San Juan Crisóstomo
“¡Convertíos!”
2. ¿Qué quiere, pues, decir: Para la remisión de los pecados?1 Los judíos eran unos insensatos y jamás se daban cuenta de sus pecados, sino que, siendo reos de los más graves crímenes, se justificaban en todo a sí mismos. Que fue lo que señaladamente los perdió y apartó de la fe. Esto les echaba Pablo en cara cuando decía: Ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se han sometido a la justicia de Dios. Y antes había dicho: ¿Qué decir, pues? Que las naciones que no seguían la justicia, alcanzaron la justicia; Israel, empero, que seguía la ley de la justicia, no llegó a la ley de la justicia. ¿Por qué? Porque no la siguió por la fe sino por las obras2.
Ahora bien, como ésta era la causa de todos los males, viene Juan, y su misión no es otra que obligarlos a pensar en sus propios pecados. Por lo menos, eso indicaba su figura misma, que era toda de arrepentimiento y confesión; eso también su predicación. Ninguna otra cosa, en efecto, decía sino: Haced frutos dignos del arrepentimiento3. Como quiera, pues, que el no condenar sus propios pecados, como bien claro lo dijo Pablo, los hizo alejarse de Cristo, y el reconocerlos lleva al hombre al deseo de buscar al Redentor y a desear el perdón; a prepararlos para eso vino Juan, a persuadirlos al arrepentimiento vino; no para que fueran castigados, sino que, hechos más humildes por el arrepentimiento y condenándose a sí mismos, corrieran a alcanzar el perdón. Mira, si no, con qué precisión lo dice el evangelista. Habiendo dicho: Vino Juan predicando el bautismo en el desierto de la Judea, añadió: Para la remisión de los pecados4. Como si Juan mismo nos dijera: Yo los exhortaba a confesar y arrepentirse de sus pecados, no para que fueran condenados, sino para que, confesados y arrepentidos, alcanzaran más fácilmente el perdón. Porque, si no se hubieran condenado a sí mismos, no hubieran ni pedido siquiera la gracia del perdón, y, no buscando el perdón, tampoco lo hubieran alcanzado. En conclusión: este bautismo era una preparación del camino hacia Cristo. De ahí las palabras de Pablo: Para que todos creyeran en el que venía después de él; palabras en que, aparte la dicha, se da otra razón del bautismo de Juan.
No era efectivamente lo mismo andar de casa en casa llevando a Cristo de la mano y decir: "Creed en éste", que levantar aquella bienaventurada voz en presencia y a la vista de toda la muchedumbre y cumplir todo lo demás que Juan hizo por Él. Ésta es la causa por que Cristo acude al bautismo de Juan. Y era así que la reputación del Bautista y el motivo del rito arrastraba y llamaba a la ciudad entera hacia las orillas del Jordán, y allí se formaba teatro inmenso. Por eso, cuando allá se presentan, Juan los reprende, les exhorta a no forjarse altas ilusiones sobre sí mismos; pues, de no arrepentirse, eran reos de los más graves crímenes; que dejen en paz a sus antepasados y no blasonen tanto de ellos, y reciban, en cambio, al que venía.
A la verdad, la vida de Cristo estaba por entonces como en la penumbra y hasta muchos se imaginaban que había muerto entre la matanza general de Belén. Porque, si es cierto que a los doce años tuvo una aparición, fue para quedar otra vez rápidamente en la sombra. Por eso necesitaba ahora de una brillante introducción en escena, de un comienzo más alto que el de su infancia. De ahí que Juan predica ahora por vez primera lo que jamás habían oído los judíos ni de boca de sus profetas ni de otro alguno.
Juan pregona con voz clara el reino de los cielos, y ya no se habla para nada de la tierra. Por reino de los cielos hay que entender el advenimiento de Cristo, tanto el primero como el segundo. —¿A qué le vas con eso a los judíos, que ni te entienden lo que dices? Podría objetarle alguno, —Justamente les hablo así—contesta Juan—porque la misma obscuridad de mis palabras los despierte y vayan a buscar a quien yo les predico. Lo cierto es que de tal modo levantó las esperanzas de sus oyentes, que hasta los soldados y los publicanos (recaudadores de impuestos) le iban a preguntar qué tenían que hacer y cómo tenían que gobernar su vida. Señal de que se desprendían ya de las cosas mundanas, de que miraban otras más altas y que presentían lo que iba a venir. Todo, en efecto, lo que veían y oían, era para levantarlos a pensar altamente.
3. Considerad, si no, la impresión que había de producir contemplar a un hombre de treinta años que venía del desierto, hijo que era de un sumo sacerdote, que jamás necesitó de nada humano, que en todo su porte infundía respeto y que llevaba consigo al profeta Isaías. El profeta, en efecto, estaba también allí pregonando a voces: "Éste es el que yo dije que había de venir gritando, y que con clara voz había de predicarlo todo por el desierto". Y es así que era tal el empeño de los profetas por las cosas de nuestra salvación, que no se contentaron con anunciar con mucha anticipación al Señor que nos venía a salvar, sino al mismo que le había de servir; y no sólo le nombran a él, sino que señalan el lugar en que había de morar, la manera cómo al venir había de predicar y enseñar y el bien que de su predicación resultaría.
Mirad, si no, cómo el profeta y el Bautista vienen a parar a los mismos pensamientos, aunque se valen de distintas palabras. El profeta había dicho que Juan vendría diciendo: Preparad el camino del Señor, haced derechas sus sendas5. Y Juan, de hecho, venido, dijo: Haced frutos dignos del arrepentimiento. Lo que vale tanto como: Preparad el camino del Señor. ¿Veis cómo por lo que había dicho el profeta y por lo que él mismo predicó, resultaba evidente que Juan sólo vino para ir delante preparando el camino, pero no para dar la gracia, es decir, el perdón de los pecados? No, su misión era preparar de antemano las almas para que recibieran al Dios del universo.
Lucas es aún más explícito, pues no se contentó con citar el comienzo de la profecía, sino que la transcribió íntegra: Todo barranco será terraplenado y todo monte y collado será abajado. Y lo torcido será camino recto, y lo áspero senda llana. Y verá toda carne la salvación de Dios6. Ya veis cómo el profeta lo dijo todo anticipadamente: el concurso del pueblo, el mejoramiento de las cosas, la facilidad de la predicación, la causa de todos esos acontecimientos, si bien todo lo puso figuradamente, pues ése es el estilo de la profecía. En efecto, cuando dice: Todo barranco será terraplenado y todo monte y collado será abajado, y los caminos ásperos serán senda llana, nos da a entender que los humildes serán exaltados, y los soberbios humillados, y la dificultad de la ley se cambiará en la facilidad de la fe. "Basta ya—viene a decir—de sudores y trabajos; gracia más bien y perdón de los pecados, que nos dará grande facilidad para nuestra salvación".
Luego nos da la causa de todo esto, diciendo: Y verá toda carne la salvación de Dios. No ya no sólo los judíos y sus prosélitos, sino toda la tierra y el mar y toda la humana naturaleza. Porque por "lo torcido" el profeta quiso significar toda vida humana corrompida: publicanos, rameras, ladrones, magos; todos los cuales, extraviados antes, entraron luego por la senda derecha. El Señor mismo lo dijo: Los publicanos y rameras se os adelantan en el reino de Dios7, porque creyeron. Lo mismo indicó el profeta por otras palabras, diciendo: Entonces pacerán juntos lobos y corderos8. Y, efectivamente, como en un pasaje por los barrancos y collados significa la diferencia de costumbres que había de fundirse en la igualdad de un solo amor a la sabiduría; así, en éste, por estos contrarios animales, indica igualmente los varios caracteres de los hombres que habían de unirse en la armonía única de la religión.
Y también aquí da la razón: Porque habrá—dice— quien se levante a imperar sobre las naciones y en Él esperarán los pueblos9. Lo mismo que había dicho antes: Y verá toda carne la salvación de Dios. Y en uno y otro pasaje se nos manifiesta que la virtud y conocimiento del Evangelio se extendería hasta los últimos confines de la tierra, cambiando la fiereza y dureza de las costumbres del género humano en la mayor mansedumbre y blandura.
Ahora bien, Juan llevaba un vestido de pelos de camello, y un cinturón de piel sobre sus lomos. Ya veis cómo unas cosas las predijeron los profetas; pero otras las dejaron que las contaran los evangelistas. Así, Mateo, por una parte, cita las profecías, y por otra añade lo suyo por su cuenta. Y aquí no tuvo por cosa secundaria decirnos cómo vestía este santo.
4. Realmente, tenía que ser maravilloso y sorprendente contemplar tanta resistencia en un cuerpo humano, y esto era lo que más atraía a los judíos. Ellos veían en Juan al gran Elías, y lo que tenían entonces ante sus ojos les traía a la memoria a aquel santo de tiempos pretéritos y hasta les admiraba más éste que el otro. Porque Elías al cabo vivía en las ciudades y bajo techo; pero Juan desde la cuna se había pasado la vida entera en el desierto. Y es que, como precursor de quien tantas cosas antiguas venía a destruir: el trabajo, la maldición, la tristeza, el sudor, tenía que llevar en sí mismo algunas señales de este don divino y estar por encima de la maldición primera del paraíso. Así, Juan, ni aró la tierra, ni abrió surcos en ella, ni comió el pan con el sudor de su frente. La mesa la tenía siempre puesta; aún era más fácil que su mesa su vestido, y más que su vestido su casa, y es que no necesitaba ni de techo, ni de lecho, ni de mesa, ni de nada semejante, sino que llevaba, en carne humana, una especie de vida de ángel.
Por ello llevaba también un manto de pelos, enseñando por sola su figura a apartarse de las cosas humanas y a no tener nada de común con la tierra, sino volver a aquella primera nobleza en que se hallara Adán antes de que necesitara de mantos y vestidos. De esta manera, la figura misma de Juan era un símbolo del reino de Dios y de la penitencia. (…)
—Mas ¿por qué—me diréis—usaba Juan de ceñidor del vestido? —Esa era la costumbre de los antiguos antes de introducirse la moda blanda y afeminada actual. Así por lo menos aparece ceñido Pedro, e igualmente Pablo: Al hombre—dice el texto sagrado—cuyo es este ceñidor...10 Así vestía Elías, así cada uno de aquellos antiguos santos, no sólo porque estaban en actividad continua, ora de camino, ora en otra cualquiera obra necesaria; sino también porque pisoteaban todo ornato de sus personas y se abrazaban con todo género de asperezas. Este fue uno de los mayores motivos de la alabanza que Cristo tributó a Juan cuando dijo: ¿Qué salisteis a ver en el desierto: A un hombre vestido de ropas delicadas? Los que llevan ropas delicadas moran en los palacios de los reyes11.
5. Pues si tan áspera vida llevaba Juan Bautista—él tan puro, más brillante que el cielo, el más grande de los profetas, el mayor de los nacidos de mujer—, si él, que tan grande confianza podía tener, hasta tal extremo despreciaba toda molicie y se abrazaba con una vida tan dura, ¿qué excusa tendremos nosotros, que, después de recibir tan grande beneficio, cargados como vamos de incontables pecados, no imitamos ni una mínima parte de su penitencia? ¡Nosotros, que andamos borrachos y ahítos y oliendo a perfumes; que apenas si nos diferenciamos en cosa de esas mujeres perdidas del teatro; que por todas partes nos emblandecemos, y nos hacemos así presa fácil del demonio!
Entonces salió hacia él toda la Judea y Jerusalén y toda la región del Jordán, y se hacían bautizar por él en el río, confesando sus pecados. ¿Ves la fuerza que tuvo el advenimiento del profeta, cómo levantó en vilo al pueblo entero, cómo les hizo pensar en sus pecados? A la verdad, cosa de maravilla era ver a un simple hombre que tales muestras daba de sí, con qué libertad hablaba, cómo los dominaba a todos cual si fueran niños, qué gracia, en fin, irradiaba de su mismo rostro.
Hubo también de contribuir a la impresión que apareciera un profeta después de tanto tiempo. Faltaba, en efecto, entre ellos el carisma profético, y volvía ahora después de siglos. La forma misma de su predicación era nueva y sorprendente. No oían de Juan lo que estaban acostumbrados a oír de los profetas: guerras, y batallas y victorias de acá abajo, hambres y pestes, babilonios y persas, toma de la ciudad y cosas por el estilo. Juan hablaba sólo de los cielos, y del reino de los cielos, y de los castigos del infierno. Por eso, no obstante hacer tan poco que habían sido pasados a cuchillo todos los que se habían retirado al desierto a las órdenes de Judas y Teudas, no es la gente menos diligente en acudir allí a la llamada de Juan. Bien es cierto que tampoco los llamaba con los mismos fines: la tiranía, la sedición y la revolución. E1 quería sólo guiarlos hacia el reino de arriba. De ahí que tampoco los retenía consigo en el desierto: los bautizaba, les daba las enseñanzas de una divina filosofía y los despedía. Y cifra de su enseñanza era siempre despreciar las cosas de la tierra y levantarse y apresurarse en cada momento por las venideras.
Imitemos también nosotros a Juan, apartémonos de la disolución y la embriaguez, convirtámonos a una vida recogida. He aquí venido el tiempo de la confesión o penitencia tanto para los catecúmenos como para los bautizados; para los unos, a fin de que por la penitencia se hagan dignos de los divinos misterios; para los otros, a fin de que, lavadas las manchas contraídas después del bautismo, se acerquen con limpia conciencia a la mesa sagrada. Apartémonos, pues, de esa vida muelle y disoluta. Porque no, no son compatibles la confesión y la disolución. Bien nos lo puede enseñar Juan con su vestido, con su alimento, con su vivienda.
—Pues qué—me diréis—. ¿Es que nos mandas ese rigor de vida? —No os lo mando, sólo os lo aconsejo, sólo os exhorto a ello. Y si ello es para vosotros imposible, haced penitencia aun siguiendo en las ciudades. El último juicio está llamando a las puertas. Y, si está aún lejos, no por ello puede nadie estar confiado. El fin de la vida de cada uno equivale al fin del mundo para quien es llamado a dar cuenta a Dios. Más que está realmente llamando a la puerta, oye a Pablo, que dice: La noche ha pasado y el día está cercano12. Y otra vez: El que ha de venir vendrá, y no tardará13. Realmente los signos que han de llamar, como quien dice, a este día ya se han cumplido: Se predicará—dice el Señor—este Evangelio del reino en todo el mundo para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin14.
6. Atended con cuidado a lo que dijo el Señor. No dijo: Cuando el Evangelio haya sido creído por todos los hombres, sino: Cuando haya sido predicado en todo el mundo. Por eso dijo también: Para testimonio de las naciones, con lo que nos da a entender que no ha de esperar, para venir, a que todos abracen la fe. Para testimonio, en efecto, vale tanto como para acusación, para prueba, para condenación de los que no hubieren creído.
Más nosotros, no obstante oír y ver estas cosas, seguimos durmiendo y viendo sueños, como cargados de embriaguez en la noche más profunda. Y es así que las cosas presentes, buenas o malas, no se diferencian nada de los sueños. Por eso, yo os exhorto a que os despertéis ya y levantéis los ojos al sol de justicia. Nadie que duerma puede contemplar al sol ni recrear sus ojos con la belleza de sus rayos. Todo lo que ve lo ve como entre sueños. Necesitamos, pues, de mucha penitencia y de muchas lágrimas, primero porque pecamos sin remordimiento; segundo, porque nuestros pecados son tan grandes, que no merecerían perdón. Y que no miento, testigos son muchos de los que me están oyendo. Sin embargo, aunque no merecerían perdón, arrepintámonos y seremos coronados.
Y notad que llamo arrepentirse, no sólo al apartarse del mal pasado, sino—lo que es mejor—practicar en adelante el bien. Haced—dice Juan—frutos dignos del arrepentimiento, ¿Cómo los haremos? Practicando acciones contrarias a las del pecado. ¿Has robado lo ajeno? Da ahora hasta lo tuyo. ¿Has vivido largo tiempo deshonestamente? Abstente ahora, en determinados días, hasta de tu propia mujer. Practica la continencia. ¿Has insultado, has tal vez herido o golpeado a los que pasaban a tu lado? Bendice ahora a los que te insulten a ti, haz bien a los que te hieran. No basta para nuestra salud que nos arranquemos el dardo; hay que aplicar también a la herida los convenientes remedios. ¿Te has dado a la gula y a la embriaguez el tiempo pasado? Ayuna y bebe ahora agua. Atiende a extirpar el daño que de ahí te ha venido. ¿Miraste con ojos intemperantes la belleza ajena? No mires ya en absoluto a mujer alguna, y así estarás más seguro.
Apártate de lo malo—dice el profeta—y haz el bien15. Y otra vez: Cese tu lengua en el mal y tus labios no pronuncien engaño16. Pues dinos qué bien es ése: Busca la paz y persíguela; la paz, digo, no sólo con los hombres, sino con Dios. Y dijo bien el salmista: Persíguela. Porque la paz ha sido arrojada, ha sido desterrada, y, dejando la tierra, se ha marchado al cielo. De allí, sin embargo, podemos, si queremos, hacerla volver nuevamente. Basta que echemos de nosotros la soberbia y arrogancia y cuanto a la paz se opone y nos abracemos con la vida sobria y humilde. Nada hay peor que la ira y la audacia. Esta es la que hace a los hombres al mismo tiempo soberbios y viles; por lo uno nos convierte en seres ridículos, por lo otro, en hombres odiosos. Son dos contrarios males los que lleva consigo: la altanería y la adulación. Más, si nosotros cortamos todo exceso de la pasión, seremos humildes con perfección y elevados con seguridad. En nuestros cuerpos, de los excesos se originan las destemplanzas, y, cuando los elementos traspasan sus propios términos y llegan a la desmesura, vienen las enfermedades sin número y las muertes desastradas. Lo mismo es fácil ver que acontece en nuestras almas.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Obras de San Juan Crisóstomo, homilía 10, 2-6, BAC Madrid 1956 (II), p. 182-95)