PRIMERA LECTURA
La súplica del humilde atraviesa las nubes
Lectura del libro del Eclesiástico 35, 12-14.16-18
El Señor es juez
y no hace distinción de personas:
no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido;
no desoye la plegaria del huérfano,
ni a la viuda, cuando expone su queja.
El que rinde el culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes.
La súplica del humilde atraviesa las nubes
y mientras no llega a su destino, él no se consuela: no desiste hasta que el Altísimo interviene,
para juzgar a los justos y hacerles justicia.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial 33, 2-3.17-19.23
R. El pobre invocó al Señor, y Él lo escuchó.
Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. R.
El Señor rechaza a los que hacen el mal
para borrar su recuerdo de la tierra.
Cuando los justos claman, el Señor los escucha
y los libra de todas sus angustias. R.
El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos.
El Señor rescata a sus servidores,
y los que se refugian en Él no serán castigados. R.
SEGUNDA LECTURA
Está preparada para mí la corona de justicia
Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a Timoteo 4, 6-8.16-18
Querido hijo:
Ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.
Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron. ¡Ojalá que no les sea tenido en cuenta!
Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui librado de la boca del león.
El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. ¡A Él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Aleluia 2 Co 5, 19
Aleluia.
Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
confiándonos la palabra de la reconciliación.
Aleluia.
El publicano volvió a su casa justificado, pero no el fariseo
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 18, 9-14
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola:
Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas».
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!»
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.
Palabra del Señor.
Alois Stöger
El fariseo y el publicano
Introducción: condiciones para entrar en el reino (Lc.18,9-30)
¿En qué casos será saludable la venida del Hijo del hombre? ¿Quién saldrá triunfante en el juicio? ¿Quién entrará en el reino definitivo de Dios? La respuesta a estas preguntas se da en tres relatos: la parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9-14), el relato de la amable acogida dispensada a los niños (Lc_18:15-17), y el encuentro con un hombre rico que no tuvo valor para seguir a Jesús (Lc_18:18-30). En el trasfondo de los tres relatos se halla la pobreza como condición para entrar en el reino de Dios. El publicano se siente pobre en lo religioso y moral, el rico tiene que hacerse pobre en sentido económico, el niño es pobre en todos los sentidos, tiene que contar absolutamente con los mayores. Vuelven otra vez las bienaventuranzas y las condiciones formuladas al comienzo del sermón de la Montaña. Mateo, que habla de los pobres «en el espíritu», se fija principalmente en la actitud moral y religiosa. Lucas habla de la pobreza material. «Es posible que Jesús dirigiera su llamamiento a la salvación a determinados sectores del pueblo, pero no por razón de su situación inferior, sino por la apertura religiosa y la buena disposición moral que halló en ellos. Para Mateo, estos sectores encarnan la actitud moral y religiosa que se exige a todos, también a los futuros creyentes en Cristo; para Lucas, en cambio, son en gran parte el recuerdo vivo del mensaje salvífico de Jesús dirigido a los pobres, y de las amenazas dirigidas a los ricos que no quieren convertirse».
a) El fariseo y el publicano (Lc/18/09-14)
9 Dijo también, para algunos que presumían de ser justos y menospreciaban a los demás, esta parábola:
Los rasgos con que se caracteriza a «algunos» que confían en sí mismos, están tomados del retrato de los fariseos. Los fariseos han pasado ya a la historia; no se los menciona; sin embargo, también en la Iglesia existe la propensión velada a presentar a Dios los propios méritos en el cumplimiento de la ley, a invocar las propias obras y a afirmar los propios derechos frente a Dios.
La seguridad con que los fariseos pretenden ser justos, agradar a Dios y dar por descontada su entrada en el reino de Dios, se basa en el propio rendimiento, en la confianza en sí mismos. Quien así piensa, menosprecia a los que no pueden invocar tales méritos. E1 fariseo desprecia al pueblo ordinario, porque no cumple la ley, dado que no conoce la ley y no tiene idea de su interpretación (Jua_7:49). La propia justicia se constituye en medida y criterio para examinar a los otros, para exhortarlos, alabarlos, despreciarlos y reprobarlos. La condena de los otros se convierte en condena de uno mismo (Lc_6:37).
10 Dos hombres subieron al templo para orar: el uno era fariseo y el otro publicano. 11 El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios! Gracias te doy, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 12 Ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todas las cosas que poseo.
Hay un craso contraste entre estos dos hombres que suben al templo. Los dos tienen una misma meta: el templo; una misma voluntad: la de orar; un mismo deseo profundo: ser justificados en el juicio de Dios, poder salir airosos del juicio de Dios. Y sin embargo, ¡qué contraste tan grande!
Los dos oran. Oran en su interior, a media voz (cf.lSam 1,13). Lo que expresan en la oración, lo dicen con plena convicción. El orante está delante de Dios, que todo lo sabe (Mat_6:8). El fariseo está erguido; en el judaísmo se ora de pie (Mar_11:25). Ora en su interior, para sí, como cuchicheando, no a grandes voces delante de los hombres, con alguna exageración. Lo que dice revela su estado de ánimo interior. La oración judía es ante todo acción de gracias y alabanza; su oración es tal como lo exige su doctrina. El fariseo es «justo».
En su acción de gracias se hace patente la confianza en su propia justicia y su desprecio de los otros. Yo no soy como los demás hombres. El fariseo no es ladrón, injusto, adúltero, observa la ley. Va más allá de la ley y hace buenas obras, obras de supererogación. La ley impone el ayuno sólo el día de la expiación (Lev_16:29); el fariseo ayuna dos veces por semana, el lunes y el jueves, a fin de expiar por las transgresiones de la ley por el pueblo. Ni siquiera viola la «cerca de la ley»; por eso da el diezmo de todo lo que posee (Mat_23:23), aunque no está obligado a pagar diezmo por la compra de trigo, mosto y aceite; los que estaban obligados eran los cultivadores (Deu_12:17). Quiere estar seguro de no hacer nada que le exponga a traspasar los límites de la ley. Hubo también salmistas devotos que enumeraron en la oración sus buenas obras (Sal 17[16],2-5); pero en la oración del fariseo pasa pronto Dios a segundo término: el fariseo lo olvida; lo que importa es el yo: Yo no soy como los demás hombres, yo ayuno, yo pago el diezmo... Los demás hombres son el fondo oscuro del espléndido autorretrato. En esta oración se revela uno que se tiene por justo y menosprecia a los otros.
13 En cambio, el publicano, quedándose a distancia, no quería levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios! Ten misericordia de mí, que soy pecador.
Quien se llama fariseo se constituye orgullosamente en un ser aparte: «Yo te doy gracias, Señor, Dios mío, porque me has dado participación entre los que se sientan en la casa de la doctrina (en la sinagoga), y no con los que andan por los rincones de las calles... Yo corro, y ellos corren; yo corro con vistas a la obra del mundo futuro, y ellos corren con vistas al pozo del foso.» También el publicano es un ser aparte, es un segregado, esquivado y repudiado como pecador por los buenos. Se queda lejos, pues no merece presentarse entre las personas religiosas. No osa levantar los ojos a Dios, pues el que no es santo no soporta la mirada del Dios santo. Se golpea el pecho, donde tiene la sede su conciencia, pues se lamenta de su propia culpa. Su oración consta de muy pocas palabras, de la invocación «¡Oh Dios!», de la súplica «Ten misericordia de mí» -que recuerda el salmo miserere (Sal 51[50],3)- y de la confesión de que es pecador. La situación del publicano era desesperada. Según las enseñanzas de los fariseos, debía restituir lo que había adquirido injustamente, y además dar un quinto de la propiedad, si quería esperar perdón. El publicano sólo podía esperar que Dios aceptara su «corazón contrito» (Sal_51:19) y por su misericordia le perdonara su pecado.
14 Yo os digo que éste descendió a su casa justificado, y aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado.
¿Quién es justo en el juicio de Dios? El fariseo es de una exactitud escrupulosa en el cumplimiento de los muchos y difíciles preceptos de la ley, el publicano es colaborador con los enemigos del pueblo y engañadores. Jesús conoce el juicio de sus oyentes y le contrapone su juicio sorprendente, desconcertante e inaudito: Yo os digo. Él es profeta de Dios. Su juicio es juicio de Dios. El publicano es declarado justo delante de Dios, y así, justificado, se va a su casa.
¿Y el fariseo? El publicano se va a casa, justificado, no como aquél. ¿Es que con esto se compara la justicia del fariseo y la del publicano y se antepone la justicia del publicano a la del fariseo? ¿O es que Jesús va más hondo? ¿Rehúsa acaso absolutamente al fariseo la justicia que atribuye al publicano? Ya el primer juicio sería bastante escandaloso, pues esto querría decir que Dios se complace más en el pecador arrepentido que en el justo con sus muchos méritos y su seguridad de sí mismo. Pero si rehúsa la justicia al fariseo, este juicio sólo puede aterrorizar. ¿De qué sirven entonces los méritos adquiridos? Cristo entendió así sus palabras. «Aquello que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios» (Sal_16:15). El hombre alcanza la justicia no por su propio esfuerzo, sino por un don de Dios. El hambre y sed de justicia es saciado por el don del reino de Dios (Mat_5:3). ¡Qué frágil es, pues, toda justicia y santidad humana (Mat_5:20) si no interviene Dios y otorga su justicia! Quien se hace cargo de esto deja de despreciar a los demás.
La parábola del fariseo y del publicano se cierra con una sentencia que aparece en el Evangelio una vez aquí, otra vez allá (Mat_14:11; Mat_23:12). El hombre que pone su confianza en sí mismo, se ensalza; el juicio de Cristo, que anticipa el juicio definitivo de Dios, lo humilla. El que se humilla, reconoce su insuficiencia y se pone por debajo de los demás, es ensalzado por el juicio de Jesús. Dios mismo lo justifica cuando sobreviene el juicio.
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)
P. Leonardo Castellani
El Fariseo y el Publicano
Este Domingo (…) se lee la conocida parábola del Fariseo y el Publicano, conocida incluso por los poetas, que la han glosado en diversas formas –recuerdo ahora una novela amarga y heterodoxa de John Galsworthy llamada El primero y el último, de la que sacaron un film los yanquis–.
Lejos del tabernáculo, que ceñían de un velo
de humo espeso, diez lámparas de cobre desde el suelo
lejos del tabernáculo que ceñían de un velo;
estaba el paralítico y estaba el Publicano
y el hidrópico estaba y el buen samaritano
estaba el paralítico y estaba el Publicano...
Más allá, sobre un lecho de mullidas alfombras
y entre un brillo de sedas y lejos de las sombras
más allá, sobre un lecho de mullidas alfombras,
estaba el Fariseo que ante el Señor se exalta
rezando los versículos de David en voz alta
estaba el Fariseo, que ante el Señor se exalta...
etcétera. Esto es de un poeta argentino, Horacio Caillet-Bois.
Como está colocada después de la parábola de la Viuda Molesta, San Agustín y otros muchos dicen que versa sobre la oración, y que recomienda la humildad al orar.
Es eso; hay eso desde luego; pero hay otra cosa: hay un retrato de la soberbia religiosa, que había de ser, y ya era, el principal enemigo de Cristo; retrato breve pero enérgicamente incisivo, como un medallón o un aguafuerte. Jesucristo no vaciló en contraponer entre sí a la clase social más respetada con la más repelida, ni en nombrar por su nombre a esa clase social eminente, al denunciarla como infatuado religiosamente: Fariseo y Publicano. Si nos preguntaran cómo habría que traducir hoy día esas palabras para que sonaran parecido a aquellos tiempos, habría que decir la parábola del Sacerdote y el Ciruja, o algo por el estilo: o, hablando con perdón, la parábola del Sacristán y la Prostituta.
La palabra fariseo no significaba entonces lo que significó después de Cristo, así como la palabra sofista no significaba en el siglo de Platón lo mismo que significó después –y por obra– de Platón. Los fariseos eran los separados –eso significa la palabra en arameo–, los puros, los distinguidos. No existe hoy un grupo social enteramente idéntico a los fariseos –aunque existe mucho fariseísmo desde luego–, por lo cual no se pueden definir con una sola palabra. Si digo que los fariseos eran el alto clero, los clericales, los jesuitas, los nazis, los oligarcas, los devotos, los puritanos, los ultramontanos, miento: aunque tenían algo de todo eso. Algunos los han comparado con los Sinn-feiners de Irlanda; otros con los Puritanos de Oliver Cromwell. Eran a la vez una especie de cofradía religiosa, de grupo social y de poder político; es todo lo que se puede decir brevemente; pero lo formal y esencial en ellos era lo religioso: el culto, el estudio y el celo de la Torah, de la Ley de Moisés, que había proliferado entre sus manos, como un pedazo de gorgonzola. Preguntado un ham-haréss (hombre del pueblo) israelita, hubiera dicho: “Son unos hombres muy religiosos, muy sabios y muy poderosos”, más o menos lo que cree el pueblo hoy día de los frailes. El Evangelista al principio de la parábola los define: “Unos hombres que se tenían a sí mismos por santos y despreciaban a los demás”; es decir, soberbia religiosa. Queda entendido que no siempre fueron así los fariseos: fue un ceto social que se corrompió. En tiempo de Jesucristo eran así. Antes de Jesucristo habían sido la fracción política que mantuvo la tradición nacionalista y antihelenística de los Macabeos. Después de Cristo, fueron el espíritu que inspiró el Talmud y organizó la religión judaica actual: puesto que la destrucción y la Diáspora, que acabó con los Saduceos, no acabó con los fariseos. Éstos son indestructibles.
Los Publicanos eran receptores de rentas o cobradores de impuestos, pero no como los nuestros. Los romanos ponían a subasta pública los impuestos de una Provincia; y el “financiero” que ganaba el remate quedaba facultado para cobrar a la gente como pudiera –y, bajo mano, lo más que pudiera–; lo cual hacía por medio de cobradores terribles, los publicanos, cordialmente odiados, como todo cobrador: y mucho más por servir en definitiva a los romanos, los odiosos extranjeros. En suma, decir publicano era peor que decir ladrón; prácticamente era decir traidor o vendepatria...
“Palabra de honor os digo –dijo Cristo– que el Publicano volvió a su casa justificado, y el otro no”...1. El que se llamó a sí mismo pecador, volvió a su casa justo; el que se llamó santo volvió con un pecado más. El fariseo se tenía a sí por santo y al otro por miserable; y Dios no fue de la misma opinión.
La oración del fariseo, proferida en voz alta, de pie, cerca del santuario es una obra maestra. Cristo no exagera ni se queda corto: la oración parece no contener nada malo; pero está penetrada del peor mal que existe, que es el orgullo religioso: “Gracias te doy, oh Dios, de que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros –ni como este publicano...–; ayuno dos veces cada Sábado, pago los diezmos de todo lo que poseo...”. ¿Acaso es un pecado conocer que uno no hace crímenes y dar gracias a Dios por ello?, dice el reverendo George Herbert Box M A., profesor de Estudios Bíblicos y Rector del Templo de Southton Bede, en el artículo “Pharisee” de la Enciclopedia Británica, donde se halla una curiosa defensa de los fariseos que prueba que su raza no ha desaparecido del mundo. ¡Dichoso el que tiene un hijo que lo defienda después de muerto!
Toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: fue el Mesías y luchó contra el fariseísmo; o quizás más brevemente todavía: luchó con los fariseos. Ése fue el trabajo que personalmente se asignó Cristo como hombre: su Empresa.
Todas las biografías de Cristo que recuerdo (Luis Veuillot, Grandmaison, Ricciotti, Lebreton, Papini) construyen su vida sobre otra fórmula: Fue el Hijo de Dios, predicó el Reino de Dios, y confirmó su prédica con milagros y profecías. Sí, pero ¿y su muerte? Esta fórmula amputa su muerte, que fue el acto más importante de su vida.
El drama de Cristo queda así escamoteado. La vida de Cristo no fue un idilio ni un cuento de hadas ni una elegía, sino un drama. No hay drama sin antagonista. El antagonista de Cristo fue el fariseísmo, vencedor en apariencia, derrotado en realidad.
Sin el fariseísmo, toda la historia de Cristo fuera cambiada; y también la del mundo entero. Su Iglesia no hubiera sido como es ahora; y el mundo todo hubiese seguido otro derrotero, con Israel a la cabeza: triunfante y no deicida y errante; derrotero enteramente inimaginable para nosotros.
Sin el fariseísmo, Cristo no hubiera muerto en la cruz; y la Humanidad no sería esta Humanidad; ni la Religión, esta Religión. El fariseísmo es el gusano de la religión; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga gusano, ni institución sin su corrupción específica. Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, decae. El fariseísmo es el decay de la religión, míster George Box... perdone usted, profesor de religión.
Es la soberbia religiosa, es la corrupción más grande de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los más grandes. Eso es verdad; pero en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando toma conciencia de sí mismo, se vuelve mueca. No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo. El publicano decía: “Oh Dios, apiádate de mí, pecador.” El fariseo pensaba: “Estoy rezando: conviene que rece bien porque yo soy yo; y hay que dar buen ejemplo a toda esta canalla.” “No oréis a gritos, como los fariseos, ni digáis a Dios muchas cosas, como los paganos; vosotros cerrad la puerta y orad en lo escondido; y vuestro Padre, que está en lo escondido, os escuchará.”
Decía don Benjamín Benavides que el fariseísmo, tal como está escrito en los Evangelios, tiene como siete grados: 1) La religión se vuelve exterior y ostentatorio; 2) la religión se vuelve rutina y oficio; 3) la religión se vuelve negocio o “granjería”; 4) la religión se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo; 5) aversión a los que son auténticamente religiosos; 6) persecución a los que son religiosos de veras; 7) sacrilegio y homicidio. Esto me fue dicho, ahora recuerdo, en San Juan, la noche de Navidad de 1940, tres o cuatro años antes del Terremoto, cuando yo sabía teóricamente que existía el fariseísmo, pero todavía no me había topado con él en cuerpo y alma. De modo que en suma, el fariseísmo abarca desde la simple exterioridad (añadir a los 613 preceptos de la Ley de Moisés como 6.000 preceptos más y olvidarse de lo interior, de la misericordia y la justicia) hasta la crueldad (es necesario que Éste muera, porque está haciendo muchos prodigios y la gente lo sigue; y que muera del modo más ignominioso y atroz, condenado por la justicia romana), pasando por todos los escalones del fanatismo y la hipocresía. Éste es el pecado contra el Espíritu Santo, el cual de suyo no tiene remedio. Aquel que no vea la extrema maldad del fariseísmo –que realmente es fácil de ver–, que considere solamente esto: la religión suprimiendo la misericordia y la justicia. ¿Puede darse algo más monstruo?
Yo le envidio a Jesucristo el coraje que tuvo para luchar contra los fariseos. Yo, excepto en un solo caso, cada vez que me topé con un fariseo grande, me he quedado alelado y yerto, como un estúpido; es decir, estupefacto.
Sin embargo, siento simpatía por el fariseo Simón, Simón el Leproso, aquel a quien Cristo le reprochó: “No me besaste”, el que invitó a comer a Cristo y al final de la comida se le colaron sin billete ¡la Magdalena y Judas! No todos los fariseos eran malos: algunos eran santulones, pero no hipócritas. De entre ellos salieron algunos buenos cristianos: San Pablo, por ejemplo.
La parábola termina con esta frase: “Todo el que se exalta será humillado y todo el que se humilla será exaltado”, cuyo sentido es obvio.
Pero ella comienza con otra frase, que es misteriosa: “Cuando vuelva el Hijo del Hombre ¿creéis que encontrará fe sobre la tierra?”. Cristo conecta proféticamente su Primera y Segunda Venida, indicando que el estado de la religión será parecido en ambos momentos, el Primero y el Ultimo.
Aquí hay que corregir otra vez con todo respeto a San Agustín; el cual, viendo en el siglo IV “las iglesias llenas” (sermón 115) y la fe creciendo día a día, no se podía imaginar una crisis de la fe como, por ejemplo, la nuestra; y en consecuencia dice: “¿De qué fe habla el Salvador? Habla de la fe plena, de la fe que hace milagros, de la fe que mueve las montañas, de la fe perfecta, de la fe que es siempre muy rara y de muy pocos”... No. Cristo habla de la fe en seco. Viendo el estado de la religión en su tiempo en que por causa del fariseísmo, en los campos la gente andaba “como ovejas que no tienen pastor”; y en las ciudades “con pastores que eran lobos con piel de oveja” –los cuales iban a derramar la sangre del buen Pastor–, se acordó repentinamente del otro período agónico de la religión, en que la situación religiosa habría de ser parecida o peor; y exhaló ese tremendo gemido.
Con razón anota monseñor Juan Straubinger comentando este versículo: “Obliga a una detenida meditación este impresionante anuncio que hace Cristo, no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta la consumación del siglo. Es el gran “Misterio de Iniquidad” y la “gran apostasía” que dice San Pablo en II Tesalonicenses 2, y que el mismo Señor describe varias veces, sobre todo en su discurso escatológico.”
Hay pues dos profecías en el Evangelio que parecen inconciliables: una es que “las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”; otra es que cuando vuelva Cristo “apenas encontrará fe sobre la tierra”. Y la conciliación debe de estar en el principio o norma que dio Cristo a los suyos respecto a la Sinagoga ya desolada y contaminada: “En la cátedra de Moisés se sentaron y enseñaron los Escribas y Fariseos: vosotros haced todo lo que os dijeren, pero no hagáis conforme a sus obra.” La Iglesia no fallará nunca porque nunca enseñará mentira; pero la Iglesia será un día desolada, porque los que enseñan en ella hablarán y no harán, mandarán y no servirán; y mezclando enseñanzas santas y sacras con ejemplos malos o nulos, harán a la Iglesia repugnante al mundo entero, excepto a los poquísimos heroicamente constantes.
Los cuales tendrán, sí, oh Agustín, una fe más grande que las montañas.
(Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 294 - 300)
1Hay un error de traducción en la Vulgata y en muchos evangelios castellanos que dan la siguiente frase absurda: “Volvió a su casa más justificado que el otro”, o bien: “justificado en parangón con el otro”; frases con las cuales luchan inútilmente San Agustín y Maldonado, por no poseer entonces un texto griego críticamente depurado.
P. Gustavo Pascual, I.V.E.
El fariseo y el publicano
Esta parábola es exclusiva de Lucas.
Según San Agustín habla de la humildad en la oración que es una de las condiciones de la buena oración junto con la confianza y la perseverancia. San Agustín la conecta con la parábola anterior1 del juez inicuo que se refiere a la perseverancia en la oración.
También podríamos decir que habla de la soberbia religiosa que es una de las características del fariseísmo. Hay un versículo intermedio entre nuestra parábola y la anterior que reza así “pero cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?”2. Algunos comentadores como Nácar-Colunga dicen que no tiene conexión con lo que precede. Pero podríamos decir que tiene conexión en cuanto que la fe en el tiempo de Cristo era como será la fe de los últimos tiempos: una fe aguada, una fe farisaica. Y con la parábola Cristo hace gráfica la fe henchida de soberbia religiosa.
Va dirigida a los fariseos degenerados, que eran la mayoría, porque también había fariseos buenos como José de Arimatea y Nicodemo.
Dice nuestro Señor que éstos “confiaban mucho en sí mismos”, “se tenían por justos” y “despreciaban a los demás”. Lucas dice antes de dar las características que citamos que la dijo por “algunos”: sin lugar a dudas los fariseos.
¿A qué apunta la enseñanza? ¿Cuál es su fin? Podemos decir con San Agustín que va dirigida a la humildad “porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Aunque también al juicio al prójimo mal hecho.
El fariseo agradece a Dios algunas observancias de la ley que él hace pero mezcla en su oración juicios temerarios. Podría haber rezado “te doy gracias, Señor, por perseverar en la gracia y por darme el don de cumplir la ley y realizar algunas obras de perfección” y todo hubiera estado bien pero en su oración dijo “no soy como lo demás”, “no soy como ese publicano” y su oración se maleo y en vez de serle útil lo perjudicó.
¿Qué vemos en el juicio del fariseo? Irreflexión, superficialidad, dureza. ¿Cuál es su malicia? Por supuesto, no sus obras. Lo malo es atribuirse el mérito a sí mismo. Los valores religiosos son los más grandes pero cuando nos los adjudicamos los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo3. Todo es don de Dios. Nosotros únicamente tenemos que ser fieles. Somos unos pobres siervos4.
La malicia del fariseo también aparece en el juicio inmisericorde con el prójimo y finalmente, en el alto concepto que tiene de sí mismo.
Respecto del juicio sobre sí mismo vemos que su juicio no es el mismo que el de Dios. El fariseo juzgo malo al publicano pero desde su propia justicia y Dios los juzgo a los dos enteramente al revés5.
Entonces Cristo ¿canoniza al pecador? No, pero se alegra del pecador arrepentido y quiere al justo, no al que se cree justo, según su propio criterio. Un justo de verdad obra como Dios, es decir, tiene misericordia con el pecador y no lo desprecia, ni tampoco se complace del pecado o las caídas de los demás.
El fariseo no volvió justificado sino que agregó un pecado a su estado: el juicio temerario. En cambio, el publicano si volvió justificado porque se reconoció pecador y su actitud muestra el arrepentimiento y el deseo de no pecar más.
Decía Lutero: “es mejor el pecador que peca que el pecador que no peca” refiriéndose a la hipocresía. Hay que entenderlo bien. El pecador no es bueno, sin embargo es menos malo el pecador que reconoce su pecado que el pecador que se tiene por justo6.
Respecto del juicio del fariseo “no soy como los demás hombres”, “no soy como este publicano”. Es un juicio temerario. No se puede tachar de pecador a un hombre por su oficio, salvo excepciones, y menos a ese hombre en particular. No se puede hacer un juicio universal de ello “no soy como los demás hombres”.
El juicio temerario es pecado y la simple sospecha temeraria, sin fundamento, es pecado y el simple tachar al prójimo de malo o perverso o imperfecto, es temeridad y arguye o maldad o imperfección en el que lo hace, el cual queda juzgado por el mismo hecho7.
La Escritura nos dice en algunos pasajes que no debemos acusar a los que pecan8 y en otras que sí debemos acusar a los que pecan9, pero, lo mejor en éste punto es seguir la enseñanza del Señor en la parábola de la viga y la paja en el ojo10, es decir primero ver los propios defectos.
En este pasaje se prohíbe que juzgue aquel que está lleno de pecados. Reprende en la parábola a los fariseos que actuaban hipócritamente11. Se nos va a pedir cuenta de los juicios al prójimo en la misma medida12 que juzgamos. No tanto le condenas a él cuanto a ti mismo. A ti mismo te preparas un tribunal terrible y cuentas rigurosas. Porque no a tu prójimo, sino a ti mismo te condenas a ultimo suplicio si no le tratas con consideración, cuando tengas que dar sentencia sobre lo que él hubiere pecado13. Por eso no debemos ser duros en los juicios al prójimo.
Primero, antes de juzgar al prójimo hay que juzgarse a sí mismo. Primero es necesario sacar la viga del propio ojo y si no se puede que otro juzgue al prójimo y no tú.
Cuando juzgamos al prójimo usurpamos el poder de juzgar que es de sólo Dios. Muchas veces, juzgamos sin consideración, sin pruebas, sin oír al acusado y con sentencia inapelable.
El hombre justo es el primer acusador de sí mismo, dice la Escritura. “Noverim Te, noverim me”, conocerte a Ti, conocerme a mí, decía San Agustín14 y de aquí resultará un conocimiento verdadero de lo que somos. Luego de conocer quiénes somos podremos juzgar mejor al prójimo.
Falló en este caso el refrán “piensa mal y acertarás”... Entonces ¿piensa bien y acertarás? Tampoco. Hay que ver lo que hay, lo que es, bueno o malo. Y esto no es muy fácil. Hay que suspender el juicio y no condenar ni canonizar hasta tener pruebas15.
1 Lc 18, 1-8
2 v. 8 b
3 Cf. Castellani, El Evangelio de Jesucristo…, 297-8
4 Cf. Lc 17, 10
5 Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 82
6 Cf. Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 81
7 Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 79
8 Cf. Rm 14, 4.19;1 Co 4, 5
9 Cf. 1 Tm 5, 20; 2 Tm 4, 2; Mt 18, 15-17
10 Cf. Mt 7, 3 s
11 Cf. Mt 23, 4.23.24
12 Cf. Mt 7,1.2
13 Cf. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, t.1, BAC Madrid 1955, 470
14 San Agustín, Soliloquios, II, 1, 1, O. C., t. I, BAC Madrid 19795, 473
15 Castellani, Las Parábolas de Cristo…, 83
San Agustín
El fariseo y el publicano
(…)
2. Dado que la fe no es propia de los soberbios, sino de los humildes, a algunos que se creían justos y despreciaban a los demás, propuso esta parábola: Subieron al templo a orar dos hombres. Uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo decía: Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres. ¡Si al menos hubiese dicho «como algunos hombres»! ¿Qué significa como los demás hombres, sino todos a excepción de él? «Yo, dijo, soy justo; los demás, pecadores». No soy como los demás hombres, que son injustos, ladrones, adúlteros. La cercana presencia del publicano te fue ocasión de mayor hinchazón. Como este publicano, dijo. «Yo, dijo, soy único; ése es de los demás». «Por mis acciones justas no soy como ése. Gracias a ellas no soy malvado». Ayuno dos veces en semana y doy la décima parte de cuanto poseo. ¿Qué pidió a Dios? Examina sus palabras y encontrarás que nada. Subió a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino alabarse a sí mismo; más aún, subió a insultar al que rogaba. El publicano, en cambio, se mantenía en pie a lo lejos, pero el Señor le prestaba su atención de cerca. El Señor es excelso y dirige su mirada a las cosas humildes. A los que se exaltan, como aquel fariseo, los conoce, en cambio, desde lejos. Las cosas elevadas las conoce desde lejos, pero en ningún modo las desconoce. Escucha aun la humildad del publicano. Es poco decir que se mantenía en pie a lo lejos. Ni siquiera alzaba sus ojos al cielo. Para ser mirado rehuía el mirar él. No se atrevía a levantar la vista hacia arriba; le oprimía la conciencia y la esperanza lo levantaba. Escucha aún más: Golpeaba su pecho. El mismo se aplicaba los castigos. Por eso el Señor le perdonaba al confesar su pecado: Golpeaba su pecho diciendo: Señor, séme propicio a mí que soy un pecador. Pon atención a quien ruega. ¿De qué te admiras de que Dios perdone cuando el pecador se reconoce como tal? Has oído la controversia sobre el fariseo y el publicano; escucha la sentencia. Escuchaste al acusador soberbio y al reo humilde; escucha ahora al juez: En verdad os digo. Dice la Verdad, dice Dios, dice el juez: En verdad os digo que aquel publicano descendió del templo justificado, más que aquel fariseo. Dinos, Señor, la causa. Veo que el publicano desciende del templo más justificado; pregunto por qué. ¿Preguntas el porqué? Escúchalo: Porque todo el que se exalta será humillado, y todo el que se humilla será exaltado. Escuchaste la sentencia. Guárdate de que tu causa sea mala. Digo otra cosa: Escuchaste la sentencia, guárdate de la soberbia.
3. Abran, pues, los ojos; escuchen estas cosas no sé qué charlatanes y óiganlas quienes, presumiendo de sus fuerzas, dicen: «Dios me hizo hombre, pero soy yo quien me hago justo» ¡Oh hombre, peor y más detestable que el fariseo! Aquel fariseo, con soberbia, es cierto, se declaraba justo, pero daba gracias a Dios por ello. Se declaraba justo, pero, con todo, daba gracias a Dios. Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres. Te doy gracias, ¡oh Dios! Da gracias porque no es como los demás hombres y, sin embargo, es reprendido por soberbio y orgulloso. No porque daba gracias a Dios, sino porque daba la impresión de que no quería que le añadiese nada. Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son injustos. Luego tú eres justo; luego nada pides; luego ya estás lleno; luego ya vives en la abundancia, luego ya no tienes motivo para decir: Perdónanos nuestras deudas. ¿Qué decir, pues, de quien impíamente ataca a la gracia, si es reprendido quien soberbiamente da gracias?
(…)
(San Agustín, Obras Completas, X-2º, Sermones, BAC, Madrid, 1983, Pág. 870-872)
Guion Domingo XXX Tiempo Ordinario- Ciclo C
(Domingo 23 de octubre de 2013)
Entrada:
Participemos del santo sacrificio del Altar con espíritu nuevo, acogiendo el amor de Dios, pues él es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia cada uno de nosotros.
Liturgia de la palabra
1° Lectura: Eclesiástico 35, 12- 14. 16- 18
Quien sirve al Señor con espíritu humilde será escuchado, y su súplica atravesará las nubes.
Salmo Responsorial: 33, 2- 3. 17- 19. 23
2° Lectura: 2 Timoteo 4, 6- 8. 16- 18
La vida de los amigos de Dios está en sus manos, porque guardando la fe y viviendo el Evangelio se hacen dignos del reino celestial.
Evangelio: Lucas 18, 9- 14
El corazón humilde, que reconoce su condición y se acoge a la bondad de Dios hallará la justificación por la fe en Cristo.
Preces: domingo XXX
Dirijámonos a Cristo, Salvador de todos los hombres y digámosle llenos de fe y esperanza:
A cada intención respondemos cantando:
+ Para que los cristianos acepten la obra del Espíritu que llama incesantemente a la Unidad en la caridad y para que crezca en todos la voluntad de continuar trabajando por esta santa comunión en Cristo a fin de que el mundo crea en Dios. Oremos.
+ Para que el Santo Padre, encuentre en la fe y la oración de los consagrados, el apoyo, la alegría y la fortaleza en su misión de apacentar tu grey. Oremos.
+ Para que el apostolado de los miembros de nuestra Congregación siempre esté fecundado por la celebración de los sacramentos y la amistad con Dios en la oración. Oremos.
+ Para que nuestros familiares, amigos y benefactores hallen en la primera comunidad cristiana un ejemplo de vida, unidos en la caridad. Oremos.
Señor nuestro, que nos has hecho partícipes de tu vida y de tu amor, ilumina nuestro camino e inspira nuestros pensamientos y acciones para que seamos ardientes testigos de esperanza. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Ofertorio:
Con la alegría propia de quien se sabe redimido por el Señor, le presentamos nuestros dones:
+ Traemos el pan y el vino para el celestial convite de nuestro Rey.
Comunión:
Recibamos a Jesús que, encontrándonos pequeños, nos dice: Tened confianza, Soy Yo.
Salida:
Por María vino Cristo a nosotros, vayamos por Ella hasta Él confiados en su valiosa y poderosa intercesión.
(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)
La violeta y el girasol
Esta es una traducción poética de aquellas aleccionadoras palabras de Cristo: “el que se humilla será ensalzado”.
En medio del jardín se alzaba la cabeza de un girasol. Siempre mirando al astro del día, y creyendo con orgullo que el sol estaba enamorado de él.
A sus plantas crecía una humilde violeta. Y dijo la violeta al girasol:
- Girasol, aparta un poco la cabeza; deja que llegue hasta mi un rayito del sol. ¡Es tan hermoso el sol! ¡Y tiene luz y calor para todos!
El girasol miró con desdén a la humilde violeta y le dijo:
- ¡Púdrete ahí! ¡eres tan pequeña! ¡hueles mal!
Y acertó a pasar por allí una reina. Sintió un delicioso perfume. Se inclinó, agarró la violeta y la prendió sobre su pecho. Y allí se embriagaba la humilde florecilla con la luz del sol, y perfumaba con su aroma el corazón de la reina.
Pocos momentos después el jardinero arrancaba el feo y soberbio girasol, y lo tiraba al corral.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 109)
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