G. Leonardi
Discípulo
- INTERPRETACIONES Y PROBLEMAS.
El tema "discípulo" está unido en parte con el del "apóstol". Suscita menos tensiones, pero no carece de actualidad ni de interés; exige una aclaración en sus relaciones con el apóstol y en su misma definición. En efecto, muchos consideran que equivale a “cristiano"; por eso aplican a todos yentes lo que en los evangelios se dice de los discípulos. Otros lo refieren, en todo o en parte, solamente a los actuales "religiosos", que han asumido como propias las exigencias radicales de Jesús en relación con los discípulos; pero éstas no serían más que "consejos evangélicos", que sólo son practicables para unos sujetos destinatarios de una "especial" vocación y consagración.
Una simple mirada a una concordancia del NT suscita también algunas preguntas: el término "discípulo" (mathétes) aparece con frecuencia en todos los evangelios: 45 veces en Marcos; 71 en Mateo; 38 en Lucas; 78 en Juan. También aparece con cierta frecuencia en Hechos (28 veces, entre ellas una también en femenino: discípula, mathétria: 9,36). En los evangelios indica casi siempre a los seguidores de Jesús, y en los Hechos siempre a los miembros de las primeras comunidades cristianas. Luego, con gran sorpresa de nuestra parte, el término desaparece por completo de los escritos del NT.
Por eso nos proponemos profundizar en la relación de los discípulos con Jesús y entre ellos y en su continuación o no dentro de las comunidades cristianas.
- DISCÍPULO Y SEGUIMIENTO EN EL MUNDO JUDÍO Y EN LA LITERATURA AMBIENTAL.
a) En el mundo griego.
En la lengua griega extrabíblica el verbo manthánb, de donde se deriva mathéas, tenía ya en Herodoto (VII, 208) el sentido ordinario de "aprender", es decir, de asimilar mediante el aprendizaje o la experiencia.
El sustantivo correspondiente mathérás indicaba a un hombre que se vinculaba a un maestro (didáskalos), al cual pagaba unos honorarios: o para aprender un oficio, y entonces correspondería a nuestro "aprendiz", o bien una filosofía y una ciencia, y entonces correspondería a nuestro 'alumno"
b) En la Biblia hebrea.
También en la traducción griega de los Setenta se utiliza el verbo manthárió (que corresponde al hebreo lamad) en el sentido ordinario de "aprender".
Por el contrario, el sustantivo derivado "discípulo" (mathétés) no aparece nunca; por lo demás, el mismo correspondiente hebreo talmid sólo aparece en 1 Crón 25,8 para indicar a los "discípulos" de los "maestros cantores" del templo. Esto parece ser que se debe a la antigua conciencia de Israel de que sólo Dios es el maestro, cuya palabra hay que seguir. Por eso los seguidores de los mismos profetas se designan como servidores (mesaret), y no como discípulos suyos: así Josué de Moisés (Ex 24,13; Núm 11,25), Eliseo de Elías (1Re I9,29ss), Guejazí de Eliseo (2Re 4,12) y Baruc de Jeremías (Jer 32,12s).
c) En las escuelas rabínicas.
Precisamente en relación con las escuelas filosóficas griegas que se intentó erigir en la misma Jerusalén (cf I Mac 1,14; 2Mac 4,9) se desarrolló en el judaísmo la institución del rabbi (lit. = "grande mío" o "eminencia"); este término fue traducido en las comunidades judeo-helenistas por el sinónimo didáskalos ("maestro").
El discípulo del rabbi era llamado talmid (de lamad, "aprender"). Había así entre los judíos varias escuelas de rabbi y de discípulos, llamadas "casas" ("casa de Hillel", "casa de Sammai"), a veces en contraste entre sí en algunos puntos discutidos, como aparece en la literatura rabínica. Por su sabiduría, los rabbi tuvieron también el antiguo título tradicional de "sabio" (hakam), mientras que "por su madurez de juicio, por su prudencia y experiencia, independientemente de su edad, fueron llamados 'presbíteros' " (E. Testa, o.c., 347). Frecuentemente se les dio también el título de "padre", de modo que las sentencias de los rabbi se llamaban "perí cop as de los padres" (pirqé 'Abot), así como el título de mari ("señor mío": ib; cf Mt 23,8-10).
El talmid, en su trato con el rabbi, aprendía con él no sólo la ley escrita mosaica, sino también la oral, llamada esta última "la tradición de los presbíteros"(parádosis tón presbytérón: cf Mc 7,3-13/Mt 15,2-9). Así pues, el talmid tenía que estudiar durante largas horas todo el saber del maestro. No se podían escuchar las Escrituras sin la introducción del maestro (Ber. 476); sólo así el discípulo podía esperar convertirse también él en "sabio" y recibir del maestro una especie de ordenación que lo declaraba a su vez rabbi y le daba la facultad de enseñar, de abrir una escuela y de imponer su propia tradición doctrinal.
Por lo que se refiere a la metodología didáctica, como ha observado G. Gerhardsson en sus estudios, el discípulo aprendía escuchando y viendo: escuchaba y recogía religiosamente todas las palabras del maestro y de sus alumnos más influyentes, hacía preguntas y al final de su aprendizaje podía ofrecer él también su aportación; pero además veía y seguía atentamente todas las actividades del maestro y lo imitaba. Los informes de estas escuelas rabínicas, recogidos más tarde en el Talmud, refieren no sólo las palabras, sino también los ejemplos de los rabinos.
Los rabinos enseñaban de memoria, repitiendo varias veces el texto de la ley mosaica; enseñaban además de memoria sus interpretaciones y sus máximas; pero las condensaban en fórmulas sintéticas, lo más brevemente posible. Es famosa su norma: "Mejor un grano de pimienta picante que una cesta llena de pepinos". Para facilitar el aprendizaje mnemónico recitaban el texto en voz alta y con una melodía de recitación; y aunque oficialmente esta tradición oral no se escribía en tiempos de Jesús para mantenerla secreta a los paganos, lo; discípulos tomaban apuntes o notas escritas; por eso hoy se va afirmando la opinión de que entre los mismo: rabinos no existió nunca una tradición puramente oral. El mismo Pablo se formó con estas técnicas en la escuela de Gamaliel (He 22,3; cf Gál 1,14) [Lectura judía de la Biblia].
- DISCÍPULOS DE JESÚS Y SU SEGUIMIENTO.
El sustantivo "discípulo': (mathetés) es empleado por los cuatro evangelios para indicar a veces a los discípulos del Bautista (Mc 2,18 y 6,29 par; Lc 7,18-19/Mt 11,2; Lc 11,1; Jn 3,25), pero prefieren usarlo para señalar a los seguidores de Jesús. Dada la convergencia de los textos, es innegable que el Jesús terreno fue considerado como un rabbi y se vio rodeado de discípulos, como ellos.
a. Según los evangelios sinópticos.
Aunque no había sido más que un simple carpintero (Me 6,3), Jesús enseñó y discutió en las sinagogas (Mc 1,21-28 par; 6,2-6 par; Mt 4,23; 9,35; 12,9-14) y en la misma Jerusalén al estilo de los rabbi (Mc 12,1-37 par), y se le plantearon preguntas de tipo jurídico (Lc 12,13-15). Llama en su seguimiento a un grupo de discípulos: primero a cuatro, las dos parejas de hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan (Mc 1,16-20 par); luego a un quinto, Leví, y con él a otros muchos (Mc 2,13-17; cf v. 15 par). Más adelante escoge a doce, entre linos a los cuatro primeros y a un tal "Mateo", identificado por el primer Evangelio con el "Leví" anterior; hace vida común con ellos (Mc 3,13-19 ar), para mandarlos luego a continuar su misión (6,7-13 par). Estos discípulos lo llaman su "maestro": a veces en la forma hebreo-aramea rabbi (Mc 9,5; 11,21; 14,45) y más ordinariamente en el equivalente griego didáskalos (10 veces en Marcos; seis en Mateo; 12 en Lucas).
Pero aparecen notables diferencias entre el talmid hebreo y el discípulo de Jesús. En las escuelas filosóficas griegas y en las rabínicas era el discípulo el que escogía la escuela y el maestro; en los evangelios, por el contrario, es Jesús el que con autoridad divina llama a los discípulos, del mismo modo que Dios llamaba a los profetas del AT, y les fija las condiciones para su seguimiento (Mc 1,17 par; Lc 9,57-62, etc.). Parece ser precisamente éste el motivo de que el verbo matheteúo, derivado de mathetés (y que de suyo, en griego, tiene un significado estático o activo, es decir, sirve para indicar lo mismo "ser discípulo" que "hacer discípulos"), se emplee en el NT cuatro veces, y siempre en el sentido activo de "hacer discípulos": o por parte de Jesús (Mt 13,52; 27,57) o por parte de los enviados por Jesús (Mt 28,19; He 14,21). Por el mismo motivo el verbo "aprender" (mantháno) es raro y se le sustituye por el correlativo enseñar (didásko), referido eminentemente a Jesús.
En las escuelas filosóficas griegas y en las rabínicas el discípulo buscaba en el maestro una doctrina y una metodología para convertirse a su vez en maestro: en los evangelios los discípulos siguen a Jesús como el único maestro (didáskalos) y preceptor (kathegétes), de modo que no pueden llamarse a su vez rabbi, preceptores, ni tampoco padres, sino hermanos, ya que tienen todos un solo Padre celestial (Mt 23,8-10). Deben aspirar más bien a hacerse en todo semejantes, en su misma suerte, al único maestro y Señor (didáskalos y Kyrios), Jesús (Lc 6,40/ Mt 10,24-25). Ellos tendrán a su vez la tarea de hacer discípulos (mathetéuo), pero consagrándolos con el bautismo al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y haciéndolos obedientes a los mandamientosde Jesús (Mt 28,19; cf He 14,21). Por eso siguen a Jesús como una persona a la que hay que entregar sin reservas toda la vida, por encima de todos los bienes y de los mismos afectos a los hermanos, a los padres, a los hijos y a la esposa (Mc 10,17-30 par; Lc 14,26-27/Mt 10,37-38; Mc 3,31-35 par), sin poder ya mirar para atrás ni retirarse (Lc 9,57-62/ Mt 8,19-22).
Para ser discípulo de Jesús hay que seguirlo. El seguimiento de Jesús se expresa en los sinópticos bien con el verbo "seguir" (akolouthéó), bien con la expresión "ir detrás de" (érjomai deúte u opiso).
El verbo akolouthéo significaba ya en Tucídides "hacer el camino con alguien", "seguir", en un sentido favorable o también hostil. En el NT encontramos este verbo casi exclusivamente en los evangelios (59 veces en los sinópticos y 18 en Juan); en otros lugares raramente y sin relieve teológico.
En los sinópticos el verbo se aplica a veces a la muchedumbre que sigue a Jesús con cierta simpatía, aunque todavía de forma superficial (Mc 3,7/ Mt 4,25; Mt 12,15; Mc 5,24; Mt 8,1.10/ Lc 7,9; Mt 14,13/ Lc 9,11; Mt 19,2; 20,29); a los muchos pecadores que después de la llamada de Leví siguen a Jesús (¿o a Leví?) en el banquete que da en su casa (Mc 2,15 par); a las mujeres que habían seguido a Jesús para servirle (diakonéo). Lucas había narrado anteriormente que en Galilea habían acompañado ya ellas a Jesús (8,2-3) y a los doce en la obra de evangelización y que algunas de buena posición le habían "servido" con sus bienes, ya que era una obligación de los discípulos de los rabinos proveer a la manutención del maestro y del grupo. Por eso se comportan novedad sin paralelos entre los rabinos judíos— como verdaderas discípulas.
Pero en todos estos casos el seguimiento no va precedido de una llamada del maestro (aunque no se la excluye). Otras veces se trata de un seguimiento que es la respuesta a la llamada inicial y definitiva dirigida por Jesús (de ordinario con el imperativo "sígueme") a individuos concretos o a grupos, que precisamente desde aquel momento son llamados expresamente discípulos, y cuya vocación se describe al modo de la llamada del profeta Eliseo por parte del profeta Elías (1Re 19,19-21): el seguimiento de las dos parejas de hermanos Pedro y Andrés, Santiago y Juan (Mc 1,16-20 par); el seguimiento desechado del rico (Mc 10,21.18 par.). Este seguimiento "detrás" (opíst5) de Jesús supone renegar de la propia mentalidad de pecado, para uniformarla a la de Dios, hasta llevar la propia cruz juntamente con Jesús (Mc 8,34 par). Jesús da la orden de seguirle también al que se le ha ofrecido espontáneamente; pero antes le dicta las condiciones exigidas (Mt 8,19.22/ Lc 9,57.59.61).
Jesús llama a este discipulado a cualquiera, sin barrera alguna: a personas puras, pero también a pecadores y publicanos (como Leví: Mc 2,14 par), a zelotes (como Simón "el zelote": Lc 6,15; He 1,13) y a hombres de toda condición: cuatro pescadores (Mc 1,16-20 par), un cobrador de tributos (2,14 par), una persona casada (Pedro: Mc 1,30 par; pero, al parecer, también a otras: cf 10,29).
Todos ellos son llamados por Jesús de su profesión a otra análoga y de otro orden: "Os haré pescadores de hombres" (Me 1,17). La referencia a Jer 16,16 especifica que la finalidad de esta nueva profesión será la de reunir a los miembros del pueblo de Dios para el juicio definitivo.
Esta nueva profesión asimilará al discípulo con el maestro en las contradicciones y persecuciones (Mt 10,24-25/ Lc 6,40) y le obligará a confesarlo públicamente sin renegar jamás de él (Mt 10,32-33 / Le 12,8-9).
Una actitud equivalente a la del seguimiento es la que se contiene en la expresión "ir detrás" (erjomai o deúte opiso con genitivo); la encontramos para indicar el seguimiento de Jesús en todos los sinópticos (Mc 1,17.20/ Mt 4,19; Mc 8,33/ Mt 16, 23.24; Le 9,23; 14,27). En especial, según Lc 9,62, no es idóneo para el reino de Dios aquel que pone la mano en el arado y mira hacia atrás (eis tá opiso); no hay que ir detrás de aquellos que se presentan en el nombre de Jesús para anunciar la proximidad de la parusía (21,8; cf He 20,30).
Para Lucas, después de pentecostés, el término "discípulo" se convierte en sinónimo de "creyentes en Cristo", es decir, de los que se comprometen a su imitación: o el individuo Concreto, cuando se usa en singular (He 9,10.26; 16,1; 21,16), o la comunidad entera, cuando se usa en plural 6,1.2.7; 9,1.19.25.26.38; 11,29; 13,52; 4,20.22.28; 15,10; 18,23.27; 19,9.30; 20,1.30; 21,4.16). Es decir, pasa a indicar a todos los cristianos (11,26), e origen tanto judío como pagano. Es evidente que todos estos discípulos pospascuales llevaban un sistema de vida adaptado a la nueva situación, muy distinto del comunitario físico-corporal con el rabbi Jesús, y e iban organizándose según una nueva estructura.
Ya hemos observado en este sentido que en todo el epistolario del NT, incluido el Apocalipsis, no vuelve a aparecer el término "discípulo": los cristianos son llamados con otros nombres, quizá precisamente para indicar la diferencia del sistema de los primeros discípulos del rabbí Jesús. Esta misma desaparición vale para el verbo "seguir" en el sentido de seguimiento; evidentemente, se recurre a otros verbos para expresar 'la relación del cristiano con el resucitado. Pablo utiliza la expresión “ser en Cristo”, o bien tener sus mismos sentimientos de humildad y de servicio (Flp 2,5-11); llega también a exhortar a que le imiten a él mismo como modelo, pero en su conducta orientada a la imitación del único modelo incomparable que es Cristo, de manera que los cristianos sean a su vez typos, es decir, modelo, para los demás (]Tes 1,6-7; 1Cor 11,1).
b) Según el cuarto evangelio.
También según Juan, Jesús, a pesar de que no asistió a las escuelas de los rabinos, demuestra en los patios del templo que posee su cultura y sus técnicas de enseñanza (7,14-15). Además, aparece rodeado y en diálogo con un grupo de discípulos (56 veces) que lo llaman rabbi (1,38.49; 11,8).
De los relatos de Juan se deduce que el proceso histórico de formación de los discípulos fue probablemente más lento y complejo que el que presentan las vocaciones sinópticas ideales y estilizadas descritas anteriormente; en efecto, Jesús tuvo ya un primer contacto con algunos futuros discípulos en el ambiente de los discípulos del Bautista (1,35-42), y el seguimiento adquirió su forma definitiva sólo con la experiencia pascual (cf 7n 21,1-19).
En un evangelio en que falta el término ekklésía (iglesia), la expresión "los discípulos" indica prácticamente el grupo o la comunidad de Jesús, es decir, con terminología joanea, a aquellos que, creyendo en él, han pasado de las tinieblas a la luz (3,13-17.21); son distintos de los "discípulos de Moisés" (9,28) y de los mismos "discípulos" del Bautista (4,1). Se identifican con los que Jesús gana para sí con su palabra y con sus signos milagrosos (1,35-2,22) y que han creído en su palabra (8,31); ésos son sus "amigos", a quienes ha revelado los secretos del Padre (15,1517). Jesús les promete que después de su partida se verán animados por su Espíritu paráclito (14, I 6-17; 15,26-27; 16,7-15), que los guiará en la comprensión de toda la verdad y que les anunciará además las cosas futuras (16,13). Según el modelo del Kyrrios y maestro Jesús, tienen que servirse mutuamente, incluso en los servicios más humildes (como el lavatorio de los pies: 13,13-17). Tendrán como distintivo de discípulos "suyos" el mandamiento nuevo (correspondiente a la nueva alianza) del amor mutuo, según el modelo de Jesús (13,3435), que llegó a dar su vida por sus amigos (15,12-13). También ellos han de estar dispuestos a morir por él (11,7.16).
Estos discípulos representan además a la comunidad futura en contraste con el judaísmo incrédulo (y excomulgada por él hacia el año 100); así, el ciego de nacimiento, curado por Jesús, aparece como modelo del "discípulo de Jesús", en contraste con los fariseos, que se declaran tan sólo "discípulos de Moisés" (9,27s). Los discípulos representan a los futuros creyentes incluso en su temerosa adhesión a Cristo. El término mathetés es utilizado para José de Arimatea, pero con cierto tono de reproche, por ser "discípulo" secreto por temor a los judíos (19,38; cf también las alusiones a Nicodemo: 3,1-2; 19,39).
En el cuarto evangelio aparece también la figura misteriosa de un discípulo amado de manera especial por Jesús (1,35-40; 18,15-16; 19,26-27; 20,2-8; 21,2.7.20-24) y que durante la última cena estaba recostado en su pecho (13,23-26). Comúnmente se le identifica con el autor del cuarto evangelio. En la redacción última del mismo parece personificar al discípulo intuitivo, previsor y carismático frente al institucional de Pedro. Los dos viven en comunión dentro de la comunidad, aunque con momentos dialécticos de tensión. Este discípulo corre por delante, avanza más pero sabe asimismo aguardar a Pedro (20,2-10; 21,7).
(…)
- LOS DESTINATARIOS DE LA RADICALIDAD EVANGÉLICA.
Con esta expresión hace ya varios decenios que se indican aquellas enseñanzas duras y exigentes de Jesús que imponen actos o actitudes de ruptura respecto a las formas habituales, humanas o religiosas, de obrar, y que se presentan a su vez con rasgos paradójicos o absolutos.
Hemos visto que Jesús impone a los discípulos, y especialmente a los doce, un seguimiento que supone el abandono de la profesión y de la familia; Jesús impone a los apóstoles o misioneros que partan sin equipaje y que para la comida y el alojamiento confíen en la acogida de los evangelizados.
Están además las exigencias generales o imperativas morales de llevar la propia cruz por causa de Jesús, hasta la renuncia de la propia vida (Mc 8, 34-38 p), de preferirlo hasta llegar a odiar por él al propio padre a la propia madre (Lc 14,26.27) Mt (10,37-39) y de renunciar a las propias riquezas para dárselas a los pobres (Mc 10,17-31 par, etc.). ¿Quiénes son destinatarios? ¿Sólo los primeros discípulos históricos de Jesús o todos los cristianos de todos los tiempos? ¿O bien esas exigencias son sólo consejos evangélicos", destinados a Vida "religiosa" en el sentido que alcanzará este término en los siglos posteriores?
Remitiendo a la obra citada de Matura para un análisis detallado De diversos textos, creemos que se puede concluir con él que lo único que puede llamarse "consejo", al no ser una prescripción dirigida a todos los creyentes, es la / virginidad por el reino de Dios (Mt 19,11-12; cf 1Cor 7,7). Todas las demás exigencias van dirigidas a todos los discípulos, y por tanto a todos los cristianos; obviamente, a los responsables de la comunidad y a los misioneros de forma especial, puesto que han de ser los primeros en dar ejemplo. Se duda, en cambio, en deducir si Jesús exigió a todos los cristianos abandonar sus bienes o mejor ponerlos en común para atender a los pobres y a los necesitados de la comunidad; sin embargo, éste es el sentido que aparece del conjunto de todos los textos evangélicos, y especialmente de la correlación que establece Lucas entre la llamada del rico (18,22.28) y el sistema de vida de los primeros cristianos (He 2,45; 4,32.35). Por eso las dudas parecen nacer, más que de los textos, de las consecuencias que se derivan. En efecto, "no hay nada en los textos examinados que permita reservar las exigencias radicales a un grupo restringido, sea cual sea... Los sinópticos extienden estas exigencias —incluso la puesta en común de los bienes— a todos los creyentes... El contenido de estas exigencias es muchas veces claro y duro; la forma de vivirlas en concreto se deja a la invención creadora de cada uno, como una interpelación inquietante" (p. 232). Pero, a mi juicio, los ejemplos de Ananías y Safira por una parte y de Bernabé por otra (He 4,365,11) invitan a no establecer un nivel igual de exigencia radical para todos; por eso queda espacio dentro de las comunidades cristianas para vocaciones "religiosas" más radicales que las otras, pero que deberían manifestarse como "signo" y estímulo a todos los cristianos en la actuación misma de la exigencia evangélica de compartir fraternalmente los bienes.
También J. Eckert concluye que tanto la radicalidad en el seguimiento como los respectivos imperativos morales prescriben una orientación total al reino de Dios: "Se parecen a llamadas que quieren hacer del hombre un 'claro-oyente' (el momento lingüístico) y un `clanvidente' (el momento de contenido), para que él reelabore de vez en cuando en su propia situación y con imaginación los principios fundamentales del reino de Dios presentados ejemplarmente... Los radicalismos son la sal del anuncio de Jesús" (p. 325).
(Leonardi, G., Apóstol / Discípulo, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ediciones Paulinas, Madrid, 1988, p. 153 – 162)