Alois Stöger
Predicciones cumplidas
(Lc.21,5-24)
a) Preguntas acuciantes (Lc/21/05-09)
5 Mientras algunos iban hablando acerca del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y exvotos, él dijo: De todo esto que estáis viendo, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra: todo será demolido.
El templo, en cuya construcción se trabajaba (20/19 a.C.-63 d.C.) todavía en la época de Jesús, contaba entre las siete maravillas de la antigüedad. Espléndidamente brillan blancos bloques de mármol; el templo está adornado con magníficos exvotos, sobre todo con la vid de oro sobre la puerta del santuario. Solía decirse: «Quien no ha visto a Jerusalén en su magnificencia, no ha experimentado gozo en sus días. Quien no ha visto el santuario con su ornato, no ha visto una ciudad bella.»
A los que expresan su admiración entre el pueblo responde Jesús con predicciones de ruina: El templo será destruido (Luc_19:43). Dios no mira a las hermosas piedras y a los preciosos exvotos, sino que busca un pueblo en que se eche de ver que Dios mora en medio de él. Ahora se repite y se cumple la amenaza de los profetas: «Oíd, pues, cabezas de la casa de Jacob y jefes de la casa de Israel, que aborrecéis lo justo y torcéis lo derecho... Sus jueces sentencian por cohecho; sus sacerdotes enseñan por salario; sus profetas profetizan por dinero y se apoyan sobre Yahveh diciendo: ¿No está entre nosotros Yahveh? No nos sobrevendrá la desventura. Por eso, por vosotros será Sión arada como un campo, y Jerusalén será un montón de ruinas, y el monte del templo será un breñal» (Miq_3:9-12, cf. Jer_7:14; Jer_26:18; Eze_24:21).
7 Luego le preguntaron: Maestro, ¿cuándo, pues, sucederá esto, y cuál será la señal de que estas cosas se van a realizar?
Sólo se pregunta por el fin del templo. En Marcos se pregunta cuándo vendrá el fin del mundo (Eze_13:4). Mateo formula más concretamente la pregunta: «¿Cuándo sucederá esto y cuál será la señal de tu parusía y del final de los tiempos?» (Mat_24:3). La destrucción de Jerusalén, la venida del Hijo del hombre y el fin de este mundo están enlazados entre sí. (…)
8 él contestó: Mirad que no os dejéis engañar. Porque muchos vendrán amparándose en mi nombre, y dirán. Soy yo, y también: El tiempo está cerca. No vayáis tras ellos. 9 Y cuando oigáis fragores de guerras y de revoluciones, no os alarméis; porque eso tiene que suceder primero, pero no llegará tan pronto el fin.
La pregunta por el tiempo y las señales de la ruina de Jerusalén queda sin respuesta. A los cristianos que aguardan con ansia la venida de Cristo se les dirigen palabras de instrucción, pues el deseo impaciente de ver satisfecho este anhelo induce a prestar oídos a falsos rumores. También Pablo tuvo que amonestar y precaver a los cristianos de Tesalónica: «Y ahora, hermanos, a propósito de la parusía de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, os hacemos un ruego: no os desconcertéis tan pronto perdiendo el buen sentido, no os alarméis, sea con motivo de una inspiración, o de una declaración, o de una carta que se nos atribuya, sobre la inminencia del día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera» (2Te_2:1 ss).
Vendrán muchos que reivindiquen para sí el nombre de Mesías y digan por su cuenta la palabra con que solía revelarse: soy yo (Mar_6:50; con frecuencia en Juan; cf. Exo_3:14; Isa_43:10 s; Isa_52:6). Con ello querrán decir que ellos son el salvador definitivo enviado por Dios, que prepara la consumación del mundo. En tiempo del procurador romano Cuspio Fado (44-46 d.C.) surgió Teudas y «se hizo pasar por alguien» (Hec_5:36). Después apareció Judas de Galilea y arrastró a cantidad de gente detrás de sí (Hec_5:37). Las palabras de Jesús desenmascaran a estos falsos redentores. Otros proclaman: El tiempo final ha llegado ya. También éstos disfrazan su mensaje con palabras de Jesús (Mar_1:15). Hay que poner freno a una expectativa demasiado entusiástica de la venida de Cristo y del fin de este mundo: «El Señor tarda en llegar» (Mar_12:45). El pretendiente al trono viaja a un país lejano para recibir la investidura del reino (Mar_19:1 1).
No es fácil ver claro en estos mensajes sensacionales. Son numerosos los que los anuncian; su multitud contagia y sugestiona. Se disfrazan con las palabras de Jesús. Su mensaje suena como el de él: «Soy yo»; «se acerca el tiempo». Reúnen, como él, discípulos a su alrededor. Estos discípulos los siguen. En este juego desconcertante del fraude brilla con su amonestación la palabra del Señor. Estas gentes son impostores y acaban en apostasía y perdición. Las palabras de Jesús comienzan y terminan con una gravedad que pone en guardia: No os dejéis engañar, no vayáis tras ellos.
En la literatura apocalíptica de los judíos se predicen para el tiempo final guerras, revoluciones y rumores desconcertantes a este respecto: «Vienen días, en los que yo, el Altísimo, quiero rescatar a los que están en la tierra. Entonces serán presa de enorme excitación los habitantes de la tierra, hasta el punto de tramar guerras unos con otros, ciudad contra ciudad, lugar contra lugar, pueblo contra pueblo, reino contra reino» (4Esd 11 [13] 29-32). Es posible que los profetas de la próxima venida interpretaran acontecimientos de la época como tales señales del fin. A la muerte de Nerón siguieron las revueltas romanas bajo Galba, Otón y Vitelio (68-69 d.C.). La guerra judía comenzó el año 66. Contra los anunciadores del fin próximo está la palabra de Jesús. Las guerras y revoluciones no son motivo para angustiarse por razón del fin próximo. Estos terribles azotes de la humanidad forman también parte del designio divino. Pasarán con el tiempo presente y han de tener en vela para el venidero e inducir a la conversión (Rev_16:11). Las guerras y revoluciones no son indicios de que va a llegar en seguida el fin. Con estas palabras se minan los fundamentos de todas las doctrinas de sectas adventistas.
b) Señales precursoras (Lc/21/10-11)
10 Entonces les añadió: Se levantará nación contra nación y reino contra reino; 11 habrá grandes terremotos, pestes y hambres en diversos lugares; se darán fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.
Se reanuda el discurso. Anuncia señales. Las palabras están envueltas en oscuridad. Lucas, a lo que parece, las interpreta como señales de la destrucción de Jerusalén y del templo. (…). Se ha cumplido la palabra de Jesús que anunciaba señales. Las señales afectan a todo lo que rodea al hombre. Todo lo que asegura su vida comienza a tambalearse. El orden pacífico entre los pueblos se ve destruido por guerras, la solidez de la tierra se ve sacudida por terremotos, la vida se ve amenazada por hambres y epidemias, el orden de los cuerpos celestes se ve trastornado por fenómenos terroríficos. No sabemos en qué acontecimientos de la historia de la época vio Lucas cumplida esta predicción. ¿Pensaba en las guerras que llevaron consigo las revueltas de Roma? ¿O en la situación confusa en Palestina antes de que estallara la guerra judía? ¿En temblores de tierra que, según se narra, tuvieron lugar en Frigia en aquella época? Lucas sabe que reinó el hambre bajo el emperador Claudio (Hec_11:28). Según la tradición judía, el año 66 apareció en el cielo de Jerusalén un meteoro en forma de espada; durante todo el año se vio un cometa en el cielo. Seis días después de estallar la guerra judía parece como si cruzaran el cielo carros de guerra. La noche de pentecostés del mismo año oyen los sacerdotes en el templo una voz que dice: «Marchémonos de aquí.» Marcos vio en estos presagios «el comienzo de los dolores de parto», precursores de la «regeneración» del mundo (Mat_19:28). Aunque Lucas leyó esto en su fuente, no lo menciona; él interpretó estas señales no como comienzo de las tribulaciones del tiempo final, sino como señales precursoras de la ruina de Jerusalén, y explicó la predicción con los hechos históricos. El curso de la historia no es determinado únicamente por causas intramundanas, sino por el designio divino. Aun considerada así, encierra muchos misterios.
c) Persecución de la Iglesia
(Lc/21/12-19)
12 Pero, antes de todo eso, se apoderarán de vosotros y os perseguirán: os entregarán a las sinagogas y os meterán en las cárceles; os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.
A los acontecimientos que presagian la destrucción de Jerusalén, preceden las persecuciones de los discípulos. Los acontecimientos se ordenan históricamente: primeramente es perseguida la Iglesia, de lo cual hablan los Hechos de los apóstoles; siguen luego los acontecimientos que preceden a la destrucción de Jerusalén, los cuales son interpretados como signos precursores; finalmente viene la guerra judía y la ruina de Jerusalén y del templo.
Los discípulos de Jesús son perseguidos por las autoridades judías y paganas. «Mientras Pedro y Juan estaban hablando al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos... Les echaron mano y los pusieron bajo custodia hasta el amanecer» (Hec_4:1-3; d. 5,18; 8,3; 12,4). Los pretores de Filipos «despojaron a Pablo y a Silas de sus vestiduras y los mandaron azotar con varas; después de darles muchos golpes, los metieron en la cárcel» (Hec_16:22 s). Pablo comparece ante el tribunal del rey Agripa II (Hec_26:1), del procurador Galión en Corinto (Hec_18:12), de Felix (Hec_24:1 s) y de Festo (Hec_25:1) en Cesarea marítima. Las palabras de la predicción son confirmadas por los hechos de la historia. Lo que la hora histórica aporta al discípulo de Cristo no debe éste tomarlo como destino oscuro y oprimente; lo que le sucede lo sabía anticipadamente el Señor y lo inserta en el plan salvador de Dios.
Los discípulos soportan por el nombre de Jesús la persecución, las condenas y los castigos. En el nombre del Señor Jesús recibieron el bautismo (Hec_8:16) después de haber confesado que Jesús es el Señor. En aquella hora fueron reunidos con «los que invocan el nombre del Señor» (Hec_9:14). Invocando este nombre curó Pedro enfermos (Hec_3:6). «No hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el cual hayamos de ser salvos» (Hec_4:12). La predicación apostólica anuncia y enseña el nombre de Jesucristo (Hec_4:17 s: S,28; 8.12). Por razón de esta predicación son vejados los apóstoles, pero «salían gozosos de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos de padecer afrentas por el nombre de Jesús» (Hec_5:41). El nombre de Jesús representa la presencia activa de Cristo glorificado.
13 Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por consiguiente, fijad bien en vuestro corazón que no debéis preocuparos de cómo os podréis defender; 15 Porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.
La gran preocupación y el empeño acuciante de los discípulos de Jesús es la proclamación del nombre de Jesús. Mediante la persecución se abren puertas para dar testimonio en favor de Cristo. Los cristianos de la comunidad primitiva de Jerusalén, que se ven forzados a abandonar la ciudad para salvar sus vidas, llevan el Evangelio a las zonas de Judea y Samaría (Hec_8:1-4), a Fenicia, Chipre y Antioquía (Hec_11:19; Hec_15:3). Pedro, Juan y Esteban comparecen ante el sanedrín, Pablo ante los procuradores, y llevan el mensaje de Cristo a lugares donde de otra manera se le habían mostrado refractarias las gentes (Hec_4:8 ss; Hec_7:1 ss; 25-26). Pablo comunica a los filipenses que su prisión sirve para el progreso del Evangelio: «En todo el pretorio y entre todos los demás se ha puesto de manifiesto que mis cadenas son por Cristo» (Flp_1:12 s).
Los discípulos reciben una palabra que deben grabar en su mente y tener presente en el tiempo de la persecución. No deben preocuparse por lo que han de decir en su propia defensa ante los tribunales, no tienen necesidad de preparar ningún discurso para no dejar en mal lugar a Cristo ante el tribunal; Cristo mismo les dará lenguaje y sabiduría. Como Dios prometió a Moisés que estaría con él y le enseñaría lo que tenía que decir (Exo_4:12), así también Jesús pertrechará a sus discípulos para la confesión y el testimonio delante de sus adversarios. No están abandonados a retóricas y sabidurías humanas, sino que sus palabras estarán dotadas de virtud y sabiduría divina. El Espíritu Santo les enseñará en aquella hora lo que tienen que decir (Exo_12:12). La historia ha demostrado la verdad de esta promesa. Cuando los miembros del sanedrín observaron el franco y valeroso comportamiento de Pedro y de Juan y notaron que eran personas sin cultura, se admiraron (Hec_4:13). Los judíos helenistas que disputaban con Esteban se sentían inferiores a la sabiduría y al espíritu con que hablaba Esteban (Hec_6:10). No se logra hacer callar a los discípulos de Jesús, sino que son sus adversarios los que tienen que enmudecer. Las palabras de la predicción están penetradas del optimismo que desencadenó la carrera triunfal del Evangelio.
16 Seréis entregados incluso por padres, hermanos, parientes y amigos, y darán muerte a algunos de vosotros; 17 y seréis odiados por todos a causa de mi nombre.
Familiares, parientes y amigos se convierten en traidores contra los discípulos de Cristo. Ni siquiera los círculos de amigos y la familia les ofrecen protección. Su confesión tiene que contar únicamente con la fe en Cristo. Lucas reproduce la predicción: «les darán muerte» (Mar_13:12), iluminada por su cumplimiento: «Darán muerte a algunos de vosotros.» Cuando él escribe, habían ya dado algunos la vida por su fe: Esteban (Hec_7:54-60) y Santiago (Hec_1 2:2).
La fidelidad a Cristo pone a los discípulos en contradicción con judíos y gentiles, con el Estado romano, con la sociedad y las costumbres. Son odiados por todos. Los cristianos vinieron a ser objeto de «odio del género humano»; así compendia el historiador romano Tácito el juicio sobre los cristianos. El odio alcanza a los cristianos por el nombre de Jesús. El cristiano cree en la predicación «sobre el reino de Dios y el nombre de Jesucristo» (Hec_8:12). Por el hecho de ser repudiado Cristo y su palabra, es también repudiado el cristiano. «Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí» (/Jn/15/18). Pero en la confesión del discípulo es glorificado Dios (Flp_2:11). El martirio es culto tributado a Dios (Flp_2:17 s).
18 Pero ni siquiera un cabello de vuestra cabeza se perderá. 19 A fuerza de constancia poseeréis vuestras vidas.
Los discípulos perseguidos no están a merced de sus perseguidores: no están abandonados a su poder y a su arbitrio. Dios mira por la Iglesia perseguida y extiende sobre ella su mano. También aquí se aplica lo que dice el refrán: «No se perderá ni un cabello de vuestra cabeza» (1Sa_14:45). Se quita a algunos la vida, pero gracias a la providencia protectora de Dios, muchos salen ilesos de los casos más difíciles. Pedro es librado milagrosamente de la cárcel (Hec_12:6 ss), y Pablo, pese a múltiples hostilidades y persecuciones, lleva adelante su imponente obra misionera (Act 13 ss; 2Co_11:23-31). Cuando Esteban fue apedreado, «comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos se dispersaron por los lugares de Judea y de Samaría, a excepción de los apóstoles... Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando el Evangelio» (Hec_8:1-4).
El tiempo de la Iglesia es tiempo de persecución. Este tiempo se prolonga. La redención total se inicia con la venida del Hijo del hombre, pero esto no tiene lugar inmediatamente. Se requiere paciencia, constancia y perseverancia, sumisión a lo que impone la persecución y ha sido decretado por Dios. Lo que aporta la salvación y hace alcanzar la vida no es una violencia arrolladora y apasionada, ni tampoco la apostasía, sino la paciencia perseverante. «Quien va destinado a cautividad, a cautividad vaya. Quien mata a espada, a espada muera. Aquí está la constancia y la fe del pueblo santo» (Rev_13:10). Dios no permite que nada deje de redundar en bien de los suyos (Rom_8:28).
(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)