Mons. Fulton Sheen
Mons. Fulton Sheen
Las tentaciones de Jesús
Inmediatamente después del bautismo, nuestro Señor se retiró de entre la gente. El desierto sería su escuela tal como había sido la escuela de Moisés y de Elías. El retiro es preparación para la acción. Más tarde serviría a Pablo para el mismo propósito. Quedó atrás toda humana consolación cuando “moró con las bestias”. Y durante cuarenta días no comió nada.
Como quiera que el objeto de su venida era luchar contras las fuerzas del mal, su primer encuentro no había de ser una discusión con un maestro humano, sino un debate con el mismo príncipe del mal.
Entonces Jesús fue conducido
Por el Espíritu al desierto,
Para ser tentado por el diablo.
Mt. 4,1
La tentación era una preparación negativa para su ministerio, así como el bautismo había sido una preparación positiva. En su bautismo había recibido el Espíritu y una confirmación de su misión; en sus tentaciones recibió la fortaleza que proviene directamente de la prueba. Existe una ley en todo el universo según la cual nadie puede ser coronado a menos que haya luchado. Ninguna aureola de mérito brilla en torno a la cabeza de aquellos que no combaten. Los icebergs que flotan en las frías corrientes del Norte no despiertan nuestra atención respetuosa precisamente porque son icebergs, pro si en la cálidas aguas de la corriente del golfo flotaran sin disolverse suscitarían nuestra admiración y asombro. Incluso cabría decir de ellos que eran icebergs con carácter si hubieran logrado subsistir en virtud de un acto deliberado.
La única manera con que uno puede demostrar que ama es realmente realizando un acto de elección; las simples palabras no bastan. De ahí que la prueba original propuesta al hombre ha sido propuesta de nuevo a todos los hombres; incluso los ángeles han pasado por una prueba. El hielo no merece consideración por ser frío, ni el fuego por ser caliente; sólo aquellos que tienen posibilidad de elegir pueden ser alabados por sus actos. Mediante la tentación y su resistencia frente a ella se revela la hondura de carácter de un hombre.
Dice la Escritura:
Bienaventurado aquel que soporta la tentación;
Porque cuando haya sido probado,
Recibirá la corona de vida,
Que ha prometido el Señor a los que lo aman.
Iac. 1, 12
Cuando más fuertes se revelan las defensas del alma es cuando fuerte es también el mal que se ha resistido. La presencia de la tentación no implica necesariamente imperfección moral por parte de la persona tentada. En tal caso, nuestro Señor no habría podido ser tentado en modo alguno. Una inclinación interna al mal, como la que siente el hombre, no es condición necesaria para un asalto de la tentación. La tentación, de nuestro señor provenía únicamente de fuera, y no de dentro, como ocurre frecuentemente en nosotros. De lo que se trataba en la prueba sufrida por nuestro Señor no era de la perversión de los apetitos naturales, por los que son tentadas las demás personas; más bien era una sugestión para que dejara de lado su divina misión y su obra mesiánica. La tentación que viene de fuera no debilita necesariamente el carácter; en realidad, cuando ha sido vencida, procura una oportunidad para que la santidad aumente. Si había de ser el hombre modelo, tenía que enseñarnos el modo de alcanzar la santidad venciendo la tentación.
Por lo mismo que Él ha padecido
Siendo tentado,
Es capaz de acudir en ayuda
De los que son tentados.
Heb. 2, 18.
Esto viene ilustrado también la obra de Shakespeare, Meditaciones por medida, en el carácter de Isabel;
Una cosa es ser tentado,
Y otra sucumbir en la tentación.
El tentador era pecaminoso, pero el tentado era inocente. Toda la historia del mundo gira alrededor de dos personas; Adán y Cristo. A Adán se le dio una posición para que se mantuviera en ella, y cayó. Por lo tanto, su pérdida fue una pérdida de la humanidad, ya que era cabeza del linaje humano. Cuando un gobernante declara la guerra, también la declaran los ciudadanos, aunque no lo hagan de una manera explícita. Cuando Adán declaró la guerra a Dios, la humanidad la declaró también.
Ahora, con Cristo, todo volvía a estar en juego. Se repetía la tentación de Adán. Si Dios no hubiera tomado una naturaleza humana, no habría podido ser tentado. Aunque su naturaleza divina y su naturaleza humana estaban unidas en una sola persona, la divina no estaba disminuida por la humana, ni su humanidad se hallaba desproporcionada debido a su unión con su divinidad. Puesto que tenía una naturaleza humana, podía ser tentado. Si había de hacerse igual que nosotros en todas las cosas, había de someterse a la experiencia humana de resistir la tentación. Tal es la razón por la cual en la Epístola a los hebreos se nos recuerda cuán estrechamente unidos se hallaba a la humanidad por medio de sus tentaciones:
Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz
De compadecerse de nuestras flaquezas,
Sino uno que ha sido tentado en todo,
Así como nosotros, fuera del pecado.
Heb. 4, 15
Forma parte de la disciplina de Dios hacer perfectos a los que ama por medio de las pruebas y los sufrimientos. Sólo llevando la cruz puede uno alcanzar la resurrección, y fue precisamente eta parte de la misión de nuestro Señor la que atacó el diablo. Las tentaciones estaban encaminadas a apartar a nuestro Señor de su tarea de salvación mediante el sacrificio. En vez de la cruz como medio para ganar las almas de los hombres, Satán sufrió tres atajos para alcanzar la popularidad: uno económico, otro basado en prodigios y uno tercero de carácter político. Muy pocas personas creen en el diablo en estos días, lo cual va muy bien para los propósitos de Satán. Siempre contribuye a hacer circular las noticias referentes a su propia muerte. La esencia de Dios es la existencia, y Él mismo se define como: “yo soy el que soy”. La esencia del diablo es la mentira, y se devine a sí mismo como: “Yo soy el que no soy”. Satán se preocupa muy poco de los que no creen en él, pues ésos están ya de su lado.
Las tentaciones del hombre son bastante fáciles de analizar, porque siempre caen dentro de una de las tres categorías siguientes: el de la carne (lujuria y gula), del entendimiento (orgullo y envidia) o de la concupiscencia de las cosas (avaricia). Aunque el hombre recibe durante su vida la acometida de estas tres clases de tentación, varían en intensidad según los años. Durante la juventud, el hombre se siente más a menudo tentado contra la pureza e inclinado a los pecados de la carne; hacia la edad madura la carne es menos insistente y empiezan a predominar las tentaciones de la mente, por ejemplo, el orgullo y el afán de poder, en el otoño de la vida es probable que se intensifiquen las tentaciones de avaricia. Al ver que se acerca el fin de la vida, el hombre se esfuerza en desvanecer las dudas acerca de la seguridad de su eterna salvación amontonando bienes terrenal y aumentado su seguridad económica. Es una experiencia psicológica corriente que aquellos que en la juventud habían dado rienda suelta a la lujuria suelen pecar por avaricia en su ancianidad.
Las personas buenas son tentadas de la misma manera que las personas malas, y el hijo de Dios, que se hizo hombre, ni siquiera fue tentado del mismo modo que un hombre bueno. Las tentaciones de un alcohólico a “volver a su vómito”, según expresión de la Biblia, no son las mismas que las tentaciones de orgullo que puede experimentar un santo, aunque, naturalmente, no son menos reales unas que otras.
Al fin de comprender las tentaciones de Cristo, debemos recordar que al ser bautizado por Juan, cuando aquel que no tenía pecado alguno se identificó con los pecadores, los cielos se abrieron y el Padre celestial declaró que Cristo era su hijo muy amado. Entonces nuestro Señor subió a la montaña y ayunó durante cuarenta días, después de lo cual dice el evangelio que “tuvo hambre”, forma típicamente bíblica de decir mucho menos de lo que es la realidad. Satán le tentó pretendiendo ayudarle a encontrar una respuesta a la pregunta: ¿De qué mejor manera podía cumplir su elevado destino entres los hombres? El problema consistía en ganar a los hombres. Pero ¿cómo? Satán tuvo una sugestión verdaderamente “satánica”: soslayar el problema moral de la culpa y su necesidad de expiación y concentrarse puramente en los factores mundanos. Las tres tentaciones trataban de apartar a nuestro Señor de la cruz y, por tanto, de la redención. Más adelante, Pedro tentaría nuestro Señor de la misma manera, y por esta razón sería llamado “Satán”.
La carne humana que Él había asumido no era para regalo propio, sino para la lucha. Satán vio en Jesús un ser humano extraordinario, que él suponía era el Mesías e Hijo de Dios. De ahí que precediera a cada una de sus tentaciones la partícula condicional “si”. Si hubiera estado seguro de que estaba hablando a Dios, ciertamente no habría intentado ponerle a prueba mediante la tentación. Pero si nuestro Señor hubiera sido simplemente un hombre al que Dios había escogido para la obra de la salvación, entonces el diablo hubiera puesto en juego todo su poder para conducirlo a maneras de actuar distintas de las que Dios mismo escogería.
La primera tentación.
Conociendo que nuestro Señor tenía hambre, Satán señaló unas piedras pequeñas y oscuras que parecían panes redondos y le dijo:
Si eres Hijo de Dios,
Ordena que estas piedras se cambien en pan.
Mt 4,3
La primera tentación de nuestro Señor fue la de convertirse en una especie de reformador social y dar pan a las multitudes del desierto que no pudieran encontrar en él más que piedras. La visión del mejoramiento social sin una regeneración espiritual ha constituido una tentación a la que han sucumbido por completo muchos hombres importantes de la historia. Mas, tratándose de Él, esto no habría sido un sacrificio adecuado al Padre; el hombre tiene necesidades más profundas que la del trigo convertido en pan. Y existen gozos más grandes que el del estómago repleto.
El maligno espíritu le estaba diciendo; “¡Empieza con la primacía de lo económico! ¡Olvida todo lo referente al pecado!” Todavía sigue diciendo lo mismo con diferentes palabras; “Mi comisario entra en la escuela y ordena a los niños que recen a Dios pidiéndole pan. Y, al no ser atendidas las oraciones, entonces mi comisario alimenta a los niños. El dictado da pan; Dios no lo da, porque Dios no existe, no existe el alma; sólo hay cuerpo, el placer, el sexo, el animal y, cuando morimos, todo ha terminado.” Satán estaba tratando de hacer que nuestro Señor sintiera el horrible contraste entre la divina grandeza que Él pretendía y su abandono y privaciones actuales. Estaba tentándole para que rechazara las ignominias de la naturaleza humana, las pruebas y el hambre, y usara su divino poder, si es que realmente lo poseía, para salvar su naturaleza humana y, de esta manera, conquistar también a la plebe. Así, estaba diciendo a nuestro Señor que dejar de obrar como hombre y en nombre de los hombres, y empleara sus poderes sobrenaturales para dar a su naturaleza humana la tranquilidad, la comodidad y la exención de las pruebas. ¿Qué cosa podía haber más necia que el que Dios tuviera hambre, cuando en cierta ocasión había extendido una mesa milagrosa para Moisés y su pueblo en el desierto? Juan había dicho que Él podía levantar hijos a Abraham de las mismas piedras; ¿por qué entonces, no podía hacer de ellas pan sí mismo? La necesidad era real; real era también el poder, si es que era Dios; ¿por qué, entonces, estaba sometiendo su naturaleza humana a todos los males y sufrimientos que constituyen la herencia de la raza humana? ¿Por qué aceptaba Dios tal humillación precisamente para redimir a sus propias criaturas? “Si eres el Hijo de Dios, como pretendes, y estás aquí para deshacer la destrucción obrada por el pecado, sálvate entonces a ti mismo.” Era exactamente la misma clase de tentación que los hombres le echarían en cara en el momento de la crucifixión.
Si eres Hijo de Dios,
Desciende de la cruz.
Mt. 27,40
La respuesta de nuestro Señor fue que, aun aceptando la naturaleza huamana con todas sus flaquezas, pruebas y abnegaciones, nunca se hallaba sin la ayuda divina.
Escrito está: No con solo pan vivirá el hombre,
Sino con toda palabra que sale de la boca de Dios.
Mt. 4,4
Las palabras citadas estaban tomadas del relato que en el Antiguo Testamento se hace de manera milagrosa como los judíos fueron alimentados en el desierto cuando cayó el maná del cielo. Se negó a satisfacer la ardiente curiosidad de Satán acerca de si era o no era Hijo de Dios, pero afirmó que Dios puede alimentar a los hombres con algo más grande que el pan. Nuestro Señor no recurría a poderes milagrosos para procurarse aliento para sí mismo, de la misma manera que no recurriría a poderes milagros, más adelante, para bajar de la cruz. Los hombres en todas las épocas padecerían hambre, y É l no habría de apartarse de sus hermanos hambrientos. Estaba dispuesto a someterse a todos los males del hombre hasta que por fin llegara el momento de su gloria.
Nuestro Señor no estaba negando que los hombres deben ser alimentados, o que no deba predicarse la justicia social, sino que aseguraba que estas cosas no son lo primero en todo. En realidad, estaba diciendo a Satán: “Me estás tentando para que establezca una religión que su suprima las necesidades; tú quieres que o sea una panadero en vez de un salvador; un reformador social en vez de un redentor. Me estás tentando para que me aleje de la cruz, sugiriéndome que yo sea un caudillo barato del pueblo, llenando sus vientres en vez de llenar sus almas. Quisieras que yo comenzara con la seguridad en vez de terminar con ella; quisieras que yo trajera la abundancia externa en vez de la santidad interior. Tú y tus materialistas seguidores decís: “El hombre vive sólo del pan”, mas yo digo: “no sólo de pan.” Es preciso que haya pan, pero recuerda que incluso el pan recibe de mí su poder de alimentar a la humanidad. El pan sin mí puede dañar al hombre; y no existe verdadera seguridad fuera de la palabra de Dios. So yo doy solamente pan, entonces el hombre no es nada más que un animal, y los perros podrían ser los primeros en acudir a mi banquete. Aquellos que creen en mí han de adherirse a esta fe, aun cuando pasaran hambre y privaciones, aun cuando fueran encarcelados y sufrieran zotes.
“¡Yo sé qué es el hambre humana! Yo mismo he pasado cuarenta días sin comer nada. Pero rehúso convertirme en un mero reformador social que se limita a abastecer el vientre. No puedes decir que me desentienda de la justicia social, porque en este momento estoy sintiendo el hambre del mundo. Yo mismo soy uno con todos los pobres y hambrientos miembros de la raza humana. Por ello es que he ayunado; para que nunca puedan decir que Dios no conoce lo que es el hambre. ¡Apártate, Satán! Yo no soy como un obrero social que nunca ha sentido hambre él mismo, sino uno que dice; “¡Yo rechazo cualquier plan que prometa hacer más ricos a los hombres sin hacerlos más santos! ¡Recuérdalo! Yo, que digo: “¡No sólo de pan!”, ¡No he probado el pan desde hace cuarenta días!”
La segunda tentación.
Habiendo fracasado Satanás en cuanto a apartar a nuestro Señor de su cruz y de la redención por medio de convertirle con un “comisario comunista” que no promete más que pan, volvía ahora a la carga, pero dirigiendo el ataque directamente contra su alma. Viendo que nuestro Señor se negaba a comulgar con la creencia de que el hombre es una animal o un simple estómago, Satanás tentaba ahora el orgullo y el egotismo. Satán desplegaba ante sus ojos la propia case de vanidad que poseía, al llevarle a un elevado e impresionante pináculo del templo y decirle:
Échate de aquí abajo. Porque escrito está:
A sus ángeles mandará por ti,
Luego continuó citando las Escrituras:
Y con sus manos te llevarán,
Para que no tropieces con tu pie en alguna piedra.
Mt 4, 6.
Nuestro Señor había de ser tentado más adelante e la misma manera cuando un numeroso grupo de personas le pedirían que hiciera un milagro, un milagro cualquiera, sólo para demostrar su poder y hacerles mas fácil creer en Él.
Como las mismas multitudes se apiñaran en torno de Él,
Comenzó a decir:
Ésta es una generación mala;
Busca una señal.
Lc. 11, 29
Si hiciera tales señas, tendría ciertamente a la gente corriendo tras Él; pro ¿de qué le aprovecharía, si el pecado permanecía en su alma?
En respuesta a la tendencia moderna a pedir señales y milagros, nuestro Señor podría decir: “Estáis repitiendo la tentación de Satán cada vez que admiráis las maravillas de la ciencia y os olvidáis de que yo soy el autor del universo y su ciencia. Vosotros sois los correctores de pruebas, pero no los autores del libro de la naturaleza; podéis ver y examinar la obra de mis manos, pero no podéis crear ni un solo átomo por vosotros mismos. Quisierais tentarme par que demostrara mi omnipotencia por medio de pruebas que nada significan; incluso habéis sacado del bolsillo un reloj y habéis dicho; “¡Te desafío a que me fulmines dentro de cinco minutos!” ¿No sabéis que me dan lástima los locos? Me tentáis después de haber destruido voluntariamente vuestras ciudades con bombas, mientras gritabais: “¿Por qué no impide Dios esta guerra?” Me tentáis diciendo que no tengo poder, a menos que no os lo demuestre obedeciendo a vuestras indicaciones y palabras imperativas. Si recordáis, es exactamente la misma manera con que Satán me tentó en el desierto
“Nunca he tenido muchos seguidores en las elevadas cumbres de las verdades divinas, lo sé; por ejemplo, he contado muy poco con “los intelectuales”. Me niego a realizar actos portentosos para conquistarlos porque, en realidad, no se dejarían convencer. Únicamente cuando los hombres me ven la cruz es cuando atraigo realmente a los hombres hacia mí; mi llamamiento he de hacerlo por mediación del sacrificio, no por medio de prodigios. He de ganar a los seguidores no con tubos de ensayo, sino con mi sangre; no con poder material, sino con amor; no con celestiales fuegos de artificio, sino con el recto uso de la razón y la libre voluntad. A esta generación no se le dará ninguna otra señal más que la de Jonás, a saber, la señal de uno que se levanta desde abajo, no de uno que se arroje de lo alto de los pináculos.
“Quiero personas que cran en mí aun cuando yo no las proteja; no abriré las puertas de la prisión en que mis hermanos se hallan encerrados; no detendré la asesina hoz roja o los leones imperiales de Roma, no detendré el rojo martillo que golpea las puertas de mi tabernáculo; quiero que mis misioneros y mártires me amen en la prisión y en la muerte tal como yo los amé en mi propio sufrimiento. Nunca obré ningún milagro con objeto de salvarme. Obraré pocos milagros incluso para mis santos. ¡Apártate, Satán! No tentarás al Señor tu Dios.”
La tercera tentación
El asalto final tuvo efecto en lo alto de la montaña. Fue el tercer intento de apartarle de su cruz, esta vez por medio de una proposición de coexistencia entre el bien y el mal. Había venido a este mundo a establecer un reino sobre la tierra actuando como el Cordero que va al Sacrificio. ¿Por qué no podía escoger un medio mucho más rápido de establecer su reino concertando un tratado que le diera lo que deseaba, o sea el mundo, pero sin la cruz?
Y, habiéndolo subido más alto,
El diablo le hizo ver en un instante
Todos los reinos del universo, y le dijo:
“Yo te daré toda la potestad,
Y la gloria de estos reinos,
Porque a mí me ha sido entregada,
Y se la doy a quien yo quiera.
Si, por tanto, tú te prosternares delante de mí,
Todo ellos será tuyo.”
Lc, 4, 5-7
Las palabras de Satán parecían indudablemente muy jactanciosas. ¿Es que los reinos del mundo le habían sido realmente entregados? Nuestro Señor llamó a Satán “príncipe de este mundo”, pero no era Dios quien le había entregado los reinos de este mundo, sino la humanidad, por medio del pecado. Pero incluso en el caso de que Satán, por decirlo así, gobernara los reinos de la tierra por consentimiento popular, no estaba realmente en su poder entregarlos a quien él quisiera. Satán estaba mintiendo con objeto de apartar nuevamente a nuestro Señor de la cruz por medio de un atajo. Estaba ofreciendo a nuestro Señor el mundo con una condición: la de que adorara a Satán. La adoración, como es natural, implicaría servicio. El servicio sería éste: que en tanto el reino del mundo estuviera bajo el poder del pecado, el nuevo reino que nuestro Señor venía a establecer había de ser solamente una continuación del antiguo. En suma, Él podría tener el dominio de la tierra con tal de que prometiera no cambiarla. Podrán tener al género humano en tanto prometiera que no había de redimirlo. Fue una clase de tentación con la que más adelante habría de enfrentarse nuestro Señor cuando el pueblo trató e hacer de él un rey terreno.
Y entendiendo Jesús que iban a venir
A arrebatarle para hacerle rey,
Partió otra vez a la montaña, Él solo.
Jn, 6, 15
Y ante Pilato dijo que establecería otro reino, pero que nos ería ninguno de los reinos que Satán podía ofrecerle. Cuando Pilato le preguntó: “¿Eres rey?”, contestóle:
Mi reino no es de este mundo,
Si mi reino fuera de este mundo,
Los míos habrían combatido
Para que yo no fuese entregado a los judíos,
Mas mi reino es de aquí.
Jn 18, 36
El reino que Satán ofrecía era del mundo, y no del Espíritu. Sería todavía un reino del mal, y los corazones de sus súbditos no serían regenerados.
Satán le estaba diciendo en realidad: “Tú has venido, oh Cristo, para ganar este mundo, pero el mundo ya es mío; yo te lo daré si tú conciertas conmigo un compromiso y me adoras. Olvida tu cruz, tu reino de los cielos. Si quieres el mundo, lo tienes ahí a tus pies. Serás aclamado con más estruendosos hosannas que los que nunca entonó Jerusalén en loor de sus reyes; y te evitarás los dolores y sufrimientos de la cruz de la contradicción.”
Conociendo nuestro Señor que estos reinos sólo podían ganarse mediante su sufrimiento y muerte, dijo a Satán:
¡Apártate, Satán!, porque está escrito:
Adorarás al Señor tu Dios,
Y a Él solamente servirás.
Mt. 4, 10
Podemos imaginarnos el efecto que a Satán debieron de causarle estas palabras tan claras y decididas. “Satán”. Lo que tú quieres es adoración; pero adorarte a ti, y servirte a ti es ser esclavo. Yo no quiero tu mundo, en tanto se halle bajo el peso del pecado. En todos los reinos que tú pretendes que son tuyos, los corazones de sus habitantes siguen anhelando algo que tú no puedes darles: la paz del alma y el amor desinteresado. No quiero tu mundo, el mundo de ti, que ni siquiera te perteneces a ti mismo.
“Yo también soy revolucionario, como cantó mi madre en el Magnificat. Estoy en rebeldía contra ti, príncipe de este mundo.
Por mi revolución no se hace por la espada lanzada hacia fuera para vencer por la violencia, sino que se lanza hacia adentro, contra el pecado y todas las cosas que suscitan la guerra entre ellos. Primero venceré el mal en el corazón de los hombres, y luego venceré el mundo. Venceré tu mundo porque entraré en el corazón de tus publicanos, de tus falsos jueces, de tus comisarios, y los rescataré de la culpa y del pecado, y los enviaré, limpios, otra vez a sus ocupaciones. Les diré que de nada aprovecha ganar todo el mundo si pierden su alma inmortal. Puedes guardarte tus reinos. ¡Mas vale perder tus reinos, el mundo entero, que perder una sola alma! Los reinos del mundo deben ser elevados hasta el reino de Dios: el reino de Dios no será rebajado al nivel de los reinos de este mundo. Todo cuanto ahora quiero de esta tierra es un sitio suficiente para levantar una cruz; allí dejaré que me extiendas delante de las encrucijadas de tu mundo. Te dejaré que me extiendas delante de las encrucijadas de tu mundo. Te dejaré clavarme en nombre de las ciudades de Jerusalén, Atenas y Roma, pero resucitaré de entre los muertos, y entonces descubrirás que tú, que parecías vencer, has sido aplastado, mientras yo camino victorioso en alas de la mañana. Satán, tú me estás pidiendo que me convierta en un Anticristo. Ante esta petición blasfema, la paciencia ha de ceder paso a la justa ira. ¡Atrás, Satán!”
Nuestro Señor descendió de aquella montaña tan pobre como había subido a ella. Cuando hubiera terminado su vida terrena y resucitado de entre los muertos, hablaría a los apóstoles en la cima de otra montaña:
Y los once discípulos
Se fueron a Galilea,
A la montaña en que Jesús les había citado.
Y cuando le vieron,
Se prosternaron…
Acercándose a ellos Jesús, les dijo:
Toda potestad me ha sido dad
En el cielo y la tierra.
Id, pues, y haced discípulos
Entre todas las naciones,
Y bautizadlos en el nombre del Padre,
Y del hijo y del Espíritu santo,
Enseñándoles a que guarden
Las cosas que os he mandado.
Y he aquí que estoy siempre con vosotros,
Hasta la consumación del mundo.
Mt 28, 16-20
(Fulton Sheen, Vida de Cristo, Herder, Madrid, 1996, pag. 60-70)