Gustavo Pascual, I.V.E.
La sublimidad del conocimiento de Cristo
(Jn 14, 1-121)
“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” es por eso que Cristo dice en el Evangelio de este domingo: en la casa de mi Padre hay lugar para todos, lo cual, quiere decir que todos tenemos una casa en el cielo. Todos estamos llamados al cielo y, además, tenemos toda la ayuda de Dios para alcanzar esa casa que Dios nos ha preparado.
Sin embargo, algunos hombres libremente rechazan esa mansión preparada y no llegan a ella.
¿Cómo llegar a la mansión preparada por Dios para nosotros? ¿Cuál es el camino? Fue la pregunta que Tomás le hizo a Nuestro Señor. Jesús le respondió “Yo soy el camino y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.
Para llegar, pues, a las mansiones eternas es necesario, con necesidad absoluta, caminar por Cristo, o sea, imitar a Cristo.
Pero nadie imita a una persona sino la ama y nadie la ama si no la conoce. En consecuencia para imitar a Cristo lo tenemos que conocer.
La sublimidad del conocimiento de Cristo
En el año 1559 el gran Inquisidor de España creyó conveniente prohibir la lectura de la mayor parte de los libros espirituales que no estaban escritos en latín para frenar la naciente amenaza del iluminismo que venía del norte luterano trayendo su falsa y brumosa mística. Santa Teresa se quejó a Nuestro Señor del desamparo intelectual en que quedaba ella, pobre iletrada a su propio parecer, que tan poco podía penetrar los latines sacros. Entonces Jesús le dijo: “No tengas pena, que Yo te daré libro vivo”2. Ese libro es Cristo. Fiel hija de aquella Teresa, muchos años más tarde Isabel de la Trinidad, al tener que llenar el formulario de rigor para ingresar al Carmelo se topó con una pregunta que decía: ¿Cuál es vuestro libro preferido? Sin dudarlo escribió: El alma de Cristo.
El conocimiento de Cristo
San Pablo llama al conocimiento de Cristo: sublime conocimiento3. La ciencia de las ciencias, para el cristiano, ha de ser “conocer a Cristo Jesús”. San Agustín decía: “no existe otro misterio fuera de Cristo”4 y San Felipe Neri se animaba a afirmar: “El que quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que quiere. El que pide otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que pide. El que obra, y no por Cristo, no sabe lo que hace”5.
El conocimiento de Cristo es la ciencia de las ciencias, pues, dice Santo Tomás, “nada mejor puede conocerse que el Verbo de Dios, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. En quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3)”6. Es un misterio sublime, pero insondable. Como dice San Buenaventura: “El hombre, tanto individual como colectivamente considerado, aun cuando se convierta todo en lenguas, jamás podría tratar suficientemente de Cristo”7.
En Él está todo tesoro... ¿Qué quiere decir que en Cristo está todo el tesoro de la sabiduría? Significa que:
Conociéndolo a Él conocemos todo. Porque Cristo es la plenitud de la Revelación. Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo8. Él nos revela el misterio de Dios, el misterio de la Trinidad: A Dios nadie le vio jamás; Dios unigénito que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer9. Yo hablo lo que he visto en el Padre10. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quisiere revelárselo11.
Conociéndolo a Él tenemos respuesta de todo. Los misterios más grandes que acucian al hombre (el misterio del dolor, de la muerte, del más allá, del mal, y el misterio del mismo hombre) […] sólo tienen respuesta en Cristo. Dice el Papa Juan Pablo II: “El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo de sí mismo […] debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo”12. Sólo en Jesucristo se esclarece el misterio del hombre. Porque Él es Aquél de quien todo procede y para quien somos nosotros13, Él es el camino, la verdad y la vida14, Él es la resurrección y la vida15.
“En realidad tan sólo en el misterio del Verbo se aclara verdaderamente el misterio del hombre. Adán el primer hombre era, en efecto, figura del que había de venir, es decir, de Cristo el Señor. Cristo el nuevo Adán en la revelación misma del misterio del Padre y de su Amor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación, nada extraño por consiguiente es que las verdades antes ya expuestas en él encuentren su fuente y en él alcancen su punto culminante”16.
Conociéndolo a Él poseemos todo: porque el conocimiento es posesivo. “Conocer es la forma más noble de tener”. Conociendo a Cristo poseemos la misma vida eterna: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti solo Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado17. Por eso aquellas palabras de San Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.18
San Juan de la Cruz decía: “Si quisieses que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido, y verás cuántas te responde. Si quisieses que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él, y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi Apóstol dice: In quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae Dei absconditi; esto es: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios; los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber […] Y si también quisieses otras visiones y revelaciones divinas o corporales, mírale a él también humanado, y hallarás en eso más que piensas, porque también dice el Apóstol: In ipso habitat omnis plenitudo divinitatis corporaliter, que quiere decir: En Cristo mora corporalmente toda plenitud de divinidad (Col 2,9)”19.
Por todo esto no se cansa de exhortarnos la Escritura: Creced... en el conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo20; A vosotros gracia y paz abundantes por el pleno conocimiento de Nuestro Señor21; No quise saber sino a Jesucristo y Jesucristo crucificado22.
Para alcanzar este conocimiento hay que sacrificarlo todo. Sin embargo, dice San Juan de la Cruz: “Es muy poco conocido Cristo de los que se tienen por sus amigos […] Que esotros que viven allá a lo lejos apartados dél […] podemos decir que no conocen a Cristo”.23
Quien verdaderamente valora este conocimiento tal como es, todo lo tiene por pérdida, y por su amor todo lo sacrifica, como dice san Pablo: Todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo24. Todo: casa, familia, mundo, amigos, porvenir. Así ocurre con Saulo desde el momento en que conoce a Cristo camino a Damasco: todo el resto de su vida será una carrera quemando su pasado, abandonando sus amigos, maestros y parientes: dando al olvido lo que queda atrás, me lanzo tras lo que queda delante, mirando hacia la meta25; y la meta es Cristo: con tal de ganar a Cristo.
En esta carrera, todo cuanto se cargue molesta: pesan las preocupaciones mundanas, los miedos por el futuro, los lazos de este mundo, los bienes, las cruces que cada hombre se proyecta por sus propios temores, los propios pecados, las imperfecciones y el amor propio que tanto tarda en morir.
Sólo corre y llega al cielo quien primero ha sido “atrapado por Cristo” como dice San Pablo: Yo mismo fui apresado en Cristo Jesús.26
¡Oh alma que naturalmente apeteces sabiduría! Haz por ver este espejo; en él desea leer y estudiar, pues una vez visto, sabrás todas las cosas. Realmente en este espejo se verán y reputarán por necedades las teorías de Platón, la filosofía de Aristóteles, la astronomía de Tolomeo; porque cuantas cosas acá sabemos, son una mínima parte de las que ignoramos. Entonces verás y abundarás y se maravillará y ensanchará tu corazón.27
* * *
Así como Tomás, lógicamente, le pregunta a Jesús, cómo vamos a conocer el camino si no conocemos el fin28, pues no conocían el lugar a donde iba Jesús29, Felipe le pide una revelación del Padre30. Ambos tienen una fe débil en Jesús.
Jesús le revela a Tomás el camino y el fin “nadie va al Padre sino por mí”31. A Felipe le revela al Padre en sí mismo “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”32. “Era necesario decirles: Yo soy el camino, para demostrarles que sabían lo que creían ignorar, porque le conocían a Él”.33
Jesús es el rostro humano de Dios. Es uno con el Padre, “Yo y el Padre somos uno”34. Jesús le revela a Felipe la unidad de naturaleza manifestada en las palabras: “las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta”35. Es el Padre que habla por Jesús36 y se manifiesta a través de las obras37.
Quien conoce al Hijo conoce al Padre. Es necesario confesar al Hijo para conocer al Padre. Si bien es el Padre el que lleva al Hijo, “nadie puede venir a mí si no lo concede el Padre”38, nadie va al Padre sino por el Hijo. Conociendo al Hijo a quien ven en su naturaleza humana conocen al Padre. Jesús es el camino. ¿Y cómo conocemos al Hijo en Jesús? Por su doctrina (palabras) y por sus milagros (obras). Y entre ambas las más importantes son las obras ya que ellas confirman las palabras. Las obras son el motivo más importante para creer en la divinidad de Jesús.
El que se cierra al conocimiento del Hijo y se queda únicamente en el hombre39, no conoce al Padre.40
Creer en Jesús es estar unido a Él. Creer en Jesús es entrar en comunión de palabras y obras con el Padre y el Hijo. El que cree en el Hijo consigue lo que pide y hace obras grandes por su nombre. La unidad en el Hijo y con el Padre se manifiesta en la fidelidad a sus mandatos, a su voluntad, pero no como siervos sino como hijos, con toda libertad41.
Felipe tiene una fe muy imperfecta en Jesús, igual que Tomás y los demás apóstoles. No ve al Padre en Jesús porque no ve al Hijo en Jesús “¿no crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?”42.
Esta revelación es dura para el monoteísmo israelita. Jesús apela a las obras para que crean en el Hijo y así lleguen al Padre. El Hijo nos conduce al Padre y por el conocimiento de ambos se llega a la vida eterna.43
1Para la primera parte, cf. Fuentes M.A, INRI, Del Verbo Encarnado Mendoza 1999, 41-45.
2Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, c.26, 5
3Flp 3, 8
4San Agustín, Epístola 187, 34.
5Lo spirito di San Filippo Neri nelle sue massime e ricordi, s/ed. 1988, 7.
6Santo Tomás, Ad Phil., III, I, nº 115.
7San Buenaventura, Comment. in Ioan., proem. q.1 ad 2.
8Hb 1, 1-2
9Jn 1, 18
10Jn 8, 38
11Mt 11, 27
12Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10.
131 Co 8, 6
14Jn 14, 6
15Jn 11, 25
16GS 22.
17Jn 17, 3
18Jn 6, 68
19San Juan de la Cruz, Subida, L.2, 22, 6, O.C…, 202.
202 P 3, 18
212 P 1, 2
221 Co 2, 2
23San Juan de la Cruz, Subida, L.2, 7, 12, O.C…, 145.
24Flp 3, 8
25Flp 3, 13
26Flp 3, 12
27San Buenaventura, Soliloq., 4, 5.
28Cf. Jn 14, 5
29En realidad el fin lo conocían porque a él se había referido Jesús (Cf. Jn 14,2), después de profetizar la negación de Pedro.
30Dice Jsalén. “que pide una fulgurante manifestación del Padre” (a v.9). San Juan Crisóstomo, dice comentando el pasaje: pidió una revelación cara a cara como la de los antiguos patriarcas 31[Cf. Catena Aurea, Juan (V), Cursos de Cultura Católica Buenos Aires 1948, 334].
32Cf. Jn 14, 6
33v.9
34San Agustín, Sobre el Evangelio de San Juan, 69, 2. O.C., t. XIV, BAC Madrid 19652, 314
35Jn 10, 30
36v.10
37Cf. Jn 8, 37-43
38v. 11. Cf. Jn 10, 37-38
39Jn 6, 65. Cf. 6, 37.45
40Cf. Jn 8, 15
41Cf. Jn 8, 31-36.
42v.10
43Cf. Jn 3, 16; Jn 17, 3