Alois Stöger
Los ricos de corazón y los pobres de corazón
b) Los fariseos aficionados al dinero (Lc/16/14-18)
14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que son aficionados al dinero, y se burlaban de él. 15 Pero él les dijo: Vosotros os presentáis como justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestro corazón; porque aquello que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios.
Los fariseos pasaban por aficionados al dinero. Jesús les echa en cara que devoran las casas de las viudas (Lc.20:47). En la secta de Qumrán se los llama «gente embustera, que tiene puesta la mira en pasarlo bien y vivir en la abundancia». Del doctor de la ley Jokcanán (+287) se ha transmitido esta sentencia: «Los miembros dependen del corazón, el corazón depende de la bolsa.» Entre los fariseos, la pobreza es mirada como una maldición. La riqueza es premio de la religiosidad, la pobreza es castigo por el pecado. «Riquezas, honra y (larga) vida son premio de la humildad y del temor de Yahveh» (Pro_22:4). Quien impugna la riqueza de los fariseos, pone también en duda su fidelidad a la ley y su moralidad. Jesús osa hacerlo y trastorna su doctrina. Él va de una parte a otra como pobre (Lc.8:1), predica la renuncia a las posesiones y declara bienaventurados a los pobres, mientras que lanza conminaciones -«¡ay de vosotros!»- contra los ricos. En favor de ellos hay una larga tradición. Se burlan de él y lo desprecian.
Los fariseos, aficionados al dinero, aseguran su vida mediante las riquezas, y su existencia delante de Dios mediante «obras de justicia»: no olvidan la ley y hacen buenas obras. Se tienen por justos y están convencidos de que también Dios aprueba este dictamen. Por sus riquezas reconocen que Dios confirma su parecer. Jesús, en cambio, desbarata este juicio y este modo de pensar, destruye su seguridad, reduce a escombros su construcción religiosa, tras la que se atrincheran. Dios mira al corazón, a las intenciones de que proceden las obras. No buscan a Dios, sino su honra, se buscan a sí mismos (Mat_16:1-18). Al que Dios hace justo, ese es justo en verdad. Ahora bien, Dios sólo hace justo al que es pequeño ante Dios. Lo que es alto entre los hombres, es abominación ante Dios, impuro y repugnante como un ídolo. «El hombre será humillado, abatidos los varones, y bajados los ojos altivos» (Isa_15:5). Por Jesús invierte Dios el juicio de los fariseos: «Gloríese el hermano humilde en su exaltación, y el rico en su humillación, porque pasará como flor de heno» (Stg_1:9 s). La primera bienaventuranza del sermón de la montaña resuena en estas palabras: «Bienaventurados los pobres» (Lc.6:20), «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mat_5:3).
(…)
c) El rico epulón (Lc/16/19-31)
19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. 20 A su puerta yacía un pobre, llamado Lázaro, lleno de llagas, 21 el cual deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros se acercaban para lamerle las llagas. 22 Sucedió, pues, que el pobre murió, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Pero murió también el rico, y fue sepultado. 23 Y en el abismo, estando en medio de tormentos, levantó los ojos y vio desde lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. 24 Entonces gritó: Padre Abraham, ten compasión de mí, y envía a Lázaro para que, mojando en agua la punta del dedo, venga a refrescarme la lengua; que estoy sufriendo horrores en estas llamas. 25 Pero Abraham le contestó: Hijo, acuérdate de que ya recibiste tus bienes en tu vida, mientras Lázaro, en cambio, los males; ahora, pues, él tiene aquí el consuelo, mientras tú el tormento. 26 Y además de todo esto, entre nosotros y vosotros ha quedado establecido un inmenso vacío, de suerte que los que quieren pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni tampoco atravesar de ahí a nosotros.
Se ha alcanzado ya la primera cima de la narración. Con una imagen de gran dramatismo se representa lo que significan las conminaciones lanzadas a los ricos que están hartos y que ríen, así como las bienaventuranzas de los desheredados, de los que tienen hambre y de los que lloran (Lc.6:20 ss). Lo que aquí se relata es una amonestación a los ricos y un consuelo para los pobres. Para el rico cada día es una fiesta regocijada, un espléndido banquete. Todos los días se viste de fiesta: la indumentaria exterior es de lana adornada de púrpura fenicia, la interior, de lino finísimo importado de Egipto a Palestina. Las comidas son de fiesta. Este rico puede permitirse aquello con que soñaba para el futuro el rico labrador: «Descansa, come, bebe, y pásalo bien» (Lc.12:19). El reverso de la medalla, la contrapartida, es el pobre. Cubierto de llagas está echado a la puerta que lleva al palacio del rico; allá es llevado todos los días. El hambre lo atormenta. En las casas acomodadas se utilizan en la comida las migajas para limpiarse las manos y luego se tiran debajo de la mesa. El pobre suspira por ellas con avidez, pero nadie se las da. Los perros medio salvajes que vagan por las calles le lamen las llagas, sin que el pobre hombre pueda impedirlo. El nombre del pobre es Lázaro, el-azar, que quiere decir: Dios ayuda. Es uno de esos pobres que llevan su miseria con paciencia y confianza en Dios, que sólo pueden soportar su existencia porque se fían de Dios; es uno de esos que en los salmos y en las palabras de los profetas son consolados con las promesas de Dios, de esos a quienes van dirigidas las bienaventuranzas del sermón de la montaña.
El rico vive como si no existiera Dios. Lo tiene todo. ¿Qué falta le hace Dios? No ve a Dios, no ve al pobre. Vive a sus anchas, nadando en el placer y en la abundancia. No está contra Dios, ni tampoco oprime al pobre. Únicamente está ciego para no ver a Dios, al pobre, «a Moisés y a los profetas». El relato hace hincapié en lo que viene después de la muerte. Ambos mueren, el rico y el pobre. Del pobre y del rico se dice la misma palabra: «murió»; esto es común a los dos. En la muerte son los dos iguales. Sigue el entierro. Todavía una última diferencia. El rico es sepultado con pompa y fasto. El entierro del pobre no se cuenta, ni se menciona, porque ni siquiera era digno de mención. Sin embargo, ha comenzado ya la gran mutación. Los ángeles se lo llevan. «Cuando un justo pasa de este mundo al otro, le salen al encuentro tres coros de ángeles puestos a su servicio.» Llevan al pobre al banquete celestial. Allí recibe un puesto honorífico a la derecha del padre de familia, Abraham (Mat_8:11). El rico va después de su muerte al mundo inferior (el hades), que aquí se entiende como lugar de castigo y de tormento. Los muertos se hallan en lugares diferentes, según que en su vida terrena cumplieran o no la voluntad de Dios. La existencia del hombre no se restringe a la vida de la tierra, sino que perdura todavía después de la muerte. La historia narrada traza las líneas que van del ahora al entonces, indicando lo que significa lo presente para el futuro. Hay todavía algo más que el bienestar de la vida de la tierra.
El rico se halla en el lugar del tormento, Lázaro sentado a la mesa del banquete celestial, en el seno de Abraham (se comía recostado), en el lugar de la felicidad y bienaventuranza. «Tras el juicio aparece el foso de los tormentos, y enfrente el lugar de refrigerio, se hace visible el horno del infierno, y enfrente la dicha del Edén (del Paraíso)», así se expresa el cuarto libro de Esdras (7,36). De un lugar al otro se pueden ver y hablar los unos con los otros. En el mundo inferior puede el rico levantar los ojos y ver a Abraham desde lejos. Según el libro mencionado, las almas de los réprobos se ven atormentadas porque observan cómo hay ángeles que en profundo silencio guardan las moradas de las otras almas (4Esd_7:85). Lo que dice Jesús en esta narración acerca de la vida de ultratumba se inspira en las ideas de su ambiente. (…). Jesús utiliza las imágenes tradicionales para anunciar su doctrina de forma más gráfica y penetrante. El pobre está sentado a la mesa del banquete; el rico, lejos, está atormentado; el pobre goza del puesto de honor, el rico sufre una sed terrible, el pobre está harto, el rico ansía poder humedecer su lengua seca con un poco de agua. A los impíos les aguardan «sed y tormentos» (4Esd_8:59). El que sufrió en su vida terrena es consolado, el que gozó es atormentado. Esto suena como si en el más allá todo se redujera a un reajuste de las suertes de la tierra. Ahora bien, ¿por qué es atormentado el rico? ¿Sólo porque fue rico? ¿Por qué es dichoso el pobre? ¿Sólo porque fue pobre? La primera parte de la narración necesita ser completada. La primera cima reclama la segunda.
La suerte del rico en el más allá es desesperada. Los judíos estaban convencidos de que su padre Abraham podía con su intercesión librarlos incluso del infierno. «Los que caminan por el valle de lágrimas son los que en esa hora son juzgados en el Gehinnon (el infierno); luego viene nuestro padre Abraham, los hace subir y los acoge.» El rico avariento clama en su tormento a su padre Abraham. ¡En vano! Entre el lugar del tormento y el lugar de la bienaventuranza hay un foso infranqueable: no hay intercesión que salve, no se puede esperar cambio de morada. Está desbaratada toda esperanza.
27 El rico respondió: Ruégote siquiera, padre, que lo envíes a casa de mi padre -28 porque tengo cinco hermanos-, con el fin de prevenirlos, para que ellos no vengan también a este lugar de tormento. 29 Pero Abraham le replica: Ya tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. 30 él insistió: No, padre Abraham; si, en cambio, se presenta a ellos alguno de entre los muertos, se convertirán. 31 Pero Abraham le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, ni aunque resucite uno de entre los muertos se dejarán persuadir.
Ahora aparece claro por qué es atormentado el rico. Disfrutó de la riqueza, se sentía seguro, no tenía órgano para percibir la constancia y el consuelo que se nos da por la Escritura (Rom_15:4), era sordo a la palabra de Dios y a su llamamiento. La riqueza y la vida en la abundancia habían vuelto ciego al rico, ciego para no ver a Dios, ciego para no ver al pobre, ciego para la otra vida; lo hicieron refractario al otro mundo. A las bienaventuranzas de los que por su aflicción ponen su esperanza en Dios y por ello tienen el corazón abierto a Dios, siguen las bienaventuranzas de los que son accesibles a los hombres y a su miseria (cf. Mat_5:3-6; Mat_5:7-10). Lázaro, que en su aflicción pone su esperanza en Dios, es admitido en el banquete del reino. La riqueza encierra peligros...
En Moisés y en los profetas, en la Sagrada Escritura, Dios nos dejó consignada su palabra, que quiere amonestarnos, apercibirnos, iluminarnos y guiarnos para que no vayamos a dar en el lugar de los tormentos. «Y tenemos así más confirmada la palabra profética, a la que hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en vuestro corazón» (2Pe_1:19). Esta palabra lleva a reformar los pensamientos conforme a los pensamientos de Dios, es el comienzo del retorno a Dios y a la penitencia. El contenido de la Escritura es Jesucristo, su muerte y su resurrección (2Pe_24:27.46). El que oye la palabra de Jesús y la sigue es preservado de la suerte del rico, ya que el fruto del anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús es la penitencia y la conversión (Hec_2:37 s).
El que no escucha la Sagrada Escritura, tampoco se deja convencer aunque venga un mensajero del otro mundo. Incluso el mayor milagro, la resurrección de un muerto, sería en vano. Lázaro de Betania fue resucitado, y con ello se consumó el endurecimiento de los judíos hostiles a Cristo (Jua_11:46 ss). Dios satisfizo el deseo del rico resucitando a Jesús de entre los muertos. En él dio a los doctores de la ley y a los fariseos la señal que exigían al igual que el rico: «Esta generación perversa y adúltera reclama una señal, pero no se le dará más señal que la del profeta Jonás. Porque así como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches» (Mat_12:39 s).
El rico, que está en peligro de apoyarse en su riqueza y de fiarse de ella, tiene que cambiar de dirección y buscar la voluntad de Dios. Fruto genuino de tal cambio de dirección y de tal retorno a Dios es el amor al prójimo con obras (Mat_3:10 s): «¿Sabéis qué ayuno quiero yo?, dice el Señor, Yahveh: Romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar ir libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo; partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano» (Isa_58:6 s). La comunidad en la que pensaba ante todo Lucas tenía necesidad de la amonestación, como la consignó Santiago en una situación semejante: «Escuchad, hermanos míos queridos: ¿No escogió Dios a los pobres según el mundo, pero ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman? ¡Y vosotros habéis afrentado al pobre!... Hablad y actuad como quienes han de ser juzgados por una ley de libertad. Pues habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó misericordia» (Stg_2:5.6.12s).
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)