P. Joseph M. Lagrange, O.P.
NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN
Lc 2, 1-20
María y José, en adelante inseparables, tuvieron que hacer un viaje a Belén, en donde había de nacer Jesús según lo anunciado por las profecías. A decir verdad, ellas sólo afirman una cosa: que el Mesías había de salir de Belén, que era la ciudad de origen de David. Siendo hijo de David, ya se podía decir que procedía de Belén.
Sin embargo, una profecía de Miqueas se tomaba en un sentido más estricto, y el nacimiento de Jesús en Belén debía tomarse más a la letra.
Una crítica que se precia de perspicaz y elevada presenta la dificultad de que sólo para ver el cumplimiento de una profecía se ha dicho que el nacimiento fue en Belén. Renán ha escrito, sin inmutarse, como si todo el mundo estuviera conforme: «Jesús nació en Nazaret»'. Cuanto escribió san Lucas sobre el empadronamiento que obligó a José y a María a ir a Belén, sería una pura ficción.
Se reconoce hoy que dicho relato debió haber enseñado a los eruditos ciertas precisiones que se desprenden poco a poco de textos recientemente descubiertos.
La afirmación de san Lucas es que el emperador Augusto ordenó que se hiciera el empadronamiento en todo el imperio romano, nombre que se daba a toda la tierra habitada. Esta operación catastral fue aplicada a Palestina en tiempo de Herodes, y fue el motivo de ir a Belén José y María. Tuvo algo que ver en ella Quirino, que fue legado en Siria.
Este último punto no está aun completamente dilucidado. Nosotros hemos traducido así: «Este empadronamiento fue anterior a aquel que mandó hacer Quirino siendo gobernador de Siria». Así no hay ninguna dificultad. Es cierto que este gran personaje hizo el empadronamiento de Judea cuando fue incorporada a la provincia romana de Siria por los años 6-7 después de Jesucristo, conservando su magistrado propio, que recibía el nombre de procurador. Este empadronamiento, que consagraba el dominio de los señores adoradores de los falsos dioses, dio motivo a una terrible insurrección religiosa. Es célebre en la historia, y para evitar toda confusión, san Lucas habría distinguido el empadronamiento general de este particular de incorporación al imperio.
Otros prefieren admitir que Quirino, que fue dos veces gobernador de Siria, mandó hacer el primer empadronamiento cuando la primera legación; pero es difícil fijar la fecha y aún más hacerla concordar con la que supone san Lucas. De todos modos, hay que reconocer que una dificultad, o más bien una incertidumbre sobre un punto particular, no da derecho a ningún historiador a poner en duda un hecho por otra parte plausible. Si es cierto que Augusto tuvo cuidado de hacer el censo de su imperio, y si concibió el designio de comprender en él el reino de Herodes, cuya anexión estaba cercana, no es de creerse que lo dejarían de hacer por consideración a un viejo y desconsiderado tirano.
Cómo procedían los romanos en estas descripciones de personas y bienes, aun en las provincias, nos lo enseña maravillosamente un papiro hace poco descubierto. Se hacía por familias, es decir, por tribus, de suerte que se veían obligados, para inscribirse, a ir al lugar de su origen.
Cayo Vibio Máximo, prefecto de Egipto, ordenó que para hacer el censo por casas, los que se habían alejado, fuera cualquiera el motivo, volviesen a sus hogares para llenar las formalidades que el censo requería. Si esto se hacía así ciento tres años después de Jesucristo, con más razón es de creer que se haría cuando las antiguas costumbres no se habían amoldado a los usos del derecho romano.
En Egipto, sólo a los sacerdotes se les exigía que presentasen sus títulos genealógicos debidamente arreglados. Entre los semitas, las familias, aun las de más humilde condición, sentían legítimo orgullo de conocer a sus antepasados. Aun hoy, el emigrante maronita en Jerusalén o en los Estados Unidos sabe muy bien a qué tribu pertenece y a qué pueblo debía volver para inscribirse si esto le fuera exigido.
José, por tanto, como descendiente de David, debía ir a Belén. Que llevase consigo a María, se comprende, por no querer dejarla sola. ¿Y por qué no habían de pensar en permanecer algún tiempo en Belén, habiendo sido avisados de que Jesús sería el restaurador del trono de David?
Así, por un decreto del señor del Imperio que obligaba a salir de su casa a humildes personas, se cumple una profecía. «¿Qué hacéis príncipes del mundo...? Pero Dios tiene designios divinos que vosotros ejecutáis, cuando pensáis en vuestros caminos humanos».
De la mano de la erudición más detallista, podemos saborear tranquilos el encanto de esta narración, que llena de alegría los corazones de los niños y más aún los de las madres. José y María tomaron el camino que va de Nazaret a Jerusalén y de allí a Belén, distancia muy larga dado el estado de María, porque nosotros debemos pensar, a menos de seguir a los apócrifos, que para ella no serían pocas las incomodidades. Los romanos aún no habían trazado sus admirables vías de comunicación, y aunque el viaje podía hacerse en carro o aún más cómodamente en literas, era muchísimo lujo para aquella pareja tan pobre. En Belén no encontraron alojamiento en las grandes posadas, a las que hoy llaman jans, donde se instalaban personas y bestias, unas al lado de otras, como podían. La oficina del censo, abierta entonces en Belén, atraía a mucha gente. Hallaron, sin embargo, albergue en una de las grutas que sirven para habitación de personas y para cuadra de animales. Tal vez estarían allí muchos días, teniendo José que esperar su turno para la inscripción, cuando María dio a luz a su hijo primogénito. San Lucas, que emplea esta expresión —primogénito—, sabía muy bien que ningún cristiano de su tiempo la interpretaría mal. Jamás habla de otros hermanos y hermanas de Jesús: nadie ignoraba que este primogénito permaneció único. Preparaba solamente, como escritor previsor, lo que había de decir de la presentación en el Templo referente a los primogénitos. En esta habitación o establo había naturalmente un pesebre en forma de navecilla, donde se echaba el pienso a las bestias de carga, y sirvió de cuna para acostar al niño, que María misma envolvió en pañales. El nacimiento de este fruto divino, como antes su concepción, en nada lesionaron su virginidad: uno y otro se realizaron de una manera inefable, digna, como debemos suponer, de Dios y digna de la Madre que había escogido para su Hijo.
El lugar del tradicional Pesebre, según lo distinguía una antigua tradición', estaba un poco al este, en la parte baja del pueblo, y corresponde ahora a la parte más alta de la ciudad actual. Bajando hacia el oriente, pronto hallamos los límites de las tierras cultivadas. Belén era, con más razón que Jerusalén, la reina del desierto. Aun hoy van allá las tribus nómadas a comprar trigo y a vender sus tejidos y sus quesos. Muy cerca de allí estaban los pastores guardando sus rebaños. En invierno, a fines de diciembre, fecha que señaló la liturgia, los rebaños de los pueblos probablemente estaban encerrados en los establos para pasar la noche, pero los verdaderos pastores permanecían en el desierto, donde la temperatura era más suave a medida que se baja hacia el mar Muerto. Un grupo de estos nómadas, que no eran de Belén, velaban aquella noche conversando sin duda para ahuyentar el sueño y guardar su rebaño. De repente se les apareció un ángel y una luz los envolvió. Este resplandor los llenó de espanto: les parecía sobrenatural. El ángel les dice: «No temáis.» Venía a anunciarles la buena nueva. El Evangelio es ante todo un mensaje del cielo a la tierra. La revelación es hecha a Israel y es objeto de un grande regocijo porque en la ciudad de David ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor, a quien se le debe rendir todo homenaje. Ellos deben buscarlo y convencerse de que aquello no es una ilusión: hallarán un niño en un pesebre, no abandonado en su desnudez, según se podía pensar viéndolo en aquella extraña cuna, sino envuelto en pañales.
Y, como si el cielo tomase parte en aquella alegría, un numeroso ejército celestial se apareció también, alabando al Dios de Israel, que quiso ser llamado Iahvé de los ejércitos celestiales, el cual iba a ser reconocido como único Dios del mundo:
Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.
Dios recogerá así la gloria, la gloria del perdón concedido a los hombres que quieran con voluntad recta recibir a aquel que ha venido a salvarlos y traerles la paz.
Tal es el Evangelio anunciado a estos hombres sencillos, que habían conservado en su desierto el antiguo ideal de Abrahán, llegado como nómada de Caldea y cobijado en la única tienda en que se conservaba entonces el culto del verdadero Dios. En tanto que los israelitas de las ciudades sólo evitaban el contacto de los gentiles por su aislamiento moral, en lo cual había mucho de orgullo, estos pastores, morigerados, de costumbres estrictamente regladas, habituados a la presencia de Dios a que continuamente les convidaban aquellas soledades, se mostraron dóciles a la voz del cielo. «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado». Fueron de prisa, vieron la señal que el Señor les había dado, anunciaron por aquellas cercanías la buena nueva y volvieron a cuidar de sus rebaños.
El eco más fiel de todas estas palabras, la penetración más íntima de todas estas cosas, era el corazón de María donde convergían los designios de Dios.
Lagrange, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa Madrid 1999, 37-41