La fiesta de la Misericordia – Hna. María de la Fe

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“…era preciso hacer fiesta y alegrarse, porque este tu hermano estaba muerto, y ha vuelto a la vida; se había perdido, y ha sido hallado.” Lc 15,32

Queridos todos: Este 18 de febrero comienza el tiempo litúrgico más fuerte del año: la Santa Cuaresma. Debemos acompañar al Señor en la maravillosa obra de redención que hizo por nosotros los hombres. El Verbo consubstancial al Padre se encarnó, murió en Cruz y resucitó para salvarnos de nuestros pecados.

Del 2 al 5 de abril tendrá lugar el Triduo Pascual, y siendo la Pascua el acontecimiento mayor del cristianismo, la misma, se prolonga 8 días culminando con la Fiesta de la Divina Misericordia, que en este año 2026, cae el 12 de abril.

Desde la antigüedad este domingo se llama in albis, (Dominica in albis vestibus depositis) del nombre latino alba, dado por la vestidura blanca que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua, y que se quitaban después de ocho días. San Juan Pablo II dedicó este mismo domingo a la Divina Misericordia, y la institución de la Fiesta se llevó a cabo junto a la canonización de sor María Faustina Kowalska, el 30 de abril de 2000.

1 La Fiesta de la Misericordia

“La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y «más humano», hoy y mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra—la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres.” (Carta Encíclica de San Juan Pablo II “Dives in Misericordia”)

Queridos todos: Parece que hoy y siempre tendremos la necesidad de esforzarnos por testimoniar que Dios es infinitamente misericordioso. Es labor de la Iglesia, como dice San Juan Pablo II en “Dives in Misericordia”. Ella no se cansa en exhortar que el hombre no desconfíe jamás del perdón divino. Lo que exige el Señor es humildad reconociéndonos pecadores, arrepentimiento y confianza absoluta en su Bondad y en su perdón.

Hoy reflexionaremos acerca de la Fiesta de la Divina Misericordia.  ¿Cuándo ha sido instituida? ¿Quién la instituyó? ¿Cuáles fueron los fines de tal institución?

Veremos en las respuestas a tales preguntas, la mano bondadosa de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad. (1Tim. 2, 4). Para esto, nosotras, juntamente con ustedes, rogando por todos, hacemos una cosa grata a Dios. El Apóstol San Pablo siempre insiste sobre el deber y la eficacia de la oración para cooperar a la voluntad de Dios. Es la oración algo que se introduce entre Dios y la voluntad libre del hombre, a fin de atraer sobre ésta gracias de luz y de fuerza por parte de Dios. Estas gracias son capaces de doblegar libremente al hombre a fin que acepte los planes salvadores de Dios.

La Fiesta de la Divina Misericordia es una celebración que el Señor Jesucristo ha querido que la Iglesia instituyese.

 Se celebra el segundo domingo de Pascua, actualmente llamado Domingo de la Divina Misericordia. Fue instituida primero en la archidiócesis de Cracovia, en1985, por su obispo, el cardenal Franciszek Macharski, y después en algunas otras diócesis de Polonia. Diez años más tarde, en 1995, el Papa San Juan Pablo II la extendió a toda Polonia, a petición expresa del episcopado polaco. El 30 de abril del 2000, el segundo domingo de Pascua y junto a la canonización de santa Faustina Kowalska, en Roma, el Papa San Juan Pablo II, la instituyó para la Iglesia universal.

Jesús habló de esta festividad litúrgica a Santa Faustina por primera vez en el convento de Pzock, en el mes de febrero de 1931, durante su primera aparición a propósito de la pintura del cuadro. Le dijo entonces: “Deseo que haya una fiesta de la Misericordia. Quiero que este cuadro, que pintarás con pincel, sea solemnemente bendecido el primer domingo después de Pascua; ese domingo debe ser la fiesta de la Misericordia” (D.49).

El Señor repitió la petición en años sucesivos, en otras revelaciones a sor Faustina, especificando no solo la fecha, sino también el motivo y el modo de celebrar la fiesta: Deseo que la fiesta de la Misericordia sea el recurso y el refugio de todas las almas, y especialmente de los pobres pecadores. En este día se abren las entrañas de mi misericordia, derramo todo un océano de gracias sobre las almas que se acercan a la fuente de mi misericordia; toda alma que se confiese y comulgue recibirá el perdón completo de sus culpas y la remisión de sus penas; en este día se abren todas las fuentes divinas por las que fluyen las gracias” (D.699). 

Esta Fiesta es pues, la manifestación de la Misericordia de Dios para el mundo, porque salió de “las entrañas de la misericordia” de Dios. Este día es por tanto un tiempo de la actuación especial de la Misericordia de Dios.

Se puede ver en el Diario de Santa Faustina, los siguientes puntos: 49, 74, 88, 206, 280, 299, 300, 341, 420, 458, 463, 505, 570, 699, 715, 742, 796, 1041, 1042, 1059, 1073, 1082, 1109, 1517, 1530. 

En resumen, Jesús hace referencia al Primer Domingo después de la Pascua, es decir, al segundo domingo del tiempo pascual. El mismo Cristo pide, que en esa fecha se celebre la fiesta de la Divina Misericordia.

Notemos que esta fiesta “tiene como objetivo destacar la estrecha conexión que guarda el culto a la Divina Misericordia con la pasión y la resurrección del Hijo de Dios”. (Marcin Kazmierczak “El culto de la Divina Misericordia en el mensaje de Sor Faustina Kowalska”).

Esto es muy importante porque se pone de manifiesto que la Divina Misericordia es el fruto de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Por eso es que, después de la Semana Santa y el Domingo de Pascua, se celebra, al domingo siguiente, la Fiesta de la Divina Misericordia.

Además, “El contenido de la imagen de Jesús Misericordioso se relaciona, muy estrechamente con la liturgia de ese domingo segundo de Pascua. Ese día la Iglesia lee el Evangelio según San Juan la aparición de Cristo resucitado en el Cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia. (Jn 20,19-29)(Sor Ma. Elzbieta Siepak “Introducción” Diario, editorial de los Padres Marianos Massachussets 2001). 

Digamos un poco más sobre este pasaje evangélico especialmente sobre la institución del sacramento de la Penitencia o Confesión de los pecados, para poder apreciar claramente la relación con la Divina Misericordia:

Jesucristo, resucitado y aparecido en el Cenáculo les dice a los apóstoles: “La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío Yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos.” El, que tiene todo poder en cielos y tierra, “envía” a los apóstoles, ahora, con una misión concreta. Van a ser sus enviados con el poder de perdonar los pecados. Al decir esto, “sopló” sobre ellos”. Es símbolo con el que se comunica la vida que Dios concede (Gen 2:7; Ez 37:9-14; Sab 15:11). Por la Penitencia, Dios va a comunicar su perdón, que es el dar a los hombres el “ser hijos de Dios” (Jn 1:12): el poder de perdonar, que es dar vida divina. Dios les comunica su poder y su virtud para una finalidad concreta: “A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos.” Aquí la donación del Espíritu Santo a los apóstoles tiene una misión de “perdón.” Los apóstoles se encuentran en adelante investidos del poder de perdonar los pecados. Evidentemente es éste el poder sacramental de la confesión. La Iglesia católica siempre entendió que este pasaje evangélico se refiere a la institución del Sacramento de la Penitencia.
Le dijo el Señor a Santa Faustina que en el día de la Fiesta: “El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. …… La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi misericordia.” (D. 699)

El evangelio de ese domingo deja ver que la confesión, es decir, el perdón de los pecados, es el fruto de la muerte y resurrección de Cristo. Por eso, esta liturgia, se ve reforzada con la celebración de la Fiesta de la Divina Misericordia. La misma, tiene que ser “refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores(D.420)

La condición para recibir la gracia de “la absolución plena de las culpas y penas”, comparada a la gracia del bautismo, es la confesión y la Santa Comunión (D. 69)9

Agreguemos también, que no debemos olvidar que, uno de los principios para acercarse a la misericordia de Dios es la actitud de confianza, la cual es la respuesta del hombre a la bondad infinita de Dios.

 Por lo demás, sería esta fiesta la ocasión que tienen los sacerdotes para predicar sermones sobre la grandeza de la Misericordia de Dios: “…No encontrará alma ninguna la justificación hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia. Ese día los sacerdotes han de hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita”…. (D. 570)

La otra condición para celebrar plenamente la fiesta de la Divina Misericordia es el cumplimiento de las obras de misericordia, ya que “la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil” (Diario 742, cf. Sant 2,17). El mensaje de la misericordia expresa la verdad de que la actitud de abrirse a la Misericordia de Dios comprende el acudir a los sacramentos, y también manifestaciones concretas de amor al prójimo. 

La fiesta de la Misericordia fue definida como “la última tabla de salvación” para que las almas no mueran a causa de los pecados y que no rechacen los frutos de la Pasión de Cristo. Esta definición se repitió en revelaciones a Santa Faustina, en la cual Jesucristo recordó su gran deseo de que se dé culto públicamente a la Divina Misericordia. En esta declaración llama la atención la semejanza con las revelaciones hechas a Margarita María Alacoque, en las cuales la devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue definida como la última tabla de salvación para los pecadores.

Vemos en concreto: El 17 de febrero de 1937, clavado en la cruz, Jesús dijo a Santa Faustina: “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi Misericordia, morirán para siempre.” (D 965). Las mismas ideas, pero expresadas en otra secuencia, se encuentran en la revelación (D 998): “Deseo que Mi Misericordia sea venerada; le doy a la humanidad la última tabla de salvación, es decir, el refugio en Mi Misericordia. Mi corazón se regocija de esta Fiesta.
Tenemos que entender, por lo tanto, que la Fiesta de la Misericordia, debe verse en este contexto como una ocasión que sirve como un atractivo poderoso para que los pecadores se aprovechen de las promesas que Jesús les extiende en esta celebración que los motiva a confiar en que Él les responderá. El mostrar esa confianza mediante el cumplimiento con las condiciones de Jesús para recibir ese día el perdón total de los pecados y penas, como un verdadero “segundo bautismo”, será para algunas almas la oportunidad de reconciliarse con Dios. Esto permitirá que Él las presente «resplandecientes a si mismo; sin que tengan mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sean santas e inmaculadas» (Efesios 5, 27), y así serán salvadas “para toda la eternidad.” (Nota 288ª del Diario de Santa Faustina, Editorial de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Maria Edición cuarta autorizada Stockbridge, Massachussets 2001)

 

2 La Misericordia de Dios y San Juan Pablo II

Como dijimos más arriba fue San Juan Pablo II quien instituye la Fiesta de la Divina Misericordia para la Iglesia universal.

Sólo unas líneas acerca de la implicancia de la figura y el accionar de San Juan Pablo II y la Fiesta de la Misericordia, ya que lo vamos a tratar más en extenso en otra oportunidad.

Siempre he apreciado y sentido cercano el mensaje de la divina Misericordia. Es como si la historia lo hubiera inscrito en la trágica experiencia de la segunda guerra mundial. En esos años difíciles fue un apoyo particular y una fuente inagotable de esperanza, no sólo para los habitantes de Cracovia, sino también para la nación entera. Ésta ha sido también mi experiencia personal, que he llevado conmigo a la Sede de Pedro y que, en cierto sentido, forma la imagen de este pontificado “. 

Estas palabras pronunciadas por el Papa San Juan Pablo II en el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia-Łagiewniki son la clave para entender su vida, su magisterio y su ministerio apostólico. Inspirado por el mensaje de la Divina Misericordia, que Dios le había transmitido a Sor Faustina, San Juan Pablo II escribió la primera encíclica, en la historia de la Iglesia, dedicada a la Divina Misericordia: “Dives in Misericordia”, y además de la institución de la Fiesta, consagró a todo el mundo a la Divina Misericordia, para que en ella la humanidad entera encuentre la salvación y la luz de la esperanza.

La beatificación y canonización de santa Faustina, las peregrinaciones al Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia-Łagiewniki, el cruzar el cambio de siglo y las nuevas amenazas del nuevo milenio, así como sus viajes apostólicos y su magisterio transmitido, por ejemplo, en los Regina caeli, eran oportunidades para acercar al mundo el mensaje de la Misericordia, verdad de la fe que encontramos tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. 

El empeño por ir profundizando el misterio del amor misericordioso de Dios para con el hombre, le condujo a mostrar plenamente en qué consisten las actitudes evangélicas: la confianza en Dios y la misericordia ejercida a favor del prójimo. 

El Papa San Juan Pablo II pidió, en repetidas ocasiones, que los cristianos de nuestros días se convirtieran en verdaderos apóstoles, testigos de esta verdad de la fe, porque – como afirmaba – “Nada necesita el hombre tanto como la Divina Misericordia: ese amor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre, por encima de su debilidad, hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios.”

Para la Iglesia y para el mundo entero, fue un signo indudable la fecha de su muerte, que coincidió con la víspera de la Fiesta de la Misericordia, el sábado día 2 de abril de 2005, cuando la Iglesia celebraba ya litúrgicamente esta gran Fiesta. De ese modo, el Santo Padre nos indicaba otra vez, como si fuera a título de testamento, aquello que es lo más esencial para la Iglesia y para el mundo: El camino de la esperanza pasa por el conocimiento de la misericordia de Dios, el abandono a Él y la caridad ejercida a las demás. “Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! – dijo San Juan Pablo II en el año 2002 en el Santuario de Cracovia – En todos los continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes se necesita la gracia de la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en el resplandor de la verdad.”

Nosotros que queremos cobijarnos bajo el amparo de la Divina Misericordia nos comprometemos a llevar el mensaje del Evangelio a todos los hombres. ¡Hagamos brillar el Amor Misericordioso de Cristo! ¡Que todos los hombres tengan la oportunidad de conocer a Dios y su infinita Misericordia!

Les deseamos una Santa Cuaresma para todos.

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