P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
SUBIÓ A LOS CIELOS
Relata San Ignacio de Loyola que en su peregrinación por los Lugares Santos veneró entre tantas otras “reliquias” del Señor, la piedra sobre la que dejó sus huellas sagradas en el momento de ascender a los cielos, desde el Monte de los Olivos. Hablaba de ellas Eusebio de Cesarea y se sabe que San Jerónimo y Santa Paula las besaron. Muchos otros se hacen eco de esta tradición, como San Paulino de Nola, San Agustín y Sulpicio Severo a inicios del siglo V. De las palabras que los ángeles dirigen a los discípulos tomó título la más alta de las tres cumbrecitas que coronan el Monte de los Olivos: se la conoce como “Viri Galilei” desde el siglo XIV. Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido arrebatado al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo (Act 1,11). Según refiere Eusebio en su “Vita Constantini”, Santa Elena edificó una iglesia en ese lugar; “a cielo descubierto, dice San Jerónimo refiriéndose probablemente a ésta, como para que todos pudiesen ver el cielo adonde había subido el Señor”. La peregrina Eteria, a inicios del siglo V, la menciona con el nombre de Imbomon, es decir, “Altura”. Destruida por los persas en el 614 fue nuevamente reedificada por el obispo Modesto, dándole forma de rotonda. Antes que el sultán Hakim la volviese a destruir a principios del siglo XI, brillaban en ella, la noche de la fiesta de la Ascensión, infinidad de luces, de suerte que parecía arder el monte en llamas. El P. Castillo, predicador del siglo XVII, relata lo que él vio en una de las capillitas edificadas en el monte, diciendo: “En medio está la piedra sobre la cual estaba Cristo Señor nuestro cuando subió al cielo, y dejó sus divinas plantas estampadas en ella. Hoy día no se ve más que una, y es la del pie izquierdo, porque la del derecho se la llevaron los turcos al templo de Salomón, habiendo para esto cortado la piedra...”1.
Jesucristo fue arrebatado de la mirada de los apóstoles desde la misma cima en que había empezado la aflicción de su Pasión llorando sobre Jerusalén. Con este misterio culmina el ciclo de la pasión y exaltación de Cristo. “La misma ascensión de Cristo al cielo, que nos privó de su presencia corporal, nos fue más útil que lo hubiera sido su presencia corporal”, explica el Angélico Doctor. Y da las razones: “Primero, por el aumento de la fe, que tiene por objeto lo que no se ve; por eso dice el Señor a sus discípulos (Jn 16,8) que el Espíritu Santo, cuando Él viniere, argüirá al mundo de la justicia, a saber, de los que creen... Por lo cual añade (v.10): puesto que me voy a mi Padre y no me veréis ya. Bienaventurados los que no ven y creen. Luego, será vuestra justicia de la que el mundo será argüido porque habréis creído en mí sin verme. Segundo, para excitar nuestra esperanza: por lo que dice Él mismo: Cuando yo me vaya y os haya preparado el lugar, vendré otra vez y os tomaré conmigo, para que en donde yo estoy, estéis también vosotros (Jn 14,3). Pues por lo mismo que Cristo colocó en el cielo la naturaleza humana que tomó, nos dio la esperanza de llegar a Él. Porque donde quiera que estuviese el cuerpo, allí se congregarán las águilas, como se dice en Mateo (24,28). Por esta razón se dice en Miqueas: Subirá delante de ellos el que les abrirá el camino (Miq 2,13). Tercero, para excitar el amor de la caridad a las cosas del cielo. De donde dice el Apóstol: Buscad las cosas que son de arriba en donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col 3,1). Pues como se dice en el Evangelio: en donde está tu tesoro, allí está también tu corazón (Mt 6,21). Y puesto que el Espíritu Santo es el amor que nos arrastra a las cosas celestiales (amor nos in caelestiarapiens), por eso el Señor dice a sus discípulos: os conviene que yo me vaya, porque si no me fuese no vendrá a vosotros el Consolador, pero si me voy os lo enviaré (Jn 16,7). Y explicándolo dice San Agustín: ‘no podéis recibir el Espíritu Santo en tanto que persistís en conocer a Cristo según la carne. Pero al apartarse Cristo corporalmente, no solamente el Espíritu Santo sino también el Padre y el Hijo se hicieron presentes en ellos espiritualmente”2.
Más adelante volverá el mismo Santo Tomás a preguntarse si este misterio de la Ascensión es causa de nuestra salvación, añadiendo algunas razones que no carecen de encanto y piedad. Al ascender se hizo causa de nuestra salvación “primero, porque nos preparó el camino para subir al cielo, según lo que Él mismo dice: voy a prepararos el lugar (Jn 14,2); y sube delante de ellos el que les abrirá el camino (Miq 2,13). Porque puesto que Él mismo es nuestra cabeza, es preciso que sus miembros sigan allí donde va la cabeza. Por lo cual se dice en San Juan: para que donde yo estoy, estéis también vosotros (14,3). Y en prueba de ello, Él llevó al cielo las almas de los santos que había sacado del infierno [del limbo], según lo del Salmo 67 citado por San Pablo: subiendo Cristo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, esto es, porque los que habían sido retenidos cautivos por el diablo los llevó consigo al cielo, como a un lugar extraño a la naturaleza humana, habiéndolos conquistado de la manera más gloriosa por la victoria que reportó sobre el enemigo (Ef 4,8). Segundo, puesto que así como el Pontífice del Antiguo Testamento entraba en el santuario para pedir a Dios por el pueblo, así también Cristo entró en el cielo para interceder por nosotros, como se dice (Hb 7,23). Pues la misma representación de sí por la naturaleza humana, que llevó al cielo, es cierta intercesión por nosotros; puesto que por lo mismo que Dios exaltó de este modo la naturaleza humana de Cristo, se compadece también de aquellos por quienes su Hijo asumió esta naturaleza. Tercero, a fin de que constituído como Dios y Señor sobre su trono celestial, derramase desde allí sobre los hombres los dones divinos, según aquello: subió sobre todos los cielos para llenar todas las cosas (Ef 4,10), esto es, de sus dones, según la Glosa”3.
Sus discípulos lo vieron partir, llenos de consuelo y alegría, pero también con la desazón de la soledad en el alma. Cristo, sin embargo, antes de ascender a los cielos, les prometió solemnemente su misteriosa presencia entre ellos y sus sucesores: Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Esta promesa es el fundamento de nuestro consuelo en la tierra, de nuestra esperanza del cielo, de nuestra fuerza en los combates de la Iglesia. ¿Por qué se queda Cristo?Se queda para consolarnos en la ausencia. No nos deja desamparados: No os dejaré huérfanos. Todavía un poco, y el mundo ya no me ve más; pero vosotros me veréis... (Jn 14,18-19). Se queda para darnos fortaleza en la empresa que nos encarga: conquistar todo el mundo para la fe, sufriendo persecuciones, cruces y muerte. Se queda para que obremos teniendo conciencia de la mirada vigilante del Señor.
Yo estoy con vosotros. Se queda Él mismo. No dice como a Moisés: Yo enviaré a mi ángel que vaya delante de ti y te guarde (Ex 23,20). Aquí dice “Yo mismo”. ¿Quién es ese “Yo”? El Dios que todo lo avasalla, en cuyas manos está todo el universo, a quien nadie puede poner resistencia, el hacedor de Cielo y tierra, el que todo lo conoce (cf. Ester 13,9-10). Aquél a quien ha sido dada toda potestad en la tierra y en el cielo (Mt 28,18).
Con vosotros. Con todos los modos de presencia y de estar con los hombres: con el modo común con que está con todas las criaturas, dándoles el ser, la vida y el movimiento; con el modo como está en los justos, por gracia, dándoles la vida sobrenatural y las virtudes; con el modo particular con que está en sus elegidos, guiándolos con su providencia, poniendo todas las cosas a su servicio (todo sucede para el bien de los que Dios ama: Rom 8,28), obrando en ellos maravillas.
Para siempre. Todos los días hasta el fin del mundo. No algunas veces, ni en circunstancias especiales, sino siempre y en todo momento; pero está presente especialmente cuando el dolor nos azota y la tentación nos acrisola. Santa Catalina, tras las duras pruebas con las que Dios le hizo saborear la amargura de la soledad y del abandono, ante la primera aparición de Nuestro Señor le preguntó con audacia: “¿Dónde estabas Señor, cuando más te necesitaba?” A lo que Él respondió: “Estaba más cerca de ti de cuanto lo estoy ahora”. “Una noche tuve un sueño, relata Teresa de Calcuta. Soñé que caminaba en la playa con el Señor. Y a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena, una era la mía, la otra del Señor. Cuando la última escena de mi vida pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena, y noté que muchas veces en el camino de mi vida había sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedió en los momentos más difíciles y angustiosos de mi vivir. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: ‘Señor, cuando decidí seguirte, tú me dijiste que andarías siempre conmigo todo el camino, pero noté que durante los peores momentos de mi vivir había, en los caminos de mi vida, sólo un par de pisadas. No comprendo por qué tú me dejaste en las horas que más te necesitaba’. El Señor me respondió: ‘Mi querido hijo. Yo te amo y jamás te dejaría en los momentos de tu sufrimiento. Cuando viste en la arena sólo un par de huellas, fue justamente ahí donde yo te cargué en mis brazos”.
Está siempre con los suyos; y acabado el mundo estará junto a ellos más íntimamente aún; tanto que no puede imaginarlo la mente humana. A pesar de todo, el alma que ve alejarse a Cristo entre las nubes de cielo, no puede menos que gemir, diciendo como fray Luis de León:
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿adó convertirán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?
Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso.
“¡Oh galileos, oh viajeros! –exclama Santo Tomás de Villanueva–. Delante de vosotros está libre el camino de los cielos, la puerta del paraíso está ya abierta... ¿por qué os quedáis quietos? Magnífica es la gloria que os espera, ¿y no camináis? Abundante es la recompensa que se os ofrece, ¿y aún dudáis? Brillante es la corona que se os promete, ¿y combatís con pereza? ¿Qué os diré, cobardes, perezosos e insensatos? Por un trabajo fácil, una alegría inmensa; por un combate rápido, una corona eterna; por una marcha corta, un descanso sin fin. ¡Oh viajeros!, ¿a qué viene esa inmovilidad? Siglos eternos dependen de estos momentos de vuestra vida, y aún no andáis... Y todavía hay algo más triste: estáis quietos, mirando al cielo... Miráis al cielo y permanecéis indiferentes, le veis y os dejáis por la indolencia... ¡oh galileos, oh cristianos!, ¿seguís inmóviles?”4.
(Fuentes, M., I.N.R.I., Ediciones del Verbo Encarnado, Dushambé – San Rafael (Mendoza), 1999, p. 155 – 160)a
1Castillo, El devoto peregrino, Madrid, Imprenta Real 1656, p. 195ss.
2Santo Tomás, Suma Teológica, III,57,1 ad 3.
3Ibid., III, 57,6.
4Santo Tomás de Villanueva, Sermón 1º sobre la Ascensión.