles, perdona a los infructuosos. Cavaré alrededor, le echaré un cesto de abono; y si diere fruto, bien; si no, vendrás y lo cortarás. Vendrás, pero ¿cuándo? En el juicio. Vendrás, pero ¿cuándo? Entonces vendrá a juzgar a vivos y a muertos. En el entretiempo se concede el perdón. ¿Qué significado tiene cavar un hoyo alrededor, sino enseñar la humildad y la penitencia? El hoyo es tierra de abajo. El cesto de abono has de entenderlo en buen sentido. Es estiércol, pero produce fruto. El estiércol del agricultor es el dolor del pecador. Los que hacen penitencia, sí lo entienden bien y la hacen de verdad, la hacen en el estiércol. Así, pues, a este árbol se le dice: Haced penitencia; llegó el reino de los cielos.
- ¿Qué simboliza la mujer que llevaba dieciocho años enferma? Haced memoria. Dios completó su obra en seis días. Tres veces seis hacen dieciocho. Lo simbolizado en los tres años del árbol, está simbolizado en los dieciocho años de la mujer. Estaba encorvada; no podía mirar hacia arriba, ya que en vano escuchaba arriba el corazón. Pero la enderezó el Señor. Hay esperanza, pero para los hijos. Mucho se promete al hombre en el tiempo de espera hasta el día de juicio. Y ¿qué es el hombre? En cuanto pertenece al mismo hombre, nada hay en él que sea justo. El hombre justo es algo grande, pero el que es justo lo es por la gracia de Dios. ¿Qué es el hombre, si tú no te acuerdas de él? ¿Quieres ver lo que es el hombre? Todo hombre es mentiroso. Hemos cantado: Levántate, Señor; no prevalezca el hombre. ¿Qué quiere decir no prevalezca el hombre? ¿No eran hombres los apóstoles? ¿No lo eran los mártires? El mismo Jesús se dignó hacerse hombre. ¿Qué significa, pues, levántate, Señor; no prevalezca el hombre si todo hombre es mentiroso? Levántate, ¡oh verdad!; que no prevalezca la mentira. Por tanto, si el hombre quiere ser algo, no lo sea por sí mismo; pues si quisiera serlo de ese modo, sería un mentiroso. Si quiere ser veraz, lo será por Dios, no por sí mismo.
- Luego, Levántate, Señor; no prevalezca el hombre. Antes del diluvio tuvo tanta fuerza la mentira, que después de él sólo quedaron ocho hombres. A partir de ellos se pobló la tierra otra vez de hombres mentirosos. Entonces Dios se escogió un pueblo para sí y ¡cuántos milagros no se obraron! ¡Cuántos beneficios se le dispensaron! Rescatado de la esclavitud de Egipto, fue conducido a la tierra prometida; le fueron enviados santos profetas; recibió el templo, el sacerdocio, el rey y la ley. Pero hijos bastardos me mintieron. Por último fue enviado el prometido. Que no prevalezca el hombre, a no ser porque Dios se hizo hombre. A pesar de haber hecho obras divinas, fue despreciado; a pesar de haber otorgado tantos beneficios, fue apresado, flagelado y colgado. Hasta tal punto prevaleció el hombre que prendió al Hijo de Dios, lo azotó, lo coronó de espinas y lo clavó en la cruz. Hasta que fue bajado de la cruz y colocado en el sepulcro, prevaleció el hombre. Si hubiese permanecido allí, hubiese prevalecido el hombre. Pero esta profecía se refiere a él: «Señor, tú te dignaste venir en carne al mundo, Verbo hecho carne; en cuanto Verbo, por encima de nosotros; en cuanto carne, entre nosotros; en cuanto Verbo-carne, entre Dios y el hombre. Para nacer según la carne, elegiste a una virgen; para ser concebido encontraste una virgen y nacido la dejaste virgen. Pero no eras conocido; te manifestabas y permanecías oculto. Se manifestaba la debilidad y quedaba oculto el poder. Y todo esto se hizo para derramar tu sangre, nuestro precio. Hiciste tantos milagros, diste el beneficio de la salud a los enfermos; recibiste males por los bienes; fuiste insultado; pendiste del madero; los impíos movieron sus cabezas ante ti y te dijeron: Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. ¿Es cierto que habías perdido tu poder, o más bien demostrabas tu paciencia? Con todo, te insultaron, se mofaron de ti y huyeron como vencedores tras tu muerte. He aquí que yaces en el sepulcro. Levántate, Señor; no prevalezca el hombre. No prevalezca el impío enemigo; no prevalezca el ciego judío. Levántate, Señor; no prevalezca el hombre». Y así aconteció. ¿Qué resta sino que sean juzgados los pueblos en tu presencia? Resucitó, como sabéis, subió al cielo y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
- ¡Ea, árbol estéril! No te rías porque se te perdone; se aplazó el empleo de la segur, pero no te sientas seguro. Vendrá y te cortará. Cree que ha de llegar. Todo esto que ves, no existía extendido por todo el orbe terráqueo en otro tiempo. Se leía en la profecía, pero no se veía realizado en la tierra. Sin embargo, ahora se lee y se ve. Así se convocó a la Iglesia. No se le dijo: «Ve, hija, y oye», sino oye y ve. Oye lo profetizado, ve lo cumplido. Hermanos amadísimos: Cristo no había nacido aún de una virgen; se prometió y la promesa se cumplió. Aún no había hecho milagros; se prometieron y los hizo. Aún no había padecido; se prometió y se cumplió. No había resucitado; se prometió y se cumplió. No había ascendido al cielo; fue anunciado antes y se cumplió. No se había extendido su nombre por toda la tierra; se profetizó y se cumplió. No habían sido derribados y destruidos los ídolos y se hizo realidad. No habían aparecido los herejes impugnando a la Iglesia; se profetizó y se cumplió. Pues de igual modo aún no ha llegado el día del juicio, pero puesto que está profetizado, se cumplirá. Quien se mostró veraz en tantos acontecimientos predichos, ¿resultará mentiroso respecto al día del juicio? Nos dejó un documento autógrafo de sus promesas. Dios se hizo deudor prometiendo, no recibiendo un préstamo. ¿Podemos decirle: «Dame lo que recibiste»? ¿Quién le dio primero a él, que se le devolverá? No podemos, por tanto, decirle: «Devuelve lo que recibiste», pero sí, y con todo derecho, «Cumple lo que prometiste».
- Lo prometió a nuestros padres, pero dejó una garantía que pudiéramos leer nosotros. Si nos llama a cuentas quien dejó la garantía y dice: «Leed mis deudas, es decir, mis promesas; contad lo que ya cumplí y contad también lo que aún debo. Ved lo mucho que pagué y lo poco que debo. Porque me falta ese poquito, ¿pensáis que prometo y no cumplo?» Por tanto, el árbol estéril haga penitencia y produzca frutos dignos de ella. Quien está encorvado y mira a la tierra, se alegra con la felicidad terrena y, no creyendo en la otra, piensa que sólo en esta vida se puede ser feliz. Quien esté así de encorvado, levántese; si no puede enderezarse por sí solo, invoque a Dios. ¿Acaso se enderezó por sí misma aquella mujer? ¡Pobre de ella, si Dios no le hubiese tendido la mano!
San Agustín, Sermón 110, o.c., t. X, BAC Madrid 1983, 782-87




