Benedicto XVI
Las apariciones de Jesús en los Evangelios
Las apariciones de las que nos hablan los evangelistas son ostensiblemente de un género diferente. Por un lado, el Señor aparece como un hombre, como los otros hombres: caminacon los discípulos de Emaús; deja que Tomás toque sus heridas; según Lucas, acepta incluso untrozo de pez asado para comer, para demostrar su verdadera corporeidad. Y, sin embargo, también según estos relatos, no es un hombre que simplemente ha vuelto a ser como era antes de la muerte.
Llama la atención ante todo que los discípulos no lo reconozcan en un primer momento. Estono sucede solamente con los dos de Emaús, sino también con María Magdalena y luego denuevo junto al lago de Tiberíades: «Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en laorilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús» (Jn 21,4). Solamente después de que elSeñor les hubo mandado salir de nuevo a pescar, el discípulo tan amado lo reconoció: «Y aqueldiscípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: "Es el Señor"» (21,7).Es, por decirlo así, unreconocer desde dentro que, sin embargo, queda siempre envuelto en el misterio. En efecto,después de la pesca, cuando Jesús los invita a comer, seguía habiendo una cierta sensación dealgo extraño. «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bienque era el Señor» (21,12). Lo sabían desde dentro, pero no por el aspecto de lo que veían y presenciaban.
El modo de aparecer corresponde a esta dialéctica del reconocer y no reconocer. Jesús llega através de las puertas cerradas, y de improviso se presenta en medio de ellos. Y, del mismomodo, desaparece de repente, como al final del encuentro en Emaús. Él es plenamentecorpóreo. Y, sin embargo, no está sujeto a las leyes de la corporeidad, a las leyes del espacio ydel tiempo. En esta sorprendente dialéctica entre identidad y alteridad, entre verdaderacorporeidad y libertad de las ataduras del cuerpo, se manifiesta la esencia peculiar, misteriosa,de la nueva existencia del Resucitado. En efecto, ambas cosas son verdad: Él es el mismo —unhombre de carne y hueso— y es también el Nuevo, el que ha entrado en un género deexistencia distinto.
La dialéctica que forma parte de la esencia del Resucitado es presentada en los relatosrealmente con poca habilidad, y precisamente por eso dejan ver que son verídicos. Si sehubiera tenido que inventar la resurrección, se hubiera concentrado toda la insistencia en laplena corporeidad, en la posibilidad de reconocerlo inmediatamente y, además, se habríaideado tal vez un poder particular como signo distintivo del Resucitado. Pero en el aspectocontradictorio de lo experimentado, que caracteriza todos los textos, en el misterioso conjuntode alteridad e identidad, se refleja un nuevo modo del encuentro, que apologéticamenteparece bastante desconcertante, pero que justo por eso se revela también mayormente comodescripción auténtica de la experiencia que se ha tenido.
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Son importantes (…) dos acotaciones. Por una parte, Jesús no ha retornado a la existenciaempírica, sometida a la ley de la muerte, sino que vive de modo nuevo en la comunión conDios, sustraído para siempre a la muerte. Por otra parte —y también esto es importante— losencuentros con el Resucitado son diferentes de los acontecimientos interiores o deexperiencias místicas: son encuentros reales con el Viviente que, en un modo nuevo, posee uncuerpo y permanece corpóreo. Lucas lo subraya con mucho énfasis: Jesús no es, comotemieron en un primer momento los discípulos, un «fantasma», un «espíritu», sino que tiene«carne y huesos» (cf. Lc 24,36-43).
La diferencia con un fantasma, lo que es la aparición de un «espíritu» respecto a la aparicióndel Resucitado, se ve muy claramente en el relato bíblico sobre la nigromante de Endor que,por la insistencia de Saúl, evoca el espíritu de Samuel y lo hace subir del mundo de losmuertos(cf. 1 S 28,7ss). El «espíritu» evocado es un muerto que, como una existencia-sombra,mora en los avernos; puede ser temporalmente llamado fuera, pero debe volver luego almundo de los muertos.
Jesús, en cambio, no viene del mundo de los muertos —ese mundo que Él ha dejado yadefinitivamente atrás—, sino al revés, viene precisamente del mundo de la pura vida, vienerealmente de Dios, Él mismo como el Viviente que es, fuente de vida. Lucas destaca de maneradrástica el contraste con un «espíritu», al decir que Jesús pidió algo de comer a los discípulostodavía perplejos y, luego, delante de sus ojos, comió un trozo de pez asado.
La mayoría de los exegetas opinan que Lucas, en su celo apologético, ha exagerado aquí; conuna afirmación como ésta, habría vuelto a poner a Jesús en una corporeidad empírica, que hasido superada con la resurrección. De este modo, entraría en contradicción con su propiorelato, según el cual Jesús se presenta de improviso en medio de los discípulos en unacorporeidad que no está sometida a las leyes del espacio y el tiempo.
Pienso que es útil examinar aquí los otros tres pasajes en que se habla de la participación delResucitado en una comida.
El texto antes comentado está precedido por la narración de Emaús. Ésta concluye diciendoque Jesús se sentó a la mesa con los discípulos, tomó el pan, recitó la bendición, lo partió y selo dio a los dos. En aquel momento se les abrieron los ojos «y lo reconocieron. Pero Éldesapareció» (Lc 24,31). El Señor está a la mesa con los suyos igual que antes, con la plegariade bendición y la fracción del pan. Después desaparece de su vista externa y, justo en estedesaparecer se les abre la vista interior: lo reconocen. Es una verdadera comunión de mesa y,sin embargo, es nueva. En el partir el pan Él se manifiesta, pero sólo al desaparecer se hacerealmente reconocible.
Según la estructura interior, estos dos relatos de comidas son muy parecidos al queencontramos en Juan 21,1-14: los discípulos han faenado toda la noche sin éxito; sus redes nohan capturado ningún pez. Por la mañana, Jesús está en la orilla, pero no lo reconocen. Él lespregunta: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ante su respuesta negativa, les manda salir denuevo a pescar, y esta vez vuelven con una pesca superabundante. Ahora, en cambio, Jesús,que ya ha puesto pescado sobre las brasas, los invita: «Vamos, almorzad». Y entonces ellos«supieron» que era Jesús.
El último pasaje particularmente importante y útil para comprender el modo en que elResucitado participa en las comidas se encuentra en los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo,la singularidad de lo que se dice en este texto no se pone claramente de manifiesto en lastraducciones corrientes. En la traducción alemana se dice: «... se les apareció durante cuarentadías y les habló del Reino de Dios. Mientras comía con ellos, les mandó que no se fueran deJerusalén...» (Hch 1,3s). A causa del punto después de la palabra «Reino de Dios» —unaexigencia redaccional para construir la frase—, queda en penumbra una conexión interior.Lucas habla de tres elementos que caracterizan cómo está el Resucitado con los suyos: Él se«apareció», «habló» y «comió con ellos». Aparecer-hablar-comer juntos: éstas son las tresauto- manifestaciones del Resucitado, estrechamente relacionadas entre sí, con las cuales Él serevela como el Viviente.
Para comprender correctamente el tercer elemento que, como los dos primeros, se extiendetodo a lo largo de los «cuarenta días», es de capital importancia la palabra usada por Lucas:synalizómenos. Traducida literalmente, significa «comiendo con ellos sal». Indudablemente,Lucas ha elegido a propósito esta palabra. ¿Cuál es su significado?En el Antiguo Testamento el comer en común pan y sal, o también sólo sal, sirve para sellarsólidas alianzas (cf. Nm 18,19; 2 Cro 13,5; HauckThWNT, I, p. 229). La sal es considerada comogarantía de durabilidad. Es remedio contra la putrefacción, contra la corrupción que formaparte de la naturaleza de la muerte. Cada vez que se toma alimento se combate contra lamuerte; es un modo de conservar la vida. El «comer sal» de Jesús después de la resurrección,que de este modo se nos muestra como signo de la vida nueva y permanente, hace referenciaal banquete nuevo del Resucitado con los suyos. Es un acontecimiento de alianza y, por ello,está en íntima conexión con la Última Cena, en la cual el Señor había instituido la NuevaAlianza. Así, la clave misteriosa del «comer sal» expresa un vínculo interior entre la comidaanterior a la Pasión de Jesús y la nueva comunión de mesa del Resucitado: El se da a los suyoscomo alimento y así los hace partícipes de su vida, de la Vida misma.
Finalmente, conviene recordar aquí todavía algunas palabras de Jesús que encontramos en elEvangelio de Marcos: «Todos serán salados a fuego. Buena es la sal; pero si la sal se vuelvesosa, ¿con qué la sazonaréis? Repartíos la sal y vivid en paz unos con otros» (9,49s). Algunosmanuscritos, retomando Levítico 2,13, añaden además: «En todas tus ofrendas ofrecerás sal».El salar las ofrendas tenía también el sentido de dar sabor al don y de protegerlo de laputrefacción. Así se unen muchos sentidos: la renovación de la alianza, el don de la vida, lapurificación del propio ser en función de la entrega de sí a Dios.
Cuando, al principio de los Hechos de los Apóstoles, Lucas resume los acontecimientos postpascualesy describe la comunión de mesa del Resucitado con los suyos usando el término«synalizómenos, comiendo con ellos la sal» (Hch 1,4), no se disipa el misterio de esta nuevacomunión entre los comensales, pero, por otro lado, semanifiesta al mismo tiempo su esencia:el Señor atrae de nuevo a sí a los discípulos en la comunión de la alianza consigo y con el Diosvivo. Los hace partícipes de la vida verdadera, los convierte en vivientes y sazona su vida con laparticipación en su pasión, en la fuerza purificadora de su sufrimiento.
No nos podemos imaginar cómo era concretamente la comunión de mesa con los suyos. Peropodemos reconocer su naturaleza interior y ver que en la comunión litúrgica, en la celebraciónde la Eucaristía, este estar a la mesa con el Resucitado continúa, aunque de modo diferente.
(Joseph Ratzinger- Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 2ª Parte, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 308 – 316)